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dimecres, 18 de gener del 2012

El largo siglo XVII

TRIBUNA: Las grandes crisis de la economía española

JOSÉ ANTONIO SEBASTIÁN EL PAÍS 15/01/2012

'La rendición de Breda'
La rendición de Breda, de Velázquez, reproduce un episodio clave en la larga guerra para impedir la independencia de los Países Bajos

La Guerra de los Treinta Años sumió a Europa en una época de dificultades. En España, la recesión fue más intensa y la recuperación, más lenta. La costosa política imperial y los desajustes regionales en el crecimiento fueron básicos. Castilla se abocó a la depresión, mientras las regiones costeras se rezagaban en la explosión mercantil del litoral europeo.

Las posibilidades de que España, en la Edad Moderna, se situase en el grupo de cabeza del desarrollo económico europeo eran escasas. En un mundo donde el sector agrario aportaba el grueso del PIB, carecía por razones medioambientales (clima, orografía, calidad del suelo, vías marítimas y fluviales) de recursos óptimos para ello. Pero las restricciones naturales no explican que el país, como sucedió, estuviese lejos de aprovechar entre 1450 y 1800 el potencial de crecimiento que aquellas permitían. Dos circunstancias históricas tienen, al respecto, gran relevancia: una, los desajustes que se operaron, principalmente, entre las economías del interior peninsular y del litoral mediterráneo durante largos periodos de los siglos modernos; dos, la duración e intensidad de la recesión que devastó las regiones del interior, las más pobladas y urbanizadas a finales del siglo XVI, entre 1580 y 1650, y la extrema lentitud de la recuperación posterior, que solo culminó avanzado el siglo XVIII.

Se pasó de 37 a 22 ciudades. El interior tardó 170 años en recuperarse
La manipulación de la moneda de vellón para lograr recursos elevó la desconfianza
La deuda, que llegó al 60% del PIB con Felipe II, creció hasta la Paz de los Pirineos
Los Austrias se apoyaron en nobles y oligarcas, relegando al mundo urbano

Ambas apuntan a un largo siglo XVII, durante el cual la economía española se alejó del núcleo de Europa occidental. Hacia 1700, el escuálido aumento del tamaño demográfico y productivo de España había defraudado las perspectivas existentes en 1500 para una renovada colonización agraria de su superficie, tan vasta como poco poblada. Pese a sus dispares dotaciones de recursos, los resultados eran otros en los cuatro territorios que, junto al peninsular, registraban (exceptuada Escandinavia) las menores densidades demográficas del occidente europeo a comienzos del siglo XVI, Inglaterra y Escocia, Irlanda, Suiza y Portugal: de 1500 a 1700 estos pasaron, en promedio, de 12 a 25 habitantes por kilómetro cuadrado; España, de 11 a 15. Y al inicio del siglo XVIII, además, la posesión de inmensas colonias en América no podía compensar la desventaja que implicaba esa baja densidad demográfica (y económica). Ingleses, franceses y holandeses habían ido obstruyendo, durante el siglo XVII, el acceso a las producciones y los mercados americanos, al compás de la decadencia política y militar de la Monarquía hispánica.

La primera mitad del siglo XVII fue una época de dificultades en Europa pero, desde 1650, superado el peor periodo, coincidente con la Guerra de los Treinta Años, la recuperación se extendió y se consolidó. Arraigó entonces un proceso de concentración de la actividad económica y la urbanización en las zonas costeras. Este, impulsado por el progreso de la construcción naval, el desarrollo manufacturero y mercantil noroccidental y el incremento del comercio atlántico, convirtió a los litorales en los espacios más dinámicos de la economía europea.

En España, la intensidad de la recesión fue mayor en la primera mitad del siglo XVII y la recuperación posterior, con notables contrastes regionales, más tardía y dificultosa, lo que le impidió estar en primera línea del avance del componente marítimo de la economía occidental.

Las cifras de bautismos (ver gráfico 1) revelan que la población se redujo en todos los espacios peninsulares en algún momento del siglo XVII, pero con grandes diferencias. En el norte (Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y Navarra), aunque la caída fue significativa de 1610 a 1630, el nivel inicial se recobró pronto y el aumento posterior supuso un crecimiento del 25% sobre aquel hacia 1700. En el área mediterránea (Cataluña, Valencia y Murcia), un descenso algo más suave y una recuperación más vigorosa propiciaron, en 1700-1709, un índice un 26% mayor que el de base.

