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divendres, 7 de maig del 2010

Somos un poco neandertales

El análisis genético de la especie más próxima a nosotros indica que hubo un ligero mestizaje - Se abre la puerta al conocimiento de lo que nos hace humano

MALEN RUIZ DE ELVIRA - EL PAÍS - 7 de Mayo de 2010

Los neandertales vivieron en Europa durante centenares de miles de años pero desaparecieron en mucho menos tiempo ante el avance de una nueva especie de homínido que salió de África, la única que existe ahora, la nuestra. Siempre nos hemos preguntado cómo se comportarían, qué capacidades tenían aquellos primos evolutivos, extinguidos antes de que se pintara la cueva de Altamira.



Investigadores con un esqueleto de neandertal

Investigadores con un esqueleto de neandertal

MAX PLANCK INSTITUTE-EVA | 06-05-2010
Svante Pääbo, a la derecha, con miembros de su equipo junto a un esqueleto de neandertal. Ir a la noticia » Neandertales y humanos modernos se cruzaron en Oriente Próximo
¿Eran capaces los neandertales de pensar simbólicamente, de fabricar adornos y amuletos, como piensan algunos expertos, o simplemente imitaban lo que veían en los invasores, como sugieren otros? Pero, sobre todo, nos preguntábamos si alguna vez los neandertales, que seguro que se aparearon con los recién llegados, con los que convivían a corta distancia en algunos lugares al menos, llegaron a tener descendencia no estéril. Hasta ahora, todo indicaba que no prolongaron su estirpe, pero la genética aporta ahora al conocimiento de los neandertales y de nosotros mismos un panorama distinto y más sugerente. El Homo sapiens, la especie vencedora en la historia evolutiva de los humanos, se hibridó con los neandertales que encontró cuando empezó a salir de África hace unos 80.000 años, aunque lo hizo probablemente durante poco tiempo. Esto es lo que cree el equipo internacional que ha conseguido secuenciar el genoma completo del neandertal, un gran proyecto que empezó hace cuatro años y cuyos resultados publica hoy la revista Science. Este logro no ha servido sólo para conocer cómo era la rama lateral de homínidos extinguida que habitó Europa hasta hace sólo 30.000 años, sino, sobre todo, para saber qué nos hace humanos. "Es genial saber que algunos de nosotros tenemos un poco de ADN del hombre de Neandertal, pero, para mí, la oportunidad de buscar evidencia de la selección positiva que ocurrió poco después de que las dos especies se separaran es probablemente el aspecto más fascinante de este proyecto", dice Svante Pääbo, el más reconocido experto en ADN fósil y director del trabajo. Los investigadores, entre ellos varios españoles, compararon el genoma del neandertal con los de cinco humanos de los cinco continentes de la época actual. Los resultados revelan que 78 genes (83 según otro método), de los más de 23.000 existentes, son probablemente distintos funcionalmente en los humanos y los neandertales, y que entre un 1% y un 4% del material genético humano moderno procede de la especie extinguida, lo que indica que sí hubo mestizaje. "Los neandertales son más parecidos a los humanos de otros continentes diferentes de África que a los africanos", explica Pääbo, del Instituto Max-Planck de Antropología Evolutiva (en Alemania). "Esto indica que la hibridación se produjo después de que el Homo sapiens empezara a salir de África, seguramente en Oriente Próximo y durante poco tiempo, antes de que evolucionaran las distintas ramas euroasiáticas". Se basa en que los modelos de población indican que cuando una población colonizadora se topa con una población residente, aún una pequeña cantidad de hibridación puede quedar ampliamente reflejada en el genoma de las poblaciones colonizadoras si esa población se expande entonces de manera significativa. De este modo, el porcentaje relativamente bajo de ADN de neandertal en el genoma del humano