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dijous, 20 de novembre del 2008

Sócrates (vídeos y películas)

Contexto histórico (portugués)





Vida y obra

La sabiduría de Sócrates no consiste en la simple acumulación de conocimientos, sino el poder afirmar,con plena conciencia, "sólo sé que no sé nada". Esto lo hace una de las figuras más extraordinarias y decisivas de toda la historia, representa la reacción contra el relativismo y subjetivismo sofísticos, siendo un singular ejemplo de unidad entre teoría y conducta, entre pensamiento y acción. Fue a la vez capaz de llevar tal unidad al plano del conocimiento, al sostener que la virtud es conocimiento y el vicio ignorancia. El poder de su oratoria y la facultad de expresarse públicamente eran su fuerte para así poder conseguir la atención de las personas.

Breve:




extracto obra de teatro interpretada por Raul Palma, adpatacion del texto de platon. Mas informacion en;
WWW.TEATROSIGLOXXI.CL







Extenso y detallado*** (aunque demasiado cadencioso):











El proceso de Sócrates



Socrate (1970) (Roberto Rossellini) - 114 min



Adaptación del Diálogo de Platón realizada y producida por el Dr. Juan Abelardo Hernández Franco. Profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Panamericana Ciudad de México.














DOCUMENTACIÓN

Enlace: http://www.academiasocrates.com/socrates/index.php


OTRAS REFERENCIAS

SÓCRATES.

Fuente: http://actualitas.blogspot.com/

2.1 Introducción.

2.1.1 LA PERSONALIDAD DE SÓCRATES.

Sócrates es un ciudadano ateniense nacido en el 470 a. C. y muerto en el 399 a. C. Coetáneo de los sofistas -tiene unos cincuenta años en tiempos de la sofística- no es uno de ellos.

Se nos lo ha descrito como "un hombre enamorado de su ciudad, poco escrupuloso con los deberes familiares, feo y según dicen, de costumbres un poco dudosas, pero de una gran personalidad y originalidad; una mezcla entre pensador puro, político y líder carismático pero controvertido, hecho que provoca la fascinación de una parte de Atenas pero también el odio de otro sector"

"Pues es el caso que una vez Antifonte, queriendo arrebatarle los acompañantes, acercose a Sócrates y, estando delante aquellos, habló así como sigue: «Sócrates, yo confieso que creía que los que se dedican a la sabiduría tenían que venir a hacerse más felices; pero lo que es tú me parece que has sacado del filosofar los frutos más contrarios de eso. A la vista, pues, está que vives de una manera que no habría un esclavo que tratado de ese modo por su dueño lo aguantara: manjares que comes y bebidas que bebes, de lo más barato, y de vestido, andas envuelto en uno no ya sólo barato, sino el mismo para verano y para invierno, y te pasas la vida descalzo y sin camisa. Y más aún, dinero, por supuesto, te niegas a tomarlo, cosa que ya sólo de recibirla alegra y que, guardada en tu poder, te permite vivir más libre y más agradablemente. Así que si, igual que en los demás oficios los maestros sacan a los aprendices imitadores de ellos mismos, tú también por ese camino llevas a los que están contigo, ve teniendo por cierto que eres maestro de miseria.»"

Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, I 6, 1-3

Sócrates era un hombre con carisma, y con una excepcional capacidad de fascinación, y que asume, espontáneamente, la defensa de las costumbres y las instituciones de Atenas constituyéndose en una especie de conciencia pública que denuncia la corrupción y fustiga el vicio a diestro y siniestro, lo que le hace merecer el sobrenombre del "tábano de Atenas".

Una conspiración de sus opositores le lleva a juicio bajo la acusación de impiedad y de corromper a los jóvenes. Es condenado a muerte o al ostracismo eligiendo la muerte pese a haber podido huir de la cárcel. En el 399 bebe la cicuta, un veneno mortal como cumplimiento de la condena y muere. No huye porque no quiere abandonar su ciudad y como expresión de su obediencia y respeto a las leyes de la ciudad.

Y si, además, me dijerais: «Ahora, Sócrates, no vamos a hacer caso a Anito, sino que te dejamos libre, a condición, sin embargo, de que no gastes ya más tiempo en esta búsqueda y de que no filosofes, y si eres sorprendido haciendo aún esto, morirás»; si, en efecto, como dije, me dejarais libre con esta condición, yo os diría: «Yo, atenienses, os aprecio y os quiero, pero voy a obedecer al dios más que a vosotros y, mientras aliente y sea capaz, es seguro que no dejaré de filosofar, de exhortaros y de hacer manifestaciones al que de vosotros vaya encontrando, diciéndole lo que acostumbro: "Mi buen amigo, siendo ateniense, de la ciudad más grande y más prestigiada en sabiduría y poder, no te avergüenzas de preocuparte de cómo tendrás las mayores riquezas y la mayor fama y los mayores honores, y, en cambio no te preocupas ni te interesas por la inteligencia, la verdad y por cómo tu alma va a ser lo mejor posible?".» Y si alguno de vosotros discute y dice que se preocupa, no pienso dejarlo al momento y marcharme, sino que le voy a interrogar, a examinar y a refutar, y, si me parece que no ha adquirido la virtud y dice que sí, le reprocharé que tiene en menos lo digno de más y tiene en mucho lo que vale poco. Haré esto con el que me encuentre, joven o viejo, forastero o ciudadano, y más con los ciudadanos por cuanto más próximos estáis a mí por origen. Pues, esto lo manda el dios, sabedlo bien, y yo creo que todavía no os ha surgido mayor bien en la ciudad que mi servicio al dios. En efecto, voy por todas partes sin hacer otra cosa que intentar persuadiros, a jóvenes y viejos, a no ocuparos ni de los cuerpos ni de los bienes antes que del alma ni con tanto afán, a fin de que ésta sea lo mejor posible, diciéndoos: «No sale de las riquezas la virtud para los hombres, sino de la virtud, las riquezas y todos los otros bienes, tanto los privados como los públicos. Si corrompo a los jóvenes al decir tales palabras, éstas serían dañinas. Pero si alguien afirma que yo digo otras cosas, no dice verdad.» A esto yo añadiría: «Atenienses, haced caso o no a Anito, dejadme o no en libertad, en la idea de que no voy a hacer otra cosa, aunque hubiera de morir muchas veces.»

Platón, Apología de Sócrates 29c-30c

2.1.2 SUS FUENTES.

No escribió ninguna obra, tal vez porque consideraba que el diálogo, la comunicación directa e interpersonal, es el único método válido para la filosofía.
Tanto la imagen que poseemos de él como su pensamiento nos ha llegado principalmente a través de los diálogos escritos por Platón que fue ferviente alumno suyo. Además de esta imagen, que está idealizada, tenemos otras más críticas de contemporáneos suyos. Jenofonte, que es un historiador griego, a través de su obra "Recuerdos de Sócrates" y Aristófanes a través de su obra "Las nubes", una comedia donde se da una imagen de Sócrates como un hombre ridículo.

2.1.3 SÓCRATES Y LOS SOFISTAS.

Sócrates fue un personaje perteneciente al ámbito cultural de los sofistas pero los combatió enérgicamente.

Con ellos comparte. Su interés por el ser humano, por las cuestiones morales y políticas, por la vinculación de éstas al problema del lenguaje.

De ellos se distingue. Fundamentalmente en cuatro aspectos:

1. El modo de enseñar. No cobra por sus enseñanzas, ni lo hace en lugares cerrados sino que aprovecha los mercados, las casas de los amigos, el gimnasio, el ágora o cualquier lugar donde haya gente que quiera escucharlo. No enseña sólo a las elites sino a todo el que lo desea, aunque preferentemente a los jóvenes.

