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dijous, 7 d’octubre del 2010

La semilla anarquista, de Julián Casanova en El País

La CNT agrupó tras su bandera rojinegra a cientos de miles de españoles. Tanto por su eficacia como sindicato que mejoraba la vida de los trabajadores como por su sueño de un mundo sin dioses ni amos.

Se cumplen ahora 100 años de la fundación de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Cuatro décadas antes, en noviembre de 1868, el italiano Giuseppe Fanelli, enviado por Mijaíl Bakunin, había llegado a España para organizar los primeros núcleos de la Asociación Internacional de Trabajadores. Comenzó así una historia de frenética actividad propagandística, cultural y educativa; de terrorismo y de violencia; de huelgas e insurrecciones; de revoluciones abortadas y sueños igualitarios.

Desde Fanelli hasta el exilio de miles de militantes en los primeros meses de 1939, el anarquismo arrastró tras su bandera roja y negra a sectores populares diversos y muy amplios. Sin ellos, nunca hubiera llegado a ser un movimiento de masas, se hubiera quedado en una ideología útil para individualidades rebeldes, muy revolucionaria pero frágil, arrinconada por el crecimiento socialista y relegada a la violencia verbal.
No ha pasado inadvertida esa presencia anarquista. Su leyenda de honradez, sacrificio y combate fue cultivada durante décadas por sus seguidores. Sus enemigos, a derecha e izquierda, siempre resaltaron la afición de los anarquistas a arrojar la bomba y empuñar el revólver. Son, sin duda, imágenes exageradas a las que tampoco hemos escapado los historiadores que tan a menudo nos alimentamos de esas fuentes, apologéticas o injuriosas, sin medias tintas. Imágenes que anticiparon Juan Díaz del Moral o Gerald Brenan y que se han hecho también con un importante hueco en la literatura, con La bodega, de Vicente Blasco Ibáñez; Aurora Roja, de Pío Baroja; La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza o, más reciente, La hija del caníbal, de Rosa Montero. Una veta, en fin, explotada por el cine, por Ken Loach y su Tierra y Libertad o Vicente Aranda en Libertarias.

Hace ya tiempo que José Álvarez Junco identificó las dos corrientes doctrinales de las que bebía el movimiento anarquista: el individualismo liberal y el comunitarismo socialista, una dualidad muy difícil de equilibrar en la práctica pese a todas sus llamadas a la armonía natural. El anarquismo parecía de entrada una utopía derivada de la filosofía optimista de la Ilustración, que mantuvo, como hijo del mismo tiempo que era, estrechas conexiones con las conspiraciones y sociedades secretas de tipo democrático radical, con el federalismo y con la fraseología romántico-populista. Pero, al mismo tiempo, iba mucho más lejos de lo proyectado por el racionalismo liberal y el republicanismo, con su pretensión de abolir el Estado, colectivizar los medios de producción y, sobre todo, con su antipoliticismo, la verdadera seña de identidad del movimiento, el rasgo que marcó la ruptura con sus sucesivos compañeros de viaje, desde los federales a los socialistas, pasando por los republicanos.

El anarquismo que triunfó en España en las primeras décadas del siglo XX, justo cuando desaparecía del resto del mundo, fue el “comunitario”, el “solidario”, estrechamente unido al sindicalismo revolucionario, que confiaba en las masas populares para llevar a buen puerto la revolución. Al servicio de esa causa se fundaron círculos y tertulias, ateneos obreros, escuelas laicas y racionalistas. Desde el primer momento, le acompañaron en su desarrollo numerosas publicaciones que, en su labor ideológico-cultural, criticaron al capitalismo y a las clases dominantes, incitaron a la lucha social y contribuyeron a gestar una red cultural alternativa, proletaria, “de base colectiva”.
“Creo que nos hacen falta dos organizaciones, una abierta, amplia, funcionando a la luz del día; la otra secreta, de acción”, había escrito Piotr Kropotkin, uno de los padres del anarquismo, en 1881. La propuesta, que reflejaba el acoso al que la policía y las fuerzas del orden sometían a los anarquistas en los diferentes países, resultó profética porque por esos dos caminos tácticos transitó el movimiento durante toda su historia, envuelto siempre en una doble organización: una de tipo asociativo, sindical, que federaría a las sociedades obreras alrededor de objetivos reivindicativos; y otra de tipo ideológico, que agruparía a los más “conscientes”, centrada en la propaganda doctrinal y cuidando siempre de las desviaciones reformistas en el movimiento sindical. La Federación Anarquista Ibérica, creada en 1927, y su relación con el sindicalismo de la CNT en los años de la Segunda República constituye el mejor ejemplo de esa dualidad.

