diumenge, 17 d’abril del 2011

De la comuna al cohousing

Antton Elosegi

(Hika, 218zka. 2010ko ekaina-uztaila)

            La idea de compartir no es ningún invento  moderno. A lo largo de la historia ideas de todo tipo han llevado a grupos de personas a compartir entre ellas mucho más de lo que lo hacía la sociedad circundante,  formando comunidades de muy diversa índole.

            El grado de comunidad ha variado tanto como las ideas filosoficas, religiosas o sociales que han empujado a esos grupos, de un solo sexo, de ambos, o familiares a plantearse un tipo de vida más estrechamente unida a un grupo determinado.

            Basta con recordar en culturas próximas que todos conocemos los monasterios y comunidades religiosas de todo tipo, donde alguna gente compartía  y comparte no sólo la vivienda, sino la economía y prácticamente todos los aspectos de la vida diaria, bajo unas normas donde la vida privada queda reducida al mínimo.

            Desde una perspectiva muy diferente, la de lograr la felicidad en esta vida, el inglésTomas Moro, en su famosa Utopía escrita en 1506 propone una ciudad donde numerosos aspectos de la vida son compartidos, entre ellos la comida.

            Siglos más adelante, y retomando de alguna manera aquellas ideas, surgen diversas propuestas para compartir  la vivienda y otros elementos de la vida diaria basadas en ideas no religiosas sino de tipo politico-social. Así, a lo largo del siglo XIX en el pensamiento socialista y anarquista abundan las propuestas de colectivizar muchos aspectos de la vida que se han venido considerando como pertenecientes en exclusividad a cada familia. Son famosos los proyectos de Robert Owen hacia 1840, el Falansterio que Fourier nunca pudo llevar a cabo, y el Familisterio que su seguidor André Baptiste Godin  sí construyó, aunque pronto perdió su carácter comunitario para transformarse en un barrio más o menos convencional.

            Dentro del movimiento socialista, así como del anarquista, nunca cesaron las propuestas para colectivizar no sólo la producción sino también el consumo, y en concreto el habitat. Pero en el socialismo real, en concreto en la Unión Soviética no parece que llegaran muy adelante en la vivienda compartida para las familias. Una de las experiencias comunitarias que más desarrollo, y durante más años, ha conseguido es el de los kibutz judíos, que surgieron a principios del siglo XX en el protectorado de Palestina y han perdurado con el estado de Israel hasta nuestros días, aunque como caricaturas de lo que fueron. En estos kibutz, judíos emigrados de Europa compartían no sólo la producción y la propiedad sino también la vivienda, el cuidado de los hijos, la cocina y otros elementos de la vida diaria.

            En los años sesenta en el occidente rico se producen nuevos experimentos de vida comunitaria que resucitan la antigua idea de las comunas. Las más numerosas, se adscriben a lo que se puede llamar el movimiento hippie y se desarrollaron sobre todo en los Estados Unidos, aunque también por esa época se dan algunas experiencias socializantes como la Kommune 1 de Berlin occidental, y otras relacionadas con los movimientos okupa y otras propuestas alternativas. En España por aquellos tiempos no estaba el horno para muchas comunas, pero en los setenta diversas variantes comunitarias, hippies o ecologistas, repueblan algunas aldeas abandonadas de las montañas.

            Todas las experiencias a que se hace mención en este breve repaso tienen como característica común el estar profundamente ideologizadas, y planteadas en un espíritu de maximizar lo compartido. En general se parte de la idea de que la familia debe dar paso a otra forma de organización superior y que la propiedad privada debe desaparecer.  En las últimas décadas suele ser común también  un deseo de huir  de los males de la civilización  y volver hacia una idílica aldea de años atrás, donde supuestamente todos se conocían, se ayudaban mutuamente y compartían trabajos, ocio, alegrías y penas. Algunas de estas ideas aparecen
con fuerza en experiencias que se desarrollan en la actualidad con el nombre de eco-aldeas y
similares.



Edificio de cohousing de mayores. Färdnkäppen, Estocolmo
            Pero hay otras corrientes más pragmáticas y moderadas en el planteamiento comunitario, y que aparecen sobre todo en los países del norte de Europa, aunque no faltan experiencias más al sur, en Francia y en otros lugares.