Andalucía occidental arroja un primer contraste: tras siete decenios de estancamiento más que de declive demográfico, la posterior recuperación amplió el nivel de base un 18% hacia 1700, pero solo un 15% respecto de 1580-1589. Es el interior peninsular (Castilla y León, La Rioja, Aragón, Madrid, Castilla-La Mancha y Extremadura) el que muestra diferencias más rotundas: una contracción demográfica más temprana, duradera e intensa, seguida de una recuperación mucho más lenta; el índice 100 no se recobró hasta 1720-1729, y los niveles máximos de 1580-1589 solo se rebasaron 170 años después, en 1750-1759.

La difusión del maíz en las regiones cantábricas y la de diversos cultivos comerciales en las del Levante ayudan a explicar que ambos litorales viesen crecer sus poblaciones desde 1660-1670, alza que se aceleró en las zonas mediterráneas tras la Guerra de Sucesión. Pero tales progresos tardarían mucho tiempo en compensar el desplome económico y humano del interior. La revolución agronómica que conoció el litoral septentrional no se tradujo, durante décadas, en un vigoroso proceso de urbanización y diversificación de actividades productivas.

En cuanto al litoral mediterráneo, el desencuentro era más antiguo. Entre 1480 y 1580, el periodo de auge de la corona castellana, Cataluña registró una tardía salida de la crisis bajomedieval y una modesta recuperación poblacional (en 1591, tenía 11 habitantes por kilómetro cuadrado, la densidad demográfica del conjunto de España en 1500), el Reino de Murcia siguió estando muy poco poblado, y el de Valencia, aunque creció más en el siglo XVI, afrontó en 1609 la sangría demográfica de la expulsión de los moriscos, el 27% de su población.

Este desencuentro, durante el siglo XVI, seguramente supuso la pérdida de notables sinergias entre el interior castellano y las áreas levantinas. En la primera mitad del XVII, el desplome de aquel y el escaso vigor de estas contribuyeron a un sensible retroceso demográfico en el momento de arranque de la economía marítima europea. Después de 1650, cuando el litoral mediterráneo pasó a ser el espacio peninsular con mayor potencial de crecimiento, las regiones del interior siguieron sumidas en una recuperación desesperantemente lenta. Y el modo pausado con que el propio Levante fue ganando peso específico, al menos hasta 1720, hizo que los efectos de arrastre en el conjunto de la economía española tardaran en adquirir fortaleza.
Las sinergias perdidas por tales desajustes en el largo plazo constituyeron un relevante factor adverso para el crecimiento económico de la España moderna. Entrado el siglo XVIII, estas disparidades acabaron propiciando un vuelco trascendental en la distribución de la población y de la actividad económica, a favor de las áreas costeras y en contra del interior, vigente desde entonces.

La trayectoria productiva de la Corona de Castilla, salvo en su franja húmeda del norte, fue muy negativa entre 1580 y 1700. Los diezmos de los arzobispados de Toledo y Sevilla (ver gráfico 2), que abarcaban la mayoría de la Submeseta Sur y de la Andalucía Bética, quizá las regiones más castigadas, revelan una intensa contracción del producto cerealista entre 1580 y 1610, la reanudación de la caída en la década de 1630, su culminación en la de 1680 y una escuálida recuperación, al final, que permitió alcanzar, en 1690-1699, los índices de 1600-1609, un 31% inferiores a los máximos de 1570-1579.

El producto agrícola no cerealista (vino y aceite, básicamente) registró un descenso aún más abrupto, sobre todo entre los decenios de 1620 y 1680, situándose en el de 1690 un 45% por debajo del de 1570. En cuanto a la evolución del producto no agrario, la aguda crisis urbana que sufrió la corona sugiere un desplome de las manufacturas y del comercio. Entre 1591 y 1700, la tasa de urbanización se contrajo una cuarta parte, y las ciudades castellanas con 10.000 o más habitantes pasaron de 31 a 18 (de 37 a 22 en el conjunto de España). Además, el peso relativo de los activos agrarios aumentó mucho en las urbes de ambas Castillas, Andalucía y Extremadura, lo que implica que la contracción de las actividades económicas típicas de las ciudades fue mayor que el propio descenso de la población urbana.

