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dimarts, 27 de maig del 2014

El ejército secreto nazi que trató de reconquistar Alemania tras la caída de Hitler

Día 18/05/2014 

Más de 2.000 soldados de la Wehrmacht formaron una unidad que conspiró para volver a apoderarse del país germano

Su líder había muerto, el nazismo también, pero ellos no estaban dispuestos a darse por vencidos ni a renunciar al «Tercer Reich» que tanto les había costado construir. Concretamente, estamos hablando de los más de 2.000 soldados de la Wehrmacht que, tras el final de la Segunda Guerra Mundial y la conquista de Alemania por los aliados, formaron un ejército secreto con el que pretendían restaurar el nacionalsocialismo en el país germano -un hecho que han dejado patente los documentos desclasificados por la agencia de inteligencia alemana hace pocas jornadas-.
Corría por entonces una época de felicidad para Europa pues, tras años de sacrificios y fusilazos, se había conseguido acabar con Adolf Hitler y su reino de la esvástica. Sin embargo, no eran tiempos de júbilo para los retazos de las unidades nazis que, por aquí y por allá, se habían quedado aislados tras la toma del búnker de la cancillería en el que se habían suicidado el Führer y Eva Braun. Con todo perdido para los partidarios del Tercer Reich, en 1949 nació de soldados olvidados una sociedad secreta con un claro objetivo: recuperar Alemania.

En principio, este grupo se formó con más de 2.000 soldados de la Wehrmacht (las fuerzas armadas alemanas durante la II Guerra Mundial), aunque pronto se unieron a él multitud de oficiales de las SS dispuestos a restaurar, fuera como fuese, el honor que los aliados les habían arrebatado durante la guerra. Para ello, este «ejército fantasma» se dedicó a almacenar miles de cajas de armas, munición y granadas con la intención de dar un golpe de mano en el momento más inesperado.

A su vez, esta sociedad secreta decidió espiar a todo aquel político o activista que pudiera ser peligroso durante una futura invasión e, incluso, iniciaron una recluta clandestina de combatientes. Según sus cálculos, necesitarían más de 40.000 soldados para recuperar el control de la zona occidental de Alemania (primero) y el resto del país después. Sin duda, una operación digna de protagonizar una película de la factoría «Hollywood». 

Según los documentos desclasificados, la organización estaba regida por Albert Schnez y contaba con el patrocinio de hombres de gran poder económico y una considerable influencia. De hecho, dentro del grupo había militares que, a la postre, subieron en el escalafón del ejército alemán durante los años 50 y 60. En cambio, con el paso de los años quedó claro que su capacidad de acción era reducida y, al final, terminaron por abandonar sus ideas de reconquista. Este fue el destino del último ejército del Führer.


Un Ejército nazi clandestino

Un historiador descubre que 2.000 oficiales crearon un grupo de defensa tras la guerra

EL PAÍS, 25 MAY 2014

El canciller Konrad Adenauer, el segundo por la derecha, pasa revista a una compañía en 1956. /

 
Alemania acaba de descubrir un sorprendente capítulo inédito de su historia reciente. Después de la II Guerra Mundial, antiguos oficiales de la Wehrmacht, las fuerzas armadas de la Alemania nazi, y de la Waffen-SS, el brazo armado de la SS, formaron un ejército secreto para proteger el país de un supuesto ataque de la Unión Soviética. Un proyecto, descubierto casualmente ahora, que podría haber provocado un gran escándalo en aquella época. Durante casi seis décadas, los documentos que demuestran su existencia han permanecido ocultos en los archivos del Servicio de Inteligencia de Alemania (BND).

Alrededor de 2.000 veteranos nazis decidieron formar un ejército en 1949 a espaldas del Gobierno federal y los Aliados. El objetivo de los oficiales era defender a la naciente República Federal de Alemania de la agresión del Este en las primeras etapas de la guerra fría y, en el frente nacional, desplegarse contra los comunistas en caso de una guerra civil.

El coronel Schnez montó el ejército de espaldas al Gobierno, pero cuando el canciller Adenauer lo supo, lo consintió

El canciller alemán Konrad Adenauer no se enteró de la existencia de una conspiración en la sombra hasta 1951, pero no tomó medidas claras contra esta organización ilegal. De acuerdo con la documentación encontrada, en caso de una movilización, el ejército contaría con 40.000 soldados. El principal organizador era Albert Schnez, que había servido como coronel en la II Guerra Mundial. A finales de los años cincuenta formó parte del entorno del ministro de Defensa Strauss y posteriormente fue jefe del Estado Mayor bajo el mandato de Willy Brandt.

Las declaraciones de Schnez citadas en los documentos sugieren que el proyecto de creación de un ejército clandestino también fue apoyado por Hans Speidel —se convertiría en el comandante supremo de la OTAN del Ejército Aliado en Europa Central en 1957— y por Adolf Heusinger, primer inspector general del Bundeswehr (Ejército federal).

El historiador Agilolf Kesselring encontró los documentos —que pertenecían a la Organización Gehlen, el anterior Servicio de Inteligencia— mientras investigaba para el BND. Kesselring tiene especial interés por la propia historia militar de su familia. Su abuelo fue mariscal de campo durante la II Guerra Mundial y comandante en el Tercer Reich, con Schnez como subordinado. En su estudio, Kesselring disculpa con frecuencia a Schnez. Nada menciona sobre sus vínculos con la extrema derecha y describe sus labores de espionaje a supuestos izquierdistas como “controles de seguridad”.
El proyecto comenzó durante la posguerra en Suabia, una región que rodea Stuttgart, donde Schnez comercializaba madera, textiles y artículos para el hogar al tiempo que organizaba veladas para veteranos de la 25ª División de Infantería, donde él había servido. Pero sus debates siempre giraban alrededor de la misma pregunta: ¿qué debemos hacer si los rusos y sus aliados de Europa del Este nos invaden?

Para dar respuesta a esa amenaza potencial, Schnez pensó en fundar un ejército. Y aunque no respetó las ordenanzas de los Aliados —las organizaciones militares o "de tipo militar" estaban prohibidas—, rápidamente se convirtió en algo muy popular. Su ejército empezó a tomar forma en 1950. La red de Schnez recaudó donaciones de empresarios y de antiguos oficiales de ideas afines, contactó con grupos de veteranos de otras divisiones y acordó con empresas de transporte la entrega de vehículos.

El mariscal Albert Schnez en 1968. / Bundesarchiv

Anton Grasser, antiguo general de Infantería, se ocupó del armamento. Comenzó su carrera en el Ministerio del Interior supervisando la coordinación de la policía alemana. Quería utilizar sus activos para equipar a las tropas en caso de conflicto. No hay ninguna señal de que el entonces ministro del Interior, Robert Lehr, estuviera informado de estos planes.

Schnez quería crear un ejército con unidades formadas por antiguos oficiales pertenecientes a cuerpos de élite de la Wehrmacht, que podrían desplegarse con rapidez en caso de un ataque. De acuerdo con los documentos desclasificados, la lista incluía empresarios, representantes de ventas, un comerciante, un abogado penalista, un instructor técnico e incluso un alcalde. Es de suponer que todos ellos eran anticomunistas y, en algunos casos, estaban motivados por un deseo de aventura. Un ejemplo: el teniente general retirado Hermann Hölter "no se sentía feliz trabajando solo en una oficina".

Quedaba por determinar dónde podrían reubicarse en caso de emergencia. Schnez negoció con algunas poblaciones suizas, que mostraron "su desconfianza". Más tarde planificó un posible traslado a España que utilizaría como base para combatir del lado de los estadounidenses.

En su búsqueda de financiación, Schnez solicitó la ayuda de los servicios secretos de Alemania Occidental en el verano de 1951. Durante una reunión celebrada el 24 de julio de 1951, Schnez ofreció los servicios de su ejército en la sombra a Gehlen —jefe del servicio de inteligencia— para "uso militar" o "simplemente como una fuerza potencial", ya fuera en un Gobierno alemán en el exilio o de los aliados occidentales.

Una anotación en los documentos de la Organización Gehlen afirma que Gehlen y Schnez "habían mantenido durante mucho tiempo relaciones de carácter amistoso". El escrito también indica que los servicios secretos ya conocían la existencia de un ejército clandestino.

