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dissabte, 24 de maig del 2014

Philipp Blom: Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914.

Historia de un salto al vacío
Fuente: http://www.revistadelibros.com/resenas/historia-de-un-salto-al-vacio




Philipp Blom
Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914.
Barcelona, Anagrama, 2013
Trad. de Daniel Najmías
680 pp. 29,50 €
Se alcanzan a oír ya los ecos de bombo y platillos. Este año se cumplirá el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial. Gran Bretaña ha preparado una página web donde se recogen todos los actos culturales relacionados con la conmemoración, en la que participan hasta ahora casi setecientas cincuenta instituciones, veintidós de ellas internacionales. Francia, por su parte, ha creado un espacio web minucioso y ordenado que es en sí mismo un museo virtual sobre la Gran Guerra. Y también en Alemania, el principal país derrotado, se recordará la efeméride con diversos actos y una gran exposición en el Deutsches Historisches Museum de Berlín a partir del 6 de junio. Se prevé una campaña editorial acorde con la magnitud de los preparativos. En España la editorial Crítica ha publicado 1914: el año de la catástrofe, de Max Hastings; Debate, por su lado, 1914-1918: la historia de la Primera Guerra Mundial, de David Stevenson; y Turner, el libro de Margaret MacMillan 1914: de la paz a la guerra.

En los rastros y mercadillos alemanes es habitual, desde siempre, encontrarse con fotografías de soldados que participaron en la Gran Guerra. Muestran grupos de hombres con mostachos esculpidos (así los lucía Hitler en aquella época), con aspecto grave y hierático unos, otros con más facha de olvidar el frente en las tabernas, risueños e irónicos como un soldado Schwejk cualquiera. Y, junto a las fotografías, también pueden comprarse sus cartas, escritas normalmente con la característica y ahora ilegible Kurrentschrift, la caligrafía propia de la época en Alemania. Si hay suerte, incluso, dibujos de algún soldado que anduvo por las trincheras y que dejó apuntes a lápiz de escenas cotidianas; o algún cuaderno de la editorial Oskar Eulitz, de la entonces ciudad de Lissa (hoy Leszno, en Polonia), pensado como diario de la guerra para que los habitantes de Prusia hicieran su propia crónica de los acontecimientos. Y, por qué no, una reedición de 1973 de un catálogo ilustrado de la casa August Stukenbrok Einbeck de 1912. Se trataba de una empresa que vendía por correo los productos más variopintos imaginables. Es un fiel reflejo de la vida cotidiana de la época y de cómo confluyeron las tradiciones del viejo mundo con los impulsos vertiginosos de la nueva era. Junto a las lámparas de acetileno o antorchas de magnesio para las bicicletas, se vendían las bujías para los automóviles o las bombillas con portalámparas de marca Edison, además de armas de todo tipo, proyectores cinematográficos, petardos y fustas para espantar a los perros que pudieran hacer caer a los ciclistas, teléfonos para el hogar… No obstante, aún era demasiado pronto para que se extendieran comercialmente algunos aparatos eléctricos, como la lavadora y la plancha (ambas patentadas en 1909), y de las que sólo se ofrecen sus versiones manuales o de uso con gas. Tradición y modernidad se aunaban en las frondosas páginas de un catálogo, y quedaban dos años para que el mundo cambiara tan radicalmente que ya es lugar común asegurar que el siglo XX comenzó en 1914.

Philipp Blom (Hamburgo, 1970), historiador formado en Viena e Inglaterra, pretende que echemos la vista atrás para contemplar cómo aquel «ritmo de nuevas velocidades», como dijo Stefan Zweig en sus memorias, había iniciado su carrera tiempo atrás. Blom sostiene en este libro, Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914, que la modernidad «no nació virgen de las trincheras del Somme» y que la guerra no habría actuado de «creadora», sino de «catalizadora». Propone Blom que para comprender la urgencia de esos años, el nacimiento del espíritu maquinístico de la época, el vértigo y la velocidad y, muy especialmente, para poder compararla con la euforia y la angustia actuales, conviene aproximarse a ellos olvidando por completo que ese esprint terminaría con un salto al vacío. No deja de ser inquietante, pues otra de las propuestas de Blom es que comparemos las grandes líneas que plantea en su libro con los sucesos contemporáneos, también pródigos en la velocidad y el vértigo. En muchos momentos de la lectura trasciende ese paralelismo sin que se explicite: las nuevas formas de la masculinidad, la profusión de avances técnicos, la rapidez con la que éstos se suceden y la posible falta de adaptación a esa velocidad… Lamentablemente, Blom no incide en este punto y no retoma en ningún momento su planteamiento.

La metáfora de que se sirve para plantear su primera propuesta es afortunada. La basa en una fotografía que Jacques Henri Lartigue tomó en el Grand Prix francés de 1912 (y que, curiosamente, no se ha utilizado para ilustrar la cubierta del libro, como ocurre con la edición original). La velocidad del coche número seis le impidió retratarlo entero y sólo aparece la mitad, con la rueda trasera deformada, igual que el fondo, algo borroso, donde unos espectadores parecen inclinarse hacia el lado contrario. Blom pide al lector que imagine los años que va a contar como si fueran esa fotografía. «Hemos de mirarlos con la urgencia y la inmediatez del joven Lartigue cuando enfocó con la cámara el coche número seis del Grand Prix», aun a riesgo de obviar «una parte de la realidad». Sólo así, sostiene Blom, se podrá «plasmar la velocidad, el frenesí, la urgencia de la experiencia vital durante aquella época». Nos propone, pues, «desentrañar la época desde dentro, interpretándola no retroactivamente, sino como la vieron quienes la vivieron»; en definitiva, Blom pretende hacernos partícipes de aquella cinética con una especie de travelling narrativo veloz pero en absoluto atropellado. Para ello organiza el andamiaje de su libro de una forma en apariencia simple, pero extraordinariamente eficaz: quince capítulos, uno para cada año.

Así, en 1900 nos presenta la Exposición Universal de París y la estatua alegórica de la ciudad, una figura de seis metros obra de Paul Moreau-Vauthier que coronaba la entrada del recinto. Blom la enfrenta, en una suerte de contraposición entre tradición y modernidad, a las dinamos que movían los monstruosos ingenios de las salas de máquinas de la misma exposición. Habla también de la decadencia de Francia, de la magnificencia del mundo viejo (ilustrada con la descripción de la fastuosa cena que la République ofreció a sus veinte mil alcaldes), del caso Dreyfus, del antisemitismo en Francia y de las dudas acerca de la virilidad de la población masculina.

En 1901 aborda los fastos celebrados tras la muerte de la reina Victoria de Inglaterra, señalada por Blom como la muerte de una época. También del antisemitismo en Inglaterra, del colonialismo y de las nuevas costumbres de la aristocracia. 1902 se abre con la Babel de lenguas existente en el imperio austrohúngaro y con la irrupción de las tesis de Sigmund Freud y de cómo plantea éste la dicotomía entre el principio moral y la realidad social: «El funcionamiento de la sociedad misma descansaba en la represión individual, en una negación del placer»; describe las obras de Adolf Loos o Egon Schiele y de cómo fueron recibidas con gran escándalo.

En 1903 expone cómo las artes y las ciencias comenzaron a fracturar el mundo anterior. Habla, y con qué elegancia, de por qué fueron cruciales los descubrimientos de Marie Curie o de Ernest Rutherford sobre la radioactividad, y de las perspectivas que Fritz Mauthner o Ernst Mach aportaron al estudio del lenguaje. «La modernidad nació entre el hastío de la realidad y la verdad y las dudas sobre el propio lenguaje y las múltiples perspectivas de la experiencia». Trata la evolución de la ciencia ficción (que, no deja de ser interesante, apenas tuvo éxito en Alemania, más pendiente de los libros de indios y vaqueros escritos por Karl May), de los distópicos (los antiutópicos) y de cómo el optimismo de esos inicios comenzó a quedar arrinconado por una visión pesimista y siniestra del futuro.
En el capítulo dedicado a 1904 se muestra especialmente incisivo en su crítica al colonialismo belga y a las atrocidades cometidas en el Congo. Ensalza la labor de quienes lo denunciaron –Roger Casement y Edmund Dene Morel–, lo que le sirve para explicar los nuevos mecanismos de expansión de la prensa. Sigue Blom, con ese travelling sobre la decadencia del mundo anterior que inició en el primer capítulo, exponiendo cómo las colonias no eran rentables económicamente y cómo la opinión pública comenzaba a rechazar las prácticas abusivas de los imperios. 1905, por su parte, está dedicado a Rusia y al fermento revolucionario surgido tras el «Domingo Sangriento», la represión zarista, el antisemitismo en el país y la importancia de las reformas del ministro Serguéi Witte. Blom expone en este capítulo las condiciones miserables de vida en Rusia con una especie de patchwork muy sugerente y, sin duda, la convulsión violenta del país contrasta con la idea de seguridad que Stefan Zweig muestra en sus memorias –una imprescindible lectura paralela a esta obra– como exponente de la época. Angustia, vanguardias, desesperanza. «Era obvio que las cosas no podían terminar bien. Cómo y cuándo se produciría la catástrofe seguía siendo incierto, pero como dicen entre ellos los estudiantes de Los siete ahorcados [obra de Leonid Andréiev]: “¡Ya no falta mucho!”».

Trata en 1906 del dominio de los mares y de la carrera armamentística de los diferentes países europeos, lo que le lleva a reflexionar sobre el ejército y sobre la hombría, un tema recurrente en este libro. Aparecen Proust y el profesor descarriado protagonista de El ángel azul, de Heinrich Mann; el Mensur, los duelos barbáricos que provocaban entre sí los estudiantes prusianos; los prejuicios sociales sobre el uranismo y la masculinidad, el ideal de los judíos musculosos de Max Nordau; Nietzsche y de cómo se tergiversaron sus escritos sobre el superhombre; la virilidad y las nuevas perspectivas de la misoginia, especialmente en Jean Paul Möbius y Otto Weininger.

