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dimarts, 8 de gener del 2013

Napoleón y los laureles de la victoria

Con motivo del fallecimiento de Norman Schwarzkopf

Fuente: La Vanguardia, 29 de diciembre de 2012

Norman Schwarzkopf, como el general sudista Robert E. Lee y otros muchos militares desde el siglo XIX hasta nuestros días, era un devoto de Napoleón. No en balde se graduó en West Point, en cuyos planes de estudios actuales hay un semestre dedicado al “arte de la guerra” (sic) con dos conferencias sobre la guerra de la Independencia, once sobre la de Secesión y ¡once semanas lectivas consagradas a Napoleón! Donald Howard, titular de la cátedra de estudios napoleónicos de la Universidad de Florida, asegura que el comandante de las fuerzas estadounidenses en la guerra del Golfo “se inspiró en la campaña de Napoleón de 1805 que concluyó con la victoria de Austerlitz”: también son legión los historiadores de todo el mundo subyugados por el emperador francés, con frecuencia calificado como “el más brillante estratega de todos los tiempos”. Sobrecoge pensar en las consecuencias de esta pasión ilimitada por alguien que instauró la idea de la ofensiva a ultranza y de la victoria a no importa qué precio.

Bonapartista a machamartillo, el mariscal Ferdinand Foch, comandante de las tropas aliadas en la Primera Guerra Mundial, defendía que “en la punta de las bayonetas enemigas ondean los laureles de la victoria: vayamos allí a cosecharlos”. Nunca sabremos cuánta sangre ha regado estas palabras, pero sí sabemos que Napoleón, el admirado dios de la guerra, “convirtió Francia en un país de viudas y huérfanos”, como dijo Chateaubriand, y que en su nombre (como más tarde en el de Sadam y sus “armas de destrucción masiva”) se han hecho barbaridades. Y, pese a ello, la leyenda crece, alimentada con datos falseados por el propio Napoleón, hábil propagandista de sí mismo.

Tiene mucho mérito que militares franceses contemporáneos, como el almirante Rémi Monaque, osen romper filas y cuestionar el mito, aunque sea tibiamente. Después de todo, la “brillante” estrategia de Austerlitz fue idéntica a la que el emperador aplicó en 1815 en Waterloo, donde fue derrotado sin paliativos por una coalición angloprusiana. Perdió el general, sí, pero no el personaje, al que un discípulo resucitó al cabo de 176 años en las arenas de Kuwait.

dimarts, 1 de febrer del 2011

Batalla de Waterloo






FUENTE: http://www.artehistoria.jcyl.es/historia/batallas/batalla9.htm


La cruda derrota sufrida por los ejércitos napoleónicos en las estepas rusas en 1814, provocó la abdicación del otrora dueño de la Europa Occidental y suconfinamiento en la isla de Elba


Cuatro meses más tarde escapó de su exilio y regresó a París; en consecuencia, los antiguos aliados -Rusia, Austria, Prusia y Gran Bretaña-, volvieron a reunirse para intentar derrotarlo.


En la primavera de 1815, Napoleón dirigió sus miras hacia Bruselas, disponiendo un ejército de 124.000 hombres. Su propósito era dividir a las tropas aliadas, para lo que atravesó el río Sambre por Charleroi y se dirigió hacia Bruselas.


Enfrente se encontraban las tropas de los aliados, dirigidas porWellington y Blücher, con un total de 196.000 hombres. El general prusiano se dirigió entonces hacia Ligny, mientras Wellington esperó a Napoleón atrincherado en Mont-Saint-Jean para impedir su entrada en Bruselas. 


El Emperador francés, por su parte, decidió también dividir su ejército, destacando 63.000 hombres que marcharon con él contra Blücher y ordenando a su general Ney que se dirigiera hacia Bruselas. 


Tras expulsar a los prusianos de Ligny, éstos se replegaron hacia Wavre. Napoleón decidió entonces erróneamente destacar 30.000 hombres en su persecución, lo que debilitó sus fuerzas, y marchar contra Wellington. 


La gran batalla se planteó, pues, en Mont-Saint-Jean, muy cerca de Waterloo.Para preparar la defensa, los aliados anglo-holandeses destacaron 15.000 hombres en Halle y fortificaron algunos puntos estratégicos, como el castillo de Hougomount y la granja de La Haye-Sainte, para debilitar el avance francés. 


Por su parte, Napoleón, atrincherado tras su flanco derecho, situó a su artillería en primera línea para desgastar las posiciones enemigas y envió un ataque sobre las posiciones fortificadas, esperando con ello atraer algunos efectivos del centro aliado. 


Sin embargo, Wellington, conocedor de la táctica del Emperador, apenas reforzó el sitio de Hougomount, manteniendo el orden de sus posiciones.


Cuando comenzaron las descargas de la artillería, por el este apareció una avanzadilla de las tropas prusianas, lo que obligó a Napoleón a desplazar un cuerpo de la reserva para contenerlos.


Para protegerse de la artillería francesa, Wellington ordenó a sus hombres echarse cuerpo a tierra y protegerse tras las lomas del terreno, lo que hizo creer a los franceses que se trataba de un repliegue. Al creer que se retiraban, 5.000 jinetes franceses comenzaron la carga sin ayuda de infantería ni artillería. 


Entonces la infantería inglesa se dispuso en cuadros con tres filas de bayonetas, que rechazaron fácilmente el ataque francés y obligó a la caballería a huir en desbandada.A la caída de la tarde, la situación francesa comenzaba a ser desesperada. 


Napoleón ordenó un ataque entre Hougoumont y La-Haye-Sainte, en el flanco derecho del centro británico. 


El intento fue vano, fracasando la última esperanza de Napoleón de romper las líneas aliadas. La infantería francesa fue aniquilada, mientras que la Guardia y la caballería hubieron de replegarse.


El fracaso de Waterloo significó el ocaso del Imperio napoleónico y la configuración de un nuevo mapa europeo. Así, del Congreso de Viena de 1815 surge una Europa dominada por cinco grandes potencias:Francia, Gran Bretaña, Rusia, Austria y Prusia


A partir de ese mismo año, y bajo el influjo de las ideas de Metternich, se crea la Confederación Alemana, que integra al Imperio austriaco y a los reinos de Prusia, Baviera, Wurttemberg, Sajonia y Hannover.

dilluns, 31 de gener del 2011

Europa y el Imperio Napoleónico

L




La reanudación de la guerra era esperada por Napoleón, pues comprendía que mientras que no abatiese completamente el poderío de Gran Bretaña no podría llevar a cabo sus planes continentales ni sus proyectos coloniales y comerciales. Durante el año 1803-1804 estuvo preparando una flota para llevar a cabo una invasión de Inglaterra. El único almirante francés de prestigio era Latouche-Tréville, quien había declarado que "si dominamos los estrechos durante seis horas, dominaremos el mundo". Pero Latouche-Tréville murió cuando se realizaban estos preparativos y el proyecto tuvo que retrasarse. 


