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dimarts, 4 d’octubre del 2016

El tránsito a la Modernidad

Cambios a finales de la Edad Media y tránsito a la modernidad

A NIVEL ECONÓMICO

Expansión de la actividad comercial y de la vida urbana, una tendencia que con el tiempo llevara a la consolidación del sistema capitalista. 
  • Mejoras técnicas
  • Expansión del comercio
  • Mejora de las comunicaciones
A NIVEL SOCIAL
  • Emergencia de la burguesía
  • Aparece una nueva sensibilidad: los nuevos ideales de la vida burguesa (pragmatismo, goce terrenal de la vida, proximidad) empiezan a sustituir los ideales caballerescos
A NIVEL RELIGIOSO

Crisis espiritual e institucional

Durante la Baja Edad Media, la cristiandad viven convulsiones como las guerras entre reyes y nobles o entre reyes, o como la Peste Negra, que se solapan a una prolongada crisis de la institución eclesiástica, cuya estructura, organización y funcionamiento se ha visto resentida por la sustitución progresiva del sistema feudal por un mundo vertebrado en torno a las ciudades y el comercio con un poder político cada mas centralizado en las naciones estado emergentes  

  • La crisis paulatina del modelo feudal (vertical y jerárquico en un mundo estable, sin cambios inspirada por valores aristocratizantes)  a consecuencia del protagonismo de fenómenos como la expansión de comercio, el renacimiento de la vida urbana, el auge de la burguesía y el fortalecimiento del pode político
  • Los conflictos con un poder político cada vez más fuerte y centralizado.
  • La relajación de las costumbres:
    • corrupción,
    • nepotismo
    • y simonía.
  • El bajo nivel cultural del clero. 
  • Una teología desconectada de la vida cotidiana y de los cambios que se estaban experimentando:
    • Visión negativa de la condición humana
    • Condena del préstamo a interés considerado usura
  • Peste Negra
  • Exacerbación de la consciencia del pecado. Procesiones de flagelantes
  • Incertidumbre vital ante un mundo que en cambio
  • Mayor conciencia individual.Devotio moderna: fomento de la meditación y de la religiosidad personal frente a la piedad popular multitudinaria y superficial 
  • Lutero y la justificación por la fe
  • Calvino, la predestinación y el desarrollo capitalismo. Cromwell y el puritanismo
  • La subjetividad calvinista 

A NIVEL CULTURAL Y CIENTÍFICO. Véase el siguiente documento (importante)

Llegan a Italia sabios que huyen de Constantinopla, tomada por los turcos en el año 1453 y que divulgaron a los autores clásicos y romanos que ya habían empezado a ser conocidos en Occidente gracias a las traducciones del árabe que se divulgaron desde Toledo y que reflejaban una visión más terrenal y próxima de los asuntos humanos. 
  • Humanismo que exalta las cualidades del hombre frente a la visión pesimista de la condición humana anterior (hombre pecador). la visión antropocéntrica sustituye al teocéntrica. Giovanni Pico della Mirandola (Discurso sobre la dignidad del hombre):   Cuando Dios terminó la creación del mundo, empieza a contemplar la posibilidad de crear al hombre, cuya función será meditar, admirar y amar la grandeza de la creación de Dios. Pero Dios no encontraba un modelo para hacerlo. Por lo tanto se dirige al primer ejemplar de su criatura, y le dice: "No te he dado una forma, ni una función específica, a ti, Adán. Por tal motivo, tendrás la forma y función que desees. La naturaleza de las demás criaturas la he dado de acuerdo a mi deseo. Pero tú no tendrás límites. Tú definirás tus propias limitaciones de acuerdo con tu libre albedrío. Te colocaré en el centro del universo, de manera que te sea más fácil dominar tus alrededores. No te he hecho mortal, ni inmortal; ni de la tierra, ni del cielo. De tal manera, que podrás transformarte a ti mismo en lo que desees. Podrás descender a la forma más baja de existencia como si fueras una bestia o podrás, en cambio, renacer más allá del juicio de tu propia alma, entre los más altos espíritus, aquellos que son divinos."



