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dimecres, 3 de març del 2010

Hay que hacer hablar a las momias

 


Las momias de la familia de Tutankamón

El análisis a Tutankamón y su familia invita a reflexionar sobre la relación de la ciencia con los cuerpos antiguos - ¿Debe haber límites? 

Desvelar el pasado de los faraones ¿justifica ponerlos en la mesa de disección?
Los arqueólogos coinciden en que las momias no deben ser deshumanizadas
"Recobrando la memoria, se asegura la eternidad", opina un experto
Enfrentarse a la muerte no es nunca fácil, ni con escalpelo
El egiptólogo Galán admite que hay un "aspecto sucio" en su trabajo
La tecnología actual permite estudiar tejidos antiguos sin destrozarlos

 

JACINTO ANTÓN EL PAÍS, 28/02/2010

El Titanic se hunde. Un hombre, el profesor Fisher, hace su aparición en el lujoso salón del condenado transatlántico cargando a hombros un ataúd egipcio con su momia dentro: ella, con su maldición, ha sido, por supuesto, la causante del desastre al chocar el barco con un iceberg en forma de... pirámide. La escena pertenece al drama Viaje a otra tierra del poeta antroposófico (!) Albert Steffen y es imaginaria, aunque no hace sino plasmar la popularísima (y falsa) leyenda de que en el famoso buque viajaba una momia. Es el tipo de historia que nos gusta asociar a las momias egipcias, unos restos humanos que, al no consumar, gracias a la técnica de los embalsamadores, la tranquilizadora desaparición que es el destino de todo lo muerto, es decir, al permanecer ahí tercamente con más o menos apariencia de vida, excitan el sentido de lo fantástico y lo malsano y nos deleitan con el helado cosquilleo del terror.


La realidad es que, pese a que sus líderes más mediáticos sean personajes tan sobrecogedores como el Lote 249 o el malo de La momia y a que en nuestra imaginación la momia sea una criatura pesadillesca, de mirada fría y perversa, en el encuentro entre ese harapiento pueblo de las sombras que son las momias, y nosotros, de mejor aspecto (de momento), las que tradicionalmente salen perjudicadas son ellas. Millones de momias -egipcias y de otras culturas- han sido destruidas en aras de nuestra codicia, nuestra ignorancia o nuestra curiosidad (también de nuestro odio y nuestro miedo). Incluso las de los más grandes faraones han sido incapaces de evitar la persecución y el maltrato. Vivian Denon ya se llevó a casa una "bella" cabeza de anciana y Belzoni aplastaba momias con sus zapatones en los pasadizos de las tumbas. Con todo ello, y esto es lo más importante, se ha perdido una información científica irrecuperable.

La semana pasada fue noticia la nueva investigación de patologías y genealogía realizada sobre las momias de Tutankamón y varios de sus familiares (entre otros, su abuela, su supuesta madre, su pretendido padre y la que algunos habían identificado como Nefertiti). Los cuerpos embalsamados de estos familiares, tras ser escaneados y punzados para obtener muestras de ADN, se exhibieron bajo los focos de las televisiones en imágenes que dieron la vuelta al mundo. Esas imágenes y esa investigación hacen que sea oportuno preguntarse: ¿es legítimo perturbar el descanso de las momias en interés de la ciencia y el conocimiento? ¿Justifica el desvelar los misterios de la historia que se las despoje de su intimidad, del derecho de todo individuo a ser respetado en el largo sueño de su muerte? ¿Dónde acaba la investigación y empiezan el morbo y el espectáculo? ¿Cómo debe acercarse la ciencia a las momias? En el mismo número de la revista Journal of the American Medical Association en el que los investigadores de Tut y su familia publicaron sus conclusiones, el historiador de la medicina Howard Markel reflexionaba sobre las fronteras éticas del uso de la panoplia científica sobre las momias y sobre el provecho real de esa intrusión. También se interrogaba, algo retóricamente, acerca de si las figuras históricas del pasado -Tutankamón, Ramsés II- no tienen derecho a las mismas reglas de privacidad que la gente corriente disfruta hoy tras su muerte.