Es probable que el entusiasmo de Gehlen por la oferta de Schnez hubiera sido mayor si se hubiera producido un año antes, cuando estallaba la guerra de Corea. En aquel momento, Bonn y Washington habían considerado la posibilidad de, "en caso de que se produjera una catástrofe, reunir a los miembros de las antiguas divisiones alemanas de élite, armarlos y luego asignarlos a las fuerzas aliadas".

Un año después, la situación había cambiado, y Adenauer había desestimado esa idea. En cambio, presionó para que Alemania Occidental se integrase profundamente en Occidente e impulsó asimismo el establecimiento del Bundeswehr. El grupo ilegal de Schnez poseía la capacidad de poner en peligro esa política, ya que, si su existencia era de dominio público, podría haber desatado un escándalo internacional. Aun así, Adenauer decidió no tomar medidas contra la organización de Schnez.

El grupo proyectó asentarse en España después de que no encontrara demasiada receptividad en Suiza

El personal de Gehlen contactaba frecuentemente con Schnez. Además, ambos llegaron a un acuerdo para compartir datos secretos procedentes del servicio de inteligencia. Schnez se jactaba de tener una unidad de inteligencia "particularmente bien organizada". A partir de ese momento, la Organización Gehlen se convirtió en el destinatario de informes sobre antiguos soldados alemanes que presuntamente se habían comportado de forma "indigna" como prisioneros de guerra de los rusos, insinuando que habían desertado para apoyar a la Unión Soviética. En otros casos informaba de "personas sospechosas de ser comunistas en Stuttgart".

Con todo, Schnez nunca consiguió beneficiarse del dinero que recibía. Gehlen solo le entregaba pequeñas cantidades que se agotaron en el otoño de 1953. Dos años después, los primeros 101 voluntarios se alistaron en el Bundeswehr. Así pues, con el rearme de Alemania Occidental, el ejército de Schnez resultó innecesario.

Schnez falleció en 2007 sin haber revelado públicamente ninguna información acerca de los acontecimientos. Lo único que se conoce es gracias a los documentos en los archivos clasificados del BND bajo el título engañoso de "Seguros". Alguien tenía la esperanza de que nunca nadie encontrara un motivo para interesarse por ellos.

diumenge, 9 de juny del 2013

El ocio de los verdugos nazis

Fabrice D’Almeida destaca en un estudio insólito la vida muelle de los guardias de las SS en los campos. Himmler, dice, era buen gestor de recursos humanos

Barcelona EL PAÍS  8 JUN 2013
De izquierda a derecha: el doctor Mengele, Rudolf Höss, Josef Kramer y otro oficial en Auschwitz, relajados.
"Para los SS, Auschwitz era un destino más bien agradable"

Cuando no exterminaban, mataban el tiempo. Los miembros de las SS destinados a vigilar los campos de concentración y de exterminio nazis llevaban una existencia bastante agradable muy alejada del horror, el sufrimiento y la miseria que imponían a sus víctimas en esos mismos recintos infernales. En los campos disponían de entretenimientos y los SS no se privaban de nada. Disponían de discos y gramófonos, mesas de pimpón y hasta piscinas (como en Dachau). Las bibliotecas estaban bien surtidas (en el sentido nazi). Aunque nos pueda parecer sorprendente, la de guardián de campo hitleriano no era mala vida, si tenías estómago y carecías de escrúpulos, claro. Lo explica en un libro sorprendente y lleno de revelaciones el reconocido historiador francés Fabrice D’Almeida (1963), que por cierto es sobrino de Roland Topor. Recursos inhumanos(Alianza) es el título de esta obra insólita que pone sobre el tapete de la moderna historiografía la inquietante cuestión de la vida privada, el ocio y los pequeños placeres de los verdugos.

D’Almeida es bien consciente de lo extravagante que puede parecer desviar la mirada de los cuerpos martirizados del genocidio para fijarnos en los asesinos, y más como hace él a fin de analizar a esos hombres y mujeres deleznables desde una perspectiva científica que contempla la gestión del tiempo de trabajo, el placer y la economía de los entretenimientos. Pero la investigación, subraya, revela aspectos importantes del nazismo como el que los campos no se concibieron como órganos aislados de la sociedad y que su gestión “formaba parte de la experimentación social y de la creatividad política”.

Los guardianes, unos 40.000 en 1944, no eran en absoluto la escoria del orden nazi como hemos llegado a creer, sino parte de su élite y eran tratados en consecuencia. Que pudieran disfrutar de buenos ratos en los lapsos entre atrocidades, como recompensa por su labor y para descansar y regenerarse —a fin de ser capaces de más violencia—, parecía lógico y aconsejable. Había que mantenerlos saludables y contentos para que rindieran. Una estrategia que además limitaba posibles crisis de conciencia.

De hecho, D’Almeida apunta que aunque la expresión “recursos humanos” no era aún corriente en la época, las SS eran una organización ejemplar, si puede decirse así, en su manera muy moderna de gestionar a su personal. No era ajeno a ello, sugiere, el interés y la experiencia de Himmler, que antes de dirigir la Orden Negra había ejercido de pequeño empresario como patrón de una granja de pollos.

D’Almeida niega que haya una nota de humor negro en ese ver al reischführer como especialista en recursos humanos. “No, lo que hay es la sorpresa más bien de observar que las mismas reflexiones se encuentran en la industria y en los campos. Eso hace medir de qué manera los seres humanos proponen soluciones que se parecen cuando los contextos son similares. Pero sobre todo, olvidamos que el nazismo pareció moderno gracias a esa manera de buscar soluciones para las acciones más radicales y para sostener la psicología de los soldados y los guardias de manera que no se les hiciera penoso cumplir sus tareas genocidas”.
El historiador señala que no perdían la libido y gozaban del sexo
La dirección de las SS comprendió rápidamente que la gestión del tiempo libre de los guardias —como sucedía también con los einsatzgruppen— era un asunto trascendental. En el libro, el historiador, rebuscando en la documentación, detalla el papel de la gastronomía, los juegos de mesa, las proyecciones, el deporte o la música —los instrumentos que preferían los SS eran la armónica y el acordeón, seguidos de la guitarra, la cítara y la mandolina (!)—.
¿Era posible aburrirse en un campo de la muerte?, le pregunto a D’Almeida. “Sí, y tanto”, responde. “Los detenidos pasaban a menudo largas horas de espera y sus tareas agotadoras y repetitivas les dejaban con el espíritu vacío. Pero del lado de los guardianes el problema era diferente. La mayoría de los campos estaban lejos de sus lugares de origen y de sus familias. Iban allá para trabajar, pero el trabajo de los SS duraba entre 8 y 10 horas. Entonces en su tiempo libre muchos no tenían nada que hacer y bebían alcohol. La dirección de las SS decidió encontrarles actividades de ocio“.

Parece increíble que se pudiera tener una existencia grata e incluso feliz en Auschwitz o Treblinka, sobre pilas de cadáveres. “Para los guardias, Auschwitz era un destino más bien agradable, pues había una pequeña ciudad colonizada por los alemanes con un cine, burdeles, cafés y restaurantes y una pequeña residencia en el bosque a la que podían ir. Muchos daban largos paseos en la zona protegida del campo que se extendía 27 kilómetros cuadrados. Hacían turismo asimismo en las grandes ciudades de los alrededores. En contraste, el trabajo era a menudo penoso, con un campo sucio, detenidos enfermos a los que había que evitar, es por ello que imaginaron el sistema de los kapos, los prisioneros que vigilaban a los prisioneros”.
El historiador explica que para la jefatura de las SS estaba claro que la cultura y el ocio atenuaban los efectos del contacto con la violencia extrema. “El ocio y la lectura aliviaban a los hombres y mujeres del personal, les debía tranquilizar y darles la sensación de que su misión era legítima y normal. Así que eso debía atenuar las fases de agresividad en el trabajo y permitirles restaurarse”. D’Almeida advierte que ello no significa que desapareciera la brutalidad. “En absoluto, porque formaba parte del trabajo. Era banal y reglamentaria desde 1934. Hacía falta castigar, y hasta encolerizarse para dominar a los prisioneros vistos como un rebaño. La violencia era una herramienta”.