  • Renacimiento. Inspiración en los modelos clásicos de belleza y armonía. Los artistas abandona el anonimato.  
  1. Texto 1: Del clérigo al burgués **
  2. Texto 2: Reloj y modernidad *
  3. Texto 3  Tiempo y modernidad ***
  • Empirismo: Véase el siguiente documento (importante)
  • Ilustración: Véase el siguiente documento (importante)
  • Romanticismo

Véase el siguiente vídeo a partir del minuto 6:https://www.youtube.com/watch?v=pDpEDR9-01w





A NIVEL POLÍTICO

Los cambios que se están viviendo favorecen la trasformación de las instituciones políticas en las siguientes direcciones:


  1. Sustitución paulatina de una visión de la actividad política de inspiración religiosa por otra terrenal guiada por el realismo y la eficiencia y centrada en consolidar el estado (el conjunto de instituciones políticas que hacen posible la vida en común) que garanticen el orden y la justicia frente a los intereses particulares en liza. Maquiavelo y El príncipe. Castiglione y El Cortesano

  1. Reconocimiento del protagonismo político de la burguesía, una tendencia que llevará a la idea de contrato social primero y que después cristalizara  en las revoluciones liberales y que se iniciará en Holanda (revolución holandesa: república, tolerancia) y en Inglaterra (consolidación del poder del parlamento) y más tarde en América (Independencia de la Trece colonias) y Francia (Revolución Francesa): derechos del hombre, división de poderes, elecciones, parlamentarismo.

  2. Fortalecimiento del poder centralizador del rey frente: primero monarquías autoritarias y el nacimiento de los estados nacionales; y, después, absolutismo.
  3. Utopismo y revolución. Totalitarismos. 
A NIVEL DE VIDA ÍNTIMA a partir de Phillipe Ariès



En la Edad Media la comunidad constituye un medio familiar en el que todo el mundo se conoce y se espía.

Era el único espacio habitado y regulado según ciertos derechos.

A la llegada del siglo XIX, la sociedad se torna anónima en la que las personas ya no se conocen. Esto sucede a través de dos maneras:

• mediante el derecho de elegir con mayor libertad la condición o el tipo de vida
• refugiándose en la familia, centro del espacio privado.

Para visualizarlo hemos de recurrir a la historia íntima, a la vida privada. El modelo de la vida pública es un modelo evolucionista, donde las innovaciones y supervivencias son indistinguibles.

El modelo de la vida privada considera las realidades con más detenimiento y las divide en periodos.

Entre los acontecimientos que modifican la idea que las personas tienen de ellas mismas y de su papel en la vida diaria de la sociedad hay que destacar los siguientes.-

1. El surgimiento de un Estado más intervencionista

El individuo debía construir una imagen de apariencia y utilizaba el gasto, la ostentación y la insolencia como herramientas para mantener su honor/prestigio. Por ello, el Estado prohibió los duelos y prescribió el lujo de vestido para evitar la usurpación de puestos. Intervenía en las relaciones internas.

El Estado con sociedad articulada en tres niveles:

-La sociedad cortesana: mezcla de acción política, festividad, compromiso personal y jerarquía.
-Clases populares: mezcla de trabajo y fiesta, mundo de la calle, plaza, alameda. En la plebe hay más obstáculos para el desarrollo del mundo privado.
-Se desarrollan grupos intermedios, pequeñas sociétés.

2. Alfabetización y lectura: gracias a la imprenta. La persona se hace una idea por sí mismo del mundo, obtiene conocimientos empíricos y realiza reflexiones.

3. Nuevas formas de religión: a partir de los siglos XVI y XVII. La oración adopta nuevas formas de meditación solitarias.

Indicios de privatización.-

1. Literatura de civilidad: contenía reglas de buena crianza y código de cortesía. Se trataba más de extender un espacio reservado del cuerpo. Los abrazos y besos en la mano se sustituyen por ademanes discretos y furtivos. Nacía un nuevo pudor donde se disimulaban actos de excreción.

2. Literatura autógrafa: es el diario íntimo, cartas, confesiones que relacionan la lectura, escritura y conocimiento de uno mismo. No están destinados a ser públicos, son hechos por el gusto de hacerlo.

3. Gusto por la soledad: se da por la necesidad del hombre de aislamiento. Ya no es tedioso.

4. La amistad: ya no es únicamente fraternidad de armas o camaradería, es un sentimiento más civil, un trato afable, una fidelidad apacible.