Las dañinas consecuencias de la costosísima y prolongada política imperial de la Monarquía constituyen, seguramente, el factor que más contribuyó al desplome económico castellano del largo siglo XVII. Aquellas fueron ubicuas, económicas, políticas y sociales, y actuaron tanto a corto como a largo plazo. Para mantener la hegemonía política y militar en Europa, y defender el patrimonio dinástico, los Austrias acrecentaron sus bases fiscales, elevando tributos y creando otros nuevos, a fin de ampliar su capacidad de endeudamiento.

Por ese camino, Felipe II había acumulado deudas equivalentes, a finales del siglo XVI, al 60% del PIB español, porcentaje que debió de crecer sensiblemente, al descender este y agrandarse aquellas, al menos hasta la Paz de los Pirineos de 1659.

La Corona de Castilla soportó el grueso de una escalada fiscal que, iniciada en el último cuarto del siglo XVI, cuando la economía castellana trasponía su cénit, alcanzó el suyo en 1630-1660, coincidiendo con el fondo de la depresión. Su primer crescendo, en la década de 1570, perturbó el comercio, aumentó la fragilidad de muchas economías campesinas, acosadas por el alza de la renta de la tierra, y empobreció a las clases urbanas, cuyas subsistencias ya venían encareciéndose. Imperturbables, la nobleza y el clero, total o parcialmente exentos de cargas fiscales y partícipes en las rentas reales, siguieron ingresando hasta fin de siglo abultadas rentas territoriales y diezmos, y vendiendo sus frutos a precios crecientes, con lo que se acentuó un intenso proceso de redistribución del ingreso en contra de la mayoría de los castellanos. Cuando las cosechas cayeron abruptamente en las décadas de 1580 y 1590, descenso propiciado por un cambio climático desfavorable que se sintió en toda Europa, las vías hacia la recesión y la contracción demográfica quedaron expeditas.

Desde 1600, los perniciosos efectos de la política imperial se multiplicaron por varios caminos.

- La escalada fiscal dependió de impuestos que gravaban el tráfico comercial y el consumo, recaudados por las autoridades municipales (en 1577, aportaron la mitad de los ingresos tributarios de la Monarquía; en 1666, el 72%). En núcleos pequeños, el recurso a repartimientos, según el número de yuntas o el volumen comercializado por vecino, perjudicó singularmente a los labradores que poseían las explotaciones más productivas y orientadas al mercado. En ciudades y villas, donde las cargas tributarias tendieron a concentrarse, la proliferación de exacciones sobre el consumo, especialmente de vino, aceite y carnes, deprimieron la demanda de tales artículos, ya menguante por el descenso demográfico y la concentración en el pan del gasto en alimentos efectuado por unos consumidores con menos medios. Ello, como muestra el gráfico 2, potenció orientaciones productivas contrarias a las actividades agrícolas y ganaderas más productivas, rentables y mercantilizadas, favoreciendo el cultivo de cereales, que ganó peso relativo, y el autoconsumo. Las manufacturas urbanas, por su parte, con su demanda deprimida por el desplome de las ciudades y el empobrecimiento de sus habitantes, afrontaron, al encarecerse numerosos productos básicos, la consiguiente tendencia al alza de los salarios.

- La Monarquía presionó a las haciendas municipales imponiendo donativos y servicios extraordinarios con creciente frecuencia, y la compra, obligada para evitar que cayesen en otras manos, de jurisdicciones y baldíos enajenados del patrimonio real. Aquellas se endeudaron y promovieron dos arbitrios muy dañinos: el despliegue de una fiscalidad propia, añadida a la regia mediante recargos locales de los tributos que gravaban el consumo, y el arriendo o venta de notables porciones de tierras municipales, hasta entonces de aprovechamiento comunal. Lo uno avivó la escalada fiscal y lo otro, al encarecer el sostenimiento del capital animal de las explotaciones agrarias, entorpeció aún más su desenvolvimiento. Estas, pese al fuerte descenso de la renta de la tierra desde 1595 o 1600, no salieron de su postración. Ello evidencia el radical empobrecimiento de muchos campesinos, y sugiere que, si la caída de las rentas territoriales (exigidas en trigo y cebada), pese a su magnitud, guardó proporción con la del producto cerealista, estas conservaron parte de su potencial para bloquear la recuperación del cultivo durante mucho tiempo.

