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dissabte, 24 de maig del 2014

Las luces y las sombras de Ortega y Gasset en La Vanguardia

FUENTE: LA VANGUARDIA22/5/2014

Las luces y las sombras de Ortega y GassetMadrid (EFE/Ana Mendoza).- El escritor barcelonés Jordi Gracia equilibra la dimensión humana con la faceta intelectual de José Ortega y Gasset en una exhaustiva biografía que desactiva varias leyendas sobre este gran pensador y ensayista, entre ellas la de su franquismo o su complicidad con los fascismos.

"En la Guerra Civil, Ortega decide que el bando que mejor protege sus intereses es el franquista. No fue tanto una elección como una resignada opción. Pero luego no tiene ninguna simpatía ni por Franco ni por el régimen", ha afirmado hoy Gracia en una entrevista con Efe en la que ha desgranado las claves de esta biografía.

Publicado por la Fundación Juan March y la editorial Taurus dentro de la prestigiosa colección "Españoles eminentes", el libro rastrea cada año de la vida de Ortega para que se entienda bien cómo se forjó el pensamiento de quien fue "una figura absolutamente capital en la modernización intelectual de España".

Ortega (1883-1955) era un hombre "insultantemente inteligente" y "una máquina de pensar infatigable", entre otras razones porque "el placer inagotable de pensar es parte de su intimidad como sujeto", dice Gracia, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Barcelona y cuyos ensayos han merecido varios premios.

La vía mejor para adentrarse en la figura de Ortega ha sido "una inmersión integral" en sus cartas, que en su mayor parte permanecen inéditas pero están accesibles en la Fundación Ortega y Gasset.
Y ha trabajado, además, con "esa maravilla de 600 páginas" que es "Las cartas de un joven español", un libro que muestra al "muchacho que era Ortega entonces, un joven superdotado, con una capacidad mental para organizar la descripción del mundo que era única", comenta el autor de esta biografía de 700 páginas, fruto de cinco años de trabajo.

Al no escamotear la dimensión humana, Jordi Gracia (Barcelona, 1965) refleja también las facetas más antipáticas de Ortega, en especial "su complejo de superioridad". "Era muy engreído y muy suspicaz. No encajaba las críticas".

"Y tenía un impulso mesiánico redentor". El horizonte de su ambición intelectual, añade el biógrafo, "era gestar la transformación de España en un país moderno".

Ortega también descubre pronto que "puede llegar a ser el formulador de la nueva filosofía". La teoría de la relatividad de Einstein, "en la medida en que descubre un nuevo tiempo en términos físicos, necesita una nueva filosofía", y esa es la que iba a aportar Ortega, comenta el autor.
En 1914, Ortega ya era "el pensador más moderno, europeo y perdurable del siglo XX en España". Ese año fue clave en su trayectoria porque "lidera la movilización política de los jóvenes antisistema -entonces habría que llamarlo así- contra el Partido Conservador y contra el Partido Liberal".
Y ese año publica "Meditaciones del Quijote", la primera cristalización de su pensamiento. En 1916 "empieza a sentir que tiene ya armada la idea de su razón vital filosófica".

Este "pensador ateo que identifica como enemigo de su proyecto a la iglesia católica" fue "admirado y respetado" por intelectuales como Unamuno, Valle-Inclán, Baroja, Azorín, Machado, Juan Ramón Jiménez, Azaña, Gregorio Marañón o Américo Castro.

Esa admiración no evitó que algunos "detectaran pronto la soberbia" de Ortega. Fue Pérez de Ayala el que le dijo "en una carta feroz: 'usted no acepta las críticas de nadie. Usted cree que es la verdad'", recuerda Gracia.

Entre "las leyendas" que esta excelente biografía intenta desactivar está la de "la marginalidad política" de Ortega.

Su participación en política "fue muy activa", asegura el biógrafo. Decidió liderar "la necesidad de ir a una II República" y de luchar contra la dictadura de Primo de Rivera y la monarquía.