2. Adopta un método totalmente opuesto. Los sofistas pronunciaban largos discursos y comentaban textos de autores antiguos. Sócrates rechaza los largos discursos, porque impiden discutir paso a paso las afirmaciones del orador, y los textos antiguos, porque no es posible preguntar a sus autores, éstos no pueden ofrecer aclaraciones de lo que escribieron. Sócrates emplea la palabra y el discurso pero hace un uso diametralmente opuesto. A diferencia de los sofistas no empleará un discurso grandilocuente (la retórica), ni intentará seducir a las multitudes para hacerles cambiar de opinión o de intención de voto. El único método válido para Sócrates es el diálogo (la dialéctica), la pregunta y la respuesta con la intención de que sea su interlocutor el que llegue a la verdad por sí mismo.

3. La finalidad de su enseñanza. Su interés no se halla en hacer carrera política, conseguir el éxito o la fama sino en indagar en aquellos temas que interesan a todos los seres humanos como por ejemplo, qué es la justicia, el bien o la virtud.

4. Su pensamiento. Aporta en los temas políticos y morales unas soluciones diferentes. Es antirrelativista y defiende la teoría que se denomina intelectualismo moral.

2.2 El antirrelativismo socrático.

Sócrates, como muchos otros atenienses, no está de acuerdo con el relativismo de los valores que tanto había seducido a una parte de la juventud porque este relativismo, que parecía llevar a la conclusión de que todo estaba permitido, amenazaba de muerte su ciudad, uno de sus sueños más preciados: "Estoy orgulloso de ser humano y no animal, y de ser ateniense y no ser bárbaro" confesará.

La obsesión de Sócrates es la de eliminar el relativismo de valores que invade Atenas. El relativismo es fruto de la diversidad de opiniones que da derecho a creer a todos que su parecer vale igual o más que el del resto.

Si no existe ninguna verdad absoluta, el lenguaje se vuelve algo inútil, ya no podemos hablar de nada. ¿Cómo discutir si las leyes de la ciudad son justas o injustas si no tenemos antes una idea clara de la justicia en sí? De la misma manera que un zapatero no puede hacer zapatos, si no sabe antes qué es un zapato (le falta el modelo) los seres humanos tampoco podrán ser justos, virtuosos o felices si ignoran qué quieren decir éstas palabras.

La ciudad ha perdido los papeles y se hace preciso volver a mirar la brújula que nos encamina hacia valores válidos para todos, universales, e incluso, eternos como los dioses.

La primera labor que se habrá de proponer será la búsqueda de la correcta definición de estos conceptos, una definición que sea universal y válida para todos.
"Recuerda que no te he pedido que me muestres una o dos de las muchas acciones que son piadosas, sino que me muestres la forma misma a que nos referimos, aquella en virtud de la cual todas las acciones piadosas son piadosas. ¿Acaso no has afirmado que las acciones impías son impías y las piadosas son piadosas en razón de una forma única? ¿O no lo recuerdas?

-Sí, lo recuerdo.

-Muéstrame, pues, cuál es esta forma para que poniendo en ella la mirada y usándola como para¬digma, pueda yo decir de todo lo que concuerda con ella -lo hayas hecho tú o cualquier otro- que es piadoso y de lo que no concuerda con ella que es impío."

Platón, Eutifrón, 60e

Es necesario encontrar un punto de referencia, la piedra de toque que fundamente no las opiniones personales sino la verdad. Sócrates cree que esta piedra de toque es la razón humana. La claridad intelectual, aquello que la razón ve claro, ha de ser común a toda la especie humana (racionalismo socrático)

2.3 El método socrático: la inducción mayéutica

Él cree que dentro de cada uno hay unas verdades innatas (innatismo) que es necesario alcanzar, hacer aflorar en nosotros - como una madre pare a su hijo desde lo más íntimo de su cuerpo -. Ello se puede conseguir mediante la palabra pero no con el estilo de los sofistas –la retórica- sino con el juego de la pregunta-respuesta, en definitiva, con el diálogo – la dialéctica -.

"Sócrates: Esto te sucede mi querido Teeteto porque tu mente no es vacía ni estéril. Sufres los dolores del parto.

Teeteto: No sé nada de eso. Sócrates. Sólo te estoy diciendo en que estado me encuentro.

Sócrates: !Qué extraño que nunca hayas oído que soy hijo de una partera, una apacible y saludable mujer, llamada Fenérates!.

Teeteto: Lo he oído.

Sócrates: ¿Te han dicho que yo también practico el mismo arte?... No divulgues mi secreto. No se sabe que yo poseo esa habilidad, y es así que los ignorantes me describen como un excéntrico que reduce a las personas a una perplejidad sin esperanza. ¿Quieres que te diga la razón?

Teeteto: Sí, por favor.

Sócrates: Considera, entonces, lo que ocurre con todas las parteras. Lograrás así comprender lo que quiero decir. Creo que sabes que ellas sólo atienden a otras mujeres en sus partos, cuando ya no pueden engendrar hijos ni criarlos, puesto que están demasiado viejas para ello. Mi arte mayéutico es, en general, como el de ellas: la única diferencia es que mis pacientes son hombres, no mujeres, y mí trato no es con el cuerpo, sino con el alma, que está en trance de dar a luz. Y el punto más elevado de mi arte es la capacidad de probar por todos los medios si el producto del pensamiento de un joven es un falso fantasma o está, en cambio, animado de vida y verdad. Hasta tal punto me parezco a la partera, que yo mismo no puedo dar a luz sabiduría, y el reproche usual que se me hace es cierto: a pesar de que yo pregunto a los demás, nada puedo traer a luz por mí mismo, porque no existe en mi la sabiduría. La razón es la siguiente: el cielo me obliga a servir como partera, pero me ha privado de dar a luz. De modo que por mí mismo no tengo ninguna clase de sabiduría ni ha nacido de mi descubrimiento alguno que fuera criatura de mi alma. Algunos de quienes frecuentan mi compañía parecen, al principio, muy poco inteligentes, pero, a medida que avanzamos en nuestras discusiones, todos los que son favorecidos por el cielo hacen progresos a un ritmo tal que resulta sorprendente tanto a los demás como a sí mismos, si bien está claro que nunca han aprendido nada de mí: las numerosas y admirables verdades que dan a luz las han descubierto por sí mismos, en sí mismos. Pero el alumbramiento, en cambio, es tarea del cielo y mía. La prueba de esto es que muchos que no han sido conscientes de mí asistencia, pero que gracias a mí han dado a luz, creyendo que toda la tarea había sido exclusivamente de ellos, me han dejado antes de lo que debían, ya sea por influencia ajena o por propia determinación, por lo que fueron malogrando, en lo sucesivo, su propio pensamiento, al caer en malas compañías. Han ido perdiendo los hijos que yo les había ayudado a tener, porque los educaron mal, al atender más a los falsos fantasmas que a lo verdadero: y así, finalmente, tanto los demás, como ellos mismos fueron consecuentes de su falta de entendimiento."
Platón. Teeteto. 148 e - 151 a

Considera que la verdad está en cada uno de nosotros y que podemos llegar a conocerla a través de la inducción mayéutica. Así el punto de partida será la máxima délfica: “Conócete a ti mismo”.

Ahora es necesario profundizar en la búsqueda de la definición del concepto que queramos hallar. Hemos de buscar en el interior de nosotros mismos y apoyarnos en nuestra razón.
¿Cuál es el camino a seguir?:

1. En primer lugar eliminar de las mentes de los seres humanos todas las opiniones que son relativas o subjetivas. El método socrático utiliza para ello dos elementos:
a. Reconocer la propia ignorancia: “Sólo sé que no sé nada” . Antes de toda investigación es necesaria una cura de humildad, un reconocimiento de la propia ignorancia. Es ésta la base de la búsqueda de toda verdad porque sólo el que tiene conciencia de su ignorancia está en disposición de llegar a la verdad. Esta confesión tiene un carácter irónico y la hace Sócrates siempre y repetidas veces ante sus contertulios en sus diálogos.
b. La ironía. Por medio de la ironía finge ignorar las tesis del contrario pero lo acorrala mediante preguntas hasta que consigue hacerle negar su propia tesis.

2. Una vez limpia la mente de erróneos prejuicios y de falsas opiniones ya se puede aspirar a conocer las verdades absolutas, por un camino plano que parte de las pequeñas cosas conocidas y mediante el uso de la inducción mayéutica.

