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diumenge, 20 de març del 2011

Entrevista a Tristram Hunt: ‘El gentleman comunista’ (Anagrama) la azarosa vida de Friedrich Engels

Marx lo llamaba una “enciclopedia andante”. Nunca llegó a decir que sin Friedrich Engels (1820-1895), no habría podido escribir El capital, al menos tal y como hoy lo conocemos. La historia no ha sido muy benevolente con Engels, oculto bajo la sombra de un gigante y además denunciado por algunos seguidores de su maestro. Para desmentir esa idea y acercarnos a la figura, incluso algo novelesca, de Engels, el historiador y diputado laborista Tristram Hunt escribió El gentleman comunista, que ahora publica en castellano la editorial Anagrama.

¿Por qué tantos intelectuales marxistas han acusado a Engels de la deriva totalitaria de Stalin y del comunismo soviético?

En parte porque querían salvar a Marx. Si Engels era el responsable de lo ocurrido en el siglo XX, eso dejaría limpio a Marx. Hay elementos que conectan a Engels a través de Lenin con el materialismo dialéctico y la ortodoxia de los años treinta. Pero el libro demuestra que si sólo consideras esa parte de Engels, pierdes una parte muy importante de su pensamiento y obra. Es muy fácil e históricamente incorrecto acusarle de todos los males del marxismo-leninismo.

Marx y Engels forman la pareja más importante de la filosofía política. Se complementaban perfectamente.

Engels era más pragmático en la política. No era un gran filósofo político como Marx. Era consciente de que necesitas una maquinaria política para conseguir resultados. Siempre estaba presionando a Marx para que terminara los escritos con los que guiar al movimiento político. Tenía un punto de vista mucho más práctico al enfrentarse a la política. Sobre asuntos como la vida en las grandes ciudades, el imperialismo o el feminismo, era capaz de conducir a Marx en distintas direcciones. Lo más importante es que Engels comprendía la realidad práctica del capitalismo, cómo funcionaba por su experiencia en Manchester (donde trabajaba como gerente de la empresa de su familia).

Su primer encuentro no funcionó muy bien. ¿Qué ocurrió?

Eran jóvenes y no se fiaban el uno del otro. Marx pensaba que Engels formaba parte de ese confuso grupo de gente que estaba perjudicando las reformas progresistas que él buscaba. Fue un encuentro algo hostil, pero luego Marx tuvo la oportunidad de leer algunas de las cosas que Engels escribió en Manchester, y, cuando volvieron a verse, todo fue muy diferente.

Algunos hechos de la vida de Engels sorprenderán a los lectores. Era un revolucionario y también casi un vividor.

Eso es porque recordamos a Engels con esa gran barba y luego están todas esas imágenes soviéticas. Él tenía una personalidad más directa e interesante, una figura más relacionada con la contracultura de su época que Marx, que era un intelectual que siempre estaba en las bibliotecas. Engels es alguien que abraza la vida.

Engels es una figura llena de contradicciones. Casi llevaba una doble vida. De día dirigía una empresa y de noche conspiraba como revolucionario para acabar con el capitalismo.

Eso lo cuenta bastante bien un sobrino que le visitó en Manchester y que le hizo esa pregunta. Su respuesta fue que tenías que hacer esas cosas bajo el capitalismo para poder sobrevivir. Todo el dinero que ganaba lo utilizaba para financiar a Marx y acabar con ese sistema social. Personalmente, para él era terriblemente incómodo y en sus cartas a Marx aparece ese sentimiento, pero en cierto modo ese es el acuerdo al que llegó con el sistema. Nunca pensó que tenía que disculparse por eso.

Y nunca pensó en renunciar.

No, porque no podía permitírselo. Y además le gustaba el dinero y el estilo de vida que le concedía.

En su libro sobre la clase obrera en Inglaterra, vemos al Engels ensayista pero también al periodista que busca hechos en la calle.

A Engels le encantaba caminar y pasear por la ciudad, conocer diferentes sitios y relacionarse con la gente de la clase trabajadora, pero por otro lado también había una distancia. El lenguaje en el que los comparaba con animales era muy duro. Puedes leer en su obra sobre la depravación, la miseria en la que vivía la clase trabajadora, pero no encuentras mucha humanidad o compasión en esa descripción. Muy pocas veces encuentras esa voz, la de la clase trabajadora, en sus textos.

