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dimecres, 18 d’agost del 2010

Novelas de referencia:"Humillados y ofendidos" de Fedor Dostoievski

Humillados y ofendidos, de Pedro G. Cuartango en El Mundo

TIEMPO RECOBRADO

Publicada en 1861, ‘Humillados y ofendidos’ es la novela con la que Fedor Dostoievski cosechó su gran primer éxito, a pesar de que no tuvo una buena acogida por parte de la crítica. Aun cuando la obra está concebida como un folletín y hay concesiones al sentimentalismo, no hay duda de que el escritor ruso muestra lo mejor de su talento.

El maestro de San Petersburgo tenía una asombrosa capacidad para penetrar en los entresijos del alma humana, pero siempre destacan en sus trabajos los personajes fascinados por el mal. Quedará para siempre la genial creación de su Raskolnikov, atrapado por la codicia, el alcohol y los remordimientos, o del nihilista Stavroguin, que empuja a unos hombres ilusos al crimen. En ‘Humillados y ofendidos’, Dostoievski traza con una perspicacia diabólica el carácter del malvado príncipe Valkovsky, que destruye a todos los seres humanos con los que se relaciona.
Valkovsky arruina a su honrado administrador Ikmeniev, abandona a su mujer y su hija, intenta aprovecharse de su amante y manipula a su hijo Aliocha, destruyendo su amor por Natacha. Hay en la novela una larga conversación entre Valkovsky e Ivan Petrovich, el protagonista, en la que el príncipe, totalmente borracho, hace una exaltación de las ventajas del mal. Son 25 o 30 páginas que deberían figurar en cualquier antología de la literatura universal, al mismo nivel que la apasionada declaración de amor de Hans Castorp a Madame Chauchat en la ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann.

Valkovsky es un sofista que defiende de forma brillante la inocuidad del bien y la superioridad moral del mal, que es para él una forma de legítimo egoísmo. Considera un favor hacia su hijo forzarle al matrimonio con una noble millonaria, de la que él podría sacar rédito a costa de destrozar la felicidad de su vástago.

Los bajos instintos de Valkovsky le llevan a visitar el miserable piso en el que viven Aliocha y Natacha para fomentar la discordia y reírse de la desgracia de esta mujer atormentada. El príncipe disfruta con la ofensa y la humillación y utiliza su fortuna para hundir a sus adversarios.
Tal y como sucede en la realidad, el mal triunfa en las novelas de Dostoievski, en las que con frecuencia los buenos son víctimas de la explotación o el oprobio, mientras que los que carecen de prejuicios llegan a lo más alto en la escala social.

Nuestra sociedad también está llena de malvados como Valkovsky que anteponen el éxito o el dinero a cualquier otro valor. Lo malo es que son presentados como triunfadores que merecen ser imitados por los demás. Incluso algunos de ellos adoptan un discurso pseudoético para confundir al personal. Haría falta un nuevo Dostoievski para desenmascarar a esos falsos profetas que atraen tanto a algunos ilusos.

dimarts, 17 d’agost del 2010

Novelas de referencia: "Anna Karénina"

La lección de Tolstói

Si se tratara de recomendar una lectura para el verano, la propuesta sería un libro que nos arrastra desde el principio: 'Anna Karénina'. Nabokov dijo que se trata de "la mejor novela de amor de todos los tiempos"


EDUARDO LAGO EL PAÍS 15/08/2010


Hace unos días, durante la presentación de una novela mía recientemente traducida al serbio en la librería Dereta de Belgrado, una periodista me preguntó si creía que los best sellers acabarían con la literatura. "No", respondí inmediatamente, "los best sellers no son literatura, de modo que no puede haber sustitución". En la fracción de segundo que medió entre el no y su justificación, me bailó en la imaginación la figura de Tolstói, de quien acababa de releer Anna Karénina.