Uno de los capítulos de Recursos inhumanos está dedicado al sexo. Resulta sorprendente observar que los horrores del universo concentracionario no cortaban la libido. “No, visiblemente los guardias que, no lo olvidemos, eran jóvenes, tenían todas las pulsiones del deseo, pero con quienes fantaseaban era con las auxiliares alemanas, las granjeras polacas (a las que podían violar pero sin dejarlas embarazadas) o las prostitutas arias. Evitaban a las detenidas porque los riesgos de castigo eran grandes”. En ese sentido, Portero de noche, dice, “se desvía de la realidad con su idea de la víctima como juguete. Aunque pudo pasar, esa no era la regla. Para los guardias los prisioneros, además de que eran sucios e inferiores, estaban prohibidos”.

D’Almeida apunta que la sexualidad no era tan libre como podría parecer y que el supuesto frenesí sexual de guardianes y guardianas de las SS, tan caro a subproductos literarios y cinematográficos, es en general un mito que derivaría de los estereotipos construidos en la posguerra para realzar la monstruosidad de los verdugos, como si ello fuera necesario. En todo caso y en contra de lo declarado por comandantes como Höss y Stangl en los interrogatorios, parece que a los SS las fases del exterminio en realidad no les quitaban las ganas.

Al preguntarle al historiador si conoce distracciones tan extravagantes como la del guardia de Auschwitz ornitólogo que se dedicó a observar aves y elaborar la lista de especies del campo, responde: “Había coleccionistas. En Buchenwald hubo incluso dos guardias que atrapaban animales salvajes para montar un zoo y el director del campo hizo traer un oso a fin de completar la colección. Muchos coleccionaban trozos de víctimas, cráneos, huesos”.

En comparación con los guardias nazis, los guardias del gulag, dice D’Almeida, llevaban una vida casi tan sórdida y miserable como los presos a los que vigilaban.

dijous, 2 d’agost del 2012

La tesis de la “excepción permanente” de Carl Schmitt



Carl Schmitt, filósofo alemán y de formación católica que dio apoyo a las tesis del nazismo, fue el gran inspirador de la teoría del “Estado de excepción permanente “. Schmitt, aunque no lo hayan admitido expresamente, dio un estatuto histórico al “estado de naturaleza”, de Hobbes.  Para Schmitt, la soberanía del Estado no consiste  en el monopolio de la coacción o de la dominación –fundamentado y organizado  artificialmente por el constituyente-  sino en la capacidad de decidir por arriba del artificio de las instituciones creadas por la política. En su época,  la política liberal-democrática, según él, degradada durante la República de Wheimar.

La soberanía es identificada por Schmitt directamente con la fuerza indiscriminada, es decir, la soberanía reside en la fuerza actuar para  suspender la propia validez de las leyes, lo que hace del ordenamiento una pendencia de la propia  voluntad del soberano que, para Schmitt, está presente en el Poder Ejecutivo: a través del Presidente, del dictador,  del líder, el sistema de derecho  instaurado (el ordenamiento), está  siempre “a disposición”  de quien  decide. La excepción, por lo tanto, la capacidad de declarar la excepción, es la regla que define la propia soberanía: el uso de la excepción es su verdadero contenido y la garantía o la suspensión del Derecho, tanto en la normalidad política y en la estabilidad social, como  en la crisis y la inestabilidad.

En  famoso y brillante texto El Führer protege el derecho”- sobre el discurso de Adolf Hitler en el Reichstag del 13 de julio de 1934-Carl Schmitt, citando  al propio Hitler, formula una aclaración lapidaria de su teoría de la normalidad y de la excepción y, al mismo tiempo, muestra cómo promueve la excepción a condición de regla y fundamento del Estado: “El Führer protege el derecho del peor abuso, cuando  él en el instante de peligro crea el derecho sin mediaciones, por la fuerza de su liderazgo (Fhurertum) y en cuanto Juez Supremo: (y aquí Schmitt cita a Hitler)-“En esta hora soy responsable  por el destino de la nación alemana y con eso  juez supremo del pueblo alemán. El verdadero líder (Führer) siempre es también juez. Del liderazgo (Fuhrertum) emana la judicatura (Richtertum). Quien quiera separar ambas o incluso oponerlas o transforma al juez en el contra-líder (Gegenfuhrer) o en un del contra-líder  y procura paralizar (aus den Angeln mathen) el Estado con la ayuda del Poder Judicial. He aquí un método muchas veces experimentado, que ha destruido no sólo del Estado sino también el Derecho”.

Más adelante, Schmitt afirma dos fundamentos importantes de la definición de la excepción, como base de la soberanía del Estado, al criticar a los juristas democráticos de Wheimar.

 Primer argumento: “Del mismo modo, el Derecho Constitucional se ha convertido, en esa corriente de pensamiento, la Carta Magna de los que cometen alta traición y traición  a la patria. Con esto el poder judicial se transforma en un engranaje de imputaciones (Zurechnungsbetrib),  sobre cuyo funcionamiento  previsible y por él  calculable y criminoso tiene un derecho subjetivo adquirido”. (En este argumento, Schmitt fundamenta que la excepción debe estar disponible a la voluntad del líder, porque las garantías constitucionales del Estado de Derecho Liberal Democrático, permite que los que delinquen contra el Estado - los revolucionarios o los socialdemócratas, que apoyaban las conquistas de Wheimar- tendrían la protección del Poder Judicial, como  guardián de la Constitución, porque sólo él podría definir la “excepción”,  según aquel ordenamiento “artificial” del Estado de Derecho).

Segundo argumento: "Todo el derecho tiene su origen en el derecho del pueblo  a la vida. Toda la ley del Estado, toda sentencia judicial contiene no solo tanto derecho como le fluye de esa fuente (el líder o el Führer). El resto no es derecho, sino ´un tejido de normas coercitivas, desde la cual un criminal hábil se burla´”.  (En este argumento, él identifica sin mediaciones el Líder con el Pueblo,  después de mostrar que esta vigilancia de los intereses del pueblo – que es una “comunidad concreta” como teorizaba Schmitt – está en la soberanía del Estado, que a su turno es realizada por el Líder  (“fuente superior” del Derecho).

Schmitt deja claro, en esta parte de su discurso teórico – sin ninguna sofisticación, dígase de pasada - por qué el “Führer protege el derecho” y, principalmente,  de quien él protege: de aquél pueblo  concreto en movimiento contra el Estado y contra su Líder. 

Así, el “estado de excepción permanente” es la regla del dictador unipersonal,  como un ejecutivo que comanda el Estado y como el Juez que decidirá sobre la suspensión de las leyes y  del Derecho – del ordenamiento.

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5172


dissabte, 7 de gener del 2012

La periodista e historiadora francesa Diane Ducret publica «Las mujeres de los dictadores»

«Hitler o Stalin fueron casi sex-symbol»