"En su fantasía más secreta estuvo incluso la posibilidad de presidir la República, pero de inmediato se dio cuenta de que era inviable", señala el autor.

En la Guerra Civil, Ortega consideró "un mal menor" el bando franquista, pero no lo hizo público "salvo en unas pocas líneas en 1938. Por fin sí acepta colaborar con el servicio de propaganda franquista, y lo hace a través de un artículo larguísimo que le sirve para garantizar que él estaba en el lado franquista", añade el autor.

Le echaron en cara su silencio durante la Guerra Civil, una actitud que "ya había predicado" en 1914. Las guerras, pensaba Ortega, "neutralizan la posibilidad de decir la verdad" y el único modo de estar a la altura era el silencio.

En su correspondencia consta que se suma al bando franquista, pero "eso no significa que de Ortega salga un franquista. No tiene ninguna simpatía ni por Franco ni por el régimen", subraya Gracia.
En la primera posguerra intentará regresar a España y "tanteará hasta dónde es verdad que él puede servir para reformar en sentido liberal al régimen".

"El escarmiento es inmediato. Y se da cuenta de que utilizan como herramienta de legitimación del régimen su presencia en España, y sobre todo la conferencia que pronunció en el Ateneo de Madrid en 1946, que causó consternación entre los intelectuales del exilio.

Jordi Gracia tiene muy claro que a Ortega no se le puede asociar con el fascismo. "Ninguno de los dos totalitarismos del siglo XX era solución de nada, decía una y otra vez", concluye.

dimecres, 23 d’abril del 2014

Aquel 1914…

Aquel 1914…, de Juan-José López Burniol en La Vanguardia, el 4 enero, 2014



Se lee en novelas y libros de recuerdos que los meses que precedieron al decisivo verano de 1914 fueron raros. Dicen que la primavera, espléndida, se vivió en París con una intensidad especial; que el bullicio de los bailes populares de aquel 14 de julio y la alegría de las calles tenía una especial voluptuosidad, tal como si fuese el remate brillante de una época irrepetible. Esta visión idealizada es, a buen seguro, fruto de la memoria cuando esta se deja llevar por la añoranza. La añoranza de un bien perdido: la paz y la confianza en un progreso indefinido protagonizado por una Europa entonces en el cenit de su poder y que comenzó a suicidarse aquel fatídico agosto de 1914, cuando sus jóvenes partieron hacia los frentes, para pudrirse en las trincheras de Verdún, Somme y la Champaña.

Fue el inicio del fin de una época. A comienzos del siglo XX la civilización industrial desarrollada por las sociedades blancas se había impuesto en todo el globo. Europa era considerada universalmente como el continente más dinámico del mundo, admirado por su desarrollo económico, potencia militar, originalidad científica y variedad artística. Y lo había sido por lo menos durante dos siglos. No obstante, junto a la arrogante convicción de la superioridad europea coexistía una extendida duda acerca de la validez y la perdurabilidad del orden impuesto: las injusticias del sistema capitalista en las metrópolis, así como los abusos del imperialismo en las colonias, provocaban la crítica acerba de políticos disidentes, escritores y artistas. Y fueron estas críticas las que pusieron de manifiesto todas las taras que, tras la guerra, provocaron una profunda ruptura respecto a la cultura burguesa anterior. Lo que hizo la guerra fue transformar las críticas minoritarias en un sentimiento de repulsa generalizado. Sir Edward Grey, ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, lo intuyó certeramente mientras contemplaba las luces de Whitehall, la noche en que el Reino Unido y Alemania entraron en guerra: “Las lámparas se apagan en toda Europa –dijo–. No volveremos a verlas encendidas antes de morir”.