Muchas de estas preguntas tienen respuestas obvias bajo el prisma de la razón científica, que indudablemente es el que debe prevalecer. La ciencia no debe titubear al adentrarse en regiones donde tradicionalmente han dominado la sombra y el espíritu (y Osiris) y seguramente con las momias el verdadero límite está -junto a un mínimo respeto lógico- sólo en no destruir un material que en el futuro podría ser estudiado con métodos más refinados. Desvelar el pasado de los faraones, avanzar en el conocimiento de la historia, justifica incuestionablemente poner a las momias en la mesa de disección y escarbar en sus cuerpos. Digamos que hay que hacerlas hablar -uno está tentado de escribir: cantar- sin violencia. En todo este asunto hay que tener cuidado de que supuestas razones éticas no enmascaren en realidad discursos oscurantistas y religiosos o un exceso de imaginación. Pero enfrentarse a la muerte no es nunca fácil, ni con escalpelo.

No son cuestiones nuevas. Ya Douglas E. Derry, el hombre que bajo la mirada de Carter practicó en 1923 la autopsia a Tutankamón, se vio en la necesidad de justificarse. "Muchas personas consideran la investigación como un sacrilegio y creen que hubiéramos tenido que dejar al rey tal y como estaba", escribió en su informe. Derry alegó que trinchando ellos a Tutankamón le ahorraron "el rudo manejo de los ladrones, ansiosos de obtener las joyas que se amontonaron sobre su cuerpo". Y añadió: "La historia se enriquece con la información que proporciona el reconocimiento anatómico, que en este caso fue de considerable importancia". El coste fue que Tutankamón, "de belleza de pájaro", quedó hecho unos zorros. Algo que los investigadores de hoy deploran porque con las técnicas actuales se habrían logrado mejores resultados sin lastimar a la momia.

"Soy un gran admirador de Carter y me cuesta criticarlo, pero sí, el de Tutankamón es un ejemplo de momia manipulada de una manera que sin duda no era la mejor", reflexiona el egiptólogo José Manuel Galán, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y director de las excavaciones en las tumbas tebanas de Djehuty y Heri (Luxor), donde han aparecido muchas, muchas momias. "Pero Carter estaba en unas circunstancias y una época diferentes a las nuestras. No se le puede juzgar con nuestra sensibilidad, ni enjuiciar a los que desvendaban públicamente momias en el siglo XIX y antes, y cuya forma de actuar era a menudo el resultado de entrar en contacto súbito con una civilización desconocida".

"Tenemos que aprender de los errores y no repetirlos, el de las momias es efectivamente un tema delicado y hay que llevarlo con tacto", continúa este hombre capaz de mostrarse circunspecto hasta ante un escorpión y que afronta los descubrimientos más asombrosos con ejemplar parsimonia. "No dudo de que científicamente hay que extraer a las momias todo su potencial informativo. En todo caso en nuestra excavación las tratamos además siempre con el mayor cuidado y respeto, incluso con mimo. Por supuesto, la forma de estudiarlas depende de su estado. No es lo mismo una momia intacta como la Dama Blanca, envuelta en sus vendas, a la que no manipulamos sino que nos limitamos a radiografiar o a hacerle un TAC, que un cuerpo que aparece ya desvendado y podrido, con los huesos sueltos: a éste no hay ningún problema en manipularlo. La técnica permite hoy estudiar una momia sin abrirla". Galán señala que todo material arqueológico, y los restos humanos antiguos no son una excepción, "empieza a deteriorarse cuando lo descubres y lo extraes, pero a la vez ofrece información histórica, que es lo que buscas".

Del despliegue de momias orquestado por Hawass para presentar el estudio sobre Tutankamón y su familia, que tenía elementos de show (como la manera efectista de retirar las sábanas que cubrían los cuerpos), opina que no se fue más allá de lo científico y no se jugó al morbo. "Hawass es muy cuidadoso y sabe que la sensibilidad islámica es muy grande en el tema de los muertos, no se puede montar un circo con ellos. Incluso con los restos antiguos pueden manifestar un gran desagrado".

Para Galán, la momia, aunque se hurgue a fondo en ella, no se debe cosificar. "Nunca las deshumanizamos; Roxy Walker, nuestra paleopatóloga, las quiere casi más que a nosotros. Les ponemos nombre, son importantes". El egiptólogo reconoce que hay un indudable aspecto "sucio" en el trabajo del arqueólogo: "Entras en un enterramiento y extraes un cuerpo y un ajuar. Estás violando una tumba. Pero también estás recuperando la memoria de un individuo y en el caso egipcio, al menos, no dejas de estar cumpliendo un propósito de sus creencias: ellos creían que si los recordabas vivían en el más allá. De alguna manera, les estás asegurando la eternidad".