- La almoneda del patrimonio regio y la presión sobre las haciendas locales tuvieron otra vertiente: lograr la colaboración de la nobleza y, más aún, de las oligarquías municipales para movilizar el descomunal volumen de recursos requerido por la política imperial. A nobles e hidalgos, la Monarquía les pagó desprendiéndose de rentas, vasallos, jurisdicciones y cargos, lo que reforzó el poder señorial. A las oligarquías locales, consintiendo que aumentasen su poder político, su autonomía en asuntos fiscales y su control sobre los terrenos concejiles; así, sus miembros lograron que sus patrimonios eludiesen la escalada fiscal e, incluso, consiguieron ampliarlos con comunales privatizados.

- A cambio del apoyo de las élites, los Austrias renunciaron a ampliar su autoridad, y ello tuvo dos efectos adicionales de capital importancia.

De un lado, una fiscalidad más heterogénea y una soberanía más fragmentada, con más agentes con prerrogativas para intervenir en los mercados y los tráficos, incrementaron los costes del comercio y bloquearon la integración de los mercados en el ámbito de la corona. En este sentido, el enésimo arbitrio de los Austrias para allegar recursos, la manipulación de la moneda de vellón, que perdió toda la plata que contenía y fue sometida a bruscas alteraciones de su valor nominal, generando correlativas oscilaciones de los precios, hizo más incierto el comercio y hundió la confianza en el signo monetario.

De otro, el progresivo control de la nobleza y las oligarquías locales sobre las tierras concejiles, la mayor reserva de pastos y suelos cultivables, aumentaron su interés por el ganado lanar, especialmente desde 1640, cuando volvieron a crecer los precios de las lanas exportadas. Grupos poderosos con intereses distintos (fuese participar en el negocio ganadero o restaurar los niveles de las rentas territoriales) hallaron entonces un objetivo común: obstaculizar el acceso de los campesinos y sus arados a dicha reserva de labrantíos. Ya entrado el siglo XVIII, cuando la población castellana se fue acercando a los máximos de 1580, este frente antirroturador constituyó un freno de primer orden a la expansión del cultivo.

En suma, las múltiples y destructivas secuelas de la política exterior de los Austrias que las regiones castellanas padecieron entre 1570 y 1660, ahondaron y prolongaron la depresión, primero, y obstaculizaron después, durante décadas, la recuperación. Esa política originó una formidable succión de recursos que dañó principalmente a los labradores acomodados, los artesanos y los comerciantes, a las actividades productivas más mercantilizadas y al mundo urbano, reorientando a la economía castellana por un rumbo poco propicio para el crecimiento económico. Hacia 1700, apenas se atisbaban signos de recuperación en los campos y ciudades del interior, los más esperanzadores se habían desplazado hacia el Norte y el Mediterráneo, y el grupo de cabeza de la economía europea estaba un poco más lejos.

Este apretado recorrido por la España del siglo XVII ofrece dos lecciones de actualidad. Una, que no hemos aprendido, subraya la conveniencia de mantener separados megalomanía y gasto público. La otra, que quizá aún podamos atender, concierne al reparto social del coste de las crisis económicas. La negativa de los más ricos y poderosos a soportar una parte proporcional a sus recursos, no solo atenta contra la justicia (o el bien común, en términos del siglo XVII); también deprime la economía. El incremento de la desigualdad, en solitario, no estimula el crecimiento; únicamente generaliza la pobreza. Y ambos juntos pueden alargar una recesión y bloquear por largo tiempo la recuperación posterior.