El desarrollo capitalista y el imperialismo fueron responsables del deslizamiento inexorable hacia un conflicto mundial, ya que provocaron la competencia entre los Estados a causa de su expansión colonial. La rivalidad por conquistar los mercados mundiales y los recursos naturales, así como el control de determinadas regiones provocaron la formulación de una ecuación letal: a mayor poder político ilimitado, mayor crecimiento económico. Es decir, cuanto mayor sea la población y más fuerte la posición de un Estado-nación, más poderosa será su economía. No existían límites al proyecto nacional. Como rezaba una máxima nacionalista: “Heute Deutschland, morgen die ganze Welt” (Hoy Alemania, mañana el mundo entero).

Esta era una cara de la moneda, pero existía otra. Así, se ha dicho con razón que en 1914 la humanidad necesitaba una alternativa y esta alternativa ya existía: la encarnaban los partidos socialistas. Parecía que sólo faltaba una señal para que los pueblos se levantaran, y fue la revolución bolchevique de octubre de 1917 la que lanzó esta señal al mundo, convirtiéndose en un acontecimiento tan crucial del siglo XX que ha sido caracterizado por Hobsbawm como “el siglo XX corto”, enmarcado entre 1914 y 1989, año del desplome del sistema soviético.

Decir que la guerra fue recibida con entusiasmo sería quizá excesivo, pero cuando las masas oyeron gritar a los vendedores de periódicos “Se ha declarado la guerra”, sintieron una gran conmoción, mezcla de miedo, esperanza y solidaridad con sus compatriotas. En todos había calado una idea fuerza: en los alemanes, que debían defender su recién ganada unidad, su grandeza científica e industrial y el empuje de su comercio en todo el mundo; en los franceses e ingleses, que debían impedir la consolidación de la obra de Bismarck, dividiendo de nuevo el imperio alemán, su competidor, del que se sentían celosos; en los rusos, que debían ocupar nuevos territorios para incorporarlos a su heterogéneo imperio; y en los súbditos del imperio austro-húngaro, que debían contener la amenaza eslava en los Balcanes.

La decadencia de Europa, que comenzó con la guerra de 1914 hace ahora cien años y se acentuó con la Segunda Guerra Mundial, se ha consumado un siglo después con la crisis económica que ha supuesto el final de su hegemonía financiera, vicaria de la de Estados Unidos. ¿Cómo ha sido posible un suicidio semejante? Por una razón: el nacionalismo, que es una involución romántica respecto al racionalismo de la Ilustración, desemboca siempre en una u otra forma de enfrentamiento con el otro. No en vano es un abandono deliberado de la razón: es una actitud vital que prescinde de la ética –confundida con la estética– y que se agota en la autoafirmación y en la autorrealización. Nosotros y ellos.

dissabte, 5 de juny del 2010

“Si alguien pregunta por qué morimos// decidle que porque nuestros padres nos mintieron”. La Primera Guerra Mundial

Fuente:


“Si alguien pregunta por qué morimos// decidle que porque nuestros padres nos mintieron”. Rudyard Kipling, cuyo único hijo había muerto el día que entró en combate, reflejaba así el sinsentido vital en que desembocó la barbarie bélica que tuvo lugar entre 1914 y 1918: la Primera Guerra Mundial. Un soldado inglés escribía a su casa en febrero de 1918: “Todo el mundo está harto, y a ninguno le queda nada de lo que se conoce como patriotismo.(...) Lo único que quiere todo el mundo es acabar con esto de una vez e irse a casa”. La guerra se había convertido en una matanza industrializada, provocada por una maquinaria militar hasta entonces desconocida, que exigía un heroísmo rutinario y deshumanizado.