Veía estos terribles barrios de Manchester como si fueran un laboratorio.
Exactamente.

Su amante, la irlandesa Mary Burns, fue su guía en Manchester. ¿Fue la mujer más importante en su vida?

Creo que fue Lizzy, la hermana, la más importante. Mary fue una excelente guía en Manchester, pero Lizzy
(que se convierte en su compañera tras la muerte de Mary) es una figura más sofisticada y atractiva que además le sirve a Engels para cambiar su punto de vista sobre Irlanda y el papel del imperialismo. Y además, la familia de Marx se llevaba muy bien con Lizzy.

Dos años después de la fría cita de Berlín, Marx y Engels vuelven a verse y ahí comienza su relación. ¿Qué había cambiado?

Es entonces cuando Engels descubre que Marx ya es una gran figura histórica. De forma consciente, da un paso atrás. Ahí está esa gran frase cuando dice: “Yo estaba contento con ser el segundo violín ante tan gran primer violín como era Marx”. Por eso, tendemos a olvidar su gran contribución. Pero siempre estuvo ahí para apoyar a Marx. Es aún más cierto después de la muerte de Marx, cuando se convierte en guardián del legado de su amigo.

Y le perdonaba todo. Marx era un desastre en muchas cosas de su vida personal y siempre estaba pidiéndole dinero.

La única crisis fue cuando Marx fue especialmente insensible tras la muerte de Mary Burns. Engels le escribe para contarle que Mary ha muerto. Marx le responde: “Eso es terrible, pero necesito cinco libras para el colegio de las niñas”. Aparte de esa situación, fueron inseparables.

Tras participar en los combates en Alemania de la revolución de 1848, Engels regresa a Manchester. ¿Es una humillación?

Lo es. Es terrible para él. Pero pronto vuelve a darse cuenta de que, con independencia de cómo ha sido su vida en los últimos diez años, de sus expectativas, debe sacrificar sus ambiciones como revolucionario, y seguir trabajando en la industria del algodón y manteniendo a Marx, lo que fue un gran sacrificio.

Para escribir El capital’, Marx reclama datos y cifras que desconoce.

Cuando Marx intenta comprender el funcionamiento del capitalismo, depende por completo de la información que le da Engels sobre la evolución de los salarios, el funcionamiento de la producción o la Bolsa. Eso condiciona su visión de Marx del capitalismo porque todo se refiere a la industria del algodón de Manchester, que es una evolución extrema y avanzada de lo que era el capitalismo de la época.

¿Podríamos imaginarnos cómo hubiera sido Marx sin Engels?

Marx seguiría siendo lo que fue, pero sin Engels no hubiera existido la maquinaria política, la propagación de sus ideas y la internacionalización. Le hubiera faltado la aplicación de sus ideas al imperialismo y al feminismo. No creo que el marxismo hubiera evolucionado de la misma manera.

“Esos imbéciles creen que estamos fabricando dinamita”

La familia de Marx apodaba a Engels ‘el General’ por sus artículos periodísticos sobre temas militares. Era un experto de sofá, pero llegó a publicar buenos artículos sobre la guerra de Crimea y la guerra franco-prusiana en la prensa inglesa.

Desde joven, no era alguien que volviera la espalda a una pelea. Se inició en la esgrima, y no como deporte. Llegó a participar en algunos duelos. “Con el segundo, me batí ayer y le asesté una buena encima de la ceja, desde arriba, una verdadera parada de primera”, escribió en una carta.

Engels era un hombre de acción y de costumbres poco convencionales en un revolucionario. Sus textos se convirtieron en guía del feminismo marxista, pero antes, y para escándalo de unos cuantos comunistas puritanos, no perdía la oportunidad de pasearse con numerosas amantes.

El alemán amaba la buena vida. Le encantaba cabalgar y participar en la caza del zorro sin que muchos de sus acompañantes burgueses supieran el alcance de sus ideas.

“Si no hubiera francesas, la vida no tendría sentido”, dijo una vez, lo que demuestra que no sólo sobre el socialismo tenía las ideas claras. Demostró sus dos vidas en la revolución de 1848. En París no llegó a sumergirse en la revuelta y decidió pasar varias semanas paseando por la Francia rural disfrutando del vino, la comida y, claro, las francesas.