moderno sugiere que el mestizaje fue bastante limitado. Para el genoma completo, del que ahora se publica el primer borrador de un 60% del ADN, los científicos se han basado en tres pequeñas muestras, procedentes de tres huesos distintos, de entre 38.000 y 44.000 años de antigüedad, todos ellos del yacimiento de Vindija en Croacia. El borrador se complementó con la secuenciación parcial de otros tres neandertales, procedentes de la cueva del Sidrón (Asturias) -cuyo equipo participa en el proyecto-, Mezmaiskaya (Rusia) y Feldhofer (Alemania). Ha constituido un gran desafío técnico, debido al considerable peligro de contaminación de las muestras con el ADN del humano moderno, que es muy parecido al del neandertal, y a la gran cantidad de ADN de las bacterias y hongos que colonizaron los huesos fósiles y que ha habido que separar. La tecnología la ha puesto la empresa estadounidense 454 Life Sciences, del grupo Roche. "El flujo génico descubierto únicamente puede detectarse de neandertales a humanos modernos, por la dinámica expansiva de las poblaciones humanas modernas, pero no es descartable que fuera bidireccional. Por el contrario, no hay rastros de que hubiera flujo génico después, cuando nuestros antepasados entraron en Europa hace 40.000 años", explica Antonio Rosas, paleobiólogo del CSIC y miembro del equipo. El genoma neandertal presenta, además, otras regiones cromosómicas que podrían derivar de cruzamientos con homínidos más arcaicos, como Homo erectus u Homo antecessor, la especie más antigua de Atapuerca. El paleogenetista Carles Lalueza-Fox, también miembro del equipo junto a Marco de la Rasilla, Javier Fortea y Tomas Marques-Bonet, afirma: "Esta teoría es totalmente novedosa, y no se ajusta a ninguno de los dos modelos extremos tradicionalmente planteados y conocidos como hipótesis fuera de África e hipótesis multirregional. El primero postula una salida reciente fuera de África sin cruzamientos con otras especies humanas más arcaicas, mientras que el segundo postula una evolución local en cada continente a partir de una migración muy antigua, cercana a los dos millones de años. El nuevo modelo planteado por el genoma neandertal podría definirse como fuera de África con hibridación con neandertales en la salida". Entre los genes diferentes entre ambas especies están unos pocos que se propagaron rápidamente en la nuestra (mediante la llamada selección positiva) después de que los humanos y neandertales se separaran de un ancestro común, hace medio millón de años. Incluyen genes relacionados con el metabolismo, el desarrollo cognitivo y el del cráneo, la clavícula y la caja torácica. Hay otros relacionados con el autismo, la esquizofrenia y con el síndrome de Down. Los investigadores también usaron el genoma del neandertal para producir la primera versión de un catálogo de variaciones genéticas que existen en todos los humanos modernos pero que no se encuentran en los neandertales o en los simios. Aseguran que este catálogo será valioso para los científicos que estudian qué es lo que separa a los humanos de otros organismos. "Estas variaciones indican que son buenas mutaciones, beneficiosas de alguna forma en la evolución. Esto ilumina nuestra historia evolutiva, al identificar regiones del ADN candidatas a explorar para comprender lo que cambió en los humanos modernos desde que se separaron evolutivamente y por qué", resume Richard E. Green, de la Universidad de California, primer firmante del artículo que publica Science.

Así se mezclaron los humanos modernos y los neandertales

CSIC 06-05-2010 Escenario evolutivo de la interacción entre humanos modernos ('homo sapiens') y neandertales ('homo neanderthalensis'). La secuenciación genómica de estos últimos y su comparación con personas actuales sugiere que ambos grupos se hibridaron en Oriente Próximo hace unos 80.000 años durante un breve periodo de tiempo.