Cuando a finales de 1804, España entró en la guerra como aliada de Francia, ésta se sintió reforzada por el prestigio y la larga experiencia en el océano de la flota española. El almirante Villeneuve, nuevo comandante de la flota de Tolón, recibió órdenes de zarpar hacia las Antillas para atraer hacia aquellas aguas a la armada inglesa del almirante Nelson y poder así realizar la operación del desembarco en las indefensas costas inglesas. La primera parte del plan fue bien ejecutada. Villeneuve zarpó de Tolón el 30 de marzo de 1805 y Nelson le siguió, aunque no alcanzó las Indias Occidentales hasta el 4 de junio. 


Entretanto Rusia e Inglaterra habían firmado el tratado de San Petersburgo, mediante el que ambas naciones se comprometían a restablecer el equilibrio europeo frente a la actitud expansionista del emperador. El 9 de agosto se incorporó Austria a esta Tercera Coalición y poco después lo haría Suecia. Prusia se mantuvo de momento al margen con la esperanza de que los franceses devolverían Hannover como recompensa por la neutralidad de Berlín.Inglaterra iba a ser la primera beneficiada de esta nueva alianza europea, pues Napoleón se vio obligado a desistir de sus planes de ataque a Gran Bretaña para dirigir sus esfuerzos hacia el Este. La flota de Villeneuve recibió órdenes de regresar y se dirigió hacia Cádiz, donde fue bloqueada por el almirante Nelson. 


El 20 de octubre, la flota franco-española compuesta por 33 navíos intentó ganar el Mediterráneo pero fue alcanzada a la altura de Trafalgar por la escuadra británica compuesta por 27 unidades, incluido su buque insignia Victory. La superioridad de Villeneuve se vio contrarrestada por su impericia en las difíciles aguas del cabo de Trafalgar y su falta de destreza para maniobrar con los fuertes vientos de levante de aquella zona. Nelson, con mayor arrojo y audacia, consiguió hundir a 18 navíos enemigos e inutilizar a los 15 restantes. El precio que Inglaterra tuvo que pagar por la rotunda victoria de Trafalgar fue la muerte del propio almirante Horacio Nelson, que fue abatido por un disparo cuando se hallaba dirigiendo la batalla en el alcázar de su nave. Si Trafalgar ponía de manifiesto la superioridad inglesa en los mares, en el continente, Napoleón daba al mismo tiempo claras señales de su incontestable poderío terrestre. 


Casi simultáneamente a aquella batalla marítima, los ejércitos franceses asestaban el primer golpe a la coalición, cercando y obligando a rendirse en Ulm a un ejército austriaco de 50.000 hombres al mando del general Mack. En realidad, Austria se hallaba agotada financieramente y no había mostrado un gran entusiasmo por unirse a la Tercera Coalición. Aunque había perdido Bélgica y las provincias italianas en los tratados de Campo Formio y Lunéville, se conformaba con mantener las posesiones de los Habsburgo y su influencia en el sur de Alemania. Además, le preocupaba la actitud del joven zar Alejandro con sus ansias expansionistas. Sin embargo, no tuvo más remedio que unirse a la alianza contra Napoleón ante las pretensiones del emperador en Italia y en Baviera. 


En noviembre de 1805 las tropas francesas, avanzando desde Ulm por la cuenca del Danubio, entraron en Viena y siguieron avanzando hasta Moravia para enfrentarse a las fuerzas rusas que llegaban para secundar la resistencia austriaca. El 2 de diciembre, aniversario de su coronación como emperador, Napoleón a la cabeza de su ejército se enfrentó a sus enemigos en Austerlitz. El ejército francés, que estaba formado por 68.000 soldados, se estableció ante Brünn, al oeste del barranco de Goldbach, en un lugar lleno de lagunas. Enfrente, el ejército austro-ruso, formado por 90.000 hombres, que se había situado en la meseta de Pratzen, delante de Austerlitz. La intención de los aliados era la de desbordar el ala derecha de los franceses para cortarles la comunicación con Viena. Pero Napoleón, una vez iniciado el movimiento, lanzó al grueso de su ejército encabezado por Soult hacia el centro de las posiciones enemigas. La caballería francesa consiguió romper el frente y presionar hacia Austerlitz. Al mismo tiempo, Soult se desvió hacia la derecha para alcanzar a las últimas unidades de las tropas austro-rusas que habían avanzado primero. Cogidas por la cabeza y por la cola, estas tropas trataron de huir a través de las lagunas heladas, pero allí fueron diezmadas por la artillería francesa. Al final de la batalla de Austerlitz los austro-rusos habían perdido 20.000 soldados entre muertos y heridos y habían dejado 20.00 prisioneros. Los franceses, por su parte, habían tenido 8.000 bajas. 


Austria no tuvo más remedio que avenirse a la firma del tratado de Presburgo (26 de diciembre de 1805), en virtud del cual renunciaba a Venecia y a toda influencia en el sur de Alemania. Desde Viena, Napoleón proclamó también el destronamiento de los Borbones de Nápoles por haber participado en la coalición, y el nombramiento de su hermano José como nuevo monarca.Federico Guillermo III de Prusia, que mantenía una actitud dubitativa, pactó con Napoleón la cesión de los territorios germanos más occidentales y de Neuchátel en Suiza, a cambio de la ocupación de Hannover. Sin embargo, la agresiva política de Napoleón en Alemania, fundando la confederación del Rin en la que entraban Baviera, Württemberg, Badem, Berg y otros pequeños estados y declarándose su protector el 16 de julio de 1806, le hizo comprender el peligro de la expansión napoleónica. 


Prusia envió un ultimátum a Francia en octubre para que retirara sus tropas al otro lado del Rin. Pero Napoleón respondió situando a 160.000 hombres al norte de Baviera. El ejército prusiano, que aún conservaba la fama que le había proporcionado Federico el Grande, no había evolucionado y era lento de movimientos. Nada pudo hacer frente a la formidable maquinaria bélica de Napoleón, al que bastó una campaña de tres semanas para acabar finalmente con su enemigo en Jena y Auerstaedt el 14 de octubre. El 27 de ese mismo mes entraba en Berlín y Federico Guillermo se vio obligado a refugiarse en la Prusia Oriental.La derrota de Prusia dejaba a Napoleón frente a Rusia. 