PILAR MANZANARES/MADRID
ABC 05/01/2012

«Hitler o Stalin fueron casi sex-symbol»
Las hubo tan crueles como Jiang Qing, la cuarta esposa de Mao capaz de mandar deportar o torturar a otras mujeres por vestir ropas más elegantes que ella. O tan enamoradas como Clara Petacci, que prefirió morir antes que sobrevivir a su amante, Benito Mussolini. La periodista e historiadora francesa Diane Ducret habla de muchas de ellas y de sus relaciones más íntimas en «Las mujeres de los dictadores» (Aguilar).
- De las historias que cuenta en su libro, ¿cuál es su favorita?
- Hay tantas Cada una de estas mujeres es, a su manera, una especie de heroína romántica como las de las novelas del XIX. Pero seguramente fue Magda Goebbels la que tuvo un destino más terrible. Fue una mujer que creció con la cruz judaica y acabó su vida con la de Hitler. Ninguna otra hizo los sacrificios que ella llevó a cabo por amor. Envenenar a sus seis hijos, porque su apellido sería para ellos una maldición y no quería que pagasen por los crímenes de los que eran culpables ella y su marido ya marca la más grande tragedia del siglo XX, al menos para mí. Pero también destacaría las historias de Clara Petacci y de Inessa Armand.
- ¿Por qué?
- La primera porque creo que fue la más tonta, entre comillas. Clara Petacci estaba tan locamente enamorada de Mussolini que no era capaz ni de respirar sin él. De hecho, al final de su vida, cuando todo se acababa y le ofrecieron la posibilidad de escapar (en 1945) ella dijo: «Adonde va el maestro va el perro». Eso es terrible. La segunda, que fue la mujer no oficial de Lenin, me atrajo por ser la más feminista de todas. Estaba enamorada del hombre, de la ideología y de la libertad sexual. Fue una mujer muy adelantada a su época que lucho por los derechos de la mujer y que acabó siendo parte del triángulo amoroso junto a Nadia Krúpskaia, la verdadera esposa.
- Al investigar sobre ellas, ¿qué es lo que más le ha sorprendido?
- Sobre todo descubrir que hombres como Hitler, Mao o Stalin fueron casi sex-symbol. Adolf Hitler recibió más cartas de fans que Mick Jagger y The Beatles juntos. Y Mussolini, más de 30.000 al mes. Su seducción era total.
- Es difícil verles como unos seductores.
- Es verdad que cuando ves, por ejemplo, a Hitler piensas cómo este hombre pequeño, con ese bigotito y tan nervioso puede tener ese poder de seducción. Pues lo cierto es que trabajaron mucho sus imágenes. Hitler sabía qué poses le favorecían más cuando se ponía ante la cámara de Heinrich Hoffmann, su fotógrafo personal. Hay que tener en cuenta que él aprende a vestirse con mujeres -como Helen Bechstein, la rica esposa del heredero de los pianos Bechstein-.
- ¿Logró quitarle a Hitler los pantalones cortos de piel?
- Sí, él hasta entonces siempre había parecido un campesino austriaco que siempre y en todas partes llevaba los mismos pantalones cortos de cuero. Ella empezó por renovarle su vestuario y luego le inició en los buenos modales. Así aprendió la galantería de besar la mano a las mujeres y también aprendió a conocerlas. Él accedió porque desde el primer momento comprendió que si ellas tenían derecho a votar tenía que ponerlas de su lado.
- Con todo, es más fácil pensar que les atraía la erótica del poder.
- Sí, pero no se puede explicar todo el fenómeno así, sino ellas podrían haber elegido presidentes de república, reyes Hay una relación más destructiva, parecida al síndrome de Estocolmo donde la víctima acaba queriendo a quien le está haciendo daño. Hay una atracción tanto por Eros como por Tanatos que tiene que ver más con el peligro que con el poder.
- Eso que dice se ve muy claramente en el caso del matrimonio Bokassa, ¿no le parece?
- Sí, por supuesto. En el caso de Catherine ella es más que una esposa una prisionera en una caja de oro. Se llegó a acostumbrar a la poligamia de su celoso marido, pero quería seguir siendo la elegida mientras las demás deseaban compararse a ella en Bangui. Pero solo en París era la reina de su pequeño mundo porque él no estaba con ella. Esos son los únicos momentos en los que sus amigas la vieron feliz, hablando libremente y bebiendo cerveza. Luego la puerta de su caja de oro la abriría el presidente Giscard D'Estaing.
- No todas son así. Las hay tan fuertes y controladoras como Elena Ceaucescu, ¿influía mucho ella en su marido?
- Este es un caso muy raro de pareja en el poder que sólo se ve de nuevo con el matrimonio Milosevic, que estará en mi siguiente libro. Es imposible imaginar al uno sin el otro. En el caso de los Ceaucescu no se puede decir que Elena influyera en su marido desde el punto de vista ideológico, ya que ella apenas tenía una educación, pero sí lo hace en su cotidianidad. Ella fue la reina del mundo interior de Nicolae y la que dirigía sus relaciones con el mundo exterior, de modo que todo pasaba por ella.
- Es curioso que comienza el capítulo dedicado a ellos con la última jeringa de insulina que Elena llevaba para su marido, ¿mucho amor o dependencia?
- Esa es una buena reflexión, ya que muchas veces se confunden ambos. Son diferentes, claro, pero a veces es difícil separarlos. En este caso creo que ellos se querían, pero lo hacían desesperadamente. Lo eran todo el uno para el otro, de modo que vivían un amor vital, sin el que uno moriría. Por eso he querido comenzar el capitulo con esta imagen, porque es un símbolo de la relación entre ambos.
- Por cierto, ¿alguna de estas mujeres fue capaz de someter al dictador?
- Me gustaría poder decir que sí, pero no sería verdad. Es cierto que, por ejemplo, a Hitler Eva Braun a veces le hizo callar. Era algo que además a él le gustaba mucho. O que a Milosevic le toca pasar el aspirador, y en silencio cuando ella lo pide en ciertas ocasiones. Pero no se puede decir que haya ninguna que haya sometido al dictador, sólo que a veces a ellos les gusta ser victimizados.
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Hitler, inédito

FUENTE: ABC 05/01/2012
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Hitler, inédito
Titulados «Apocalipsis: La amenaza» y «Apocalipsis: El Führer», los episodios han sido documentados con material gráfico, en parte inédito. «La amenaza» recorre la infancia, la juventud y los primeros pasos políticos del líder de la ultraderecha alemana y, por su parte, «El Führer», abarca el período comprendido entre la Gran Depresión de 1929 y la víspera del estallido de la II Guerra Mundial, según la nota de prensa.
Los documentales analizan el ascenso al poder de Hitler e informan a la vez de los hitos históricos de primera magnitud del siglo pasado como fue la Primera Guerra Mundial y la firma del Tratado de Versalles en 1919, previos al nazismo. Entre otros hechos destacados figuran la estancia de Hitler en prisión en 1924, el incendio del Reichstag en 1933; la vida de Eva Braun, compañera sentimental del Führer, y el bombardeo de Guernica en la Guerra Civil española.
La producción, que incluye fotos desde la juventud de Hitler hasta las instantáneas de su fotógrafo oficial, Heinrich Hoffmann, también aporta la recuperación de metraje nunca antes visto y el uso de secuencias de imágenes coloreadas, en especial, las de su vida privada, la Primera Guerra Mundial y el Tratado de Versalles.
De los aspectos más curiosos que abordan esos episodios sobresalen los documentales ideados por Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich, y rodados por la cineasta alemana Leni Riefenstahl, el uso de la ópera para dramatizar la puesta en escena de los discursos «Führer» y la creación de los uniformes de las SS por el diseñador Hugo Boss.
Los dos episodios han sido producidos por el francés Louis Vaudeville, responsable de la serie «Apocalipsis» que National Geographic Channel estrenó en septiembre de 2009, según la nota de prensa.