            Ya en 1903, pensadores racionalistas propugnan y ponen en marcha en Copenhague lo que llamaron “edificio central”, y más tarde, cuando se extendió al mundo germánico (Berlin, Zurich, Viena), “casas de cocina única”. Se ponía el acento en la no proliferación de cocinas, como forma de liberar de un pesado trabajo a las familias y especialmente a las mujeres. Otros diversos experimentos de ese tipo tuvieron lugar en los páises del centro y del norte de Europa hasta la segunda guerra mundial.

            Por oposición a los intentos comunales, las ideas conductoras no eran las utopías colectivizantes, sino la búsqueda de un modo de vida más racional y más económico. Pero sin embargo, no fueron precisamente los obreros o la gente más necesitada de ahorrar sus beneficiarios, sino sobre todo intelectuales radicales. Algunas experiencias fueron claramente elitistas por el nivel económico exigido, y se asemejaban más a un hotel-residencia donde el servicio se ocupaba de todas las tareas domésticas de manera centralizada.

            En la actualidad, el modelo racionalista y pragmático de vivienda compartida conocido como cohousing se está desarrollando también partir de los países del norte, incluyendo a Estados Unidos y Canadá, y está logrando una extensión y desarrollo muy superiores a los conseguido antes. Hay un acuerdo general en señalar a Dinamarca como la cuna de este movimiento a partir de los años 60 del siglo XX.

            En esos años, grupos de personas  de todas las edades, principalmente jovenes con hijos pequeños, se reúnen para buscar un modo de vida intermedio entre la vivienda particular y la comuna. El resultado es una pequeña urbanización de casas unifamiliares o adosadas (así son muchas viviendas en Dinamarca), y un edificio central con servicios comunes: cocina-comedor, lavandería, sala, biblioteca… Las experiencias plenamente urbanas, las que se desarrollan en un edificio de pisos, también se dan en Dinamarca y Suecia principalmente.

            Un componente esencial de este tipo de habitat es la implicación de los participantes tanto en el proceso de gestación de esos “cohouse” como en la compartición de algunos aspectos de la vida cotidiana una vez mudados allí: comidas, limpieza y mantenimiento de espacios comunes, cuidado de hijos, ayuda mutua…, en la medida consensuada en cada comunidad.

            Hay un acuerdo bastante extendido en aceptar como “principios” del cohousing los seis puntos que aparecen en el recuadro.

            Dentro de estos “principios” generales caben muchos niveles de comunidad. Hay quienes comparten la preparación de las comidas y quienes no; las tareas de limpieza de las partes comunes pueden ser hechas por los convivientes o encargadas a personal externo; todas las combinaciones son posibles, conjugando las dos ideas: vida privada y vida compartida.

            Este tipo de hábitat compartida ha reunido a todo tipo de personas, es decir, de ambos sexos y de todas las edades (aunque no han faltado experimentos de viviendas compartidas por mujeres sólas), pero  a principios de los ochenta, y, también en Dinamarca, aparecen núcleos de vivienda compartida destinados expresamente a gente de edad.
Al haber crecido tan espectacularmente el número de personas de mayores, y  haber aumentado a la par la autonomía con la que estas personas pueden plantearse su futuro, la opción por el cohousing  de la tercera edad o senior cohousing ha alcanzado un notable desarrollo.

            Las ventajas que supone la vivienda intencionadamente compartida para las personas mayores, normalmente sólas o en pareja, parecen evidentes.

            Por un lado las económicas son claras, pues el espacio privado necesario es bastante menor que el habitual en las casas concebidas para una familia entera.  Las viviendas construídas para compartir vecindario son más adecuadas a las necesidades reales de la personas o parejas solas. Por otro lado, en función de lo que cada vecino-conviviente esté dispuesto a compartir con los demás, el nivel de gasto disminuye: las comidas en grupo, el personal de limpieza o de asistencia necesario,  son mucho más rentables si son compartidos por todos o un buen número de los residentes. Y también va a resultar más económico para la administración.

            Las ventajes sicológicas de vivir junto a personas que uno ha elegido, la garantía de que las vas a tener cerca, y de que, si las cosas funcionan como debieran, vas a contar con su apoyo y vas a poder prestar el tuyo, son indiscutibles. Sentirse necesario una vez de que uno ha abandonado los quehaceres laborales que parecían dar sentido a su vida es un elemento incuestionable de la calidad de vida de las personas mayores. Los estudios realizados sobre los mayores que viven en cohousing indican que son especialmente activos intelectual, artística y socialmente.

