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dimarts, 17 d’agost del 2010

Autores de referencia: Lev Tolstói

La querencia del maestro
Por: Mario Vargas Llosa EL PAÍS 11/07/2010

Desde que leí por primera vez “Guerra y paz”, de Lev Tolstói, todo un volumen de La Pléiade, en el verano de 1960, en Perros-Guirec, un pueblecito de Bretaña, soñaba con visitar alguna vez Yasnaya Polyana. Me he demorado medio siglo en materializar aquel sueño, pero valía la pena porque la finca y la casa donde Tolstói nació, pasó la mayor parte de su vida, escribió sus dos obras maestras — “Guerra y paz” y “Anna Karénina”— y donde fue enterrado se hallan maniáticamente preservadas, según una robusta tradición de este país donde los escritores insumisos, mientras están vivos y escribiendo, suelen ser censurados, acosados, encarcelados y a veces asesinados, pero cuando mueren se convierten en objetos de un culto religioso.
Es un hermoso lugar, a unos doscientos kilómetros al sur de Moscú, en los alrededores de Tula, lleno de estanques, con avenidas de abedules, álamos, robles y manzanos, que cortan los sembríos cuadriculados, y, en este día soleado y cálido, se divisan aquí y allá grupos de estudiantes de una escuela de Bellas Artes que pintan paisajes del natural. Señalando los establos, la guía nos precisa que cuando Tolstói vivió aquí la finca contaba con treinta caballos —el dueño de casa era un avezado jinete— y el número se conserva tal cual. También los árboles frutales plantados en su tiempo, así como las jardineras, y que todo el mobiliario y los objetos de la casa principal pertenecieron a la familia. Durante la Segunda Guerra Mundial se salvaron de milagro, pues el Ejército de Hitler ocupó la vivienda, pero la encontró vacía porque los campesinos ocultaron todo lo que había en ella y lo devolvieron luego de la derrota de los invasores.

Desde afuera, la casa tiene un semblante imponente, con sus balcones de barandas labradas y sus maderas pintadas de blanco, pero en el interior todo es sencillo, más bien rústico, y algo apretado, pues aquí vivieron, además de Lev y Sofía, su esposa, los ocho hijos que sobrevivieron de los trece que concibió la pareja, además del médico de la familia, el secretario y una nube de mayordomos y sirvientas. El cuartito en el que Lev se confinó cuando decidió renunciar al sexo es minúsculo y espartano, la celda de un monje.

El escritorio es pequeño y emocionante, con sus plumas, tinteros, secantes, fotografías familiares, y los dos libros que Tolstói estaba leyendo a sus 82 años, el mismo día que se fugó de la brava Sofía para ir a morir a la minúscula aldea de Astapovo: los “Ensayos” de Montaigne y los “Pensamientos” de Pascal. Los estantes que pululan por todos los rincones de la casa tienen libros en cinco idiomas —se dice que leía catorce—, pero entre los extranjeros prevalece el francés. Vi varios de Víctor Hugo, de quien Tolstói elogió “Los Miserables” con un entusiasmo inusual en él, pero, en cambio no divisé ninguna comedia de Shakespeare, a quien intentó fulminar con una diatriba tan disparatada como insólita.

En los últimos meses de su vida, este octogenario había comenzado también a estudiar chino, prueba irrefutable de la juventud de su espíritu y de esos lampos de locura que jalonaron siempre su genialidad. Para entonces hacía años que había dejado de ser solo uno de los más grandes novelistas de todos los tiempos, para convertirse en un profeta, un místico, un inventor de religiones, un patriarca de la moral, un teórico de la educación y un fantasioso ideólogo que proponía el pacifismo, el trabajo manual y agrícola, el ascetismo y un cristianismo primitivo, libertario y sui géneris como remedio a los males de la humanidad. A esta casa le llegó la noticia de que la Iglesia Ortodoxa lo había excomulgado, algo que en vez de perjudicarlo lo hizo más popular, por lo menos fuera de Rusia. Las cosas que decía reverberaban por todo el planeta y por lo menos en cuatro de los cinco continentes surgieron, ya en vida de él, esas comunidades agrarias de jóvenes tolstoianos —muchos artistas y poetas entre ellos— que abandonaban las ciudades, renunciaban al espíritu de lucro e iban a regenerarse moralmente compartiéndolo todo y trabajando la tierra con sus manos. Que estas colonias anarco-pacifistas no duraran mucho tiempo no impidió que el pacifismo mesiánico de Tolstói dejara una marca en la historia: Mahatma Gandhi fue uno de sus más ilustres discípulos, al igual que Martin Luther King, y el sionismo se inspiró en muchas ideas de Tolstói, sobre todo en la concepción del kibutz.

