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divendres, 1 de novembre del 2013

Las manos sucias de Maquiavelo

Algunos historiadores presentan erróneamente al pensador como abanderado de la libertad y fundador del republicanismo moderno. En su obra hay una apología de la guerra como medio para lograr riqueza y grandeza.

MARIA JOSÉ VILLAVERDE,  EL PAÍS 6 - JUL - 2013

 Historiadores MonarquíaGuerraGobiernoHistoriaPolítica
 

ENRIQUE FLORES



Ese personaje burlón, irreverente, bon vivant, mujeriego, que nos retrató Santi di Tito, de frente ancha, pómulos salientes y labios finos, ojos pequeños y vivaces y mirada huidiza, vestido de suntuoso ropaje negro y granate en su condición de servidor de la República de Florencia, ha encarnado durante siglos la amoralidad y ha sido catalogado como maestro de insidias y de manipulación. Para hacerle justicia, habría que recordar a quienes contribuyeron a trazar tan poco halagüeño retrato que el florentino fue solo responsable de desvelar las prácticas políticas que imperaban en la Europa de comienzos de la modernidad, eso sí, con más finura, perspicacia y clarividencia que la mayoría de sus contemporáneos. ¿O fue culpable de algo más?
Maquiavelo escribió El Príncipe hace 500 años (aunque no fue publicado hasta 1532, después de su muerte), confinado en su casa de campo a poca distancia de Florencia. A raíz de la caída de la República y de la vuelta al poder de los Médicis, en 1512, había sido destituido de su cargo de secretario de la Segunda Cancillería, un golpe del que no se recuperaría jamás. Pues si alguien aborrecía la "excelsa" vida contemplativa, tan alabada por otra parte por el Renacimiento, ése era él, un hombre abocado a la acción. Desde su casa de Sant'Andrea in Percussina, soñaba con regresar a la actividad diplomática y volver a los entresijos de la política europea y a los pasillos de las cortes de Francisco I, el emperador Maximiliano, el Papa Julio II, César Borgia o Catalina Sforza. Se resistía a aceptar un destino que le alejaba del Palazzo Vecchio y rumiaba, desde los Orti Oricellari, los jardines propiedad de Cosimo Rucellai donde conspiraban los tertulianos republicanos, su vuelta a la política activa.
Se ha otorgado injustamente a El Príncipe el título de opus magnum, olvidando que es en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio donde Maquiavelo pone negro sobre blanco su modelo republicano. Y, erróneamente, historiadores reconvertidos en ideólogos (Skinner, Viroli) han tratado de convertirle en abanderado de la libertad y fundador del republicanismo moderno. Aducen la vigencia de su ideal del vivere civile e libero, es decir, su apología de la participación política y del compromiso cívico, que puede servir hoy de alternativa a la apatía política y al desinterés ciudadano imperantes en nuestras democracias liberales. Pero el personaje se resiste a que le aprisionen en esa camisa de fuerza. Porque libertad (moderna) en Maquiavelo hay poca y lo que refleja su obra es una vuelta al patriotismo grecorromano. Lo que El Príncipe enseña al gobernante es cómo adaptarse a las circunstancias para conservar su poder (legítimo o ilegítimo), por medios lícitos o ilícitos. Y lo que los Discorsi alegan es que todo está permitido (incluso el crimen) por el bien de la patria. Poco que ver con nuestras concepciones democráticas.