            Como anécdota significativa se cuenta que en una residencia colaborativa de este tipo en el momento de su fundación los 20 covivientes se trasladaron con 12 mascotas, pero al cabo de pocos años, el parque animal se había reducido a un gato y un  perro: conforme los animales iban muriendo, dejaban de ser necesarios ante la compañía de otros humanos, y no eran reemplazados.

            Otra ventaja cada vez más apreciada es la ecológica. Para algunos supone una de las razones principales para inclinarse por el hábitat compartido, para otros es un elemento más; pero para todos es evidente  que de manera parecida al binomio coche privado /transporte público, es mucho más sostenible la residencia compartida por el: ahorro de espacio, de energia, de necesidad de desplazamientos, etc., que supone.

            Esta realidad creciente que encontramos en bastantes países contrasta con lo que vemos a nuestro alrededor: mayores que se aferran a su (cada vez más escasa) descendencia para sobrevivir en sus últimos años, ancianos resignados a ponerse en manos ajenas, sean de residencias carísimas o de la administración, donde van a tener que romper radicalmente con sus anteriores círculos de vecindad y amistad. Poquísimos ejemplos hemos encontrado de grupos que hayan organizado colectivamente su propio futuro compartido.

            Parece como si la generación protagonista de la caída en picado de la natalidad no se diera cuenta aún de que éste es ya un  país de viejos, que las familias numerosas en que se criaron muchos de ellos se ha convertido en una curiosidad de museo, y que la familia ha dejado de ser un colchón para la vejez.

            Por otro lado, si los años del ladrillo y la abundancia de dinero en la administración habían hecho pensar a alguien que tenía garantizado no quedarse en el arroyo, las últimas, por ahora, sacudidas de la crisis están dejando bien clarito que mamá administración no va a estar a nuestro lado cuando lo necesitemos.

            Pero la otra cara de la moneda es que la generación que llega ahora a la edad de la jubilación es consciente de que (estadísticamente) le queda aún un buen trecho por recorrer en este valle de lágrimas, y tiene en general recursos vitales, si no económicos, para plantearse autónomamente el futuro como una nueva etapa de la vida, de manera parecida a cuando se emancipó de sus padres tuvo que apañárselas para buscar un trabajo o una vivienda.

            Parece, pues que se dan todas las condiciones objetivas y subjetivas para que proliferen proyectos de vivienda compartida  de uno u otro tipo. Esperamos que la inercia, la concepción desfasada de la familia y de la privacidad, y la falsa ilusión creada por la propiedad privada de la propia vivienda no sean lastres a la hora de planificar una vejez más feliz y autónoma, y a la vez más solidaria y ecológica. 
Los seis “principios” del cohousing
1) El proceso debe ser participativo. Los “covivientes” participan desde el principio en el diseño del conjunto y son responsables como colectivo de las decisiones finales
2) El diseño de cada vivienda y del conjunto busca facilitar unas estrechas relaciones de vecindad, donde sean posibles la comunicación y la ayuda mutua.
3) Existen unos servicios comunes (cocina, comedor, lavandería, tendedero, sala de estar, TV, biblioteca, taller, gimnasio…) que complementan y suplementan los de la vivienda privada.
4) La gestión está en manos de los propios residentes.
5) La  estructura social no es jerárquica. Las decisiones se adoptan democráticamente tras discusión y a poder ser por consenso.
6) Separación de economías. Cada cual mantiene su independencia económica, participando en la medida pactada en los gastos comunes.


Para saber más
http://housekideak.wordpress.com/.
http://profuturovalladolid.com
http://www.ecoaldeas.org/
http://www.eurotopia.de/verzeichnis.htm
http://www.cohousing.org/
http://www.kollektivhus.nu/eng/index.html
http://www.eldercohousing.org/

El espíritu de las “eco-aldeas”
 “Las laderas de Sierra Nevada esconden desde hace más de una década la comuna de Beneficio. Un asentamiento en el que conviven decenas de personas sin luz eléctrica ni propiedad privada. Bajo la sombra de enormes eucaliptos y con la compañía de un arroyo, la vida allí transcurre ajena a los ruidos, las prisas y las 'comodidades' de la civilización.”