Sigue Blom con su vertiginosa y entretenida carrera con el año 1907 y la Conferencia de Paz en La Haya, paz de la que nadie parecía estar convencido. La respuesta de las feministas está meticulosamente analizada, así como la proliferación de movimientos alternativos, que Blom describe con una galería de naturistas y excéntricos entre los que no faltan Tolstói o Madame Blavatski: «Las estructuras heredadas ya no podían dar respuestas adecuadas al frenesí de la vida moderna, a las nuevas realidades sociales creadas por las sociedades urbanas e industriales, al consumismo y, mucho menos, a la nueva seguridad en sí mismas que empezaron a manifestar las mujeres». Y del sufragio al feminismo, tema estudiado en el capítulo dedicado a 1908. Ese año se reunieron medio millón de personas en Hyde Park para pedir el voto para las mujeres, y fue importantísimo el papel de sufragistas como Mary Gawthorpe, Christabel Pankhurst, Annie Kenney, Leonora Cohen, Lilian Lenton… Fueron arrestadas, iniciaron huelgas de hambre y sus ataques a diputados los hacían con paraguas (aunque Blom se refiere, sin detallar, a un ataque con una carta bomba). Blom sostiene que los movimientos feministas sí consiguieron sus objetivos antes de la guerra, en contra de lo que dice «la historia oficial». Trata de las teorías feministas sobre el papel del hombre y sobre la prostitución, de la trenza que hizo el feminismo ruso con el anarquismo y el terrorismo, de las diferencias entre las corrientes feministas en Francia, más tenues, de la división entre activistas y socialistas en el feminismo de los dos imperios de lengua alemana, y se detiene especialmente en el papel de Rosa Mayreder. Vuelve a la carga contra la misoginia de Möbius, de Karl Kraus (aunque para ello utilice citas y anécdotas del vitriólico vienés especialmente divertidas) y de Otto Weininger, cuya breve vida le sirve para analizar las relaciones entre antifeminismo y antisemitismo.

1909 es el año de la velocidad de las nuevas máquinas. Aparece el primer vuelo sobre el canal de la Mancha, de Louis Blériot, quien ha tenido tantos accidentes que el sastre le hace los trajes a medida según sus deformidades; la lucha por conseguir la mayor velocidad punta de las locomotoras de la Siemens y de la AEG, el automatismo de los obreros, Taylor y Ford; la cadena de montaje, de 1908, que se instauró en Europa tras la guerra; la importancia que tuvo Estados Unidos para los europeos, algunos de los cuales querían visitar y aprender de una sociedad libre de las ataduras de la tradición.

El tiempo cobra nuevas dimensiones (es en 1900 cuando aparecen los primeros relojes con manecillas para marcar las décimas de segundo). Proliferan las bicicletas y los automóviles. En el capítulo del vértigo por antonomasia reconoce que la velocidad era algo relativo visto desde hoy en día: lo normal es que se prohibieran las velocidades superiores a los 25 kilómetros por hora en las grandes ciudades (Blom ironiza a menudo y trata muchos temas con un reconfortante sentido del humor). La fotografía llega a las masas gracias a las instantáneas, que pretendían «capturar el mundo en movimiento», todo un estímulo que se plasmó en el arte y en el retorcimiento y la reconfiguración de los motivos pictóricos. Aparecen Italia y el futurismo, Marinetti y su deriva hacia el fascismo («El arte no puede ser sino violencia, crueldad e injusticia»). Si en los primeros capítulos mostraba en especial cómo se descomponía el mundo anterior, paulatinamente va señalando los avisos del salto al vacío: los alemanes (Käthe Kollwitz, Gerhardt Hauptmann, Frank Wedekind) preferían la crítica social a las proclamas estéticas de Marinetti. Musil inicia su obra El hombre sin cualidades con un accidente de tráfico; El súbdito, obra de Heinrich Mann, con un hombre que corre junto al automóvil del káiser gritando «Heil, Heil!», y que cae presa la histeria. Entran en escena la enfermedad de los nervios destrozados, descrita por primera vez en 1869; la neurastenia, relacionada con el exceso de actividad sexual, que afectaba ahora a los hombres. El sexo era más accesible, pero se convirtió en una amenaza: la sífilis, por un lado, y las supuestas consecuencias funestas de la masturbación. La masculinidad se cuestionaba continuamente: «La batalla por el alma del siglo XX se alimentaba de técnica, pero se libraba con el sexo».

1910. Blom analiza el cambio de las relaciones entre hombres y mujeres, amos y criados... Habla de los usos de un nuevo lenguaje, también del musical, de una revolución artística. «En 1910 el papa Pío X llegó al extremo de introducir, para todos los sacerdotes, un juramento obligatorio en virtud del cual renunciaban a la modernidad y sus valores». El retorno al mito: el primitivismo se convierte en un tema artístico: la bestialidad erótica del baile de Stravinsky, las máscaras africanas en Picasso y el cubismo, la búsqueda de experiencias estéticas y sexuales lejos de los países de origen... y en su misma patria. El nacionalismo cobra una fuerza inusitada como respuesta a los tiempos modernos. Aquí comienza todo el desastre del siglo XX, el verdadero impulso, en plena carrera, del salto al vacío.

1911 lo dedica a los «palacios del pueblo», los grandes centros comerciales. El consumismo, la expansión de los cines populares y, de nuevo, las cámaras de fotos instantáneas.

El primer Congreso Internacional de Eugenesia, que se celebró en 1912, le sirve a Blom para tratar cómo fueron imponiéndose ciertas ideas sobre la raza, el aborto y la aniquilación del débil. Aparecen Francis Galton, Jack London y su reportaje sobre los suburbios de Londres, la diferenciación entre nature y nurture. Se acumulan los nombres y las historias: Ernst Hackel, Alfred Ploetz, la nueva masculinidad, la eugenesia en Rusia, Pávlov, Kropotkin, los racistas, Guido von List.

La degeneración provocada por el vértigo y la velocidad de los nuevos tiempos es el tema del año 1913. Los crímenes de Ernst August Wagner y Daniel Paul Schreber. Crimen y sexualidad. Tanto Wagner como Schreber «creyeron que el fin del mundo era el resultado de dos males gemelos: el nerviosismo y la degeneración moral». Aparecen los «apaches» franceses, los gamberros, la violencia y lo que se deriva de ello: «la ciencia del crimen», Lombroso, la fascinación de lo violento en la literatura, Alfred Kubin y sus visiones pesadillescas, Sherlock Holmes y los héroes canallas como Arsenio Lupin. Y llegamos a 1914: un asesinato político. No es el del heredero al trono que desencadenó la guerra. A Blom le interesa captar la esencia de una época a través de estampas concretas. El crimen que conmocionó Francia es el cometido por Henriette Caillaux. Sus circunstancias –la intriga política, el descrédito por cuestiones morales, el hecho de que la asesina fuera una mujer y el protagonismo de la prensa– «eran un intenso eco de las preocupaciones y las angustias de la época».

Decenas y decenas de anécdotas, sucesos en apariencia nimios o esquinados, hechos que rara vez aparecerían en los libros de Historia, son de los que se sirve el autor para, pieza a pieza, crear su magno puzle. Blom emplea en esencia los métodos que usa Bill Bryson en sus obras, y no sólo por el hecho de que no haya ni una sola nota, aunque al final recopila las fuentes con un método limpio y pulcro (el mismo que en España han utilizado en algunos libros Arcadi Espada y, posteriormente, Ignacio Martínez de Pisón).

Se le ha criticado a Blom que se centre en unos países muy concretos: el Imperio Austrohúngaro, Alemania, Francia, Rusia y Estados Unidos, y que haya dejado de lado otros, entre ellos España. Cita en las primeras páginas a Unamuno y a Ortega, pero nada más. Quizás una de las anécdotas relacionadas con el país ilustre los motivos de este esquinamiento. En 1901, durante los funerales de la reina Victoria de Inglaterra, todos los países europeos enviaron barcos como escolta del féretro: «los españoles, sin embargo, no pudieron cumplir con su decoroso deber; su barco no llegó a tiempo, y una nave más pequeña, propiedad del príncipe de Mónaco, tuvo que sustituirlo». España no parecía tener un papel brillante en Europa. La anécdota, no obstante, conviene matizarla. El buque español era el Carlos V, el mejor de la armada, y la realidad no es que no llegara a tiempo por negligencias operativas, como parece desprenderse de la aseveración de Blom, sino porque, ya camino de Inglaterra, sufrió una avería en ocho de sus doce calderas. El suceso fue muy comentado en la prensa española, causó gran consternación y se criticó acerbamente a los responsables que enviaron sólo un barco sin tener en cuenta una posible sustitución. El matiz, insignificante, no altera en sustancia lo que Blom quería explicitar con su anécdota; no obstante, revela lo poco rigurosa que podría llegar a ser esta técnica de collage en caso de emplearse de forma inadecuada. Más, incluso, si un libro así no estuviera dotado de un aparato crítico exigente y minucioso. Nada puede reprochársele a este Años de vértigo, cuya edición española está bien cuidada, pese a que las numerosas imágenes en blanco y negro que acompañan al texto estén muy mal impresas.

El libro es muy estimulante, entretenido y apenas pretende imponer tesis inamovibles. Si el historiador marxista Eric Hobsbawm –que también señalaba 1914 como el año inicial del siglo XX– sostenía que fue el capitalismo el inductor de los patrones de la vida vertiginosa en la sociedad, Blom se aparta de los análisis económicos o de las perspectivas políticas. Para él impera más un punto de vista nuclear y cotidiano que se utiliza para explicar que los mecanismos cinéticos de la vida fueron los grandes avances culturales, científicos e intelectuales. Blom tiene el arte de descascarillar toda complejidad de ciertos hechos que narra y los muestra simples y comprensibles. Asimismo, hace gala de una ironía y de un humor que estimulan la lectura y aclaran la algarabía de sus más de seiscientas páginas. Apunta, además, lecturas interesantes, divertidas o emocionantes, y establece relaciones muy sugerentes entre hechos que aparentemente no están relacionados. Su gusto por el detalle aguza el interés por profundizar en muchos de los temas que plantea a través de pequeñas anécdotas o de libros que cita y comenta en pocas líneas.

En sus últimas páginas sintetiza las ideas principales del libro e insiste en que conviene leerlo olvidando por completo los sucesos desencadenados a partir de 1914. Reconoce que es tarea casi imposible. El reto es interesante, pero se hace sumamente difícil ya desde las primeras páginas, cuando el mismo Blom salpica el texto con referencias directas o indirectas al horror en que se sumió Europa. No sólo el antisemitismo, del que describe situaciones anecdóticas al referirse a países como Inglaterra y Francia, sino que también las referencias al «arte degenerado» (p. 35), el atentado contra Hitler de 1944 (pp. 61 y 62), el uso por vez primera de los «campos de concentración», las referencias a la catástrofe (p. 229), la influencia de Nietzsche y su superhombre en el capítulo dedicado a 1906 y, muy especialmente, cuando trata de la primera Conferencia de Paz de La Haya y las políticas militares de los principales países europeos, desfilan por estas páginas. Si en una primera parte está más pendiente de describir la muerte de un mundo viejo y caduco, posteriormente la narración de crímenes alienantes, la angustia, la represión sexual y la incapacidad para amoldarse a los cambios brutales y veloces, permiten ya vislumbrar el desastre. Un desastre que quedó anticipado en las páginas del Diario de un estudiante, de Gaziel, en su entrada del 1 de agosto de 1914: «Hoy también hemos sabido que Alemania le declara la guerra a Rusia. Ya no queda ninguna esperanza».