Por ejemplo, para saber qué es la belleza, podemos comenzar dando su definición (método deductivo rechazado por Sócrates y utilizado por los sofistas) o bien buscar cosas bellas -una flor, una persona, una puesta de sol, etc.- y ver entre todos en qué cosas coincidimos acercándonos al modelo de belleza que hay en nuestra mente. Este modelo será en último extremo universal y común a todos los seres humanos. Lo mismo podemos decir de la justicia, el bien o la felicidad.

Es el camino de lo deseado a lo deseable, de las cosas concretas y conocidas a las desconocidas y abstractas.

Sus diálogos siempre comenzaban con la pregunta ¿Tú qué sabes de tal o cual cosa?, o bien, cuando se decía de una persona que era buena o justa aprovechaba para preguntar ¿Qué es la justicia?, ¿Qué es la verdad?

"La mayoría de los diálogos socráticos de Platón suelen terminar sin que se alcance una definición satisfactoria. El interlocutor de Sócrates ve refutadas, una tras otra, todas las definiciones que propone y Sócrates tampoco ofrece definición alguna alternativa (cf. también Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 4,4,9-10). Este proceder de Sócrates resulta, de entrada, desconcertante: da la impresión de dedicarse exclusivamente a humillar a sus interlocutores refutando sus definiciones y poniendo al descubierto su ignorancia. Para comprender el sentido de este proceder socrático es necesario conectarlo con ciertos aspectos de su personalidad: su confesión irónica de ignorancia a través de la cual reconoce la limitación y provisionalidad de su propio saber y está dispuesto a someterlo constantemente a revisión; su oficio mayéutico, de partera, que no pretende adoctrinar dogmáticamente a los demás, sino ayudarlos a librarse de las falsas opiniones y a ponerse en situación de buscar por sí mismos la verdad. En el diálogo, Sócrates pone a prueba los conocimientos de los demás y pone a prueba también su propio conocimiento."

CALVO, Tomás: De los sofistas a Platón: política y pensamiento. Madrid, Ed. Pedagógicas, 1995. pág. 149

2.4 El intelectualismo moral.

Una vez descubierta la verdad ya no se puede dejar de desear el llevarlo a la práctica porque lo contrario significaría violentar nuestra propia conciencia e ir en contra de nuestros intereses como seres racionales.
La virtud, el obrar bien, no es otra cosa que saber lo que es el bien, lo que es la justicia, la libertad, las leyes, etc. Porque una vez ves claro que es cada una de esas cosas es tanta la fuerza que tienen estas verdades que todos las querrán alcanzar.
En definitiva, "ser bueno" equivale a "saber": "No hay seres humanos malos, sino simplemente ignorantes". Esta es la tesis que defiende el optimismo antropológico.
La moral socrática es intelectualista, es decir, se alcanza a través de un proceso de clarificación racional, mediante el cual se encuentra la verdad en el interior de nosotros mismos, o bien haciendo un buen uso de la razón, o bien con la ayuda del diálogo (mayéutica) para ir de las cosas conocidas a las verdades absolutas.
El ser humano virtuoso deja de actuar ciegamente y pasa a actuar por sabiduría. Veámoslo:
a) Actuar ciegamente. El que no accede al conocimiento del bien se conduce por instinto, deseo o técnica particular. Espontáneamente se obedece al instinto, se intenta satisfacer el deseo -esa es nuestra parte de naturaleza ciega-, por rutina se explota un saber. El artesano, el médico, el político, etc. busca lo útil unas veces para sí mismos, a merced de sus impulsos y sus deseos egoístas, otras para satisfacer las exigencias de su oficio. Todos buscan lo útil pero nadie lo define en su universalidad, sino por un beneficio particular e inmediato. No lo obtienen más que por la espontaneidad del deseo, la rutina del oficio, la práctica de un arte, los efectos de la retórica, etc.
b) Actuar por sabiduría. Equivale a dominar los movimientos de una naturaleza ciega y conducirse según la ciencia del bien, resistir los impulsos particulares, que son egoístas, para seguir los mandatos universales de la razón. Actuar por sabiduría sólo es posible tras el recorrido de la mayéutica el cual nos define el deseo esencial de la razón humana. La razón tiende imperiosamente hacia el bien lo que puede ocurrir en más de una ocasión es que otros bienes particulares desvíen su atención.

"Quien piensa correctamente, actúa correctamente, luego la ignorancia es el mal"
El mal es seguir un bien aparente y particular en contra del real y universal. Cuando el bien percibido no es aparente, sino real, ha de ser el mismo para todos los seres humanos (es lo deseable)
Cuando, a través de la inducción mayéutica, hemos definido el bien como el deseo esencial de la razón humana, al volver a la práctica, por deducción, ese bien no puede perder su universalidad para recaer en el particular deseo egoísta: El sabio actuará por sabiduría.



SÓCRATES O LA MAYORÍA INFALIBLE

Fuente: http://www.xtec.net/~jortiz15/canfora.htm

Luciano Cánfora


Atenas, Donde un delito de opinión podía pagarse con la vida, no era una ciudad precisamente tranquila. Pero en círculos restringidos y un tanto disolutos se podía gozar de una conversación inteligente, variada y paradójica, inagotable, enriquecida por divertidos intermedios... En “El Banquete”: Aquél era el estilo de los “grandes” de la ciudad y de su séquito de intelectuales; del que, como es obvio, Sócrates formaba parte. Los atenienses, diríamos hoy los “atenienses medios”, veían todo eso con otros ojos, no sin grandes recelos... El estilo de vida de los invitados al “Banquete” los volvía aborrecibles a sus conciudadanos, e impulsaba a sospechar de ellos.... En primer lugar en lo que se refiere a la indisciplina sexual, que Alcibíades no se preocupaba por esconder...

Al contar la noche del “Banquete”, Platón le ha quitado dramatismo y le ha añadido carácter sublime... Se sitúa en las casas de los “señores” de mentalidad libre y desprejuiciada. Platón sabía perfectamente que, en el momento del proceso, aunque fuera entre bastidores, una de las principales acusaciones contra el viejo Sócrates fueron las “enseñanzas” que Alcibíades sacó de él. Enseñanzas que se mezclaban con las relaciones personales y la atracción física: habían corrido muchas conjeturas acerca de la posibilidad de que Alcibíades hubiera sido “amante” de Sócrates.

El banquete” quiere representar, en una versión a la que pocos hubieran dado crédito en aquel momento, lo que verdaderamente era aquel grupo, disuelto poco después por la cascada de procesos que arrastró no sólo a Alcibíades, sino también a buena parte de sus amigos... A partir de aquellos juicios todo fue, si así puede decirse, de mal en peor. Los procesos se aplacaron sólo cuando los delatores agotaron su inventiva, junto con su mala fe. Pero para entonces el terreno estaba ya cubierto de escombros. Se había inducido a los atenienses a creer que en verdad era inminente un golpe de Estado o, mejor dicho, “una conjura oligárquica y tiránica”, para usar el lenguaje democrático corriente por entonces... Atenas no recuperó la calma hasta que pudo incriminar a Alcibíades, el cual se sustrajo al juicio apresurándose a ponerse en guerra contra su propia ciudad.... Entonces se desencadenó la crisis institucional, breve pero cargada de consecuencias, del año 411: se derrocaron las instituciones cardinales de la democracia y quedó a la vista de todos hasta qué punto ésta era débil y carecía de verdaderos defensores. Inútil añadir que la participación en un golpe de Estado de un miembro destacado del círculo socrático como era Critias, y de su padre Calescro, no pasó inadvertida. Sócrates no hacía política, no intrigaba en busca de cargos públicos de relevancia, pero sus “discípulos” no dejaban de inquietar al “ateniense medio”. Estaban siempre en el campo opuesto al de la democracia.