La ciudad compartida utópica de Robert Owen

dilluns, 11 d’abril del 2011

80 años de la Segunda República: La democracia destruida

 
 Manuel Azaña, presidente de la República, en un acto público
 
Fuente: http://www.larazon.es/noticia/2425-la-democracia-destruida 8 Abril 11  Stanley G. PAYNE

La Segunda República, concebida como «República democrática», ha inspirado uno de los mitos más durables del siglo veinte.  Han fracasado los mitos del leninismo, trotskismo, fascismo, maoísmo, castrismo y muchos otros, pero el de la Segunda  República sigue vigente en el nuevo siglo, por lo menos en el discurso del señor Zapatero. En cambio, Javier Tusell, el gran maestro de la historia política española contemporánea, ha definido ese régimen como «una democracia poco democrática».  Si eso es cierto –y lo es–, entonces este mito, como muchos otros, no refleja toda la verdad.

Analizando la historia de esa experiencia política, es indispensable distinguir entre los dos lados de la moneda: lo que había de democrático en la República y la progresiva destrucción de la democracia. En cuanto al primero, parece evidente que el régimen político que gobernó desde el mes de abril de 1931 hasta febrero de 1936 fue esencialmente democrático, parlamentario y constitucional. Como muchos otros, sufría de varias lacras, empezando por sus orígenes peculiares. La coalición republicana trató primero de tomar el poder a través de un pronunciamiento militar en diciembre de 1930 (que fracasó totalmente); técnicamente no ganó las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, conquistó el poder a través de la acción directa en las calles, combinado con las amenazas (una suerte de «pronunciamiento pacífico»), durante los días siguientes, y nunca celebró ninguna clase de plebiscito o referéndum democrático.  A pesar de todas estas taras de origen, la gran mayoría de la opinión pública en España aceptó su legitimidad, que así por varios años no pudo ser cuestionada.

La deslealtad socialista


La práctica de la democracia fue a veces «poco democrática», en la frase de Tusell, con una Ley para la Defensa de la República draconiana, suspensiones de las garantías constitucionales con gran frecuencia y muchísima censura, violencia política y acoso y coacción en las campañas electorales.  Además sufría a manos de una ley electoral enormemente desproporcionada, y tanto o más de la constante intromisión y manipulación por parte del presidente, Niceto Alcalá-Zamora, a quien la Constitución dio un poder que le permitía hacer y deshacer gobiernos a su antojo. Sin embargo, durante casi cinco años fue un régimen democrático, o tal vez semidemocrático.

La destrucción de la democracia republicana fue un proceso largo y progresivo, que se aceleró en los últimos meses del régimen. No empezó con las tres insurrecciones revolucionarias anarquistas en 1932-33, porque éstas recibieron un apoyo solamente de  los comunistas y nunca representaron una amenaza a la estabilidad. El primer paso fue el rechazo unánime de parte de las izquierdas de los resultados de las elecciones a Cortes de noviembre de 1933, las primeras elecciones completamente libres y democráticas en la historia de España hasta noviembre de 1977. No alegaron que las elecciones no habían sido libres y justas, sino que rechazaron terminantemente la victoria parcial de las  derechas (la CEDA), insistiendo en nuevas elecciones en unas condiciones en las que pudieran ganar. Aunque estas demandas fueron denegadas por Alcalá -Zamora, no constituyeron más que el primer paso.  Seis meses más tarde, se especulaba con otro intento de «pronunciamiento pacífico» de las izquierdas, aprovechándose de una huelga general y el poder de la Esquerra en la Generalitat, pero no pudo ser llevado a cabo. 

El segundo punto de inflexión llegó con la insurrección revolucionaria de los socialistas y sus aliados en octubre de 1934, pero esto tampoco consiguió la destrucción de la democracia. El Gobierno constitucional sobrevivió y gobernó con la ley durante más  de un año.  A pesar de la campaña masiva de las izquierdas y el Comintern sobre la  represión en España, que trataba de resucitar la imagen de la Leyenda Negra, los términos de la represión fueron en realidad los más blandos comparándolos con los empleados en cualquier país europeo contemporáneo que hubiera sufrido una rebelión revolucionaria seria. (La total ineficacia de una represión blanda fue uno de los factores que convencieron a los militares sublevados en 1936, que debían imponer su propia represión mortífera y sin piedad). Luego la República en pocos meses otorgó a todos los partidos insurrectos una libertad total para tratar de ganar en las urnas lo que no habían conseguido por la violencia.

