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dilluns, 9 de juliol del 2012

Nuestra deuda con Atenas. Charlatanes y discutidores, los griegos inventaron casi todos los caminos del saber

  EL PAÍS 7 JUL 2012

Inauguraron una actitud ante el mundo: tenían un inaudito afán de conocer y conocerse, entusiasmo por la libertad, anhelo de belleza cotidiana y una animosa confianza en el diálogo. En las orillas del mar, “sonrisa innumerable de las olas” y camino de infinitas aventuras, inventaron leyes, exploraron el cosmos y teorizaron con entusiasmo. Para retratar el carácter ateniense, Pericles dijo, según cuenta Tucídides: “Amamos la belleza sin ostentación y buscamos el saber tenazmente”. Admirable lema para una ciudad y una cultura. Y solo a un griego como Aristóteles se le pudo ocurrir como algo evidente que “por naturaleza, todos los hombres anhelan el saber”. A otros pueblos los definen otros afanes: aman la piedad religiosa, el dinero, las guerras de conquista, el fútbol o la gastronomía. Solo en Grecia “filosofar” no fue un raro oficio profesional, solo allí fue la política una tarea común de la democracia. En Atenas, la educación comenzaba por saber poesía (Homero, sobre todo) y acudir al teatro de Dioniso. Otras ciudades anteponían el atletismo, la gimnasia y las hazañas bélicas.

Los dioses griegos, hechos a imagen y semejanza de los seres humanos, incluso demasiado humanos, pero más hermosos, frívolos y felices, no acongojaban la vida de sus creyentes; fiestas colectivas y certámenes deportivos eran frecuentes y populares. Frente al despotismo de otros pueblos, como los persas, los griegos —cuenta Heródoto— se sentían orgullosos de obedecer solo a sus propias leyes; frente al hieratismo de los sabios egipcios, creían en la vivacidad y la belleza de lo efímero con entusiasmo juvenil. El arte en otros países es rígido, solemne y atemporal; el de los griegos expresa el amor a lo humano embellecido y trágico, como hacen a su modo sus poetas y sus pensadores.

La inquietud intelectual, la exploración del mundo y de uno mismo, la pregunta por la naturaleza y la condición humana son rasgos históricos del helénico estar en el mundo. Sabiendo que “todo fluye” (Heráclito) y “no todo lo enseñaron desde el principio los dioses; con el tiempo, avanzando en su busca, los hombres encuentran lo mejor” (Jenófanes), y “el ser humano es la medida de todas las cosas” (Protágoras), y “la medida es lo mejor” (uno de los siete sabios), y “la vida irreflexiva no es digna de vivirse” (Sócrates).
Los griegos inventaron o rediseñaron casi todos los caminos del saber: los más clásicos géneros literarios (poesía épica y lírica, la tragedia y la comedia), la historia, la filosofía y la medicina, las matemáticas, la astronomía, la política y la retórica, la ética y la astronomía y la geografía, los juegos atléticos, la escultura y las artes plásticas, etcétera. Pero más allá de los datos concretos, de todo el inmenso y prolífico legado que anima las raíces de nuestra cultura, lo más admirable es esa apertura o inquietud del espíritu. Lo que el léxico recuerda en tantísimos vocablos de abolengo heleno: kosmos, physis, philosophía, téchne, nomos, demokratía, politiké, poíesis, mythos, logos, historía, arché, théatron, etcétera. (Es decir, universo y orden, naturaleza, filosofía, arte y técnica, ley, democracia, ciudadanía, poesía, mito, palabra y razón, historia, principio, teatro, etcétera). Si nos pidieran definir lo griego en dos palabras, elegiríamos logos y polis, con el visto bueno de Aristóteles, que definió el ser humano (ánthropos) como una animal de ciudad (zoon politikón) que tiene logos. (Logos es intraducible por su amplio campo semántico: significa “palabra, razón, relato, razonamiento, cálculo” y su sentido se precisa en el contexto). Dios es fundamentalmente logos, dirá el evangelio de Juan. Como animal lógico y político, el hombre necesita el diálogo y el ágora y el teatro. Exageraba Borges cuando dijo: “Los griegos inventaron el diálogo”, pero ciertamente lo practicaron más que ningún pueblo. Eran charlatanes y discutidores sin tasa. Platón escribió toda su filosofía en diálogos dirigidos por Sócrates, inolvidable conversador.

Frente al logos estaba, como sabemos, el mythos (relato antiguo y memorable). En la competencia de ambos, una historia bastante conocida, se impuso el primero, que explicaba el mundo de modo más objetivo y, como diría alguno, más rentable. Porque con él se podía razonar sobre todo: “Justificar las apariencias” o “salvar los fenómenos” (según Anaxágoras) y demostrar que existe “una armonía oculta mejor que la visible” (Heráclito). La lógica y los silogismos justificaban la realidad mucho mejor que los fantásticos mitos. Aun así, el mito subsistió en la imaginación y la literatura.