Cuando llegó la República, el 14 de abril de 1931, la CNT apenas tenía 20 años de historia. Aunque muchos identificaban a esa organización con la violencia y el terrorismo, en realidad eso no era lo más significativo ni lo más sorprendente de su corta historia. El mito y realidad de la CNT, el único sindicalismo revolucionario y anarquista que quedaba ya en Europa, se había forjado por otros caminos, por el de las luchas obreras y campesinas, un sindicalismo eficaz que ganaba conflictos a patronos intransigentes con los trabajadores. La CNT desarrolló sus lenguajes de clases y sueños revolucionarios en la prensa, en los talleres y fábricas, en las calles. Así, a través del adoctrinamiento y de las reivindicaciones laborales, quedó sellada su definición ideológica, su impronta antipolítica y antiestatal, su sindicalismo de acción directa, independiente de los partidos políticos, llamado a transformar la sociedad con la revolución.
El golpe de Estado de julio de 1936 cambió bruscamente ese rumbo. La guerra civil que siguió a esa sublevación impuso una lógica militar y frente a ella el sindicalismo de protesta y la clásica crítica al poder político quedaron inservibles. Un golpe de Estado contrarrevolucionario, que intentaba frenar la revolución, acabó finalmente desencadenándola. Muchos anarquistas vieron entonces sus sueños cumplidos. Duró poco, pero esos meses del verano y otoño de 1936 fueron lo más parecido a lo que ellos creían que era la revolución y la economía colectivizada. Poco importaba que la revolución se llevara por medio a miles de personas, “excesos inevitables”, “explosión de las iras concentradas y de la ruptura de cadenas”, en palabras de Diego Abad de Santillán. La necesaria destrucción de ese orden caduco era para ellos algo insignificante, comparada con la “reconstrucción económica y social” que se emprendió en julio de 1936, sin precedentes en la historia mundial. Esa es la imagen feliz del paraíso terrenal que transmitió la literatura anarquista, las declaraciones de Buenaventura Durruti a los corresponsales extranjeros, o la prensa que podían leer los obreros de Barcelona y los milicianos en el frente de Aragón.

Metidos en la revolución, en la guerra y en la persecución del contrario, los anarquistas vivieron su edad de oro, corta edad de oro. Extendieron una compleja red de comités revolucionarios por todo el territorio republicano. Colectivizaron tierras y fábricas. Crearon milicias. Participaron en el gobierno de la Generalitat y en el de la República. Y hasta que la revolución se congeló, soñaron despiertos con un mundo sin clases, sin partidos, sin Estado. Los que sobrevivieron la dura represión franquista tras la derrota se fueron a la tumba recordando aquella revolución popular, sin amos ni autoridad.
Las cárceles, las ejecuciones y el exilio metieron al anarquismo en un túnel del que ya no volvería a salir. Sus militantes resistieron en la clandestinidad, protagonizaron diversas escaramuzas en la guerrilla y asomaron sus cabezas en algunos conflictos. Muchos de ellos se enrolaron en la resistencia francesa contra el nazismo, pensando que aquella era todavía su guerra, la que acabaría con todos los tiranos. Pero murieron Hitler y Mussolini, las potencias del Eje fueron derrotadas y Franco siguió. El anarquismo no pudo ya respirar. La guerra y la dictadura lo destruyeron. Los cambios que se produjeron desde los años sesenta, con la modernización y el desarrollo, le impidieron echar de nuevo raíces.

No fue solo un fenómeno español, pero el anarquismo acabó identificado con la historia de España de la primera mitad del siglo XX, como se han encargado de recordar decenas de testimonios, documentales, libros, novelas y películas que han mantenido la llama encendida frente a todos sus detractores. Así de solemne, compleja y contradictoria resulta su historia.

Julián Casanova. Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, es coordinador de Tierra y Libertad. Cien años de anarquismo en España (Editorial Crítica).


