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dissabte, 8 de desembre del 2012

En torno a Rousseau

Rousseau contemporáneo

LA VANGUARDIA 05/12/2012 
 
ANTONI MARÍ

Tal vez fuera por su prosa sencilla y transparente que Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) llegara a tantos lectores: "No escribo para los filósofos, escribo para los de la calle, el zapatero, el maestro de escuela, la mujer de casa, el estudiante." Apenas utilizó los términos de los filósofos al uso y practicó una escritura voluntariamente accesible a un lector común; esa cualidad permitió que la sociedad europea le leyera con avidez y retuviera las ideas que socavaban los cimientos del estado y de la administración real, hasta que sus argumentos, recogidos en su potencial revolucionario, fueran enarbolados como los estandartes que clamaban la tríada de la revuelta: libertad, igualdad y fraternidad. Por esta razón, tal vez, fue perseguido, calumniado y despreciado por la sociedad que temía perder los privilegios que venía gozando de antiguo.

Sus ideas escandalizaron a sus colegas y amigos, maestros ilustrados; en él veían al traidor, el que corrompía las buenas gentes poniendo en duda la necesidad del proyecto iluminista que quería corregir la humanidad y elevarla a la mayoría de edad. Jean-Jacques dudó de los argumentos que confiaban en la capacidad y posibilidad de perfección del hombre. Desconfió del progreso como del instrumento de esta perfectibilidad y criticó, de un modo radical y dogmático, que el desarrollo de la humanidad no se hacía por el camino de la ilustración y el conocimiento, sino por el de la voluntad y la reflexión. Desde esa intimidad solitaria, contradictoria y atrabiliaria, describió cómo la desigualdad entre los hombres era el embrión de todos los males, el origen de la esclavitud y de la ignorancia.

Denunció la soberbia del sabio y defendió la sabiduría del hombre sencillo. No se arredró frente a la muralla que se levantaba frente él y arremetió con sus libros contra el saber establecido. Su obra sirvió de referencia a revolucionarios y dio argumentos a la carcunda más conservadora del mundo moderno. Desde Robespierre a Primo de Rivera, de Kant a Karl Marx, de Thomas Jefferson a Pol Pot, de Adorno a Habermas, todos encontraron en Rousseau argumentos para blandir sus ideas, ya fueran contrarias a las suyas o semejantes. Hoy sigue manteniendo detractores y defensores como si el tiempo no hubiera pasado por él, o fuera él que lo consideraba todo desde la distancia que ofrece la crítica a la razón. En eso estamos.

La invención de las vivencias 

  • Es nuestro contemporáneo: criticó la desigualdad y la soberbia; sus ideas son estandartes para las revueltas 
  • Es Rousseau quien inaugura este tiempo de las 'vivencias pasivas', que se corresponden a la perfección con la experiencia contemporánea 
  • Hoy, la diferencia con Rousseau es que ya no estamos a la orilla de un largo sino en un centro comercial 
  • En Rousseau está todo: el equilibrio del alma, sin recuerdo del pasado ni proyección hacia el futuro 
YVES MICHAUD


Un aspecto sorprendente de la sensibilidad contemporánea es el lugar que en ella ocupan las experiencias. Cuando antes percibíamos objetos, personas, situaciones, hechos, acontecimientos, ahora percibimos cada vez más experiencias o vivencias que nos relacionan con esas cosas volatilizadas.

¿Se trata de un cambio de nuestra ontología (en el sentido que le da Quine de descripción del "ordenamiento del mundo")? No estoy seguro, aunque un cambio en nuestras formas de aprehensión tiene sin duda un impacto en lo que creemos que hay. En todo caso, debemos constatar que tendemos a hablar de modo diferente de nuestras percepciones y las tratamos como si los referentes externos (objetos, personas, acontecimientos, hechos) se borraran en beneficio de los datos de la conciencia. Hace poco, en un curso de fitness, escuché decir a la monitora que teníamos que colocar las cargas en las halteras "según nuestra vivencia", no según el peso. Y nadie puso objeción alguna a esa manera de expresarse.