En la batalla naval más espectacular de la guerra del Peloponeso –que tuvo lugar en las islas Arginusas en agosto de 406- los generales atenienses obtuvieron la victoria. En aquel año Sócrates era buleuta, es decir, había sido elegido, por sorteo, para formar parte del Consejo de los Quinientos. Por eso se vio implicado en el juicio contra los generales victoriosos, a quienes se culpó de no haber salvado a los náufragos, arrastrados por la tempestad que se desató tras la batalla. La asamblea popular, investida del papel de corte de justicia, osciló entre impulsos opuestos, manipulada por las minorías aguerridas y –en aquellas circunstancias- decididas a liquidar a aquellos estrategas.. Lo hacían quizás porque los creían demasiado cercanos a Alcibíades... Se trata de un ejemplo perfecto de la fuerza de las élites, de las minorías organizadas, cuyo éxito radica en convencer a la “mayoría” de que está ejerciendo su propia voluntad soberana como mayoría. En el desarrollo del juicio a los estrategas, que era crucial incluso para el resultado de la guerra, dos minorías organizadas y enfrentadas entre sí se disputaban el favor de esa “mayoría”... Sócrates formaba parte de la minoría derrotada... De lo que no cabe duda es de que el gesto de desafío de Sócrates al “pueblo soberano” no fue bien visto. Había osado poner en tela de juicio la tesis de la superioridad del “demos” sobre la “ley”.

Jenofonte. Muchos años después del ajusticiamiento de Sócrates, inserta en sus “memorias socráticas lo siguiente: Intentaba demostrar de forma concluyente que la fuente de la política democrática radical de Alcibíades quedaba fuera de la enseñanza socrática, y dependía en todo caso de un “pernicioso maestro” como Pericles. Quería demostrar la distancia política entre Alcibíades y Sócrates... Sócrates replicó públicamente que él no reconocía otra autoridad que la ley y que “no haría nada que estuviera en contra de la ley”.

El juicio que se cerró con la pena capital de los generales fue, también desde el punto de vista militar, un gesto suicida... Después de la derrota en la guerra del Peloponeso, vino el famoso gobierno de los Treinta en Atenas, conocido, en la tradición posterior, como el de los “tiranos”. Su jefe era Critias. Había frecuentado a Sócrates, aunque no sin desavenencias. El sobrino de Critias era Platón. Desde el principio, el gobierno oligárquico fue tan agresivo que determinó un fenómeno nuevo en la historia política de la región: la fuga en masa de todo aquel que pudiese temer la persecución política por simpatizar con el anterior régimen democrático. Atenas redujo sus dimensiones. El Pireo se segregó, y allí se establecieron los demócratas. Fueron relativamente pocos quienes se quedaron “en la ciudad”, y por ello mismo se vieron comprometidos con el nuevo orden. Sócrates estuvo entre ellos. ¿Por qué?

Platón (Carta Séptima) declara haber apoyado en un principio al nuevo régimen de los Treinta... Platón declara también que su alejamiento de los Treinta se produjo cuando éstos rompieron con Sócrates... En el juicio Sócrates (Apología) aduce no haberse alejado nunca de Atenas salvo por obligaciones militares. Y Platón hace heroica esa decisión de Sócrates de aceptar la sentencia de muerte al quedarse en la ciudad. Podría haber salvado la vida si huía. Critón lo visita en la prisión y le propone la fuga, que ya ha sido preparada –y que aquellos mismos que lo habían condenado quizás esperaban, y hasta auspiciaban-, él se niega... Aquel heroico “permanecer en la ciudad” en espera de la muerte que el Estado le infligía fue por tanto la respuesta, tardía pero elocuente, a las acusaciones de quienes ponían en duda las verdaderas inclinaciones políticas del filósofo cuando en el 404 “permaneció” en la ciudad gobernada por Critias.

Relación entre Sócrates y el gobierno de los Treinta. Su camino se bifurcó enseguida. Sócrates corrió el riesgo de sufrir la venganza de los Treinta por haberse negado a formar parte de la delegación que debía detener y ejecutar a León de Salamina, huido del terrible proceso contra el partido democrático... Los oligarcas le impusieron la prohibición de proseguir con su actividad de crítico interlocutor de los jóvenes (“prohibición de dialogar con los jóvenes”)

Más tarde, en su propio proceso, la acusación contra él era muy grave: “Sócrates es culpable de corromper a los jóvenes, y de no creer en los dioses en los que cree la ciudad, y de introducir deidades nuevas” La primera parte de la acusación era de naturaleza política, aunque de manera encubierta, puesto que el acuerdo de pacificación cerrado al final de la guerra civil prohibía las persecuciones judiciales retroactivas. Sin embargo, estaba claro que, refiriéndose a la entera carrera de Sócrates, aquella acusación aludía a los dos discípulos que por diversas razones la ciudad había aborrecido: Alcibíades y Criticas... La segunda parte de la acusación era la más seria judicialmente, puesto que se refería a un “daño” todavía en acto y de incalculables consecuencias: el ateísmo. Era la culpa más grave frente al pueblo de una ciudad antigua: el “ateísmo” era una palabra de un peso enorme. (Anaxágoras, amigo de Pericles, ya tuvo que huir de la ciudad anteriormente).

El aspecto más desconcertante del proceso contra Sócrates es que bajo una acusación de esta índole se hubiera convocado un jurado popular. Los quinientos jueces que condenaron a Sócrates constituían una significativa muestra del cuerpo cívico de la ciudad. La base para formar una corte era una lista de seis mil ciudadanos, probablemente voluntarios, que se renovaba anualmente; simples ciudadanos, no expertos en derecho. Eran cerca de una quinta parte de toda la ciudadanía. El número de los jurados variaba según la importancia de la causa; pero se trataba siempre de varios cientos. Cada jurado tenía plena autoridad y competencia; cada juez recibía un salario de tres óbolos al día, lo que bastaba para vivir. Por eso los necesitados aspiraban a ser elegidos jueces. Seguramente no eran los ciudadanos de ideas más “abiertas”. Casi toda la vida de la ciudad pasaba a través del trabajo judicial de estos hombres. De uno u otro modo, los negocios y las disputas, incluidas las de índole política, acababan en los tribunales. Más que en la asamblea popular, era allí donde los ciudadanos-jueces regían la vida de la comunidad... 280 miembros del jurado votaron a favor de la culpabilidad de Sócrates y 220 votaron por la absolución.

Sócrates (Apología) deja claro que una de las principales razones que lo dejaron solo frente a la opinión pública fue su crítica de la política. Recuerda sus encuentros con diversos políticos, con los que intentó determinar la naturaleza específica de su saber; un esfuerzo que acababa siempre en la constatación de la inexistencia de tal saber. Hacer preguntas inquietantes (pero si la política es una ciencia, ¿no debería poder enseñarse?) no sólo a los atenienses comunes, sino a quienes detentaban el propio “saber” político –es decir, a los políticos que dominaban la asamblea y los destinos colectivos- había sido, por su parte, la manera más antidemagógica de proyectar una visión crítica de la democrática, denunciada como una “fábrica del consenso”. Sin embargo, lo único que consiguió fue ganarse la hostilidad de todos los beneficiaros del sistema, fueran dominadores o dominados. Al llevarlo a juicio, sus acusadores buscaban tal vez una manera de intimidarlo, sin desear necesariamente su muerte. Fue él quien “provocó” a los jurados, utilizando un lenguaje que lo reafirmaba en su papel de crítico inquietante, frente a un público y en un contexto de resonancia mucho mayor que sus habituales conversaciones más o menos privadas.

ENFRENTAMIENTO ENTRE JENOFONTE Y PLATÓN
(AMBOS DISCÍPULOS DE SÓCRATES).