Sin embargo, unos meses después estaba en Alemania y participó en primera línea del frente en los ataques contra la infantería prusiana. Nunca permitió que sus correligionarios olvidaran que había estado en las barricadas.

En Londres disfrutó de la libertad que nunca tuvo en Alemania. Todos los domingos su casa se abría a amigos para beber y discutir bajo una discreta vigilancia policial. “Es evidente que esos imbéciles piensan que estamos fabricando dinamita cuando en realidad hablamos de whisky”, se reía Engels.

FUENTE: http://www.publico.es/culturas/365872/marx-entendio-el-capitalismo-gracias-a-engels



Tristam Hunt revela en «El gentleman comunista» la contradictoria vida del pensador

Engels, el socialista de pega

El motivo de una biografía es la comprensión de un hombre, el origen de sus inquietudes, las causas que determinaron sus decisiones. ¿Qué hace que un individuo se rebele contra su clase social y su familia?


LA RAZÓN,  16 Marzo 

En un momento de crisis, en el que se cuestionan los pilares que sostienen el libre comercio y el mercado reclama trabajadores cada vez más baratos, no está mal aproximarse de nuevo a Friedrich Engels. Ahora que se ha extinguido la alargada sombra de la URSS, quizá sea el instante adecuado para  revisitar su figura sin los prejuicios históricos que hemos heredado de la Rusia de Lenin y Stalin, debatir su influencia en la redacción de «El manifiesto comunista» y «El capital», y preguntarse hasta qué punto es responsable de las dictaduras comunistas y de los asesinatos cometidos en nombre del marxismo. El historiador  Tristam Hunt traza un intenso retrato intelectual y vital de este personaje contradictorio, propietario de una industria textil  y cofundador de una de las teorías políticas más importantes y difundidas en los siglos XIX y XX.

Bohemio, bebedor, juerguista, pertinazmente combativo en las barricadas, defensor de la caza del zorro (ambiente en el que se codeó sin complejos con lo más distinguido de la aristocracia británica), Engels siempre disfrutó de una vida acomodada. Gastaba cierto «aire de tunante» que le procuró éxito en los asuntos amorosos, y apreciaba «el Château Margaux, la cerveza Pilsener y las mujeres caras» (aunque en su madurez censuró la prostitución, durante su juventud recurrió a ella sin titubeos). El autor describe con minuciosidad  la industrialización, el pauperismo, los barrios obreros y la atmósfera cultural y filosófica que impregnaba aquellos años. Pero, sobre todo, Hunt narra de una forma extraordinaria el viaje ideológico que condujo a Engels al comunismo. Aborda el  ambiente puritano de su infancia, el romanticismo de su juventud, el descubrimiento de los principios socialistas y el decisivo encuentro con Karl Marx, con quien fraguó una inquebrantable «asociación ideológica» que se mantuvo hasta la muerte de éste (una relación que está espléndidamente contada).

Al principio del siglo XXI, la descripción de las condiciones laborales de China se parecían  a las de Manchester en 1840. El autor se plantea, por eso, si es justo, como se está haciendo ahora, disculpar al «humanista» Marx de la China de Mao y la Camboya de Pol Pot, y acusar solamente de sus abusos al «mecanicista» Engels, el amigo fiel  que optó por un papel secundario en la historia para que su compañero desarrollara una tesis que otros llevarían muy lejos.

 FUENTE: http://www.larazon.es/noticia/5456-engels-el-socialista-de-pega




dimecres, 11 d’agost del 2010

De Inglaterra al mundo

Fuente: 

http://sullanus.blogspot.com/2009/03/de-inglaterra-al-mundo.html


Justo Barranco
La Vanguardia / Dinero / 1-III-2009
Gavin Weightman revive la expansión de la revolución industrial sin olvidar sus anécdotas
La familia que creó la multinacional Du Pont huyó de la guillotina a EE. UU. llevándose la química de Lavoisier
Los Cinco de Choshu escaparon del Japón shogún para aprender en Inglaterra cómo modernizar su país

LOS REVOLUCIONARIOS INDUSTRIALES, de Gavin Weightman.
Traducción de Álex López Lobo. Ariel, Barcelona, 2008. 454 páginas 

Aunque la revolución industrial se suele presentar como una historia del imparable progreso de la tecnología y la ciencia, detrás de cada innovación se encontraba toda una pléyade de personajes cuya inventiva acabó transformando el mundo -el término revolución industrial habría sido acuñado hacia 1820 por un francés que vio en los cambios una analogía con la Revolución Francesa-, otros que fueron capaces de vehicular sus creaciones y, además, unas culturas y una situación histórica determinada que favorecieron o entorpecieron el proceso de cambio.