El ambiente que la acogió había sido bien diferente. Su estallido fue una sorpresa, incluso para quienes tomaron las decisiones que la desencadenaron. Sin embargo, se recibió con entusiasmo, con euforia incluso. A la declaración de la guerra siguieron multitudinarias manifestaciones de exaltación patriótica en Berlín, Viena o París y los jóvenes británicos acudieron en masa a alistarse. Fue, entonces, la más popular de las guerras, “el momento sagrado”, en la evocación de Ernst Jünger. “Gracias a Dios, por habernos hecho vivir esta época”, resumió el poeta Rupert Brooke. Stefan Zweig retrató el júbilo popular que acompañó en Austria a la movilización: “El primer espectro de esa guerra que nadie quería (…) había desembocado en un repentino entusiasmo”. Eran manifestaciones en las calles, flamear de banderas, vítores a “los reclutas [que] desfilaban triunfantes, con los rostros iluminados”. Zweig, antibelicista, confesaba que “en aquella primera salida a la calle de las masas había algo grandioso, arrebatador, incluso cautivador, a lo que era difícil sustraerse”.

La Gran Guerra –así se la llamó, por la magnitud del acontecimiento– resulta crucial en la historia contemporánea ya que, por primera vez, estallaba una contienda entre países industrializados. Fue una época de grandes ejércitos, pero sobre todo de naciones enteras, cuyos recursos se pusieron al servicio de la contienda. La resolución del conflicto, pronto se vería, llegaría no por la victoria militar según las artes de la guerra, sino por el agotamiento de alguna de las partes.

El año 1914 no es una fecha convencional y marca una nítida línea divisoria en la historia de Europa. La guerra cambió la civilización occidental, en un corte brusco y profundo, sin parangón. Cuesta encontrar otras coyunturas históricas con similar transformación en un periodo tan breve. Primera evidencia: hasta entonces las potencias europeas tenían un dominio indiscutible del mundo, pues la vitalidad económica de Estados Unidos carecía de la correlativa superioridad militar.

En 1918, los europeos, desgastados tras disputarse militarmente la primacía, quedaban relegados a un segundo nivel. Había cambiado profundamente el mapa de Europa. Desaparecieron cuatro imperios: el de Austria-Hungría, el Reich alemán, el Imperio ruso –aunque lo sustituyó un Estado que acabaría heredando los afanes imperiales– y el del sultán turco. La contundencia del acontecimiento suele llevar a suponer que su colapso era inevitable, pero fueron los sucesos bélicos los que provocaron su abrupto final. Surgieron nuevos Estados, pero se generaron problemas nacionales, por la complejidad étnica de sus territorios. La Gran Guerra gestó otra novedad histórica, que condicionaría el siglo XX: provocó en 1917 la Revolución Rusa. Nacía un nuevo modelo político, alternativo al capitalismo liberal. Hasta entonces se entendía que la modernización política y la superación de la monarquía tradicional conducían siempre a un modelo único: regímenes constitucionales de corte liberal. Con la toma soviética del poder, la aspiración a la propiedad pública de los medios de producción y el control estatal de la sociedad, tomaba cuerpo una vía alternativa, antes sólo una teoría revolucionaria.

Esto no sólo ocurrió en Rusia. En todos los países implicados hubo cambios en la organización política. El nuevo tipo de guerra, que implicaba a toda la sociedad, llevó a que el Estado se adjudicase nuevas funciones para encauzar la producción hacia las necesidades bélicas. Nació entonces un corporativismo de guerra, al tiempo que el Estado se fortalecía. Muchos de los nuevos conceptos serían irreversibles: quedaba atrás el liberalismo ortodoxo que concedía al Estado el único papel de asegurar la libre competencia.

Aumentó además el control político de la sociedad, para evitar disidencias críticas que cuestionasen el patriotismo. La libertad individual se vio restringida y se acentuó el autoritarismo incluso en los países liberales, pues los países militarizados lo subordinaron todo a la victoria. Tales rasgos no desaparecieron en los convulsos años que siguieron a la guerra, cuando las democracias pasaron por serios apuros. Se afianzó el Estado, pero también avanzaron los conceptos democráticos.

No valdrían ya las restricciones del voto, una vez que se había exigido a todos la cuota de sangre en la mortandad patriótica. Sería imparable el avance del sufragio universal, hasta entonces sólo en unos pocos países, e incluiría el voto femenino, tras la masiva incorporación de la mujer al mundo del trabajo por las necesidades bélicas. Entre 1918 y 1920 lo implantaron ya Irlanda, Polonia, Rusia, Alemania, Holanda, Suecia, Austria, Hungría, Checoslovaquia y, parcialmente, el Reino Unido.