Y debemos dar gracias (y no solo a los dioses) por los encantos de su espléndida mitología. Aunque ya no sintamos devoción por los dioses griegos ni hagamos poemas a sus héroes, pensemos qué pobre sería nuestro imaginario y nuestro arte sin sus figuras seductoras, sin sus nombres y gestas. Sin Odiseo ni Hércules, sin Orfeo ni Edipo, sin la bella Helena; sin Dioniso, sin Afrodita, sin Prometeo, y otros fantasmas familiares. No hay en la cultura universal ningún otro repertorio fabuloso comparable en fantasía dramática ni en prestigio literario.

No voy a insistir en los prestigios míticos, pero sí quiero apuntar que se prestan a múltiples reciclajes y recreaciones (que fueron materia constante del teatro clásico). A menudo de hondo trasfondo humanista. Un ejemplo: Prometeo les robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos (que sin él habrían muerto pronto de hambre y frío). Según Esquilo, inventó todas las artes y técnicas: de la navegación a la medicina, incluyendo la escritura, los números (“el saber más alto”) y la mántica. Por ello, Zeus lo castigó y tuvo que sufrir tormento en el Cáucaso, redentor rebelde y revolucionario. Había irritado a los dioses su “amor a los humanos”, su titánico trópos philánthropos.

La philanthropía, otra clara palabra griega, está relacionada en un viejo texto hipocrático con philotechnía (amor a la téchne, otra palabra de difícil traducción, es tanto “técnica” como “arte, oficio”). Ambas cosas deben ir unidas, en la intención del viejo Titán y en la del anónimo escritor. La filantropía es un hermoso concepto que se desarrolló sobre todo en el helenismo, cuando algunos griegos posalejandrinos hicieron notar que la distinción usual entre “griegos” y “bárbaros” no debía fundarse en la raza ni en el país de origen, sino en la educación y la cultura (paideia). Solo esta marcaba la diferencia entre unos y otros. Los estoicos, entonces, sostenían la fraternidad de todos los seres humanos, miembros de una sola comunidad, que compartía el logos. En latín, paideia se tradujo acertadamente como “humanitas”. (Se nos va quedando lejos la idea griega de educación, cuando la reducimos a un aprendizaje de “destrezas” y manejo de diversas tecnologías orientadas a lo más rentable, algo que no entraba en la idea antigua de la educación, la que heredó y desarrolló a su sombra el humanismo europeo).

En las estatuas de los jóvenes y en las de los dioses se aprecia el sentido helénico de la belleza, idealizada en la época clásica y más realista y apasionada luego. Un ideal de belleza que ha perdurado siglos. Pero la seducción de sus imágenes no solo se halla en los grandes monumentos y no solo anima los textos más clásicos, sino que animaba el encanto de sus artes menores. Una copa o una urna griega reflejan el mismo afán por lo bello. No solo nos fascinan los templos de esbeltas columnas o los vastos teatros, sino también las pequeñas esculturas o las escenas de la humilde cerámica, que atestiguan una vivaz y original artesanía de gracia inimitable. Incluso en sus logros más sencillos se percibe la “noble sencillez y serena nobleza”, según la famosa frase de Winckelmann.

Platón escribió que el impulso natural del filosofar estaba en la admiración. Dice Heródoto que la historia se escribe para salvar del olvido “hechos y cosas admirables”. Admirarse del mundo motivó su incesante ardor creativo y su busca de explicaciones en los ámbitos más diversos de la poesía y la cultura. Frente al moderno y fáustico homo faber, entregado con furor a la tecnología y la mecánica, el griego era contemplativo y dialogante, entusiasta de la belleza del cuerpo y del alma, experto en viajes odiseicos.
El amor por la Grecia antigua y el estudio histórico del mundo clásico marcaron el humanismo europeo desde el Renacimiento hasta el siglo XX. La imagen idealizada de Grecia revivió en el estudio filológico de los textos y la arqueología de sus ruinas. El filohelenismo tuvo larga vigencia en la Europa ilustrada y la romántica. Keats dijo: “Los griegos somos nosotros”. Son los europeos —alemanes, ingleses, franceses, italianos— quienes han recobrado a fondo la cultura clásica en Grecia, quienes han estudiado tan a fondo a Homero y a Platón. La nostalgia de lo helénico fue un síntoma europeo.