El historiador social Gavin Weightman ha estudiado los orígenes de la sociedad moderna y es autor de libros como The frozen-water trade, en el que narra cómo Frederic Tudor se propuso a principios del XIX, cuando no había electricidad, aprovechar los gélidos inviernos de Massachusetts para exportar hielo desde Boston a países más cálidos, idea que pareció loca pero que logró un enorme éxito hasta la llegada de la nevera. Ahora regresa abordando un panorama mucho más amplio, el que expone en Los revolucionarios industriales,un relato de la extraordinaria propagación de la industrialización desde su origen a mediados del siglo XVIII en Inglaterra hasta principios del siglo XX, con la catástrofe de la Primera Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña ya había cedido el testigo tecnológico a Alemania y EE. UU.

Y la historia que cuenta Weightman es portentosa: se trata de una historia global pero es capaz de incidir en el detalle, en cómo se produjo realmente la transmisión de la revolución industrial de un lugar a otro. No sólo a partir de la evidente necesidad de los Estados de industrializarse para competir en poder económico y militar - ahí estaba la inexpugnable Inglaterra frente a Napoleón-,sino viendo cómo se realizó ese proceso al nivel más básico, ya fuera camuflando máquinas en el barco como si fueran un cajón de cerámica, enviando espías a Inglaterra para copiar, sobornando a obreros industriales, destinando estudiantes a las universidades extranjeras o, incluso, recibiendo, gracias a conmociones políticas, a técnicos bien preparados. Baste una historia, la de la enorme multinacional química Du Pont, creada por la familia del mismo nombre tras huir de la guillotina. Ya en EE. UU. abrieron una fábrica de pólvora con sus conocimientos traídos de Francia, la mayoría del gran químico Antoine Lavoisier, que fue decapitado durante el reinado del Terror.

El libro recoge otras historias extraordinarias, siendo la más llamativa la de los Cinco de Choshu, cinco jóvenes de familia samurái que, impulsados por su admiración de las fantásticas flotas extranjeras que obligaron al Japón de los shogún a abrir sus puertos al comercio, salieron ilegalmente de su país para descubrir cómo establecer en Japón una sociedad tecnológica similar. A finales de la década de 1860 reformadores como ellos -que se harían tan famosos que hace poco se rodó una película sobre su historia- derrocaron el antiguo orden, repusieron al emperador y darían origen a la era Meiji (Regla iluminada). Unas décadas después infligirían una humillante derrota naval al gigante ruso.

Pese a las historias concretas, Weightman no deja de interrogarse por qué unas sociedades favorecen más que otras la industrialización. Aunque prefiere no mojarse, está clara su predilección por el argumento de que es la cultura la que lo determina, especialmente una cultura política abierta al cambio y, sobre todo, al abandono de las viejas prácticas.

dimecres, 14 de juliol del 2010

Los Krupp, una dinastía del Ruhr

Fuente: http://www.lavanguardia.es/internacional/noticias/20100713/53963480766/los-krupp-una-dinastia-del-ruhr-alemania-hitler-europa-essen-estado-china-capri-estados-unidos-ingla.html


Cuatro generaciones mantuvieron el mayor imperio industrial de Europa y acompañaron la industrialización y las guerras de Alemania


RAFAEL POCH  LA VANGUARDIA  13/07/2010
Una familia alemana de esta ciudad de la cuenca del Ruhr creó y mantuvo, durante cuatro generaciones, la mayor empresa industrial de Europa y primera fortuna del continente. Servidor del Estado, su imperio de doscientos años fue cien por cien familiar. Respetados, adulados y odiados, como corresponde a las grandes fortunas, los Krupp acompañaron a Alemania a través de los avatares de su historia moderna; la ascensión imperial e industrial, guerras, derrotas y recuperaciones, los crímenes del nazismo y la posguerra. Alfred, Fritz, Gustav y Alfried: cuatro personajes muy diferentes, unidos por el acero y el carbón.
Panorámica Hügel: La casa que diseñó Alfred como sede familiar, la Villa Hügel de Essen. Grande y fea, fueron necesarias dos generaciones para hacerla habitable.
Panorámica Hügel: La casa que diseñó Alfred como sede familiar, la Villa Hügel de Essen. Grande y fea, fueron necesarias dos generaciones para hacerla habitable. /   Oliver de Ros
Enorme, fea y desproporcionada, la Villa Hügel no disimula lo que es: la creación de un autodidacta nuevo rico, ajeno a todo concepto de elegancia. Su creador fue Alfred, el primero de la saga. Los Krupp procedían de Holanda y se asentaron en Essen en el siglo XVI como comerciantes de vino, especies y artículos de hierro. Llegaron a ser una familia local notable, lo que, en aquella entonces pequeña ciudad no alcanzaba para un patriciado, pero la verdadera saga, la de los magnates industriales, arranca con