5. Nueva forma de concebir la vida diaria: el arte y la arquitectura nacen como una exteriorización de uno mismo y de los valores que se cultivan en sí. Nacen a causa del gusto, el arte del interior donde se decoran los muebles, camas y tapices, también el arte de la mesa y los vinos.

6. La historia de la casa: nuevas dimensiones de las habitaciones y multiplicación de espacios pequeños; la creación de espacios de comunicación que permiten entrar o salir; la especialización de las habitaciones que sirven hacia una funcionalización como lo es la búsqueda de espacio para la intimidad y por último, la distribución de la calefacción y de la luz (por ej.: la chimenea).

El individuo, el grupo, la familia.-

1. La conquista de la intimidad individual:
los siglos XVI y XVII se caracterizan por individualización de costumbres en la vida diaria. La búsqueda de intimidad está ligada al amor, así como también la discusión de confidencias políticas. Surge un individualismo de costumbres que declinó a finales del siglo XVIII donde nace la vida familiar, un ambiente que absorbe las preocupaciones del individuo.

2. Formación de grupos de convivencia social: durante los siglos XVI y XVII se forman  pequeñas sociedades consagradas a la conversación, es decir, una reunión entre personas particulares con quienes uno se comunica para evitar el aburrimiento de la soledad y el trastorno de la multitud. Estos grupos declinaron cuando se pretendió institucionalizarlos dado a que perdieron la informalidad y espontaneidad.

3.La familia cambia de sentido: se convierte en un refugio donde uno escapa a las miradas del exterior, un lugar de afectividad en donde se establecen relaciones de sentimiento entre la pareja ylos hijos. El padre se convierte en figura moral que inspira respeto. Aún así la sociabilidad anónima no se elimina.

La doble definición de lo público.-

La sociabilidad anónima se sustituye por una restringida que se confunde con la familia o el propio individuo.

El problema radica en saber cómo se pasa de un tipo de sociabilidad en la que lo privado y lo público se mezclan, a una en la que ambas se separan, incluso la absorbe o reduce su extensión.

En la Edad Media no se tiene nada privado dado a que se depende de las sociedades colectivas para la protección y el sustento, sin embargo, desde la aparición del Estado Cortesano queda disponible un espacio-tiempo para actividades particulares.
 A fines del siglo XVI y la primera mitad del XVII la transición no fue sencilla, el Estado no pudo hacerse cargo de todas las funciones así que surgen las redes de clientela (nobleza local) que se hicieron cargo de las funciones tanto públicas (militares) como las privadas(servicios).

Las personas ejercían el poder en nombre del rey con sus propios fondos, hasta que el rey les permita recobrar el dinero y más en retorno. Existe una doble relación público/privado en la que el Estado todavía se administra como un bien familiar.

Sin embargo, para la segunda mitad del siglo XVII, la remuneración pública se separa del gasto privado y las clientelas empiezan a regirse por las leyes del Estado.

Al principio del siglo XVIII lo público está netamente desprivatizado. A partir de aquí el espacio privado está casi cerrado y separado por completo del servicio público que se ha hecho autónomo y es reemplazado por la familia.

Las conclusiones principales:

  1. La contraposición del hombre de Estado con el particular, el contraste entre las relaciones políticas y el espacio doméstico.

  1. El paso de una sociabilidad anónima (donde lo público y privado son lo mismo) hacia una fragmentada en la que aparecen sectores bien diferenciados (sector social, profesional, doméstico)