Pero el inmenso prestigio que llegó a alcanzar en el mundo entero no hubiera sido posible si, detrás de sus audaces, pintorescas y a veces temerarias teorías, no hubieran existido las novelas que escribió, sobre todo ese prodigio que es “Guerra y paz”. ¿Cómo lo hizo? Aquí, a Yasnaya Polyana, vienen investigadores del mundo entero a tratar de averiguarlo, escudriñando sus borradores, notas, resúmenes de lecturas y de testimonios que fueron la materia prima de esa ciclópea empresa, acaso la más ambiciosa que haya emprendido jamás un escritor. Pero aunque de esos escrutinios salgan a veces ensayos lúcidos e interpretaciones profundas, es seguro que ninguno de ellos llegará jamás a explicar entera y cabalmente el misterio que es siempre una obra maestra absoluta.

Yo la he leído tres veces, en francés, en inglés y en español, y cada vez he sentido ese malestar impregnado de maravillamiento y envidia que produce una obra de arte que parece haber roto los límites, ido más allá de lo posible al común de los mortales, al recrear un mundo tan diverso y vertiginoso como el real, pero mucho más nítido, coherente, comprensible y perfecto, con sus casi seiscientos personajes tan bien diferenciados, sus epopeyas y sus miserias, su aptitud para elevarse sobre sus limitaciones y defectos y alcanzar el heroísmo, la sabiduría y la santidad, o hundirse en la vileza, en la mediocridad del montón y llegar ya siendo nadie a la nada. En ninguno de sus ensayos describió mejor Tolstói la condición humana, lo que somos y lo que no somos, que en esta novela, que emprendió sin pretensiones filosóficas, sociológicas ni religiosas, en la que, como escribió en el epílogo del libro, se propuso solo contar una historia militar. “Guerra y paz” también es eso, desde luego, una crónica de la resistencia del pueblo ruso a la invasión de las tropas napoleónicas, que se lee con la atención absorbente que merece una buena novela de aventuras. Pero es al mismo tiempo tantas otras cosas que cualquier definición resulta pobre comparada con esa miríada de experiencias y situaciones que hay en ella: lo militar, lo religioso, lo político, lo artístico, el amor, el odio, la generosidad, la amistad, los demonios de la irracionalidad y los instintos más oscuros, el candor, la pureza, la soledad. El calificativo que más le conviene es: total. Nada le falta, nada le sobra para darnos esa impresión fantástica del aleph borgiano: todo está allí. Una novela que ha materializado el anhelo imposible de todo novelista: recrear un mundo a su imagen y semejanza, en su totalidad.

Probablemente Tolstói nunca fue consciente de su logro. Estaba siempre demasiado entregado a sus proyectos revolucionarios, la escuela para los hijos de los siervos donde ensayó métodos educativos de su invención y cuyo local aún se conserva, o la manera de refrenar la concupiscencia y los apetitos materiales a los que sucumbió tantas veces, siempre con atroces remordimientos y propósitos de enmienda, o en su empeño de hacer de la religión algo que desechara toda forma de prejuicio, oscurantismo y superstición y congeniara con la naturaleza humana. Aunque podía ser arrogante y soberbio en el plano intelectual, y exigía de sus amigos y discípulos la incondicionalidad, carecía de las mediocres vanidades de muchos de sus colegas, y no le importaban la fama, los reconocimientos ni el poder. Sufría de verdad por los privilegios de que él y toda la clase aristocrática gozaban y se compadecía hasta las lágrimas por la condición de los humildes y de todas las víctimas de la pobreza, la explotación y la injusticia. Que los remedios que imaginara para poner fin a la desigualdad y al abuso fueran ingenuos y a menudo irreales no disminuye el valor moral de sus esfuerzos, en su vida diaria, por privarse de todo lujo, imponerse costumbres ascéticas y multiplicar las iniciativas a fin de acercarse espiritualmente a los desheredados.

Lo más hermoso de Yasnaya Polyana es la tumba de Tolstói. Está en medio del bosque y no hay en ella inscripción alguna: un pequeño montículo cubierto por la hierba y rodeado de altísimos árboles cuya verdura, en este impetuoso día de verano, resiste la embestida del sol. El aire susurra entre las hojas y las ramas y hay en el lugar una paz y un sosiego que Lev Tolstói no conoció jamás en toda su existencia.