Alfred. 
Alfred Alfred Krupp (1812-1887) tomó el timón de la pequeña acería familiar al fallecer prematuramente su padre, en 1826. Tenía catorce años, deudas y siete operarios. Muy joven viajó a Inglaterra para aprender los secretos de la fabricación de un acero de calidad, un caso de espionaje industrial como los que hoy ocurren en China. El ferrocarril le dio alas. Alemania, Europa y Estados Unidos se llenaban de vías. Su empresa sirvió la nueva y gran demanda de ejes y amortiguadores. En 1853 produjo las primeras ruedas de ferrocarril de una sola pieza, sin soldaduras. También fue el primero que fabricó cañones de acero, que demostraron su superioridad ante los franceses, de bronce, en la guerra franco-prusiana de 1870/71. Cuando murió en 1887 su empresa contaba con 20.000 trabajadores. Ese hombre hecho a sí mismo fue el creador de la Villa Hügel

La casa está formada por dos cuerpos de 8000 y 1800 metros cuadrados, respectivamente, unidos por un pasillo y rodeado de un espléndido parque de 28 hectáreas de estilo inglés, algo estropeado por las farolas y el asfaltado de sus caminos. Alfred la diseñó personalmente en un estilo algo excéntrico entre 1870 y 1873. Los aspectos estéticos no le importaban mucho, pero estaba obsesionado por la ventilación y volvió locos a los arquitectos.

Villa Hügel es una casa de propósito ostentatorio, con una biblioteca llena de los libros de la gente que no lee, diccionarios enciclopédicos y obras de aire patriótico alemán del siglo XIX y XX. En su decoración, excepto la colección de tapices flamencos, domina el mal gusto y su mobiliario abunda en una versión germánica del "recio estilo castellano". Su construcción costó 5,7 millones de marcos, cantidad entonces equivalente a la cuarta parte de los beneficios de la empresa durante los tres años que duró la obra. En 1876 contaba con 66 personas de servicio, en 1914 eran más de 600. El lugar transpira una mezcla de rigidez, poder y rectitud protestante, que permite pensar en escenas de la película de Heineke, "La Cinta blanca".

Cuatro generaciones de Krupp utilizaron como vivienda este incómodo espacio de poder y dinero que era más lugar de recibir que verdadero hogar. El Kaiser Guillermo II, estuvo en doce ocasiones e incluso pernoctó en ella, y Hitler, con quien los Krupp simpatizaron menos, la visitó cuatro veces. El rey de Egipto y hasta una delegación de la China manchú pasearon por sus enormes y austeros espacios en los que las risas y juegos de los niños se perdían en la inmensidad de sus 269 habitaciones. Fueron necesarios muchos años para paliar la excentricidad de Alfred y lograr un sistema de calefacción que caldeara aquella enormidad. Quizá por eso, en varias ocasiones la familia se retiró a la casa pequeña, originalmente para invitados, y dejó la grande para asuntos de protocolo político-empresarial. En 1912 fue redecorada por Bertha, la nieta de Alfred que intentó refinar y humanizar un poco el lugar. Para entonces habían pasado dos generaciones.

