dimecres, 15 d’octubre de 2008

LAS POLIS GRIEGAS Y EL CAMINO HACIA LA DEMOCRACIA

Autor: Enrique Jimeno


En muchas polis griegas, el auge de la actividad comercial propició el enriquecimiento de individuos que no pertenecían a la aristocracia. Se trataban de mercaderes, armadores de barcos, artesanos etc. que alcanzaron niveles de riqueza en ocasiones próximos a los de los nobles, aunque siguieron excluidos de la actividad política, en manos únicamente de la aristocracia. Estos hombres constituían además una pieza clave en la defensa militar de la polis, en la que intervenían como hoplitas -soldados de infantería-, costeándose incluso su propio equipo de combate. Y como es lógico, pronto empezaron a reclamar su participación en el gobierno de sus comunidades.



También apareció el descontento entre los pequeños propietarios agrícolas, a los que resultaba muy difícil competir con el trigo importado de las colonias.


También era grave la situación de la gran masa de campesinos que trabajaban como arrendatarios* de los aristócratas terratenientes: apenas podían obtener beneficios y, si no pagaban sus deudas, eran reducidos a la esclavitud.



La entrada a la Acrópolis se realiza por una puerta monumental llamada «Propileos» (5). Una gran estatua de bronce de Atenea (4), construida por Fidias, se situaba en el centro del recinto. A la derecha de esta estatua se erige el Partenón (1) que albergaba la estatua crisoelefantina de Atenea Parthenos, también obra de Fidias. A la izquierda se disponía el Erecteión (3), con una tribuna sustentada por seis cariátides.


1. Partenón. 2. Antiguo Templo de Atenea. 3. Erecteion. 4. Estatua de Atenea Promacos. 5. Propíleos. 6. Templo de Atenea Niké. 7. Eleusinion. 8. Santuario de Artemisa Brauronia o Brauroneion. 9. Chalkoteka. 10. Pandroseion. 11. Arrephorion. 12. Altar de Atenea. 13. Santuario de Zeus Polieus. 14. Santuario de Pandion. 15. Odeón de Herodes Ático. 16. Estoa de Eumenes. 17. Sanctuario de Asclepio o Asclepeion. 18. Teatro de Dioniso. 19. Odeón de Pericles. 20 Temenos de Dioniso. 21 Aglaureion.

Fuente: http://www.guiadegrecia.com/atenas/plano.html


http://www.artehistoria.jcyl.es/arte/jpg/AUA27364.jpg




Atenas en el siglo V a. de C. En lo alto de la colina divisamos la acrópolis, la parte fortificada de la ciudad dónde se encuentran los edificios religiosos más importantes. Otro lugar importante es el ágora (plaza pública): dónde se encuentra y cuáles son sus características?.


Atenas
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Para aminorar estas tensiones, Atenas, una de las más prósperas polis griegas, emprendió una serie de reformas legislativas.


El primer paso fue el Código de Dracón (621 a. de C.), en el que se fijaban por escrito y se hacían públicas las leyes tradicionales en que se basaban las sentencias de los jueces, casi siempre favorables a los aristócratas.


Las leyes de Solón (585 a. de C.) fueron más avanzadas, aboliendo la esclavitud por deudas y permitiendo participar en la política no ya en función del origen, sino del nivel de renta.


LECTURA


http://laescueladeateanas.files.wordpress.com/2007/11/solon.jpg



Timocracia. Solón



Eupátrida era el mismo Solón, y hasta de sangre real porque descendía de Codro, quien a su vez se decía que era descendiente del dios Poseidón. De joven fue tan sólo un hijo de familia; en vez de trabajar se divertía escribiendo poesías —que por lo demás debían de ser más bien malas— y pasaba el tiempo entre jovenzuelos y chicas de costumbres fáciles, enamorándose imparcialmente de unos y de otras. Pero a un momento dado papá cesó de darle cuartos porque había perdido los suyos en negocios arriesgados. Y entonces Solón sentó cabeza de pronto, enderezó la desfalleciente hacienda y en pocos años consiguió un gran patrimonio y una sólida reputación de sagacidad y honradez. Estaba al margen de la política. Tanto, que habiendo estallado en aquel período una revolución, no quiso participar en ella ni a favor ni en contra del Gobierno. Acaso porque hubiera tenido que elegir entre una traición a su clase y una complicidad con su poderío.

Esto no impidió a la clase media de Atenas designarle candidato a una elección de arconte epónimo. Habiéndole conocido en los negocios, aquellos artesanos y comerciantes le estimaban y veían en él al único eupátrida que pudiese arrancar el consentimiento del Areópago para las necesarias reformas sociales.


Solón, que tenía entonces cuarenta y cinco años, fue elegido,


  • abolió la esclavitud libertando a los que habían caído en ella por deudas, que fueron canceladas,
  • y devaluó la moneda, cuya unidad se llamaba dracma, a fin de facilitar los pagos de aquéllos incluso en el futuro.


Era una auténtica revolución que hacía perder un montón de dinero a los acreedores, todos ellos de las clases altas y conservadoras. Solamente Plutarco, al contar la historia aquélla muchos años después, dijo con su habitual candor que, desvalorizando la moneda, Solón había favorecido a los deudores sin perjudicar a los acreedores porque éstos recibían, en el fondo la misma cantidad de dracmas que habían prestado. Lo que nos demuestra cuánto entendía de economía el ilustre historiador.


Pero la gran revolución de Solón fue la de subdividir la población según el censo. Todos los ciudadanos eran libres y sujetos a las mismas leyes. Pero sus derechos políticos variaban según los impuestos que cada uno pagase.


Era el fisco, no ya los blasones, lo que les graduaba, y esto era progresivo como lo es hoy en todos los países civilizados. Quien más contribuía al erario, más años había de servir en el Ejército, y más altos puestos de mando le incumbían en la paz y en la guerra. O sea, que el privilegio era medido con el metro del servicio que cada cual rendía a la colectividad.


Dividida así en cuatro clases de ciudadanos, Atenas se convirtió en una democracia que sirvió de modelo a todas las demás ciudades.


De la primera clase se extraían los miembros del Areópago y los arcontes, que eran elegidos, empero, por la Asamblea en la que se reunían todos los ciudadanos. Ésta podía someter a expediente a cualquier funcionario y ejercía de tribunal de casación para todos los veredictos de los tribunales inferiores, que a su vez eran emitidos por jurados elegidos entre seis mil ciudadanos de buena conducta procedentes de todas las clases.


Pero Solón reformó también el código moral, calificando el ocio de crimen y condenando a la pérdida de la ciudadanía a quienes en las revoluciones permanecían neutrales, como él mismo hiciera muchos años antes. Algunos se sorprendieron de que legalizase la prostitución. Él contestó que la virtud consistía, no en abolir el pecado, sino en mantenerlo en su sede; prescribió una ligera multa para quien seducía a la mujer ajena, y se negó a infligir penas a los célibes; «Pues —dijo—, todo sumado, una esposa es un buen fastidio.»


En estos detalles está todo el carácter del hombre que amaba la justicia, pero sin acritudes moralizadoras y con mucha indulgencia para las debilidades de sus semejantes. A diferencia dé Licurgo en Esparta y de Numa en Roma, no pretendió en absoluto haber recibido de Dios el texto dé aquellas leyes, y aceptó todas las críticas que le fueron dirigidas.


Cuando Anacarsis, que aunque amigo suyo le asaeteaba con sus sarcasmos, le preguntó si las consideraba como las mejores en sentido absoluto, Solón contestó; «No, solamente las mejores en sentido ateniense.»


Su fuerza de persuasión y su capacidad diplomática debieron de ser inmensas para permitirle imponer aquel código hasta a quienes lesionaba sus intereses y para mantenerse en el cargo veintidós años consecutivos. Pero cuando le ofrecieron quedárselo de por vida y con plenos poderes, declinó: «Pues —dijo— la dictadura es uno de esos sillones de los que no se logra bajar vivo.»


Retirose a los sesenta y cinco años, en 572. «Ya es hora— dijo—, qué me ponga a estudiar algo.» Y habiendo recabado a sus conciudadanos la promesa de que no cambiarían de leyes durante diez años, partió para Oriente. Heródoto y Plutarco cuentan que en Lidia fue invitado por Creso, quien le preguntó si le consideraba entre los hombres felices. Solón le contestó; «Nosotros los griegos, Majestad, hemos recibido de Dios una sabiduría demasiado casera y limitada para poder prever qué ocurrirá mañana y proclamar feliz a un hombre todavía empeñado en su batalla.»


El rey diplomático permanecía tal frente al rey. Pero eso no quita que fuese sincero cuando hablaba de «sabiduría casera y limitada» e identificaba el genio griego, o por lo menos el ateniense, en la conciencia de estos límites. Toda su vida demuestra que él la tuvo clarísima, y a esto se debe su éxito personal y el de su reforma, de la cual cinco siglos después Cicerón pudo comprobar la supervivencia en aquella ciudad decadente, donde la democracia había degenerado en una continua reyerta. Cuando le preguntaron en qué consistía, según él el orden, respondió: «En el hecho de que el pueblo obedezca a los gobernantes, y que los gobernantes obedezcan a las leyes.»


Volvió a la patria viejísimo, después de haber aprendido un montón de cosas, de entre las cuales la que más le había impresionado era la historia, que le contaran en Heliópolis, de la Atlántida, el continente sumergido. No hacía sino volverla a contar a todos casi como una monomanía, como a menudo les sucedea los ancianos, y sus conciudadanos, un poco aburridos, se sonreían. Nos agrada pensar que fuese un poco chocho cuando comenzaron las agitaciones, el pueblo dejó de obedecer a los gobernantes y los gobernantes dejaron de obedecer a las leyes. De lo contrario él hubiera debido deducir que las leyes sirven de poco, o sea reconocer la inutilidad de su obra.



Solón fue inscrito por sus contemporáneos en la lista de los Siete Sabios, que era un poco el Premio Nobel de la época, pero mucho más serio. Y si se le quisiese atribuir un lema, habría que elegir aquel que él mismo hizo grabar en el frontón del templo de Apolo: meden agón, que quiere decir; «sin excesos».


Actividad


Visita la siguiente página http://es.wikipedia.org/wiki/Siete_sabios_de_Grecia

y haz una redacción sobre alguna de las máximas atribuidas a uno de los siete sabios de Grecia.