Sergio Campos Cacho es bibliotecario, coautor de Aly Herscovitz y colaborador de Arcadi Espada en su libro En nombre de Franco: los héroes de la embajada de España en Budapest.


AÑOS DE VÉRTIGO – Philipp Blom

 

Fuente: http://www.hislibris.com/anos-de-vertigo-%E2%80%93-philipp-blom/
«Se había impuesto un nuevo ritmo al mundo. ¡Cuántas cosas acontecían ahora en un año!» Stefan Zweig

Iniciaba Barbara Tuchman su reputado libro sobre el cuarto de siglo que precedió a la Primera Guerra Mundial, La torre del orgullo (1962), afirmando que aquel período no fue una era dorada más que en una parcial apreciación de las clases privilegiadas; contribuía a la distorsión el que mucha gente embelleciese el recuerdo de aquellos años por contraste con el caos de la guerra. En la misma línea de razonamiento, Philipp Blom, historiador alemán que traza una nueva semblanza de los años de preguerra (desde 1900 hasta 1914), sostiene que la visión nostálgica e idealizada que subyace al nombre de Belle Époque resultaría extraña para la mayoría de quienes vivieron en torno al 1900. Una representación más fidedigna de la época es la que destaca la sensación de hallarse en un mundo lanzado en acelerada transformación: un mundo signado por el cambio y la velocidad, factores que para muchos resultaban tan excitantes como escalofriantes. En concepto del autor, la célebre fotografía en que se observa la mitad posterior del bólido de carreras Nº 6, con sus formas aparentemente alteradas por la velocidad (imagen capturada en 1912 por Jacques-Henri Lartigue), es un verdadero símbolo del momento. Aquellos eran, para los europeos, unos genuinos años de vértigo.

En los quince capítulos del libro -uno por cada año del período comprendido-, Philipp Blom (Hamburgo, 1970) compone una panorámica que privilegia las aristas socioculturales y se concentra en las potencias mayores de Europa, abordando diversas facetas de la época a partir de alguna señal propicia o de un acontecimiento emblemático. Así pues: en el primer capítulo, la Exposición Universal de París realizada en 1900 representa oportunamente la entrada al nuevo siglo. El capítulo II comienza con el instante en que el káiser Guillermo II cierra los ojos de la reina Victoria, su británica abuela, quien acaba de fallecer (enero de 1901): es el punto de partida para una caracterización de la situación socio-política de las mayores potencias europeas, centrándose en un contraste entre Alemania y el Reino Unido. En el arranque del capítulo siguiente tenemos una rápida vista de la prensa vienesa de un día de marzo de 1902, desembocando en una mención incidental de Sigmund Freud en una nota periodística cualquiera: es el capítulo de Viena, ciudad que por entonces fuera una de las mayores capitales culturales de Occidente. En el capítulo IV, la concesión en 1903 del Premio Nobel de Física a Marie Curie es el punto de partida para una aproximación a los cambios radicales que la ciencia depara por entonces, no siendo despreciable, como anticipo de lo venidero, el hecho de que una mujer rompiese con antiquísimos estereotipos sexistas. En 1904, el irlandés Roger Casement entrega a la Oficina Colonial de Londres su informe sobre las atrocidades perpetradas en el denominado Estado Libre del Congo: ocasión para acometer el tema del imperialismo europeo. Y así sucesivamente, nuestro autor pasa revista a una amplia variedad de asuntos: el pacifismo y diversas visiones alternativas del mundo y el futuro tales como la teosofía y la antroposofía; el feminismo; los avances en la tecnología del transporte y el culto de la velocidad; las enfermedades nerviosas «de moda», indicio del desajuste provocado por la vertiginosa modernidad; el impacto social del cine; la sociedad de consumo y la estandarización de la producción industrial; el pensamiento eugenésico y sus desvaríos, etc.
Entre las muy heterogéneas atracciones de la Exposición Universal de París destacaban los prodigios de la ciencia y la tecnología, muy especialmente las dínamos que suministraban energía a las máquinas eléctricas y que, sobre todo en observadores sensibles, provocaban visiones a un tiempo maravillosas y espantables. En efecto, el enorme pabellón de las dínamos infundía una sensación de poder, el que acaso un día llegase a escapar del control de los hombres. Representaba el frenesí de unos tiempos de creciente urbanización, de ferrocarriles surcando los paisajes y de automóviles rodando por las calles, de una arquitectura y un diseño que ponían el acento en lo funcional y parecían prontos a renegar de la ornamentación… Tiempos en que los incipientes aparatos de rayos X causaban tal estupor que llegaba a atribuírseles propiedades universales, a extremos grotescos (desde la curación del cáncer hasta la posibilidad de «blanquear a los etíopes»). Las novedades y la sensación de rapidez resultaban sobrecogedoras. Como señaló el pintor Fernand Léger, «un hombre moderno registra cien veces más impresiones sensoriales que un artista del siglo XVIII». Con frecuencia, el asombro se entreveraba con una impresión de precariedad e inseguridad.
Parecía pues que una amenaza acechaba entre tanto esplendor. En la misma época que parecía consignar el triunfo de la ciencia, proliferaban las voces que diagnosticaban la crisis de la modernidad y el desmoronamiento de la civilización occidental. Los agoreros de siempre veían en el estancamiento  de la natalidad –especialmente en Francia- y en la alta fecundidad de las «razas orientales» una amenaza al futuro de Occidente. Las certezas tradicionales llevaban largo tiempo sufriendo embates desde todos los flancos y ahora, en el mismísimo umbral de una nueva centuria, el racionalismo y su fe en el progreso indefinido evidenciaban abundantes fisuras. ¿Anuncio del triunfo de la sinrazón? Por lo menos se podía hablar de una cada vez más próspera contracultura, que tenía en personalidades como William Blake, Charles Baudelaire, Friedrich Nietzsche y Henri Bergson algunos de sus más insignes profetas. La Era de la Razón se mostraba anémica en certidumbres y en capacidad de sugestionar los espíritus; para saciar la sed de mito había que abrevar en otras fuentes: el instinto, el misticismo –sobre todo en variedades que la ortodoxia religiosa calificaría de espurias-, la voluntad libre de inhibiciones, la inspiración guiada por las emociones.
Es cierto que el común de las gentes deseaba por lo general integrarse en la modernidad y disfrutar de sus beneficios. Elementos como la consolidación de los medios de comunicación de masas, la fulminante difusión del cine y el éxito del primer automóvil popular, el Ford modelo T, hablan a las claras de dicho fenómeno. Pero no es menos cierto que el de aquellos años era un clima propicio a las cosmovisiones alternativas a la propugnada por el racionalismo. Los progresos científicos y tecnológicos convivían con la rebelión contra el orden moderno. El nacionalismo, el racismo y el antisemitismo eran formas ideológicas de particularismo identitario que impugnaban los ideales universalistas de la Ilustración. El disparate conocido como «darwinismo social» revestía de empaque pseudocientífico a abominables proyectos de segregación y exclusión social. En Alemania, el rechazo de la modernidad constituía una verdadera tradición intelectual, académica y artística, mientras que en Francia el caso Dreyfus había movilizado a nacionalistas y reaccionarios no ya contra «un mero individuo», sino contra lo que ellos consideraban como la denigración del orden tradicional.
Circulaban por doquier las obras de Nietzsche, y su virulenta crítica de los valores establecidos encontraba oídos sobradamente receptivos. Freud puso al inconsciente y la sexualidad en el centro de la atención, y, lo que en principio era un paradigma científico, devino en el imaginario ciudadano una celebración de lo irracional. Madame Blavatsky y Rudolf Steiner eran sólo los más famosos de entre los muchos gurúes cuyas enseñanzas prometían el ansiado «reencantamiento del mundo». Las vanguardias artísticas solían nutrirse de un desembozado primitivismo, el que apelaba a lo arcaico, lo atávico y lo pagano (tomados del Occidente premoderno o bien del presente de los pueblos  extraeuropeos). Stravinsky se inspiró en el folclor y la mitología rusas para producir algunas de sus más célebres obras, alcanzado la cúspide con la recreación de un antiguo ritual ruso en La consagración de la primavera (1912).  El cuadro La alegría de vivir (1906), de Henri Matisse, exuda arcaísmo en toda su superficie y celebra la armonía utópica de una perdida Edad de Oro. La iconografía mitológica de Gustav Klimt carece de los aires olímpicos que imprimían los renacentistas o los pintores barrocos a sus dioses griegos, pero exponen las pasiones primigenias que bullen en el alma moderna bajo su pátina de refinada civilización. En fin, ¿no se contaron unas máscaras africanas entre las fuentes de inspiración del cuadro Las señoritas de Aviñón, de Picasso? El naciente siglo XX traía consigo la protesta de lo irracional, la que alimentó movimientos sociales, culturales y políticos de la más diversa índole, desde inspiradas vanguardias artísticas y de pensamiento hasta el culto de la masculinidad y de la violencia. En palabras del autor: «El culto de la sinrazón fue un elemento importante en movimientos aparentemente tan incompatibles como el modernismo abstracto y el fascismo» (p. 585).
En importante medida, los años de 1900 a 1914 fueron el fermento creativo de muchos de los logros y pesadillas del siglo XX. «Todo lo que en el siglo XX llegaría a tener importancia –desde la física cuántica hasta la emancipación de la mujer, desde el arte abstracto hasta los viajes espaciales, desde el comunismo y el fascismo hasta la sociedad de consumo, desde el asesinato industrializado hasta el poder de los medios de comunicación– ya había dejado improntas profundas en los años anteriores a 1914, de tal modo que el resto del siglo fue poco más que un ejercicio, alternativamente maravilloso y horrendo, consistente en desarrollar y explorar esas nuevas posibilidades» (p. 17). El inicio del siglo resultaba alentador para espíritus optimistas y maravillados de la ebullición cultural que les era dado presenciar; espíritus como Stefan Zweig, que en sus memorias -publicadas bajo el título de El mundo de ayer- daba fe del sentir de no pocos europeos cultivados: «Nunca quise más a nuestra vieja Tierra que en esos años antes de la primera guerra mundial; nunca abrigué más confianza en la unificación de Europa, nunca creí más firmemente en su porvenir que en aquel tiempo en que se tenía la sensación de distinguir una nueva aurora. Pero, en realidad, era el resplandor del incendio universal que se aproximaba».
Un período seminal que, por otra parte, guarda bastantes similitudes con el tiempo presente, afirma Blom. Ambas épocas se caracterizan por su índole abierta. Antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, cundía en Europa una buena dosis de incertidumbre acerca del perfil del mundo en un futuro próximo. La caída de la Unión Soviética fue también la caída del esquema confrontacional a que se vio reducido el mundo en los días de la Guerra Fría; con todo, el enfrentamiento entre dos sistemas globales deparaba una serie de puntos de referencia. Hoy, el horizonte no parece estar muy claro.
Libro excelente, a mi entender, que combina la erudición con una prosa tan ágil como esmerada –se agradece la notable traducción-. Sólo reprocharía a la edición de Anagrama la deficiente calidad de muchas de las reproducciones fotográficas que pueblan sus páginas.
-Philipp Blom, Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1915. Anagrama, Barcelona, 2010. 679 pp.