Fritz 
Alfred sentía cierto desagrado hacia la nobleza, además de odiar a los banqueros, y siempre rechazó las propuestas de ser ennoblecido, pero su hijo, Friedrich Alfred Krupp "Fritz" (1854-1902), se casó con Margarethe von Ende, hija de una familia de barones empobrecidos. Fritz carecía de la dureza de carácter de su padre, se interesaba por la oceanografía, fue diputado del Reichstag y en cuanto podía se escapaba a Capri, donde se hizo una casa y confesaba que era feliz. Su matrimonio no lo fue. Tuvo dos hijas y murió joven, a los 48 años, en lo que pudo ser suicidio, una semana después de ser denunciado en la prensa por un escándalo de pederastia vinculado a Capri con ramificaciones en un hotel de Alemania. El asunto se intentó cubrir como difamación, pero en cualquier caso, es ajeno a la eficacia empresarial del personaje. Al morir Fritz el consorcio Krupp tenía 46.000 empleados, había doblado su tamaño y cuadriplicado su cifra de negocios.

Tempestad de acero 
Las dos generaciones que siguen al desgraciado Frizt (Friedrich Alfred Krupp - 1854-1902) aúnan los dramas de Europa con el genio empresarial de la familia que creó y mantuvo durante cuatro generaciones la mayor empresa de Europa. Desde 1880 el imperio industrial Krupp proporcionaba una parte considerable del poder bélico alemán. Si en 1900 la mitad de la población de Essen trabajaba en el, en 1918 ya era toda la ciudad: más de cien mil personas. La lista de los 43 años que siguen a la muerte de Fritz es escalofriante: dos guerras mundiales, el nazismo, la ocupación del Ruhr en los años veinte, y la aliada tras la segunda guerra mundial, reconversiones, huelgas. Krupp sobrevivió a todo eso como empresa familiar, resurgió dos veces de sus cenizas, patentó en 1922 el acero inoxidable, creó los cañones de acero, sus armas estuvieron en todas las guerras de Alemania y Europa desde 1866 hasta 1945. En 1896 compró los astilleros "Germania" de Kiel fabricó el primer submarino alemán, en 1906, y se convirtió en el mayor astillero de guerra. Cuando la derrota bélica así lo impuso, Krupp fabricó locomotoras, camiones, cajas registradoras, maquinaria agrícola y excavadoras, demostrando siempre una gran capacidad de adaptación y contando con una especial fidelidad de sus trabajadores.

Desde la época de Alfred, Krupp cultivó con mucho éxito el "espíritu de empresa". "Nuestros trabajadores deben cobrar más que los de las otras empresas del lugar y deben estar encadenados a la fábrica, tanto por inclinación como por interés", decía el viejo fundador. En 1854 la empresa asumió la mitad de los gastos del seguro de enfermedad de sus trabajadores, algo que el Estado bismarckiano imitaría mas tarde, creó economatos y construyó colonias y viviendas sociales. En una de ellas, la Colonia Brandenbusch de Essen, Fritz bautizó las calles con los nombres de sus nietos; Eckbertstrs, Haraldstrs, Arnoldstrs, Klausstrs...Todo eso contribuyó a que Krupp registrara menos huelgas y conflictos, y contrarrestara la influencia creciente de sindicatos y partidos de izquierda.

"Puede que hoy suene grotesco pero la legendaria lealtad de sus empleados estaba íntimamente ligada al carácter familiar de la empresa", dice Frank Stenglein, biógrafo de la familia y periodista del "Neue Rhein Zeitung".

Gustav 
Fritz dejó dos hijas. Bertha, la mayor, heredó el imperio de su padre en solitario con 16 años y se casó a esa edad con Gustav von Bohlen und Halbach, de una familia de comerciantes ennoblecidos de poca fortuna, con la condición de asumir y anteponer el nombre Krupp a su apellido: Krupp von Bohlen und Halbach. Fue Gustav (1870-1950) quien llevó la empresa en la primera mitad del siglo XX. En 1914 tenía 80.000 empleados y las armas suponían el 30% de su producción. Tras la derrota Gustav fue juzgado y condenado a quince años de cárcel por los franceses que ocupaban el Ruhr y recordaban como su cañón la "Dicke Berta" (la "gorda Berta") había logrado bombardear la Place de la Republique de París desde 120 kilómetros de distancia. Sólo cumplió siete meses.

Se dice que en tiempos de Gustav en las comidas oficiales de Villa Hügel quienes se demoraban más que el patriarca en consumir el primer plato, recibían media ración en el segundo para sincronizar el ritmo. Como Gustav se iba a la cama a las diez, poco antes de esa hora se acercaba un criado al invitado noctámbulo para anunciarle que "su coche le espera en la puerta". Toda Alemania vivía a media ración. Eran tiempos de hambre, inflación, paro y nacionalismo que acabaron aupando a Hitler, con quien los Krupp, a diferencia de los Tyhssen y otros industriales entusiastas, no simpatizaban.