La tiranía. Pisístrato



La democracia que Solón había introducido en Atenas se había articulado en tres partidos, cuyas luchas pronto demostraron cuan difícil es practicarla.


Había el de la «Llanura», conservador, o sea de derechas, donde iban a parar los latifundistas eupátridas, o sea aristócratas.


El de la «Costa», porque estaba dominado por los ricos mercaderes y armadores y agrupaba la pequeña y alta burguesía.


Y por fin, había el partido de la «Montaña», o sea del proletariado urbano y campesino.


Un día el jefe de estos últimos se presentó en el Areópago, alzó un pico de su toga, mostró una herida a los circunstantes diciendo que los enemigos del pueblo se la habían infligido con el propósito de asesinarle, y pidió que se le permitiera contratar una banda de cincuenta hombres armados para defenderse.

La pretensión era revolucionaria, pues en aquella ciudad sin ejército permanente ni fuerzas de policía, la ley prohibía a todos tener una guardia de corps privada, con las que hubiera sido fácil a cualquiera imponerse sobre un pueblo inerme.


Fue llamado Solón, quien acudió. A pesar de ser viejo, comprendió en seguida de lo que se trataba y previno a los circunstantes: «Escuchadme bien, atenienses: yo soy más sabio que muchos de vosotros, y más valeroso que muchos otros. Soy más sabio que los que no ven la malicia de este hombre y sus fines ocultos; y más valeroso que los que, aun viéndola, fingen no verla por evitarse líos y vivir en paz.» Y, notando que no le hacían caso, añadió, indignado: «Siempre sois iguales; cada uno de vosotros, individualmente, obra con la astucia de una zorra. Pero colectivamente sois una bandada de gansos.»


Al gran anciano, que veía en peligro toda su reforma le era fácil comprender los planes de aquel tribuno, que se llamaba Pisístrato. Pues éste era primo suyo, y Solón había aprendido a medirle, desde pequeño, la sagacidad, la ambición y la falta de escrúpulos.

Desgraciadamente, además de la «Montaña», Solón tenía también en contra la «Llanura», dominada por aquellos aristócratas retrógrados y santurrones a los que él había suprimido el monopolio del poder. Apesadumbrado y desilusionado, se encerró en su casa, atrancando la puerta en la que colgó, como se usaba entonces, las armas y el escudo, para significar que se retiraba de la política.


También Pisístrato era aristócrata y de familia rica. Pero había comprendido que la democracia, una vez instaurada, es irreversible y va siempre hacia la izquierda. Por lo que hacía tiempo que cifraba sus ambiciones en el proletariado, habiéndose puesto al frente de él con ese espíritu demagógico y ese cinismo que es lo que precisamente prefiere el proletariado. Su petición fue aprobada. Pisístrato, en vez de cincuenta hombres, enroló y armó a cuatrocientos, se adueñó de la Acrópolis, y proclamó la dictadura. En nombre y para bien del pueblo, claro está, como todas las dictaduras.


La «Costa», o sea las clases burguesas, que hasta aquel momento le habían apoyado, se asustaron, se coaligaron con la «Llanura», derribaron al tirano y le obligaron a huir. Pero Pisístrato volvió pronto al ataque.


Heródoto cuenta que un día del año 550, se presentó a las puertas de la capital un imponente carro con guirnaldas de flores, en el cual sentábase majestuosamente una bellísima mujer con las armas y el escudo de Palas Atenea, protectora de la ciudad. Naturalmente, la acogieron con aplausos y hosannas. Y cuando los heraldos que precedían al vehículo anunciaron que la diosa había venido personalmente para restaurar a Pisístrato, el pueblo se inclinó. Y Pisístrato compareció al frente de sus hombres que habían permanecido ocultos entre el cortejo.


¿Fue la rabia de haberse dejado engañar con una estratagema tan burda lo que impelió a los burgueses de la «Costa», a coaligarse con los barones de la «Llanura» contra el dictador de ascendencia aristocrática, pero de ideas progresistas? No se sabe. Sábese solamente que la coalición se hizo y se llevó la mejor parte, volviendo a arrojar al exilio a Pisístrato. Pero éste no era hombre para aceptar la derrota.


Tres años después del segundo derrocamiento, o sea en 546, hele aquí de nuevo con sus hombres a las puertas de una ciudad que, evidentemente, no había encontrado de su gusto la restauración del antiguo régimen y que se las abrió sin resistencia. Pisístrato volvió a ser dictador, y siguió siéndolo, casi sin molestias, durante diecinueve años, o sea hasta su muerte.


Este curioso y complejo personaje parece creado aposta por la Historia para confundir las ideas a todos aquellos que creen tenerlas clarísimas y que, basándose en ellas, han decidido que la democracia es siempre una fortuna, y que la dictadura es siempre una desgracia. Apenas se lo volvieron a encontrar encima, todos sus enemigos —que seguían siendo muchos— temblaron ante la idea de una purga. En cambio, Pisístrato, que durante la lucha había sabido dar la cara, en la victoria derrochó generosidad. Se desembarazó rápidamente, confinándoles, tan sólo de aquellos que se encarnizaban en una aversión irreductible; mas para los demás hubo indulgencia plenaria.


Todos esperaban que modificase la Constitución de Solón para dar una base jurídica al propio poder personal; y, en cambio, los retoques fueron escasos y superficiales.


Nada de régimen policial, nada de denuncias, nada de «leyes especiales», nada de «culto de la personalidad». Pisístrato quiso elecciones libres, aceptó a los arcontes que el voto popular designó y se sometió al control del Senado y de la Asamblea. Y cuando un particular le acusó de asesinato, se querelló simplemente ante un tribunal común. Ganó la causa porque el adversario no se presentó. Pero la contumacia fue sugerida a ésta por el conocimiento de sostener una tesis impopular. Pues la inmensa mayoría de atenienses, tras haberle hostigado y tenido por sospechoso mucho tiempo, se habían vuelto sinceramente afectos a Pisístrato, que poseía un arma formidable: la simpatía.


Le llamaban tirano, pero la palabra no tenía en aquellos tiempos el amenazador y peyorativo significado que tiene en el nuestro. Venía de tirra, que quiere decir fortaleza, pero también era el nombre de la capital de Lidia, donde el rey Giges había establecido precisamente un clásico régimen dictatorial. El tirano Pisístrato era un hombre cordial que, eso sí, hacía lo que quería, pero después de haber convencido a los demás de que lo que él quería era lo que ellos querían también. Pocos eran los que lograban oponer argumentos a sus argumentos, y eso también porque él sabía exponerlos de la manera más persuasiva. Tenía eso que los franceses llaman charme, conocía el arte de aliñar los discursos sobre las materias más difíciles con anécdotas divertidas, de atraerse a los oponentes sin ofenderles, es más, fingiendo darles la razón, y exponía sus tesis con llaneza, sin engreimiento, haciéndolas comprensibles a todos. Y de estas cualidades se sirvió para llevar a cabo una obra fenomenal.


Su reforma agraria fue tal, que el Ática no tuvo necesidad de otra durante siglos. El latifundio quedó destruido y en su lugar surgió una miríada de cultivadores directos que, sintiéndose propietarios, sentíanse también ciudadanos y, como tales, interesados en el destino de la patria.


Su política fue «productivística» y de pleno empleo de la mano de obra, a través de grandes empresas de obras públicas que absorbieron a los desocupados e hicieron de Atenas la verdadera capital de Grecia.


Hasta aquel momento había sido de hecho una ciudad como muchas otras, de segundo plano con respecto a Mileto y Éfeso, mucho más desarrolladas desde el punto de vista comercial, cultural y arquitectónico, tanto, que Homero apenas habla de ella. Pisístrato empezó por el puerto, fundando astilleros que pronto construyeron las más modernas y poderosas naves de la época.


Había comprendido que el destino de Atenas, circuida por áridas y pedregosas montañas por la parte de tierra, estaba en él mar. La iniciativa, de concillarle la burguesía de la «Costa», formada principalmente por armadores y mercaderes, le procuró el dinero para la reforma urbanística. Fueron sus geólogos los que descubrieron, en los contornos, plata y mármol. Y fue con estos materiales que, en el lugar de las cabañas de adobe, se elevaron los palacios, y en la Acrópolis, el viejo templo de Atenea fue embellecido con el famoso peristilo dórico. Pues Pisístrato, el hombre de hierro, era además culto y de gustos refinados.


Y, en efecto una de las primeras cosas que hizo apenas llegado al poder, fue instituir una comisión para la compilación y ordenamiento de la Ilíada y de la Odisea, que Hornero había dejado desparramadas en episodios fragmentarios confiados a la memoria oral del pueblo. Y hasta qué punto la comisión reuniera y modificara también el texto, es difícil saberlo.


En política exterior, Pisístrato no perdió de vista solamente dos cosas; evitar la guerra, y dar a Atenas, sin que las demás ciudades se diesen cuenta, una posición de capital moral sobre Grecia, en espera de convertirla en capital política. Lo consiguió, a pesar de las molestias que causó a mucha gente con su flota omnipresente ,y entrometida y con las «colonias» que fundó un poco en todas partes, en casa ajena, pero especialmente en los Dardanelos.


Escultores, arquitectos y poetas acudieron a Atenas también porque reconocían en Pisístrato a un intelectual como ellos.


Y los juegos «panhelénicos» que él instituyó en la ciudad se convirtieron en motivo de encuentro no sólo para los atletas, sino también para los hombres políticos de toda Grecia. Pero más lejos no se llegó. Celoso cada uno de la propia «patria chica», representada por una ciudad sola y sus aledaños, eran constitucionalmente refractarios a concebir otra más grande.


Pisístrato vio los inconvenientes, pero tuvo el buen sentido de no forzar con la violencia una unidad antinatural. Como Renán, creía que una nación se funda por. el deseo de sus habitantes de vivir juntos; y que cuando este deseo falta, no hay política que pueda sustituirlo. Fue un gran hombre. Su dictadura, presentada como la negación de la Constitución de Solón, le procuró en cambio el medio de llevar a cabo su obra y de resistir a las pruebas posteriores.





