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dissabte, 24 de maig del 2014

Austeridad y fascismo, de Germà Bel en La Vanguardia


En 1925, la política económica del primer gobierno Mussolini fue de gran consolidación fiscal
La campaña de las elecciones europeas ofrecerá una oportunidad para debatir a fondo sobre las grandes cuestiones económicas. En especial, en política económica, sobre la combinación entre austeridad y reformas estructurales, tanto en su secuencia como en su intensidad. Esto, en el marco de una discusión inaplazable sobre la gobernanza económica, que exige profundizar la unión política y la cesión de soberanía económica por parte de los Estados. De no avanzar por esta vía, la discusión sobre “una política económica europea” seguirá siendo un brindis al sol; no es realista pensar que se mutualicen riesgos a escala europea sin armonización de reglas e instituciones económicas.
Será aconsejable abordar este debate dejando de lado tópicos sin sustento histórico. Entre ellos, el de que las políticas de austeridad causaron el fascismo, que se ha dejado oír ya en algún evento de precampaña. Más tarde vamos al advenimiento del nazismo, pero anotemos antes que el primer régimen fascista en Europa fue el de Italia desde 1922, y en plenitud desde 1925. El acceso de Mussolini al gobierno se dio en el contexto de una gran crisis institucional, por la incapacidad del régimen liberal para abordar los conflictos sociales, en medio de una gran crisis presupuestaria. La política económica del primer gobierno de Mussolini fue de gran consolidación fiscal (austeridad) acompañada de represión de la oposición y desmantelamiento de la autonomía de los poderes locales (ver Germà Bel, “The first privatisation: selling SOEs and privatising public monopolies in Fascist Italy (1922-1925)”, Cambridge Journal of Economics, 2011).

Los siguientes regímenes de tipo seudofascista en Europa Occidental, las dictaduras de Primo de Rivera en España en 1923 y de Salazar en Portugal en 1926, llegaron también en un contexto de crisis institucional y derrumbe de los regímenes liberales, cuyas instituciones llegaron a grandes niveles de descrédito y pérdida de legitimación, con alta inestabilidad social y política. Y eso en situaciones económicas y presupuestarias muy diversas. Por cierto, en esa época fracasó el golpe de Hitler en 1923. Diez años más tarde, cuando la economía había comenzado ya a recuperarse de la gran depresión, el gobierno fue entregado a Hitler por la incapacidad de los partidos tradicionales de la derecha de proporcionar estabilidad política. Otra vez, la crisis de las instituciones liberales como causa del acceso al poder del nazismo. No está en las políticas presupuestarias de uno u otro signo el denominador común del acceso del fascismo al poder, sino en el descrédito y deslegitimación de las instituciones para gestionar los conflictos sociales y políticos que se exacerban en épocas tan complicadas como la que vivimos. De ahí que tengan tanta prioridad la regeneración democrática y la reforma institucional, mucho más que las orientaciones de política económica. Mejor evitar tópicos sin fundamento.

MUSSOLINI Y EL FASCISMO ITALIANO – Álvaro Lozano

No abundan los libros sobre el fascismo italiano y es curioso, siendo un tema tan apasionante. Pero en comparación con su «hermano menor», el nazismo alemán, el fascismo no parece llamar tanto la atención de los editores españoles. Apenas encontramos en el mercado español las obras de Emilio Gentile, La vía italiana al totalitarismo. El partido y el estado en el régimen fascista (Siglo XXI, 2005) y El culto del littorio. La sacralización de la política en la Italia fascista (Siglo XXI, 2007), el librito Mussolini y el ascenso del fascismo de Donald Sassoon (Crítica, 2008) o el curioso (y visualmente fascinante) Atlas ilustrado del fascismo publicado por Susaeta. U obras conceptualmente más complejas como Modernismo y fascismo de Roger Griffin (Akal, 2010) o Fascistas de Michael Mann (Publicacions Universitat de Valencia, 2006), ésta última desde una órbita sociológica. Y seguimos contando con obras generales del fenómeno fascista como El fascismo de Stanley Payne (Alianza Editorial) o Anatomía del fascismo de Robert O. Paxton (Península) o Fascismo. Historia e interpretación del citado Gentile (Alianza Editorial, 2004), pero apenas hay libros concretos sobre el fascismo italiano. Y la biografía de R.J.B. Bosworth Mussolini (Península, 2003) va camino de convertirse en un libro descatalogado. ¿Por qué, se preguntará el lector curioso, este relativo páramo mientras que sobre Hitler, nazis y el Tercer Reich no pasa prácticamente un mes sin que se publique o se reedite algo?