EL PAÍS 6 Octubre, 2010

dijous, 11 de març del 2010

Terror en el Liceu

 


 


Carles Balagué recrea el atentado anarquista de 1893 que causó 20 muertos

JOSEP MASSOT  | LA VANGUARDIA Barcelona | 10/03/2010 
En un pasillo del Liceu de finales del XIX se había instalado un bolsín cuyos vendedores voceaban las cotizaciones, mientras tenores y sopranos se esforzaban sobre el escenario en hacer audible la ópera de turno. Así era el Liceu de hace un siglo. El teatro creado para articular una nueva clase social enriquecida, rematar negocios, establecer alianzas, consolidar amistades, entrar en sociedad o lucir amoríos (había unos días señalados –y ojo con equivocarse– para ir con la amante y otros con la mujer oficial). La estructura de las óperas –nacidas como teatro de corte–, con sus arias y largos recitativos, se adaptaba a estas necesidades. "¡Que canta el divo!", alertaban y una multitud abandonaba la cháchara y se apresuraba a ocupar sus asientos para atender el aria o el dueto. El estrépito era tremendo y una vez acabado el papel del divo o la diva, la gente regresaba a sus tertulias. Este es el ambiente que recrean los expertos entrevistados por Carles Balagué para su documental La bomba del Liceu, que se estrena el viernes. Contra este templo burgués el anarquista Santiago Salvador arrojó dos bombas orsini (una no estalló) desde el quinto piso a las butacas 27 y 28 de la fila 13, y causó 20 muertos. Fue el 7 de noviembre de 1893 y unos meses antes Paulino Pallàs había atentado en la Gran Via contra el capitán general de Catalunya Martínez Campos y pocos años después, en 1896, otra bomba causó 12 muertos (gente humilde) durante la procesión del Corpus. Las tres bestias negras del anarquismo, burguesía, ejército y clero.
Al día siguiente del atentado, Salvador contemplaba el séquito fúnebre desde lo alto del monumento a Colón y se deleitaba imaginando que coronaba su faena arrojando más bombas sobre el cortejo. "Era un estajanovista", comenta con sorna Mendoza.

Balagué, autor de La Casita Blanca, recoge testimonios de escritores que han recreado aquella época, como González Ledesma, Antoni Dalmau o Eduardo Mendoza, liceístas como Roger Alier y cronistas como Lluís Permanyer. Alguno hay que señala la barbaridad de que la Setmana Tràgica fue peor que la Guerra Civil. No es un documental narrativo, sino entrevistas encadenadas. No hay investigación ni contraste entre el modo de vida burgués y el anarquista, ni indagación sobre los protagonistas. Hay un rico anecdotario y un único elemento de engarce con el presente, Santiago Salvador fue ejecutado en lo que hoy es la plaza Folch i Torres, junto a la vieja prisión Reina Amalia. En la plaza, con la misma perspectiva que la utilizada por Casas para pintar Garrote vil, se alza hoy un instituto con alumnos de varias culturas. Balagué mete la cámara en el aula, a lo Laurent Cantet (La clase), para que los alumnos –dos chicas con el velo islámico– debatan sobre la pena de muerte y el uso de la violencia como ajuste de cuentas.

Como contraste al atentado del Liceu, Balagué incluye una bomba en el popular restaurante Can Lluís. Entre otras anécdotas, en el filme figura una semblanza del verdugo Nicomedes Méndez, que cobraba veinte duros por ejecución. Estas eran públicas y los mejores sitios eran tan solicitados como ahora en los espectáculos más afamados.

Permanyer también advierte que la bomba que exhibe el Museu d'Història es una copia: la auténtica se la quedó el juez que condenó a Salvador y ahora debe estar en manos de un heredero cuyo paradero se desconoce.