diumenge, 17 de novembre del 2013

Diderot


Tres siglos atrás, de Juan-José López Burniol en La Vanguardia, 19 octubre, 2013 

 El mundo moderno está indisolublemente unido a la Ilustración, al “siglo filosófico”. Las consecuencias del humanismo y de la Reforma protestante, con ser grandes, habían logrado debilitar, pero no destruir, el valor normativo de la tradición. En general, los pueblos de la vieja Europa seguían rigiéndose por los ideales cristianos y por las formas sociales heredadas. Tan sólo la irrupción de la Ilustración cambió esta realidad. Fue la Ilustración la que introdujo las ideas de que el fin del hombre es la felicidad en este mundo y no la salvación en el otro, de que el hombre debe regir su vida por la razón y no por la tradición, y de que todos los hombres son iguales y tienen idénticos derechos. Este cambio sustancial se gestó en el siglo XVIII, gracias en buena parte al que se ha llamado el “primer partido de Francia”, es decir, el partido intelectual. Éste era el único bloque cohesionado en medio de una sociedad en la que la monarquía se debilitaba desde la muerte del Rey Sol, la legitimidad de la aristocracia se marchitaba cada día más, y la Iglesia estaba dividida por el enfrentamiento creciente entre el alto y el bajo clero. A este partido correspondía destruir –en palabras de Voltaire– “los prejuicios de que la sociedad está infectada”.

Se ha fechado hacia 1748 la aparición del partido de los intelectuales, con la publicación este año de L’esprit des lois, de Montesquieu, seguida –en 1749– por la de Lettre sur les aveugles à l’usage de ceux qui voient, de Diderot. Y fue precisamente Denis Diderot la figura axial de este grupo y de esta época. Voltaire le aventajó en fama entonces y durante mucho tiempo, pero lentamente se ha ido imponiendo la magnitud del genio de Diderot. Nacido en la Champaña hace tres siglos (5 de octubre de 1713) e hijo de un cuchillero acomodado, completó su educación en París con los jesuitas y, abandonada pronto su inicial vocación, tuvo que abrirse camino dando lecciones de matemáticas y traduciendo libros ingleses. Y ahí llegó la ocasión de su vida. Recibido el encargo de traducir la Chamber’s Encyclopedia, alumbró la idea de una empresa que ocuparía veintiséis años de su vida. A impulso suyo, el editor Le Breton decidió, en lugar de traducir la enciclopedia inglesa, publicar una obra nueva, escrita “por una compañía de hombres de letras”, cuyo título revelaba su alcance: Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers.

Es fácil imaginar que una tal variedad de temas ofrecía ocasiones constantes para apuntar ideas avanzadas. Pero cuesta más admitir la facilidad con que Diderot –que contó desde el principio con la colaboración capital del matemático D’Alambert– encontró a la multitud de colaboradores necesarios para una empresa de tal intención revolucionaria y tamaña magnitud. Sólo fue posible porque la sociedad francesa estaba ya madura para el cambio que la Enciclopedia anunciaba. Había un público listo para recibir doctrinas contrarias a la tradición y a la ortodoxia. La Enciclopedia tuvo pronto 3.000 suscriptores y, cuando se publicó el volumen quinto, tenía 4.000. Un pensamiento nuevo jamás recibe esta acogida. Y pronto también fue confirmada su trascendencia por una cerrada oposición: “La corte bajo la guía de madame de Pompadour (…), la Sorbona y el Parlamento, obispos y dramaturgos –escribe Jacques Barzun– apretaron sus filas en una campaña mezcla de ridículo y fulminación. Los antiguos enemigos (jesuitas y jansenistas) por una vez se unieron para atacar la obra blasfema”. Pero la suerte estaba echada: el Antiguo Régimen empezaba a sentir la pérdida de aliento típica de los períodos de decadencia, puesta de manifiesto en la ambivalencia de la autoridad ante lo que sabía que era franca subversión.

Diderot dedicó buena parte de su vida a la Enciclopedia, pero dejó también una nutrida obra en la que formula una crítica mordaz de la sociedad de su tiempo, a la que describió como víctima de la hipocresía y sometida a la tiranía religiosa y política, lo que le llevó a la cárcel. No fue un filósofo sistemático pero sí innovador, evolucionando desde un racionalismo inicial al materialismo de su ocaso. Crítico artístico y literario sagaz, fue el filósofo que llevó hasta más lejos su contacto con los poderosos, concretamente con Catalina de Rusia. Residió un tiempo en San Petersburgo y es sabido que la emperatriz dedicó más de un centenar de horas a discutir con él. Quizá hubo un momento en que Diderot se vio a sí mismo como “un especulador al que se le pasa por la cabeza regentar un gran imperio”, pero –lúcido como era– pronto advirtió que su influencia era nula en las grandes decisiones y que se había dejado embaucar por las apariencias. Es el sino de los intelectuales, que siempre se creen que son más de lo que son y olvidan que su función no es tomar decisiones, sino crear estados de opinión contra corriente y formular críticas al poder constituido. El intelectual que no obra así no es tal; es un triste lacayo, aunque le arrojen migajas de poder.