En su artículo ¿Por qué Grecia?, evocando el libro de J. de Romilly, Vargas Llosa recordaba cuánto guarda Europa de su luminosa cultura. Tal vez, sí, nos estemos alejando, a zancadas, de ella. Cierto es que la economía no suele ser compasiva con la cultura. Cierto que los griegos de hoy no son los hijos de Pericles. Pero aun así, pensar en una Europa que deje excluidos a los griegos, parece —no solo en un plano simbólico— un gesto notablemente bárbaro, muy en contra de nuestra tradición humanista.


¿Por qué Grecia?



PIEDRA DE TOQUE: Grecia no puede dejar de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una caricatura grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso. Ella es el símbolo de Europa En aquella cena, hace ya varios años, me sentaron junto a una señora de edad que cubría sus ojos con unos grandes anteojos oscuros. Era amable, elegante, hablaba un francés exquisito y, pese a que hacía grandes esfuerzos por disimularlo, en todo lo que decía y opinaba se traslucía una enorme cultura. Sólo a media cena advertí, por las grandes precauciones con que manejaba los cubiertos, que era ciega o, cuando menos, que su visión era mínima. Sólo después de despedirnos, averigüé que Jacqueline de Romilly era una gran helenista, catedrática de griego clásico en la École Normale y en la Sorbona, la primera mujer en ser elegida miembro del Colegio de Francia y una de las pocas representantes del género femenino en la Academia Francesa. El primer libro suyo que leí, Pourquoi la Grèce?, me deslumbró tanto como su persona. Aunque lo que dice y cuenta en él ocurrió hace 25 siglos, es de una extraordinaria actualidad y su lectura debería ser obligatoria en estos días para aquellos europeos que, espantados con lo que está ocurriendo en Grecia, su deuda vertiginosa, su anarquía política, su empobrecimiento pavoroso y la ascensión de los extremismos fascista y comunista en sus últimas elecciones, creen que la salida de ese país de la moneda única, e incluso de la Unión Europea, es inevitable y hasta necesaria.

El libro cuenta cómo la joven Jacqueline leyó en sus años escolares a Tucídides y cómo la impresión que hizo en ella uno de los dos fundadores de la disciplina histórica (con Heródoto) orientó su vocación a los estudios de la Grecia clásica, a la que dedicaría su vida. El ensayo pasa revista, de manera clara, entretenida y profunda —rara alianza para una especialista— a ese milagroso siglo V antes de nuestra era en el que la historia, la filosofía, la tragedia, la política, la retórica, la medicina, la escultura alcanzan en Grecia su apogeo y sientan las bases de lo que con el tiempo se llamaría la cultura occidental. Homero y Hesíodo son bastante anteriores al siglo V, desde luego, y hay artistas, pensadores y comediógrafos posteriores a ese marco temporal. El ensayo no vacila en retroceder o avanzar para incluirlos en el legado griego, aunque el grueso de lo que llama “una visita guiada a través de los textos” se concentra en ese pequeño período de 100 años en que en el reducido espacio del mundo heleno hay como una eclosión frenética, enloquecida, de creatividad en todos los dominios del espíritu, con ideas, modelos estéticos, patrones intelectuales, inventos y descubrimientos, gracias a los cuales la civilización del logos tomaría una distancia decisiva respecto a todas las otras culturas del pasado y de su tiempo y, sin pretenderlo ni saberlo, cambiaría para siempre la historia del mundo.

Jacqueline de Romilly muestra que en Grecia nacieron, o cobraron una realidad y dinamismo que nunca tuvieron antes en la vida social de pueblo alguno, los factores determinantes del progreso humano, como la democracia, la libertad, el derecho, la razón y el arte emancipados de la religión, las nociones de igualdad, de soberanía individual, de ciudadanía, y una manera absolutamente nueva de relacionarse el hombre con el más allá y con los dioses, además, por supuesto, de una idea de la belleza y de la fealdad, de la bondad y la maldad, de la felicidad y la desdicha, que, aunque con los inevitables matices y adaptaciones que ha ido imponiéndoles la historia, siguen vigentes.


Los diálogos socráticos y platónicos enseñaron que conversar es una manera más civilizada de convivir
Maravilla que un pueblo tan pequeño y tan poco cohesionado políticamente, hecho de unas cuantas ciudades y colonias repartidas por Europa y el Asia Menor, que conservaban un enorme margen de autonomía entre ellas, un pueblo tan instintivamente reticente a conformar un imperio, a practicar el imperialismo y a someterse a la prepotencia de un tirano (como hicieron todos los otros) haya sido capaz de dejar en la historia de la humanidad una huella tan honda, tan presente todavía tantos siglos después, en tanto que casi todos los otros grandes imperios o civilizaciones —los persas y los egipcios, por ejemplo— sean ahora sobre todo, sin olvidar ninguna de sus maravillas, piezas de museo.