La Acrópolis


La Acrópolis de Atenas puede considerarse la más representativa de las acrópolis griegas. Es una roca, plana en la parte superior, que se alza 156 metros sobre el nivel de la ciudad de Atenas, Grecia. También es conocida como Cecropia en honor del legendario hombre-serpiente, Cécrope, el primer rey ateniense.

Existe evidencia arqueológica de la ocupación y uso en el período Acaeno cuando se erguía un palacio en aquel lugar. En aquélla época, estaba rodeada por un grueso muro (entre 4,5 y 6 metros) que constaba de paramentos construidos con grandes bloques de piedras cimentados con un primigenio mortero llamado emplekton. La entrada principal miraba hacia el Este. Al noroeste existía una entrada, a la que se llegaba mediante una escalera de aproximadamente quince escalones escarbados en la roca.

Esta entrada secundaria está situada próxima al palacio real. Al nordeste hay un portillo y una escalera que va a la fuente conocida como "Clepsidra."

Tras la Edad Oscura, la Acrópolis dejó de ser una residencia y se convirtió en el centro de culto de Atenas, centro de adoración para la ciudad.

Tras la invasión dórica del siglo X adC, un nuevo edificio denominado Enneapylon ("nueve puertas") cubrió la fuente. Trazos de casas micénicas prueban que la acrópolis estaba permanentemente habitada durante esa época y que siguió así durante los períodos oscuros que precedieron al nacimiento de la polis ateniense en el siglo VIII adC.

En dicha época, existía un pequeño templo dedicado a Atenea mencionado por Homero.

La Acrópolis fortificada sirvió como ciudadela para Pisístrato. En el 510 adC, cuando fue defenestrado por una revolución popular apoyada por los espartanos, se demolieron los muros.

En el mismo lugar, los antiguos habitantes de Atenas se refugiaron durante las Guerras Médicas hacia el 480 adC. Con dicho propósito, las partes dañadas de la muralla fueron reemplazadas por un refugio de madera, pero esto no detuvo a las tropas invasoras del Rey persa Jerxes en la conquista de la Acrópolis y en el saqueo y quema de los templos mayores.

La mayoría de los grandes templos fueron reconstruidos bajo el liderato de Pericles durante la Edad Dorada de Atenas (460-430 adC). Fidias, un gran escultor ateniense, e Ictino y Calícrates, dos famosos arquitectos, fueron los responsables de la reconstrucción


Hipias e Hiparco


El tirano supo rehuir, todas las tentaciones del poder absoluto, menos una; la dé dejar él «cargo» éfi herencia a sus hijos Hipias é Hiparco. El amor paternal impidióle ver con su habitual claridad que los totalitarismos no tienen herederos y que él suyo se justificaba solamente como una excepción a la democracia, para asegurar el orden y la estabilidad. Lástima, Pisístrato había muerto en el 527 antes de Jesucristo. Veintiún años después, o sea en 506, hallamos a uno de sus dos hijos, designados por él para sucederle, Hipias, en la Corte del rey de Persia, Darío, para sugerirle la idea de declarar la guerra a Atenas y a Grecia entera. Los grandes hombres no deberían dejar nunca viudas ni herederos. Son peligrosísimos.


Este Hipias no había debutado mal, después que su padre hubo sido depositado en la fosa. Era un mozalbete despierto que, a fuerza de estar junto al papá, había aprendido muchas de sus triquiñuelas, y se había apasionado por la política, a diferencia de su hermano Hiparco que, en cambio tan sólo se interesaba por el amor y la poesía, de modo que entre ambos ni siquiera había rivalidades peligrosas. Y, sin embargo, quien provocó las desventuras que condujeron a la caída de la dinastía fue precisamente Hiparco.

Probablemente éste no era, en cuanto a moralidad, peor que muchos de sus coetáneos y en materia sentimental seguía sus ideas, entre las cuales figuraba la de una absoluta imparcialidad en lo que atañe a los dos sexos. Hiparco tuvo la desgracia de tropezar con un bellísimo joven llamado Harmodio, que un tal Aristógiton —aristócrata cuarentón, influyente y celoso—; consideraba propiedad suya. Éste concibió...la idea de desembarazarse de su rival con el puñal y, para imprimir al asesinato una etiqueta más lim­pia que lo hiciese popular, pensó en extenderlo tam­bién al hermano Hipias, haciéndolo así pasar por «de­lito político» en nombre de la libertad y contra la tiranía.

Organizó en ese sentido una conjura con otros nobles latifundistas y, con ocasión de una fiesta, in­tentó el golpe, que sólo resultó bien a medias: Hiparco dejó el pellejo en él, mientras que Hipias se salvó. Y desde aquel momento, un poco por rencor y otro poco por miedo a otros complots, el hijo y discí­pulo de Pisístrato, dictador liberal, indulgente e ilus­trado, convirtióse en un tirano auténtico.

Los efectos de su política persecutoria no se hicieron esperar. Aristógiton, que había intentado el golpe por motivos personales y más bien sucios, y que de momento no había encontrado ningún apoyo moral en el pueblo, tardó poco, en la fantasía de la gente, indignada por los abusos de Hipias, en convertirse en un adalid de la libertad, en tanto que Harmodio adquiría la semblanza de un mártir, como si hubiese sido una muchacha inmaculada y acosada; y hasta la cortesana Lena, su amante, fue aureolada de leyenda. Decíase que, detenida y torturada por la policía para que revelase los nombres de los cómplices, se había cortado la lengua de un mordisco, escupiéndola a la cara de sus verdugos.


El descontento del pueblo enfureció a Hipias, que a su vez enfureció al pueblo. Y cuando el divorcio entre ambos fue total, los exiliados, que mientras tan­to se habían concentrado en Delfos, armaron un ejér­cito, llamaron a los espartanos en su ayuda, y junto con éstos marcharon contra Atenas.


Hipias se refugió en la Acrópolis con sus seguidores. Mas, para poner a salvo sus hijitos, trató de hacerles expatriar secre­tamente. Los sitiadores los capturaron. Y el infeliz padre, por salvar la vida de los hijos y la suya pro­pia, capituló y marchó voluntariamente al destierro. No hay que olvidar, empero, que por sus venas corría aún la sangre de Pisístrato, o sea de un hombre pron­to siempre a sacrificar la posición por la familia, pero jamás dispuesto a resignarse a la derrota.


Clístenes


El que mandaba a los rebeldes, al frente de los cuales entró en la ciudad, era Clístenes, un aristócrata por quien los demás aristócratas sentían poca simpatía porque tenía ideas progresistas. Por lo que, como los vencedores eran ellos, impugnaron su candidatura para las elecciones siguientes, y en su sitio pusieron a Iságoras, un latifundista retrógrado que pretendía que la república se volviese a tragar todas sus con­quistas sociales.


Al cabo de cuatro años fue depuesto por una insurrección popular, contra la cual nada pu­dieron ni siquiera los espartanos, acudidos nuevamente para apuntalar un orden constituido que, a ellos, reaccionarios encallecidos, les gustaba en extremo.


Clístenes, que había capeado la revuelta, asumió el poder y lo ejerció un poco dictatorialmente, también, pero en nombre de la democracia.


Llevó a término la reforma igualitaria de Pisístrato, duplicó el número de ciudadanos con derecho a voto, destruyó desde los cimientos algunas agrupaciones en tribus que cons­tituían la fuerza de clientela de la aristocracia y que correspondía un poco a nuestro colegio uninominal; e inauguró aquel sistema de autodefensa de las insti­tuciones democráticas que se llama ostracismo.


Cada miembro de la Asamblea popular, de la que formaban parte seis mil personas, o sea prácticamente todos los cabezas de familia de la ciudad, podía inscribir en una pizarra el nombre del ciudadano que, según él, constituyese una amenaza para el Estado. Si esta anó­nima denuncia venía avalada por tres mil colegas, el denunciado se veía mandado al destierro por diez años sin necesidad de un proceso que testificase sus culpas.

Era un principio injusto y por lo demás peligroso, pues se prestaba a toda clase de abusos. Pero los atenienses lo practicaron con moderación, si bien no siempre atinadamente, pues en los casi cien años que estuvo en uso, fue aplicado tan sólo en diez casos. Y el colmo de la sabiduría acaso la pusieron de manifiesto haciendo blanco de ello precisamente a quien lo había inventado. Un día en que el presidente de la Asamblea, según el enjuiciamiento habitual, preguntó a la asisítencia:

«¿Se halla entre vosotros alguno que consideréis peligroso para el Estado? Y si está, ¿quién es?»,

"muchas voces respondieron: «Clístenes.»

La denuncia reunió los tres mil sufragios exigidos por la ley, con lo que el inventor del ostracismo fue «ostracizado» por aquel pueblo al que había devuelto la libertad y que, con sabia ingratitud, la usó para librarse de él, quien, con muchos méritos en su haber, podía sentirse ten­tado a hacer de ellos un título para legitimar una nueva tiranía.

No conocemos las reacciones del pobre proscrito. Pero el hecho de que la Historia no las haya regis­trado, demuestra que fueron menos enérgicas que aquellas a las que se hubiese entregado un Pisístrato o un Hipias. Acaso Clístenes tuvo bastante lucidez para darse cuenta de que la ingratitud, jamás excusa­ble en el plano humano, a menudo lo es en el plano político.


Y en el hecho, de que los atenienses, conver­tidos por él en partícipes de la soberanía del Estado, se mostrasen en seguida tan celosos de usarla en per­juicio suyo, vio probablemente el triunfo de su pro­pia obra y gustosamente sacrificó a ella su destino personal. Ya que el ostracismo no implicaba más per­secución que el exilio, nos agrada pensar que Clís­tenes vivió el tiempo suficiente para poder ver con qué heroico encarnizamiento los atenienses defendie­ron las libertades que él les había dado, cuando para amenazarlas se perfiló, por consejo de Hipias —viejo, pero aún robusto y, a diferencia de Clístenes, inca­paz de perdón y de resignación— el ejército de Darío.


LOS PERSAS


Más resumido y esquemático en: http://invitacionalahistoria.blogspot.com/2008/10/las-guerras-mdicas.html




Algo había cambiado, desgraciadamente, desde los tiempos en que las poleis griegas podían libremente abandonarse a sus fuerzas centrífugas y separatistas porque ningún enemigo les amenazaba. Al Norte, las bárbaras tribus ilirias, de la que habían descendido aqueos y dorios, habían dejado de caer sobre la Hélade. Al Sur, el poderío egipcio seguía declinando. Al Oes­te, Roma y Cartago todavía estaban en los albores.