Y la respuesta no es fácil. Ni en cierto modo comprensible. Mussolini abrió la senda a otros movimientos fascistas, creando un régimen que duró dos décadas, aunque también es cierto que el fascismo puro apenas existió en la Italia del período. Y aunque se popularizó la imagen de un Mussolini con la vestimenta fascista, el saludo a la romana o su hiperactividad como gobernante (que hay que relativizar, sin embargo), el corporativismo fascista se quedó en intento: la sociedad italiana participó de aquello que le interesó del fascismo (organizaciones como el Dopolavoro); el mensaje fascista pronto quedó diluido desde arriba, con un Mussolini receloso de cualquier veleidad ambiciosa de los ras y los squadristi; las instituciones fascistas apenas sustituyeron al Estado fuerte que Mussolini se encargó de mantener (a diferencia de lo que sucedió en la Alemania, donde el «Estado prerrogativo», formado por las organizaciones paralelas del partido nazi, se impuso al «Estado normativo», compuesto por las autoridades legalmente constituidas y el funcionariado tradicional; definiciones de Ernst Frankel recogidas en la obra anteriormente citada de Paxton, p. 143); y la aparente solidez del régimen fascista se hundió por los efectos de la participación italiana en la Segunda Guerra Mundial, hasta el punto de que bastó la destitución de Mussolini por parte del rey Víctor Manuel III para acabar con veintiún años de fascismo en el poder.

Un análisis a fondo de este tema, pues, es el que ha realizado Álvaro Lozano en Mussolini y el fascismo italiano (Marcial Pons, 2012), de quien ya comentamos hace unas semanas su también reciente libro, Anatomía del Tercer Reich (Melusina). Y lo hace con un libro muy completo, ameno y de ágil lectura. Un libro que puede ser asumido como una síntesis historiográfica sobre el fascismo italiano; de hecho, al final de cada capítulo el lector encontrará, bajo el título «El veredicto de los historiadores», la selección de los debates historiográficos sobre cada tema, un elemento que aumenta el valor del libro de Lozano y que ya puede ser considerado como una marca de la casa. Estructurado en capítulos temáticos, y siguiendo un orden cronológico, Lozano analiza la crisis del Estado liberal italiano antes y especialmente después de la Primera Guerra Mundial; las causas del ascenso del fascismo, que convendría no ver como un bloque monolítico, sino con diversas aristas (y sensibilidades) siendo el éxito de Mussolini su capacidad (quizá su versatilidad) para aunar tendencias y crear la plataforma para, en apenas dos años, alcanzar el poder. Un poder que se basó, en gran parte, en el mito de la «Marcha sobre Roma» y en la necesidad de una figura diferente al sistema de Giolitti al frente del gobierno.

Es en la parte central del libro, los capítulos dedicados al análisis del régimen totalitario, a la economía fascista y a la vida en la Italia fascista, donde el lector disfruta más del libro (o al menos así lo he hecho yo). En estos capítulos asistimos al relato de la manera de Mussolini de gobernar (una hiperactividad relativa, un modo de abarca demasiado acumulando ministerios, provocando confusión y logrando pocos resultados), al establecimiento de un totalitarismo relativo, más bien superficial, que se fundamenta en la propaganda y la imagen pero con escasa solidez. El régimen fascista trató de crear una nueva sociedad, pero más bien sobre el papel; el propio Mussolini rechazó la «segunda revolución» que los jerarcas fascistas más vehementes demandaban y a los que el Duce fue apartando del poder. La firma de los pactos de Letrán con el Vaticano en 1929 pusieron fin a décadas de enfrentamiento con la SantaSede, pero también dejaron patente que el fascismo no iba a cambiar sustancialmente la esencia de la sociedad italiana. Los propios italianos se amoldaron a las formas fascistas, pero mantuvieron una relativa crítica al régimen, impensable en la Alemania nazi, e incluso hubo un espacio (pequeño, eso sí) para la disidencia y la oposición. Las ambiciones de Mussolini de convertir Italia en un imperio mediterráneo pronto chocaron con las limitaciones de la economía italiana, especialmente con la industria, y el propio estado corporativo fascista, queriendo ser un intermediario y una amalgamador entre empresarios y trabajadores, sólo consiguió fortalecer a los primeros mientras destruía la posibilidad de mejoras para los segundos, y sin conseguir ser el Estado el motor de la economía, como pretendía.