No fue un accidente, ni obra del azar, hubo razones para ello y el libro de Jacqueline de Romilly las hace desfilar ante nuestros ojos con la misma desenvoltura, belleza y elegancia con que su conversación me hechizó a mí aquella noche. Los diálogos socráticos y platónicos, además de una manera de filosofar, nos explica, enseñaron a los seres humanos que conversar, hablar en grupo, es una manera más civilizada y ética de convivir que dando órdenes u obedeciéndolas, una forma de la comunicación que reconoce o establece de entrada una igualdad de base, una reciprocidad de derechos, entre los interlocutores. Así fue surgiendo la libertad, desanimalizándose el hombre, naciendo de verdad la humanidad del ser humano.

Esta demostración en Pourquoi la Grèce? no aparece como un discurso abstracto, sino a través de comentarios y de citas literarias, porque, como su autora no se cansa de repetirlo, todo aquello que constituye una cultura está esencialmente representado en sus obras literarias, y la verdadera crítica es aquella que escudriña la poesía, la narrativa, el drama, los ensayos que una sociedad produce en busca de esas verdades recónditas que alimentan su imaginación e impregnan las aventuras y los personajes a que sus artistas dieron vida para aplacar la sed de absoluto, de vivir otras vidas, de sus gentes.

“Sin saberlo, respiramos el aire de Grecia a cada instante”, dice en una de sus páginas. No es la menor de las paradojas que los griegos, que nunca conquistaron a pueblo alguno y sólo combatieron en defensa de su libertad, hayan dominado luego discretamente al mundo entero, empezando por Roma, cuyas legiones creyeron apoderarse de Grecia sin esfuerzo, cuando, en verdad, sería el pueblo vencido el que terminaría por infiltrarse en la mente, el espíritu y hasta la lengua del conquistador. (El ensayo revela que, durante buen tiempo, fue de buen gusto entre las familias romanas contemporáneas de Cicerón y de Virgilio hablar en lengua griega).


Lo sorprendente es que haya todavía tantos griegos que sigan creyendo en la democracia
Es verdad que la Grecia de nuestros días es muy distinta de aquella donde se construyó el Partenón, en la que peroraba Solón y esculpía Fidias sus estatuas. En los 25 siglos intermedios su pueblo ha experimentado acaso más infortunios y catástrofes que la mayoría de los otros: guerras externas e internas, ocupaciones que por siglos acabaron con su libertad, tiranías y segregaciones que varias veces amenazaron con desintegrarla.

Esta mañana leo en el International Herald Tribune una espeluznante descripción del estado de su economía, los grotescos privilegios de que han gozado en todos estos años sus armadores, banqueros y empresarios más prósperos, exonerados de pagar impuestos, y las fortunas que han fugado y siguen fugando del país hacia Suiza y los paraísos fiscales más seguros del planeta, en tanto que el pueblo griego se sigue empobreciendo, viendo encogerse sus salarios o pasando al paro, a la mendicidad y al hambre.
Ante este panorama, lo que debería sorprender no es que muchos griegos hayan votado en las últimas elecciones por nazis y extremistas de izquierda; sino, más bien, que haya todavía tantos griegos que sigan creyendo en la democracia, y que las encuestas para la próxima elección señalen que los partidos de centro izquierda, centro y centro derecha, que defienden la opción europea y aceptan las condiciones que ha impuesto Bruselas para el rescate griego, podrían obtener la mayoría y formar gobierno.

Mi esperanza es que así sea porque, simplemente, Grecia no puede dejar de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una caricatura grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso. Europa nació allá, al pie de la Acrópolis, hace 25 siglos, y todo lo mejor que hay en ella, lo que más aprecia y admira de sí misma, incluyendo la religión de Cristo —una de las páginas más hermosas del ensayo de Jacqueline de Romilly explica por qué buena parte de los Evangelios se escribieron en lengua griega—, así como las instituciones democráticas, la libertad y los derechos humanos tienen su lejana raíz en ese pequeño rincón del viejo continente, a orillas del Egeo, donde la luz del sol es más potente y el mar es más azul. Grecia es el símbolo de Europa y los símbolos no pueden desaparecer sin que lo que ellos encarnan se desmorone y deshaga en esa confusión bárbara de irracionalidad y violencia de la que la civilización griega nos sacó.


dissabte, 6 de desembre del 2008

LA CULTURA GRIEGA (nivel básico: texto en negro; ampliación: texto en color y presentaciones) .