De las emociones que provoca tener una momia enfrente, Galán dice que él no es un fan de ellas, de las momias, y que le interesan más los hallazgos artísticos y los testimonios de la vida intelectual. "Las momias me dan un poco de pena. Pienso en Iker, por ejemplo, la momia del arquero que encontramos al abrir el ataúd, con sus arcos y bastones". ¿Sintió miedo al verla? "No, no. Respeto, y ganas de hacerlo bien". ¿Y asco? "Qué va, se conservan muy bien en Egipto y apenas huelen; la Dama Blanca sólo un poco".
También ha trabajado con momias Carmen Pérez Die, directora de las excavaciones en Enhasya el-Medina (Heracleópolis Magna). "Encontramos muchos individuos, hasta 1.200, la mayoría muy pobremente momificados. Los excavamos con el máximo respeto, siempre con un antropólogo al lado. No los sacamos por sacarlos, sino para estudiarlos. Una vez obtenida la información, los volvemos a enterrar en la misma excavación, en una zona acotada. Son restos de seres humanos y nunca dejamos de tenerlo en cuenta. Pero gracias a ellos sabemos muchas cosas. Edad, sexo, raza, enfermedades de una población, el alto tanto por ciento de muertes infantiles tras la lactancia, las extendidísimas dolencias musculares que evidencian una vida dura, de grandes esfuerzos, la abrasión dental causada por la arena en el pan. También nos explican elementos rituales y religiosos. La información que nos dan de la vida en la antigüedad es inmensa e irrenunciable". A la egiptóloga las momias tampoco le causan una gran impresión, en el sentido de lo que siente uno ante Boris Karloff o Arnold Vosloo -y no digamos Patricia Velásquez, cuya indumentaria hacía parecer una monja a Nefertiti-. "Al principio puede que te impacten un poco, pero te acostumbras, como los médicos, supongo. Encontramos mucha con rigor mortis, la boca abierta... te dices ¡Dios mío!, pero te habitúas y no te molesta tenerlas al lado mientras comes". Como responsable del departamento de antigüedades egipcias del Museo Arqueológico Nacional, Pérez Die está al tanto de ese otro aspecto de la cuestión de las momias, más allá de su excavación y estudio, que es su exhibición. "Hay desde años una discusión internacional sobre si deben exponerse o no. Y de qué manera. Algunos museos las cubren con sudario completamente, otros destapan la cabeza. Personalmente, creo que si se presentan con respeto y cuidado para su conservación -y la salud pública: no hay que olvidar que pueden descomponerse- está bien que se las use para divulgar la civilización egipcia".

El jueves próximo, precisamente, se inaugura en el Museo de Arqueología de Barcelona una exposición con los resultados del estudio de 18 momias anónimas de la antigua Tebas, procedentes de la necrópolis de El-Asasif (Luxor), en el marco del Proyecto Monthemhat.

Por supuesto las de Egipto no son las únicas momias. Las más veteranas aún de la cultura Chinchorro, las momias naturales de las turberas, las momias escitas, las chinas o el viejo Otzï, el verdadero abuelo congelado, son otros cuerpos cuyo estudio presenta similares cuestiones. Es el caso de momias incas como Juanita, la doncella de hielo, hallada por Johan Reinhard en una cumbre andina donde había sido sacrificada. Cuando grupos de defensa de los nativos americanos condenaron la intrusión en la momia y pidieron que se la respetara en nombre de la civilización inca, Reinhard, estupefacto, señaló la paradoja de que se apelara a una tradición cultural que de hecho fue lo que mató a la pobre Juanita..

Pasaporte al pasado con implicaciones al presente


MÓNICA SALOMONE 28/02/2010

No hace falta a estas alturas glosar las posibilidades que abre la capacidad de descifrar la información densísimamente empaquetada en la molécula de ADN. Como muy bien saben desde los guionistas de series de televisión a los abogados defensores, en el ADN están escritas las relaciones de parentesco; la propensión a padecer enfermedades; la afición por los deportes de riesgo; la potencialidad para desarrollar habilidades por los estímulos adecuados)... La criminalística, las compañías de seguros, la medicina... la revolución del ADN afecta a infinidad de sectores. La aseguradora australiana Nib ofrece a 5.000 de sus clientes pruebas genéticas a mitad de precio, con las podrán cuidar más su salud.

