dimarts, 8 de gener de 2013

Napoleón y los laureles de la victoria

Con motivo del fallecimiento de Norman Schwarzkopf

Fuente: La Vanguardia, 29 de diciembre de 2012

Norman Schwarzkopf, como el general sudista Robert E. Lee y otros muchos militares desde el siglo XIX hasta nuestros días, era un devoto de Napoleón. No en balde se graduó en West Point, en cuyos planes de estudios actuales hay un semestre dedicado al “arte de la guerra” (sic) con dos conferencias sobre la guerra de la Independencia, once sobre la de Secesión y ¡once semanas lectivas consagradas a Napoleón! Donald Howard, titular de la cátedra de estudios napoleónicos de la Universidad de Florida, asegura que el comandante de las fuerzas estadounidenses en la guerra del Golfo “se inspiró en la campaña de Napoleón de 1805 que concluyó con la victoria de Austerlitz”: también son legión los historiadores de todo el mundo subyugados por el emperador francés, con frecuencia calificado como “el más brillante estratega de todos los tiempos”. Sobrecoge pensar en las consecuencias de esta pasión ilimitada por alguien que instauró la idea de la ofensiva a ultranza y de la victoria a no importa qué precio.

Bonapartista a machamartillo, el mariscal Ferdinand Foch, comandante de las tropas aliadas en la Primera Guerra Mundial, defendía que “en la punta de las bayonetas enemigas ondean los laureles de la victoria: vayamos allí a cosecharlos”. Nunca sabremos cuánta sangre ha regado estas palabras, pero sí sabemos que Napoleón, el admirado dios de la guerra, “convirtió Francia en un país de viudas y huérfanos”, como dijo Chateaubriand, y que en su nombre (como más tarde en el de Sadam y sus “armas de destrucción masiva”) se han hecho barbaridades. Y, pese a ello, la leyenda crece, alimentada con datos falseados por el propio Napoleón, hábil propagandista de sí mismo.

Tiene mucho mérito que militares franceses contemporáneos, como el almirante Rémi Monaque, osen romper filas y cuestionar el mito, aunque sea tibiamente. Después de todo, la “brillante” estrategia de Austerlitz fue idéntica a la que el emperador aplicó en 1815 en Waterloo, donde fue derrotado sin paliativos por una coalición angloprusiana. Perdió el general, sí, pero no el personaje, al que un discípulo resucitó al cabo de 176 años en las arenas de Kuwait.