Recapitulando...
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Frente al colosalismo y solemnidad de las civilizaciones orientales, en la cultura griega todo parece haber sido concebido a escala humana. Los griegos creyeron en dioses muy parecidos a los hombres (antropoformismo), y que como ellos tenían virtudes y defectos, a pesar de ser inmortales y omnipotentes. Moraban en el Monte Olimpo y el padre de todos era el poderoso Zeus. Se les conocía sobre todo a través de los mitos, leyendas que explicaban cuál había sido su intervención en el mundo. Precisamente los jóvenes se iniciaban en su estudio con la Ilíada o la Odisea, dos poemas épicos en los que abundan estas historias. En ellas también aparecen los héroes, hijos de un dios y un mortal que todavía hacían más cercanas a las divinidades. Con el tiempo, quizás debido a esta proximidad, fueron perdiendo su caracter sagrado.


Genealogía de los dioses griegos

El panteón griego estaba ya constituido en la época homérica, pero los griegos no sintieron la necesidad de trazar la genealogía de sus dioses hasta el siglo VIII a.C. En su poema Teogonía,

Visita este enlace: http://es.encarta.msn.com/media_1461504251_761570116_-1_1/Genealog%C3%ADa_de_los_dioses_griegos.html

Hesíodo es el primero en clasificar las divinidades y establecer su filiación, es decir, es el primero que relata la creación del Universo.


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Dioses griegos
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Dioses Griegos
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Actividad 1. Los dioses griegos y sus atributos. Cita alguna pintura o escultura de tu entorno en la que se represente a alguna de estas divinidades.

Prometeo


PrometeoFuente: http://sobreleyendas.com/2007/11/27/el-mito-de-prometeo/
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Prometeo era hijo de Jápeto y la oceánide Asia o de la también oceánide Clímene. Era hermano de Atlas, Epimeteo y Menecio, a los que superaba en astucia y engaños. No tenía miedo alguno a los dioses, y ridiculizó a Zeus y su poca perspicacia. Sin embargo, EsquiloPrometeo encadenado que era hijo de Gea o Temis. Según una versión minoritaria, el gigante Eurimedonte violó a Hera cuando ésta era una niña y engendró a Prometeo, lo que causó la furia de Zeus. afirmaba en su

Prometeo fue un gran benefactor de la humanidad. Urdió un primer engaño contra Zeus al realizar el sacrificio de un gran buey que dividió a continuación en dos partes: en una de ellas puso la piel, la carne y las vísceras, que ocultó en el vientre del buey y en la otra puso los huesos pero los cubrió de apetitosa grasa. Dejó entonces elegir a Zeus la parte que comerían los dioses. Zeus eligió la capa de grasa y se llenó de cólera cuando vio que en realidad había escogido los huesos. Desde entonces los hombres queman en los sacrificios los huesos para ofrecerlos a los dioses pero la carne se la comen.

Indignado por este engaño, Zeus privó a los hombres del fuego. Prometeo decidió robarlo así que trepó el monte Olimpo y lo cogió del carro de Helios (en la mitología posterior, Apolo) o de la forja de Hefesto y lo consiguió devolver a los hombres en el tallo de una cañaheja, que arde lentamente y resulta muy apropiado para este fin. De esta forma la humanidad pudo calentarse.

En otras versiones (notablemente, el Protágoras de Platón), Prometeo robaba las artes de Hefesto y Atenea, llevándose también el fuego porque sin él no servían para nada, y proporcionando de esta forma al hombre los medios con los que ganarse la vida.

Para vengarse por esta segunda ofensa, Zeus ordenó a Hefesto que hiciese una mujer de arcilla llamada Pandora. Zeus le infundió vida y la envió por medio de Hermes a Epimeteo, el hermano de Prometeo, junto a la jarra que contenía todas las desgracias (plagas, dolor, pobreza, crimen, etcétera) con las que Zeus quería castigar a la humanidad. Epimeteo se casó con ella a pesar de las advertencias de su hermano para que no aceptase ningún regalo de los dioses. Pandora terminaría abriendo el ánfora.

Tras vengarse así de la humanidad, Zeus se vengó también de Prometeo e hizo que le llevaran al Cáucaso, donde fue encadenado por Hefesto con la ayuda de Bía y Cratos. Zeus envió un águila (hija de los monstruos Tifón y Equidna) para que se comiera el hígado de Prometeo. Siendo éste inmortal, su hígado volvía a crecerle cada día, y el águila volvía a comérselo cada noche. Este castigo había de durar para siempre, pero Heracles pasó por el lugar de cautiverio de Prometeo de camino al jardín de las Hespérides y le liberó disparando una flecha al águila. Esta vez no le importó a Zeus que Prometeo evitase de nuevo su castigo, al proporcionar la liberación más gloria a Heracles, que era hijo de Zeus. Prometeo fue así liberado, aunque debía llevar con él un anillo unido a un trozo de la roca a la que fue encadenado.