ANÁLISIS

La definición de humanidad

CARLES LALUEZA-FOX EL PAÍS 07/05/2010
 
Con los datos generados por el Proyecto Genoma Neandertal podemos empezar por fin a construir una definición objetiva de lo que significa ser humano. Este ideal, perseguido desde hace milenios por teorías filosóficas sin base empírica, puede acotarse estudiando aquellos genes que son diferentes entre los neandertales y nosotros.
De momento, el borrador genómico neandertal ha proporcionado un heterogéneo listado de 78 genes con cambios de aminoácido (que por tanto, presumiblemente, afectan a su función) entre ambos linajes humanos. En esta lista encontramos de todo, genes implicados en el metabolismo, en la cognición, en la fisiología, la morfología de la piel, el desarrollo esquelético o la percepción olfativa. Por ejemplo, tenemos el gen SPAG17, que interviene en el movimiento del esperma; no sabemos por qué los neandertales lo tienen distinto. También tenemos el RPTN, que codifica para una proteína que se expresa en la epidermis y la raíz de los cabellos, y el SOLH, cuya función todavía desconocemos. Hay cambios también en el AUTS2, que codifica para una proteína que se expresa en el cerebro durante el desarrollo neuronal. Este gen había sido identificado como causante de algunos casos de autismo. Otros genes asociados con el autismo, el ACCN1 y el CADP2, también parecen hallarse bajo selección positiva en humanos modernos, al igual que un gen implicado en los déficits cognitivos de los que sufren síndrome de Down (DYRK1A) y otro asociado a la esquizofrenia (NRG3). Todas estas evidencias parecen indicar que podría haber diferencias sustanciales en aspectos cognitivos entre nosotros y los neandertales. Pero un cambio genético no nos informa directamente de su repercusión en la función en el organismo vivo. Para poder entender el listado de humanidad deberemos llevar a cabo estudios funcionales con cada uno de estos genes, si es preciso mediante la neandertalización de ratones (es decir, creando ratones transgénicos con genes neandertales). Este trabajo durará muchos años, pero nos permitirá entender al fin en qué somos diferentes de los otros humanos del pasado, en qué somos únicos. Nos permitirá, en cierta manera, ser nosotros mismos.
Carles Lalueza-Fox es investigador del Instituto de Biología Evolutiva (CSIC-UPF).

diumenge, 25 d’abril del 2010

El instinto artístico

Fuente: http://www.elpais.com/articulo/portada/mono/artistico/elpepuculbab/20100424elpbabpor_21/Tes


Afirma Henry de Lumley (La gran aventura de los primeros hombres europeos, Tusquets) que la adquisición de la simetría, primer indicio del sentido ("humano") de la armonía, tuvo lugar hace 1,5 millones de años, en el territorio que se extiende entre el sur de la actual Etiopía y el norte de Kenia. El protagonista de ese acontecimiento fue Homo erectus que, a diferencia de su coetáneo Australopitecus robustus, comía carne y fabricaba útiles para proveérsela y manipularla: el bifaz, esa herramienta cortante característica de las culturas achelenses, fue el primer producto de esa sensibilidad "artística" de nuestros más lejanos parientes. Lumley sostiene que algunas de las características de esos bifaces (el color de las piedras elegidas, la intencionada simetría del tallado) no hacían que la herramienta fuera más funcional, sino que servían para proporcionar el primer latido de lo que podríamos llamar satisfacción estética. Por su parte, Denis Dutton, un psicólogo evolucionista partidario de una concepción del arte "naturalista y transcultural", argumenta en su muy polémico (y legible) El instinto del arte (Paidós) que el surgimiento y desarrollo de las artes son resultado de un conjunto de adaptaciones evolutivas que se iniciaron hace miles de años, y que tanto nuestro amor a la belleza -el "instinto artístico"- como nuestros gustos y preferencias serían innatos y universales, y no resultado de construcciones sociales o culturales. Dutton llega a afirmar que si a miembros de diferentes culturas les atraen por igual las representaciones de paisajes abiertos con imágenes de agua y de árboles en la lejanía es porque, de alguna manera, les "evocan" la sabana de la que, como especie, procedemos. Y propone un itinerario darwinista para ilustrar cómo llegamos a convertirnos en "una especie obsesionada por la creación de experiencias artísticas", insistiendo (a través de diversos ejemplos) en que la comprensión de los procesos adaptativos que dieron lugar al instinto artístico puede contribuir a "realzar nuestro disfrute estético". Su libro supone un paso más en el muy contemporáneo maridaje de la filosofía del arte y el neodarwinismo. Y, desde luego, un intencionado torpedo dirigido a la línea de flotación de las interpretaciones suministradas desde la antropología y los estudios culturales.