Mas el peligro provenía del Este, donde hasta aquel momento, sólo había existido el reino de Lidia, fruto más que nada de la diplomacia de un gran soberano: Creso, él amigo de Solón, el cual, por bien que hubiese anexionado varias islas griegas de la Jonia, era favo­rable a los griegos, de los que había absorbido la cultura. Tanto, que precisamente esto fue acaso su equivocación. Pues, ocupado y preocupado solamente por ellos, no se fijó en la Persia que le crecía a las espaldas; y cuando se dio cuenta del peligro, era ya demasiado tarde.


El nuevo rey de aquel país, Ciro el Grande, había conquistado ya Babilonia y la Mesopotamia, cuando Creso le declaró la guerra. Pero justamente el día de la batalla hubo un eclipse de luna. Los dos ejér­citos se espantaron tanto que se negaron a combatir. Poco después, Creso fue a Delfos para consultar al oráculo. Y éste le contestó que, si lograba atravesar con sus tropas el río Halys, destruiría un poderoso Imperio. La profecía se cumplió.


Creso atravesó el río Halys, presentó batalla, y perdió un poderoso Im­perio: el suyo. Heródoto cuenta que, al capturarle, Ciro le puso sobre una parrilla para «sacrificarle a los dioses», como entonces se decía gentilmente, asado en su punto. En aquel momento, Creso se acordó de So­lón quien, aunque con mucha diplomacia, le había ex­hortado a la prudencia, e invocó su nombre por tres veces. Ciro quiso saber quién era aquel Solón. Y una vez oída su historia, quedó tan impresionado que man­dó desatar al prisionero. Demasiado tarde, pues el fuego ya ardía. Pero algún dios misericordioso envió un buen temporal que apagó la hoguera.


Así narraba Heródoto los grandes acontecimientos históricos. Según él, no solamente Creso se puso a salvo, sino que se hizo amigo de Ciro y gozó toda la vida de su hospitalidad. El trono, empero, no lo recuperó. Y la anexión de la Lidia permitió a Persia asomarse el Mediterráneo, justo frente a Grecia, que se las daba de dueña con la flota ateniense.


A la sazón la corona de Ciro la ceñía Darío, un condottiero de ejércitos más que un verdadero hom­bre de Estado, y, como tal, propenso a calibrar la im­portancia de un Imperio por su extensión. De conquis­ta en conquista, se había introducido ya en el conti­nente europeo, engullendo Tracia y Macedonia e ins­talándose así en la vertiente montañosa de la Grecia meridional.


Los historiadores dicen que Darío había concebido el grandioso proyecto de imponer al mundo la civiliza­ción oriental, destruyendo todos los centros de la occi­dental. Lo dudamos, porque, cuando Hipias, al refu­giarse en su Corte tras el exilio, empezó a atizarle con­tra la propia patria, Darío contestó; «Pero, ¿quiénes son esos atenienses?»


Evidentemente, era la primera vez que oía hablar de ellos. No era hombre de grandes concepciones estratégicas. Seguía una lógica militar propia, la sencillísima de todos los generales desde que el mundo es mundo, y, según la cual, la conquista de un país no está afirmada si no es seguida por la de los países limítrofes. Había sido la aplicación de este principio lo que le llevó a anexionarse también las islas del Egeo oriental, porque éstas amenaza­ban las costas de Asia Menor donde se había instalado.


Entre sus conquistas, hubo también la de Mileto, que soportó mal el yugo persa. Aristágoras, uno de los irredentistas más encendidos, fue a solicitar ayuda de Esparta, que declinó. Era una ciudad de campesi­nos que no veían más allá de sus narices. Aristágoras se trasladó a Atenas y halló buena acogida. Los ate­nienses eran armadores y mercaderes, para los cuales el mar lo significaba todo. Las ciudades del Egeo eran casi todas colonias jonias, o sea fundadas y pobladas por gente del Ática. Y Aristágoras era un gran ora­dor: cualidad que para los buenos gustadores de Ate­nas era muy apreciada.


Tal vez los sucesores de Clístenes no sabían con exactitud lo que, en el llamado equilibrio de fuerzas mundiales, representaba Darío. Y de todos modos, tampoco tuvieron una idea exacta de la importancia histórica que entrañaba la decisión de atajarle el paso. Tan sólo hoy, ante los hechos consumados, podemos decir que gracias a aquello fue posible el nacimiento de Europa. Si Darío hubiese pasado entonces, el Occi­dente se habría quedado como tributario del Oriente quién sabe durante cuántos siglos y con qué conse­cuencias. Pero de momento es lícito pensar que los atenienses fueron tentados solamente por la idea de contribuir al rescate de algunas ciudades que consti­tuían “sus Trento y Trieste”. Y. fue tal vez con cierta ligereza que decidieron enviar allí a una pequeña flota de veinte naves en ayuda de los insurgentes.

Acabó mal porque, en la flota de la liga jónica que se formó para la ocasión, el contingente de Saraos desertó en el momento de la batalla que se libró en aguas de Lade y que significó para los griegos una derrota colosal. Los persas reconquistaron Mileto, ma­taron a todos sus habitantes varones y redujeron las islas jónicas a tales condiciones que no volvieron a recobrarse nunca más. Y, con gran alcarria de Hipias, declararon la guerra a Atenas.

Milcíades.

El destino de Grecia, que muy poco después había de desaparecer como nación por el hecho de no haber logrado serlo, fue preanunciado por el espectáculo que ofreció en aquel año 490 antes de Jesucristo, cuan­do seiscientas naves y doscientos mil soldados persas se asomaron a sus puertas. Los Estados septentrio­nales se rindieron cada uno por su cuenta; Eubea se sometió; Esparta pidió consejo a los dioses, que le dieron el de evitar los «líos». Total: que al lado de Atenas sólo formó la pequeña Platea, ciudad de segun­do orden, que mandó su modesto ejército a alinearse junto al que con gran prisa había preparado Milcíades.

Era éste un caudillo que hubiese hecho muy bue­na figura también en la Italia del siglo xv, de esos que, cuando nacen en el momento justo, o sea en el del peligro, representan una bendición para su país. Había en él algo que recuerda a McArthur, y debía conducirle a los mismos éxitos y a los mismos excesos. Con veinte mil hombres someramente armados, sinté­ticamente adiestrados y con escasa tradición militar, Milcíades tenía que afrontar a doscientos mil y en condiciones particularmente difíciles a causa de un reglamento que le imponía compartir los turnos de mando con otros nueve generales. Los atenienses no querían que de una guerra volviesen a casa «héroes», dispuestos tal vez a sacar provecho de los méritos militares para una carrera política. Pero en determi­nados casos ciertas preocupaciones acarrean la pa­rálisis.

La gran suerte de Milcíades fue que el día de la batalla en la llanura de Maratón, el turno de mando le tocase a Arístides, el cual, reconociendo, como hom­bre honrado que era, la superior capacidad de su colega, renunció en su favor. Milcíades había com­prendido cuál era el punto flaco de los persas; eran valientes soldados individualmente, pero no tenían ninguna idea de la maniobra colectiva. Y sobre ésta apostó. De dar crédito a los historiadores de la época —que desgraciadamente eran todos griegos—, Darío perdió siete mil hombres y Milcíades ni siquiera dos­cientos. No nos parece muy creíble. Pero lo cierto es que fue una gran y sorprendente victoria. Todos sa­bemos cómo el mensajero mandado a anunciarla a Atenas, Filípides, cayó muerto, con los pulmones re­ventados, dando un ejemplo que ningún maratoniano, hasta Zatopek, ha vuelto a tener la fuerza y el valor de seguir. Mientras corría, llegaron también a Mara­tón los espartanos. Estaban sinceramente apenados por su retraso y pidieron humildemente perdón por él a los vencedores.


Henchido de orgullo y con el pecho cubierto de medallas, Milcíades pidió setenta naves. Los atenien­ses no comprendieron qué quería hacer con ellas, pero, por gratitud, se las dieron. El general, converti­do en almirante, las condujo a Paros a cuyos habi­tantes intimó que le entregasen cien talentos, algo así como quinientos millones de liras. He aquí lo que quiso hacer con aquella flota: cobrarse el servicio que había prestado a su patria, la cual se había olvidado de pagárselo. El Gobierno le reclamó, pero le impuso entregar tan sólo la mitad de lo que se había embol­sado. Milcíades no llegó a tiempo de restituirlo por­que la muerte se lo llevó, por suerte suya y de su país. A saber cuántas cosas habría imaginado si hu­biese quedado con vida.


Arístides


Sobrevivióle Arístides, cuyas vicisitudes nos demues­tran, desgraciadamente, que la honestidad en políti­ca no encuentra siempre su recompensa, y que la his­toria, siente debilidad por los bri­bones.


Era el hombre hacia el cual todo el público volvió la mirada cuando una noche, en el teatro, un actor declamó ciertos versos de Esquilo que decían: «Él no pretende parecer justo, sino serlo. Y de su ánimo no germinan, como trigo de fértil gleba, más que sabi­duría y mesura», pues cada uno vio en esta descrip­ción su retrato. Era el hombre que no sólo había cedido su turno de mando a Milcíades, sino que des­pués de la batalla, habiendo recibido en custodia las tiendas del enemigo, dentro de las cuales se acumu­laban cuantiosas riquezas, las había entregado intactas al Gobierno; cosa qué también en aquellos tiem­pos, como se ve, causaba gran impresión. Su recti­tud era tan universalmente reconocida que, cuando Atenas y sus aliados convinieron en formar una liga e "'instituir un fondo común en Delos, fue él, por votación unánime, designado para administrarlo.


Temístocles


No nos maravilla, porque había sido amigo y discípulo de Clístenes. Y había pasado la juventud combatiendo, en nombre del orden democrático, la corrupción política y las malversaciones de sus funcionarios. Desgraciadamente, son cualidades que la gente admi­ra, pero no ama. Y acaso le faltaba a Arístides aquel don de la «simpatía» que había sido la fuerza de Pisístrato y le había permitido hacerse perdonar su cinismo.