La investigación histórica no iba a ser distinta. El ADN ha confirmado que Thomas Jefferson, el primer presidente de Estados Unidos, tuvo siete hijos con su esclava Sally Hemmings. También ha investigado las huellas dejadas por el virus de la gripe que causó la terrible epidemia de 1918. Ha desvelado que no hubo cruce genético entre neandertales y cromañones. Y está ayudando a aclarar qué población decidió emigrar de África hace decenas de miles de años para acabar dando lugar a los humanos del planeta.

Ahora bien, la posibilidad de leer el ADN de un organismo -vivo o muerto- no es una panacea. La molécula es frágil y resiste mal el paso del tiempo; ante una muestra de tejido antigua los investigadores sudan para sacar algo en claro. Luego está el fantasma de la contaminación. Hasta los laboratorios más prestigiosos han tenido algún susto, incluso después de publicar su trabajo en revistas científicas, cuando han constatado que el ADN al que tan laboriosamente habían 'hecho hablar' había contado una historia, sí, pero de alguien que dejó sin querer su firma genética en la probeta. Así, los investigadores de ADN antiguo han fijado un límite teórico en 100.000 años, más allá del cual asumen que el resultado es poco fiables.

No hay duda sobre los trabajos de Tutankamón. Pero si el ADN se consolida como fuente en la investigación, los arqueólogos tendrán que enfrentarse a tantas caras de la moneda como el resto de expertos.

dilluns, 26 de maig del 2008

Recreación de la última etapa de construcción del monumento y del entierro del faraón Keops en su interior

FRAGMENTO LITERARIO: LECTURA

La última piedra de la Gran Pirámide

Recreación de la última etapa de construcción del monumento y del entierro del faraón Keops en su interior


Pirámide de Keops
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Pirámide de Keops- AP

Excavación arqueológica
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Excavación arqueológica- AP



Zahi Hawass 02/09/2007

El máximo responsable de la supervisión de las antigüedades faraónicas de Egipto es uno de los mayores especialistas mundiales en las pirámides, cuyos entresijos y misterios conoce al dedillo. Fue director de la zona arqueológica de Giza.

En el trigésimo año de su reinado, Keops (Quéope o Jufu) comenzó a sentir las penalidades de la vejez y la enfermedad, y supo que la hora de su muerte se aproximaba. Pero no le importó en demasía: el país estaba tranquilo y seguro, y sabía que su culto se iba a mantener. La pirámide estaba completa; el monumento aguardaba a su entierro y resurrección, y él había adquirido la costumbre de adentrarse en él, en la cámara donde estaba emplazado su sarcófago, para hallar la calma en la que encontrar las mejores ideas. Antes de abandonar el mundo de los vivos para ascender al cielo y reunirse con sus compañeros, los dioses, estaba resuelto a completar la escritura de su libro sagrado y dejarlo como legado a sus descendientes. Ordenó a sus sirvientes que le trajeran rollos de papiro y sus pertrechos de escriba, y que lo dejaran solo durante periodos de varias horas.

La pirámide estaba completa; el monumento aguardaba a su entierro y resurrección, y él había adquirido la costumbre de adentrarse en la cámara donde estaba su sarcófago

No sería tarea sencilla colocar el remate, el piramidión, dado que los constructores trabajaban en espacios muy reducidos y hablamos de una piedra que debía de ser muy pesada

No conocemos el contenido del libro sagrado de Keops, por el cual fue recordado por las generaciones posteriores, pero cabe pensar que tal vez podría haber reflejado el saber que había acumulado en el transcurso de su vida, y quizá la ciencia que había adquirido durante la construcción de su pirámide o las epifanías religiosas que lo habían movido a transformar el culto. Quizá narrara la historia de una conspiración o contuviera consejos para sus hijos y futuros sucesores. Jamás se han encontrado copias de este libro; pero si alguna vez llegó a existir, habría que buscarlas, antes que en ninguna otra parte, en el interior de la propia pirámide.

Cuando se completó la pirámide, la rampa espiral que escondía el rostro del monumental benben se habría desmantelado y depositado en la cantera de la cual se tomaron las piedras del centro. En su descenso, los obreros habían pulido y limpiado el fino revestimiento calizo que habían ido colocando en el ascenso del monumento. Tras la eliminación de las rampas, se abrieron las dos fosas meridionales, con las barcas del rey, y se erigió la pequeña pirámide destinada al culto de Keops, cerca del extremo suroriental de la pirámide principal.