Se adentró en las extensas llanuras de la Europa del Este y en Eylau tuvo que enfrentarse a un ejército ruso apoyado por contingentes prusianos. Por primera vez iba a experimentar el ejército francés la dureza de una campaña en el rigor del invierno en la Europa septentrional. La batalla de Eylau, el 8 de febrero de 1807, causó 45.000 bajas en total y no se solventó con un resultado decisivo. Tras unos meses de recuperación y reorganización, Napoleón tomó el puerto de Dantzig, de una gran importancia estratégica para el comercio inglés, y venció a los rusos en Friedland el 14 de junio. El zar Alejandro, que no se mostraba muy confiado en la ayuda de su aliada Inglaterra, pidió la paz en una famosa reunión que ambos mandatarios celebraron a bordo de una balsa sobre el río Niemen. El día 7 de julio se firmó en Tilsit el tratado con Rusia y dos días más tarde con Prusia. 


Ésta era la que salía peor parada, pues además de verse obligada a reducir su ejército, perdía los territorios que había arrebatado a Polonia desde 1772 y aquellos otros que estaban situados a la orilla izquierda del Elba. En total, perdía prácticamente la mitad de su población y se veía obligada a aceptar la presencia en su suelo de las tropas francesas. Finalmente, Federico Guillermo tuvo que reconocer a los hermanos de Napoleón, José, Luis y Jerónimo, como reyes de Nápoles, Holanda y Westfalia, respectivamente. Como señala Franklin L. Ford, el antiguo sistema de repúblicas satélites estaba dando paso a un complejo dinástico.Rusia, por su parte, no registró excesivas pérdidas, pero a cambio prometía mediar con Inglaterra para que firmase la paz, y si no lo hacía el zar Alejandro colaboraría con Napoleón para obligarla a ello. En realidad, lo que salió de la paz de Tilsit fue un reparto de las zonas de influencia en Europa de los dos emperadores. Rusia, que se adhería al sistema de bloqueo continental impuesto a Inglaterra, tendría libertad de acción al este del Vístula y Napoleón al oeste.
Soldados napoleónicos en la batalla de las Pirámides Entrada de Napoleón en Egipto, por el taller de J. Chéreau Mesa de los mariscales o de Austerlitz Batalla de Austerlitz, por Epinal Bonaparte cruzando San Bernardo Napoleón en la batalla de Rívoli, detalle de pintura de H. Philippoteaux

Waterloo (película de Sergeï Bondarchuk, 1970)




Videos tu.tv

NAPOLEON la leyenda documental


diumenge, 26 de setembre del 2010

El poder según Bertrand Russell

Fuente:http://video.google.com/videoplay?docid=1629560259258489874&hl=ca

ABCD,26 DE SEPTIEMBRE DE 2010 - NÚMERO: 964

Manuel Lucena




Puestos a soportar las banalidades del grafómano Noam Chomsky o las reapariciones de Fidel Castro, resulta reconfortante recordar que el llamado «pensamiento crítico» ha contado en Occidente con una acreditada trayectoria, de la que hay tanto que aprender. Es dudoso que algunos políticos lean algo más que encuestas, pero si se arriesgaran a encontrarse con un libro podrían hallar volúmenes como El poder, de Bertrand Russell, en otros tiempos referente inexcusable para contiendas pacifistas, antinucleares o feministas.

 Editado en 1938, surgió como una contribución en el debate sobre los totalitarismos, en el cual contaba con una opinión temprana y cualificada. Russell conoció a Lenin en 1920 y lo acusó de ser «un fanático religioso, frío y poseído por un desamor a la libertad». En décadas posteriores, cuando tantos miraban con reverencia al padrecito Stalin, criticó la brutalidad del «evangelio de venganza proletaria». Diáfano e incisivo, sus orígenes aristocráticos y una trayectoria como filósofo y político que le llevó desde la Universidad de Cambridge a la LSE de Londres y a la Universidad de California, así como una escritura diáfana e incisiva, que se vio recompensada con el Nobel de Literatura en 1950, explican que sus ideas resulten de tanta actualidad. En este libro propone un análisis de las pulsiones sociales constructoras del poder sacerdotal, real, revolucionario, económico y mediático. Considera que «el amor al poder es la causa de las actividades que importan en los asuntos sociales» y la riqueza es subsidiaria de este impulso primordial. Lejos de las rigideces del pensamiento continental, se encomienda al más saludable empirismo. Esta actitud le acerca a una valoración de la experiencia individual que al lector y ciudadano de hoy, harto de la tiranía impuesta por las abstracciones ilustradas francesas -«el pueblo», «la solidaridad», «la soberanía»-, sólo puede reconfortarle: «En nuestros días es común considerar el poder económico como la fuente de que se derivan todas las clases de poder. Esto, puedo afirmarlo, es un error tan grande».

Doctrinas fanáticas

Llevado por el deseo de «hacer el presente y el probable futuro próximo más inteligible», Russell alcanzó la categoría del visionario. Si el capítulo «Caudillos y secuaces» alude al populismo, el dedicado al poder revolucionario se ocupa de «doctrinas fanáticas que dominan mediante el terror». A continuación, se ocupa del peso de la opinión: «A la larga, los que poseen el poder se hacen notoriamente indiferentes a los intereses del hombre común». En «La doma del poder», Bertrand Russell concluye: «Es posible pretender que los gobiernos no sean tan terribles». Lejos del buenismo, defiende la democracia, y la limitación de las libertades, si resulta necesaria para proteger a la mayoría que respeta la ley y paga sus impuestos. A tal fin, la educación es determinante: «Para que la democracia sea practicable, la población debe estar libre de odios y también de temor a la subordinación. Así como enseñamos a los niños el modo de evitar que sean atropellados por los automóviles, debemos enseñarles el modo de evitar que sean destruidos por los fanáticos». Manuel Lucena Giraldo


FRAGMENTO:




Algunos de los más hábiles caudillos conocidos en la Historia han surgido en situaciones revolucionarias. Consideremos por un momento las cualidades que dieron el éxito a Cromwell, a Napoleón y a Lenin. Los tres dominaron a sus respectivos países en tiempos difíciles y se aseguraron el servicio voluntario de hombres capaces que no eran sumisos por naturaleza. Los tres tuvieron un valor y una confianza en sí mismos ilimitados, combinados con lo que sus colegas consideraban como un juicio seguro en los momentos difíciles. Sin embargo, de los tres, Cromwell y Lenin pertenecían a un tipo y Napoleón a otro. 