dilluns, 1 de novembre del 2010

Marc Bloch, de la convicción a la resistencia

«Nunca sabremos qué pudo pensar Marc Bloch al caer abatido ante el pelotón de fusilamiento. Sabemos, en cambio, que entró en la Resistencia convencido de que ningún intelectual debería hablar si no se compromete personalmente»
ABC 30/10/2010
AUNQUE han pasado ya setenta años, las imágenes que quedan de ese tiempo siguen hiriéndonos los ojos con un fragor punzante de pesadilla. Fue la extraña derrota. Aquel ejército apreciado por el pueblo, el ejército de la Revolución y del Imperio, de Marengo y Austerlitz, de Sebastopol y Malakoff, de Magenta y Solferino, el ejército de la tragedia y de la gloria, cuya carga en Sedán había hecho exclamar al emperador alemán: «¡Oh, los bravos franceses!», había sido engullido por las rápidas columnas de los blindados nazis. Y París se convertía de pronto en la ciudad de la desbandada, una ciudad abandonada primero por sus políticos, y luego por un sinfín de gentes espoleadas por el pánico. Fue la espesa noche de Europa, que llegaba acompañada por el roce sombrío del cuero y las culatas de los fusiles, entre sombras grises y esvásticas amenazantes.
Podría pensarse que ninguna nación, desde el siglo XVIII, ha dado más vitalidad, elegancia y pasión al mundo de los derechos humanos que Francia, y sin embargo hay un perfil del país vecino que ignoran quienes devotamente se han alimentado del «eterno encanto» de París, la ciudad de los sueños. Se trata de una historia apenas conocida, y que, en contra de lo que sugiere el cuadro de Delacroix con la bandera tricolor flameando bajo un cielo blancuzco de humo de pistolas, revela que la Francia de la Marsellesa, de la libertad, de la luz y de la razón es también una nación donde han tenido curso legal el antisemitismo, el nacionalismo reaccionario, los golpes de Estado de generales autoritarios, la brutalidad policial, la deportación de judíos... El caso Dreyfus constituye un episodio de esta peculiar historia francesa de la infamia, y el régimen de Vichy su culminación, un infierno que comienza cuando el viejo mariscal Pétain acepta la ocupación de Francia por su tradicional enemigo y los nuevos señores de París, los nazis, dejan que sea la Administración francesa la encargada de realizar los trabajos sucios, una época que nadie recuerda con nostalgia.
Hoy vemos la escena de la película Casablanca, cuando aquellos refugiados europeos y franceses de Vichy que pasan las horas en el bar de Rick responden a los cánticos del invasor alemán coreando la Marsellesa entre lágrimas, y pensamos que toda Francia estuvo en la Resistencia. Pero la realidad histórica es amarga, y diferente. Fueron muy pocos los que a las palabras de Goebbels, «es insensato morir por Francia a última hora», contestaron haciendo suya la alocución del general De Gaulle en la BBC: «Se puede y se debe combatir al enemigo». Fueron muy pocos los que, después de la rendición de 1940, volvieron a empuñar los fusiles y combatieron sin descanso, en la noche, contra unos soldados que durante años creyeron que la guerra era fácil.
Si uno lee los diarios del infatigable paseante de las callejuelas y avenidas parisinas de la ocupación, el escritor y oficial del ejército alemán Ernst Jünger, verá la indiferencia de la población ante el viento criminal que se cernía sobre su ciudad, sobre su país, sobre Europa. La mayoría se arrodilló ante el nazismo y siguió viviendo bajo las botas de la Gestapo como si nada hubiera ocurrido. También una gran parte de los artistas e intelectuales, que prosiguieron su obra sublime mientras los colaboracionistas saciaban su venganza contra los partidos y los personajes públicos que aborrecían, mientras las autoridades alemanas y la espuma, el deshecho, que se había levantado con la oleada nazi —los soplones y los nuevos ricos, los estraperlistas y los periodistas de Vichy—, se codeaban en las terrazas de los cafés y en las mesas de los cabarés con el escaso turismo que iba quedando en París. «Ahora —escribió el joven Camus— la vida en Francia es un infierno para el espíritu... La vida es imposible, huele a cobardía en todos los rincones...».
Da tristeza recordarlo, pero solo una minoría de intelectuales encontró razones para resistir a los generales de Hitler y a sus cómplices de Vichy, solo un puñado de príncipes del espíritu —cuyas filas crecieron durante los meses anteriores a la Liberación— permanecieron fieles, igual que llamaradas, a la tradición francesa de la inteligencia y el valor. Uno de ellos fue Marc Bloch, profesor de Historia Medieval en la Universidad de Estrasburgo y maestro de una escuela de investigadores de prestigio internacional.
Otros se refugiaron en la torre de marfil de Juan Ramón Jiménez. Otros buscaron la salvación en el exilio o en el confín remoto de algún retiro rural. Bloch, no. Testigo de la inaudita rendición de un ejército poderoso y de una clase política que había perdido la fe en sí misma y en sus convicciones, judío en un país cada vez más antisemita, enfrentado a diario al acoso de la Policía de Vichy, a la inseguridad sobre su futuro en la enseñanza universitaria, a la hostilidad sorda o descarada de la gente, el digno profesor que había luchado en dos guerras y que poco a poco se fue convirtiendo en un proscrito, en un enemigo de la nación, en un huésped postergado de los trenes de deportación y de los campos de exterminio, optó por quedarse en Francia. Y con la urgencia moral de encontrar una explicación a la experiencia íntima y colectiva del cataclismo de 1940, escribe un libro que abriría el misterio de la derrota con el bisturí de la inteligencia, como si fuera un vientre.
Leer hoy La extraña derrotaes encontrarse con una escritura severa e implacable que interroga los hechos para hacerlos hablar, para escucharlos, una escritura que nos desvela por su clarividencia luminosa, y que nos enseña el valor supremo que, en algunas ocasiones, hay en el simple acto de escribir.
Pero la historia no acaba aquí. Todo lo que constituía su vida moral empujaba a Bloch a ocupar un puesto en la batalla de sombras de la Resistencia, y en el poco tiempo que le restaba de vida el digno profesor de 57 años halló el valor necesario para actuar en consonancia con las palabras que escribiera en las últimas páginas de La extraña derrota: «Espero, en cualquier caso, que aún nos quede sangre por derramar», una fórmula gaulliana donde las haya, porque tiene la dimensión de la esperanza y la hondura de la rebelión. El precio de esa decisión fue espeluznantemente gravoso: tuvo todo el peso de la cárcel, la tortura y, el 16 de junio de 1944, el paredón.
Poco antes de salir de la base del Borgho, en Córcega, para realizar una misión de reconocimiento aéreo de la que nunca regresaría, Saint-Exupéry escribió: «No somos nosotros, franceses del exterior, quienes fundamos Francia. Nosotros solo podemos servirla. Sea lo que sea lo que hayamos hecho, no tendremos derecho a merecer ninguna gratitud. No hay punto de comparación entre combatir en libertad y ser aplastado en la noche».
Nunca sabremos qué pudo pensar Marc Bloch antes de caer abatido por las balas del pelotón de fusilamiento ni qué pasó por su mente cuando miró a los ojos de sus compañeros de desgracia. Sabemos, en cambio, que eligió la libertad y la justicia para permanecer fiel a la tierra, y que entró en la Resistencia convencido de que ningún intelectual debería hablar si no se compromete personalmente. Sabemos —me atrevería a decir— que luchó por los mismos valores de los que hablara Camus en sus Cartas a un amigo alemán, por los abismos esperanzadores que separan el sacrificio de la mística; la energía, de la violencia; la fuerza, de la crueldad; lo falso, de lo verdadero; y al ciudadano que ama su país sin dejar de amar la justicia, de los terribles dioses que sueñan los fascismos. Y sabemos una cosa más: que combatió en una terrible guerra sin uniforme para que Francia, la Francia de la Marsellesa, de la luz, de la razón, del código civil, pudiera hablar en el futuro, una mañana que ya es hoy.
FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR

dissabte, 11 de setembre del 2010

Hitler y los libros que matan

Fotografía de Heinrich Hoffman, 1925
Libros que matan
JUAN FRANCISCO FUENTES
CATEDRÁTICO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA EN LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE
REVISTA DE LIBROS
nº 165 · septiembre 2010
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Timothy W. Ryback 
LOS LIBROS DEL GRAN DICTADOR. LAS LECTURAS QUE MOLDEARON LA VIDA Y LA IDEOLOGÍA DE ADOLF HITLER
Trad. de Marc Jiménez 
Destino, Barcelona 
380 pp. 19,50 €

No puedo recordar a Hitler sin libros. Los libros eran su mundo», así lo afirmó un amigo de juventud del fundador del Tercer Reich alemán. En la tipología de los dictadores, no es infrecuente el caso de aquellos que dedicaron a la lectura una buena parte de su tiempo, que buscaron en los libros aliento o consuelo, e incluso que se mostraron hacia ellos mucho más humanos que hacia los pueblos que padecieron su tiranía. Stalin, por ejemplo, que dejó a su muerte una biblioteca de veinte mil volúmenes, fue, como Hitler, un lector compulsivo, capaz de leer hasta quinientas páginas al día. El dato resulta particularmente asombroso, porque cuesta creer que alguien haya podido leer tanto y matar tanto al mismo tiempo. Hitler y Stalin pertenecían sin duda a esa especie, no tan rara, de dictadores que amaban los libros y odiaban a los hombres. En el caso del Führer, que añadía a ello su amor a los animales y sus arraigadas convicciones vegetarianas, es posible que todo forme parte de un mismo trauma personal, originado ya en su infancia, que le llevó a ver en sus semejantes la causa de su sufrimiento y en la lectura una fuente de inspiración y autoestima para su alma atormentada. Lo dijo él mismo en cierta ocasión: «Yo tomo cuanto necesito de los libros».