‘El Príncipe’ enseña a adaptarse para conservar el poder, legítimo o no, por medios lícitos o ilícitos
La ética de Maquiavelo es el reverso de la ética cristiana. Y las virtudes que ensalza (ambición, crueldad, engaño y mentira), la cruz de las recomendadas en los espejos para príncipes de la época: honradez, justicia, benevolencia. Para sus seguidores personifica el realismo que se revuelve contra la ceguera de los perseguidores de sueños, de los nostálgicos de ideales imposibles, de los incapaces de comprender el dilema que atenaza al estadista y al que solo puede hacer frente aceptando la crudeza de la realidad.
Sus detractores le acusan de prescindir de cualquier tipo de sentimiento humanitario y de "encallecimiento moral". Pero, seamos justos, a pesar de su aparente falta de escrúpulos y de su laxa moral, sí hay valores en Maquiavelo, valores republicanos, es decir, valores colectivos. Porque lo que busca con ahínco el secretario florentino es la grandeza de Florencia y su transformación en una de las grandes potencias del tablero europeo. ¿Es un delito perseguir el interés general? preguntarán sus partidarios. Desde luego, si para ello se sacrifica a los ciudadanos, se exacerba el patriotismo y se glorifica la guerra. Pues Maquiavelo aconseja al gobernante mantener a los ciudadanos en la pobreza para que, no teniendo nada que perder, luchen hasta la última gota de sangre por la república. Su exaltado patriotismo recuerda al "dulce es morir por la patria" que cantara Horacio y que el poeta y militar Wilfred Owen, combatiente en la Primera Guerra mundial, denunció como la "vieja mentira". Pero también hay en las principales obras de Maquiavelo una apología de la guerra, no solo defensiva sino "expansionista", como medio de proporcionar grandeza y riqueza a la República y dotar de cohesión a la colectividad.
Y no nos confundamos cuando habla de virtú, uno de sus términos más controvertidos. Hanna Pitkin ha denunciado que la lucha de la virtú maquiaveliana para doblegar a la fortuna, revestida de rasgos femeninos y seducida por la virilidad, la osadía y demás cualidades pretendidamente masculinas, es una intolerable muestra de machismo, excluyente y brutal. Y que su uso de la fuerza y de la violencia podría considerarse "proto-fascista". Y Mansfield asegura que el recurso a la violencia es el eje de su política.

Con todo el respeto por los republicanos actuales, no creo que Maquiavelo sea hoy el ejemplo a seguir
Pero por lo general, los historiadores se muestran más conciliadores y justifican la virtú maquiaveliana, ese deseo de controlar el mundo, de someter al enemigo, y de aplastar a los que se oponen a nuestros fines, como puro ejercicio de supervivencia. Al elevar a paradigma de conducta la fiereza del león y la astucia del zorro, Maquiavelo no haría sino describir las opciones de la resistencia y recomendar el valor, el arrojo, el aguante del fajador para encajar los golpes de la fortuna. Sería la respuesta a una época -la incipiente modernidad-, donde imperaban la ambición, el apetito de poder, el ansia de dominación y el deseo desenfrenado de riquezas, rasgos que anticipan ya la descarnada descripción hobbesiana de nuestro mundo moderno.
En cualquier caso y con todo mi respeto por los republicanos actuales, no me parece que Maquiavelo sea hoy el ejemplo a seguir. Es cierto que Sartre, ante el gran dilema que nos plantea la acción política, nos recomendaba orillar los escrúpulos morales y mancharnos las manos en la arena política. Y nuestros coetáneos republicanos insisten en que ése es el precio a pagar por vivir en comunidad, pues no es posible la vida "al margen, por encima o más allá de la ciudad" y no podemos eludir sus exigencias ni escabullirnos ante nuestras responsabilidades (Del Águila). Si queremos una vida "verdaderamente humana" (Arendt), tendremos que aceptar los costes del vivere civile e libero maquiaveliano que son el dolor, la crueldad, la violencia y la transgresión, es decir, vivir con las manos manchadas. Pero sí que hay otras alternativas. Una es dar la espalda al mundo de la política y sus ruindades, como nos aconsejaba Sócrates (y los epicúreos) si nuestro horizonte es alcanzar la perfección moral. Huir del fragor del mundo, como los ascetas o los monjes de clausura, o ir en pos del conocimiento como Spinoza, o entregarnos a lo social, al voluntariado. Todas son opciones tan respetables como la cívica. Pero también caben otras vías sin desviarnos de la vita activa. La tradición estoica encarnada por Cicerón enseña que no todo está permitido por el bien de la república y que existen barreras éticas infranqueables (los "derechos de la humanidad") en la actuación política. Hoy estas líneas rojas son los derechos individuales. Tal vez sea ésa la enseñanza en negativo más valiosa que nos puede aportar el florentino.
María José Villaverde es catedrática de Ciencia Política de la UCM.