Jenofonte. Colaboró con los del Gobierno de los Treinta... Se exilió posteriormente y se estableció definitivamente al servicio de los generales espartanos en Asia. (Anábasis)

A través de sus obras, Jenofonte estableció un diálogo con Platón, el otro socrático que puso al maestro como protagonista de sus escritos. Un diálogo cuya aspereza no pasó inadvertida a los estudiosos antiguos. La disputa se desarrollaba, como no podía ser de otra manera entre discípulos de Sócrates, en el territorio de la teoría política, de la discusión en torno a la “mejor” fórmula político-social. Al modelo platónico, cuyo punto culminante es la propuesta del gobierno de los filósofos, Jenofonte opone, en la “Ciropedia”, la idea de un monarca “educado” de manera completa, incluida la filosofía. El ejemplo que propone es justamente el de Ciro el Grande, idealizado al máximo. Ya los críticos antiguos advirtieron que era este modelo el blanco al que Platón dirigió sus dardos en “Leyes”, la obra de su extrema vejez, la única en la que Sócrates no figura entre los interlocutores.

A la rivalidad entre Platón y Jenofonte no le faltaba, seguramente, motivos personales Platón se encarniza con Jenofonte en el “Menón” Y la aspereza mostrada por Jenofonte podía tener su origen en las rivalidades internas del grupo de los socráticos, que la guerra civil, y el papel que a cada uno le tocó cumplir en ella, volvió aún más retorcidas. Platón desprecia a Jenofonte porque, junto con otros, se embarcó con Clearco y Ciro como mercenario “la hez de todas las ciudades”.

Tanto Platón como Jenofonte creyeron en Critias y en su experimento. Platón declara haberse retractado enseguida, al ver que perseguían o amenazaban con perseguir incluso al propio Sócrates. Jenofonte, en cambio, participó de aquella aventura hasta sus últimas consecuencias, y lo pagó durante buena parte del resto de su vida. Platón no dejó de soñar con el gobierno de los filósofos, y Critias y los suyos se creían dentro de esa categoría. Jenofonte, quizás también en razón de su experiencia directa tanto de la monarquía persa como de la espartana, recogió y relanzó, en su obra mayor, la “Ciropedia”, el ideal monárquico: el del “buen rey”, entronizado –a diferencia del “tirano”- a la cabeza de una élite de “iguales” de la antigua Persia, en la que Ciro se había educado, y en otras oportunidades con los “iguales” de Esparte. Jenofonte vivió la decadencia de ambos mundos e intuyó o previó con mayor claridad que Platón –aunque no por ello dejara de tener conciencia de las imperfecciones de cualquier modelo- las formas políticas que se afirmarían durante el siglo siguiente, que se abriría poco después con la conquista macedonia de Oriente.

PLATÓN Y LA REFORMA DE LA POLÍTICA

Platón era al menos una decena de años más joven que Jenofonte. Nació el año en que Pericles murió de peste (430-429 a C). De sus pariente, el más relevante en la escena política era Criticas. Y no lo era menos en la escena teatral; ésta era, por entonces, la sede más importante de la comunicación de masas en Atenas, junto con la asamblea, pero seguramente más populosa y frecuentada por la gente. En la asamblea reinaba por entonces un cierto ausentismo: sólo en las grandes ocasiones se llegaban a reunir cinco mil personas; rutinariamente el número de los presentes era mucho menor. En cambio, Platón da cuenta de una función teatral a la que asistieron treinta mil espectadores. Allí se forjaba la conciencia de la ciudad mediante una forma de arte que, si bien controlada por el Estado, permitía que se expresasen autores que sutilmente, a través de la escena, ponían en tela de juicio los fundamentos de la ciudad. Durante los años críticos de la juventud de Platón este fenómeno se hallaba en su apogeo, y Critias era uno de aquellos autores; su socio era Eurípides. Ambos se intercambiaban las tragedias; si era necesario, uno ponía en escena la obra del otro. El trabajo más importante era el de dirigir al coro y a los actores; quien se hacía cargo de ello podía figurar como autor de la obra, y con frecuencia ciertamente lo era.

Critias había sido blanco de la misma acusación dirigida con frecuencia a Eurípides: la de ateísmo... Como político, Critias participó desde el primer momento, junto a su padre Calescro –hermano de Glaucón, el abuelo de Platón-, en los intentos de subversión oligárquica... Vínculo de Platón con Eurípides: precoz interés de Platón por la tragedia. Platón desarrolló una actividad poética intensa, componiendo no sólo ditirambos y cantos líricos, sino también tragedias; además estudió pintura... Hasta que conoció y escuchó a Sócrates... El encuentro con el maestro comporta un corte con el pasado.

Platón permaneció junto a Sócrates hasta su muerte. El hecho de que en el 404 se hubiera comprometido con el nuevo régimen, bajo la presión de sus parientes cercanos Criticas y Carmides, no implica en absoluto un distanciamiento con respecto a Sócrates. En la Carta séptima afirma haber retirado su apoyo al gobierno de los Treinta cuando éstos entraron en conflicto con Sócrates... después de la muerte de Sócrates, Platón pensó que debía alejarse por un tiempo de Atenas. Se dirigió a Megara “en compañía de otros socráticos”. Esto significa que los discípulos se sentían amenazados, o por lo menos atemorizados, por el dramático final de aquel juicio, y por eso fueron en busca de refugio a casa de Euclides, en Megara. Buscaban así ponerse a salvo de las eventuales represalias.

Más tarde, ya de vuelta en Atenas, preferirá llevar su actividad filosófica “a puerta cerrada”, en un círculo separado y a salvo de las miradas de sus conciudadanos, llevando una conducta exactamente opuesta a la del perpetuo deambular característico de Sócrates. Eso se deberá entre otras cosas, y quizás sobre todo, a la trágica conclusión de la experiencia socrática.

Los puntos de vista de Jenofonte y Platón son contrarios. Platón, aunque desilusionado por el gobierno de los Treinta, “salva”, por así decir, a Criticas y Carmides. En cambio Jenofonte muestra especialmente hacia Critias toda la hostilidad. Según Jenofonte Critias es quien ha querido manchar a los caballeros con la masacre de Eleusis, y además quien ha llevado a la ruina personal a los miembros de su partido... Para Platón, en cambio, aquella guerra civil no fue más que un desgraciado paréntesis; el verdadero trauma permanecía indeleble: era el monstruoso proceso con el que la democracia restaurada había llevado a Sócrates a la muerte... Porque de ese acontecimiento se deriva la opción vital de Platón: su renuncia a congraciarse con la democracia y a practicar la indagación callejera.

Son dos vidas paralelas, con una diferencia. Jenofonte rompe con Atenas como consecuencia de la guerra civil y de sus secuelas. Platón rompe, él también, con Atenas, pero no ya como consecuencia de la guerra civil, sino de la muerte de Sócrates. Es entonces cuando, juzgando que el modelo político representado por su ciudad es imposible de reformar, busca otros caminos, nuevas experiencias que serán alimento y banco de pruebas para su pensamiento político.

diumenge, 25 de maig del 2008

Sabios axiales: la gran tansformación



Fuente: http://www.paidos.com/lib.asp?COD=71057


Después de Historia de Dios, la formidable Karen Armstrong nos narra ahora en La Gran Transformación la evolución de las religiones tradicionales desde su nacimiento hasta que alcanzan la madurez.


En el siglo IX a. de C., en cuatro regiones distintas del mundo civilizado se originaron las tradiciones religiosas y filosóficas que han alimentado nuestro espíritu hasta el día de hoy: confucianismo y taoísmo en China, hinduismo y budismo en la India, monoteísmo en Israel, y racionalismo filosófico en Grecia. Las generaciones posteriores jamás han dejado de beber de esas fuentes primigenias.


En La gran transformación, su obra más ambiciosa hasta la fecha, la reconocida historiadora de las religiones, Karen Armstrong traza el apasionante desarrollo de los primeros pasos espirituales del hombre.


Fue la Era Axial, pues así se conoce esa fascinante etapa de la humanidad, el momento clave en que los sabios de cada pueblo descubrieron la fe, pero no como dogma o doctrina de manipulación de masas, sino como una reacción visceral contra la brutal violencia de sus respectivas épocas. Las religiones, afirma Armstrong, nacieron como respuesta espiritual al odio, los conflictos y la rabia.