Cromwell y Lenin eran hombres de profunda fe religiosa que se creían los ministros designados para una empresa extrahumana. Por lo tanto, su deseo de poder les parecía indudablemente justo y se preocupaban muy poco de las recompensas que el poder trae consigo -como el lujo y la comodidad-, que no pueden armonizarse con su identificación con el objetivo cósmico. Esto es verdad especialmente de Lenin, pues Cromwell, en sus últimos años, tenía conciencia de haber caído en pecado. Sin embargo, en los dos casos es la combinación de la fe con una gran capacidad lo que les dio valor y les permitió inspirar a sus seguidores la confianza en su dirección. Napoleón, en oposición a Cromwell y a Lenin, es el ejemplo supremo del soldado de fortuna. La Revolución le ayudó, puesto que le dio la oportunidad de ascender, pero por otra parte le era indiferente. Aunque satisfizo el patriotismo francés y dependió de él, Francia, como la Revolución, fue para él solamente una oportunidad; inclusive en su juventud había jugado con la idea de luchar por Córcega contra Francia. Su éxito se debió no tanto a cualidades excepcionales de carácter como a su habilidad técnica en la guerra: cuando otros hombres hubieran sido derrotados él salía victorioso. En los momentos críticos, como en el 18 de Brumario y en Marengo, dependió de otros para el éxito; pero tenía dones espectaculares que le capacitaban para apropiarse de lo que realizaban sus ayudantes. El ejército francés estaba lleno de jóvenes ambiciosos; fue su talento y no su psicología lo que dio a Napoleón el éxito cuando otros fracasaban. Su fe en su buena estrella, que finalmente le llevó a la caída, era efecto de sus victorias, no su causa. Viniendo a nuestros días, Hitler puede ser clasificado, psicológicamente, con Cromwell y Lenin, así como Mussolini con Napoleón. [...] 


Hay varias maneras de clasificar las formas del poder, cada una de las cuales tiene su utilidad. En primer lugar está el poder sobre los seres humanos y el poder sobre la materia muerta o las formas no humanas de la vida. Me referiré principalmente al poder sobre los seres humanos, pero será necesario recordar que la principal causa de cambio en el mundo moderno es el creciente poder sobre la materia que debemos a la ciencia. El poder sobre los seres humanos puede ser clasificado por la manera de influir en los individuos o por el tipo de organización que implica. Un individuo puede ser influido: a) por el poder físico directo sobre su cuerpo, por ejemplo, cuando es encarcelado o muerto; b) por las recompensas y los castigos utilizados como alicientes, por ejemplo, dando o retirando empleos; c) por la influencia en la opinión, por ejemplo, la propaganda en su sentido más amplio. En este último punto podría incluir la oportunidad para crear en otros los hábitos deseados, por ejemplo, mediante los ejercicios militares. La única diferencia es que en semejantes casos la acción se produce sin un intermediario mental que pueda llamarse opinión. Esas formas de poder se manifiestan más desnuda y simplemente en nuestras relaciones con los animales, en las que no se consideran necesarios los disfraces y los pretextos. Cuando un cerdo con una cuerda alrededor del lomo es alzado a la bodega de un barco a pesar de sus gruñidos, está sujeto a un poder físico directo sobre su cuerpo. Por otro lado, cuando el proverbial asno sigue a la proverbial zanahoria, le inducimos a actuar como queremos persuadiéndole de que está en su interés hacerlo. Intermediario entre estos dos casos es el de los animales amaestrados, cuyos hábitos han sido formados mediante castigos y recompensas. También, aunque algo diferente, es el caso del rebaño inducido a embarcarse en un buque cuando la oveja que va a la cabeza es obligada a entrar por la fuerza y todas las demás la siguen voluntariamente. Todas estas formas de poder tienen ejemplos entre los seres humanos. El caso del cerdo ilustra el poder militar y policial. El asno con la zanahoria tipifica el poder de la propaganda. Los animales amaestrados muestran el poder de la «educación». 


El rebaño que sigue a su forzado conductor representa a los partidos políticos siempre que, como es usual, el caudillo reverenciado es esclavo de una camarilla de cabecillas del partido. Apliquemos estas analogías esópicas a la ascensión de Hitler. La zanahoria era el programa nacionalsocialista (que implicaba, por ejemplo, la abolición de los intereses); el asno era la clase media inferior. El rebaño y su caudillo eran los socialdemócratas e Hindenburg. Los cerdos (solamente en lo que se refiere a sus desdichas) son las víctimas reunidas en los campos de concentración, y los animales amaestrados son los millones de hombres que hacen el saludo nacionalsocialista. Las organizaciones más importantes se pueden distinguir aproximadamente por la clase de poder que ejercen. El ejército y la policía ejercen el poder coercitivo sobre el cuerpo; las organizaciones económicas utilizan las recompensas y los castigos como incentivos y amenazas; las escuelas, las iglesias y los partidos políticos persiguen una opinión influyente. Pero estas distinciones no son muy claras puesto que cada organización utiliza otras formas de poder además de aquella que le es más característica.

dimecres, 10 de febrer del 2010

Heroínas y patriotas. Mujeres de 1808

Fuente:http://www.catedra.com/cgigeneral/newFichaProducto.pl?obrcod=1835365&id_sello_editorial_web=01#


Irene Castells (Autor/a), Gloria Espigado (Autor/a) y María Cruz Romeo (Autor/a) Colección: Historia. Serie menor
 
13,5 x 21 cm.
488 Páginas
Rústica Hilo
I.S.B.N.: 978-84-376-2575-1
Código: 171089
19,23IVA no incluido
20,00IVA incluido
Mayo 2009

La guerra que afectó a España y a Portugal a principios del siglo XIX se inserta en un ciclo de grandes transformaciones para el mundo occidental, pergeñadas en la Europa enciclopedista y reveladas políticamente en la Revolución francesa de 1789 a la que sucede el orden napoleónico. Siendo un periodo de atención preferente por parte de la disciplina histórica, se ha relegado sistemáticamente, empero, la experiencia femenina como escasamente significativa para la explicación de este proceso. Sin exaltaciones, el presente libro constituye una indagación sobre algunas mujeres implicadas en la guerra que asoló la Península ibérica en 1807-1808, sobre sus modalidades de participación y sobre los significados y leyendas que en torno a ellas se fueron elaborando ya entonces. La materia de este libro es también la trama de representaciones del pasado que a lo largo de doscientos años han ensalzado interesadamente ciertos comportamientos femeninos, al tiempo que silenciaban otros, y han creado verdaderos iconos míticos, trasunto de la nación española.

Capítulo 1. Heroínas para la patria, madres para la nación: mujeres en pie de guerra.. 

Parte primera. Heroínas.. 

Capítulo 2. Mujeres en la campaña de Andalucía: María Bellido y la batalla de Bailén; 

Capítulo 3. Las mujeres en la Guerra de la Independencia en Galicia. Una historia de omisión y anonimato; 

Capítulo 4. Las mujeres en los sitios de Girona: la «Compañía de Santa Bárbara»; 

Capítulo 5. «¿Por qué me habéis hecho soldado, si no podía dejar de ser mujer?» El mito de Agustina de Aragón en su primera recreación cinematográfica; 

Capítulo 6. Manuela Malasaña. De joven costurera a mito madrileño; Capítulo 7. Espionaje y represión en la Serranía de Ronda. María García, «la Tinajera», un ejemplo de coraje ante los franceses; 

Capítulo 8. Agustina, la dama del cañón: el topos de la heroína fálica y el invento del patriotismo.. 