Por los relieves hallados en relación con otras pirámides, sabemos que la instalación del remate -designado también como piramidión- era un acontecimiento de suma importancia, motivo de celebración gozosa para todo Egipto. A no ser que la ceremonia se desarrollara antes de la eliminación de las rampas, es de suponer que los arquitectos dejarían una sección de la rampa en una cara de la pirámide (la septentrional, probablemente) para permitir la colocación del piramidión. No sería tarea sencilla, dado que los constructores trabajaban en espacios muy reducidos y hablamos de una piedra que sería muy pesada. El remate se habría tallado a partir de un bloque de piedra especial, obtenido en los desiertos egipcios en condiciones muy duras, que luego habría sido revestido de oro por el taller real, de modo que refulgiera con la luz del sol.

Resulta tentadora la idea de imaginar que tal vez Keops podría haber combinado su festival de Sed -fiesta que servía, en parte, para celebrar el hecho de haber completado todo lo que los dioses habían pedido al faraón, como construir su tumba; erigir templos en los que ser venerado como Dios y en los que honrar a Horus, Hathor y Re; machacar a los enemigos de Egipto y mantenerlos alejados de sus fronteras; y hacer cuanto fuera preciso para dar estabilidad, prosperidad y salud al país- con la inauguración de su pirámide.

Imaginemos, por tanto, los hechos que podrían haberse vivido en aquel día trascendental:

Un anuncio se ha extendido por todos los nomos de Egipto, desde el Gran Verde (el mar Mediterráneo) hasta Asuán. Los que han podido se han trasladado a la capital; los otros lo han celebrado en sus ciudades natales. Pero todos se han unido a la alegría. Cuelgan banderas en los templos de todo Egipto; los barcos que surcan el Nilo han sido engalanados con flores. Todos los egipcios exhiben ropas nuevas; en todas las aldeas suena la música y se danzan bailes rituales. Más de un millón de egipcios están preparados, sin excepción, para el gran día.

En la mañana de la celebración, Keops se ha levantado temprano. Los sirvientes han preparado el baño y el desayuno y han ultimado sus ropajes y coronas. Cuando abandona el palacio, Keops está acompañado por su familia directa y la banda de música de palacio. En el patio septentrional de la pirámide lo espera el visir; entre los dos examinan el remate que coronará el gran monumento.

Varios obreros, especialmente entrenados para la ocasión, comienzan a ascender por la cara de la pirámide, mientras suena la música y se agita la danza. Cuando alcanzan la cumbre, Keops da la orden de que instalen en su lugar el dorado piramidión.

Envuelto en sus ropajes del festival de Sed y con la doble corona de las Dos Tierras, Keops ha entrado en la cámara subterránea de su pequeña pirámide ritual. En el interior, solo, se quita las coronas y las ropas de gala y emerge de nuevo a la luz con un faldellín y el flagelo real. Camina con decisión y entra en el patio principal de la pirámide; ha realizado la danza ritual que demuestra su fortaleza, vitalidad y virilidad (aun a pesar de su edad), y anuncia que se ha convertido en el dios universal de Egipto y que sólo debe aguardar a la hora de su muerte para ascender a los cielos y unirse a las estrellas. Lo contemplan las reinas, sus hijos y los funcionarios de mayor jerarquía; al resto de los nobles y al público en general no se le permite acceder al interior del complejo ni observar este ritual, pero pueden participar de los festejos que lo acompañan.

Cuando Keops termina la danza, la muchedumbre grita, entusiasmada. El faraón entra de nuevo en la cámara de su pequeña pirámide y emerge de nuevo con los ropajes, las coronas y el flagelo. Los que tienen la gran fortuna de formar parte de su círculo íntimo lo acompañan en la salida del complejo, cuando aparece como una figura gloriosa ante sus súbditos leales, y de regreso al palacio, donde comienzan los banquetes.