La misión de la verdadera literatura es indagar acerca del sentido más profundo de la existencia
Cuando Dostoievski terminó de leer la novela, salió a la calle para gritar que Tolstói era Dios
La raíz del temor expresado por la periodista serbia me aclaró inopinadamente un concepto acuñado originariamente en los medios editoriales norteamericanos que siempre se me había escapado, el de novela literaria (¿qué diablos, me preguntaba, será una novela no literaria?). De repente todo encajó: los best sellers podrán ser novelas, pero no son literatura. Los americanos, una vez más, tienen las cosas clarísimas en ese sentido. Un ejemplo: la distinción tan útil como sutil de que se sirve el suplemento de libros que publica The New York Times los domingos para desgajar de entre los títulos más vendidos una categoría aparte que aparece directamente bajo la rúbrica de Ficción para el mercado de masas.

Unos días después de la presentación, en el avión que hacía el trayecto Belgrado-Sarajevo, la azafata me dio una publicación en inglés en la que había un artículo en el que se recomendaban lecturas para el periodo de vacaciones. Hojeé la lista: todos best sellers internacionales. Y por segunda vez en unos días me volvió a la cabeza la imagen de Tolstói. Cerré la revista con malestar. ¿Podía tener razón la periodista?
Pensé en las claves que explican el éxito de los best sellers. Una de ellas es que su función es meramente entretener. Nada de inquietar al probo ciudadano, que bastante mal lo ha pasado a lo largo del año, especialmente en época de crisis. Pensar, lo menos posible, por favor. Se trata de proporcionar productos ligeros, de fácil consumo, que dejan muy poca huella, si es que dejan alguna. Por eso son efímeros: tras el ruido ensordecedor que hacen durante una temporada, o se saca al mercado rápidamente una secuela, o el producto cae irremisiblemente en el olvido. Que un título se mantenga vigente dos o más temporadas sucede muy pocas veces.

El vuelo entre Belgrado y Sarajevo dura 50 minutos. Al alcanzar la altura de crucero, decidí dejar de pensar en los procesos de estultificación colectiva que consisten en aturdir al personal con best sellers para centrarme en el significado de la aparición de Tolstói. Ya en el terreno de la literatura de verdad: ¿a qué obedece el hecho de que haya libros que siguen siendo capaces de llegar al lector no al cabo de dos o tres temporadas, sino cien años después de su publicación original, como ocurre con las obras de Tolstói?
Empecé a fraguar mentalmente un artículo de réplica al que aparecía en la revista que me había dado la azafata. A quienes se sintieran necesitados de consejo acerca de qué leer en lo que queda de verano, les propondría que se hicieran inmediatamente con una novela digna del nombre. Y si se me pidiera que singularizara un título, me pronunciaría inmediatamente a favor de Anna Karénina. Argüiría varias razones: que 2010 es el centenario de la muerte de Tolstói, que con ese motivo la editorial Alba ha publicado una nueva traducción de la novela, y para redondear invocaría el dictum de Vladímir Nabokov: Anna Karénina es la mejor novela de amor de todos los tiempos.

Verdaderamente envidio a quien jamás se haya asomado a la novela: le esperan unas horas que les costará mucho tiempo olvidar. Y el placer se reduplica en el caso de quien se decida a releerla por segunda o tercera vez: mejora con cada lectura. Yendo más allá de Nabokov: Anna Karénina es, sencillamente, una de las mejores novelas jamás escritas. En el artículo que urdí mentalmente a bordo del avión de hélice que me transportaba a Sarajevo me dirigía con particular énfasis a las víctimas del marketing que, sin saber muy bien por qué, tenían en sus manos cualquiera de los best sellers de turno. Arrójenlo a la papelera más cercana, les diría, y cambien unas horas de entretenimiento estúpido por una experiencia estética verdadera. La profundidad de emociones, el conocimiento del alma humana, la exquisita disección de las pasiones que son el centro de nuestras vidas...