José Antonio Sebastián Amarilla es profesor titular de Historia Económica de la Universidad Complutense de Madrid

dimecres, 18 d’agost del 2010

La colonización y la independencia de América según Elliott

Hacia una historia de ida y vuelta

El eminente hispanista John H. Elliott defiende una investigación libre de prejuicios nacionalistas para contar la colonización y la independencia de América

TEREIXA CONSTENLA - EL PAÍS- 06/02/2010

A ciertos ingleses se debe la leyenda negra de España. Y a ciertos ingleses, como el historiador John H. Elliott (Reading, Inglaterra, 1930), se deben grandes esfuerzos por erradicarla. A Elliott le desagradan los estereotipos. Lleva toda una vida combatiéndolos. Se diría que empezó el día que decidió sumergirse en la investigación de la historia de España, el Estado que durante la edad moderna había sido el gran rival político de Inglaterra. Ambos son ejemplos de "monarquías compuestas", que analiza en su último libro España, Europa y el mundo de ultramar (1500-1800), publicado por Taurus, en el que, entre otras claves, cuenta que los rivales se copiaban métodos y prácticas cuando les convenía, incluidas drásticas limpiezas étnicas. "Aprender del enemigo se convirtió en un rasgo de la vida internacional", escribe.

"Hernán Cortés se merece una estatua en México junto a Cuauhtémoc"
"No hubo ninguna puerta cerrada para Velázquez en el Alcázar de Madrid"

Elliott era un veinteañero cuando descubrió España, después de dedicar seis semanas de las vacaciones de verano a recorrer junto a otros estudiantes de Cambridge la Península Ibérica. Le fascinaron las posibilidades historiográficas de un país que guardaba un filón en adormecidos archivos. En esa mina documental rescató material para reconstruir la historia de los siglos XVI y XVII, que luego vertió en libros como La rebelión de los catalanes, El mundo de los validos, El conde-duque de Olivares o España y su mundo. Una historia sin leyendas negras ni resonancias imperiales. Sin estereotipos. Y sin fragmentaciones.

Elliott es ahora un investigador laureado por los antiguos imperios. Sir inglés y premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales. Y sigue defendiendo la investigación libre de prejuicios. Algo que todavía echa en falta en la historia atlántica. Un relato blanco o negro, según la orilla de quien cuente. "Los españoles deben integrar la historia de América Latina dentro de la historia del mundo hispánico y reconocer la complejidad de los movimientos de independencia", sostiene. De igual modo, la historiografía americana tendrá que aligerarse de carga nacionalista: "Había criollos que querían seguir bajo la monarquía, todos bajo el mismo rey, y ha sido difícil para los americanos aceptar esto". "Cuando se está formando una nueva nación, se escribe una historia nacionalista". Gráficamente lo resume: "Hernán Cortés se merece su estatua en México junto a la de Cuauhtémoc".

Dos siglos después de la cascada de independencias que derrumbó el imperio español, Elliott cree que podría comenzar a narrarse "una historia más común de la que ha habido hasta ahora". Cita a los mexicanos porque están comenzando a revisar la historia "indigenista" que caracterizó los años de la revolución, aunque, en contrapartida, presume que la historiografía boliviana tal vez acentúe la visión indigenista. "Pero los prejuicios sobreviven sobre todo en los emigrantes que llegan a Estados Unidos con ese sentimiento antiespañol que queda fosilizado, como ha ocurrido con los irlandeses respecto a Inglaterra". Una semejanza entre antiguos rivales de las muchas que Elliott ha realzado en sus trabajos de historia comparada. "La constatación de que en muchos aspectos España no era tan diferente de otros Estados europeos como se suponía tradicionalmente ha contribuido a devolverla a la corriente principal de la historia", escribe en su nueva obra, donde también evidencia una paradoja. España dominó la política, el comercio y los mares, pero nunca ejerció una hegemonía cultural como Francia o Italia. Elliott lo achaca en parte al "peso del Renacimiento", aunque señala otras influencias culturales españolas que prosperaron, como el Quijote o el traje negro de Felipe II, de moda en el siglo XVI.

Los ensayos se cierran con un repaso a las relaciones entre artistas y el poder político. Porque algo más deslumbró a Elliott en aquel viaje estudiantil de 1950: Velázquez y el Museo del Prado. "Me di cuenta de que el arte y la cultura eran parte integral de la historia", señala.