Si es cierto que somos lo que leemos, nada mejor para conocer la personalidad de Hitler que saber cuáles fueron los libros que le llevaron a ser quien fue. Tal es la pregunta que ha impulsado al historiador norteamericano Timothy W. Ryback a escribir esta sugerente obra, en la que nos ofrece un inventario parcial de la biblioteca del Gran Dictador y un estudio muy detallado de sus lecturas y de la influencia que pudieran haber tenido en su personalidad. En cuanto a la magnitud de la biblioteca de Hitler, Ryback parece dar por buena la estimación de 16.300 volúmenes realizada en 1942 por el corresponsal de United Press en Berlín, Frederick Oeschner, una cifra que representaría un incremento sustancial respecto a los seis mil ejemplares en que una redactora de The New Yorker cuantificaba en 1935 su «magnífica biblioteca». Aunque un buen número de esos diez mil ejemplares incorporados entre 1935 y 1942 serían regalos recibidos por el Führer como prueba de afecto de sus admiradores, todo indica que su colección fue creciendo en paralelo a su poder, como si la cantidad y la naturaleza de los libros determinaran el cumplimiento de su sueño exterminador. Y, en efecto, pese a ser finalmente una biblioteca de aluvión, con muchas obras que llegaron a ella por puro azar, un inventario de su contenido recogido por Ryback en el apéndice de su libro muestra la coherencia de los grandes bloques temáticos que la componían y su estrecha relación con las aficiones intelectuales de su dueño.

Destacan, sobre todo, los siete mil volúmenes dedicados a historia militar y, en particular, a las campañas napoleónicas y a la vida de los principales reyes y generales alemanes. Un segundo bloque de unos mil quinientos ejemplares lo forman las obras consagradas a las bellas artes, desde la arquitectura hasta la pintura, con una significativa incursión en el mundo de la pornografía con pretensiones más o menos artísticas y algunas obras sobre las vanguardias del período de entreguerras que conservan en los márgenes comentarios despectivos de puño y letra de Hitler. El tercer bloque, según este inventario, lo constituyen los libros sobre astrología, espiritismo, ciencias ocultas y nutrición. Tan sólo este último apartado cuenta con cerca de un millar de títulos, muchos de ellos con un fuerte carácter militante en defensa del vegetarianismo. De tal tenor es uno de los numerosos comentarios al margen, en el que Hitler dejó para la posteridad esta profunda reflexión sobre tan importante materia: «Las vacas se hicieron para dar leche; los bueyes, para arrastrar cargas». No deja de ser curioso ese sentimiento compasivo que los animales despertaban en él y del que se encuentran tantas pruebas en los marginalia de su biblioteca. Hay unos cuatrocientos libros sobre religiones, mezclados de nuevo con abundante pornografía, y en torno a un millar de novelas populares –policíacas, románticas y de aventuras–, cuidadosamente forradas para ocultar su contenido. Finalmente, entre las obras «científicas» figuran algunos tratados de sociología de inspiración nacionalsocialista y un estudio sobre la morfología de las manos como fuente de conocimiento de la personalidad humana, una pseudociencia a la que al parecer era muy aficionado. En este apartado de obras prácticas podría incluirse la titulada El arte de convertirse en orador en pocas horas, reveladora de la idea que tenía Hitler de su propia formación, como un proceso acelerado que debía subsanar, a la mayor brevedad posible, sus inmensas carencias intelectuales y hacer de él un agitador profesional. De su «despoblada vida espiritual», como la llama Ryback, da fe asimismo uno de los ochenta libros que tuvieron el raro privilegio de acompañar a Hitler al búnker berlinés en el que encontró la muerte: Die Weissagungen des Nostradamus [Las profecías de Nostradamus], obra de Carl Loog publicada en 1921.

Resulta fascinante la forma en que el historiador norteamericano ha conseguido reconstruir, por lo menos parcialmente, la biblioteca de Hitler, siguiendo la pista a los distintos lotes en que se dividió tras su muerte en 1945. Uno de ellos, de más de mil doscientos ejemplares, acabó en Estados Unidos, desperdigado a su vez entre varias bibliotecas de la costa Este. El minucioso trabajo realizado por el autor con los fondos conservados le ha permitido establecer las distintas interconexiones entre obras, temas y autores y acceder a los elementos más recónditos y tal vez más valiosos de toda biblioteca, como son las anotaciones personales de su dueño. Fotografías, dedicatorias, encuadernaciones, huellas diversas del paso del tiempo: de todo saca partido un autor habilidoso como Ryback. El puzle se hace aún más complejo y sugerente al incorporar retazos del pensamiento de Hitler e insertar todo ello en un conjunto internamente articulado de lecturas y escrituras que se explican mutuamente. No es que el resultado cambie lo que ya sabíamos del personaje, pero añade matices sorprendentes sobre la forma en que fue modelando su espíritu, en un proceso de descubrimiento interior menos caótico de lo que pudiera parecer. No se piense, pues, que otros libros e incluso esos mismos leídos en otro orden hubieran dado un resultado distinto. La impresión que deja la obra de Ryback es que la personalidad de Hitler era previa a sus lecturas y que éstas seguían un itinerario más o menos azaroso, pero con una única desembocadura posible. Si esta impresión sirve con carácter general, se diría que no somos lo que leemos, sino que leemos lo que somos.

Los libros del Gran Dictador ofrece otras provechosas enseñanzas al lector que, venciendo su natural prevención, se acerque a estas páginas. Hay mucho de biografía de Hitler a través de sus lecturas y de su propio testimonio escrito, en particular de su obra Mein Kampf, llena de elementos autobiográficos y concebida como un libro de autoayuda para un pueblo en horas bajas. En la biblia del nacionalsocialismo, sobre todo en los fragmentos del original que han llegado hasta nosotros, se aprecian todas las limitaciones intelectuales de su autor, sus problemas gramaticales, su tenaz lucha con la sintaxis y con algunos nombres propios –Schoppenhauer, así, con dos pes– y su permanente inseguridad de escritor autodidacta, que escribe por impulsos irracionales y en la mayoría de los casos banales. «No soy escritor», le confesó a uno de sus hombres de confianza, al comparar sus ocurrencias con el pensamiento relativamente elaborado de Mussolini. Sólo el estado de desesperación de una buena parte del pueblo alemán a partir de 1929 explica que una obra tan irrelevante, de puro estrafalaria, como Mein Kampf se convirtiera de repente en el libro sagrado de un movimiento de masas que no tardó en alcanzar el poder.

Sorprende menos la estrecha relación entre guerra y lectura en la biografía de Hitler. Los libros lo acompañaron en su azarosa vida en las trincheras en la Primera Guerra Mundial, como si en ellas dieran lo mejor de sí mismos y la brutal experiencia de aquella guerra iluminara la lección escondida en esas páginas que el cabo Hitler leía con fruición. En otros casos, lo escrito sobre las guerras pasadas le instruía sobre la naturaleza de la inevitable guerra futura, esa obsesión que lo acompañaba desde que, según él, los enemigos de Alemania perpetraron en 1918 la famosa «puñalada por la espalda». Las treinta y dos marcas de su puño y letra que dejó Hitler en una biografía del general Schlieffen, autor del plan de ataque sobre Francia ejecutado al comienzo de la Primera Guerra Mundial, son como un mapa en clave de la ofensiva alemana lanzada sobre Francia en 1940 a través de Holanda y Bélgica. Ya se ve, pues, que si es cierto que los libros se escriben a menudo a remolque de los acontecimientos pasados, no lo es menos que en ocasiones anticipan los sucesos futuros.

Este ensayo tiene, además de todo lo dicho, una vertiente fascinante como crónica de la aventura personal del autor, con momentos algo novelescos, a lo Dan Brown, y la sensación final de que, en su recorrido en busca de vestigios de la biblioteca del Führer, Ryback estuvo persiguiendo a un fantasma que iba dejándole señales de su presencia. Un libro de Max Osborn que acompañó al joven Hitler por las trincheras del frente occidental soltó, dice el autor, una «llovizna de arenilla» al abrirlo en medio del silencio sepulcral de la sección de raros de la Biblioteca del Congreso, como si se tratara de un libro momificado que, al volver al reino de los vivos, liberara el espíritu maléfico que llevaba en su interior. Leyendo estas páginas, nos asalta la idea de que el Führer concibiera su biblioteca, más aún que su búnker, como una especie de tumba egipcia, en la que intentó sobrevivir a su derrota aguardando entre sus libros, esparcidos por medio mundo, a que alguien o algo volviera a juntarlos. ¿No dice Ryback que la venganza fue lo que impulsó a Hitler a escribir? Hasta ahora, para explicar la relación que el nacionalsocialismo mantuvo con la letra impresa, parecía bastar con la imagen de libros «degenerados» entregados a las llamas por los nazis y con la célebre frase atribuida al mariscal del Reich, Hermann Göring: «Cuando oigo la palabra cultura, desenfundo mi pistola». La minuciosa investigación de Ryback incide en una vertiente mucho menos conocida de esa relación y nos recuerda que los libros –algunos libros– fueron no sólo víctimas del nacionalsocialismo, sino también motivo de inspiración de una gran venganza contra la humanidad.