dissabte, 31 d’octubre del 2009

EL MISTERIO DEL HOMBRE DE FLORES: ¿DESCENDIENTE MINIATURIZADO DEL HOMO ERECTUS O RELIQUIA DE UNA ESPECIE MÁS ANTIGUA?




JAVIER SAMPEDRO - Madrid

EL PAÍS - Sociedad - 25-10-2009

Cinco años después de su descubrimiento en la isla de Flores, en Indonesia, los científicos siguen reexaminando el fósil humano más desconcertante de la historia: LB1, el hombre de Flores, que en realidad era una mujer. Medía un metro y no tenía más cerebro que un chimpancé, pero vivió hace sólo 17.000 años. Algunos paleontólogos no aceptan que represente una especie enana, y han sostenido siempre que LB1 es una mujer moderna con alguna enfermedad rara. Según los últimos estudios evolutivos, sin embargo, la enfermedad tendría que ser tan rara como una máquina del tiempo.

Los nuevos datos tampoco confirman la interpretación inicial de los descubridores del hobbit: que esta especie era un descendiente evolutivo del Homo erectus, el primer homínido que salió de África (hace 1,8 millones de años). Como el erectus ya tenía un tamaño similar al nuestro, esta interpretación implicaba que el hobbit u homo floresiensis, que es su nombre técnico, se tenía que haber miniaturizado en la isla de Flores. El fenómeno es conocido en otros mamíferos.

Según los nuevos resultados, el hobbit no es un homo erectus que se hizo enano, sino que ya salió enano de África, porque proviene de una especie aún más antigua que el erectus, de una época en que los homínidos aún no habíamos crecido de tamaño. No es que la nueva idea sea mucho más convencional que la anterior. Algunos paleontólogos, en realidad, la ven aún más chocante. Simplemente, es la que cuadra mejor con todos los datos.

Los principales trabajos son de los equipos de Michael Morwood, de la Universidad Nacional Australiana en Canberra (Journal of Human Evolution avanzado en la edición online el 21 de julio de 2009), Dean Falk, de la Universidad Estatal de Florida (anticipado en el mismo medio el 28 de febrero de 2009) y William Jungers, de la Universidad de Nueva York en Stony Brook (Nature, 7 de mayo).

En conjunto suponen el primer análisis detallado de toda la morfología del esqueleto -no sólo del cráneo- y su comparación evolutiva con las demás especies de homínidos.

Si se corrige la longitud de su pie por el tamaño de su fémur, como suele hacerse, la hobbit de Flores tendría que haber calzado más de un 80. Aunque no habría podido calzar, porque tenía el pulgar perpendicular a los demás dedos. Con todo, el resto del esqueleto muestra que su posición era erguida. Los datos ya se refieren a los esqueletos de 11 individuos, aunque el único cráneo sigue siendo el de LB1.

Su clavícula no es de tipo humano, ni siquiera de tipo homo, recta y larga, sino corta y curva al estilo primitivo. Su pelvis se parece más a la de un australopiteco que a la nuestra, que fue inventada por el homo erectus hace 1,8 millones de años. El hueso trapezoide de su muñeca no tiene forma de bota, como el humano, sino de pirámide, un rasgo típico de los monos.

La excepción es la cabeza. No por su capacidad craneal de 420 centímetros cúbicos, que vuelve a ser la de un australopiteco o un chimpancé, sino por ciertos detalles de su forma. La nariz delgada y los arcos ciliares prominentes, por ejemplo, parecen propios de nuestro género. Son estos rasgos los que justifican su designación de homo floresiensis, es decir, su inclusión en nuestro género.