Y con la excusa de Velázquez desgrana aspectos de la corte madrileña de Felipe IV, en la que el pintor fue designado "aposentador" y encargado de la limpieza y decoración interior del palacio, "una tarea que llevaba aparejado un amplio abanico de obligaciones y oportunidades". Y llaves. En el bolsillo de Velázquez se conservaba la llave que abría todos los aposentos reales. "No hubo ninguna puerta cerrada para Velázquez en el Alcázar de Madrid".

El falso Velázquez

Velázquez fue un artista indiscutible. Y tal vez algo fullero. "Existen claros indicios de que Velázquez pudo haber falsificado la identidad de su abuela materna al solicitar la admisión en la orden y de que los testigos que dieron fe de la nobleza de sus antepasados portugueses mintieron", cuenta Elliott. El pintor, propuesto por el rey para ingresar en la orden de Santiago, argumentó que era de noble ascendencia -de la línea de Silvas, que se remontaba a Eneas Silvio- y que jamás había cobrado por sus obras. Las indagaciones tumbaron sus propósitos sobre su supuesto linaje "con un golpe humillante para su reputación" y se rechazó su candidatura. El artista necesitó una dispensa papal concedida a petición del rey para que la orden finalmente le admitiese el 28 de noviembre de 1659, poco antes de morir.

dissabte, 13 de març del 2010

Perot Rocaguinarda, el Lluçanès i els bandolers




Els bandolers catalans dels segles XVI i XVII van ser els més famosos d'Europa. Aquest dijous sobrevolarem el Lluçanès, entorn que va veure les històries del bandoler Perot Rocaguinarda. La seva fama ha fet que arribessin les seves gestes fins als nostres dies, i amb Cori Calero en descobrirem algunes.

dimarts, 22 de desembre del 2009

La crisis del siglo XVII. Otra explicación: "el calvinismo no hizo nada por fomentar la mentalidad capitalista"

Crisis, corrupciones, caza de brujas

Libros Por Eugenio Trías.

20 de diciembre de 2009 - ABCD, número: 929


Este libro de título tan soso -La crisis del siglo XVII- encierra dinamita. Bien conocido por los historiadores, se entrega ahora al gran público hispano, en una edición magníficamente oportuna. Ese título no es, hoy, tan aséptico como podría parecer. En su cabecera resplandece la palabra CRISIS, que desde hace unos años constituye el Maelström de todas nuestras preocupaciones.


Nuestra memoria de la crisis parece hallar en 1929 el límite de su capacidad de retroceso. Los grandes historiadores -y Hugh Trevor-Roper lo es- logran traspasar umbrales artificiales sin salirse de la Historia, y sin tener que apelar a cada paso a la Naturaleza Humana.


Este libro habla de todo lo que hoy nos importa, nos atañe y nos compromete. Habla de formas de corrupción, veladas o flagrantes, tenidas por naturales, en una de las eras de máximo auge del clientelismo de toda nuestra Historia moderna: la gestación del Estado renacentista, desde su elevación (principios del siglo XVI) hasta su muerte (hacia 1620).


Habla de regresiones terribles, trágicas, conducidas por organizaciones sádicas, como fueron los inquisidores dominicos, y sus imitadores reformistas y calvinistas: la constitución de un chivo expiatorio que dominó durante dos siglos, los que asociamos al inicio de la modernidad (XVI y XVII): ese oscuro episodio tan duradero que fue la caza de brujas, y la creencia en un sistema «demoniológico» que la sustentaba.

Y habla sobre todo de crisis: la gran crisis que sobrevino en 1620 (que el autor en un momento compara a la de 1929), y que tuvo como causa el derrumbamiento de un modelo principesco de grandes clientelas. Esa forma de sociedad había arruinado la riqueza de las naciones al esquilmar el campo, al arruinar la actividad mercantil, y al provocar el deterioro de las ciudades de origen medieval.

Las crisis nunca son exclusivamente económicas. Tampoco son necesariamente, como en la fe marxista, los hiatos pre-revolucionarios que espolean el crecimiento de las fuerzas productivas. Tampoco constituyen el impulso mediante el cual, en este caso, a través de revoluciones como la puritana de Inglaterra, se afianza la ecuación max-weberiana entre calvinismo y espíritu del capitalismo.