dissabte, 17 de maig del 2014

"A los cien años de la Gran Guerra" en Revista de Libros

Evolución de los estudios sobre la Primera Guerra Mundial

Madri, Turner, 2014 
Trad. de José Adrián Vitier 
864 pp. 39,90 €
Barcelona, Crítica, 2014 
Trad. de Gonzalo García y Ceclia Belza 
728 pp. 29,90 €
Barcelona, Debate, 2013 
Trad. de Juan Rabasseda 
896 pp. 37,90 €
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014 
Trad. de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera 
788 pp. 29 €
Barcelona, Península, 2014 
Trad. de Yolanda Fontal 
615 pp. 34,90 €
Madrid, Marcial Pons, 2014 
628 pp. 28 €
































Los estudios históricos sobre la Primera Guerra Mundial, aunque no son tan numerosos como los dedicados a la Segunda Guerra Mundial, han sido siempre relevantes y ahora lo son mucho más con motivo del centenario del inicio del conflicto. Sin embargo, la historiografía y los retratos testimoniales sobre la bien pronto denominada «Gran Guerra» han seguido una evolución sumamente curiosa, ya que constituyen una muestra de cómo no siempre lo que escriben los especialistas responde a las demandas e intereses de la mayoría de los ciudadanos. En efecto, durante casi dos décadas, desde 1918 hasta el inicio de la que inmediatamente pasó a denominarse Segunda Guerra Mundial, la historiografía que podríamos calificar de más académica había centrado su atención fundamentalmente en el estudio de las relaciones diplomáticas internacionales que habían dado lugar al estallido del conflicto. Eran estudios prolijos sobre las políticas de alianzas previas a la guerra, sobre los diversos intereses económicos y políticos puestos en juego, y sobre las rivalidades que habían provocado la conflagración. Y, evidentemente, abundaban los detallados análisis sobre las estrategias militares diseñadas por los altos estados mayores antes y durante la guerra. En la mayoría, por no decir la totalidad, de los estudios históricos de entonces aparecía la obsesión por buscar «los responsables políticos» de la guerra y predominaba la tendencia a acusar a Alemania de ser la principal culpable. El gran vencido era, además, casi el único responsable de aquel desastre.

La historiografía académica de entonces, elaborada por una minoría de profesores universitarios, por algunos diplomáticos y militares, y también por destacados periodistas, aparte de utilizar la escasa documentación oficial que entonces se permitía consultar, se construía a partir de los testimonios escritos dejados por los más relevantes políticos, diplomáticos y militares. Era básicamente la historia de la alta política, centrada en las actitudes de las elites, en la que destacaba la ausencia de estudios profundos sobre los millones de combatientes, ya que los soldados eran tan solo unas cifras en los gruesos volúmenes entonces publicados. Igualmente destacaba la generalizada ausencia en estas obras de referencias concretas y detalladas sobre el gran impacto que el conflicto había producido en el conjunto de la población de los países beligerantes. Parecía como si la guerra sólo se hubiera vivido en los frentes.

De este modo, si se contempla en su conjunto la historiografía sobre la Gran Guerra publicada en los años veinte y treinta, nos percatamos de que había una notable falta de sintonía entre lo que trataban y sostenían los historiadores académicos en la gran mayoría de los países que habían sido beligerantes, y lo que realmente interesaba a buena parte de la sociedad de estos mismos países. En la mayoría de los estudios sobre la guerra, destacaba el escaso interés, o la reducida sensibilidad, de sus autores por narrar los enormes costes humanos del conflicto, aunque en todos estos países ya se habían publicado numerosos testimonios sobre la vida y la muerte de los soldados en las trincheras. El éxito literario y el impacto emocional y político de lo que habían denunciado, por ejemplo, Henri Barbusse, Erich Maria Remarque o Ernest Hemingway, en sus escritos testimoniales El fuego, Sin novedad en el frente y Adiós a las armas, apenas parecía influir en la tradicional historiografía del momento. En efecto, las emotivas denuncias de la brutalidad y de la irracionalidad de aquella guerra vivida por millones de soldados en las trincheras apenas eran analizadas y explicadas por unos historiadores más interesados en recoger las versiones oficiales del conflicto que aparecían en las memorias de los políticos y de los generales. Los «intereses de Estado» predominaban en aquellas historias oficiales que ponían siempre el énfasis en las responsabilidades de los unos, generalmente los alemanes, y exculpaban a los otros, y que tendían a minimizar los enormes costes humanos y materiales de aquella locura. Y en defensa de la «verdad» oficial sobre aquella guerra en Francia llegó a prohibirse un alegato antibelicista tan auténtico como El miedo, el libro de Gabriel Chevallier, bajo la acusación de ser una obra «antipatriótica». Así, puede decirse que hasta 1945 la historiografía europea más académica y oficial debatió básicamente sobre responsabilidades y sobre los errores y los aciertos de los principales dirigentes políticos y de los jefes militares de los países beligerantes, mientras que apenas investigó sobre los efectos humanos y sociales de aquel conflicto.


Lloyd George, Georges Clemenceau y Woodrow Wilson
Lloyd George, Georges Clemenceau y Woodrow Wilson
Fue después de 1945, y en gran medida como resultado del gran impacto emocional producido por las decenas de millones de víctimas de la Segunda Guerra Mundial, cuando los historiadores dedicados al estudio del primer conflicto europeo empezaron a tratar de forma más seria las enormes repercusiones humanas, sociales y materiales de aquella locura colectiva. Empezó entonces a prestarse más atención al conjunto de las víctimas, las directas y las indirectas, y a reflexionarse sobre la cultura de guerra que había propiciado aquella primera gran matanza europea. Los inicios de la denominada «historia social», con la irrupción de grupo francés de Annales y de los jóvenes historiadores marxistas británicos, creó una situación propicia para que empezaran a ser analizados con rigor los aspectos económicos, sociales y demográficos del conflicto, así como a tratarse con mayor interés el impacto de éste en las actitudes sociales y en las psicologías colectivas. De entonces datan los primeros estudios rigurosos sobre las víctimas militares y civiles, sobre el impacto de la guerra en las retaguardias, sobre la sociedad y la economía «de guerra», sobre el papel que desempeñaron las mujeres en el esfuerzo bélico, sobre los cambios provocados por la guerra en la propia estructura del mundo del trabajo, sobre el impacto de la guerra en el mundo de los niños, las escuelas en tiempos de guerra, etc.

Más adelante, ya hacia las décadas de 1980-1990, irrumpió la moda de lo que podríamos denominar la «historia cultural de la guerra», es decir, las investigaciones sobre cómo logró crearse en casi toda Europa una mentalidad colectiva favorable al conflicto. Eran estudios centrados en el análisis de las nuevas formas de propaganda que lograron forjar una opinión pública extremadamente beligerante y cómo fueron aceptados por buena parte de las ciudadanos los discursos maniqueos sobre la representación del enemigo, sobre la construcción de la imagen del antifrancés, del antialemán, etc. Empezaron a publicarse entonces estudios sobre los exaltados discursos nacionalistas y chovinistas que habían logrado penetrar en la ciudadanía de casi todos los países europeos. De ahí que también se buscaran las responsabilidades no sólo de los políticos y de los militares, sino también de los intelectuales. Por ello aparecieron documentados estudios sobre la actitud de los escritores, periodistas y científicos durante la guerra y su colaboración en la creación de un clima a favor de la irracionalidad bélica y de la «necesaria» destrucción del enemigo. Así, no deja de ser paradójico que aquello que Julien Benda ya había denunciado en 1929, en su libro La traición de los clérigos, es decir la gran responsabilidad de los intelectuales franceses y alemanes en la creación de un ambiente justificador de la guerra, no empezó a ser analizado con rigor científico por los historiadores hasta casi cincuenta años después. De hecho, los sentimientos y las actitudes antibelicistas manifestadas en el curso de la Primera Guerra Mundial no serán tratadas como un tema relevante por parte de las historiografías francesa, alemana, británica e italiana hasta bien entrados los años sesenta, es decir, casi medio siglo después.

En las últimas dos décadas, la historiografía sobre la Primera Guerra Mundial se ha ampliado y enriquecido notablemente y puede decirse que hoy casi no existe ningún aspecto significativo que no haya sido objeto de alguna aproximación, aunque las crónicas sobre este conflicto no hayan alcanzado la diversidad, la riqueza ni la abundancia de las dedicadas a la Segunda Guerra Mundial. Así, la historiografía militar se ha renovado y ampliado notablemente, gracias a poder acceder a documentación oficial, militar en buena parte, hasta ahora vedada. Así, por ejemplo, se ha destacado como correspondía la muy importante participación en la guerra de soldados movilizados en los territorios coloniales. Como es sabido, los franceses incorporaron a sus filas a centenares de miles de argelinos, marroquíes, senegaleses, malgaches y hasta vietnamitas. Y, por su parte, los británicos hicieron lo mismo con más de un millón de canadienses, australianos, neozelandeses, indios, etc. Asimismo, los estudios de carácter más social y antropológico se han diversificado y enriquecido en buena parte gracias al uso masivo de documentación privada, sobre todo de cartas de combatientes y otros testimonios, y también por la localización fondos fotográficos y cinematográficos hasta ahora desconocidos. Así, en conjunto, las últimas publicaciones sobre la Gran Guerra han servido para situar este primer conflicto en la historia europea y mundial del siglo XX de una forma mucho más precisa. Sin embargo, aún hoy se observa un fenómeno significativo. Si bien este conflicto ha sido y es hoy un tema de atención preferente por parte de la historiografía, así como por parte del público francés y británico, no posee la misma relevancia en Alemania, donde el interés por esta guerra es muy inferior. Como más adelante comentaremos, persiste en buena parte de la opinión pública alemana la percepción de que aquella guerra fue totalmente diferente de la Segunda Guerra Mundial y que la transcendencia histórica de la derrota de 1918 fue bien diversa.