Hubo también un decisivo cambio cultural. Con la Gran Guerra se quebró el optimismo que acompañaba a la cultura occidental desde la Ilustración, el convencimiento de que las sociedades progresaban en todos los órdenes. La guerra descubrió que persistían las brutalidades, como en los más negros periodos del pasado, en unas sociedades que se sentían cultas y civilizadas. La barbarie y la deshumanización seguían anidando en las naciones que encarnaban el progreso. Los avances técnicos se reinterpretarían después a partir de un realismo trágico.

El optimismo anterior a la guerra tenía alguna razón de ser. Hasta 1914, Europa había vivido una larga etapa de paz y prosperidad. Desde 1815, tras las guerras napoleónicas, ningún conflicto general había sacudido el continente. Es más: a partir de 1870, tras la guerra francoprusiana, no hubo ningún conflicto en suelo europeo, a no ser algunos en los Balcanes. Las relaciones entre las grandes potencias adoptaban la forma de la paz armada, pero, a comienzos del XX, podía pensarse que la paz era inherente al progreso técnico y económico. Algunas tensiones la hacían peligrar a veces, pero la acción diplomática lograba contener el estallido del conflicto. De ahí la sorpresa general cuando el atentado de Sarajevo desembocó en la conflagración. El crimen tuvo lugar el 28 de junio de 1914. Predominó la opinión de que todo quedaría circunscrito al polvorín de los Balcanes. Buena parte de los diplomáticos y responsables políticos europeos marcharon en julio de vacaciones. Los primeros días de agosto, el conflicto había arrastrado a las principales potencias europeas y se llamaba a la movilización militar.

La causa de la Gran Guerra ha sido una de las cuestiones históricas que más ríos de tinta ha hecho correr, desde que el Tratado de Versalles estableciese la culpabilidad de Alemania. La agresividad alemana contribuyó decisivamente al estallido del conflicto, pero éste se gestó por la rivalidad entre las grandes potencias. La enemistad entre Alemania y Francia –que, en 1870, había tenido que ceder Alsacia y Lorena a la primera– fue una constante. En último término, y sin desechar la influencia de las rivalidades económicas, el conflicto lo alentaron los nacionalismos. Éstos eran ahora sentimientos de masas, que compartían orgullos y rencores. Su identificación patriótica daba respaldo social a las políticas estatales de prestigio o de intereses.

En Europa se había construido un complejo sistema de alianzas, al que se ha responsabilizado de la situación que llevó a la guerra. Tal política creó un volcán capaz de arrastrar a la catástrofe, más allá de las voluntades de quienes tomaban las decisiones. Sin embargo, el sistema había sido el telón de fondo de la larga etapa de paz iniciada en 1870. Su impulsor, el canciller Bismarck, buscaba así la seguridad de la recién nacida Alemania, no tanto su hegemonía. Su principal objetivo, supuesta la hostilidad de Francia, era evitar que ésta lograra una posición de fuerza con pactos internacionales. Nació así una complicadísima trama de compromisos entre Estados con proyectos de beligerancia común, cuyas implicaciones sobrepasaban al control de cualquier potencia. Con todo, durante sus primeros veinte años, el sistema propició la estabilidad, sin que ninguna tensión amenazara seriamente la paz europea. Las cosas empezaron a cambiar hacia 1890, cuando el nuevo Káiser sustituyó a Bismarck. Para Alemania, el sistema de alianzas dejó de tener como norte la seguridad y se puso al servicio de su supremacía. Los temores que suscitaba en sus vecinos y su apuesta por un bloque central con Austria-Hungría e Italia llevaron a que en 1891-92 se aliaran Rusia y Francia, el gran temor de Bismarck. En 1904 se sumó Inglaterra, pese a su rivalidad histórica con los galos, pues el creciente poderío naval de Alemania hacía peligrar su hegemonía marítima. En estas condiciones, cualquier incidente podía provocar la guerra y ese incidente fue el atentado de Sarajevo. El estallido bélico fue una sorpresa, pero se había preparado minuciosamente durante décadas. Sin embargo, nada salió como previeron los Estados Mayores. No hubo en el frente occidental las batallas relámpago que habían pensado los mandos alemanes, ni fulgurantes movimientos, ni rápidas victorias; sólo una guerra de desgaste.