Agradecido, Prometeo reveló a Heracles el modo de obtener las manzanas de las Hespérides.

Sin embargo, en otra versión Prometeo fue liberado por Hefesto tras revelar a Zeus el destino de que si tenía un hijo con la nereida Tetis, este hijo llegaría a ser más poderoso que él. Por ello Zeus evitó tener a Tetis como consorte.


Fuente:http://es.wikipedia.org/wiki/Prometeo

http://enciclopedia.us.es/index.php/Prometeo

El gesto de Prometeo

El de Prometeo no es un mito más de la cultura occidental. Ni tan siquiera es una historia que se deje contar mansamente. Prueba de ello es que cuando Esquilo escribió su tragedia Prometeo encadenado dio forma a la menos teatral de las tragedias griegas y, al mismo tiempo, a uno de los símbolos definitorios de nuestra cultura. Si bien es cierto que la mayoría de los pueblos narraron sublevaciones de seres orgullosos contra los dioses, sólo Grecia se atrevió a cantar la dignidad del gesto sacrílego del rebelde metafísico, dando así origen a ese peculiar modo de pensar que, por ejemplo, animará a Platón a llevar a cabo su parricidio contra Parménides, inaugurando así la filosofía occidental, o a Ícaro a volar por encima de cualquier horizonte. Ahora bien, si somos herederos del rebelde gesto prometeico (y no meros descendientes de las criaturas de barro que modeló el titán con la ayuda de Atenea), no ha de sorprendernos nuestra actual perplejidad, pues una vez decretada la muerte de los dioses, no sabemos si seguir reclamando o no la herencia prometeica. Hoy la simbología prometeica tiene para nosotros algo de hiperbólico.

Fuente: http://www.casadellibro.com/libro-prometeos-biografias-de-un-mito/2900000805423

Más infromación en: http://www.relleu.net/drupal/node/24

Actividad 2. Prometeo es uno los personajes más conocidos de la mitología griega. Explica el significado de las pinturas reproducidas aquí y busca información sobre otros mitos relacionados con la figura de Prometeo (puedes consultar wikipedia)

Poco a poco, se fue abriendo camino la idea de que no bastaba la fe religiosa para responder a los interrogantes que la vida plantea al hombre.

Esta actitud quedó bien reflejada en la actividad de los filósofos (etimológicamente: "amantes de la sabiduría") que se esfuerzan en explicar el porqué de las cosas haciendo uso de la razón. En este terreno, destacaron Sócrates, Platón y Aristóteles.

En el arte, sus máximos valores fueron el equilibrio, la sencillez y la armonía. Huyen del colosalismo con un sentido de la proporción que siempre tiene al hombre como punto de referencia. A nivel arquitectónico, destacan sus templos. Eran los edificios públicos por excelencia. En su construcción utilizaron sucesivamente tres estilos: dórico, jónico y corintio, cuyas diferencias dependen del tipo de capitel y las proporciones de las columnas. Otras construcciones importantes fueron los teatros, los estadios, los hipódromos, etc. Los escultores dieron una gran importancia al cuerpo humano, cuya belleza ideal querían reflejar. El Discóbolo de Mirón o el Apolo de Praxíteles son buenos ejemplos.









El templo es el monumento capital de la arquitectura griega. En su fachada se crean los llamados órdenes clásicos, entendiendo como orden la sucesión de las diversas partes del soporte y de la techumbre adintelada. Serán tres modos o estilos diferentes denominados dórico, jónico y corintio.

El ORDEN DORICO es el más sobrio de formas, con proporciones más robustas y austera decoración. La leyenda nos cuenta que será Doros, el hijo de Hellen y la ninfa Optica, quien al construir el templo de Hera en Argos fije las características de este orden.

El fuste de la columna arranca directamente de las gradas o estilobato que elevan el edificio del terreno. Este fuste se recorre longitudinalmente por veinte estrías, unidas horizontalmente por tres líneas rehundidas en la parte superior que forman el astrágalo. El fuste tiene un ligero ensanchamiento o éntasis en su parte central.

El tránsito entre la parte superior de la columna y el capitel se establece a través de una moldura cóncava llamada collarino.

El capitel consta de equino, una almohadilla de sección parabólica, y el ábaco, paralelepípedo de base cuadradas y planos rectos.