Características generales de la Primera Guerra Mundial

Actualmente, la mayoría de los historiadores coinciden en señalar que en el año 1914, con el inicio de la Gran Guerra, comenzó una nueva etapa de la historia europea. La vieja tesis del historiador norteamericano Arno Mayer sobre la persistencia en el viejo continente de una sociedad del «antiguo régimen» hasta 1914 se ha visto refrendada con las posteriores reflexiones de Eric Hobsbawm sobre el «corto siglo XX», que se iniciaba precisamente en 1914 y finalizaba con la caída del muro de Berlín en 1989. Esos «cortos setenta y cinco años» constituían, sin embargo, la etapa más sangrienta de la historia del viejo continente. También hoy tiende a aceptarse generalmente la propuesta, formulada ya en 1945 por el historiador alemán Ernst Nolte, de calificar la etapa que va de 1914 a 1945 de una auténtica «guerra civil europea». Esta tesis ha sido más recientemente aceptada y matizada tanto por el veterano Claudio Pavone como por el más joven Enzo Traverso. En el mundo historiográfico hoy existe una general coincidencia en considerar que la etapa más trágica de la historia europea y mundial fue la que se inició en 1914 con la Gran Guerra y que no finalizó hasta el verano de 1945, treinta y un años más tarde.

Antes de entrar en el comentario concreto de las más importantes aportaciones historiográficas aparecidas últimamente, conviene señalar cuáles son las características generales de la Gran Guerra en que hoy coinciden prácticamente todos los especialistas. Como los aspectos más excepcionales del conflicto, muchos de los cuales se producían por primera vez en la historia, se señalan los siguientes. En primer lugar, la larga duración de la guerra: desde agosto de 1914 hasta noviembre de 1918, es decir cuatro años y tres meses. Eso era impensable cuando se inició el conflicto, ya que todos los estados mayores sostenían que la guerra sería corta y rápida. En segundo lugar, se señala la extraordinaria movilización de recursos humanos y materiales que supuso la guerra. Fue, sin duda, el conflicto más amplio y global vivido por la humanidad hasta entonces: más de setenta millones de soldados fueron movilizados por los países beligerantes, ya que en ellos fueron llamados a filas todos los hombres útiles entre diecisiete y cuarenta y ocho años. Igualmente se coincide en señalar los enormes efectos que tuvo la guerra sobre la sociedad, sobre todo en la europea. Aquel fue el primer conflicto que afectó notablemente a la población no combatiente, aunque se encontrara a centenares de kilómetros de los frentes. En las zonas de combate acabó imponiéndose la «guerra total»: buena parte de los territorios quedaron devastados, a menudo se practicó la política de «tierra quemada», hubo confiscaciones masivas de cosechas y de propiedades, así como violentas ocupaciones de ciudades y pueblos. Las deportaciones de población fueron masivas, por lo que se crearon zonas especiales para asentar a la población refugiada. La población civil no combatiente fue en ocasiones tratada con suma violencia: rehenes, ejecuciones, etc. En buena parte de Europa, de hecho, desapareció la separación entre los combatientes y los no combatientes: todos por igual formaban parte del enemigo.

En el ejército francés murieron el 22% de los soldados y el 25% de los oficiales, y resultaron heridos un 40% de los movilizados

Fue asimismo extraordinaria la movilización de todas las retaguardias al servicio de la guerra. Se produjo una auténtica militarización de gran parte de las industrias y de los servicios, y se impusieron planificadas economías de guerra de todos los países contendientes. Este enorme esfuerzo, y lo prolongado del conflicto, hizo que el coste económico de la guerra fuese enorme. Se ha calculado que sólo en material bélico los contendientes se gastaron ochenta y dos mil millones de dólares. Concluida la guerra, los gastos acumulados provocaron que prácticamente todos los contendientes estuvieran medio arruinados y altamente endeudados. A finales del año 1918 se consideraba que el total de las deudas contraídas por los países beligerantes ascendía a la fabulosa cantidad de doscientos cincuenta mil millones de dólares.

Otro elemento distintivo de la Gran Guerra que ha sido puesto en relieve por todos los historiadores es el haber sido el primer conflicto realmente moderno, ya que en él se puso de manifiesto cómo la ciencia y la tecnología más avanzadas se ponían al servicio de las industrias de guerra. Se habían acabado las viejas guerras «románticas» en que el heroísmo personal podía imponerse a las armas. En la Gran Guerra se hizo patente la desaparición de la caballería, tras varios miles de años de ser considerada la principal arma de ataque contra el enemigo. Aquella fue también la primera guerra tecnológica: los grandes avances experimentados por la química se vieron reflejados en los nuevos tipos de explosivos y en los gases mortales. El gas mostaza inventado por la BASF alemana, pese a estar prohibido por la Convención de La Haya de 1907, fue utilizado por primera vez en frente occidental en 1915. La metalúrgica aportó los nuevos motores de explosión, que se utilizaron en los coches, camiones y aviones. Se utilizaron por primera vez en una batalla los vehículos blindados: los tanques Mark británicos aparecieron en la batalla del Somme en 1916. En la larga y sangrienta guerra de trincheras desempeñó un papel destacado la nueva y poderosa artillería, capaz de alcanzar objetivos a decenas de kilómetros, y en la guerra del mar los submarinos se convirtieron en un arma extremadamente eficaz. En los combates en tierra, quizás el arma más temible y mortífera para los soldados de infantería fueron las modernas ametralladoras, capaces de disparar más de cien balas por minuto. El recurso a los últimos inventos de la electrónica permitió a todos los ejércitos disponer en los propios frentes de teléfonos y de fonógrafos, y los estados mayores pudieron utilizar el cine como un elemento fundamental para las políticas de propaganda en la retaguardia.

Fue la primera guerra en que se utilizó la aviación de forma sistemática. Los propios aviones de caza, biplanos y triplanos, experimentaron una transformación notable durante la propia guerra, ya que pasaron de ser básicamente utilizados para la observación del enemigo a convertirse bien pronto en una eficaz arma de combate aéreo y de ataque a tierra, utilizando ametralladoras y bombas. En 1914, los primeros aviones de combate apenas podían superar una velocidad de ciento cincuenta kilómetros por hora, tenían una autonomía de vuelo de cuatro horas y alcanzaban una altitud máxima de tres mil metros. Al final de la guerra, en 1918, ya superaban los doscientos cincuenta kilómetros por hora, su autonomía llegaba a las ocho horas y alcanzaban los cuatro mil quinientos metros de altitud. Entre todos los países contendientes se construyeron unos ciento sesenta mil aviones de combate. También los Zeppelin alemanes fueron utilizados en la guerra, ya que llegaban a transportar hasta dos toneladas de bombas, pero eran demasiado vulnerables.

Con todas estas invenciones y lo prologando del conflicto, no ha de extrañar que el coste humano fuese realmente extraordinario. La Gran Guerra fue el conflicto más sangriento de la historia de la humanidad hasta aquel momento. Se calcula que murieron unos diez millones de combatientes y que otros diecisiete millones de soldados resultaron heridos, y de ellos cuatro millones quedaron inválidos totales. En la Europa de 1918 había tres millones de viudas de combatientes y seis millones de niños huérfanos de guerra. Las pérdidas de los ejércitos alemán, francés y ruso superaron notablemente el millón y medio de muertos cada uno de ellos. No llegaron al millón las pérdidas británicas y austríacas, y fueron algo menores las italianas, turcas y norteamericanas. En el ejército francés, por ejemplo, murieron el 22% de los soldados y el 25% de los oficiales, y resultaron heridos un 40% de los movilizados. La mitad de los alumnos de la promoción del año 1913 de la selectiva École normale supérieure de París murieron en la guerra.

El asalto. Ilustración de Vojtech Preissig
El asalto. Ilustración de Vojtech Preissig
Pero, además, en esa guerra fallecieron casi tantas personas no combatientes como soldados, ya que la cifra de las víctimas civiles se acerca a los diez millones. Unos como consecuencia directa de los combates –bombardeos y destrucciones de ciudades y pueblos–, otros a causa de los desplazamientos forzosos, y otros por las malas condiciones sanitarias y alimenticias. Y a ellos deben sumarse las numerosas víctimas de las políticas genocidas de limpieza étnica. Sólo la persecución de los armenios por parte de los turcos se tradujo en un millón y medio de víctimas. Pero también fueron perseguidos los gitanos en casi toda Centroeuropa, los judíos residentes en la Polonia rusa lo fueron por los alemanes, la minoría alemana que existía en el imperio ruso fue duramente perseguida por el ejército zarista, las tropas austríacas cometieron asesinatos masivos con la población serbia y los alemanes con los polacos de Silesia, etcétera, etcétera.

Los historiadores también destacan como un elemento de gran relevancia cómo, tras la guerra, el mapa de Europa sufrió una transformación radical. Desaparecieron los cuatro grandes imperios multiétnicos presentes en el continente: el ruso, el alemán, el austríaco y el otomano. Se crearon nueve repúblicas y dos monarquías nuevas, y las relaciones entre los países cambiaron notablemente. Ya nada, o casi nada, en la política europea sería como antes. La paz de Versalles marcó el fin de toda una época y el inicio de otra. Stefan Zweig, en su impresionante relato El mundo de ayer. Memorias de un europeo, nos ha dejado unas conmovedoras páginas en las que relata cómo presenció en la frontera suiza, a finales de 1918, la llegada del tren que trasladaba desde Austria al destronado emperador Carlos, el último de la dinastía de los Habsburgo. El imperio con mayor tradición de Europa desaparecía tras más de ocho siglos de historia. Empezaba realmente una nueva era.

Las causas de la guerra: un debate historiográfico y político aún inacabado

En casi todas las obras que comentaremos en este artículo, una buena parte de las reflexiones de sus autores están centradas en las causas de la guerra y en quiénes fueron los principales «responsables» del conflicto. En efecto, el origen del conflicto es lo que más preocupa: ¿cómo fue que un incidente regional, en la lejana Sarajevo, en los casi desconocidos Balcanes, se internacionalizó de tal manera que acabó provocando una guerra de tan enormes proporciones? Y, ¿por qué fue este incidente del verano de 1914 la chispa del conflicto, y no otros semejantes, y quizá más graves, ocurridos con anterioridad? ¿Cómo fue que la guerra no comenzó a causa del contencioso francoalemán por Alsacia y Lorena, sino por las rivalidades entre los serbios y el imperio de los Habsburgo?