Fue entonces cuando empezó el proceso directo y continuo de la destrucción de la democracia.  Los motines, coacciones y destrucciones que se sucedieron tras las nuevas elecciones  –16 de febrero de 1936– alteraron los resultados en doce provincias y convirtieron un empate en las urnas en una victoria del nuevo Frente Popular.  Luego, bajo los Gobiernos de Azaña y Casares Quiroga, en los cinco meses siguientes, tuvieron lugar el largo elenco de actos ilegales y violentos, absolutamente sin parangón en la historia de cualquier democracia europea en tiempo de paz  internacional: el fraude electoral, miles de detenciones políticas arbitrarias, la violencia política contra personas, la ola de grandes huelgas violentas y destructivas, el masivo incendio de iglesias, centros derechistas y propiedades privadas, la ocupación ilegal de tierras, la  politización de las fuerzas de seguridad y de los tribunales, la censura frecuente y caprichosa, el cierre arbitrario de las escuelas católicas (y también de iglesias en algunas provincias), la incautación de iglesias y propiedades del clero, la disolución arbitraria de organizaciones derechistas y la impunidad ante los actos criminales de muchos  miembros de los partidos del Frente Popular.

Especialmente notable fue el proceso de degeneración y pérdida de la legitimidad  electoral, que pasó por varias fases.  Primero tuvieron lugar los disturbios y coacciones ya citados, que alteraron los resultados de las elecciones a Cortes en doce provincias.  Dos semanas más tarde, hubo presiones y ataques durante la segunda vuelta. La tercera fase la constituyó, en el mes de marzo, el expolio hecho por la Comisión de Actas de las Cortes, que entregó a las izquierdas 32 escaños que habían sido ganados por las derechas. En mayo, se suspendió la total participación de las derechas en las elecciones fraudulentas en Cuenca y Granada. Era evidente que la democracia electoral había sufrido un eclipse total. 

La inevitable guerra

Sin embargo, a pesar de todos estos hechos, la guerra civil tuvo que esperar.  Las derechas habían perdido todo poder político y los militares desafectos aguantaron, aunque no por mucho tiempo. La verdad parece ser que finalmente llegó a ser inevitable solamente por la deliberada política del Gobierno, primero, y por los socialistas, en segundo lugar, que trataban de provocar directamente una sublevación.  Tanto el Gobierno como los  socialistas creían que sería una rebelión débil y fácilmente aplastada. Casares Quiroga  pensaba que tendría el efecto de fortalecer el Gobierno, mientras los socialistas de Largo Caballero creían que la crisis provocada sería el modo más directo para dar vía libre al  proceso revolucionario y permitirles hacerse con el poder.  Los socialistas no se equivocaron totalmente, pero su proyecto se limitaría a poco más que la mitad de un país en guerra, y la nueva República sería  un régimen revolucionario y violento. La democracia ya había desaparecido antes, y su muerte fue la verdadera causa de la Guerra Civil.

Alfonso XIII, un rey en el exilio

«Quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil», dice Alfonso XIII, el día que abandona España y se proclama la República. Tres coches viajan desde el Palacio de Oriente a Cartagena. Allí, en el crucero «Príncipe Alfonso» salía el Rey de Cartagena hacia Marsella. Una vez en Francia, no es consciente de lo que ha pasado y cree que la República se disolverá más antes que después. Pasa el exilio en varios lugares y aunque apoya el levantamiento, pronto se da cuenta de que ya no cuentan con él.

Muere en Roma en 1941.

diumenge, 10 d’abril del 2011

Jaume Vicens Vives y las minorías creativas

Hoy no sobran referentes

En el modo de pensar de Jaume Vicens Vives el papel de las minorías creativas fue ganando mucho terreno

LA VANGUARDIA10/04/2011

Los clásicos describían como non sequitur lo que consideramos razonamientos inconsecuentes. Por ejemplo: no se siguenon sequitur en latín– que si uno es humano y por tanto mamífero, todo mamífero sea humano. Ahora comienza a circular otra falacia muy curiosa: puesto que todo catalanismo tiene que ser independentista, el catalanismo de Vicens Vives es un fracaso porque no ha tenido cauce de secesión. He ahí un non sequitur que ya detectaron, en los años cincuenta, el propio Vicens Vives, Pla y Tarradellas. Al parecer, hoy no se les reconoce como referentes.