La techumbre constituye el entablamento y consta de tres partes: arquitrabe, friso y cornisa. El arquitrabe es liso. El friso está constituido por triglifos y metopas. La cornisa carga en saledizo sobre el friso y consta de un primer cuerpo liso o geisón y una estrecha moldura curva aún más saliente llamada cima. El templo tiene cubierta inclinada a dos aguas y en las fachadas más estrechas forma, sobre la cornisa, un plano triangular o frontón, cuyo fondo se denomina tímpano. Las figuras animales o vegetales que coronan el frontón son las acróteras.

El ORDEN JONICO es más esbelto y tiene mayor riqueza decorativa. La tradición griega cuenta que se inventa en el templo de Artemisa en Efeso para dar a la columna la delicadeza del cuerpo femenino, imitando en las volutas los rizos del peinado de la mujer.

La columna descansa sobre una basa moldurada compuesta de una losa cuadrada o plinto y tres cuerpos circulares. El fuste carece de éntasis y está recorrido por 24 estrías verticales terminadas en redondo en los extremos. En la parte superior, la columna se enriquece con el contario, formado por un hilo de perlas.

El capitel consta de un equino decorado con temas aovados y apuntados que recibe el nombre de cimacio. Sobre éste descansa una almohadilla terminada en las volutas, elemento característico de este orden.

El arquitrabe consta de tres fajas en progresivo avance. El friso es liso pero también puede recibir decoración. La cornisa está formada por un cuerpo de dentellones o tacos rectangulares, un segundo cuerpo liso más prominente y la cima, de sección curva. El frontón también tiene tímpano y acróteras.

El CORINTIO más que un orden sólo es un capitel ya que el edificio que lo emplea sigue las normas del jónico. El origen legendario alude a una joven de Corinto fallecida. Sus padres depositan sobre su tumba el cesto de sus labores y la diosa Gea hace brotar a su alrededor hojas de acanto y rosas que serán admiradas por el platero Calímaco, copiando el bello modelo que tenía delante en el capitel mencionado.

Así, la columna también descansa sobre una basa moldurada. El fuste carece de éntasis y está recorrido por 24 estrías verticales terminadas en redondo en los extremos.

El arquitrabe consta de tres fajas en progresivo avance. El friso es liso pero también puede recibir decoración. La cornisa está formada por un cuerpo de dentellones o tacos rectangulares, un segundo cuerpo liso más prominente y la cima, de sección curva. El frontón también tiene tímpano y acróteras.

Fuente: http://www.artehistoria.jcyl.es/arte/videos/694.htm



El templo griego y los tres órdenes arquitectónicos. Cita algún edificio contemporáneo que se inspire en estas formas arquitectónicas.



La época dorada de la escultura griega corresponde a los días de Pericles, la segunda mitad del siglo V a.C.


Mirón será el maestro interesado por el cuerpo humano en movimiento como se puede apreciar en su Discóbolo. El escultor nos presenta a un atleta en el momento de lanzar el disco, inclinando su cuerpo violentamente hacia delante, en el límite del equilibrio, y elevando su brazo derecho al tiempo que gira su cuerpo apoyado sobre su pierna derecha.


Policleto está preocupado por las proporciones del cuerpo humano y es el autor del "Canon". En el Doríforo podemos comprobar que la cabeza es la séptima parte del cuerpo humano; el arco torácico y el pliegue inguinal son arcos de un mismo círculo; y el rostro está dividido en tres partes correspondientes a frente, nariz y la distancia de ésta al mentón. Se trata del prototipo de cuerpo varonil perfecto, elegante, sin formas hercúleas pero sin afeminamiento.


Fidias es el conquistador de la belleza ideal, siendo sus personajes prototipos. Sus obras maestras están vinculadas al Partenón y en ellas podemos contemplar su belleza a través de la técnica de los paños mojados.


En el siglo IV a.C. los dioses se humanizan, las formas se ablandan y la pasión se manifiesta en los rostros, gracias, fundamentalmente, a Praxiteles. Los cuerpos de sus estatuas presentan suaves y prolongadas curvas como se observa en el Hermes. Su cadera se arquea para formar la famosa curva mientras que su brazo derecho mostraría las uvas al niño Dionisos.


Scopas es el escultor que mejor interpreta los estados del alma y la pasión. Sus trabajos se agitan con convulsivos movimientos y las cabezas muestran expresiones apasionadas.


Lisipo prefiere proporciones más esbeltas y cabezas más pequeñas, delatando una actitud más naturalista en la que destaca los múltiples puntos de vista.



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El discóbolo de Mirón y el Apolo de Praxíteles.


Atenea Parthenos

La colosal escultura crisoelefantina (de oro y marfil) de Atenea Parthenos (Atenea Virgen), obra de Fidias, se alojaba en el Partenón de la Acrópolis de Atenas.

Atenea, patrona de Atenas, aparece como una diosa guerrera, con escudo y casco, preparada para la defensa de la ciudad.