Son numerosos los historiadores que han analizado con detenimiento las causas más remotas que provocaron la guerra. Aquí las coincidencias son notables. Con gran precisión se repasan las tensiones entre las principales potencias europeas, sus rivalidades por crear grandes imperios coloniales y su creciente expansionismo económico. Se presta una especial atención al caso de Alemania, que con setenta millones de habitantes, ya se había convertido en 1914 no sólo en la primera potencia económica del continente, sino también en un auténtico rival del poderío británico. El avance tecnológico y científico alemán, en los campos de la química, la electrónica, la metalurgia y la siderurgia, era ya superior al británico y tan solo el gran desarrollo norteamericano era equiparable. Son muchos los historiadores que señalan que el excesivo eurocentrismo de entonces hacía que la mayoría de los observadores de la política internacional no tuvieran demasiado en cuenta, como le sucedió a España en 1898, lo que ya suponía en el terreno económico y militar el poderoso imperio yanqui.

Por su parte, en 1914, Gran Bretaña vivía en buena medida de las rentas que le otorgaba su extenso y rico imperio colonial, pero, tecnológicamente, era un país que ya había sido superado por Alemania. Controlaba, eso sí, los principales flujos financieros mundiales y la Bolsa de Londres aún superaba con creces a las de Nueva York y Berlín. Francia intentaba consolidar su imperio africano y asiático, sin haber superado el trauma de la pérdida de Alsacia y Lorena. Mientras tanto, el imperio austríaco tendía a aprovecharse de la debilidad del otomano para expansionarse hacia los Balcanes.

Todos los estudios más recientes nos ofrecen detallados análisis sobre las políticas belicistas y de rearme militar de los futuros contendientes y cómo fueron forjándose unas poco estables políticas de alianzas: la Triple Alianza, inicialmente compuesta por Alemania, Austria-Hungría e Italia; y la Triple Entente, integrada por Francia, Gran Bretaña y Rusia. Coaliciones ambas sumamente débiles, ya que, a causa de su contencioso con Austria-Hungría sobre la zona de Trieste y el Bolzano, Italia abandonó la Triple Alianza para sumarse, en 1915, a los países de la Entente. Causas semejantes llevaron al imperio otomano a convertirse en aliado de alemanes y austríacos: sus tensiones con Rusia por el control del Cáucaso y con los británicos por Egipto y Palestina.

Últimamente son bastantes los historiadores que muestran un gran interés por analizar los grandes momentos de tensión europeos anteriores a la Gran Guerra y que, sin embargo, no concluyeron en una guerra generalizada como sí sucedió en 1914. Desde principios del siglo se habían vivido diversos conflictos relativamente periféricos que generaron notable tensión entre las principales potencias, pero siempre se había impuesto la negociación y no se había recurrido al enfrentamiento: las tensiones provocadas en 1904-1906 por el control del norte de Marruecos –especialmente por la zona de Tánger, que había enfrentado a alemanes, británicos y franceses– habían culminado con la conferencia de Algeciras (1906). Austria había ocupado Bosnia-Herzegovina, en 1908-1909, sin que ello provocara un conflicto bélico con el imperio otomano, igual que habían hecho los italianos poco antes al ocupar Libia. Las guerras balcánicas de los años 1912 y 1913 habían quedado limitadas a los países de la zona (Serbia, Rumanía, Bulgaria, Montenegro y Albania) que pretendían aprovecharse de la debilidad otomana.

De ahí que la pregunta común que se plantean la mayoría de los historiadores sea: ¿qué pasó entre el 28 de junio de 1914 –atentado de Sarajevo– y el 28 de julio del mismo año –declaración de guerra de Austria-Hungría a Serbia– para que entonces no prosperasen la negociación y la paz? Durante un mes las cancillerías europeas vivieron todo tipo de presiones y de amenazas, entablaron negociaciones públicas y secretas, ofrecieron un sinfín de promesas que, sin embargo, no condujeron a la paz. ¿Por qué fracasaron las negociaciones? ¿Por qué se impuso en casi todos los gobiernos la tesis de que ir a la guerra era lo justo, lo necesario e incluso lo deseado? ¿Por qué los halcones civiles y militares se impusieron a los pacifistas?


U.S.A.: cartel de alistamiento, por H. R. Hopps, 1917-1918
U.S.A.: cartel de alistamiento, por H. R. Hopps, 1917-1918
Otro elemento común en las obras publicadas más recientemente es la reflexión sobre cómo fue posible que la población de los países en guerra soportara un conflicto tan prolongado, tan sangriento y con un coste tan alto. Por ello, buena parte de los libros que luego reseñaremos dedican capítulos enteros al estudio de la construcción de las culturas de guerra y de las políticas tendentes a crear grandes consensos patrióticos a favor de la «necesidad» de ir a la guerra. Se analizan, así, las campañas de propaganda con que se manipuló la opinión pública, las ideas clave que debían divulgarse, las imágenes del enemigo que debían propagarse, los símbolos y las consignas que debían utilizarse. Al final, todo era útil para justificar la guerra, ya que el conflicto era presentado como lógico derecho a defenderse frente a la agresión del «otro». Se presta, por tanto, una especial atención al estudio de la divulgación de los discursos que pretendían una movilización patriótica, que propagaban la tesis de la «patria en peligro». Igualmente adquiere gran importancia el análisis de cómo fue construyéndose una imagen distorsionada, casi demoníaca, del adversario. El enemigo era presentado como el símbolo máximo de la brutalidad, ya que el conflicto se dirimía entre «la civilización y la barbarie». Es destacable, así, el predominio en todos los países beligerantes de unos discursos exaltados que apelaban a la violencia legítima y que llegaban a justificar incluso la xenofobia y el racismo. Los enemigos recibían todo tipo de tratamientos despectivos y habían de ser tratados como alimañas y ser exterminados. Son extremadamente interesantes los estudios que se han publicado últimamente sobre los medios de comunicación, los diarios, las revistas, el incipiente cine, la fotografía y, sobre todo, los carteles, como elementos fundamentales de la propaganda durante la Gran Guerra. 
Junto a las consideraciones sobre el significado y las repercusiones de las diversas políticas gubernamentales de propaganda de guerra, en las que se señala el papel desempeñado por la prensa de masas y por las diferentes instituciones públicas y privadas, la mayoría de los estudios más recientes no dejan de hacer alusión a la actuación de los intelectuales, los creadores y orientadores de la opinión ciudadana. Se analiza cómo se produjo la derrota y marginación de los más moderados, de los partidarios de la negociación, de los pacifistas y antibelicistas como Jean Jaurès, asesinado al inicio de la guerra. Y cómo en la mayoría de los países beligerantes, tras unos incipientes debates relativamente libres, acabó por imponerse «la razón de Estado», se hizo prevalecer el supuesto interés nacional y se enmudeció y se marginó a los discrepantes, algunos de ellos pronto calificados de «antipatriotas». Son ya muy abundantes los estudios sobre la desaparición casi total del intelectual independiente, del que conservaba un espíritu crítico y libre, que defendía los valores universales de la libertad, de la justicia y, sobre todo, de «la verdad». Porque es preciso recordar que casi todos los intelectuales europeos acabaron siendo cómplices de la demagogia alienadora alimentada desde los gobiernos y se pusieron al servicio de estos y repitieron sin pudor sus tesis. El intelectual había perdido su autonomía, la libertad de pensar y de escribir sin coacciones.

Casi todas las obras publicadas este último año sobre la Primera Guerra Mundial prestan una notable atención a analizar los ejemplos de los escasos pacifistas, antibelicistas o, simplemente, las mentes libres que se opusieron a aquella locura colectiva en 1914. Desde el joven Bertrand Russell, que fue expulsado de la universidad por ser objetor, a la pintoresca y provocadora actuación del veterano George Bernard Shaw, pasando por el activismo pacifista de Albert Einstein. Igualmente se destaca la inhibición distante de un prometedor escritor, como era el austríaco Stefan Zweig, y el firme compromiso pacifista del francés Romain Rolland, que con su Au-dessus de la mêlée recibiría el premio Nobel de Literatura de 1915 al ser considerado por la Academia Sueca como «la conciencia moral de Europa».

Las más recientes aportaciones historiográficas

La prestigiosa historiadora canadiense Margaret MacMillan, profesora en la Universidad de Oxford, especialista en la historia del imperio británico, publicó hace años la obra París, 1919. Seis meses que cambiaron el mundo, quizás el más completo estudio sobre las negociaciones que condujeron a la Paz de Versalles. Ahora nos ofrece un nuevo y excelente libro, 1914. De la paz a la guerra (trad. de José Adrián Vitier, Madrid, Turner, 2014), centrado básicamente en los inicios del conflicto: sus causas, las decisiones que lo precipitaron y las responsabilidades contraídas por los principales protagonistas.

Partiendo de las causas más profundas de la guerra, como eran las rivalidades nacionalistas, el creciente militarismo y el rearme generalizado, esta historiadora pasa a tratar con precisión lo que podríamos denominar los «errores individuales» de los principales dirigentes europeos. Analiza la soberbia de unos gobiernos autárquicos, especialmente el del zar de Rusia y el del káiser alemán, que no quisieron frenar las presiones de sus respectivos halcones, los altos mandos militares que eran notablemente belicistas. MacMillan repasa igualmente otros «errores», como los cometidos por los estados mayores de los países beligerantes, que de forma casi unánime creían que aquella sería una guerra corta, pero decisiva para definir quién tendría la hegemonía en la Europa continental. Y que, por todo ello, al final hubo una escasa voluntad de negociación y de pacto en la mayoría de las cancillerías. Lo que se había logrado evitar –un conflicto bélico sobre Marruecos, en 1906– con unas negociaciones; y el acierto de no involucrarse en las guerras balcánicas de los años 1912 y 1913, no volvió a repetirse en el verano de 1914.