Las manifestaciones de ese predominio de las experiencias y de las vivencias son hoy en día innumerables; sobre todo, en el terreno del consumo, que coloniza todos los demás. Los especialistas del marketing y el packaging llevan a cabo estudios muy sutiles sobre el marketing experiencial: consiste en vender no productos, sino productos elegidos en el seno de experiencias e incluso experiencias a secas: una estancia en un centro de talasoterapia en lugar de un bolso. El diseño experiencial es una actividad floreciente que mezcla diseño sonoro, olfativo, luminoso, arquitectura interior para ordenar los espacios públicos y los lugares de vida de manera que se ofrezcan buenas experiencias al consumidor.

La consecuencia es que nos enfrentamos ahora a un sujeto débil, que se sumerge en las experiencias, que es envuelto por ellas o que se zambulle en ellas, hasta que ya no se distingue a sí mismo con el fin de gozar mejor de ellas. Se deja llevar y, si todo va bien, encuentra el placer buscado sin desplegar esfuerzos, viviendo sin más la experiencia, entregándose a las vivencias que esta engendra.

Y es Rousseau quien inaugura este tiempo de las descripciones de las vivencias pasivas que, a pesar de la diversidad de las palabras utilizadas, se corresponden perfectamente con la experiencia contemporánea. Coincidiendo con el despertar de la sensibilidad prerromántica, describe en diversos pasajes de Las ensoñaciones del paseante solitario, redactadas entre 1776 y 1778, ese goce del presente de las vivencias. Por ejemplo, cuando recobra la conciencia tras sufrir un accidente (una grave caída provocada por un enorme perro en Ménilmontant):

"Se acercaba la noche. Vi el cielo, algunas estrellas y un poco de verdor. Esta primera sensación constituyó un momento delicioso. Sólo de esa manera me sentía aún. En ese instante nacía a la vida y parecíame que con mi leve existencia llenaba todos los objetos que veía. Todo entero, en aquel momento no me acordaba de nada; no tenía ninguna noción distintiva de mi individualidad ni la menor idea de lo que acababa de ocurrirme; no sabía quién era ni dónde estaba; no sentía dolor, ni temor ni inquietud. Veía manar mi sangre como hubiera visto correr un arroyo, sin ni siquiera pensar que aquella sangre me perteneciera en forma alguna." (Segunda ensoñación).

Poco importa que se trate aquí de dolor más que de placer: la forma de la vivencia es la de una presencia absoluta y que no pasa, sin vinculación de las sensaciones con un sujeto, pero con empatía con los objetos ("con mi leve existencia llenaba todos los objetos que veía").

O, también, con ocasión de los paseos por la orilla del lago de Bienne:

"Cuando se acercaba la noche, descendía de las cimas de la isla gustosamente a sentarme a orillas del lago sobre la arena en algún rincón escondido; allí, el rumor de las olas y la agitación del agua, fijando mis sentidos y echando de mi alma toda otra agitación, la sumían en una deliciosa ensoñación, en la que me sorprendía con frecuencia la noche sin que me hubiera dado cuenta. El flujo y reflujo de aquella agua, su rumor continuo pero acrecentado a intervalos, golpeando sin desmayo mis oídos y mis ojos, suplían los movimientos internos que la ensoñación apagaba en mí y bastaban para hacerme sentir con placer mi existencia sin tomarme el trabajo de pensar." (Quinta ensoñación).

De nuevo, el flujo, la concentración en los sentidos, una impresión de la existencia sin pensamiento, la uniformidad de un movimiento continuo que suspende el tiempo.