La política exterior de Mussolini –múltiple a lo largo de dos décadas– centra la parte final del libro, así como la implicación en la guerra al lado de la Alemania nazi. Las excesivas ambiciones de Mussolini, la ruinosa guerra en Etiopía, la participación en la guerra civil española, el acercamiento a la Alemania de Hitler como modo de no aislarse ante el alejamiento de Gran Bretaña y Francia, y el salto al vacío desde 1940 (desastrosa campaña de Grecia, participación en las guerras de expansión alemanas en el Este europeo), fraguaron la caída del régimen. La popularidad que alcanzó Mussolini a lo largo de la década de 1930, especialmente tras la conquista de Etiopía, se malogró durante la Segunda Guerra Mundial, hasta el punto de que la caída de Mussolini fue más fácil de lo que se podía haber supuesto. En este sentido, Mussolini nunca pudo quitarse de encima la figura del rey Víctor Manuel III, al que despreciaba y consideraba una mera figura honorífica, pero con la autoridad necesaria para que pudiera destituirle cuando Italia ya caía por el abismo. La etapa final de Mussolini, como dirigente sin ánimos de una República Social Italiana en Saló, muestra al hombre abatido, el títere en manos de los alemanes.

De todo ello, y con un profuso aparato gráfico, se nutre este libro, completa y necesaria síntesis sobre el fascismo italiano. Esta reseña no le hará justicia, que quede claro, y es en su lectura, apasionante en la parte central, donde el lector hallará el enorme valor del libro. A ella encomiendo al lector curioso, al especializado en estos temas, al que se acerca con una cierta base.

dilluns, 28 de maig del 2012

Franco alargó intencionadamente la guerra, de Hilari Raguer en La Vanguardia 19-5-2012


En el controvertido Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia se presenta al general Franco poco menos que como un santo, pero en la obra colectiva En el combate de la historia Ángel Viñas y Alberto Reig Tapia mencionan, muy de paso, el peor de todos sus crímenes: haber prolongado innecesariamente la guerra para entre tanto forjar el poder absoluto y perpetuo que ambicionaba.

A lo largo de la Guerra Civil Franco tomó una serie de decisiones que los generales de su entorno, y también los asesores alemanes e italianos, creían militarmente equivocadas, y que tendían a evitar un final rápido. Según el plan de Mola, Franco, con el ejército de África, tenía que dirigirse rápidamente a Madrid por Despeñaperros, pero se desvió por Extremadura. Cuando el 21 de septiembre llega a Maqueda, deja Madrid y se dirige hacia el sudeste para liberar el Alcázar de Toledo, con lo que dio tiempo a que llegaran las brigadas internacionales y los tanques rusos, se fortificara la capital y empezara a formarse un ejército republicano disciplinado. Fracasado el asalto directo, había que cercar Madrid para que cayera, y a esto se encaminaba la ofensiva de Guadalajara, pero Franco la saboteó: a ambos flancos de las divisiones italianas tenían que atacar también sendas columnas españolas; los españoles no atacaron, y los italianos, que el primer día habían avanzado 40 km, fueron sorprendidos por la retaguardia por sus compatriotas comunistas de la brigada Garibaldi. Ante las protestas italianas, Franco fingió enfadarse y destituyó momentáneamente a los jefes de dos de las columnas que tenían que haber atacado. Siempre que los republicanos obtenían algún éxito, Franco tenía el puntillo de contraatacar inmediatamente. El único caso en que no lo hizo fue después de Guadalajara, porque la capital, aislada, habría caído, y habría sido el fin de la guerra, pues las cancillerías europeas esperaban la toma de Madrid para reconocer a los rebeldes. El 4 de abril de 1938 el cuerpo de ejército marroquí, mandado por Yagüe, toma Lleida. El ejército republicano está en desbandada, el camino de Barcelona abierto, y la llegada a la frontera francesa sería el fin de la guerra, pero Franco desvía la ofensiva hacia el Maestrazgo y Valencia. “Toda resistencia organizada y persistente parecía improbable… En tan dramática situación –confiesan los historiadores militares franquistas Ramón y Jesús María Salas Larrazábal– Franco tomó una increíble decisión que suponía una nueva demora en el fin de la guerra”.