dimecres, 18 d’agost del 2010

EL REGALO DE FRANCO PARA HITLER. La lista de Franco de 6000 judíos para el Holocausto

Enlace: http://www.upf.edu/materials/fhuma/hcu/docs/t5/art/art162.pdf


REPORTAJE: EL REGALO DE FRANCO PARA HITLER
La lista de Franco para el Holocausto


El régimen franquista ordenó en 1941 a los gobernadores civiles elaborar una lista de los judíos que vivían en España. El censo, que incluía los nombres, datos laborales, ideológicos y personales de 6.000 judíos, fue, presumiblemente, entregado a Himmler. Los nazis lo manejaron en sus planes para la solución final. Cuando la caída de Hitler era ya un hecho, las autoridades franquistas intentaron borrar todos los indicios de su colaboración en el Holocausto. EL PAÍS ha reconstruido esta historia y muestra el documento que prueba la orden antisemita de Franco

JORGE M. REVERTE EL PAÍS 20/06/2010

Al final de la II Guerra Mundial, el régimen de Franco intentó con relativo éxito confundir a la opinión pública mundial con la fábula de que había contribuido a la salvación de miles de judíos del afán exterminador nazi. No solo era falso lo que la propaganda franquista pretendía demostrar. En la España del dictador hubo la tentación de contribuir a acabar con el "problema judío" en Europa.

El Archivo Judaico es una prueba de lo que los falangistas de Serrano Suñer pretendían hacer con los judíos españoles
La directriz alerta de que los sefarditas pueden pasar desapercibidos por su "similitud" con el "temperamento" español
José Finat, que también fue alcalde de Madrid, hizo amistad con Himmler cuando este visitó España en 1940
La paciente labor de un periodista judío, Jacobo Israel Garzón, ha conseguido que aflorara el único documento conocido sobre el asunto, conservado por obra de la casualidad en el Archivo Histórico Nacional, y proveniente del Gobierno Civil de Zaragoza. Lo publicó en la revista Raíces. A partir de ese trabajo, EL PAÍS ha continuado la indagación y ha reconstruido la historia completa de la frustrada colaboración con el Holocausto. Quiénes fueron sus protagonistas y sus cómplices. Una historia que cambia la Historia.

El 13 de mayo de 1941, todos los gobernadores civiles españoles reciben una circular remitida el día 5 por la Dirección General de Seguridad. Se les ordena que envíen a la central informes individuales de "los israelitas nacionales y extranjeros afincados en esa provincia (...) indicando su filiación personal y político-social, medios de vida, actividades comerciales, situación actual, grado de peligrosidad, conceptuación policial". La orden la firma José Finat Escrivá de Romaní, conde de Mayalde, el último día de su permanencia en el cargo, porque va a ser relevado por el coronel Galarza. De ese puesto va a saltar en pocos días al de embajador de la España de Franco en Berlín.

El conde es un personaje refinado y culto, y muy amigo de Ramón Serrano Suñer, el hombre fuerte del régimen [fue ministro de Interior y Asuntos Exteriores], que es quien le va dando los distintos cargos que ostenta. Ha prestado grandes servicios a Serrano y a Franco, como el de organizar a los policías que, en connivencia con el embajador Lequerica y la Gestapo, utilizando a un siniestro policía de apellido Urraca, consiguió traer a Companys y Zugazagoitia a España para sufrir una burla de juicio y ser fusilados.

José Finat hizo buenas migas con Himmler cuando este visitó España en octubre de 1940. Himmler pudo asistir a un espectáculo que le pareció cruel: una corrida de toros en Las Ventas. En esos días, ambos pusieron al día una vieja colaboración firmada por el general Severiano Martínez Anido en 1938. Gracias a ese acuerdo, la policía política alemana goza de status diplomático en España, y puede vigilar a sus anchas a los treinta mil alemanes que viven aquí.

Dentro de poco más de un mes, Finat va a ocupar su cargo de embajador en Berlín. Allí podrá entregar en persona a Himmler sus listas de judíos. Si España entra en la guerra, serán un buen regalo para los nazis. Antes va a tener tiempo suficiente para dar una paliza y emplumar por maricón a un cantante, Miguel de Molina. Le ayudará el falangista Sancho Dávila, primo del fundador del partido fascista.

El objetivo del Archivo Judaico no consiste en defender al régimen de la posible acción subversiva que puedan realizar los refugiados que pasan por España huyendo de la persecución nazi. Esos son conducidos directamente a Portugal para que se marchen a Estados Unidos, o internados en el campo de concentración de Miranda de Ebro hasta que se sepa qué hacer con ellos. De lo que se trata, sobre todo, es de tener controlados a los judíos españoles de origen sefardí:

"Las personas objeto de la medida que le encomiendo han de ser principalmente aquellas de origen español designadas con el nombre de sefardíes, puesto que por su adaptación al ambiente y similitud con nuestro temperamento poseen mayores garantías de ocultar su origen y hasta pasar desapercibidas sin posibilidad alguna de coartar el alcance de fáciles manejos perturbadores".
El trabajo no va a ser fácil por esa capacidad de adaptación que tienen los judíos. Sobre todo en lugares que no sean como Barcelona, Baleares y Marruecos, donde había antes de la guerra "comunidades, sinagogas y colegios especiales", y eso permite una mayor facilidad de localización.
La circular no oculta la urgencia de la acción. Hay que proteger al Nuevo Estado de la posible actuación de estos individuos, que son "peligrosos".

El coronel Valentín Galarza está poniendo patas arriba el ministerio que le ha dejado Serrano Suñer, infestado de falangistas revolucionarios. Pero no va a destrozar toda la obra de su antecesor. El Archivo Judaico se va a seguir completando con carácter de urgencia al principio y con metódica seriedad después.

¿No son acaso los judíos y los masones los enemigos fundamentales del Nuevo Estado?
Cuando haya pasado el tiempo, el Archivo Judaico será ocultado y sistemáticamente destruido, como toda la documentación comprometedora para el régimen franquista en relación con la persecución antisemita realizada en los años cuarenta. Cuando deje de ser urgente tener listas completas de israelitas y haya que justificar la patraña de que el régimen surgido del 18 de julio ayudó en todo lo posible para que se salvaran muchos judíos de la persecución nazi.

En mayo de 1941, cuando se envía la circular, resulta muy significativa la desaparición de las guardias de falangistas de la puerta del Ministerio de la Gobernación. Ya no se trata de que la represión la lleve la Falange por su cuenta, como si fuera un poder autónomo del Estado. Se trata de que el Nuevo Estado asume comportamientos que le identifican con los de la Alemania nazi, pero mediante las instituciones tradicionales, o sea, en este caso, la Policía y la Guardia Civil. Eso sí, "auxiliados por elementos de absoluta garantía".

Esos elementos son falangistas entusiastas de la represión, que hay muchos. Porque continúa en funcionamiento la Delegación Nacional de Información e Investigación, con sedes en muchos municipios españoles. Hay más de tres mil agentes del partido repartidos por toda la geografía nacional, que elaboran sin descanso expedientes sobre sospechosos. En el año anterior han escrito más de ochocientos mil informes y han elaborado fichas sobre más de cinco millones de ciudadanos. Los miembros de las delegaciones hacen informes constantes sobre la situación política en cada lugar, sobre el estado de la opinión pública, y sobre los antecedentes políticos de cualquier ciudadano que aspira a un puesto de trabajo. Y tienen el privilegio de participar en interrogatorios policiales y torturas en comisarías o cuartelillos.

A veces, fuera de las dependencias judiciales. El ricino y las palizas callejeras están a la orden del día.
Con el cambio de destino del conde de Mayalde, los falangistas dejan de ser los que encabezan este tipo de investigaciones, pero están. Siguen estando.