En la octava meditación, el análisis se hace más preciso al concentrarse en un presente que ya no pasa:

"Pero si hay un estado en el que el alma encuentra un acomodo lo bastante sólido como para descansar en él por entero y congregar todo su ser, sin tener necesidad de recordar el pasado ni exceder del porvenir, donde el tiempo no exista para ella, donde el presente dure siempre sin señalar, no obstante, su duración y sin huella alguna de secuencia, sin ninguna otra impresión de privación ni goce, de placer ni dolor, de deseo ni temor que la de nuestra existencia, y que esa impresión única pueda colmarla por entero, en tanto dura tal estado, quien se encuentre en él puede llamarse dichoso, no de una dicha imperfecta, pobre y relativa, tal cual se halla en los placeres de la vida, sino de una dicha suficiente, perfecta y plena que no deja en el alma ningún vacío que esta sienta la necesidad de llenar. Tal es el estado en que me encontré con frecuencia en la isla de Saint-Pierre en mis ensoñaciones solitarias, ora tumbado en mi barca que dejaba derivar a merced del agua, ora sentado en las riberas del lago agitado, ora en otra parte, a orillas de un hermoso río o de un arroyo murmurando entre los guijarros".

(Octava ensoñación)
Está todo: el equilibrio del alma, sin recuerdo del pasado ni proyección hacia el futuro, presente que dura y no pasa, impresión de la existencia que llena el alma colmada y sin necesidad de llenarse con nada.

Y Rousseau prosigue en el goce de sí mismo en tanto que existente:

"¿De qué se goza en semejante situación? De nada externo a uno, de nada sino de uno mismo y de su propia existencia; en tanto tal estado dura, uno se basta a sí mismo, como Dios. (...) No se requiere ni un reposo absoluto ni demasiada agitación, sino un movimiento uniforme y moderado, carente de sacudidas e intervalos. Sin movimiento, la vida no es más que un letargo. Si el movimiento es desigual o demasiado fuerte, despierta; al devolvernos a los objetos circundantes, destruye el encanto de la ensoñación y nos arranca de nuestros adentros para ponernos de inmediato bajo el yugo de la fortuna y de los hombres y entregarnos a la impresión de nuestras desgracias."
(Octava ensoñación)

Se habrá notado el cierre sobre sí misma de la experiencia y la conciencia que la ha hecho: se trata de gozar de sí en sí ("de nuestros adentros") huyendo del contacto con la realidad, la fortuna, los otros hombres y su odio.

¿Y si Rousseau anunciara nuestra época de vivencias, experiencias y pérdida de sí, con la diferencia de que ya no estamos a la orilla del lago de las ensoñaciones sino en un centro comercial, una discoteca o una fiesta rave?

Traducción: Juan Gabriel López Guix

El enigma Rousseau, de María José Villaverde en El País

 8-XII-2012
El filósofo es uno de los autores más contradictorios. La lectura dominante lo presenta como icono de la democracia moderna pero su obra marca el despertar de las ideologías irracionalistas y del nacionalismo

Hace trescientos años nació uno de los pensadores más influyentes de la historia del pensamiento político, un hombre que cautivó con Emilio, hizo llorar con las Confesiones y alentó revoluciones con El contrato social. Rousseau es uno de los autores más contradictorios e inclasificables del siglo XVIII. Ya en 1750, tras la publicación del Discurso sobre las Ciencias y las Artes, las elites europeas, con el rey Estanislao de Polonia a la cabeza, le recriminaron sus incoherencias –escritor que ataca la literatura, amante de los espectáculos que arremete contra el teatro, crítico de las ciencias y las artes que se presenta a un premio de la academia-. Rousseau responderá a sus críticos con un gesto impactante: se retirará del mundo y sus pompas –es un decir-, renunciando al reloj, la espada, los encajes y las medias blancas, símbolos mundanos por excelencia, y adoptará la túnica armenia. La imagen de excentricidad y rebeldía que encarna, con el pelo semi-largo y la barba mal afeitada, acabará, más tarde, por convertirse en seña de identidad de los románticos europeos.