El entierro de Keops

Durante mucho tiempo se ha pensado que el rey Keops estuvo en el trono durante 23 años, como indica el Canon de Turín, del Reino Nuevo (un documento que enumera a todos los faraones de Egipto con la duración de sus reinados, hasta donde se los recuerda en el momento de su confección). Pero una inscripción recién descubierta en el oasis de Dajla, en el desierto occidental, da fe de una expedición enviada por Keops en el año 27º de su reinado. Como es sabido, los primeros reyes de Egipto solían numerar sus reinados de acuerdo con el recuento de ganado bienal, por lo que el Canon de Turín podría haber confundido una cuenta de 23 con un reinado de 23 años. Pero si los autores del Reino Nuevo partieron de una cuenta similar, en realidad Keops podría haber reinado durante unos 46 años. Otra posibilidad es que el autor de la lista concediera a cada uno de los faraones de Guiza, aproximadamente, una generación como tiempo de gobierno. Por mi parte, el mejor cálculo que me siento autorizado a hacer a partir de los datos disponibles indicaría que Keops reinó entre 30 y 32 años, y que podría haber muerto a la edad de 58 ó 60 años.

El funeral de Keops habría sido supervisado por su sucesor; en este caso, Dyedefre, quien dejó su cartucho sobre las losas que cubrieron las barcas enterradas al sur de la pirámide. Habría contado con la asistencia del visir de Keops, que por entonces quizá fuera Anjhaf, dado que Hemiunu podría haber fallecido ya. El cuerpo del rey habría sido trasladado primero hasta su templo del valle y colocado en un lecho junto a una tienda de purificación, estructura temporal erigida para la realización de los ritos purificadores. Tras el ejercicio de los rituales debidos, el cuerpo habría sido trasladado al taller de embalsamamiento. Allí pasaba 40 días inmerso en natrón, para eliminar la humedad, y aún se necesitaban otros 30 días para completar el proceso de momificación.

En el día del funeral, la momia del rey se colocaba dentro de un ataúd de oro que una procesión de sacerdotes llevaba hasta la cara norte de la pirámide. Una vez el ataúd había alcanzado la entrada de la pirámide, Anjhaf detuvo la procesión y ordenó que se retiraran todos los sacerdotes, salvo dos. Dejando a los demás dolientes atrás, guió a los portadores del sarcófago a través de la cámara de entrada, hasta la sala central de las tres cámaras. Tras un muro se había dejado abierta una oquedad; los sacerdotes deslizaron el ataúd hacia esta cámara secreta y sellaron la sala por completo. Cuando Anjhaf emergió a la luz con los dos sacerdotes, ordenó sellar asimismo la entrada de la pirámide, para proteger el saber secreto de que, a la postre, Keops no estaba enterrado en la cámara del sarcófago de granito, sino escondido en un lugar que le garantizaba la tranquilidad eterna. Ni siquiera el siguiente faraón, Dyedefre, estaba al tanto del secreto.

Zahi Hawass y las pirámides

El hombre que oía susurrar a la arena

JACINTO ANTÓN 02/09/2007

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EN PARALELO A SU DESBORDANTE actividad como gran rais de las antigüedades faraónicas de Egipto, Zahi Hawass escribe libros, y libros sorprendentemente buenos. En ellos, como en este Montañas de faraones, en el que junto a los datos científicos imagina de manera magistral escenas que transcurrieron hace 4.500 años, como si hubiera oído susurrar sus recuerdos a las pirámides, se percibe una dimensión sensible y emotiva. Una faceta que suele quedar oculta detrás de la arrolladora e intimidatoria personalidad pública del hombre que maneja con mano de hierro todo lo referente a arqueología del antiguo Egipto. Es en sus libros donde descubrimos que Hawass (Abeedya, 1947), el recio investigador con sombrero a lo Indiana Jones que no duda en bajar a los pozos de momias, tenía pavor a la oscuridad. Es también en su El reino de los faraones (RBA) donde este moderno Maspero ha plasmado el amor por los monumentos de su país y el ansia de salvaguardarlos que guían su trabajo.