El hecho es que fue batido por su adversa­rio Temístocles, del que tal vez le separaba más bien una rivalidad sentimental que una oposición ideológi­ca. Habían estado ambos perdidamente enamorados de la misma muchacha, Estesilao de Ceo. A la sazón, ella había muerto. Pero los rencores habían sobrevi­vido, y la mala fortuna quiso que las buenas cuali­dades, entre los dos, estuviesen equitativamente re­partidas: al superior carácter de Arístides se oponía la superior inteligencia de Temístocles, orador bri­llante y hombre político de recursos inversamente proporcionales a los escrúpulos, «No había —dice Plu­tarco de él— aprendido gran cosa, cuando los maestros trataron de enseñarle cómo hay que ser; pero había aprovechado ampliamente las lecciones cuan­do le instruyeron sobre los métodos de triunfar.»


Venció él, y con escasa caballerosidad propuso el ostracismo para Arístides. Era el único medio de li­brarse de semejante hombre de bien. Y no dice mu­cho a favor de los atenienses el hecho de que los tres mil votos se encontraron también en esa ocasión. Los motivos de esta desdichada medida los expresó con claridad un pobre rústico analfabeto, que el día de la votación, se dirigió a Arístides sin saber quién era éste, para rogarle que inscribiese en la pizarra su aprobación a la propuesta de Temístocles. «¿Por qué quieres mandar al exilio a Arístides? ¿Te ha hecho algo?», preguntó Arístides. «No me ha hecho nada —respondió el otro—, pero no puedo aguantar más oírle llamar "el Justo". ¡Me ha roto los cascos con su justicia!» Arístides sonrióse de tanto rencor, típico de la mediocridad contra lo sobresaliente, e inscribió el voto de aquel hombre contra, él. Y tras haber oído el veredicto condenatorio, dijo sencillamente: «Espe­ro, atenienses, que no volváis a tener ocasión de acor­daros de mí.» Así, después de Clístenes, que lo había inventado, también su mejor amigo y alumno caía víctima del ostracismo. Pero también esta vez había un motivo, aunque cruel e injusto; Atenas, en aquel momento, necesitaba más de Temístocles que de Arístides. Los persas se hallaban de nuevo a sus puertas.


Jerjes


Esta vez los conducía Jerjes, que sucediera a su pa­dre en 485 y ardía en deseos de vengar la única de­rrota de éste. Empleó cuatro años en preparar la expedición. Y lo que en 481 se puso en marcha para el gran castigo era un ejército que Heródoto calculó en más de dos millones y medio de hombres, apoyado por una flota de mu doscientas naves. «Cuando se pa­raban a beber en un sitio, los ríos se secaban», añade el historiador para hacer más creíbles sus cifras. Los espías griegos que Temístocles mandó para pro­curarse informaciones fueron descubiertos. Pero Jer­jes ordenó que se les soltase. Prefería que los grie­gos se enteraran y que, sabiendo, se rindiesen.


Los Estados del Norte lo hicieron. Al ver a los inge­nieros fenicios y egipcios construir un puente de sete­cientas barcas, sobre el que extendieron encima una capa de troncos de árbol y tierra, y excavar después un canal de dos kilómetros para atravesar el istmo del monte Atos, aquellos pobres campesinos pensaron que Jerjes debía ser una encarnación del dios Zeus y que, por lo tanto, era inútil resistirle. Como de costumbre, al lado de la temeraria Atenas, de momento sólo es­tuvo Platea, A ésta se agregó Tespias. Y, poco des­pués, Esparta decidióse finalmente a unirse a la coa­lición.


Leónidas y las Termópilas


Sobre Esparta consultad:http://invitacionalahistoria.blogspot.com/2008/10/esparta-una-sociedad-de-guerreros-en.html














Su rey, Leónidas, condujo en las Termopilas un extenuado grupo de trescientos hombres, todos viejos, pues los jóvenes tenían que quedarse.a actuar de simiente en casa. Y de dar crédito a los historia­dores griegos, aquéllos hubieran rechazado solos a los dos millones y medio de enemigos, si unos traidores no hubiesen guiado a éstos, por un sendero oculto, cogiendo de revés a Leónidas. Éste cayó con doscien­tos noventa y ocho de los suyos, tras haber causado veinte mil muertos al enemigo. De los dos supervi­vientes, uno se suicidó por vergüenza y el otro se re­habilitó, cayendo en Platea.


Una lápida fue colocada en conmemoración del episodio. En ella está escrito; «Ve, extranjero, y di en asparta que nosotros caímos aquí en obediencia a us leyes.»


La noticia del desastre llegó a Temístocles el día piguiente de la batalla naval de Artemisium, donde, bien se encontrase a uno contra diez, logró no perder. La víspera, los otros almirantes querían retirarse.


Salamina


Mas los cúbeos, temerosos de un desembarco, le habían enviado treinta talentos —algo así como cien millones de liras— para que él les decidiera a batirse. Temístocles les dio la mitad. El resto de la propina se la guardó. El desastre de las Termopilas no le permitió reanudar la batalla el día siguiente, "ira preciso mandar la flota a Salamina para embarcar a los atenienses, que comenzaban a huir ante el ejército de Jerjes en marcha hacia la ciudad. Ésta no se rindió. Un diputado que lo había propuesto fue muerto en la Asamblea, y su esposa y sus hijos la­pidados por las mujeres.


Los persas saquearon una ciudad desierta, y creye­ron haber vencido porque, mientras tanto, su flota labia entrado también en la rada.


En este punto se vio quién era Temístocles. No pudiendo oponerse a sus colegas que, unánimes, que­rían huir, mandó a escondidas un esclavo suyo a Jer­jes para informarle del plan de retirada que había de efectuarse la noche siguiente. Si aquel mensaje hubiese sido descubierto, Temístocles habría pasado por un traidor. En cambio, llegó a su destino. Jerjes, para que el enemigo no le rehuyese, le cercó, y Temís­tocles alcanzó su objetivo: el de obligar a los griegos a batirse.


Jerjes, desde tierra firme, asistió a la catástrofe de su flota, que perdió doscientas naves contra cua­renta griegas. Los únicos de entre sus marineros que sabían nadar eran también griegos, que se unieron al enemigo. Los demás se ahogaron.Así, por segunda vez desde Maratón, Atenas salvóse a sí misma y a Europa en Salamina. Corría el año 480 antes de Jesucristo.


Cuando, una -vez consumados los hechos, los ge­nerales y almirantes' griegos se reunieron para deci­dir quién, entre ellos, había sido el mayor artífice de la victoria y recompensarle, cada tino dio dos votos: uno a sí mismo y el otro a Temístocles.


Éste había continuado, aun después de Salamína, haciendo de las suyas. Después de la batalla naval, había vuelto a mandar el mismo esclavo, de absoluta confianza, a informar a Jerjes que él había logrado disuadir a sus colegas de que persiguiesen a la flota derrotada. ¿Lo había hecho realmente? ¿Y por qué motivo advertía de ello a su adversario? Tal vez por­que no se sentía seguro y prefería que éste se reti­rase. Pero la continuación de sus vicisitudes nos hace vislumbrar más graves sospechas. Sea como fuere, también esta vez. Jerjes le hizo caso. Dejó en Grecia trescientos mil hombres bajo el mando de Mardonio. Y con los demás, entre los que la disentería causaba-, estragos, se retiró desalentado a Sardes.


Pausanias y Platea


Hubo un año de tregua porque en ambas partes sentíase necesi­dad de recobrar alientos. Después, un ejército griego de cien mil hombres conducidos por el rey de Esparta, Pausanias, fue a alinearse en Platea frente al persa. El encuentro tuvo lugar en agosto de 479, y de nuevo nos hallamos ante cifras poco dignas de crédito. Herodoto dice que Mardonio perdió doscientos sesenta mil soldados, y esto puede ser. Pero .añade que Pausanias perdió ciento cincuenta y nueve, y esto ya nos parece inverosímil.


Micala


De todos modos, fue una gran victoria terrestre, a la que pocos días después se añadió otra marítima, en Micala, donde la flota persa quedó destruida. Como después' de la guerra de Troya, los griegos fueron de nuevo" dueños del Mediterráneo. O mejor dicho, lo fueron los atenienses, que eran los que habían dado la mayor contribución.


Delia, confederación de ciudades griegas


Temístocles, el hombre de las «emergencias» y de los «hallazgos»,-supo aprovechar para sí aquella posición. Organizó una confederación de ciudades griegas de Asia y del Egeo, que se llamó «Delia» porque se escogió como protector al Apolo de Délos, en cuyo templo se convino depositar el teso­ro común. Pero pidió y obtuvo que Atenas, además de ser su guía, contribuyese no ya con dinero, sino con naves. Así ésta tuvo un pretexto para desarrollar aún más su flota, con la que reforzó el dominio naval que ya ostentaba.


Temístocles leía con claridad el destino de su pa­tria. Sabía que de la parte de tierra no nabía que esperarse nada bueno, y no sosegó hasta que hizo aceptar al Gobierno el proyecto de encerrar la ciudad hasta el puerto de El Píreo —que es un buen trecho de camino—, dentro de una enorme valla, y que ésta fuese abierta sólo sobre el mar donde su fuerza era ya suprema.


Preveía las luchas con Esparta y con los .demás Estados del interior, celosos del poderío ate­niense. Y al mismo tiempo tomó la iniciativa de los tratados de paz con Jerjes porque quería el mar des­pejado y abierto al comercio.


Mas, al igual que Milcíades, se proponía hacerse pagar también los servicios que prestaba, y lo hizo sin reparar en los medios. La democracia había en­viado al exilio a muchos aristócratas conservadores y propietarios, poseedores de conspicuas fortunas. Pro­puso hacerles llamar, se embolsó las gratificaciones y les dejó en. el destierro. Un día se presentó con la flota en las islas Cicladas y les impuso una multa por la ayuda que, obligados con violencia, habían prestado a Jerjes. Con escrupulosa exactitud entregó el total al Gobierno; pero guardó en su bolsillo las sumas que algunas de aquellas ciudades le habían deslizado en él para quedar eximidas del castigo.