Al salir de la finca-museo, el visitante puede almorzar en un pequeño restaurante del poblado de Yasnaya Polyana que ofrece platos guisados según las recetas de Sofía Tolstói. Valientemente, yo pido uno de ellos, al tanteo. Resulta ser un guiso espeso y oloroso de papas, cebollas, setas y pedazos de carne muy nerviosa que rasca el paladar. ¡Todo sea por el genio!

MOSCÚ, JUNIO DEL 2010

Novelas de referencia: "Anna Karénina"

La lección de Tolstói

Si se tratara de recomendar una lectura para el verano, la propuesta sería un libro que nos arrastra desde el principio: 'Anna Karénina'. Nabokov dijo que se trata de "la mejor novela de amor de todos los tiempos"


EDUARDO LAGO EL PAÍS 15/08/2010


Hace unos días, durante la presentación de una novela mía recientemente traducida al serbio en la librería Dereta de Belgrado, una periodista me preguntó si creía que los best sellers acabarían con la literatura. "No", respondí inmediatamente, "los best sellers no son literatura, de modo que no puede haber sustitución". En la fracción de segundo que medió entre el no y su justificación, me bailó en la imaginación la figura de Tolstói, de quien acababa de releer Anna Karénina.

La misión de la verdadera literatura es indagar acerca del sentido más profundo de la existencia
Cuando Dostoievski terminó de leer la novela, salió a la calle para gritar que Tolstói era Dios
La raíz del temor expresado por la periodista serbia me aclaró inopinadamente un concepto acuñado originariamente en los medios editoriales norteamericanos que siempre se me había escapado, el de novela literaria (¿qué diablos, me preguntaba, será una novela no literaria?). De repente todo encajó: los best sellers podrán ser novelas, pero no son literatura. Los americanos, una vez más, tienen las cosas clarísimas en ese sentido. Un ejemplo: la distinción tan útil como sutil de que se sirve el suplemento de libros que publica The New York Times los domingos para desgajar de entre los títulos más vendidos una categoría aparte que aparece directamente bajo la rúbrica de Ficción para el mercado de masas.

Unos días después de la presentación, en el avión que hacía el trayecto Belgrado-Sarajevo, la azafata me dio una publicación en inglés en la que había un artículo en el que se recomendaban lecturas para el periodo de vacaciones. Hojeé la lista: todos best sellers internacionales. Y por segunda vez en unos días me volvió a la cabeza la imagen de Tolstói. Cerré la revista con malestar. ¿Podía tener razón la periodista?
Pensé en las claves que explican el éxito de los best sellers. Una de ellas es que su función es meramente entretener. Nada de inquietar al probo ciudadano, que bastante mal lo ha pasado a lo largo del año, especialmente en época de crisis. Pensar, lo menos posible, por favor. Se trata de proporcionar productos ligeros, de fácil consumo, que dejan muy poca huella, si es que dejan alguna. Por eso son efímeros: tras el ruido ensordecedor que hacen durante una temporada, o se saca al mercado rápidamente una secuela, o el producto cae irremisiblemente en el olvido. Que un título se mantenga vigente dos o más temporadas sucede muy pocas veces.

El vuelo entre Belgrado y Sarajevo dura 50 minutos. Al alcanzar la altura de crucero, decidí dejar de pensar en los procesos de estultificación colectiva que consisten en aturdir al personal con best sellers para centrarme en el significado de la aparición de Tolstói. Ya en el terreno de la literatura de verdad: ¿a qué obedece el hecho de que haya libros que siguen siendo capaces de llegar al lector no al cabo de dos o tres temporadas, sino cien años después de su publicación original, como ocurre con las obras de Tolstói?
Empecé a fraguar mentalmente un artículo de réplica al que aparecía en la revista que me había dado la azafata. A quienes se sintieran necesitados de consejo acerca de qué leer en lo que queda de verano, les propondría que se hicieran inmediatamente con una novela digna del nombre. Y si se me pidiera que singularizara un título, me pronunciaría inmediatamente a favor de Anna Karénina. Argüiría varias razones: que 2010 es el centenario de la muerte de Tolstói, que con ese motivo la editorial Alba ha publicado una nueva traducción de la novela, y para redondear invocaría el dictum de Vladímir Nabokov: Anna Karénina es la mejor novela de amor de todos los tiempos.