Examinando las aportaciones de figuras como Buda, Sócrates, Confucio, Jeremías, Ezequiel o los desconocidos místicos del Upanishad, la autora explora en las raíces de nuestras tradiciones religiosas para comprender las claves del presente que brotan de un pasado espiritual común.



«La gran transformación es la mejor Karen Armstrong: capaz de convertir las sutiles complejidades del pasado en una entretenida narración que hará las delicias de los historiadores y del lector aficionado por igual.»

The Washington Post


«Un libro espléndido... lúcido y muy relevante en un mundo sumido en los conflictosmilitares y los odios sectarios.»
The New York Times



«Sin duda su trabajo más ambicioso hasta la fecha. Muy bien documentado y de fácil lectura.»

The San Francisco Chronicle



Karen Armstrong fue monja católica durante siete años. Después de dejar su orden en 1969, se graduó en la Universidad de Oxford y empezó a enseñar Literatura Moderna. Con el tiempo, se ha convertido en uno de los principales especialistas británicos en historia de las religiones. Miembro honorario de la Association of Muslim Social Scientist, su trabajo se ha traducido a cuarenta idiomas, y ha escrito también tres documentales para televisión. Desde el 11 de septiembre de 2001 ha intervenido con frecuencia en conferencias, debates, periódicos, revistas y otros medios de comunicación a ambos lados del Atlántico, hablando del islam. Es autora de Una historia de Dios y Una historia de Jerusalem, ambos libros publicados por Paidós.







Fuente: http://www.adn.es/cultura/20070917/NWS-2828-Karen-Armstrong.html

La gran transformación

Introducción

  • Karen Armstrong
  • ,
  • | 18/09/2007 |

Quizá cada generación crea que ha llegado a un momento decisivo de la historia, pero nuestros problemas parecen particularmente intratables, y nuestro futuro cada vez más incierto. Muchas de nuestras dificultades encubren una crisis espiritual mucho más profunda. Durante el siglo XX vimos la erupción de la violencia a una escala sin precedentes. Por desgracia, nuestra capacidad de hacernos daño y matarnos unos a otros ha seguido el mismo ritmo que nuestro extraordinario progreso económico y científico. Parece que carecemos de la sabiduría para controlar nuestra capacidad de agresión, y mantenerla dentro de unos límites seguros y apropiados. La explosión de las primeras bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki dejó al descubierto la autodestrucción nihilista que se esconde en el corazón de los logros más brillantes de la cultura moderna. Nos arriesgamos a catástrofes ambientales porque ya no vemos la tierra como algo sagrado, sino sencillamente como un «recurso». A menos que vivamos algún tipo de revolución espiritual que pueda mantenerse al mismo nivel que nuestro genio tecnológico, es muy improbable que consigamos salvar nuestro planeta. Una educación puramente racional no basta. Hemos averiguado, con enormes costes, que una gran universidad puede existir en el mismo espacio físico que un campo de concentración. Auschwitz, Ruanda, Bosnia, la destrucción del World Trade Center... todos estos hechos son oscuras epifanías que nos revelan lo que puede ocurrir cuando se pierde el sentido de la inviolabilidad sagrada de todo ser humano.

La religión, que se supone que debe ayudarnos a cultivar esa actitud, a menudo parece reflejar la violencia y desesperación de nuestros tiempos. Casi todos los días vemos ejemplos de terrorismo motivado por la religión, el odio y la intolerancia. Un creciente número de personas encuentra que las doctrinas y prácticas religiosas tradicionales son irrelevantes y carentes de credibilidad, y se vuelven hacia el arte, la música, la literatura, la danza, el deporte o las drogas para que les den las experiencias trascendentes que al parecer requerimos los seres humanos. Todos buscamos momentos de éxtasis y de arrobamiento, cuando habitamos nuestra humanidad con más plenitud de lo acostumbrado, y nos sentimos hondamente conmovidos en nuestro interior y momentáneamente elevados por encima de nosotros mismos. Somos criaturas en busca de sentido y, a diferencia de otros animales, caemos fácilmente en la desesperación si no somos capaces de encontrar significado y valor a nuestras vidas. Algunos buscan nuevas vías para ser religiosos. Desde la década de 1970 se ha dado un renacimiento espiritual en muchos lugares del mundo, y la piedad militante que a menudo llamamos «fundamentalismo» es sólo una manifestación de nuestra búsqueda posmoderna de iluminación.

En nuestra situación actual, creo que podemos encontrar inspiración en el período que el filósofo alemán Karl Jaspers denominó la era axial, porque fue decisiva para el desarrollo espiritual de la humanidad. (1) Desde más o menos el 900 hasta el 200 AEC* en cuatro regiones distintas vieron la luz las grandes tradiciones mundiales que han continuado nutriendo la humanidad: el confucianismo y taoísmo en China; hinduismo y budismo en la India; monoteísmo en Israel y racionalismo filosófico en Grecia. Fue el período de Buda, Sócrates, Confucio y Jeremías, los místicos de las Upanishadas, Mencio y Eurípides. Durante este período de intensa creatividad, unos genios espirituales y filosóficos abrieron el camino a un tipo totalmente nuevo de experiencias humanas. Muchos de ellos trabajaban anónimamente, pero otros se convirtieron en luminarias que todavía nos llenan de emoción, porque nos muestran cómo debería ser un ser humano. La era axial fue uno de los períodos más influyentes de los cambios intelectuales, psicológicos, filosóficos y religiosos de la historia que recordamos; no habrá nada comparable hasta la Gran Transformación Occidental que crearía nuestra propia modernidad científica y tecnológica.

Pero ¿cómo podían aquellos sabios de la era axial, que vivieron en circunstancias tan distintas, hablar de nuestra situación actual? ¿Por qué volvernos hacia Confucio o Buda para encontrar ayuda? Desde luego, el estudio de ese período tan distante sólo puede ser un ejercicio de arqueología espiritual, cuando lo que necesitamos es crear una fe más innovadora que refleje las realidades de nuestro propio mundo. Y sin embargo, de hecho, no hemos sobrepasado hasta ahora la sabiduría de la era axial. En tiempos de crisis espiritual y social, hombres y mujeres han vuelto la vista constantemente hacia ese período en busca de guía. Quizás hayan interpretado los descubrimientos de la era axial de forma diferente, pero nunca han conseguido ir más allá de ellos. El judaísmo rabínico, el cristianismo y el islam, por ejemplo, son florecimientos tardíos de la era axial original. Como veremos en el último capítulo de este libro, estas tres tradiciones redescubrieron la visión axial y la trasladaron maravillosamente a un lenguaje que hablaba directamente a las circunstancias de su tiempo.

Los profetas, místicos, filósofos y poetas de la era axial estaban tan avanzados y su visión era tan radical que las generaciones posteriores tendieron a diluirla. En ese proceso, a menudo se produjo precisamente el tipo de religiosidad que los reformadores de la era axial querían evitar. Creo que esto es lo que ha ocurrido en el mundo moderno. Los sabios de aquella era tienen un mensaje importante para nuestro tiempo, pero sus conocimientos resultarán sorprendentes (incluso increíbles) para muchos que hoy en día se consideran religiosos. Por ejemplo, a menudo se da por supuesto que la fe consiste en creer ciertas proposiciones. En realidad resulta común llamar a la gente religiosa «creyentes », como si asentir con los artículos de fe fuese su principal actividad. Pero la mayoría de los filósofos de la era axial no tenían interés alguno en doctrinas o metafísicas. Las creencias teológicas de una persona eran un asunto que provocaba indiferencia total en alguien como el Buda. Algunos sabios incluso se negaban categóricamente a discutir de teología, afirmando que aquello les distraía y resultaba perjudicial. Otros afirmaban que era inmaduro, irreal y perverso buscar ese tipo de certeza absoluta que mucha gente espera que le proporcione la religión. Todas las tradiciones que se desarrollaron durante la era axial ampliaron enormemente las fronteras de la conciencia humana y descubrieron una dimensión trascendental en lo más hondo de su ser, pero no contemplaron ese hecho necesariamente como sobrenatural, y la mayoría de ellas incluso se negaron a discutir ese asunto. Precisamente, como la experiencia era inefable, la única actitud correcta era un silencio reverente. Los sabios, por supuesto, no buscaban imponer sus propios puntos de vista sobre esa realidad primordial a otras personas. Más bien al contrario: según creían, nadie debería adoptar enseñanzas religiosas como artículo de fe. Era esencial cuestionárselo todo, y probar empíricamente todas las enseñanzas recibidas mediante la experiencia personal. De hecho, tal y como veremos, si un profeta o filósofo empezaba a insistir en doctrinas obligatorias, normalmente era una señal de que la era axial había perdido su impulso. Si al Buda o a Confucio les hubiesen preguntado si creían en Dios, probablemente se habrían estremecido ligeramente y habrían explicado (con gran cortesía) que esa pregunta no era adecuada. Si alguien le hubiese preguntado a Amós o a Ezequiel si era «monoteísta», si creía en un solo Dios, se habrían quedado igual de perplejos. El monoteísmo no era el tema. Encontramos pocas afirmaciones inequívocas de monoteísmo en la Biblia, pero, curiosamente, la estridencia de algunas de esas afirmaciones doctrinales en realidad se aparta del espíritu esencial de la era axial.