En Jean-Jacques la persona y la obra se entrecruzan, se mezclan, se superponen. Cautiva porque apela al corazón del lector, buscando su comprensión, su simpatía, su complicidad. En eso radica su modernidad –que no en sus ideas políticas-. ¿Cómo no sentirnos conmovidos por su proximidad y no apiadarnos por la profunda insatisfacción de ese ser lleno de amargura y de resentimiento social, sin familia y sin patria, que anhela ser querido y aceptado? Un hombre en guerra con el mundo, siempre por delante o por detrás de su época, inadaptado e incómodo entre la élite ilustrada, hedonista, materialista y descreída. “Un perro me resulta mucho más cercano que un hombre de esta generación” escribe en los Esbozos de las Meditaciones. Y los Diálogos aparecen encabezados con este verso de Ovidio: “Aquí soy un bárbaro porque estas gentes no me entienden”.

A Jean-Jacques se le han puesto todo tipo de etiquetas: individualista y colectivista, defensor de la propiedad privada e igualitario, predecesor de Marx y teórico liberal, pensador anclado en el pasado y predecesor del Romanticismo, padre del Jacobinismo y padre de la Democracia moderna, padre del Totalitarismo, antecesor del Psicoanálisis, precursor del nacionalismo moderno, etc.

Entre tanta paternidad ¿qué etiqueta elegir? Si para abrirnos paso entre esta maraña de interpretaciones recurrimos a sus contemporáneos, quedaremos defraudados al constatar que tanto los revolucionarios como los contrarrevolucionarios de 1789 utilizaron El contrato social como arma arrojadiza. En nombre de los ideales allí expuestos unos iban a prisión y otros los condenaban, unos subían a la guillotina y otros los guillotinaban. Los defensores del Antiguo Régimen editaban panfletos para demostrar que el “verdadero” Rousseau se oponía a los cambios revolucionarios. Y así es. Todos aquéllos que han visto afinidades entre su pensamiento y el comunismo o el anarquismo deberían leer sus Escritos sobre el Abbé de Saint-Pierre en los que se opone rotundamente a la utilización de medios violentos. Aún así, El contrato social se convirtió en libro de cabecera de Fidel Castro y en legado de Simón Bolívar a la universidad de Caracas, a pesar de que Proudhon lo había catalogado de “breviario de la tiranía”.

Otra lectura lo presenta como uno de los máximos representantes del siglo de las Luces. Pero, cuidado, no olvidemos que ya Diderot, en el Ensayo sobre los reinos de Claudio y de Nerón, le encuadró dentro de las Anti-Luces. No es que Rousseau viviera ajeno a los descubrimientos vanguardistas ni a las reflexiones más radicales de los ilustrados. Ni mucho menos. Se codeaba con ellos y tenía información de primera mano, incluso cenaba con Diderot y Condillac una vez a la semana en “Le panier fleuri”. Diderot le leía su Carta para los ciegos para uso de los que ven, un texto fundamental para entender su evolución hacia el spinozismo, el materialismo, el pre-darwinismo y el ateísmo. Jean-Jacques escucha, calla y acumula angustia y desazón hasta que, en 1756, rompe con sus antiguos amigos y se presenta públicamente como el defensor de la Providencia, escorando así hacia las Anti-Luces.

Rousseau es un individualista que anhela desprenderse de su individualismo y perderse en lo colectivo. Su ideal político remite a las repúblicas grecorromanas. Lo ratifican sus constantes elogios a Esparta y Roma en El contrato social así como el lamento de las Confesiones: “¡Por qué no habré nacido ciudadano romano!”. Y lo corroboran sus dos proyectos de constitución para Córcega y Polonia.

Su reivindicación de una comunidad todopoderosa y absoluta, presidida por la voluntad general, a la que el individuo se entrega con todos sus derechos y por la que está dispuesto a morir, no puede ser más ajena a la mentalidad ilustrado-liberal. Ni su negación de los derechos individuales, teorizados por Locke y recogidos en las declaraciones de derechos y en las constituciones del siglo XVIII. Basta recordar que en El contrato social restringe la libertad de expresión, de reunión y de asociación y que rechaza la división de poderes, el freno que Locke y Montesquieu blandían contra el poder absoluto.