Todo eso y mucho más se nos ofrece en las mil páginas de Anna Karénina. Se trata, además, y ahí estriba el milagro, de una lectura portentosamente amena, que nos arrastra de inmediato. Al leer acerca de las vidas de los protagonistas se produce un intenso fenómeno de reconocimiento e identificación: todos hemos pasado por las situaciones que se nos describen en la novela. Esa es, precisamente, la función de la verdadera literatura: indagar acerca del sentido más profundo de la existencia: de nuestra existencia, en toda su complejidad. El efecto que causa la lectura de una obra como Anna Karénina es el opuesto al que provoca el best seller. Nos hace pensar y sentir. Al cerrar la última página de esta historia, trágica y bellísima, y de una autenticidad a la que no estamos acostumbrados, algo importante ha cambiado en nosotros. Lo dejé ahí: habíamos aterrizado.

Tolstói no es más que una posibilidad, por supuesto. Su obra forma parte de un contexto formidable: la edad de oro de la novela realista. Aunque ello no basta para explicar la grandeza de una obra como Anna Karénina. Cuando Dostoievski, que en nada le iba a la zaga, terminó la lectura de la novela se echó a la calle proclamando a gritos que Tolstói era Dios. Años después, cuando alguien le dio al autor de Guerra y paz la noticia de que Dostoievski había muerto, el gigantón barbado vestido con túnica de campesino que era Tólstoi rompió a llorar con el desgarro de un niño: el gran escritor no era consciente de la profundidad del amor que sentía por el maestro de Petersburgo.

Estas anécdotas ilustran un fenómeno que siempre me ha llamado la atención: el hecho de que en ciertos momentos clave de la historia del espíritu recaiga no sobre una, sino sobre dos figuras de talla colosal la responsabilidad de cambiar el curso de las cosas. Ocurrió en el momento culminante de nuestro Siglo de Oro, con la irrupción simultánea de Góngora y Quevedo, al igual que había ocurrido unos años antes, en el contexto mayor de la literatura europea, con la aparición de Shakespeare y Cervantes, los dos insuperados hasta hoy. (Los ejemplos se pueden multiplicar: Platón y Aristóteles, determinando la trayectoria de toda la filosofía; Newton y Leibniz con el descubrimiento del cálculo infinitesimal; Wittgenstein y Heidegger levantando acta de las ruinas del pensamiento occidental...).

Ninguna novela de cierta extensión (la novela corta es otro cantar) es perfecta, pero hay un número considerable de títulos en la historia de la literatura universal que rozan la perfección. Anna Karénina es uno de los ejemplos más preclaros. La monumental Guerra y paz otro, como lo es Hadji Murat, también de Tolstói, que Harold Bloom calificó como la mejor novela corta de todos los tiempos. Como lo son las grandes obras de su contemporáneo, Dostoievski.

La novela discurriría después por otros derroteros y produciría cumbres de altura inigualable (Proust, Kafka, Joyce), pero hay algo irrenunciable en la edad de oro del género, en la que surgieron autores como Dickens, Flaubert, Melville o Galdós... La lectura de cualquiera de ellos sirve además (también había pensado poner esto en el artículo) de antídoto contra el tapujo de los best sellers. ¿Dónde creen que aprenden sus trucos sus autores? Leer best sellers es una enfermedad, pero tiene fácil cura. Empieza por la lectura de obras como Anna Karénina.

Eduardo Lago es escritor y director del Instituto Cervantes de Nueva York.

Novelas de referencia:"Tormenta de verano" de García Hortelano y "El día del Watusi" de Casavella

Playa de Tossa de Mar en 1965

XAVIER MISERACHS | 15-08-2010
Playa de Tossa de Mar (Girona) en 1965.
TODOS LOS BUENOS SE LLAMAN GARCÍA

Las curiosas coincidencias entre un novelista que ganó el premio Formentor y otro que se llevó una sorpresa mayúscula el día en que, de crío, oyó sus apellidos en televisión

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS EL PAÍS 15/08/2010


Ahora parece hasta mentira, pero hubo un tiempo en que todos los buenos escritores se llamaban García. Es más, hubo un tiempo en que todos se llamaban García Hortelano. Juan García Hortelano, por ejemplo. El arte convive mal con el rebaño, pero da pavor imaginar qué sería de la novela española sin los libros de Hortelano y sus compañeros de generación. Después de la guerra, los escritores del 98 estaban en la tumba o en el hospital, a algunos narradores del 27 no les había dado tiempo a hacer la digestión de las vanguardias y a otros no les había cundido más que para contar, con gran altura, eso sí, su experiencia de la Guerra Civil.