La tesis de MacMillan sobre las responsabilidades en el estallido de la guerra es elaborada y compleja. Sostiene que el imperio ruso, después de la grave crisis de 1905, parecía evolucionar hacia el constitucionalismo liberal, apoyado en un creciente desarrollo capitalista, cosa que hubiera acabado por estabilizar su vida política interior. Pero la opción del zar y su estado mayor por la guerra supuso un esfuerzo humano y económico tan excesivo que aceleró la crisis interna que condujo, ya en 1917, primero a la caída de Nicolás II y después a la revolución bolchevique. La conjetura de la responsabilidad zarista como desencadenante de la guerra es algo arriesgada y no todos los historiadores la comparten. La complejidad de las relaciones internacionales, del juego de intereses económicos, políticos y militares de entonces, hacen que otros autores se inclinen hacia unas responsabilidades más compartidas. La existencia misma, desde hacía años, de muy elaborados planes de guerra ofensivos por parte de casi todos los estados mayores de los futuros contendientes constituye una prueba de que el deseo de guerra estaba mucho más extendido.

Para MacMillan, la Paz de Versalles creó una Europa desequilibrada y en gran medida resentida
El de MacMillan es un estudio completo y muy útil para comprender cómo fue posible que, un siglo después, casi toda Europa se viera involucrada en el conflicto más generalizado desde las guerras napoleónicas. Quizá la tesis más elaborada de la obra sea la explicación de cómo, habiendo otras opciones políticas, por qué finalmente se apostó por ir a la guerra. Se trata de un relato realista y sumamente documentado sobre las causas del conflicto y sobre la complejidad y la fragilidad de la política de alianzas configurada en Europa desde principios del siglo XX. Para esta historiadora, la «mala solución» de la Paz de Versalles creó una Europa no pacificada, sino más bien desequilibrada y en gran medida resentida, como habría de verse veinte años después.

El conocido y premiado periodista y escritor Max Hastings, que hace unos años alcanzó gran popularidad con su libro sobre la Segunda Guerra Mundial, así como con sus crónicas de periodista de guerra (entre otras, las de las Malvinas), autor de excelentes series documentales para la BBC y antiguo director de diarios tan prestigiosos como The Daily Telegraph y el Evening Standard, nos ofrece ahora su documentado estudio titulado 1914, el año de la catástrofe (trad. de Gonzalo García y Cecilia Belza, Barcelona, Crítica, 2014). En él, Hastings se muestra interesado en analizar la personalidad de quienes tuvieron la responsabilidad de decidir si habría guerra o no. Se centra en lo que denomina «la gente destacada», pero que, según él, no previeron las consecuencias de sus decisiones y por lo que luego otros muchos, «la gente menor», tuvo que solucionar aquella situación con un enorme sacrificio y esfuerzo. Así, retrata a unos políticos y unos militares notablemente ineptos e incapaces de gestionar con racionalidad y sensatez unos problemas imprevistos que les desbordaron. Y fue eso, la falta de previsión y la irresponsabilidad, el hecho de no comprender lo que estaban provocando, lo que condujo fatalmente a la gran «catástrofe» en el verano de 1914. Pocas veces en la historia unas decisiones tan individuales tuvieron unas consecuencias tan amplias y tan costosas. Según Hastings, en buena parte de los dirigentes europeos de entonces aún predominaba una cierta idea romántica, casi idealizada, de las guerras del siglo XIX y por ello minusvaloraron los efectos reales de ir al combate con los medios bélicos de que ya disponían los ejércitos modernos.

Hastings analiza con profundidad las responsabilidades políticas, pero él pone un especial énfasis en las alemanas. Según este historiador, Alemania, y particularmente el káiser Guillermo, podían haber impedido la guerra, ya que su capacidad de presión sobre Austria-Hungría era notable. El káiser podría haber evitado que los austríacos se vengaran de Serbia de forma tan desproporcionada, pero no lo hizo. Y en esto, según Hastings, Alemania se equivocó notablemente, puesto que actuó contra sus propios intereses en Europa. Una de las principales tesis de Hastings es que el éxito económico, científico, cultural y político de la Alemania guillermina resultaba ya tan evidente en 1914 que no precisaba de una victoria militar para consolidarlo. Su potencial económico, como ya se ha apuntado, superaba incluso al de Gran Bretaña, que estaba perdiendo la batalla de la tecnología y de la ciencia frente a alemanes y norteamericanos. Según Hastings, el káiser y sus mariscales no eran conscientes de su poder real, de que en los últimos cuarenta años Alemania, sin la necesidad de guerras, ya se había convertido en la principal potencia continental y que, de seguir por esa vía pacífica, acabaría superando a medio plazo a la propia Gran Bretaña. Los alemanes de entonces tan solo consideraban intolerable el control financiero y colonial de los británicos. Y, además, los alemanes no creían que Gran Bretaña interviniera en un conflicto que «sólo» era continental y que apenas le afectaba directamente.

Hastings explica con detalle cómo, con los años, fue creándose un clima político tan tenso en todas las cancillerías europeas que la guerra hubiera estallado más pronto o más tarde, ya que, de hecho, era una opción deseada por buena parte de los políticos y militares. Y al final, como Alemania estaba convencida de su victoria, no frenó a Austria-Hungría cuando podía haberlo hecho.

En esta obra se explica igualmente cómo fue Gran Bretaña el país en el que hubo más dudas sobre la guerra, donde se dio el menor apoyo popular a la decisión de ir al combate, ya que los británicos despreciaban a los rusos y no sentían ninguna simpatía por los serbios, por lo que no era fácil de justificar la necesidad de ir a aquella arriesgada aventura. Pero la invasión alemana de la neutral Bélgica lo cambió todo. Las crónicas que inmediatamente explicaron los efectos del ataque alemán a «traición» al pequeño país de los belgas, que dieron cuenta de las grandes destrucciones provocadas en Lovaina y otras ciudades, y de las primeras matanzas de civiles (unos seis mil belgas no combatientes fueron ejecutados por los alemanes durante la guerra), hicieron que los británicos aceptaran la necesidad de participar en la guerra para parar a los alemanes.

Pero también Rusia podría haber evitado el conflicto, según Hastings, ya que el zar Nicolás II había sido demasiado impulsivo e imprudente al dar su apoyo casi incondicional a las acciones antiaustríacas de los serbios. Rusia debía y podía, según este historiador británico, haber frenado el activismo serbio, y no lo hizo. En el pensamiento del zar predominó la tesis, totalmente errónea, de que un conflicto patriótico, en apoyo de los «hermanos serbios», serviría para superar los graves problemas internos y hacer olvidar la humillante derrota de 1905 frente a Japón. Esto fue, según Hastings, una gran irresponsabilidad política, ya que pretendieron solucionarse problemas internos optando por algo mucho más arriesgado: una guerra de la que se esperaba que provocase una gran exaltación nacionalista que diluiría a su vez las tensiones sociales.

Hastings retrata a unos políticos y unos militares ineptos e incapaces de gestionar unos problemas que les desbordaron

Hastings no finaliza su análisis, como sí hace MacMillan, en el estallido del conflicto, sino que también analiza, aunque sintéticamente, los desastrosos efectos de la guerra y las brutalidades cometidas con la población civil. Destaca la relevancia de todo lo acontecido en el frente oriental y central, frente a la excesiva importancia que siempre se ha otorgado al frente occidental, el belga-francés. Así, por ejemplo, explica con detalle las matanzas perpetradas por los austríacos con la población serbia: hubo más muertos civiles en Serbia que en Francia y Bélgica juntas. Y también la sistemática persecución de los judíos y de las comunidades germanas de dentro del imperio ruso, así como el brutal genocidio de los armenios cometido por los turcos. En el terreno más estrictamente militar, Hastings no sólo analiza las grandes batallas y masacres de Verdún y del Somme, sino también las enormes pérdidas humanas sufridas por rusos y alemanes en el frente oriental, en la zona polaca de Galitzia.

Hastings reflexiona asimismo con agudeza sobre el difícil mantenimiento económico de un conflicto de tales dimensiones y tan prolongado, y sobre cómo todos los países de la Entente se vieron forzados a solicitar préstamos al único país que entonces podía proporcionarlos: Estados Unidos. Para Hastings, el apoyo económico norteamericano a británicos y franceses fue mucho más decisivo que la propia participación militar de Estados Unidos a partir de abril de 1917. A mediados de 1918, según este historiador, Alemania estaba agotada económicamente. Era un país aislado, que debía valerse de sus propios recursos y que carecía de suministros exteriores, por lo que no podía prolongar la guerra mucho tiempo más. Según Hastings, es sorprendente cómo Alemania pudo mantener aquella guerra durante más de cuatro años sin apenas haber ocupado territorios que le proporcionaran alimentos y materias primas. La rígida economía de guerra acabó arruinando al país y, con la entrada en combate de Estados Unidos, las diferencias económicas y militares entre los contendientes eran ya insalvables.

La rendición alemana, la famosa «puñalada por la espalda», era, por tanto, en opinión de Hastings, inevitable. Pero el hecho de que el país estuviera casi intacto, ya que la guerra se había desarrollado básicamente fuera de sus fronteras, y fuera lejana hizo que buena parte de la población alemana no tuviera la sensación de haber sido derrotada militarmente, aunque el país se encontraba en quiebra económica. La tesis de que los políticos habían traicionado a los militares y de que la victoria alemana hubiera sido posible fue, por tanto, cuajando con el tiempo en amplios sectores de la población gracias a la propaganda de los sectores más nacionalistas y, sobre todo, de los nazis. Una situación totalmente diferente a la que ser produjo al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando todos los alemanes podían constatar que su país había quedado devastado por el conflicto.
El libro de Hastings supone una narración amena y fluida sobres los orígenes, los planes militares y las diversas fases del conflicto europeo. Es una narración viva, llena de testimonios y de experiencias de los soldados gracias a una amplia utilización de documentación poco conocida y de testimonios inéditos: cartas, dietarios y otros textos de veteranos de guerra, y no sólo de británicos, franceses, alemanes y norteamericanos, sino también de rusos, serbios, italianos e incluso de turcos. Constituye una sólida reflexión y una aportación muy documentada sobre una Europa que fue incapaz de imaginar la magnitud que llegaría a adquirir la catástrofe iniciada aquel verano de 1914, cuando comenzó «el siglo de la barbarie». Como acostumbra hacer Hastings en sus obras, este libro será generador de polémicas, sobre todo por su tesis, quizá poco matizada, de privilegiar las responsabilidades políticas de los alemanes.