La comparación de todos estos rasgos, los antiguos y los modernos, entre todas las especies de homínidos, no cuadra con que el hombre de Flores sea un descendiente evolutivo del homo erectus. Indica, por el contrario, que es una especie anterior. Una de las primeras del género, de hecho, como el pionero homo habilis, que también es un mosaico de formas primitivas y modernas (aunque no el mismo mosaico, sino otra combinación). En los primeros tiempos del género homo, los mosaicos eran la norma.

Desde hace 4 millones de años, han evolucionado en África una veintena de especies de homínidos. Las primeras fueron del géneroaustralopithecus, como Lucy, que se extinguió hace 1,5 millones de años sin haber salido de África ni experimentar un aumento cerebral. El género homo surgió hace 2,5 millones de años, y por tanto coexistió con los australopitecos durante un millón de años.

Se suponía hasta ahora que el homo erectus, con un cráneo cercano a los 1.000 centímetros cúbicos, fue el primer homínido que salió de África, hace 1,8 millones de años (está bien documentado que poco después se extendió por Asia). Si la nueva interpretación es correcta, el hombre de Flores se le habría adelantado en cientos de miles de años.

En la cueva de Liang Bua, donde se desenterró LB1, aunque no en los mismos estratos, se hallaron herramientas avanzadas que confunden aún más el cuadro. Pero la mayor parte de los artefactos de esa cueva -que se remontan a 800.000 años atrás-, y todos los de la vecina excavación de Mata Menge, son muy similares a los hallados en Olduvai, Tanzania, que fueron tallados hace un millón y medio de años, quizá más. Y éstos se adjudican al primitivo homo hábilis, no al más moderno homo erectus. Esto cuadra con la nueva teoría. Las herramientas modernas no cuadran con ninguna.

La paleoneuróloga Dean Falk, de la Universidad Estatal de Florida, ha comparado el interior del cráneo del hobbit con el de otros homínidos y humanos modernos, incluido un microcefálico. Los datos mostraron ya en 2005 que las dos formas eran muy distintas. Pero mostraron que había una posibilidad que no habían contemplado los descubridores del hobbit.

"Nuestra reconstrucción del cerebro es también compatible con que el hobbit y el homo erectus compartieran un ancestro común de pequeño tamaño", explicó Falk entonces. "Si esto fuera cierto, el cerebro del hobbit no habría sufrido una miniaturización en ningún momento, sino que el cerebro del homo erectus habría experimentado un crecimiento durante la evolución de esta especie [hace dos millones de años], al mismo tiempo que su cuerpo. Esta hipótesis implicaría que los rasgos avanzados que hemos detectado en el cerebro del hobbit empezaron a evolucionar antes de que el cerebro del erectus aumentara de tamaño".

dissabte, 15 de març del 2008

El árbol de la familia humana

Los paleontólogos rastrean la evolución de los homínidos desde que se separaron del chimpancé

JOHN NOBEL WILFORD


EL PAÍS - Futuro - 25-07-2007



"Reproduccción del homínido Lucy,"
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Hubo un tiempo en el que los fósiles y unos cuantos artefactos de piedra eran prácticamente los únicos medios que los científicos tenían para rastrear las líneas de la primera evolución humana. Y las lagunas en esas pruebas materiales resultaban frustrantes por lo amplias que eran. Cuando los biólogos moleculares se unieron a la investigación hace unos 30 años, sus técnicas de análisis genético produjeron revelaciones asombrosas. Los estudios de ADN señalaban que hace al menos 130.000 años existió en África una antepasada de todos los humanos anatómicamente modernos. Inevitablemente acabó siendo conocida como la Eva africana. Otras investigaciones genéticas trazaron patrones de migración ancestrales y la relación extremadamente cercana entre el ADN de los humanos y el de los chimpancés, nuestros parientes vivos más cercanos. Las claves genéticas también establecen el momento aproximado en el que el linaje humano empezó a diferenciarse del ancestro común con los simios: hace entre seis y ocho millones de años.