dimecres, 19 de maig del 2010

La fama, en serio



Jorge Bustos
FILÓLOGO Y PERIODISTA
 
 
REVISTA DE LIBROS nº 161 · mayo 2010
 
 
Margarita Rivière
LA FAMA. ICONOS DE LA RELIGIÓN MEDIÁTICA
Crítica, Barcelona 368 pp. 22 €
 
Este libro es el resultado de desarrollar en forma sistemática tres famosos e indiscutibles aforismos: uno de Aristóteles («El hombre es un animal social»), otro de Chesterton («Cuando el hombre deja de creer en Dios acaba creyendo en cualquier cosa») y el tercero de Marshall McLuhan («El medio es el mensaje»).

La autora, periodista de larga experiencia, ensayista y profesora de comunicación, detalla en esta obra la genealogía y el funcionamiento del régimen mediático que hoy impera en las sociedades de consumo posmodernas. El antropocentrismo que dominaba el ágora griega fue sustituido por la sociedad estamental de la Edad Media, y ésta por el individualismo carismático del Renacimiento, que equivale al principio rector de la modernidad. Cuando el hombre se desentiende de las abstracciones teológicas, concentra sus esfuerzos en el mundo terrenal y sus industrias, y entonces nace la burguesía, al tiempo que la Reforma justifica una idea de honorabilidad vinculada al éxito en los negocios, siguiendo las clásicas interpretaciones de Weber y Bauman. Así se consolida el encarecimiento –que fomentó Maquiavelo y perfeccionaría luego Gracián– de la fama como síntesis valorativa del individuo sancionada por la sociedad y extremada obsesivamente en la competencia con otros. La fama como continuación ontológica del individuo en los demás está contemplada ya por los antiguos: pero el vuelo de la fama hoy es tan instantáneo y global que la alienación resulta inevitable: la imagen mediática llega a suplir hoy toda la personalidad de un individuo a efectos prácticos.

Cuando llega la era de las masas, y sus correlativos medios de comunicación de masas, la excelencia es ya completamente suplantada por la celebridad, y el carisma por la fama mediática. La sanción social no compete ya al cura ni a la corte, sino al periodista, y el objeto de la irrefrenable necesidad humana de rendir culto ya no son sólo los santos sino los nuevos iconos laicos, síntesis expresiva de la colectividad. La política se ejerce con arreglo escrupuloso a los códigos mediáticos, describiendo el endogámico y oligopolístico «círculo de hierro» de la fama, según el cual una poderosa élite social –los periodistas– construye o destruye la reputación de otra –los iconos, materia de la información–, opacando lo que no les interesa. Y no sólo los medios reinventan la política: también el deporte, la economía, la guerra: todo. La realidad mediática es más real que la otra, bautizada por la autora como «realidad real». La idea no es original: ahí está la caverna de Platón. El medio es el mensaje y el mundo un telediario.

La novedad interesante que aporta la autora es el parangón cabal con el funcionamiento de cualquier religión institucionalizada, si bien toma pie de la sociología de Durkheim. La ansiedad de la masa por salir del anonimato –llegando a la profesionalización de ese ansia, tal en los realities– equivaldría al anhelo de salvación que aprovechan los clérigos mediáticos; el star system de los iconos, al panteón celestial; el premio tras el juicio es la celebridad, y el castigo no es otro que el alienante anonimato; la fe se profesa cada vez que uno se pone, por ejemplo, frente a un televisor, y el conjunto de la iglesia es la audiencia; la comunión de los santos la instituye el reconocimiento colectivo de la relevancia de los iconos canonizados; los templos tienen forma de plató o de redacción o de estudio de radio; y así sucesivamente. Como sabe la antropología estructural –ahora que ha muerto su fundador–, estas funciones son universales y no se ciñen a un cronotopo ni etnia en exclusiva. La descripción de Rivière es, por tanto, acertada, y recurre a ejemplos incontestables como la conmoción planetaria –de inequívoco cariz religioso– que aparejaron las muertes de Lady Di o Michael Jackson. También es muy pertinente su denuncia del estado de regresión infantil que subyace a estos comportamientos globales, como si la edad adulta de la humanidad que Kant vinculó a la Ilustración hoy representara de nuevo un anhelado estadio por alcanzar.