Si la guerra hubiese continuado, los atenienses tal vez se lo habrían perdonado. Pero la gran borrasca había pasado ya y iodos deseaban volver a la nor­malidad que significaba, sobre todo, honestidad y or­den administrativo. Por lo que la Asamblea recurrió otra vez el ostracismo para condenar a aquel que, apoyándose en el mismo, había hecho condenar al virtuoso Arístides. Temístocles se retiró a Argos, Era riquísimo. Sabía gozar también de la vida al margen de las ambiciones políticas, Y hubiese vuelto a dar que hablar si los espartanos no hubiesen mandado a Atenas un legajo de documentos de los que resultaba que Temístocles había negociado secreta y. traidoramente con Persia, de acuerdo con su regente Pausanias, que ellos habían condenado ya a muerte.



La Historia no ha puesto en claro si esta denun­cia correspondía a la verdad. El «affaire» Temístocles semeja un poco al de Tukachev, el maris­cal soviético que los alemanes, para librarse de él, denunciaron como traidor a Stalin. Mas el brillante estratega, enterado de lo que estaba a punto de caerle, encima, buscó refugio precisamente en la Corte de Artajerjes, el sucesor de Jerjes.


¿No había prepara­do Temistocles, hombre previsor, el terreno, él día que mandó a los persas la famosa información que permitió su retirada, tras el desastre de Salamina, con toda tranquilidad? Artajerjes le recompensó del favor con suntuosa hospitalidad, le aseguró una cuan­tiosa pensión, y prestó oído complaciente a los con­sejos que Temístocles le dio de reanudar la lucha contra Atenas, y.a los criterios que había que seguir para nevarla a buen término.


La muerte, llevándose a los sesenta y cinco años, en 459, a aquel «padre de la patria» que se dispo­nía a convertirse en el sicario, puso fin a la carrera de un inquietante personaje, que parecía encamar todas las cualidades y los vicios del genio griego.


LA DEMOCRACIA



Efialtes


Mientras tanto, en Atenas se había creado una si­tuación nueva. Los dos partidos —el oligárquico y el democrático, dirigido el primero por Cimón, hijo de Milclades, y el segundo por Efialtes— no estaban ya equilibrados como antes, cuando se alternaban en el poder. Por dos motivos; en primer lugar porque la guerra había sido ganada por la flota, arma y feudo de la burguesía mercantil, a costas del Ejér­cito que, arma y feudo de la aristocracia terrestre, casi úo había tomado parte en ella. Y, además, por­que la valla dentro de la cual Atenas proyectaba ence­rrarse y que ya estaba comenzada, acentuaba su vo­cación, burguesísima, de emporio marítimo. Cimón fue la víctima de esta situación. De su padre no había heredado ninguno de. aquellos cínicos recursos que habían labrado su suerte. Era un hombre hones­to, de gran carácter y políticamente desmañado. Pero no fue éste el motivo de su derrota, pues también su adversario era íntegro y esquinado.

De ese Efialtes, cuya acción fue decisivá pues allanó el camino a Feríeles e inauguró el período áureo de Atenas, sabemos solamente que era un hombre pobre, incorruptible, melancólico e idealista.


Atacó a la aristocracia en su castillo roquero, el Areópago o Senado, o sea en el plano constitucional, re­velando ante, la Asamblea todos los apaños que se perpetraban allí para convertir prácticamente en inoperante la democracia. Sus acusaciones eran do­cumentadas e incontrovertibles y pusieron a la luz todos los manejos y todas las intrigas a que se entregaban los senadores, con la colaboración de los sacerdotes, para imprimir un aval religioso a sus decisiones, que tendían solamente a salvaguardar los intereses de casta.


El Areópago salió malparado de aquella campana. No solamente no logró salvar a varios dé sus miembros, condenados unos al destierro y otros a muerte, sino que servio, despojado da casi todos sus poderes y reducido a una posición subordinada coa respecto a la Asamblea, o Cámara de diputados.


Pero Efialtes pagó cara su victoria. Después da algunas tentativas infructuosas para corromperle, no les quedó a sus adversarios, para desembarazarse de él, más qué el puñal de un asesino. Fue muerto el 461. Pero, como, de costumbre, el delito- no «pagó», Al revés, hizo más aplastante e irrevocable el triunfo de la demo­cracia y costó el ostracismo Cimón, que probable­mente riada tuvo que ver con el atentado.


Las perspectivas para Atenas no podían ser más brillantes cuando Pericles, sucesor natural de Efial­tes, hizo su debut político.


Fuente:Historia de los griegos de Indro Montanelli




De todos modos, las reformas resultaron insuficientes. En esas circunstancias, fue frecuente que algún aristócrata diese apoyo a los descontentos y se hiciese con el gobierno, instaurando una tiranía, es decir, un régimen en el que todos los poderes se concentraban en su persona.


Así actuó Pisístrato en Atenas, que una vez en el poder confiscó tierras a los nobles repartiéndolas entre los campesinos (reforma agraria*), y favoreció la artesanía y el comercio, realizando importantes obras públicas. Pero sus hijos no continuaron la obra de su padre y extremaron el carácter represivo del régimen, que finalmente fue derribado.


La Civilización Griega
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Más información en: http://www.skalagrim.com/?p=82


La democracia en Atenas.


Tras la caída de la tiranía en Atenas, logró imponerse un aristócrata, Clístenes (510-507 aC), quien en lugar de volver al gobierno oligárquico, trató de organizar la actividad política de forma participativa, en un intento de ofrecer cauces más eficaces para resolver los conflictos. Nació así la democracia o "gobierno del pueblo".


LOS GRUPOS SOCIALES
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El privilegio de ser ciudadano de Atenas. Calcula el porcentaje de ciudadanos, metecos y esclavos en relación a la población total de Atenas.



A partir de entonces, para paticipar en el gobierno ya no iba ser decisivo el origen aristócrata o la fortuna, sino simplemente el hecho de vivir en uno de los distritos en qué Clístenes dividió la polis de Atenas. Por tanto, el nuevo sistema político partía de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. El problema estribaba en que para ser ciudadano ateniense debías ser hijo de padres atenienses y, en aquel momento, la mayoría de los habitantes de Atenas o bien eran metecos (inmigrantes a los que no se les permitía casarse con ciudadanos), o bien esclavos. De cualquier modo, fue una mejora importante.


A Democracia Ateniense
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Algunos textos sobre la consideración de la mujer entre los griegos:


"Es, en efecto, más honesto para la mujer permanecer en casa que no salir constantemente, y es más vergonzoso para el hombre permanecer en casa que ocuparse de sus asuntos públicos" (Jenofonte).


"Tenemos a las cortesanas para el placer, a las concubinas para ocuparse de nuestras necesidades cotidianas, y a las esposas para que nos den hijos legítimos y sean las fieles guardianas de nuestro hogar" (Demóstenes).


Cómo explicas estas actitudes en un pueblo tan avanzado a nivel político?.



http://html.rincondelvago.com/000543880.png


Todos los ciudadanos tenían voz y voto en la Ekklesia (asamblea) que cada mes se convocaba en el ágora o plaza pública. Era el órgano básico de la soberanía política que aprobaba las leyes, decidía si se declaraba la guerra o se firmaba la paz, elegía a los magistrados y administraba justicia en determinados casos.


Extistía también un consejo o Bulé, formado por 500 ciudadanos elegidos anualmente por sorteo (50 de cada demarcación), que preparaban los asuntos sobre los que la Ekklesia tenía que pronunciarse.


A partir de la Bulé se formaba un comité permanente de gobierno de 50 miembros, Pritania, que se renovaba cada 36 días.


La presidencia, asignada por sorteo cada día a un miembro diferente de la Pritania, despachaba los asuntos urgentes y controlaba a los magistrados (9 arcontes).


Uno de ellos se encargaba de dirigir el ejército, formado por 10 regimientos -correspondientes a las 10 circunscripciones electorales-, cada uno mandado por un estratega que habían elegido sus integrantes.


Existía además un Tribunal Popular, compuesto por cuatro mil miembros elegidos por suerte entre todos los ciudadanos. Este organismo era la última instancia a la que podían apelar los ciudadanos y se encargaba de fiscalizar la labor de los hombres públicos de Atenas.


Finalmente el Consejo del Areópago, compuesto por exmagistrados, se ocupaba de los delitos de sangre y actuaba como depositarios de la tradición.




Historia Antigua Prof. Dr. G. Fatás



Fuente: http://santosan.iespana.es/cultura_politica.htm

HISTORIA:Instituciones de la democracia ateniense
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Organigrama del gobierno de Atenas en tempos de Pericles, s. V a de C. Dibuja un organigrama como este en tu cuaderno y a partir de la información del texto indica el nombre de cada institución.



Pericles, a partir del 462 aC completó estas reformas, instaurando la remuneración de los cargos públicos, cuyo ejercicio hasta entonces sólo podían permitirse los que gozaban de elevadas rentas.


Palabras de Pericles según Tucídides sobre la democracia:

"Porque tenemos una constitución que nada tiene que envidiar a los del resto de los estados, y antes de que meros plagiarios somos un ejemplo para imitar. La administración del Estado no está a manos de unos cuantos, sino del pueblo y por ello se llama democracia. En los asuntos privados, los hombres tienen ante la ley las mismas garantías y es el prestigio particular de cada cual, no su adscripción a una clase, sino su mérito personal, lo que le permite acceder a las magistraturas; de la misma manera, ni la pobreza de nadie, ni tampoco su oscura condición social, son un obstáculo si es capaz de hacer un servicio a la patria. La libertad es nuestra regla de gobierno en la vida pública, y en nuestras relaciones cotidianas no hay recelos ni tampoco nos ofende que nuestros vecinos quieran vivir de la manera que más los plazca".

¿Cuáles crees que son las ventajas de la democracia sobre los sistemas políticos hasta ahora?.




Cuando en el año 460 antes de Cristo Pericles se hace con el poder, su primer objetivo será hacer de Atenas la ciudad más importante de toda la Hélade.Para ello pondrá en marcha un ambicioso plan de renovación arquitectónica de la ciudad, que tiene en la Acrópolis su punto culminante. La Acrópolis se levanta en una colina situada en el centro del valle de Atenas, como una fortaleza natural semicircular. En este santuario se concentran los principales edificios de culto.