Al principio, los investigadores de fósiles se mostraron escépticos, una reacción influida quizá por su consternación al tropezar con científicos furtivos en su campo. Estos paleoantropólogos sostenían que los llamados relojes moleculares de los biólogos no eran fiables, y en algunos casos no lo eran, aunque al parecer no en un grado significativo.

Ahora los paleoantropólogos dicen que aceptan a los biólogos como aliados para situar la búsqueda de orígenes humanos desde distintos ángulos. En buena medida, una rápida sucesión de descubrimientos de fósiles a comienzos de la década de 1990 ha restaurado la confianza de los paleoantropólogos en la importancia de su método para el estudio de los primeros homínidos, esos antepasados fósiles y las especies relacionadas en la evolución humana.

Los nuevos hallazgos han llenado parte de las enormes lagunas en el registro fósil. Han duplicado el récord de antigüedad desde los 3,5 millones hasta casi 7 millones, y más que duplicado el número de las primeras especies de homínidos conocidas. Los dientes y los fragmentos de huesos indican la forma -la morfología- de estos antepasados que supuestamente acababan de atravesar la línea que separa a los humanos de los simios. "La discrepancia entre la morfología y las moléculas ya no es de hecho tan grande", afirma Frederick E. Grine, paleoantropólogo de la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook.

Al disponer de más datos, señala Grine, los científicos están, en cierto sentido, dando cuerpo a los conocimientos genéticos con fósiles cada vez más antiguos. Hacen falta los huesos apropiados para establecer si una especie andaba erguida, algo que se considera un rasgo definitorio de los homínidos después de separarse del linaje de los simios. "Todo lo que la biología puede decirnos es que nuestro pariente más cercano es un chimpancé y aproximadamente cuándo tuvimos un antepasado común", explica. "Pero la biología no puede decirnos qué apariencia tenía ese antepasado, qué determinó ese cambio evolutivo ni a qué velocidad se produjo".

Tim D. White (Universidad de California en Berkeley), afirma que aunque las especies de homínidos tenían en sus primeras formas un aspecto mucho más simiesco, "hemos llegado a comprender que no se puede extrapolar desde el chimpancé moderno para obtener una imagen del último antepasado común. Los humanos y los chimpancés han experimentado cambios con el tiempo".

Pero White, uno de los buscadores de homínidos más veteranos, admite que los datos genéticos han proporcionado a los paleoantropólogos un marco temporal para su búsqueda. Siempre tienen la mirada puesta en un horizonte temporal para los orígenes de los homínidos, que ahora parece ser de al menos siete millones de años.

Desde su descubrimiento en 1973, la especie Australopithecus afarensis, personificada por el famoso esqueleto de Lucy, ha sido la divisoria continental en la exploración de la evolución de los homínidos. Donald Johanson, descubridor de Lucy, y White establecieron que este individuo de aspecto simiesco vivió hace 3,2 millones de años, caminaba erguido y probablemente fue un antepasado directo de los humanos. Otros especímenes afarensis y algunas huellas de pie evocativas demostraron que la especie existió durante al menos un millón de años, hasta hace tres millones.

En la década de 1990, los científicos cruzaron por fin la frontera de Lucy. En Kenia, Meave G. Leakey, miembro de la famosa familia de arqueólogos, descubría un Australopithecus anamensis, que vivió hace aproximadamente cuatro millones de años y parece haber sido un precursor de los afarensis. Otro descubrimiento de Leakey puso en entredicho la opinión dominante de que el árbol familiar tenía más o menos un solo tronco procedente de las raíces simiescas hasta llegar a una copa ocupada por los Homo sapiens. Pero se hallaron pruebas de que la nueva especie, llamada Kenyanthropus platyops, coexistía con los parientes afarensis de Lucy.