dimarts, 12 de novembre del 2013

L'espectacle 2014

JORDI LLOVET
Comencen els fastos per celebrar el tricentenari de la derrota de 1714

FUENTE: EL PAÍS, MAY 2013 -
El Born, escenari principal dels actes del 2014

Quan encara falten vuit mesos perquè s'acabi l'Any Espriu -és a dir, quan aquelles persones a qui no agrada la seva poesia hauran d'empassar-se molt de temps les hiperbòliques i ultranceres lloes de la seva persona, el seu nacionalisme i la seva literatura-, els mitjans de comunicació del país han començat una altra croada propagandística, molt avançada per si un cas, dedicada a les efemèrides que tindran lloc l'any que ve amb motiu del tercer centenari del setge de Barcelona, l'any 1714. Deixem ara de banda el fet verament ominós que ni Josep Carner ni Carles Riba no fruïssin, en ocasió de cap centenari ni cinquantenari, dels goigs de què gaudeix el poeta de Sinera: vet aquí una manera de pervertir el gust literari del públic català, un factor que s'afegeix, ai las!, a l'escassa presència de la literatura a les nostres aules de secundària i a l'estat tirant a pobre de la crítica literària catalana als nostres dies.

Centrem-nos en tot el que s'acosta en vista del tercer centenari de l'ocupació de Barcelona per part dels aliats dels Borbons -hi havia força aragonesos i castellans, però també hi havia una munió de francesos, tots sota les ordres del felipista duc de Berwick, parent llunyà de la duquessa d'Alba-, aquests fent front, a l'inici de la Guerra de Successió, a una aliança europea en què, al costat dels Habsburg, hi havia Leopold I, els Països Baixos i Anglaterra. (Per cert, encara no s'ha editat mai, en català, el pamflet de Jonathan SwiftThe Conduct of the Allies , de 1711, en què aquest agitador, eclesiàstic i per escreix novel·lista anglès, autor dels Viatges de Gulliver , va col·laborar a convèncer els anglesos que abandonessin l'aliança europea austriacista, per a desgràcia nostra.)Tot això i molts altres factors que precedeixen la caiguda de Barcelona no són matèria d'estudi públic a gairebé enlloc, igual com tothom oblida que Rafael Casanova, que només va ser ferit en una cuixa durant el setge, va acabar plàcidament la seva vida, l'any 1743, exercint d'advocat amb una aquiescència més que provada amb el nou status quo polític, és a dir, amb la cort madrilenya de Felip V. També ha quedat esborrat de la memòria col·lectiva el fet que, malgrat el Decret de Nova Planta, Catalunya va viure una creixença econòmica com feia segles que no coneixia, en especial sota el regnat del Borbó Carles III, cosa que no va desagradar aquells mercaders i comerciants catalans que, al seu moment, suposaven que els negocis -que és el quid de quasi totes les qüestions que han enfrontat històricament Catalunya amb el regne de Castella- els anirien més bé amb una monarquia austríaca que amb una de francesa.Doncs bé: el president de Catalunya va encetar, dissabte passat, l'apoteòsica celebració de l'11 de setembre de 1714, que es preveu tan distorsionada com l'enaltiment de la poesia de Salvador Espriu: l'acompanyaven dos homes del món de l'espectacle, Miquel Calçada i Toni Soler, i cap historiador: farien nosa. La veritat històrica deu importar molt poc; sembla que més aviat importa un volgut, inventat, esperançat fantasieig sobre el nostre futur, amb tota la manipulació que calgui dels fets esdevinguts en el passat: ens caurà a sobre un any de faramalla, ostentació, parades, fastos, parenceria, exhibicions, focs d'artifici. Mentrestant, la construcció de la Biblioteca Provincial de Barcelona ha quedat sepultada sota la força simbòlica, una vegada més, de quatre pedres del segle XVIII sense cap valor arqueològic: tot el barri del Born és ple d'edificis amb la mateixa antiguitat. (Estudiar en una biblioteca apropa a la veritat històrica; fer gresca i xerinola, segur que no.)I hom comença a agafar un ensopiment sensacional i formidable, tot lamentant que la nostra guerra contra el Borbó mai no s'hagi transformat, com va succeir a França, en un lema tan senzill com "llibertat, igualtat, fraternitat".