Rousseau va a liquidar otro de los grandes logros ilustrados, el cosmopolitismo. El ideal de tolerancia y apertura al mundo, encarnado por la República de las Letras, será sofocado por el nuevo valor en alza, el patriotismo de raíces grecorromanas que Voltaire, en su artículo “patria” del Diccionario filosófico, califica de fanático y que en Rousseau raya en la xenofobia. “El patriotismo exige la exclusión” escribe en 1763, en carta a Leonard Vsteri. Y en Emilio ratifica: “Todo patriota es duro con los extranjeros (…) que no son nada”. Reforzar la identidad nacional se convierte en el gran objetivo de sus proyectos de constitución para Córcega y Polonia donde la educación es el arma utilizada para crear patriotas: “desde que nace, un niño no debe ver más que la patria”.

Descartada la etiqueta de liberal, aún nos queda lidiar con la de igualitario. Es verdad que Rousseau habla mucho de igualdad y de libertad pero no nos engañemos. La imagen mítica que presenta en El Contrato social de una sociedad de hombres libres e iguales que resuelven sus asuntos reunidos en asamblea bajo un árbol, es una imagen falsa. Porque en realidad se trata de una comunidad de propietarios donde no tienen cabida los asalariados ni los sirvientes. Y es que, en el fondo, Rousseau siente un profundo desprecio por los no propietarios, como lo prueban la dedicatoria al Segundo Discurso, algunos párrafos de El Contrato social y las Cartas escritas desde la Montaña, donde abundan calificativos como populacho embrutecido e indigno, mercenarios, viles, canallas, etc.

Jean-Jacques fue, además, un misógino pertinaz idolatrado por las damas que derramaron ríos de lágrimas con Emilio y La Nueva Eloisa. Fugaz secretario de una proto-feminista, Mme. Dupin, fue inmune a sus argumentos. Es clamoroso el silencio de El contrato social en lo que se refiere a los derechos políticos de las mujeres; simplemente las ignora. Y en Emilio no vacila en recluirlas en el hogar, alejarlas de toda actividad pública y someterlas al varón, incluso en el terreno religioso.

Con Rousseau se inicia una nueva andadura en el pensamiento europeo, marcada por el surgimiento del romanticismo pero también del resurgir del antifeminismo y el despuntar de las ideologías irracionalistas y del nacionalismo. Aunque sus ideas han sido manipuladas y malinterpretadas, y la lectura dominante se ha empecinado en convertirlo en icono de la democracia moderna o en símbolo revolucionario, Jean-Jacques ha logrado su objetivo: ser recordado por la posteridad.

María José Villaverde es catedrática de Ciencia Política de la UCM.



diumenge, 26 de setembre del 2010

El legado de Tony Judt

FRAGMENTO LITERARIO: LECTURA

Admirado tanto por su talla intelectual, como por su valiente respuesta a la enfermedad que le llevó a la muerte, el historiador defiende en un libro póstumo la necesidad de ser críticos con quienes nos gobiernan y mantiene que la disconformidad es la savia de la vida social

TONY JUDT EL PAÍS 26/09/2010

Quienes afirman que el fallo es del "sistema" o quienes ven misteriosas maniobras detrás de cada revés político tienen poco que enseñarnos. Pero la disposición al desacuerdo, el rechazo o la disconformidad -por irritante que pueda ser cuando se lleva a extremos- constituye la savia de una sociedad abierta. Necesitamos personas que hagan una virtud de oponerse a la opinión mayoritaria. Una democracia de consenso permanente no será una democracia durante mucho tiempo.