Parte segunda. Patriotas.. 

Capítulo 9. Entre la tertulia y la imprenta, la palabra encendida de una patriota andaluza, Frasquita Larrea (1775-1838)

Capítulo 10. Isabel de Roxas e Lemos, la «Reina Pamplona»

Capítulo 11. La marquesa de Villafranca y la Junta de Damas de Fernando VII; 

Capítulo 12. Afrancesadas y patriotas: la Junta de Honor y Mérito de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País; 

Capítulo 13. Emilia Duguermeur de Lacy, un liderazgo femenino en el liberalismo español; 

Capítulo 14. María del Carmen Silva, la Robespierre española: una heroína y periodista en la Guerra de la Independencia María del Carmen Silva en los periódicos y folletos gaditanos de la Guerra de la Independencia.A modo de conclusión. Bibliografía.. 

Capítulo 15. Condesa de Ega, la citoyenne aristócrata.. Mujeres de la época.. 

Bibliografía general.. Colaboradores.. Índice onomástico.

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Hazañas de mujer en 1808

15 investigadores homenajean en un libro a las heroínas y patriotas de la Guerra de la Independencia


PEDRO ESPINOSA - Cádiz -EL PAÍS  08/06/2009

Las conciencias que se levantaron en 1808, al estallar la Guerra de la Independencia, también fueron femeninas. Los brazos y piernas que se movieron en las batallas también fueron de mujeres. Pocas dispararon los cañones pero su labor también fue crucial. Sus palabras valieron para la causa aunque durante muchos años hayan sido silenciadas. Un libro, editado por Cátedra, Heroínas y patriotas. Mujeres de 1808, repasa el papel clave que muchas mujeres tuvieron en los primeros cruciales años del siglo XIX a través del exhaustivo trabajo de 15 investigadores que han rescatado personajes conocidos por sus nombres pero escasamente por su actuación.

Pocas dispararon cañones, pero sus labores y palabras resultaron cruciales

"Los conflictos como las guerras afectan a toda la población y no se puede olvidar a la mitad", explica Marieta Cantos, profesora de la Universidad de Cádiz y una de las que firma este trabajo. Su estudio se centra en la figura de una patriota andaluza, Francisca Larrea. Esta gaditana se hizo conocida con sus famosas tertulias, las tertulias de Doña Frasquita. "El patriotismo femenino de Frasquita debe insertarse en la línea de actuación de esas otras mujeres que intentaban abrirse un hueco en el ámbito político", escribe la investigadora. Su trabajo ha permitido conocer nuevos datos sobre su vida y recuperar algunos de sus escritos. "En hospitales, y rara vez en el frente, en las reuniones y tertulias, pero también a título individual en la prensa y en proclamas, las mujeres en España trataron de hacer oír su voz, aunque para ello tuvieran que contentarse con hacerse respetar presentándose revestidas de la sagrada misión de madres y esposas".

El libro, coordinado por Irene Castells, Gloria Espigado y María Cruz Romeo, recuenta las heroínas de guerra pero trata de desmontar los tópicos creados en torno a figuras como la de Agustina Aragón. "Ella fue utilizada como un símbolo porque disparó el cañón pero hay otras muchas mujeres que realizaron su aportación", detalla Gloria Espigado, quien repasa la figura de la marquesa de Villafranca y la Junta de Damas de Fernando VII, una sociedad al servicio del interés de la nación para recabar recursos para vestir y pertrechar a los soldados combatientes.

La investigación no tiene fines biográficos, sino que busca mostrar la variedad de fórmulas con las que las mujeres se hicieron activas durante la guerra y los años posteriores. También se cuenta la labor de las afrancesadas, incluidas en el lote de patriotas porque, a su forma, también defendían una forma de ver su país. Entre las heroínas sobresalen María Bellido en la batalla de Bailén, las mujeres de Galicia, la compañía de Santa Bárbara de Girona, Agustina de Aragón, Manuel Malasaña o el relato del espionaje y represión en la serranía de Ronda a través de María Gracia, la Tinajera.

Pero la recopilación, cargada de hazañas a lo grande dotadas de simbolismo y de pequeñas acciones de enormes resultados, es también un relato de decepciones. La profesora Marieta Cantos, recuerda: "La guerra para ellas fue una coyuntura pero cuando todo pasó tuvieron que dar un paso atrás en los logros que habían conseguido. Se quedaron sin apoyos".

El libro llega en plena celebración del bicentenario de la guerra. También de la Constitución de 1812. El protagonismo de una mitad de la población española fue hurtado por momentos pero ahora se recupera en este trabajo de investigación. Papeles cruciales de aquéllas que llevaron agua, organizaron tertulias, montaron asociaciones o deshilacharon sábanas para curar las heridas de una guerra que enmudeció sus voces entre la fiereza de los cañones.

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Diario de Cádiz

http://cadiz2012.universia.es/prensa/09_06_22.pdf

Mujeres entre el cañón y la pluma en la Guerra de la Independencia

Cátedra publica 'Heroínas y patriotas. Mujeres de 1808': un repaso por el papel que jugó el género femenino durante la invasión napoleónica · En el estudio participan tres historiadoras de la UCA

Redacción / Diario de Cádiz | Actualizado 22.06.2009 - 10:01
 
 
Frasquita Larrea disfrutó de una excelente formación y creía en la igualdad intelectual entre géneros.
 
La Guerra de Independencia llamó a la mujer a dos frentes casi por igual desconocidos: el del cañón y el de la pluma. La circunstancia tiene lógica si pensamos en términos de pauta, de orden y desorden: la guerra como paréntesis en lo cotidiano.

"La guerra siempre es una coartada para que las mujeres puedan manifestarse -apunta al respecto la historiadora Marieta Cantos Casenave-. Lo sabíamos ya por las dos Guerras Mundiales, y ahora se está empezando a escarbar en otras guerras, como la de Secesión o las invasiones napoleónicas... y lo mismo va a ocurrir en Iberoamérica con las guerras de Independencia. Fernán Caballero, por ejemplo, una autora que se decidió a firmar con seudónimo (mientras que durante los años de resistencia hubo mujeres que firmaron como tales) es un ejemplo de que cuando la guerra acaba, todo vuelve a su cauce".

El libro Heroínas y patriotas. Mujeres de 1808 (Cátedra) repasa algunos de los nombres femeninos que destacaron en el conflicto de hace dos siglos. De los quince perfiles, tres están realizados por investigadoras de la UCA: Gloria Espigado, Beatriz Sánchez Hita y Marieta Cantos Casenave. Es curioso observar cómo la clase social dibujaba una línea de separación entre mujeres de armas y mujeres de letras: las guerrilleras formaban parte del pueblo llano y las aristócratas buscaban hacerse fuertes a través de distintas formas de asociacionismo. "Ya tenían una cultura previa de reunirse entre ellas, cosa que no ocurría entre las mujeres del pueblo", explica Cantos Casenave.