La escultura tenía 12 metros de altura (incluyendo el pedestal de 1,50 metros) y se guardaba dentro del Partenón. Su núcleo estaba construido con madera cubierta con placas de bronce, recubiertas con láminas de oro y marfil. El manto y el casco tenían incrustaciones de oro.

La obra es conocida por fuentes antiguas, así como por una descripción muy detallada de Pausanias (siglo II d. C.):

«... la imagen está hecha de marfil y oro. En medio del casco hay una figura de la Esfinge... y a uno y otro lado del yelmo hay grifos esculpidos... La estatua de Atenea es de pie con manto hasta los pies y en su pecho tiene insertada la cabeza de Medusa de marfil. Tiene una Victoria de aproximadamente cuatro codos y en la mano una lanza; hay un escudo junto a sus pies y cerca de la lanza una serpiente. Esta serpiente podría ser Erictonio. En la base de la estatua está esculpido el nacimiento de Pandora».

Atenea en pie apoya el peso del cuerpo sobre la pierna derecha manteniendo la rodilla izquierda ligeramente flexionada. La cabeza la tiene ligeramente inclinada hacia adelante y los mechones del cabello caen sobre el peto de la diosa. Su mano izquierda se apoya sobre un escudo circular (égida). Su quitón (túnica) se ajusta a la cintura con un par de serpientes, cuyas colas se entrelazan en la parte posterior. Sobre su mano derecha extendida se yergue una Niké alada de marfil (se discute si había un soporte bajo el original de Fidias). Una lanza se apoya en el brazo derecho y hombre derecho de la diosa sostenida por una de las serpientes del escudo.

Fuente: http://www.guiadegrecia.com/atenas/atenea.html


En el teatro, cultivaron sobre todo la tragedia, destacando: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Sus obras reflejan la lucha del hombre con sus pasiones y el destino.

Los griegos dieron una gran importancia a la formación física y periódicamente organizaron Juegos Olímpicos. Se trataba de grandes campeonatos en honor de los dioses que reunían a deportistas de todas las polis, garantizando unos días de tregua en los conflictos que pudieran enfrentarlas.

Educación: la Paideia.

Paideia
(en griego παιδεια, "educación" o "formación", a su vez de παις, país, "niño") era, para los antiguos griegos, la base de educación que dotaba a los hombres (no mujeres) de un carácter verdaderamente humano. Como tal, no incluía habilidades manuales o erudición en temas específicos, que eran considerados mecánicos e indignos de un ciudadano; por el contrario, la paideia se centraba en los elementos de la formación que harían del individuo una persona apta para ejercer sus deberes cívicos. El primero en configurar la paideia como un humanismo cívico integral fue el orador y pedagogo griego Isócrates. Bajo el concepto de paideia se subsumen elementos de la gimnasia, la gramática, la retórica, la poesía, las matemáticas y la filosofía, que se suponía debían dotar al individuo de conocimiento y control sobre sí mismo y sobre sus expresiones.

El ideal de paideia estaba dado por la estructura específica de la polis griega, en que una casta relativamente reducida de ciudadanos, exentos de las necesidades manuales con la excepción de la guerra, dedicaban su vida a la participación en los asuntos cívicos. El dominio cuidado de la lengua griega distinguía a los locales de los forasteros e inmigrantes; la expresión oral, cuidadosamente elaborada, respondía la obligación de mostrarse como un individuo refinado en el ágora, donde las habilidades persuasivas resultaban cruciales. Las ciencias puras indicaban una disposición de ánimo objetiva y poco concernida con los asuntos mundanos, una cualidad deseable en un potencial legislador. Las proezas gimnásticas confirmaban el dominio de sí y el carácter viril —también garantizado por el comportamiento en combate— que completaban el perfil aristocrático.

La noción de paideia se transmitió, a través sobre todo de los filósofos estoicos a la cultura romana, donde se tradujo habitualmente como humanitas, de donde proviene la designación de "humanidades" para los estudios vinculados a la cultura y el movimiento ideológico, filosófico, pedagógico y cultural conocido como Humanismo que caracterizó el RenacimientoPierre de Coubertin a reinstaurar la tradición de los juegos olímpicos. grecolatino en Europa. La noción se rescató reiteradamente a lo largo de la historia occidental por parte de movimientos aristocratizantes que oponían una concepción global de la formación humana al énfasis en las habilidades prácticas; un movimiento de este tipo inspiró a

A mediados del siglo XX, el filólogo alemán Werner Jäger publicó el más detallado estudio sobre la noción de paideia hasta la fecha, bajo el título "Paideia: Los Ideales de la Cultura Griega".

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Paideia