Si los ciudadanos activos renuncian a la política, abandonan su sociedad en manos de funcionarios mediocres y venales
Debemos hallar la forma de que las autoridades escuchen y respondan a quienes son su base y les paga: nosotros
Es tentador hacer como todos: la vida en comunidad es mucho más sencilla cuando cada uno parece estar de acuerdo con los demás y la disconformidad es adormecida en aras de las convenciones del compromiso.
Las sociedades y las comunidades en que estas faltan o se han desintegrado no prosperan. Pero la conformidad tiene un precio. Un círculo cerrado de opiniones o ideas en el que nunca se permiten ni el descontento ni la oposición -o solo dentro de unos límites circunscritos y estilizados- pierde la capacidad de responder con energía e imaginación a los nuevos desafíos.
Estados Unidos es un país fundado sobre comunidades pequeñas. Como puede atestiguar cualquiera que haya vivido durante algún tiempo en uno de esos lugares, el instinto natural siempre es imponer una uniformidad normativa al comportamiento público de sus miembros. En Estados Unidos, esta disposición en parte es contrarrestada por la predisposición individualista de los primeros colonos y por la protección constitucional que otorgaron a la disconformidad individual y minoritaria. Pero este equilibrio, observado por Alexis de Tocqueville entre muchos otros, hace tiempo que se ha inclinado hacia la conformidad. Las personas siguen siendo libres de decir lo que quieran, pero si sus opiniones contradicen las de la mayoría, son marginadas de la sociedad. Como mínimo, el impacto de sus palabras es silenciado.
Gran Bretaña solía ser diferente: una monarquía tradicional gobernada por una élite hereditaria que mantenía su control del poder permitiendo e incluso incorporando la disconformidad y anunciando su tolerancia como una virtud. Pero el país se ha hecho menos elitista y más populista; la vena no conformista en la vida pública ha sufrido una descalificación constante -como Tocqueville habría previsto-. Actualmente, el desacuerdo enérgico con la opinión generalmente aceptada sobre cualquier cosa, desde la corrección política hasta los tipos impositivos, es casi tan poco frecuente en el Reino Unido como en Estados Unidos.
Hay muchas fuentes de disconformidad. En las sociedades religiosas, particularmente en aquellas que tienen un credo establecido -catolicismo, anglicanismo, islamismo, judaísmo-, las tradiciones de disconformidad más efectivas y duraderas están enraizadas en diferencias teológicas: no es casualidad que el Partido Laborista británico naciera en 1906 de una coalición de organizaciones y movimientos en la que las congregaciones no conformistas tuvieron gran protagonismo.
Las diferencias de clase también son un terreno abonado para la disconformidad. En las sociedades divididas en clases (o, en algunos casos, en las comunidades organizadas en castas), los que están abajo suelen tener una fuerte motivación para oponerse a su condición y, por extensión, a la organización social que la perpetúa.
En décadas más recientes, la disconformidad ha estado estrechamente relacionada con los intelectuales: un tipo de persona que primero se identificó con las protestas de finales del siglo XIX contra el abuso de poder por parte del Estado, pero que en nuestro tiempo es más conocido por hablar y escribir a contrapelo de la opinión pública.
Por desgracia, los intelectuales contemporáneos han mostrado muy poco interés en aspectos clave de la política pública, mientras que han intervenido o protestado sobre temas definidos éticamente en los que las opciones parecen más claras. Esto ha dejado los debates sobre la forma en que debemos gobernarnos en manos de especialistas políticos y think tanks, en los que rara vez tienen cabida opiniones no convencionales y el público queda prácticamente excluido.
El problema no es si estamos de acuerdo o no con un acto legislativo determinado, sino la forma en que debatimos nuestros intereses comunes. Por tomar un ejemplo evidente (por ser muy conocido): en Estados Unidos, a cualquier conversación sobre el tema del gasto público y las ventajas o desventajas de un papel activo del Gobierno enseguida se le aplican dos cláusulas de exclusión. De acuerdo con la primera, todos estamos a favor de que los impuestos sean tan bajos como sea posible y de que el Gobierno se entrometa lo mínimo en nuestros asuntos. La segunda -en realidad, una variación demagógica de la primera- afirma que nadie quiere que el "socialismo" sustituya nuestra forma de vida y de gobierno tradicional y eficiente.