Muy sugestivo también el análisis estructural que la autora hace del telediario y la publicidad, alternancia escandalosa de infierno (una buena noticia no es noticia) y paraíso consumista. En un remedo de la aparente boutade wildeana según la cual la naturaleza imita al arte, los editores actuales ajustan los noticieros a las pautas ficcionales de un Hitchcock: se quieren contar «historias», no noticias, porque la audiencia pueril sólo digiere la simplicidad maniquea de los héroes (Beckham, Botín, Obama) y los villanos (Bin Laden, Madoff) en el drama de cada día, a fin de poder consumar la identificación y detonar la catarsis aristotélica merced al horror o bien a la piedad. Así, el régimen mediático se adueña también de la moral pública. Y así, junto a la ética personal, la estética original queda igualmente socavada, y uno se pregunta si, efectivamente, estará aquí la razón de la clamorosa carencia de obras artísticas sublimes en los últimos años o décadas, en provecho del pop más insustancial.


El libro de Rivière, no obstante, tiene defectos importantes, a nuestro juicio. Primero, la amplitud del tema y la ausencia de un enfoque definido comprometen sin concierto disciplinas como la historia, la sociología, la teoría de la comunicación, el estudio de campo y hasta las memorias. Algo tanto más grave cuanto que muchas páginas repiten las mismas ideas una y otra vez. Esto sería disculpable si se tratara de un ensayo, de índole más personal o literaria, pero no lo es tanto cuando existe la pretensión clara de sentar conocimiento al modo de un tratado netamente académico. Sin embargo, lo peor son algunos tics demagógicos de una ingenuidad impropia del periodista avezado, o sea, aquel con el grado imprescindible de sano cinismo y vacunado contra lo peor de ese progresismo que se avergüenza de la civilización occidental. La autora da por evidente un férreo prejuicio mediático contra las mujeres, como si un patriarcado celoso de prolongar su privilegiada posición se empeñara en sacar sólo a varones en las informaciones. ¿No será que si hay menos mujeres-noticia que hombres-noticia, es porque no son noticia, sin más? En el mundo de la moda, por ejemplo, los desfiles femeninos reciben el triple de atención mediática que los masculinos. Aunque, claro, siempre podrá alegarse que eso es fruto del rijo baboso del patriarcado. No falta tampoco una defensa quijotesca de los antisistema frente al mundo «hipercapitalista» [sic], y en general se postula una mano negra bajo la especie de no sé qué multinacionales celosas de la explotación de este lucrativo guiñol que nos manipula. Conspiraciones del capital aparte –¡el hombre compite desde la prehistoria!–, ¿no será que el ser humano es religioso por naturaleza, que no puede cesar de adorar, y que el mercado se organiza para satisfacer esa honda y secular demanda?


Por último, cabe lamentar el exceso de academicismo en la exposición y la incapacidad estilística para distanciarse del aburrido tono doctoral, reiterativo y pedante a ratos. El periodista reconvertido en profesor suele acusar un afán cientifista de un purismo ridículo, creyente devoto en eso de las «ciencias de la información» y receloso de lo mejor del periodismo, que no pocas veces consiste justamente en la espontaneidad, la subjetividad, la expresividad, la mixtificación y el humor. Es decir, lo humano. Si me permiten el chiste, a este libro, en medio de tanta fama, le falta algún que otro cronopio.