Verdaderamente envidio a quien jamás se haya asomado a la novela: le esperan unas horas que les costará mucho tiempo olvidar. Y el placer se reduplica en el caso de quien se decida a releerla por segunda o tercera vez: mejora con cada lectura. Yendo más allá de Nabokov: Anna Karénina es, sencillamente, una de las mejores novelas jamás escritas. En el artículo que urdí mentalmente a bordo del avión de hélice que me transportaba a Sarajevo me dirigía con particular énfasis a las víctimas del marketing que, sin saber muy bien por qué, tenían en sus manos cualquiera de los best sellers de turno. Arrójenlo a la papelera más cercana, les diría, y cambien unas horas de entretenimiento estúpido por una experiencia estética verdadera. La profundidad de emociones, el conocimiento del alma humana, la exquisita disección de las pasiones que son el centro de nuestras vidas...

Todo eso y mucho más se nos ofrece en las mil páginas de Anna Karénina. Se trata, además, y ahí estriba el milagro, de una lectura portentosamente amena, que nos arrastra de inmediato. Al leer acerca de las vidas de los protagonistas se produce un intenso fenómeno de reconocimiento e identificación: todos hemos pasado por las situaciones que se nos describen en la novela. Esa es, precisamente, la función de la verdadera literatura: indagar acerca del sentido más profundo de la existencia: de nuestra existencia, en toda su complejidad. El efecto que causa la lectura de una obra como Anna Karénina es el opuesto al que provoca el best seller. Nos hace pensar y sentir. Al cerrar la última página de esta historia, trágica y bellísima, y de una autenticidad a la que no estamos acostumbrados, algo importante ha cambiado en nosotros. Lo dejé ahí: habíamos aterrizado.

Tolstói no es más que una posibilidad, por supuesto. Su obra forma parte de un contexto formidable: la edad de oro de la novela realista. Aunque ello no basta para explicar la grandeza de una obra como Anna Karénina. Cuando Dostoievski, que en nada le iba a la zaga, terminó la lectura de la novela se echó a la calle proclamando a gritos que Tolstói era Dios. Años después, cuando alguien le dio al autor de Guerra y paz la noticia de que Dostoievski había muerto, el gigantón barbado vestido con túnica de campesino que era Tólstoi rompió a llorar con el desgarro de un niño: el gran escritor no era consciente de la profundidad del amor que sentía por el maestro de Petersburgo.

Estas anécdotas ilustran un fenómeno que siempre me ha llamado la atención: el hecho de que en ciertos momentos clave de la historia del espíritu recaiga no sobre una, sino sobre dos figuras de talla colosal la responsabilidad de cambiar el curso de las cosas. Ocurrió en el momento culminante de nuestro Siglo de Oro, con la irrupción simultánea de Góngora y Quevedo, al igual que había ocurrido unos años antes, en el contexto mayor de la literatura europea, con la aparición de Shakespeare y Cervantes, los dos insuperados hasta hoy. (Los ejemplos se pueden multiplicar: Platón y Aristóteles, determinando la trayectoria de toda la filosofía; Newton y Leibniz con el descubrimiento del cálculo infinitesimal; Wittgenstein y Heidegger levantando acta de las ruinas del pensamiento occidental...).

Ninguna novela de cierta extensión (la novela corta es otro cantar) es perfecta, pero hay un número considerable de títulos en la historia de la literatura universal que rozan la perfección. Anna Karénina es uno de los ejemplos más preclaros. La monumental Guerra y paz otro, como lo es Hadji Murat, también de Tolstói, que Harold Bloom calificó como la mejor novela corta de todos los tiempos. Como lo son las grandes obras de su contemporáneo, Dostoievski.

La novela discurriría después por otros derroteros y produciría cumbres de altura inigualable (Proust, Kafka, Joyce), pero hay algo irrenunciable en la edad de oro del género, en la que surgieron autores como Dickens, Flaubert, Melville o Galdós... La lectura de cualquiera de ellos sirve además (también había pensado poner esto en el artículo) de antídoto contra el tapujo de los best sellers. ¿Dónde creen que aprenden sus trucos sus autores? Leer best sellers es una enfermedad, pero tiene fácil cura. Empieza por la lectura de obras como Anna Karénina.

Eduardo Lago es escritor y director del Instituto Cervantes de Nueva York.