En esto llegaron los niños de esa guerra: Laforet, Ferlosio, Delibes, Martín Gaite, Matute, Goytisolo, Benet, Aldecoa, Fernández Santos, Marsé... Si los poetas mantuvieron el nivel de Lorca, Cernuda y compañía, los novelistas abrieron las ventanas de un país que empezaba a oler a cerrado. Unas ventanas daban al campo, otras a la ciudad, algunas al barrio de cada autor y alguna otra, a su propio cerebro. Casi todas a un realismo crítico que fue volviéndose cada vez menos fotográfico pero nunca perdió de vista que solo con buenas intenciones no se escriben libros buenos.

Uno de esos niños era García Hortelano, Juan, que en 1959 ganó el Premio Biblioteca Breve con su primera novela y que dos años más tarde obtuvo con la segunda otro premio todavía más grande, el Formentor, que tenía entre sus bases la publicación en 14 países de la obra galardonada. La novela se titula Tormenta de verano y, aunque en la primera línea aparece una muchacha muerta, es la lectura ideal para urbanizaciones de playa con inquilinos de esos que el eufemismo llama de clase acomodada. Si usted es uno de ellos, reconocerá sin dificultad a sus vecinos -y a los hijos de sus vecinos- en los personajes de una trama coral que gira en torno a las cavilaciones de Javier, arquitecto de la colonia, en la que él mismo ocupa una casa.
Eminentemente dialogado y fruto de una enorme capacidad para retratar a alguien por el modo en que habla, el libro es un impagable fresco de la España que se tumbó en la arena a esperar que llegaran los 25 años de paz de Franco. Otro eufemismo. El discreto encanto de la burguesía. El encuentro entre la conciencia y la declaración de la renta. El género humano servido on the rocks. "Las cosas son muy sencillas", dice uno de los guardias civiles que custodian el cadáver. "O de aquí -resbaló varias veces el pulgar sobre el índice- o de aquí -se señaló la bragueta-. Con perdón". Y añade: "Se lo digo yo que estoy en contacto con la vida. Pasa mismamente que con el tiempo. Que hay sol, pues todos contentos. Que hay lluvia o frío, todos como perros y gatos".

En 1963, dos años después de que se publicara Tormenta de verano, nació en Barcelona otro García Hortelano, Francisco José. Terminó siendo, por supuesto, escritor, pero como no era familia del novelista se llevó una sorpresa mayúscula el día en que, de crío, oyó sus apellidos en televisión, en el programa de José María Íñigo. Cuando aquel muchacho tuvo edad de publicar un libro decidió respetar al García que había llegado antes a la historia de la literatura y comenzó a firmar con un pseudónimo: Francisco Casavella.
Curiosamente, en la segunda novela de este, Un enano español se suicida en Las Vegas, también hay un arquitecto que, por edad, podría haber sido uno de los niños de Tormenta de verano. En su caso, la inquietud no llega con un muerto sino con un muerto viviente: el hermano del protagonista, un crápula de buena familia barcelonesa al que le gusta perderse por debajo de la Diagonal para, pasado el tiempo, reaparecer por encima. El libro es una máquina de precisión de 200 páginas y, a la vez, una certera radiografía de Barcelona, una ciudad en la que la geografía hace que sean literales los conceptos de barrio alto y barrio bajo. Esos son los dos escenarios en los que transcurre el encontronazo entre un vivales que se las sabe todas y su hermano pequeño, "uno de esos que sube al escenario cuando se lo pide un mago".
Tanto Juan García Hortelano como Francisco Casavella publicaron también sendos novelones que, camino de las mil páginas, pueden leerse como grandes, en todos los sentidos, metáforas de ese cambio de estado político -de sólido a líquido- que llamamos Transición española: El gran momento de Mary Tribune y El día del Watusi (última coincidencia: el día del Watusi es el 15 de agosto, es decir, hoy). Casavella relató en una ocasión que cuando él acabó la última página del librazo de su homónimo se lanzó a la calle: "A recomendársela a todo el mundo, a imponérsela, a leérsela yo mismo". Además, contó cómo el Hortelano mayor le había presentado su primera novela, El triunfo, y cómo a él le habría gustado decirle que le parecía "uno de los tres mejores novelistas españoles del siglo", que "en su estilo solo tenía comparación con gente como Queneau, Vian o Calvino", que "si no tenía un monumento en cada ciudad es que en España somos así de burros". Y añadió: "No pude. No me dejó. Las inteligencias delicadas de primera clase no te dejan decir esas cosas en su cara". García Hortelano murió en 1992. Tenía 64 años. Casavella, en 2008. Tenía 45. Su texto sobre el autor de Tormenta de verano terminaba así: "Le vi muy poco. Le admiro mucho". Muchos podrían decir lo mismo de él.