Alemanes e italianos, convencidos de que con la ayuda que le habían prestado ya tenía que haberse alcanzado la victoria, atribuían estas decisiones de Franco a incompetencia. No se les ocurría que Franco estuviera procurando deliberadamente que los españoles siguieran matándose. El diario personal de Goebbels, confidente íntimo de Hitler, refleja los comentarios del Führer: “Otra vez estancado el avance de Franco” (17/I/1937); “Obtiene pequeñas victorias pero no avanza como debiera” (19/I/1937); “Franco no avanza. ¿Será él realmente el hombre?” (24/I/1937); “Este conflicto español destroza poco a poco los nervios” (28/VIII/1937); “Ahora Franco ha de continuar atacando. El problema español no puede seguir abierto mucho más tiempo” (23/X/1937); “Franco lucha en los alrededores de Teruel. Se desangra allí. Y la gran ofensiva que tenía preparada se ha esfumado” (19/I/1938); “Noticias de España: todo sigue igual. Esta guerra civil parece tenerse que convertir en una guerra de los Treinta Años” (15/XII/1938).

Por si alguien dudara aún de su propósito dilatorio, Franco lo confesó al embajador italiano, Roberto Cantalupo. En la audiencia de despedida, el 18 de abril de 1937, Franco le encargó que transmitiera fielmente al Duce lo que le iba a decir: “No puedo tener prisa. Si antes no consolido la conquista espiritual de las poblaciones que tenemos detrás nuestro, es no sólo inútil, sino hasta peligroso avanzar… Yo no puedo acortarla (la guerra) ni un día con respecto a su duración natural, o sea, con respecto a la hora en que la mayoría de los españoles estará contra el comunismo… Quien me ayuda tiene que saberlo… Sería muy peligroso que yo llegara demasiado pronto a Madrid, con una acción militar de gran estilo: antes he de tener la certeza de fundar un régimen, de poder instalar allí la capital de la nueva España”.

Que Franco alargó la guerra está ya fuera de duda, pero queda la incógnita del porqué de tan monstruoso propósito. Los historiadores generalmente opinan que Franco quería exterminar a todos los rojos. Pero alargando la guerra morían también blancos, de su ejército y partidarios suyos movilizados en el republicano. Él demostró muy bien que sabía como exterminar rojos en la zonas conquistadas, y en toda España al término de la guerra. La verdadera razón es que quería forjar su mito personal y tener un poder absoluto y perpetuo. Si el golpe hubiera triunfado en unos pocos días, Franco era uno más del montón: le precedían Sanjurjo, Mola, Cabanellas y Queipo. Triunfando a los tres meses, ya era Generalísimo de todos los ejércitos y jefe del Estado, pero era aún un primus inter pares. Pero al cabo de tres años de guerra, proclamada Cruzada, reconocido gracias a una hábil y obsesiva propaganda como Caudillo invencible y salvador de España, es un dios. Cantalupo ya lo advirtió al llegar a Salamanca en febrero de 1937: “Todos le llamaban Caudillo, y el calificativo –sustancial anuncio de la dictadura– había pasado sin dificultad. Yo pensaba en Mussolini, que en 1922 fue llamado Duce, primero por algunos, después por muchos, finalmente por todo el mundo. Anda, trata de suprimir después esos títulos: sería menester una contrarrevolución, porque ciertas palabras, una vez entradas en la historia e identificadas con un mito, sólo pueden derribarse con un movimiento armado”.

Hilari Raguer, es historiador y monje de Montserrat.