El acceso a la Acrópolis se realiza a través de los Propileos, levantados por Mnesikles por orden de Pericles entre los años 437 y 431 a.C. Dos terrazas superpuestas, divididas por un corredor transversal con columnas jónicas, daban lugar a cuatro estancias rectangulares.
El templo de Atenea Nike fue construido a partir del año 421 a.C. Calícrates fue el encargado de los diseños, resultando un pequeño edificio de orden jónico de gran belleza.

Iktinos y Calícrates son los responsables del Partenón, el templo dedicado a la diosa Atenea Partenos, la protectora de la ciudad. Se trata de un templo dórico, con ocho columnas en sus frentes principales y todo su perímetro rodeado también con dos filas de columnas. Realizado en mármol blanco del Pentélico, se construyó entre los años 448 y 438 antes de Cristo. En su decoración trabajó el mejor escultor del momento, Fidias, diseñando las metopas, el friso de las Panateneas y los frontones, creando buena parte de las mejores muestras del arte clásico.
El Erecteion fue construido por Mnesikles entre 421 y 406 a.C. Se encuentra en el lado septentrional de la Acrópolis y estaba consagrado a Atenea y Poseidón. El edificio, de estilo jónico, se adapta perfectamente a la orografía natural de la colina. En su lado meridional se alza el Pórtico de las Cariatides. Seis jóvenes vistiendo el peplo dórico sostienen el entablamento con un capitel en forma de cesto, constituyendo una rítmica composición atribuida a un discípulo de Fidias.


Fuente del texto anterior: http://www.artehistoria.jcyl.es/ciudades/videos/496.htm


La casa griega





Del esplendor a la crisis.


Durante esta periodo, los persas intentaron invadir Grecia (guerras médicas*, 500‑479 aC), pero las polis griegas, encabezadas por Atenas, consiguieron impedirlo, derrotándoles en batallas como las de Maratón o Platea. Tal prestigio alcanzó Atenas con estas victorias que, al poco tiempo, se aliaron con ella importantes polis para constituir una confederación defensiva estable y su hegemonía comercial se afianzó.


Su modelo político empezó a extenderse. Pero el poderío alcanzado pronto despertó la rivalidad de Esparta, su gran contrincante y defensora del sistema oligárquico, lo que desembocó en las guerras del Peloponeso (431‑404 aC) y llevó a la decadencia de las polis griegas.


Ese momento, fue aprovechado por Filipo (359-336 a. de C.), monarca de Macedonia, que desde su reino, situado al N. de Grecia, dominó las tierras del Sur. Su hijo, Alejandro "el Grande" (336-323 a. de C.) conquistó el extenso Imperio persa. A su muerte, sus generales se repartieron las tierras conquistadas. Surgieron así las llamadas monarquías helenísticas, en las que la influencia de la cultura griega se mantuvo mucho tiempo.


El Imperio de Alejandro el Grande. Este rey en sólo 10 años conquistó e inmenso imperio persa que se extendía desde Asia Menor hasta la India. Busca información sobre sus conquistas y sobre la influencia de los griegos en los territorios conquistados, después de su muerte.


La cultura griega.


Repaso Griegos
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Frente al colosalismo y solemnidad de las civilizaciones orientales, en la cultura griega todo parece haber sido concebido a escala humana. Los griegos creyeron en dioses muy parecidos a los hombres (antropoformismo*), y que como ellos tenían virtudes y defectos, a pesar de ser inmortales y omnipotentes. Moraban en el Monte Olimpo y el padre de todos era el poderoso Zeus. Se les conocía sobre todo a través de los mitos, leyendas que explicaban cuál había sido su intervención en el mundo. Precisamente los jóvenes se iniciaban en su estudio con la Ilíada o la Odisea, dos poemas épicos en los que abundan estas historias. En ellas también aparecen los héroes, hijos de un dios y un mortal que todavía hacían más cercanas a las divinidades. Con el tiempo, quizás debido a esta proximidad, fueron perdiendo su caracter sagrado.


Genealogía de los dioses griegos


El panteón griego estaba ya constituido en la época homérica, pero los griegos no sintieron la necesidad de trazar la genealogía de sus dioses hasta el siglo VIII a.C. En su poema Teogonía, Hesíodo es el primero en clasificar las divinidades y establecer su filiación, es decir, es el primero que relata la creación del Universo.

Visita este enlace: http://es.encarta.msn.com/media_1461504251_761570116_-1_1/Genealog%C3%ADa_de_los_dioses_griegos.html


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Dioses griegos
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Dioses Griegos
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Los dioses griegos y sus atributos. Cita alguna pintura o escultura de nuestro entorno en la que se represente a alguna de estas divinidades.



Prometeo, uno de los héroes más conocidos de la mitología griega.


Busca información sobre él y explica el significado de esta pintura.


Poco a poco, se fue abriendo camino la idea de que no bastaba la fe religiosa para responder a los interrogantes que la vida plantea al hombre.


Esta actitud quedó bien reflejada en la actividad de los filósofos (etimológicamente: "amantes de la sabiduría") que se esfuerzan en explicar el porqué de las cosas haciendo uso de la razón. En este terreno, destacaron Sócrates, Platón y Aristóteles.



En el arte, sus máximos valores fueron el equilibrio, la sencillez y la armonía. Huyen del colosalismo con un sentido de la proporción que siempre tiene al hombre como punto de referencia. A nivel arquitectónico, destacan sus templos. Eran los edificios públicos por excelencia. En su construcción utilizaron sucesivamente tres estilos: dórico, jónico y corintio, cuyas diferencias dependen del tipo de capitel y las proporciones de las columnas. Otras construcciones importantes fueron los teatros, los estadios, los hipódromos, etc. Los escultores dieron una gran importancia al cuerpo humano, cuya belleza ideal querían reflejar. El Discóbolo de Mirón o el Apolo de Praxíteles son buenos ejemplos.









El templo es el monumento capital de la arquitectura griega. En su fachada se crean los llamados órdenes clásicos, entendiendo como orden la sucesión de las diversas partes del soporte y de la techumbre adintelada. Serán tres modos o estilos diferentes denominados dórico, jónico y corintio.

El ORDEN DORICO es el más sobrio de formas, con proporciones más robustas y austera decoración. La leyenda nos cuenta que será Doros, el hijo de Hellen y la ninfa Optica, quien al construir el templo de Hera en Argos fije las características de este orden.

El fuste de la columna arranca directamente de las gradas o estilobato que elevan el edificio del terreno. Este fuste se recorre longitudinalmente por veinte estrías, unidas horizontalmente por tres líneas rehundidas en la parte superior que forman el astrágalo. El fuste tiene un ligero ensanchamiento o éntasis en su parte central.

El tránsito entre la parte superior de la columna y el capitel se establece a través de una moldura cóncava llamada collarino.

El capitel consta de equino, una almohadilla de sección parabólica, y el ábaco, paralelepípedo de base cuadradas y planos rectos.

La techumbre constituye el entablamento y consta de tres partes: arquitrabe, friso y cornisa. El arquitrabe es liso. El friso está constituido por triglifos y metopas. La cornisa carga en saledizo sobre el friso y consta de un primer cuerpo liso o geisón y una estrecha moldura curva aún más saliente llamada cima. El templo tiene cubierta inclinada a dos aguas y en las fachadas más estrechas forma, sobre la cornisa, un plano triangular o frontón, cuyo fondo se denomina tímpano. Las figuras animales o vegetales que coronan el frontón son las acróteras.

El ORDEN JONICO es más esbelto y tiene mayor riqueza decorativa. La tradición griega cuenta que se inventa en el templo de Artemisa en Efeso para dar a la columna la delicadeza del cuerpo femenino, imitando en las volutas los rizos del peinado de la mujer.

La columna descansa sobre una basa moldurada compuesta de una losa cuadrada o plinto y tres cuerpos circulares. El fuste carece de éntasis y está recorrido por 24 estrías verticales terminadas en redondo en los extremos. En la parte superior, la columna se enriquece con el contario, formado por un hilo de perlas.

El capitel consta de un equino decorado con temas aovados y apuntados que recibe el nombre de cimacio. Sobre éste descansa una almohadilla terminada en las volutas, elemento característico de este orden.

El arquitrabe consta de tres fajas en progresivo avance. El friso es liso pero también puede recibir decoración. La cornisa está formada por un cuerpo de dentellones o tacos rectangulares, un segundo cuerpo liso más prominente y la cima, de sección curva. El frontón también tiene tímpano y acróteras.

El CORINTIO más que un orden sólo es un capitel ya que el edificio que lo emplea sigue las normas del jónico. El origen legendario alude a una joven de Corinto fallecida. Sus padres depositan sobre su tumba el cesto de sus labores y la diosa Gea hace brotar a su alrededor hojas de acanto y rosas que serán admiradas por el platero Calímaco, copiando el bello modelo que tenía delante en el capitel mencionado.

Así, la columna también descansa sobre una basa moldurada. El fuste carece de éntasis y está recorrido por 24 estrías verticales terminadas en redondo en los extremos.

El arquitrabe consta de tres fajas en progresivo avance. El friso es liso pero también puede recibir decoración. La cornisa está formada por un cuerpo de dentellones o tacos rectangulares, un segundo cuerpo liso más prominente y la cima, de sección curva. El frontón también tiene tímpano y acróteras.

Fuente: http://www.artehistoria.jcyl.es/arte/videos/694.htm



El templo griego y los tres órdenes arquitectónicos. Cita algún edificio contemporáneo que se inspire en estas formas arquitectónicas.



La época dorada de la escultura griega corresponde a los días de Pericles, la segunda mitad del siglo V a.C.


Mirón será el maestro interesado por el cuerpo humano en movimiento como se puede apreciar en su Discóbolo. El escultor nos presenta a un atleta en el momento de lanzar el disco, inclinando su cuerpo violentamente hacia delante, en el límite del equilibrio, y elevando su brazo derecho al tiempo que gira su cuerpo apoyado sobre su pierna derecha.


Policleto está preocupado por las proporciones del cuerpo humano y es el autor del "Canon". En el Doríforo podemos comprobar que la cabeza es la séptima parte del cuerpo humano; el arco torácico y el pliegue inguinal son arcos de un mismo círculo; y el rostro está dividido en tres partes correspondientes a frente, nariz y la distancia de ésta al mentón. Se trata del prototipo de cuerpo varonil perfecto, elegante, sin formas hercúleas pero sin afeminamiento.