A los europeos les gusta creerse menos conformistas que los estadounidenses. Les hacen sonreír los corrales religiosos a los que se retiran tantos ciudadanos estadounidenses, renunciando así a la independencia mental para adoptar el lenguaje del grupo. Señalan las consecuencias perversas de los referendos locales en California, donde unas iniciativas legislativas populares bien financiadas han destruido la base fiscal de la séptima economía mundial.
Sin embargo, en un reciente referéndum en Suiza se prohibió la construcción de minaretes en un país en el que solo hay cuatro y donde casi todos los residentes musulmanes son refugiados bosnios laicos.
Y los británicos han aceptado sumisamente todo, desde las cámaras de televisión de circuito cerrado hasta la vigilancia más invasora de la intimidad, en lo que ahora es la democracia más autoritaria y "sobreinformada" del mundo. En muchos aspectos, la Europa actual es mejor que los Estados Unidos contemporáneos, pero está lejos de ser perfecta.
Hasta los intelectuales han doblado la rodilla. La guerra de Irak vio cómo la gran mayoría de los comentaristas británicos y estadounidenses abandonaban toda apariencia de pensamiento independiente y se alineaban con el Gobierno. La crítica al ejército y a quienes ostentan la autoridad política -que siempre es más difícil en tiempo de guerra- se marginó y se trató casi como si fuera una traición. Los intelectuales de la Europa continental tuvieron más libertad para oponerse a la precipitada campaña, pero solo porque sus propios líderes eran ambivalentes y sus sociedades estaban divididas. (...)
Pero, al menos, la guerra, como el racismo, ofrece opciones morales claras. Incluso hoy, la mayoría de la gente sabe lo que piensa acerca de una acción militar o de los prejuicios raciales. Pero en el ámbito de la política económica, los ciudadanos de las democracias contemporáneas nos hemos vuelto demasiado modestos. Se nos ha aconsejado que dejemos esas cuestiones a los expertos: la economía y sus implicaciones políticas están mucho más allá del entendimiento del hombre o la mujer corrientes, de lo que se encarga el lenguaje cada vez más arcano y matemático de la disciplina.
No es probable que muchos "legos en la materia" se opongan al ministro de Economía o a sus asesores. Si lo hicieran, se les diría -como un sacerdote medieval podría haber aconsejado a su grey- que son cosas que no les incumben. La liturgia debe celebrarse en una lengua oscura, que solo sea accesible para los iniciados. Para todos los demás, basta la fe.
Pero la fe no ha bastado. Los emperadores de la política económica en Gran Bretaña y Estados Unidos, por no mencionar a sus acólitos y admiradores del resto del mundo desde Tallin hasta Tiflis, están desnudos. No obstante, como la mayoría de los observadores comparten desde hace mucho sus gustos sartoriales, no están en condiciones de decir nada. Tenemos que volver a aprender cómo criticar a quienes nos gobiernan. Pero para hacerlo con credibilidad hemos de librarnos del círculo de conformidad en el que tanto ellos como nosotros estamos atrapados.
La liberación es un acto de la voluntad. No podemos reconstruir nuestra lamentable conversación pública -lo mismo que nuestras ruinosas infraestructuras físicas- si no estamos lo bastante indignados por nuestra condición presente. Ningún Estado democrático debería poder lanzar una guerra ilegal sustentada en una mentira deliberada y no tener que responder de ello. El silencio que rodea la vergonzosa respuesta de la Administración Bush al huracán Katrina delata un cinismo deprimente hacia las responsabilidades y competencias del Estado: en realidad, esperamos que Washington no esté a la altura. La reciente decisión del Tribunal Supremo estadounidense de permitir el gasto ilimitado de las empresas en los candidatos electorales -y el escándalo de las "dietas" en el Parlamento británico- ilustra el papel incontrolado del dinero en la política actual. (...)