La noticia en otros webs

Las pirámides han sido siempre algo muy especial para él. No en balde, es en sus empinados flancos donde comenzó a escalar los resbalosos senderos del poder que le han llevado a la cima de la egiptología, en la que es un referente absoluto por su control de las excavaciones, los permisos y el flujo de información. En 1988, cuando Hawass era responsable de las zonas de Giza y Saqqara, concedió una entrevista a quien firma estas líneas, a la sazón enviado para averiguar si la Gran Pirámide estaba en peligro de hundirse (la peregrina advertencia la había lanzado un inspector descontento con sus superiores). Hawass no sólo no envió a paseo al periodista que había venido a llamar a la puerta de su pequeño despacho junto a las mastabas con la rotunda pregunta "oiga, jefe, ¿se cae la pirámide de Keops?", sino que brindó todo tipo de explicaciones y hasta invitó al reportero a visitar el monumento para confirmar su milenaria estabilidad. El recorrido fue sobrecogedor, sobre todo porque la pirámide estaba cerrada al público. Hawass no vino, y por toda compañía me endosó a un individuo con aire de beduino malvado al que le fallaba continuamente la linterna. Sea como fuere, es obvio que Hawass tenía razón: han pasado casi 20 años y la Gran Pirámide no se ha hundido. En el ínterin, el gran Zahi no ha parado de estudiarla (a ella y a sus compañeras). Durante unos años tuvo un duro enfrentamiento con los que denomina "piramidiotas" -de los que habla en Montañas de faraones-, empeñados en revestir de esoterismo las pirámides. No es raro que se haya vuelto algo desabrido. Hawass trabaja actualmente con Mark Lehner en la excavación de la ciudad de los trabajadores de Giza. Y no deja de soñar que un día va a encontrar en el interior de la Gran Pirámide algo que nos asombrará a todos.

La faraona murió de cáncer de huesos

AGENCIAS - El Cairo - 28/06/2007

La momia de la reina Hatshepsut

FOTOGRAFÍA - Cultura - La momia de la reina Hatshepsut

La momia de la reina Hatshepsut

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La mujer cuya momia han identificado científicos egipcios como la de la gran reina Hatshepsut falleció a causa de un cáncer de huesos, según reveló ayer el director del servicio de antigüedades faraónicas del país, Zahi Hawass, que ha conducido la investigación. La momia, que según el mediático jefe de los arqueólogos egipcios es, sin ningún género de dudas, la de la faraona, fue presentada en el Museo Egipcio de El Cairo en un acto con una puesta en escena espectacular.

Hawass retiró con un gesto melodramático la bandera egipcia que tapaba la vitrina con la momia y proclamó: "¡Aquí está Hatshepsut!". Junto a esa momia se exhibió otra, la de la querida nodriza de la reina, Sitre-In. Ambos cuerpos fueron hallados en la misma tumba en el Valle de los Reyes en 1903, pero el que ahora se atribuye a Hatshepsut permanecía sin identificar en los almacenes del museo. La clave ha sido un trozo de molar hallado en una caja de madera con el sello de la reina que contenía otros restos de Hatshepsut, el hígado y el estómago, separados durante el proceso de momificación. El trozo de molar, según los investigadores, coincide exactamente con la pieza dentaria de la momia.

Hawass dio por cerrado el caso pero abrió otro: la momia que se atribuye al padre de Hatshepsut, Tutmosis I, dijo, no puede ser la de ese rey, pues corresponde a un hombre demasiado joven.

La maldición del faraón

Un alemán devuelve una antigüedad egipcia, al creerse preso de la venganza faraónica

AFP - El Cairo - 22/08/2007

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Un alemán ha devuelto a Egipto unos supuestos fragmentos de un bajo relieve faraónico para devolver la paz a su recién fallecido suegro quien, según él, murió preso de la maldición de los faraones, tras robar la antigüedad.

Relieve egipcio.
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Relieve egipcio.-

La noticia en otros webs

Este hombre, que no ha revelado su identidad para evitar sufrir secuelas judiciales, envió los restos a la Embajada de Egipto en Berlín, la semana pasada, tras la muerte del ladrón. Según dijo en una carta, su suegro había sustraído los restos en 2004 de una tumba en el Valle de los Reyes, anunció hoy el servicio egipcio de antigüedades.

El Consejo Superior de las Antigüedades ha explicado que en la nota que acompañaba el paquete, se explica que el culpable del robo, cuyo nombre también se desconoce, murió por la maldición de los faraones, tras su vuelta a Alemania. Comenzó a sufrir fiebres, golpes súbitos de fatiga, parálisis y, finalmente, el cáncer que acabó con su vida la semana pasada.

La persona que hizo el envío asegura que ha devuelto la pieza para que su suegro pueda descansar en paz. El jefe del servicio de antigüedades, Zahi Hawass, ha creado un comité para que investigue la antigüedad y procedencia de las piezas.