ANÁLISIS
Terror en el Liceu
Dos ciudades frente a frente
Lluís Permanyer  - 10/03/2010
Barcelona vivía, cuando Santiago Salvador lanzó con odio las dos orsinis sobre la platea del Liceu, un periodo muy brillante de su historia; lo suelo calificar de nuestro Renacimiento, pese a los siglos de retraso. Es el momento en que se consolida de forma definitiva la colonización del Eixample, el novísimo y extenso barrio que ya se construye bajo el signo de un Modernisme fastuoso y deslumbrador. Constituye el segundo de los tres hitos más brillantes de la historia del urbanismo barcelonés. La burguesía disponía sobre todo de dos escenarios muy urbanos en los que le place exhibirse y relacionarse: el paseo de Gràcia de día y el Liceu al caer la noche. Se trata de dos ambientes intensos y que importa no dejar de frecuentar, con el fin de dejarse ver y también mirar. La industrialización y el comercio facilitan la obtención de fortunas enormes, que se amasan con facilidad y rapidez merced al pago de unos impuestos menguados y unos salarios ridículos. ...
La eterna bomba del Liceo


Carles Balagué revisita en un documental que se estrena el viernes el más sangriento de los atentados anarquistas en la Barcelona de finales del siglo XIX

LOURDES MORGADES - EL PAÍS -  10/03/2010

"Casi toda la sala era un amasijo de butacas retorcidas, de madera, de cristal, de terciopelo desventrado. Y encima de los huecos, montones de carne, cuerpos tendidos, sin que fuera posible adivinar el rostro; sedas impregnadas de sangre, de la que se percibía hasta el olor. Y la muchedumbre apretujada en las puertas, sin logar avanzar, odiándose unos a otros, apiñados y despavoridos". El relato literario que Ignasi Agustí hizo en Mariona Rebull (1944) de la bomba que en 1893 lanzó Santiago Salvador en el Teatro del Liceo ha contribuido a mitificar el más sangriento de los atentados anarquistas en la Barcelona de finales del siglo XIX. Un mito que más de 100 años después no ha perdido vigor y que ahora revisita el cineasta Carles Balagué en su documental La bomba del Liceo, un recorrido por la historia de un teatro, de la sociedad burguesa que lo ha simbolizado y de aquella Barcelona que fue la ciudad de las bombas.

El documental, que el próximo viernes se estrena en Barcelona y Madrid, es un proyecto largamente acariciado por Balagué, quien a principios de 2000 desechó rodarlo al no hallar el final adecuado para la historia. La clave se la dieron un centenar de jóvenes que a finales de noviembre de 2005 irrumpieron en la platea del Liceo antes del inicio de una representación operística para protestar contra la especulación inmobiliaria en Ciutat Vella.

Para el realizador, este hecho, con el que establece un paralelismo en el documental, es la evidencia de la existencia de "aspectos cíclicos que se repiten a lo largo del tiempo", aunque la lúdica y pacífica actitud de los jóvenes okupas de 2005 distara mucho del sangriento propósito del anarquista Santiago Salvador, cuyo atentado se cobró 20 vidas, entre ellas las de cuatros estranjeros que aquel 7 de noviembre de 1893 acudieron a la representación de Guillermo Tell, de Rossini, con la que el Liceo inauguró tan aciaga temporada.

Para explicar el atentado, Balagué se sirve de los testimonios de un grupo de novelistas, ensayistas y periodistas, entre los que se encuentran Eduardo Mendoza, Francisco González Ledesma, Josep Martí Gómez, Lluís Permanyer y Joan de Déu Domènech, así como del crítico e historiador de la ópera Roger Alier y del apuntador del Liceo e historiador del teatro Jaume Tribó, quienes reconstruyen el atentado y rememoran la fiebre anarquista que llenó Barcelona de bombas durante la última década del siglo XIX y convirtió en espectáculos las ejecuciones públicas mientras el movimiento proletario crecía a espaldas del Liceo, catedral de la burguesía hasta hace pocas décadas.

Las ejecuciones a garrote vil que en el siglo XIX se realizaban en la actual plaza de Folch i Torres de Barcelona, en el Raval, sirven al cineasta para adentrarse en lo que los adolescentes del Instituto Milà i Fontanals, que se levanta frente a la plaza, piensan sobre la pena de muerte. Un inquietante retrato de las nuevas generaciones que se aleja de la historia de la bomba del Liceo, cuyo mito alcanza incluso al segundo de los proyectiles que Santiago Salvador lanzó desde el quinto piso del Liceo y que no llegó a estallar. Según Lluís Permanyer, la bomba Orsini que se conserva en el Museo de Historia de Barcelona, no es la que no estalló en el Liceo. La auténtica, afirma, está en manos de los descendientes de la familia del magistrado que juzgó al anarquista.