"El nivel de alfabetización estaba marcado por la clase -continúa Gloria Espigado-. El primer grupo, el de las guerrilleras, lo forman las mujeres de estratos sociales más bajos que, por un motivo u otro, estaban cerca del frente o de los sitios: el conflicto se movía muy cerca de su hogar y veían que no tenían más remedio que comportarse con valentía: organizaban los hospitales de sangre, retiraban a los heridos, hacían las comidas... de esa segunda línea es fácil que saltaran a la primera y adquirieran protagonismo".

"Estas heroínas de las que conocemos nombres y apellidos -prosigue- están al principio de la contienda, y son enaltecidas por generales como Palafox. Son figuras que provocan por un lado el rechazo, porque se virilizan, pero por otro es enorme su valor propagandístico: actúan como testimonio, como elemento movilizador. Ronald Fraser apunta que el icono de la mujer valerosa venía a decir: si hasta ellas luchan, vosotros no podéis ser cobardes. De hecho, conforme avanza la contienda, y van cumpliendo su papel, este tipo de mujeres tienden a hacerse más anónimas, y hablamos ya de grupos de mujeres, en general, en Galicia o Valencia".

En un contexto en el que la condición de mujer y ciudadanía ni siquiera llegó a discutirse en Cortes, la libertad de imprenta supuso una pica en Flandes. "Todos entienden que la prensa juega un papel importantísimo en el mecanismo de educación de la ciudad -explica Beatriz Sánchez Hita-. Y también es un medio para adoctrinar e instruir a las mujeres."

Hasta entonces, se defendía la instrucción femenina pero siempre en el ámbito de lo privado: "La proyección pública se reserva a los hombres -indica Sánchez Hita-. Esa realidad debía estar muy asumida. La propia Carmen Silva, que debía ser una mujer de bastante carácter (liberó a las tropas apresadas en Lisboa vistiendo a los hombres de mujeres), se repliega y desaparece en cuanto su marido sale de la cárcel y vuelve a entrar en la escena pública. Aunque yo creo que siempre lo ayudó en la sombra".

Durante los años de encarcelamiento de su marido, Carmen Silva se convirtió en uno de los pocos editores con nombre femenino de la prensa en España: "A algunos no les haría mucha gracia que la mujer pudiera pisarles el terreno -explica Sánchez Hita-. Pero como entendían que era algo fruto de la propia situación, tampoco se negaban a que escribiera".

Esta inusual presencia femenina en esferas que superaban el ámbito de lo privado propició, afirma Gloria Espigado, "un debate en torno a la participación de la mujer en la esfera pública". "Sin embargo -comenta-. Es bastante sorprendente ver cómo muchas de ellas inician su carrera literaria durante la Guerra de Independencia, pero se pierden después con el fin del conflicto. La sociedad masculina intenta restablecer el orden perdido por miedo a esa transgresión femenina".

Los comienzos del XIX marcan un tiempo en el que no sólo era demasiado aventurado asumir cambios de roles sino también -y a pesar de la Wollstonecraft, lectura de cabecera de Frasquita Larrea- para hablar de conciencia de género: "Las mujeres de la época no tienen un discurso sino una causa más allá de ellas -comenta Gloria Espigado-. Utilizan los resquicios que les dejan para entrar pero son tiempos muy duros para demandar derechos para su sexo, así que terminan contribuyendo más a la causa general que a la propia".


IV congreso internacional doceañista 1808-1812. Los emblemas de la libertad

Mitos y verdades sobre heroínas, tertulianas, bombas y tirabuzones

Varias profesoras de la UCA profundizaron, en la tercera jornada del encuentro, en la figura de la mujer durante las Cortes y la Guerra de la Independencia

Pilar Vera / Cádiz | Actualizado 28.03.2008 - 05:00
 
Lola Lozano presenta a las ponentes que disertaron sobre la mujer en los días de la invasión francesa.
 
En un pensamiento rápido, sin depurar, los conceptos mujer y Guerra de la Independencia hacen surgir de inmediato una figura: Agustina de Aragón. Y después, inevitables, las bombas y los tirabuzones.

"Es una canción de la que existen muchas versiones -explica Marieta Cantos, una de las integrantes de Mito y realidad: las mujeres en la Guerra de Independencia-. La estrofa de los fanfarrones pudo tener algún viso de realidad, a partir de una anécdota. Tal vez alguna recogiera trozos de metal para hacer bigudíes. Pero hay otras variantes que, como apunta Alcalá Galiano, no tienen ningún sentido".

"Por otro lado, es verdad que la guerra contra el francés contó con la participación de grandes heroínas -indica Marieta Cantos-. Están María Bellido, en Bailén, o la mujer del director de El Robespierre Español, la portuguesa Carmen Silva... y se dieron también casos de mujeres líderes y guerrilleras en América. Allí, de hecho, los distintos bandos se acogían a distintas vírgenes (a la de Guadalupe, los insurgentes, y a la de los Remedios, los leales). Algo que enseguida se procuró eliminar, por supuesto".

De algunas de ellas, se publicaron apuntes biográficos en la prensa: "Pero, sospechosamente -sonríe la historiadora- se dan muchísimas similitudes entre ellos. Es decir: la mayoría son reconstrucciones a partir de una realidad de la que tampoco se sabe demasiado aunque intentaban plasmarse de determinada manera... No sabemos hasta qué punto se calcan los arquetipos de las mujeres fuertes de la Biblia y de las amazonas".

Pero también, por supuesto, estaba el peso intelectual de las mujeres de la época: "Desde finales del siglo XVIII, la mujer se había ido procurando un hueco en la vida pública y cultural española, a través de tertulias, de sociedades o de asociaciones con carácter excepcional -explica Cantos Casenave-. Cuando estalló la guerra, las mujeres encontraron una coyuntura favorable para desarrollar sus inquietudes".

"La invasión francesa, además -continúa la vicerrectora- contaba con la participación de todos los ciudadanos en la lucha, sin distinción de género. Un bando de Tomás de Morla invitaba a todos los españoles a publicar escritos que defendieran la patria. Y ahí respondieron todos, incluidas mujeres".

A la tradicional labor de mantenedora del hogar venían a sumarse otro tipo de cauces. "A través de distintas labores filantrópicas, por ejemplo -apunta Cantos-. Las mujeres, además, trataban se agruparse: se escribían, se intercambiaban ideas..."

Una de las cuestiones es cómo podían encajar todas estas manifestaciones en el seno de una sociedad aún excluyente y patriarcal. "De hecho -comenta Cantos- enseguida nace un discurso que conmina a las mujeres a dejar de soñar con emociones y que canta las virtudes de la mujer modesta, que se queda en casa o colabora haciendo sábanas y vendas".