Este libro es un magnífico desmentido de estos lugares comunes. El calvinismo no hizo nada por fomentar la mentalidad capitalista. Max Weber se basó en escasos indicios, todos alemanes, que un examen minucioso desmiente.

Cabezas capitalistas. Los mejores historiadores miran con lupa con el fin de captar fenómenos sorprendentes. A primera vista, parecen dar la razón al gran sociólogo alemán de las religiones. Pues en todas las cortes de esos tiempos eran siempre calvinistas quienes llevaban los asuntos económicos de los príncipes renacentistas y barrocos. Lo eran los asesores de Gustavo Adolfo de Suecia o del rey Cristian IV de Dinamarca, monarcas de conocida filiación luterana (no calvinista), pero lo eran también los asesores de reyes y validos de Francia, y hasta de la muy católica España.

Pero la causa de esa proliferación de buenas cabezas capitalistas en el marco del calvinismo no debe despistarnos. Casi todos ellos, con alguna excepción, no eran buenos calvinistas, o sólo lo eran por un importante detalle: habían sido expulsados de sus comunidades de origen. De hecho, eran casi todos flamencos emigrados a Holanda, y de allí a las grandes cortes principescas.

Por tanto, el calvinismo -y su «espíritu»- no fue lo que los elevó al rango de arquitectos de la economía cortesana, sino su condición de emigrados, que los llevó a aproximarse a príncipes extranjeros de todo tipo. Fue la propia debilidad de las comunidades calvinistas, siempre amenazadas de expulsión, lo que produjo esta proliferación de personajes que no eran queridos en sus lugares de origen, y que provistos de conocimientos empresariales basados en un capitalismo ininterrumpido que se remonta a las tradiciones ciudadanas de la Edad Media, se adaptaron con facilidad al nuevo medio principesco, que los acogió con promesas de respeto a sus creencias (muchas de ellas muy amortiguadas).

Saqueo sistemático. Pero el libro de Trevor-Roper no es sólo un desmentido a las ilusiones «progresistas» de Marx-Engels o a los postulados de la ecuación entre religión calvinista y espíritu capitalista de Max Weber. Es, sobre todo, un gran libro sobre la Crisis. Eso es lo que le dota de verdadera vigencia: la crisis fue, en este caso, la que estalló a partir de 1620, hundiendo un modelo de sociedad basado en la suplantación -que los príncipes renacentistas habían propiciado- de la riqueza mercantil de las ciudades medievales (unidades autónomas políticas, sociales, económicas), y que fueron sistemáticamente desguarnecidas y descabezadas en toda la cristiandad, desde los comuneros de Castilla hasta el declive de las ciudades-Estado italianas, alemanas, flamencas (Gante y Brujas; luego Lieja), o catalano-aragonesas (Barcelona).

Se edifica sobre sus exangües contextos el nuevo modelo: la corte, que imparte sus beneficios de riqueza clientelar sobre una ciudad metamorfoseada en capital del reino. Al ciudadano le sustituye el cortesano. No es casual el éxito de la obra de Baltasar de Castiglione. Un éxito que concluye justamente en 1620, cuando la sociedad ya no puede soportar más el saqueo sistemático de las fuerzas productivas por parte del príncipe y su clientela. Se añoran al fin los rasgos «mercantilistas» de las ciudades tardomedievales, anteriores a estos cefalópodos inmensos que absorbían la savia económica de las sociedades: la corte y su clientela, frente al antiguo dinamismo de las ciudades-Estado.

Esa corte componía una tupida red, magníficamente engrasada, de favores remunerados, de corrupciones generalizadas, de tráfico de influencias, de sobornos, que los cortesanos dominaban, succionando la vida económica del campo y la mercantilización de sus productos, y esparciendo los favores cortesanos por las ciudades donde las cortes se asentaban (París, Londres, Madrid, Bruselas, Roma, Nápoles).
De pronto, tras el reinado de Jacobo I en Inglaterra, o el gobierno efectivo del Duque de Lerma en España, o la presencia de María de Médicis en Francia, esa sociedad principesca tan derrochadora, esa escandalosa proliferación de corrupción y exhibicionismo estético, se desfonda.