El historiador británico David Stevenson, profesor de la London School of Economics, nos ofrece 1914-1918. Historia de la Primera Guerra Mundial (trad. de Juan Rabasseda, Barcelona, Debate, 2013), quizá la obra más interesada en prolongar sus análisis y sus reflexiones hacia la actualidad de todas las reseñadas en este artículo. También analiza con detalle los antecedentes y el desarrollo, las consecuencias a corto y largo plazo del conflicto y cómo se rompió el equilibrio y estalló la hostilidad entre las elites políticas y también entre los intelectuales europeos. Se trata de una cuidada y minuciosa descripción de las principales operaciones militares y de las repercusiones de la guerra en las retaguardias. Tal vez sea la más documentada y prolija descripción de la catástrofe humana y material que supuso aquella guerra. Sus reflexiones sobre los errores de Versalles son igualmente de gran interés. Stevenson califica de «anomalías» políticas la creación en 1918 de Checoslovaquia y de Yugoslavia, países que, a la larga, acabarán dividiéndose, el primero de forma pacífica y el segundo tras unas sangrientas guerras. Le interesa reflexionar sobre las continuidades históricas, sobre casi un siglo de luchas europeas, para crear finalmente un continente nuevo y en buena parte unido. Considera que la actual hegemonía económica alemana en el continente «no es sana», ya que continúa siendo conflictiva, y que Europa precisa de una solución más equilibrada que la actual. Pese a esta advertencia, Stevenson sabe diferenciar las situaciones anteriores de la actual, ya que ahora no hay riesgo de conflicto bélico. Se trata de un trabajo académico, ordenado y muy actualizado. La crítica internacional ha coincidido en presentar la obra de Stevenson como el más completo estudio de los publicados este año sobre el conflicto, que narra en toda su extensión cronológica y territorial, incluidos los combates en África y en Asia, aunque quizá no posee la garra narrativa del libro de Hastings.
Tres soldados del ejército alemán posando ante la cámara
Tres soldados del ejército alemán posando ante la cámara
Otra novedad historiográfica es la obra del australiano Chistopher Clark, profesor de la Universidad de Cambridge, Sonámbulos. Cómo Europa entró en guerra en 1914 (trad. de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014). Este prestigioso especialista en historia de Prusia y autor de una excelente biografía del káiser Guillermo II, utiliza la denominación de sonámbulos –sleepwalkers– para definir el pasivo estado anímico que embargaba a los principales responsables políticos y militares que desencadenaron la guerra. El completo libro de Clark dedica más de la mitad de sus capítulos a analizar la situación previa a 1914 y el resto del volumen a describir cómo y por qué se optó por ir a la guerra por parte de los gobiernos europeos.

Esta obra ha tenido un éxito inusitado en Alemania (más de ciento cincuenta mil ejemplares vendidos en pocos meses), ya que refuta la tesis de que Alemania fuese la principal responsable del inicio del conflicto. La exculpación alemana construida por Clark es inteligente, pero muy polémica, ya que se muestra mucho más crítico con la actitud de Austria-Hungría y de Rusia que con la de Guillermo II y su gobierno. Los planteamientos de Clark rompen con casi tres décadas de predominio de las tesis de gran parte de los propios historiadores alemanes, que sostenían que la Primera Guerra Mundial era el lógico resultado del expansionismo imperialista alemán iniciado tras la victoria sobre Francia, en 1870, y la unificación imperial del año siguiente. Estas tesis concluían con la afirmación de que esta fase expansionista, de hecho, no finalizaba hasta 1945. Esta teoría había sido sostenida por muchos historiadores alemanes, pero muy especialmente por Fritz Fischer, quien consideraba que el nacionalsocialismo y Hitler constituían la lógica y trágica consecuencia del proyecto alemán iniciado en 1870.

Ahora Clark cuestiona no sólo las responsabilidades alemanas en 1914, sino que también rompe con la tesis de la continuidad y de la relación entre los dos grandes conflictos europeos del siglo XX. Para él, los intereses imperialistas de la Alemania guillermina de principios de siglo y los proyectos de Hitler en los años treinta no tienen nada que ver. De este modo, Clark viene a reforzar unas tesis, que son más políticas que historiográficas, de quienes sostienen que Hitler y el Tercer Reich fueron simplemente un «accidente histórico», una lamentable desviación del camino alemán hacia la modernización. Clark considera que las elites alemanas nunca aceptaron la derrota en la Primera Guerra Mundial y que el excesivo revanchismo francés de 1919, puesto de manifiesto en unas reparaciones de guerra desproporcionadas, radicalizó trágicamente la posguerra europea hasta el punto de convertirla, de hecho, en una etapa de entreguerras.

La exculpación alemana construida por Clark es inteligente, pero muy polémica

Lógicamente, las tesis de Clark han tenido una buena acogida en Alemania. Una reciente encuesta sobre el significado de la Gran Guerra nos indica que, hoy, el 58% de los alemanes consideran que todos los países beligerantes fueron igualmente responsables del estallido de aquel conflicto, y que tan solo un 19% de ellos reconoce la mayor responsabilidad germana. Es también significativo el dato de que más de la mitad de los alemanes encuestados hoy consideran, como lo hace Clark, que no existe una relación directa entre las dos contiendas mundiales.

Sin ser una novedad de este año, es preciso recordar la existencia del brillante estudio de Hew Strachan, La Primera Guerra Mundial (trad. de Silvia Furió, Barcelona, Crítica, 2004). Strachan es un gran experto en el tema y guionista de documentales televisivos de gran éxito. Se trata de un trabajo académico, ordenado, completo y muy actualizado, tanto en sus fuentes documentales como en la bibliografía utilizada. Durante algunos años ha sido todo un clásico. En el momento de su publicación causó un notable impacto por las numerosas fotografías inéditas que incluía.

El periodista norteamericano Adam Hochschild también ha abordado el tema de los orígenes y las responsabilidades del conflicto en su obra Para acabar con todas las guerras (trad. de Yolanda Fontal, Barcelona, Península, 2014). Se trata de un alegato antibelicista centrado en el estudio de los pocos que entonces, en 1914, se opusieron a la guerra. Por él desfilan los más destacados pacifistas, antibelicistas y antimilitaristas europeos. Así, aparecen desde Bertrand Russell y George Bernard Shaw hasta las actitudes menos conocidas, pero destacables, de Emily y Stephen Hobhouse, de Charlotte Despard o de Sylvia Pankhurst. Se trata de de un estudio centrado en las lealtades contradictorias a que fueron sometidos los millones de soldados, por lo que se lleva a cabo un documentado análisis de numerosos casos de prófugos y desertores. Quizá su novedad más destacable sea también tratar la cuestión de los objetores de conciencia, ya que sólo en Gran Bretaña hubo casi seis mil jóvenes que fueron encarcelados durante años, y en muy duras condiciones, por declararse objetores y no querer participar en la guerra en 1914.

Quizás una de las contribuciones españolas de mayor entidad de las muchas publicadas este año sea el completo libro del historiador Álvaro Lozano, La Gran Guerra, 1914-1918 (Madrid, Marcial Pons, 2014). Se trata de una obra sumamente útil, ya que no sólo significa una bien escrita síntesis del conflicto en toda su dimensión geográfica, cronológica y temática, sino que también incluye un documentado capítulo dedicado a «España ante la guerra» y otro no menos interesante sobre «La cultura de la guerra».

Finalmente, debe señalarse que, coincidiendo con el centenario de la Gran Guerra, también se han publicado numerosos testimonios del conflicto, entre ellos los de algunos de los reporteros españoles. Así, los del periodista y escritor catalán Agustí Calvet, más conocido por su seudónimo de Gaziel, que posteriormente fue director del diario La Vanguardia, de quien se han reeditado tres de sus obras más conocidas: su testimonio sobre el inicio del conflicto, Diario de un estudiante. París 1914 (trad. de José Ángel Martos, Barcelona, Diëresis, 2013) y dos recopilaciones de sus excelentes crónicas de guerra, En las trincheras (Barcelona, Diëresis, 2014) y De París a Monastir (Barcelona, Libros del Asteroide, 2014). Asimismo, se ha publicado una reedición de los artículos escritos durante el conflicto por el conocido escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez, Crónica de la guerra europea, 1914-1918 (Madrid, La Esfera de los Libros, 2014).

Como aportaciones más monográficas podríamos destacar también un excelente estudio sobre las mujeres durante el conflicto, la obra Mujeres al frente. Testimonios de la Gran Guerra (trad. de María Teresa Gómez Reus, Ana Eiroa y Peter Lauber, Madrid, Huerga y Fierro, 2012), una antología elaborada por María Teresa Gómez Reus que incluye textos extraídos de libros de memorias, dietarios, relatos cortos, cartas, poemas, etc., escritos entonces por mujeres angloamericanas de la más diversa condición social. Y sobre las formas de propaganda de guerra y el papel desempeñado entonces por los intelectuales deben citarse el estudio de José Ramón González, «Las palabras de la guerra-La guerra de las palabras, escritores españoles en los campos de batalla (1914-1918)», aparecido en Ínsula (núm. 804, diciembre de 2013), y también el volumen editado por Maximiliano Fuentes, La Gran Guerra de los intelectuales. España en Europa (Ayer. Revista de Historia Contemporánea, núm. 91, 2013) que incluye artículos del propio Maximiliano Fuentes, Christophe Prochasson, Patrizia Dogliani y Santos Juliá. Igualmente debe reseñarse el numero coordinado por Pedro Ruiz Torres de la revista Pasajes de pensamiento contemporáneo (núm. 43, invierno 2013-2014), titulado 1914, el comienzo de la catástrofe europea, que contiene artículos del propio Pedro Ruiz Torres, Maximiliano Fuentes, Antoine Prost, Thomas Wieder, Thierry Hardier y Jean-François Jagielski y Modris Eksteins. Por su parte, la revista Historia y Comunicación Social dedica su volumen 18, de 2013, a la I Guerra Mundial, y en él se incluyen numerosas colaboraciones centradas en la propaganda de guerra, el papel de los medios de comunicación, el cine, la caricatura, el fotoperiodismo, etc. También es recomendable la consulta del documentado estudio de Philip Blom, Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914 (trad. de Daniel Najmías, Barcelona, Anagrama, 2013), un amplio análisis de los condicionantes culturales, sociales y científicos que explican el estallido de la Gran Guerra.

Borja de Riquer Permanyer es catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona. Sus últimos libros son Escolta Espanya. La cuestión catalana en la época liberal (Madrid, Marcial Pons, 2001), Francesc Cambó: entre la monarquia i la República (Barcelona, Base, 2007), La dictadura de Franco (Barcelona, Crítica, 2010) Alfonso XIII y Cambó. La monarquía y el catalanismo político (Barcelona, RBA, 2013).

Fuente: http://www.revistadelibros.com/articulos/a-los-cien-anos-de-la-gran-guerra
15/05/2014