En las trincheras del norte de Francia se sucedieron las batallas con bajas inmensas y sin resultados militares significativos. En el frente oriental y los Balcanes, los vaivenes fueron mayores, en parte por la entrada de más países: Turquía, Rumanía, Bulgaria, Grecia, además de Italia frente a Austria. Tras la revolución de 1917, Rusia salió de la contienda, pero en Francia continuó el equilibrio de fuerzas. Los expertos militares no habían atisbado la profundidad de los cambios que las nuevas técnicas y el enorme potencial de fuego introducían en la guerra. La llegada de otras armas –aviones, submarinos, tanques o gases tóxicos– no desnivelaron la situación. Sí lo hizo la entrada de Estados Unidos en la guerra en 1917.

En el verano de 1918, la ofensiva aliada presagiaba el derrumbamiento del frente y, en los meses siguientes, pedían el armisticio Turquía, Bulgaria y Austria. El 2 de octubre, los mandos militares alemanes comunicaban al Reichstag que la victoria era imposible. El 11 de noviembre –dos días después de abdicar el Káiser–, llegó el armisticio, sin producirse la ocupación de Alemania. Así fue posible atribuir la derrota a una traición y a los demócratas que traerían la república.

La paz se negoció entre los vencedores y sus términos se comunicaron a Alemania. La conferencia de paz, reunida en Versalles, trató los Catorce Puntos de Wilson y se creó la Sociedad de Naciones, para garantizar la paz. Alemania fue humillada, con duras medidas y la obligación de onerosas reparaciones. Si la guerra fue un error, la paz permitiría que aflorasen los revanchismos alemanes. Combinada con las convulsiones de la posguerra, llevaba en su seno el germen para que se repitiese el conflicto a escala aún mayor.

Por Manuel Montero

dimecres, 19 de maig del 2010

La revolución permanente: Trotski y el trotskismo

 
Stanley G. Payne

REVISTA DE LIBROS nº 161 · mayo 2010
 
Bertrand M. Patenaude
STALIN’S NEMESIS: THE EXILE AND MURDER OF LEON TROTSKY
Faber & Faber, Londres
 
Jean-Jacques Marie
TROTSKI. REVOLUCIONARIO SIN FRONTERAS
Trad. de Horacio Pons
Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires
 
Robert Service
TROTSKY. A BIOGRAPHY
Macmillan, Londres
 
Leon Trotski fue el paradigma de revolucionario europeo del siglo XIX, y a finales de 1917 era ya uno de los hombres más famosos del mundo. Fue el organizador clave del golpe de Estado con que los bolcheviques se hicieron con el poder en noviembre de 1917 y, más tarde, el comisario de asuntos militares que condujo al Ejército Rojo a la victoria en la gran guerra civil de 1917-1921. Posteriormente, exiliado de la Unión Soviética, se convirtió en el líder de un movimiento internacional de la extrema izquierda revolucionaria y su doctrina de la «revolución permanente» pasó a ser la esencia del «trotskismo». Su muerte fue casi tan notoria como su vida y el asesinato de Trotski en México a manos de un agente español de la NKVD soviética en 1940 fue una de las causes célèbres del siglo, «el asesinato más espectacular desde la muerte del archiduque Franz Ferdinand en 1914». 

Existe una copiosa literatura sobre Trotski y el trotskismo, y no poca fue [...]
 
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