En el modo de pensar de Jaume Vicens Vives el papel de las minorías creativas fue ganando mucho terreno, pero en su caso –como en otros aspectos de su vida– las ideas, henchidas de convencimiento y pasión, pedían ser llevadas a la práctica. La historia le convertía en un hombre de acción y la reconstrucción civil de la posguerra le llevaba a las aproximaciones pragmáticas. No sólo de Josep Pla pudo aprender que los logros más duraderos y explícitos del catalanismo se nutren de la capacidad pragmática, frente al todo o nada. En las horas de la Lliga, Pla ya lo había escrito: “Lo que nos interesa es negociar, construir, hacer”.

El oficialismo nacionalista acusó a Vicens Vives –como a Pla y Tarradellas– de refractario a los mitos del victimismo. La misma sospecha, la misma condena se hizo de toda aquella generación, monárquica o no, que procedía de la Lliga de Cambó y que hizo la guerra en las filas nacionales. Entonces se puso entre paréntesis a Pla, por ejemplo, o a las gentes de Destino, con Josep Vergés al frente. Pero vencedores y vencidos fueron todos escribiendo en Destino. Claro, no es casual que Vicens Vives pronto comprendiera que en buena parte era con aquellos, con los de Destino o con Pla, con los que se podía hacer cosas, constituyendo minorías creativas, del mismo modo que captó la existencia de grupos evolutivos en el régimen con los que no sólo era posible sino incluso necesario el entendimiento. Es Vicens Vives quien propone a Pla que escriba sobre el placer culinario porque, después de la guerra, el país se alimenta mal.

En aquel momento, procede de Vicens el empeño de impulsar nuevas minorías creativas. Sabe de su importancia en momentos como la Renaixença y el noucentisme. En 1956 funda la Aliança per al Redreç de Catalunya. No tendrá futuro, pero es ilustrativo subrayar la idea de aliança, fundamental para el reagrupamiento de energías en la posguerra, cuando la burguesía catalana, aún con su poder económico, era una sombra de sí misma. Aquella Aliança no prosperó, pero al cabo de dos años sería el germen del Cercle d’Economia, a partir de la conferencia de Vicens en 1958, sobre el capitán de industria español en los últimos cien años. Hoy estamos en lo mismo, en la necesidad acuciante de élites meritocráticas, en la universidad, en la opinión pública, en la concepción del bien común. Y mucho más aún, porque habitamos en una época postideológica.

Esas cosas comenzó a pensarlas Mañé i Flaquer en sus artículos. Sin duda, no fue un pensador original, pero sí un líder de opinión muy potente, partidario del conservar progresando, de la estabilidad y de abandonar el abstencionismo político para intervenir decisivamente en la vida pública. A mediados del XIX, Mañé intuye el despegue de la burguesía catalana, del mismo modo que Vicens Vives la tendrá como matriz reconstructora en la posguerra. En Toynbee, Vicens Vives se confirma en la idea de que las sociedades no son organismos que viven y mueren, sino sistemas de relaciones entre los individuos. Las minorías creativas pretenden dar respuesta positiva a un desafío. Veremos en qué quedan estas primeras décadas del siglo XXI.

Como Toynbee, Vicens Vives considera que los métodos y las ideas para afrontar los desafíos de toda sociedad provienen de una minoría creativa. Luego son mimetizados por la mayoría. Fundamentalmente, la minoría creativa es una idea de la responsabilidad ante la sociedad civil. Claro, es todo lo contrario de delegar en la clase política el funcionamiento de una sociedad. Entre otras cosas, la sociedad catalana del siglo XIX se había reactivado a contracorriente de la política tradicional, como una forma de regeneracionismo. Fue así como la Lliga de Cambó sustituyó al viejo caciquismo dinástico.

Y el horizonte de Vicens Vives, como en los regeneracionismos o en Ortega, era Europa. En este y en otros tantos sentidos, vale lo que decía Ortega: “El selecto se selecciona a sí mismo al exigirse más que a los demás”. Vicens es un reformista. ¿Hubiese sido un líder público o no? En parte lo fue, aunque él mismo conocía los peligros del wishful thinking. Su política, desde luego, no se ajustaba a los moldes habituales, era el afán intelectual de intervenir en la cosa pública y con sentido de la realidad, sin irrealismos. Curiosamente, toda una historiografía marxista se ha dedicado a la invención de otra Catalunya, maquinalmente irrealista. Años después de las iniciativas de Vicens Vives uno puede preguntarse qué queda de todo aquello, fuese o sea real o virtual. Estamos en un non sequitur, a costa de Vicens y Pla.