Aquel cabo austriaco no era del agrado de Bertha Krupp von Bohlen und Halbach. Uno de sus biógrafos británicos dice que si en lugar de cabo hubiera sido oficial y se hubiera llamado "von Hitler", las cosas podrían haber cambiado. En cualquier caso, el poder llama al poder, Hitler había llegado legalmente a la Cancillería del Reich y en un discurso apelaba a la juventud alemana a ser "dura como el acero de Krupp". No podían no entenderse.

Gustav aceptó la Presidencia de la Asociación de Industriales, en 1931. Durante la guerra se aprovechó del despojo y rapiña de los países ocupados y participó hasta el cuello en los crímenes del régimen: 100.000 trabajadores forzados penaron en sus fábricas durante la guerra, el 40% de su mano de obra. La mayoría eran soviéticos que sufrieron un trato inhumano, represión y crueldades. Los trabajadores europeos occidentales, recibieron un trato mucho más llevadero, de acuerdo con la jerarquía racista nazi. A Gustav no se le pudo juzgar en el primer juicio de Nüremberg como criminal, porque en 1945 ya era un anciano senil que no regía. En su lugar los aliados sentaron en el banquillo a su hijo.

Alfried 
Alfried Krupp von Bohlen und Halbach (1907-1967) había ingresado en el partido nazi y en las SS. Uno de sus hermanos murió en la guerra y un tío llegó a estar lejanamente relacionado con la conspiración contra Hitler de von Staufenberg de julio de 1944. El 11 de abril de 1945 los americanos detuvieron a Alfried en Villa Hügel, que sobrevivió intacta a la guerra, y se lo llevaron con traje y corbata en un jeep armado de ametralladora. En agosto de 1947 Alfried compareció en uno de los tres procesos contra industriales alemanes de Nüremberg junto con el grueso de la dirección de Krupp. Fue absuelto del cargo "preparar una guerra de agresión", pero condenado por "saqueo sistemático" de los territorios ocupados, y "trato inhumano de trabajadores forzados y prisioneros de guerra extranjeros" a once años de cárcel con confiscación de sus propiedades. En 1951, los americanos necesitaban a los ex nazis para la guerra fría. Le amnistiaron y levantaron la confiscación. Diez años después, un alcalde socialdemócrata de Essen restablecía a Alfried el título de hijo predilecto de la ciudad, que se le había retirado en 1945 y que compartía con Hitler y Göring.

Tiempos nuevos 

Alfried tenía un sólo hijo, llamado Arndt (1938-1986) de un primer matrimonio desaprobado por sus padres y que rompió amenazado con ser desheredado. Arndt había vivido siempre con su madre y en internados y se convirtió en un "playboy". La industria del carbón y del acero declinaba y el imperio familiar no tenía heredero claro. En ausencia de él, Alfried encontró a un empresario de confianza, Berthold Beitz, al que convirtió en su apoderado. Fue el brillante Beitz quien llevó a la práctica, por deseo de Alfried, el fin de Krupp como empresa familiar, como solución a una situación en la que lo patrimonial y lo económico-industrial creaban una situación muy compleja. Beitz negoció con Arndt la renuncia de éste a la herencia, a cambio de una buena suma, y creó, en 1968, un año después de la muerte de Alfried, la "Fundación Alfried Krupp von Bohlen und Halbach", nueva propietaria del imperio.

Empresarialmente Krupp se fusionó con Hoesch. Beitz superó luego una crisis consiguiendo que el Sha de Persia comprara el 25% de las acciones de Krupp en muy buen momento: en vísperas de la revolución de Jomeini. Por primera vez en 165 años, los extranjeros entraban en la empresa, pero a largo plazo era insuficiente para competir internacionalmente. En marzo de 1999 se creó el grupo Thyssen Krupp Stahl AG, con 185.000 empleados, siendo su principal accionista la Fundación Alfried Krupp von Bohlen und Halbach, con el 17% de las acciones. Hoy Tyhssen&Krupp es la décima empresa alemana en volumen de negocios, ya no es una empresa familiar y pertenece a otra constelación histórica. Beitz, que cumplirá 97 años en septiembre, sigue presidiendo la fundación.