La mayor parte de los gestos independientes tratan enseguida de ser reconducidos: "En Gerona, en el asalto de Montjuic, participaron varias mujeres que estaban vinculadas al Ejército y que no tenían problema en ponerse a montar un cañón. Llegaron a crear una especie de compañía que después fue absorbida dentro de los cauces ortodoxos por los propios militares".

"Y la educación de las mujeres -prosigue Cantos- nunca tuvo un sentido similar al que nosotros podemos darle. Cuando se hablaba de educación universal, se referían a que supieran leer y escribir. Para el poder era mucho más fácil poder controlar y reglamentar la instrucción femenina".
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Mujeres en la Guerra de la Independencia
Irene Castell, Gloria Espigado y M.ª Cruz Romero (coords.)
HEROÍNAS Y PATRIOTAS. MUJERES DE 1808
Cátedra, Madrid 482 pp. 20 €
 
 
Emilio La Parra López
CATEDRÁTICO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA EN LA UNIVERSIDAD DE ALICANTE
Revsita de Libros nº 157 · enero 2010
 
 
Sabemos que las mujeres participaron activamente en la Guerra de la Independencia y conocemos los nombres de algunas de ellas. Sin embargo, disponemos de escasa información sobre lo que realmente hicieron e ignoramos casi todo sobre su personalidad. Por otra parte, en los casos más notorios se han impuesto la leyenda y el mito. Por una u otra razón, las personas se han evaporado y ha quedado una artificiosa imagen de la mujer como representación del heroísmo popular y del sentimiento patriótico de la población española. Así fue presentada en el relato canónico de la guerra y, con lenguaje actualizado, en algunas síntesis publicadas recientemente: aquella fue una lucha emprendida por los españoles de forma espontánea y unánime en defensa de la religión, el rey y la patria, y hasta tal punto fue general y heroica la lucha, que incluso las mujeres se implicaron en ella con tanto arrojo como los hombres.

El libro que nos ocupa se orienta en una dirección diferente. Muy atentas a la producción historiográfica actual, sus coordinadoras –tres destacadas y reconocidas historiadoras– se han propuesto dar a conocer quiénes fueron y qué hicieron algunas de las mujeres que participaron en [...]

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ARTÍCULO EN PDF DE INTERÉS:

ESCRITORAS Y PERIODISTAS ANTE LA CONSTITUCIÓN DE 1812 (1808-1823)


Marieta Cantos Casenave y Beatriz Sánchez Hita


SUMARIO:  I. INTRODUCCIÓN.- II. UN ESTADO DE LA CUESTIÓN.- III.
TRADUCTORAS, ESCRITORAS Y PERIODISTAS.- IV.  LA OPINIÓN
FEMENINA ANTE EL NUEVO ORDEN POLÍTICO Y EL DEBATE
CONSTITUCIONAL.- 1. Las claves del debate.- 1.1. La libertad de imprenta.-
1.2. La Inquisición.- 1.3. La reforma de los regulares.- 1.4. Ciudadanía,
igualdad, libertad,  independencia y soberanía.- 1.5. Otros derechos y deberes:
La presunción de inocencia, la separación de poderes…  2. Las fuentes y su
asimilación. El horizonte intelectual de las escritoras.-  V. EL PAPEL DE LA
MUJER EN LA SOCIEDAD. VISIONES MASCULINAS ENCONTRADAS:  EL
AMIGO DE LAS DAMAS (1813) VS. EL TÍO TREMENDA (1814 Y 1823).- VI. A
MODO DE CONCLUSIÓN PROVISIONAL.- VII. BIBLIOGRAFÍA

Resumen: La Guerra de la Independencia es el origen de toda una serie de
cambios sociales, de los que la Constitución y los Decretos de las Cortes
actúan como avales. En este nuevo contexto la prensa y los diferentes escritos
políticos juegan un papel fundamental  al dar publicidad a  las discusiones
mantenidas entre los partidarios del nuevo orden (liberales) y los defensores
del absolutismo (serviles). Las mujeres tomarán también partido por unos y
otros y, aunque en menor medida que los hombres, no dudan en expresar su
opinión y analizar los postulados del nuevo sistema, para mostrar su adhesión
al mismo o desacreditar sus fundamentos.

I. INTRODUCCIÓN

Desde el Siglo XVIII la mujer empieza a ser tenida en cuenta como parte
integrante de la sociedad y son variados  los escritos que se dirigen a ella,
aunque por lo general todos persiguen el mismo fin: instruirla en unos
determinados principios, acordes a la sociedad en la que vive, que a partir de
su influencia en la órbita de lo doméstico podría inculcar a quienes la
rodeaban.

Sin embargo, poco espacio quedaba para ella fuera del hogar. En el
ámbito de la política y la cultura la voz mayoritaria, o mejor dicho casi exclusiva,
sería la del hombre. Asimismo, serán los varones los que difundan en todo tipo
de obras cuál debe ser el papel del “bello sexo” al que, en diversas ocasiones,
sitúan como el destinatario principal de sus escritos. Para apreciar esto basta
acercarse a la prensa periódica donde de manera recurrente en los prospectos
se suele hacer un llamamiento al público femenino.

Un ejemplo bastante claro de cómo  los editores quieren convertir a la
mujer en receptora de sus escritos, pero sin darle opción la mayoría de las
veces a participar en el periódico, se observa en una publicación gaditana
titulada el Correo de las Damas, con la que José Lacroix, el barón de la Bruère,
acompañó la tirada del Diario Mercantil de Cádiz. Allí, en la dedicatoria dirigida
a la Señora Doña Francisca Javier (sic) Matalinares Barrenechea, Marquesa de
la Solana, Condesa del Carpio, Señora de Quintanillas y Casa de Hito &c., que
sería la protectora de la cabecera, explícitamente se lee que el objeto del
periódico es el de adornar el conocimiento de las damas y su conversación;
pero en modo alguno parece propiciar el que las damas a las que dirige su obra
remitan escritos. Es más, en un texto que abre el sexto tomo y que trata “Sobre
la literatura de mujeres” censura la  actitud de aquellos  que alientan a las
féminas a que escriban.

No obstante, a medida que culmina la  centuria dieciochesca, la mujer,
aunque todavía en casos excepcionales, toma también la pluma para
convertirse en protagonista  de la palabra, adquiriendo una mayor implicación
política cuando los sucesos de 1808 hacen necesaria la participación de todos
en la lucha contra el nuevo enemigo político, que lo es ahora no ya de una
monarquía o una dinastía concreta sino de toda una nación.