Lo que importaba no era lo que uno creía, sino cómo se comportaba. La religión consistía en hacer cosas que te cambiaban a un nivel profundo. Antes de la era axial, los rituales y los sacrificios animales eran parte fundamental de la búsqueda religiosa. Se experimentaba lo divino en dramas sagrados que, como en una gran experiencia teatral de la actualidad, te conducían a otro nivel de existencia. Los sabios de la era axial cambiaron este hecho; seguían valorando los rituales, pero les daban un nuevo significado ético y ponían la moralidad en el corazón de la vida espiritual. La única forma de encontrar lo que ellos llamaban «Dios», «Nirvana», «Brahmán» o «el Camino», era vivir una vida compasiva. En realidad, la religión «era» compasión. Hoy en día damos por supuesto que antes de emprender una vida religiosa debemos comprobar a nuestra entera satisfacción que existe «Dios» o «lo Absoluto». Es una buena práctica científica: primero se establece un principio, y sólo luego se aplica. Pero los sabios de la era axial dirían que eso en realidad es poner el carro antes que el caballo. Primero hay que comprometerse a llevar una vida ética; luego, la benevolencia disciplinada y habitual, y no una convicción metafísica, será la que te ofrezca indicios de la trascendencia que buscabas.

Eso significa que hay que estar dispuesto a cambiar. Los sabios axiales no estaban interesados en proporcionar a sus discípulos una pequeña elevación edificante del espíritu, después de la cual podían volver con renovado vigor a sus vidas centradas en ellos mismos. Su objetivo era crear un tipo de ser humano totalmente distinto. Todos los sabios predicaban una espiritualidad de la empatía y la compasión; insistían en que la gente debía abandonar su egoísmo y su codicia, su violencia y su crueldad. No sólo estaba mal matar a otros seres humanos, sino que tampoco había que pronunciar palabras hostiles, ni hacer gestos de irritación. Más incluso, casi todos los sabios de la era axial se dieron cuenta de que no se podía limitar la benevolencia a tu propia gente: tu preocupación debía extenderse de algún modo a todo el mundo. De hecho, cuando la gente empezó a limitar sus horizontes y sus simpatías fue otra señal de que la era axial estaba tocando a su fin. Cada tradición desarrolló su propia formulación de la Regla de Oro: no hacer a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Por lo que se refería a los sabios de la era axial, la religión consistía en el respeto por los derechos sagrados de todos los seres, y no en la creencia ortodoxa. Si la gente se comportaba con amabilidad y generosidad con sus compañeros, podían salvar el mundo.

Necesitamos redescubrir ese ethos axial. En nuestra aldea global, no podemos permitirnos ya una visión provinciana, exclusiva. Debemos aprender a vivir y a comportarnos como si la gente de países que están muy lejos del nuestro fueran tan importantes como nosotros mismos. Los sabios de la era axial no crearon su ética compasiva en circunstancias idílicas. Cada tradición se desarrolló en sociedades como la nuestra, desgarradas por la violencia y la guerra como nunca antes había ocurrido. En realidad, el primer catalizador del cambio religioso normalmente era un rechazo de principio a la agresividad que los sabios contemplaban en su entorno. Cuando empezaban a buscar las causas de la violencia en la psique, los filósofos axiales penetraban en su mundo interior y empezaban a explorar un reino de experiencia humana desconocido hasta entonces.

El consenso de la era axial es testimonio elocuente de unanimidad en la búsqueda espiritual de la raza humana. Las gentes axiales averiguaron que la ética compasiva funcionaba. Todas las grandes tradiciones que se crearon en aquellos tiempos están de acuerdo en la importancia suprema de la caridad y la benevolencia, y eso nos dice algo importante acerca de nuestra humanidad. Encontrar que nuestra propia fe está en profundo acuerdo con otras es una experiencia de afirmación. Sin apartarnos de nuestra tradición, por tanto, podemos aprender de otros cómo mejorar nuestra búsqueda particular de una vida empática. No podemos apreciar los logros de la era axial si no nos familiarizamos con lo que había antes, de modo que tenemos que comprender la religión preaxial de la antigüedad primera. Ésta tenía unos rasgos comunes que serían muy importantes en la era axial. La mayoría de las sociedades, por ejemplo, tenían unas creencias primigenias en un Dios Excelso, que a menudo era llamado Dios del Cielo, porque se asociaba con el firmamento.(2) Como era bastante inaccesible, tendió a desvanecerse de la conciencia religiosa. Algunos dicen que «desapareció», otros que fue desplazado violentamente por una generación más joven de dioses más dinámicos.

La gente normalmente experimentaba lo sagrado como una presencia inmanente tanto en el mundo que le rodeaba como dentro de sí mismos. Algunos creían que los dioses, hombres, mujeres, animales, plantas, insectos y piedras, todos compartían la misma vida divina. Todos estaban sujetos a un orden cósmico que todo lo abarcaba y lo mantenía todo con vida. Incluso los dioses tenían que obedecer ese orden, y cooperaban con los seres humanos en la preservación de las energías divinas del cosmos. Si éstas no se renovaban, el mundo se sumiría en un vacío primordial. El sacrificio de animales era una práctica religiosa universal en el mundo antiguo. Era una forma de reciclar las fuerzas diezmadas que mantenían vivo el mundo. Existía una fuerte convicción de que la vida y la muerte, la creatividad y la destrucción estaban inextricablemente entretejidas. La gente se daba cuenta de que sobrevivían sólo porque otras criaturas entregaban sus vidas en su beneficio, de modo que la víctima animal era honrada por su autosacrificio.(3) Como no podía haber vida sin tal muerte, algunos imaginaban que el mundo había llegado a existir como resultado de un sacrificio al principio de los tiempos.

Otros contaban historias de un dios creador que había matado a un dragón (símbolo común de lo informe y lo indiferenciado) para poner orden en el caos. Cuando reconstruían aquellos actos míticos en sus liturgias ceremoniales, los adoradores creían que se habían introducido en el tiempo sagrado. A menudo empezaban un nuevo proyecto realizando un ritual que representaba la cosmogonía original, para dar a su frágil actividad mortal una infusión de fortaleza divina. Nada podía permanecer si no estaba «animado» o dotado con un «alma» de esa forma.(4) La religión antigua dependía de lo que se ha dado en llamar la filosofía perenne, porque estaba presente, de alguna forma, en la mayoría de las culturas premodernas. Cada persona, objeto u experiencia en la tierra era una réplica, una pálida sombra de una realidad en el mundo divino.(5) El mundo sagrado era, por tanto, el prototipo de la existencia humana, y como era mucho más rico, fuerte y resistente que ninguna otra cosa sobre la tierra, hombres y mujeres deseaban con desesperación participar en él. La filosofía perenne es todavía un factor clave, hoy en día, en la vida de algunas tribus indígenas. Los aborígenes australianos, por ejemplo, experimentan el reino sagrado del Tiempo Soñado como algo mucho más real que el mundo material. Tienen breves atisbos del Tiempo Soñado cuando duermen o en momentos de visiones; es eterno y «omnipresente». Forma un telón de fondo perpetuo tras la vida corriente, que se ve constantemente debilitada por la muerte, el flujo, el cambio incesante. Cuando un australiano va a cazar, ajusta su conducta tan estrechamente a la del Primer Cazador que se siente totalmente unido a él, captado por su realidad mucho más potente. Después, cuando se aparta de la riqueza primordial, teme que el dominio del tiempo le absorba, y le reduzca a la nada a él y a todo lo que hace.(6) Ésa era también la experiencia de los pueblos de la antigüedad. Sólo cuando imitaban a los dioses en rituales y abandonaban la solitaria y frágil individualidad de sus vidas en el tiempo actual existían de verdad.