Entretanto, la vertiginosa pérdida de apoyo del presidente Obama, en gran medida debida a su torpe defensa de la reforma sanitaria, ha contribuido más todavía a la desafección de la nueva generación. Sería fácil retirarse en un hastío escéptico ante la incompetencia (y peor) de aquellos que actualmente tienen encomendado gobernarnos.
Pero si dejamos el desafío de la renovación política radical a la clase política existente -a los Blairs, Browns, Sarkozys, Clintons y Bushes y (me temo) Obamas-, solo acabaremos más decepcionados.
La disconformidad y la disidencia son sobre todo obra de los jóvenes. No es casual que los hombres y mujeres que iniciaron la Revolución Francesa, lo mismo que los reformadores y planificadores del new deal y de la Europa de la posguerra, fueran bastante más jóvenes que los que los precedieron. Ante un problema, es más probable que los jóvenes lo afronten y exijan su solución, en vez de resignarse. Pero también tienen más probabilidades que sus mayores de caer en el apoliticismo: como la política está tan degradada, debemos desentendernos de ella. (...)
Por consiguiente, lo primero que se le ocurre a un joven que quiere "comprometerse" es afiliarse a Amnistía Internacional o a Greenpeace, o a Human Rights Watch o a Médicos Sin Fronteras. El impulso moral es irreprochable. Pero las repúblicas y las democracias solo existen en virtud del compromiso de sus ciudadanos en la gestión de los asuntos públicos.
Si los ciudadanos activos o preocupados renuncian a la política, están abandonando su sociedad a sus funcionarios más mediocres y venales. La Cámara de los Comunes británica ofrece actualmente un espectáculo penoso: un reducto de enchufados, subordinados serviles y pelotas profesionales -al menos, tan lamentable como en 1832, la última vez que fue asaltada y sus "representantes" expulsados de su sinecura-. El Senado estadounidense, en el pasado un bastión del republicanismo constitucional, se ha convertido en una parodia pretenciosa y disfuncional de su carácter original. La Asamblea Nacional francesa ni siquiera aspira al visto bueno del presidente del país, que la soslaya cuando quiere.
Durante el largo siglo del liberalismo constitucional, de Gladstone a Lyndon B. Johnson, las democracias occidentales estuvieron dirigidas por hombres de talla superior. Con independencia de sus afinidades políticas, Léon Blum y Winston Churchill, Luigi Einaudi y Willy Brandt, David Lloyd George y Franklin Roosevelt representaban una clase política profundamente sensible a sus responsabilidades morales y sociales. Es discutible si fueron las circunstancias las que produjeron a los políticos o si la cultura de la época condujo a hombres de este calibre a dedicarse a la política. Políticamente, la nuestra es una época de pigmeos.
Sin embargo, es todo lo que tenemos. Las elecciones al Parlamento, al Senado y a la Asamblea Nacional siguen siendo nuestro único medio de convertir la opinión pública en acción colectiva dentro de la ley. Así que los jóvenes no deben perder la fe en nuestras instituciones públicas. (...)
El fracaso democrático trasciende las fronteras nacionales. El vergonzoso fiasco de la Cumbre del Clima de Copenhague en diciembre de 2009 ya se está traduciendo en cinismo y desesperanza entre los jóvenes: ¿qué va a ser de ellos si no nos tomamos en serio las implicaciones del calentamiento global? El desastre sanitario en Estados Unidos y la crisis financiera han acentuado la sensación de impotencia incluso entre los votantes con mejor voluntad. Hemos de actuar guiándonos por nuestra intuición de una catástrofe inminente. (...)
La mayoría de los críticos de nuestra condición presente comienzan con las instituciones. Dirigen su atención a los parlamentos, los senados, los presidentes, las elecciones y los grupos de presión, y señalan las formas en que se han degradado o han abusado de la autoridad que se les ha confiado. Cualquier reforma, concluyen, debe comenzar ahí. Necesitamos leyes nuevas, sistemas electorales distintos, restricciones a los grupos de presión y a la financiación de los partidos; debemos dar más (o menos) autoridad al ejecutivo y hallar la forma de que las autoridades, elegidas o no, escuchen y respondan a quienes son su base y les paga: nosotros.
Algo va mal , de Tony Judt. Ediciones Taurus, 19 euros. (En catalán en La Magrana, 20 euros).