En efecto, con el inicio de la Guerra de la Independencia, donde en un
contexto en el que la política lo  impregna todo, los maniqueos contenidos
dirigidos a las damas cambian, pues ellas forman parte de esa nueva situación
en la que literatura y política se dan la mano. Quizás el ejemplo más claro de
esto lo constituye el intento protagonizado por el ya citado de la Bruère a
finales de 1809, de sacar un nuevo papel con el título de Corresponsal Político
Literario del Bello Sexo Español, que ocuparía el hueco dejado por el Correo
de las Damas que cesó en junio de 1808. El periódico finalmente no llegará a
editarse, y habrá que esperar a marzo de 1813 para encontrar un impreso
específicamente dirigido a mujeres: El Amigo de las Damas.

En el presente estudio nos centraremos en el posicionamiento que
adoptan distintas mujeres, que episódicamente ejercieron de escritoras,
traductoras y periodistas, en el período que abarca desde el inicio del debate
constituyente hasta mediados de 1813. De igual modo se atenderá a los textos
producidos durante el Trienio Liberal y que permiten valorar cuál fue el papel de
la mujer respecto del código constitucional tanto en los años referidos como en
los que van de 1820 a 1823, cuando la Constitución vuelve a estar vigente y la
coyuntura de libertad permite que ésta encuentre nuevamente un hueco en el
panorama político-literario. Asimismo,  en última instancia, se atenderá al
discurso masculino expresamente dirigido  a la mujer durante la Guerra de la
Independencia, a través de la aproximación a El Amigo de las Damas, por ser
éste significativo de cuál era el lugar que se quería darles en la sociedad
constitucional.

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http://www.seminariomartinezmarina.com/ojs/index.php/historiaconstitucional/article/viewFile/227/200

dimarts, 22 de desembre del 2009

De Bonaparte a Napoleón

Por Ricardo García Carcel.

Napoleón:de ciudadano a emperador
Manuel Moreno Alonso

ABCD 10 de diciembre de 2005 - número: 723





Napoleón Bonaparte, como personaje de enorme trascendencia histórica, cuenta con multitud de biografías. Biografías de enfoque muy confrontado desde las visiones apologéticas que de él mismo dieron sus colaboradores directos como Les Cases o

Napoleón.
De ciudadano a emperador

Manuel Moreno Alonso
Sílex. Madrid, 2005
424 páginas, 22 euros

apasionados admiradores como Walter Scott, Thiers o Sthendal, o las críticas feroces de coetáneos como Mme de Stäel o los libelistas ingleses o posteriores fustigadores suyos como Taine, Carlyle o Fichte.

En el siglo XX se impuso una historiografía sobre Napoleón con pretensiones de mayor objetividad y las biografías de Bainville, Ludwig, Belloc, Tarle, Lefebvre, Ellis, Markham, Gallo, Tulard, Malraux, Zieseniss, Petiteau, Lyons... demuestran la fascinación que el personaje ha suscitado y sigue suscitando entre los franceses y los no franceses. Hasta Dominique de Villepin, actual primer ministro del país vecino, ha escrito un estudio muy lúcido, por cierto, de los «Cien días» de Napoléon entre el retorno de Elba y el definitivo destierro a Santa Elena. La historiografía española del siglo XX no ha participado de este interés, salvo la obra de Pabón Las ideas y el sistema napoleónico (1994).


Diversas etapas. Parece como si la Guerra de la Independencia y sus secuelas (el exilio de los afrancesados y su posterior contrición) hubieran agotado la memoria dedicada a la figura de Napoléon, que sufrió en España una polarización total de su imagen, antes ya de la guerra (de la exaltación del embajador Azara) a las acusaciones postTrafalgar y, naturalmente, durante y después de la guerra (de la visión patriota de los diputados gaditanos a la que nos da el afrancesado Gómez Hermosilla pasando por la grotesca del reaccionario José Clemente Carnicero que en 1819 comparaba a Napoleón con Don Quijote). A los españoles liberales o conservadores del siglo XIX, no les quedaron demasiadas ganas de hablar de Napoléon por su propia ambivalencia política ¿dictador e invasor de España o el hombre que había hecho posible las conquistas sociales y políticas de la revolución?

Incómodo, pues para ser juzgado por los historiadores españoles, el personaje ha sido referente constante de los múltiples estudios sobre la Guerra de la Independencia, pero sin abordarse nunca directamente su biografía desde España. Por fin lo hace el historiador Manuel Moreno Alonso, conocedor como nadie de la «generación de 1808», del pensamiento español en la llamada crisis del Antiguo Régimen. Él ya escribió un libro sobre Napoleón. La aventura de España en Sílex el año pasado y ahora vuelve sobre el personaje no ya para analizar el gran fracaso de Bonaparte ante España sino para revisar la propia trayectoria biográfica de Napoléon y su significación.

La biografía de Napoléon es despiezada en diversas etapas: su aprendizaje, desde su nacimiento en 1769 hasta 1789 (papel de su tío Luciano y su madre, la influencia del problema corso con el líder Paoli, las lecturas de Rousseau), su ascenso en el Directorio (oportunismo, maquiavelismo, primer matrimonio por interés), su salto dictatorial tras el dieciocho Brumario de 1799 (salvador de la patria, logros del Consulado), la proclamación del Imperio en 1804 (incomprensión de la realidad europea, perfil personal y político, conquistas, ideas respecto a los masones o los jesuitas) y la caída del coloso a partir de 1812 (derrotas en España, en Leipzig y cien días finales hasta Waterloo en junio de 1815) con triste final tras sus años de destierro en Santa Elena de 1815 a 1821.

Triste final. La visión de Moreno Alonso de Napoléon no cae en ningún momento en la glosa de la épica del héroe que el propio Napoléon tanto cultivó de sí mismo, pero tampoco nos lo convierte en mero instrumento de la demanda francesa, en el tiempo que le tocó vivir (interpretación de Soboul). A los ojos de Moreno Alonso, Napoleón fue un escalador político irrefrenable, fruto de una ambición incubada en las frustraciones históricas corsas y en el sentido de clan familiar que alimentó su madre, más militar que político, con una capacidad extraordinaria para la estrategia y la violencia, sostén de los logros burgueses de la revolución  (libertad, seguridad, propiedad), ególatra con la clásica corte de aduladores (desde científicos como Laplace a pintores como David o Gross) y con enorme sentido de la importancia de lo mediático (como Nelson).

Su triste final fue el fracaso de la posibilidad de sostener un imperio sobre el único fundamento de las victorias militares, la fragilidad de los halagos de los Goethe, Beethoven y tantos intelectuales orgánicos, el inmenso desgaste que implica el peso unipersonal de un imperio con múltiples frentes abiertos, el coste del desconocimiento de la importancia de los sentimientos nacionales y de la locura megalómana de los genios... Su derrota final en la Guerra de la Independencia fue ciertamente su primera tumba. El libro de Moreno Alonso abre juego y de modo brillante a lo que será el frenesí historiográfico del gran Centenario que nos viene: 1808.