Novelas de referencia: "La rebelión de Atlas" de Ayn Rand

Josep Maria Ruis Simón LA VANGUARDIA, 29-6-2010


Participó, con el bando perdedor, en la lucha de los titanes contra los olímpicos. Tras la derrota, Zeus le impuso como castigo que llevara sobre sus hombros la bóveda celeste. Así, con esta pesada carga y no muy lejos de su hermano Prometeo, puede vérsele en el Rockefeller Center, frente a la catedral de San Patricio, en la Quinta Avenida de Nueva York, esculpido en la famosa estatua art déco que le dedicaron Lee Lawrie y Rene Chambellan. La misma escultura que suele ilustrar las portadas de las sucesivas ediciones de La rebelión de Atlas (1957), de Ayn Rand. No fue por azar que Atlas y Prometeo se reencontraron en Manhattan. Ni fue casualidad que Ron Chernow tituló Titán su biografía de John D. Rockfeller. Lluís Prenafeta y Fèlix Millet no son una excepción. A los hombres de negocios siempre les ha gustado verse como gigantes heroicos y altruistas que, a pesar de llevar el mundo sobre sus espaldas, son injustamente tratados por las leyes y por una opinión pública que no están a la talla de su desmesura. Y fue para sacar brillo y dar esplendor a esta épica imagen que Rand elaboró la que estaba llamada a ser la novela de cabecera de su discípulo Alan Greenspan, que durante casi veinte años fue presidente de la Reserva Federal de EE. UU.

El caso es que La rebelión de Atlas,un viejo clásico de la ficción neoliberal, vive desde hace un par de años y gracias a Obama y a Mad men una segunda juventud. No hay manifestación del Tea Party que se precie en la que no aparezca, como un guiño, alguna pancarta acordándose de John Galth, uno de sus personajes. Y, al parecer, Angelina Jolie y Brad Pitt están interesados en participar en la adaptación cinematográfica de la novela. El libro, una distopía al estilo de 1984 de Orwell, narra la historia de la decadencia de una nación lastrada por el intervencionismo del gobierno y dividida en dos facciones irreconciliables: la de los saqueadores, los malos, dirigidos por una clase política estúpida y partidaria de la regulación de la actividad económica y de una política fiscal de peso, y la de los no saqueadores y, a menudo, saqueados, los buenos, una minoría perseguida, gente honrada, emprendedora y partidaria del libre mercado, que aportan bienes y valores a la sociedad y que están hartos de ser expoliados en nombre del bienestar general. La rebelión a que alude el título es, por supuesto, la de estos últimos, concretamente la de un grupo de patronos que, bajo el liderazgo titánico de Galt, ponen en marcha una huelga de empresarios. Al final, los buenos ganan y, tras abandonar su refugio en las Montañas Rocosas, marchan triunfalmente hacia Wall Street, llevando un dólar como estandarte. Con este apoteósico desenlace, culmina un argumento cuyo mensaje recuerda, tanto en lo esencial como en lo accidental, el pensamiento espontáneo del aznarismo filosófico de la FAES y del preñafetismo cultural de la FCO.