Clase parásita. Un nuevo paradigma parece emerger de pronto. Los reyes, los príncipes, los cortesanos aparentan volverse austeros, adustos (Richelieu, el Conde Duque de Olivares); el mercantilismo se impone; vuelve el erasmismo, última emergencia de la cultura de las ciudades y de la devotio moderna tardomedieval. Crece el odio contra esa clase parásita; surge el puritanismo, que dará lugar en algunas sociedades a revoluciones (como la que entre 1640 y 1660 triunfará en Inglaterra).

En medio de esta crisis, como refrendándola, se reproduce el corolario que tantas veces acompaña una situación de conflicto o de guerra abierta, ideológica o política: la consolidación de algún chivo expiatorio, que en este contexto serán las brujas. Un caso de regresión intelectual y moral que sólo puede producirnos consternación, horror, a no ser por la recurrencia -también en tiempos recientes- de esa caza de brujas que en esos siglos fue real caza de mujeres ancianas, o no tan ancianas. A este tema dedica Trevor-Roper el capítulo más espeluznante.

Esas brujas proceden siempre, en el inicio, de sociedades atípicas, como las que arraigan en las mentalidades campesinas de alta montaña. Las creencias en la existencia de pactos con el diablo, orgías sexuales con íncubos, viajes a través del cielo nocturno y aquelarres, son sistematizadas por esos caza-herejes y caza-brujas que fueron desde su origen los Padres Dominicos, y que componen verdaderas biblias «demoniológicas», como el célebre Maelus Malleficarum.

Esas creencias resultan ser monstruosas cuando aparecen formando un sistema. Se constituye a través de confesiones conseguidas bajo terribles tormentos: dislocación de brazos, piernas, aplastamiento de dedos, estiramiento del cuerpo, prueba del sueño, del agua, y finalmente el descuartizamiento con la rueda, o la hoguera: veinte, treinta mil hogueras a veces en un año, en una comarca.

Horrores que suscitan siempre los mismos parentescos en la exclusión: brujas, herejes, judíos. En tiempos de conflicto y guerra, esa obsesión, que alcanza hasta finales del siglo XVII, se potencia, se intensifica. La crisis favorece la creación de un chivo expiatorio -y consolida una mentalidad y un sistema de creencias que nos parece disparatado, pero en el que creyeron príncipes, reyes, cortesanos, pueblo llano y hasta grandes intelectuales (como el caso patético de Bodino, autor de un tratado de «demoniología» práctica).

Estercolero mental. Este libro de Trevor-Roper es de obligada lectura para entender los tiempos turbulentos que toda crisis puede conllevar. Con variantes importantes se vuelve a producir en los años treinta del pasado siglo ese siniestro vínculo de mentalidad de caza de brujas (para el caso, de otros marginados sociales, los judíos) favorecido por la crisis económica y el conflicto social y político. Ya en esos oscuros siglos que tenemos por «modernos» la furia contra las brujas venía siempre antecedida o proseguida con quemas en la hoguera de judíos. Y siempre parecía arraigar ese estercolero mental -fomentado por los Padres Predicadores, y tras ellos por los aprendices de brujo de las iglesias reformadas- en las huellas de dolor dejadas por las herejías medievales, valdenses o albigenses.


Se trata de una época en la que florece la nueva filosofía y la nueva ciencia, o el espíritu empresarial y mercantil (no del todo apagado por las cortes principescas). Las sociedades que progresaron fueron las que no poseían encima un poder absoluto como el logrado por el consorcio Iglesia-Estado, como sucedió en el infortunado caso español, sino comunidades, todo lo fanáticas que se quiera, pero con mucha menos concentración de poder, y sobre todo más dispersas, diseminadas y descentralizadas, como sucedía entre calvinistas o luteranos en el resto de los reinos.


Queda en el ánimo, tras la lectura de esta lección de Historia, la pregunta sobre la fragilidad de nuestra civilización liberal, abierta; la dificultad de todo postulado de progreso en una sociedad y en una cultura siempre proclive a las más ponzoñosas y estúpidas regresiones intelectuales y morales; y sobre todo la necesidad de pensar y comprender las crisis en su especificidad, pero también en su infatigable recurrencia.