divendres, 1 de novembre del 2013

América, 1776, de Francesc-Marc Álvaro

LA VANGUARDIA 31 octubre, 2013,  OPINIÓN

Siempre hemos tenido, en Catalunya, una tendencia a imitar los referentes franceses. Es lógico, por proximidad geográfica y cultural. Eso ha influido positivamente en algunos terrenos y no tanto en otros. Participé, hace pocos días, en una mesa redonda y, a la hora del coloquio, alguien habló de la revolución francesa. El debate en nuestro país todavía está marcado por este modelo, aunque, desde muchos puntos de vista, hay otras experiencias históricas que pueden sernos más útiles. Por ejemplo la llamada revolución americana, anterior a la francesa y a la cual, hasta hace poco, hemos prestado aquí muy poca atención.
El historiador Gordon S. Wood califica de “extraña” la revolución de los norteamericanos de finales del siglo XVIII contra el poder británico para constituir una nueva república independiente a partir de trece colonias. ¿Qué llevó a aquellos agricultores, artesanos, terratenientes, abogados, gentes de letras y comerciantes a sublevarse contra la primera potencia política y militar de su tiempo en vez de aceptar resignadamente lo que se dictaba desde Londres? El mismo Wood aporta una de las claves: “La crisis provocada por la Stamp Act despertó y unió a los norteamericanos como no lo había hecho ningún acontecimiento anterior. Estimuló atrevidos escritos políticos y constitucionales en todas las colonias, ahondó la conciencia y la participación políticas de los colonos y produjo nuevas formas de resistencia popular organizada”.
Fue, por lo tanto, la reacción a una presión fuerte y continuada de los gobernantes de la metrópoli lo que cohesionó a una población que, hasta entonces, se consideraba leal a la Corona. Y eso fue acompañado de un protagonismo sin precedentes de sectores que no tenían ningún vínculo con los aristócratas ni con los grandes propietarios, tal como escribió uno de los gobernadores reales de Georgia al referirse al comité que controlaba una región: “Una amalgama de las gentes más bajas, especialmente carpinteros, zapateros, herreros, etcétera, con un judío a la cabeza”. Hoy hablaríamos de clases medias y populares.
¿Qué buscaban los que decidieron plantar cara a una estructura política, burocrática y militar que tenía todas las de ganar cuando, a principios de 1775, los británicos se preparaban para utilizar la fuerza de sus ejércitos para aplastar la revuelta? Aplazamos un momento la respuesta a esta cuestión y certificamos –de la mano de Hannah Arendt– que los padres de la independencia de EE.UU. no eran precisamente unos extremistas, ni siquiera unos revolucionarios vocacionales, sino todo lo contrario; la mayoría, además, tenía tierras o negocios importantes. Uno de ellos, John Adams, escribió que “habían acudido sin ilusión y se habían visto forzados a hacer algo para lo que no estaban especialmente dotados”. ¿Demasiada modestia, a la vista del resultado, verdad? Adams, que fue el segundo presidente después de Washington, hace una confesión extremadamente iluminadora, porque sugiere que el núcleo dirigente de aquel movimiento –integrado por cabezas muy bien amuebladas– era consciente de los grandes obstáculos de aquella empresa histórica, basada en ideales ilustrados y bonitas palabras como libertad y felicidad.
Para responder seriamente cuál fue el motor de aquella revolución que alumbró el mundo contemporáneo y la principal potencia, podemos volver a Arendt; evitaremos así ciertos malentendidos y seremos invitados a tomar nota de todo lo que el pasado todavía puede enseñarnos: “En América, donde, al principio, la existencia del país había dependido de una contienda de principios y donde el pueblo se había rebelado contra medidas cuyo significado económico era insignificante, la Constitución fue ratificada incluso por aquellos que, siendo deudores de los comerciantes británicos –a quienes la Constitución había abierto los tribunales federales–, tenían mucho que perder desde el punto de vista de sus intereses privados, lo cual nos indica que los fundadores tuvieron a la mayoría del pueblo de su lado, al menos durante la guerra y la revolución”. Dicho de otro modo, el coste moral de seguir formando parte de la Corona británica pesó más que el coste económico, aunque tendemos a pensar que el malestar de los colonos era, básicamente, un asunto provocado por los impuestos y la falta de representación en el Parlamento de Londres. Esta realidad desmiente el tópico de unos norteamericanos movidos únicamente por la plata y señala la complejidad de las causas que llevaron a aquella gente a desafiar el orden y arriesgar sus vidas. EE.UU. nació porque lo que parecía imposible rompió el muro de los pronósticos negativos que se afanaban por convertirse en reales. “En los años setenta (del siglo XVIII) –escribe Wood–, todos estos acontecimientos, sin que fuera intencionado por parte de nadie, iban creando una nueva clase de política popular en Norteamérica. La retórica de la libertad hacía aflorar tendencias políticas latentes desde hacía tiempo. La gente corriente ya no estaba dispuesta a confiar sólo en los caballeros ricos e instruidos para que les representaran en el gobierno. Todo venía desde abajo. Y, afortunadamente, no les hicieron falta las guillotinas de los franceses.
www.francescmarcalvaro.cat