El árbol familiar se parece ahora más a un arbusto con muchas ramas. "El mero hecho de que ahora mismo sólo haya una especie humana no significa que siempre haya sido así", puntualiza Grine.

Pocos fósiles de homínidos han aparecido para el periodo comprendido entre los tres y los dos millones de años, durante el cual los homínidos empezaron a fabricar herramientas de piedra. La primera especie Homo entró en el registro fósil hace unos dos millones de años, y la transición a cerebros mucho mayores empezó con el Homo erectus, hace aproximadamente 1,7 millones de años. Otros descubrimientos recientes han retrocedido más en el tiempo, hasta acercarse a los orígenes de los homínidos predichos por los biólogos moleculares.

White ha participado en excavaciones en Etiopía en las que se han encontrado muchos especímenes que vivieron hace 4,4 millones de años y eran más primitivos y simiescos que Lucy. La especie recibió el nombre de Ardipithecus ramidus. Más tarde, una especie relacionada que vivió hace 5,2 o 5,8 millones de años se clasificó como Ardipithecus kadabba.

En aquel momento, hace seis años, C. Owen Lovejoy (Universidad del Estado de Kent), aseguraba: "Estamos, en efecto, acercándonos muchísimo al punto del registro fósil en el que ya no podremos distinguir al homínido ancestral de los chimpancés ancestrales, porque son anatómicamente muy similares".

Hay dos especímenes todavía más antiguos y aún más difíciles de interpretar. Uno, hallado en Kenia por un equipo francés, ha sido datado en seis millones de años y se le ha denominado Orrorin tugenensis. Los dientes y los trozos de huesos encontrados han sido pocos, aunque los descubridores creen que un fragmento de fémur indica que el individuo era bípedo, es decir, caminaba sobre dos piernas.

Otro grupo francés descubrió más tarde en Chad fósiles de 6,7 millones de años de antigüedad. El único espécimen, llamado Sahelanthropus tchadensis, sólo incluye unos cuantos dientes, una mandíbula y un cráneo aplastado. Los científicos opinan que la cabeza parece haber coronado un cuerpo bípedo.

"Éstos son claramente los homínidos más antiguos que tenemos", afirma Eric Nelson, especialista del Museo Estadounidense de Historia Natural [EE UU]. "Pero aún sabemos bastante poco sobre cualquiera de estos especímenes. Cuanto más nos retrotraigamos al punto de divergencia, más similares serán los especímenes de cada lado de la línea divisoria".

La evolución humana en épocas más recientes también plantea otros retos. ¿Quiénes eran esos "tipos pequeños" hallados hace pocos años en una cueva de la isla indonesia de Flores? Los descubridores australianos e indonesios llegaron a la conclusión de que un esqueleto parcial y otros huesos pertenecían a una especie humana distinta y ahora extinta, el Homo floresiensis, que vivió hace 18.000 años escasos.

La estatura y el cráneo aparentemente diminutos de la especie dieron pie a acalorados debates. Los detractores sostenían que no era una especie distinta, sino sólo otro Homo sapiens enano, posiblemente con un trastorno cerebral. Varios científicos destacados, sin embargo, apoyan la designación de nueva especie.

La tempestad provocada por el descubrimiento indonesio no es nada nuevo en un campo conocido por las controversias. Algunos especialistas recomiendan paciencia, y recuerdan que hasta años después de que se descubriera el primer cráneo de neandertal, en 1856, no se aceptó que los neandertales fuesen una rama antigua de la familia humana. En un principio, los escépticos refutaron el hallazgo alegando que no era más que el cráneo degenerado de un humano moderno o de un cosaco muerto en las guerras napoleónicas.

Quizá la analogía no sea todo lo alentadora que prometía ser. Los científicos siguen discutiendo hasta el día de hoy sobre los neandertales, su relación exacta con nosotros y la causa de su extinción hace 30.000 años, no mucho después de la llegada a Europa del único homínido superviviente y que tanta curiosidad siente por sus orígenes.

© The New York Times