Fidias es el conquistador de la belleza ideal, siendo sus personajes prototipos. Sus obras maestras están vinculadas al Partenón y en ellas podemos contemplar su belleza a través de la técnica de los paños mojados.


En el siglo IV a.C. los dioses se humanizan, las formas se ablandan y la pasión se manifiesta en los rostros, gracias, fundamentalmente, a Praxiteles. Los cuerpos de sus estatuas presentan suaves y prolongadas curvas como se observa en el Hermes. Su cadera se arquea para formar la famosa curva mientras que su brazo derecho mostraría las uvas al niño Dionisos.


Scopas es el escultor que mejor interpreta los estados del alma y la pasión. Sus trabajos se agitan con convulsivos movimientos y las cabezas muestran expresiones apasionadas.


Lisipo prefiere proporciones más esbeltas y cabezas más pequeñas, delatando una actitud más naturalista en la que destaca los múltiples puntos de vista.




El discóbolo de Mirón y el Apolo de Praxíteles.




Atenea Parthenos


La colosal escultura crisoelefantina (de oro y marfil) de Atenea Parthenos (Atenea Virgen), obra de Fidias, se alojaba en el Partenón de la Acrópolis de Atenas.

Atenea, patrona de Atenas, aparece como una diosa guerrera, con escudo y casco, preparada para la defensa de la ciudad.



La escultura tenía 12 metros de altura (incluyendo el pedestal de 1,50 metros) y se guardaba dentro del Partenón. Su núcleo estaba construido con madera cubierta con placas de bronce, recubiertas con láminas de oro y marfil. El manto y el casco tenían incrustaciones de oro.

La obra es conocida por fuentes antiguas, así como por una descripción muy detallada de Pausanias (siglo II d. C.):

«... la imagen está hecha de marfil y oro. En medio del casco hay una figura de la Esfinge... y a uno y otro lado del yelmo hay grifos esculpidos... La estatua de Atenea es de pie con manto hasta los pies y en su pecho tiene insertada la cabeza de Medusa de marfil. Tiene una Victoria de aproximadamente cuatro codos y en la mano una lanza; hay un escudo junto a sus pies y cerca de la lanza una serpiente. Esta serpiente podría ser Erictonio. En la base de la estatua está esculpido el nacimiento de Pandora».

Atenea en pie apoya el peso del cuerpo sobre la pierna derecha manteniendo la rodilla izquierda ligeramente flexionada. La cabeza la tiene ligeramente inclinada hacia adelante y los mechones del cabello caen sobre el peto de la diosa. Su mano izquierda se apoya sobre un escudo circular (égida). Su quitón (túnica) se ajusta a la cintura con un par de serpientes, cuyas colas se entrelazan en la parte posterior. Sobre su mano derecha extendida se yergue una Niké alada de marfil (se discute si había un soporte bajo el original de Fidias). Una lanza se apoya en el brazo derecho y hombre derecho de la diosa sostenida por una de las serpientes del escudo.

Fuente: http://www.guiadegrecia.com/atenas/atenea.html



En el teatro, cultivaron sobre todo la tragedia, destacando: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Sus obras reflejan la lucha del hombre con sus pasiones y el destino.



Los griegos dieron una gran importancia a la formación física y periódicamente organizaron Juegos Olímpicos. Se trataba de grandes campeonatos en honor de los dioses que reunían a deportistas de todas las polis, garantizando unos días de tregua en los conflictos que pudieran enfrentarlas.


Sinopsis de los Acontecimientos Relevantes

Fecha

Sucesos de Grecia Antigua

2000 a C Los aqueos, pueblo proveniente de las llanuras del Danubio, se establecen en Grecia, en las islas del Mar Egeo, incluso Creta y las costas de Asia Menor.
Se dedican a la agricultura y la ganadería y so muy buenos navegantes.
Con su advenimiento, termina la civilización minoica o cretense.
1400 a 1100 a C Civilización Micénica, con sede en la ciudad de Micenas, en Argólida. Es el período de auge de los aqueos. Éstos rodean a sus ciudades de fuertes murallas, cada una aislada de otra. Cada ciudad era una ciudad-estado.
1100 a C Destrucción de Troya después de una larga guerra. Troya, ciudad del Asia Menor, es asediada durante diez años por los griegos, hasta que sobrevino la destrucción de Troya.

Parte de los relatos legendarios se narran en "La Ilíada", exaltando a los héroes protagonistas de la Guerra de Troya.

1000 a C Invasión Dórica que puso fin a la civilización aquea. Los Dorios eran oriundos de los Balcanes, y constituían una población semibárbara. Su centro fue Esparta. Pero en la península griega subsisten todavía los eólios en Beocia y los jónicos en el Ätica.
800
a C
Esparta es ciudad-estado organizada por Licurgo y sus Leyes. Es gobernada por dos reyes, 28 gerontes y una asamblea popular.

Los ciudadanos son adiestrados en el uso de las armas y Esparta cuenta con el más poderoso ejército de Grecia.

620
a C
El gran legislador, Dracón, mediante sus Leyes, organiza la república de Atenas. Su colección de Leyes integran el primer código escrito de Atenas. Allí enuncian que el Estado interviene en la administración de la justicia. Dracón establece penas demasiado severas y crueles para lograr el orden del Estado. La severidad y crueldad extrema hizo que los eupátridas -por temor a un estallido de guerra civil- encargaron a Solón la realización de una reforma.

La sociedad se divide en tres clases sociales: ciudadanos, metecos y esclavos.

594
a C
Solón, arconte epónimo con poderes dictatoriales, abolió las leyes de Dracón y dictó una ley de amnistía. Abolió los privilegios de la aristocracia o nobleza de sangre y se impuso la timocracia, es decir que cualquier ciudadano no perteneciente a la nobleza, que mejore su situación económica, puede llegar a ocupar altos cargos.
490
a C
Invasión Persa. Darío, Rey de los Persas, conquista algunas colonias griegas, e instala un fuerte ejército. Fueron llamadas Guerras Médicas (por los Medos, como los llamaban los griegos a los persas).

La gran batalla se libró en Maratón. Los atenienses son comandados por Milcíades. El ejército de Darío pierde unos 6.000 hombres. Éste embarca a sus soldados, intenta llegar a Atenas, pero Milcíades lo obliga a regresar a Persia.

480
a C
Nueva Invasión Persa. Jerjes, hijo de Darío, intenta la segunda invasión a Grecia, cruzando el Helesponto (hoy Estrecho de Dardanelos). Los persas llegan a Atenas después de derrotar al rey Leónidas y sus hombres en las Termópilas.

La flota ateniense derrota a los persas y hunde sus naves en la batalla de Salamina.

El rey persa Jerjes, con unas pocas naves, regresa a Persia, pero deja en Grecia un ejército al mando del General Mardonio.

479
a C
Finalizan las Guerras Médicas. El rey de Esparta Pausanias, con ejércitos de toda Grecia, derrota a los persas en la batalla de Platea. Al poco tiempo, la flota naval de Jerjes es derrotada en cercanía de Micala, y terminan con el peligro persa.
460 - 429
a C
Acrópolis de Atenas

El Siglo de Pericles.
Terminadas las Guerras Médicas, aparece un estratega que lleva al mayor bienestar de Atenas. Pericles, nacido en Atenas hacia -499, un noble que recibió una esmerada educación. Bajo su mando, Atenas se convierte en el centro de la civilización griega y llevó al apogeo de la cultura helénica.

Pericles

Pericles reconstruyó la Acrópolis, y estableció en ella los templos dedicados a la diosa protectora de la ciudad.

Allí se levantaba a la entrada el pórtico o Propileo, luego el templo Niké Apteros (Victoria sin alas), se encuentran el Partenón, el Erecteión, el Odeón, el Teatro de Dionisos y otros monumentos.

431 - 404
a C
Guerra del Peloponeso. Se originó por la rivalidad entre las dos principales ciudades griegas: Esparta y Atenas.

Atenas inició esta contienda. La guerra tuvo tres partes: la primera finaliza en -421 con la paz de Nicia; la segunda, de -416 a -413 enfrentándose en Siracusa y la tercera termina en -404 con la entrada de los espartanos en Atenas. Como consecuencia, Atenas debe derribar sus murallas, terminar con su gobierno democrático, entregar su flota y pagar tributos.

340 - 338
a C
Guerra entre Macedonia y Grecia. El rey Filipo II, rey de Macedonia, invade Grecia.
En la batalla de Queronea los macedonios vencen a los griegos, en el año -338, y dominan y controlan el país.
336
a C
Con la muerte de Filipo II, asume al trono de Macedonia, su hijo Alejandro Magno. Los griegos se sublevan. La primera ciudad en levantarse contra Alejandro, es Tebas. Alejandro Magno vence a los tebanos en Beocia; la ciudad de Tebas es destruida y 30.000 tebanos son vendidos como esclavos.

Alejandro decide reunir a los representantes griegos en Corinto y obliga a que participen en una invasión a Persia.

334 - 323
a C
Alejandro, con un numeroso ejército integrado por macedonios, griegos e ilirios, marcha hacia Persia. Conquista Egipto, Persia, Mesopotamia, Asia Menor y Siria. Funda Alejandría en Egipto, y ésta se convierte en el centro de la civilización helénica.
199
a C
Los Romanos deciden declarar la guerra a los macedonios, quienes de habían aliado con Cartago. Logran vencer a los macedonios al mando de Filipo V, en Cinocéfalos, Tesalia. Dan libertad a las ciudades griegas, quienes no deberán pagar más tributos.
168
a C
A Filipo V lo sucede Perseo. Éste ataca Roma para recuperar el dominio perdido. Los romanos, al mando de Paulo Emilio, lo vencen en Pidna. Así, Macedonia se convierte en provincia romana, y Roma toma medidas rígidas contra las ciudades griegas que apoyaron a los macedonios.
146
a C
Grecia se rebela contra los romanos, pero son vencidos por el ejército comandado por Lucio Mummio, en Leucopetra. Los romanos sitian Corinto y la arrasan.

Grecia se convierte en una provincia romana. Continuará en esta situación hasta la caída del Imperio Romano de Oriente, en 1453 d C.

"Troya", la Película | Sobre La Ilíada | Historia de Grecia Antigua | Dioses Griegos

Fuente: http://www.educar.org/articulos/GuerradeTroya/historiadeGrecia.asp