Alcanzaban su verdadera humanidad cuando dejaban de ser sólo ellos mismos, y repetían los gestos de otros.(7) Los seres humanos son profundamente artificiales.(8) Luchan constantemente por mejorar su naturaleza y aproximarse a un ideal. Aun en los tiempos presentes, cuando ya hemos abandonado la filosofía perenne, la gente sigue como esclavos los dictados de la moda e incluso violentan sus caras y sus cuerpos para reproducir los modelos actuales de belleza. El culto a las celebridades muestra que todavía reverenciamos a unos modelos que personifican la «suprahumanidad». A veces la gente se desvive por ver a sus ídolos, y notan una sensación de euforia y bienestar en su presencia. Imitan sus ropas y su conducta. Parece que los seres humanos tienden de forma natural hacia el arquetipo y lo paradigmático. Los sabios axiales desarrollaron una versión más auténtica de esta espiritualidad y enseñaron a la gente a buscar el propio ser ideal y arquetípico en su propio interior.

La era axial no era perfecta. Un grave defecto era su indiferencia hacia las mujeres. Esas espiritualidades se desarrollaron casi todas en entornos urbanos, dominados por el poder militar y la actividad comercial agresiva, donde las mujeres tendían a perder el estatus del que habían disfrutado en una economía más rural. No existen sabias axiales, y aunque a las mujeres se les permitía tener un papel activo en la nueva fe, normalmente se las dejaba a un lado. No es que los sabios axiales odiasen a las mujeres, sino que la mayor parte del tiempo sencillamente ni se fijaban en ellas. Cuando hablaban del «hombre grande» o «iluminado » no se referían a «hombres y mujeres»... aunque la mayoría de ellos, si se les hubiese cuestionado, probablemente habrían admitido que las mujeres eran capaces también de esa liberación.

Precisamente, como la cuestión de las mujeres es tan secundaria para la era axial, me he dado cuenta de que cualquier discusión sostenida sobre este tema es una distracción. Cuando he intentado abordarla, me ha parecido que no venía al caso. Sospecho que merece un estudio por sí solo. No es que los sabios axiales fuesen misóginos empedernidos, como algunos de los padres de la Iglesia, por ejemplo. Eran hombres de su tiempo, y tan preocupados por la conducta agresiva de los de su propio sexo que raramente concedían un solo pensamiento a las mujeres. No podemos seguir a los reformadores axiales de una forma servil; en realidad, hacerlo sería violar de forma fundamental el espíritu de la era axial, que insistía en que ese tipo de conformidad situaba a la gente en una versión inferior e inmadura de sí mismos. Lo que podemos hacer es ampliar a todos el ideal axial de preocupación universal, incluyendo el sexo femenino. Cuando intentamos recrear la visión axial, debemos poner también sobre la mesa los mejores logros de la modernidad.

Los pueblos axiales no evolucionaron de forma uniforme. Cada uno se fue desarrollando a su ritmo. A veces consiguieron una sabiduría que era realmente digna de la era axial, pero luego la abandonaron. La gente de la India siempre estuvo a la vanguardia del progreso axial. En Israel, profetas, sacerdotes e historiadores se aproximaron al ideal esporádicamente, a tropezones, hasta que se vieron exiliados en Babilonia en el siglo VI y experimentaron un breve e intenso período de extraordinaria creatividad. En China se dio un progreso lento y constante, hasta que Confucio desarrolló la primera espiritualidad axial plena a finales del siglo VI. Desde el principio los griegos fueron en una dirección completamente distinta de los demás pueblos.

Jaspers creía que la era axial era más contemporánea de lo que fue en realidad. Él pensaba, por ejemplo, que Buda, Lao Tse, Confucio, Mozi y Zoroastro vivieron más o menos al mismo tiempo. Los eruditos modernos han revisado esa cronología. Ahora sabemos con seguridad que Zoroastro no vivió durante el siglo VI, sino que es una figura mucho más temprana. Resulta muy difícil datar algunos de estos movimientos con precisión, especialmente en la India, donde había muy poco interés por la historia, y no se hacía ningún intento de llevar un registro cronológico preciso. La mayoría de los orientalistas están de acuerdo actualmente, por ejemplo, en que Buda vivió un siglo entero más tarde de lo que antes se creía. Y Lao Tse, el sabio taoísta, no vivió durante el siglo VI, como asumía Jaspers. En lugar de ser contemporáneo de Confucio y Mozi, casi con toda seguridad vivió en el siglo III. He intentado mantenerme al corriente de los debates eruditos más recientes, pero hasta el momento muchos de esos datos son puras especulaciones, y probablemente nunca los conoceremos con seguridad.

Pero a pesar de estas dificultades, el desarrollo general de la era axial nos da una visión de la evolución espiritual de ese ideal tan importante. Seguiremos ese proceso cronológicamente, siguiendo el progreso de los cuatro pueblos axiales uno junto al otro y examinando la nueva visión que iba tomando raíces gradualmente, para luego subir hasta alcanzar un punto álgido y finalmente desvanecerse al acabar el siglo III. Sin embargo, ése no fue el final de la historia. Los pioneros de la era axial habían puesto los cimientos sobre los que otros podrían construir. Cada generación intentaría adaptar esas visiones originales a sus propias circunstancias peculiares, y ésa debe ser nuestra tarea hoy en día.

1. Karl Jaspers, The Origin and Goal of History, Londres, 1953, págs. 1-70 (trad.

cast.: Origen y meta de la historia, Barcelona, Altaya, 1995).

* A menos que se especifique lo contrario, todas las fechas son «antes de la era común».

Uno la gran 11/7/07 11:13 Página 14

2. Mircea Eliade, Myths, Dreams and Mysteries: The Encounter Between Contemporary

Faiths and Archaic Realities, Londres, 1960, págs. 172-178 (trad. cast.: Mitos, sueños

y misterios, Madrid, Grupo Unido de Proyectos y Operaciones, 1991); Wilhelm

Schmidt, The Origin of the Idea of God, Nueva York, 1912.

3. Walter Burkert, Homo Necans: The Anthropology of Ancient Creek Sacrificial Ritual

and Myth, Berkeley, Los Ángeles, y Londres, 1983, págs. 16-22; Joseph Campbell y

Bill Moyers, The Power of Myth, Nueva York, 1988, págs. 72-74 (trad. cast.: El poder del

mito, Barcelona, Salamandra, 1991).

4. Eliade, Myths, Dreams and Mysteries, págs. 80-81; Mircea Eliade, The Myth of

the Eternal Return, or, Cosmos and History, Princeton, 1959, págs. 17-20 (trad. cast.: El

mito del eterno retorno, Madrid, Alianza, 2000).

5. Eliade, Myth of the Eternal Return, págs. 1-34.

6. Huston Smith, The World's Religions: Our Great Wisdom Traditions, San Francisco,

1991, pág. 235 (trad. cast.: Las religiones del mundo, Barcelona, Kairós, 2005).

7. Eliade, Myth of the Eternal Return, págs. 34-35.

8. Jaspers, Origin and Goal of History, pág. 40.