Los investigados para el Archivo Judaico no son gente de especial relevancia. Salvo en algún caso, como el del escritor Samuel Ros, amigo íntimo del revolucionario Dionisio Ridruejo, cuya condición de judío levantará las inquietudes de los funcionarios nazis instalados en España. Se da la circunstancia de que Ridruejo es también muy amigo del conde, con el que va a compartir muchas jornadas en Berlín durante su discontinua presencia en la División Azul, el contingente español que va a marchar a Rusia a luchar contra el comunismo a las órdenes del general Agustín Muñoz Grandes.
Los hombres de Himmler, a los que el conde de Mayalde ha dado el estatus oficial para que se muevan con soltura por el país, reclaman a la Policía española que les dé detalles sobre las actividades de Samuel Ros. Incluso se atreven a protestar porque se le permita escribir en medios oficiales como el diario falangista Arriba.

Otra de las circunstancias llamativas de la circular es que rompe con el antijudaísmo clásico de la católica España. Para la Iglesia, y por tanto para el régimen nacional católico amparado por los cardenales Pla i Deniel y Gomà, un judío deja de serlo si se convierte al catolicismo. Los nazis consideran que se trata de una raza, y el conde de Mayalde expresa claramente su concepción próxima a la de los seguidores de Hitler: los sefardíes, que por "su adaptación al ambiente y su similitud con nuestro temperamento poseen mayores garantías de ocultar su origen". Hay un temperamento español y un origen judío.

La fecha en que se emite la circular tampoco es casual. En España se debate desde hace meses la posibilidad de que el país entre en guerra al lado de Alemania. Y los más furibundos partidarios de esta opción son los falangistas revolucionarios, los nacionalsindicalistas que admiran a Hitler y comprenden su política de liquidación del judaísmo.

En Francia, las autoridades de Vichy han puesto en marcha, sin necesidad de que los ocupantes alemanes se lo pidan, un Estatuto Judío que incluye un censo. Ya hay muchos miles de judíos franceses o apátridas recluidos en campos de concentración en la zona de Vichy y en la zona ocupada. En todos ellos la autoridad le corresponde a la policía francesa. De esos campos saldrán los trenes de la muerte que conducirán a casi todos los judíos franceses al exterminio en Auschwitz.
El más importante está al lado de París, en una localidad llamada Drancy, donde catorce sefardíes españoles han sido recluidos. Un diplomático llamado Bernardo Rolland de Miota, cónsul general en París, intenta, contra las órdenes del embajador Lequerica y del ministro Serrano Súñer, salvarles. No lo consigue, aunque sí puede actuar a favor de otros dos mil que reciben protección de su consulado. Serrano Suñer le hará pagar por su desobediencia destinándole a un oscuro puesto africano. Será declarado por la Fundación Wallenberg "justo entre las naciones", un título al que se harán acreedores otros diplomáticos españoles, como Sebastián de Romero, Eduardo Propper, Julio Palencia, Ángel Sanz Briz o Carmen Schrader.

»LA REUNIÓN DE WANNSEE. A las afueras de Berlín hay un plácido barrio de casas residenciales donde muchos berlineses de posición económica acomodada pasan los fines de semana. Antes para alejarse del estruendo de la gran urbe. Ahora para eludir la incomodidad de las alarmas aéreas. El barrio se llama Wannsee, y está construido a las orillas del lago del mismo nombre.
Allí se solazan y descansan los responsables de la Seguridad del Estado hitleriano. Los jefes de los Eisantzgruppen, estresados, se recuperan del pesado trabajo de matar en masa a tantos judíos, a tantos partisanos y comisarios bolcheviques. Lo hacen en una casa adquirida por la Seguridad del Reich, que dirige un asesino en masa llamado Reinhardt Heydrich.

Heydrich, el virtuoso violinista que, a las órdenes de Himmler, desarrolla la matanza de los judíos, ha hecho balance, y este no es nada bueno. Con gran esfuerzo y un enorme gasto de munición y recursos, se ha conseguido matar solo a un millón de judíos en números redondos, de los más de once que se calcula que están en los territorios del Reich o en las zonas conquistadas. Y lo que no cabe ya, a la vista de la reacción del Ejército soviético, que ha detenido la ofensiva sobre Moscú y Leningrado, es pensar en expulsar a todos los hebreos hasta los montes Urales para que allí se extingan.
Hasta octubre de 1941, se ha conseguido que quinientos treinta y siete mil judíos se marcharan de los territorios del Reich. Unos quinientos mil, de Alemania y Austria; los treinta mil restantes, de Bohemia y Moravia. Pero esta política está realmente acabada, porque trae muchos problemas, en plena guerra, negociar transportes, destinos e itinerarios.

Mientras a los de las repúblicas bálticas se les mata en bosques o se les enrola por la fuerza en destacamentos de trabajo, en Varsovia sigue habiendo un gueto poblado por decenas de millares de judíos polacos que absorben recursos alimenticios, que obligan a dedicar numerosas tropas a controlarles. No es barato liquidar el problema judío. Los responsables de cada área ocupada se las ven y se las desean para cumplir con una orden muy vaga, la de que cada uno se las tiene que arreglar para matar a sus judíos. Pero eso no es fácil. Hans Frank, el gobernador general de Polonia, ha mostrado su desesperación hace pocas semanas: "No podemos fusilar a esos tres millones y medio de judíos, no podemos envenenarles, pero tenemos que ser capaces de dar pasos para encontrar una forma de llegar al éxito en el exterminio".

Es 20 de enero y en el palacio de Wannsee, junto al lago de aguas cristalinas, Heydrich ha reunido a los quince mejores expertos en matanzas porque ha recibido la orden de poner de una vez en marcha la "solución final" de ese problema. Hay que tomarse en serio el asunto, y ordenar los métodos, convertir el empeño en un sistema industrial eficiente en resultados concretos y en términos de economía. Y la consigna debe carecer de elementos que permitan la duda. A partir de ahora está claro que lo que procede es matar a todos, absolutamente todos, los judíos que se encuentran en territorios del Reich o en zonas conquistadas. No solo en esas áreas, sino también en el resto de Europa. Porque quedan muchos judíos en países rendidos o aliados. En casi ninguno de ellos se va a encontrar ningún problema para aplicar la solución. Sí en Italia, que es un aliado dubitativo en este asunto, pero no hay quejas sobre la actitud de Francia.

Hitler ha hecho hincapié varias veces en su "profecía" de que, si se produjera una nueva guerra mundial, los judíos desaparecerían de la faz de la tierra. Ahora ya no puede haber vacilaciones. Ya hay una guerra mundial desde que Estados Unidos se han enrolado en ella. Dentro de diez días, en un sitio público, el Sportpalas de Berlín, el Führer va a insistir en ello: "Esta guerra no tendrá un final como imaginan los judíos, con el exterminio de los pueblos arios de Europa, sino que el resultado de esta guerra será la aniquilación de la judería. Por primera vez, la antigua ley judía será aplicada ahora: ojo por ojo y diente por diente".

No hay constancia documental de que en Wannsee se hable de España. Se hace notar, simplemente, que allí hay seis mil judíos. Pero su destino está claro, para cuando se pueda atender la relación con este país. Lo seis mil están censados por algún organismo del Gobierno, que ha pasado nota a los representantes alemanes en la Embajada de Madrid. El censo que inició el 5 de mayo de 1941 José Finat, conde de Mayalde, ahora embajador en Berlín. Están todos localizados.

Una compleja serie de razones impedirá que España entre en la guerra al lado de Alemania. Eso evitará que los nombres incluidos en el Archivo Judaico pasen a formar parte de los listados de Auschwitz.

A finales de 1945, los archivos de los ministerios de Gobernación y de Asuntos Exteriores serán expurgados para que no quede nada que demuestre que la mayor actitud de piedad de Franco hacia los judíos fue dejar pasar a algunos, o soportar en ocasiones la acción individual de los pocos diplomáticos que se la jugaron por salvar vidas humanas.

El Archivo Judaico habría sido un hermoso regalo para Hitler. Su conservación, una repugnante prueba de lo que los falangistas de Ramón Serrano Suñer pretendían hacer con los judíos españoles.
El cinismo franquista llegó al extremo cuando tuvo que negociar con los aliados vencedores en la guerra la liquidación de las deudas con Alemania. La delegación española se atrevió, ante el escándalo de los representantes aliados, a pedir compensación por los daños patrimoniales causados por los nazis a los sefardíes de Tesalónica. El representante inglés McCombe tuvo que recordar en la reunión que España jamás había protestado por la persecución nazi contra sus compatriotas.