dissabte, 8 de desembre del 2012

En torno a Rousseau

Rousseau contemporáneo

LA VANGUARDIA 05/12/2012 
 
ANTONI MARÍ

Tal vez fuera por su prosa sencilla y transparente que Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) llegara a tantos lectores: "No escribo para los filósofos, escribo para los de la calle, el zapatero, el maestro de escuela, la mujer de casa, el estudiante." Apenas utilizó los términos de los filósofos al uso y practicó una escritura voluntariamente accesible a un lector común; esa cualidad permitió que la sociedad europea le leyera con avidez y retuviera las ideas que socavaban los cimientos del estado y de la administración real, hasta que sus argumentos, recogidos en su potencial revolucionario, fueran enarbolados como los estandartes que clamaban la tríada de la revuelta: libertad, igualdad y fraternidad. Por esta razón, tal vez, fue perseguido, calumniado y despreciado por la sociedad que temía perder los privilegios que venía gozando de antiguo.

Sus ideas escandalizaron a sus colegas y amigos, maestros ilustrados; en él veían al traidor, el que corrompía las buenas gentes poniendo en duda la necesidad del proyecto iluminista que quería corregir la humanidad y elevarla a la mayoría de edad. Jean-Jacques dudó de los argumentos que confiaban en la capacidad y posibilidad de perfección del hombre. Desconfió del progreso como del instrumento de esta perfectibilidad y criticó, de un modo radical y dogmático, que el desarrollo de la humanidad no se hacía por el camino de la ilustración y el conocimiento, sino por el de la voluntad y la reflexión. Desde esa intimidad solitaria, contradictoria y atrabiliaria, describió cómo la desigualdad entre los hombres era el embrión de todos los males, el origen de la esclavitud y de la ignorancia.

Denunció la soberbia del sabio y defendió la sabiduría del hombre sencillo. No se arredró frente a la muralla que se levantaba frente él y arremetió con sus libros contra el saber establecido. Su obra sirvió de referencia a revolucionarios y dio argumentos a la carcunda más conservadora del mundo moderno. Desde Robespierre a Primo de Rivera, de Kant a Karl Marx, de Thomas Jefferson a Pol Pot, de Adorno a Habermas, todos encontraron en Rousseau argumentos para blandir sus ideas, ya fueran contrarias a las suyas o semejantes. Hoy sigue manteniendo detractores y defensores como si el tiempo no hubiera pasado por él, o fuera él que lo consideraba todo desde la distancia que ofrece la crítica a la razón. En eso estamos.

La invención de las vivencias 

  • Es nuestro contemporáneo: criticó la desigualdad y la soberbia; sus ideas son estandartes para las revueltas 
  • Es Rousseau quien inaugura este tiempo de las 'vivencias pasivas', que se corresponden a la perfección con la experiencia contemporánea 
  • Hoy, la diferencia con Rousseau es que ya no estamos a la orilla de un largo sino en un centro comercial 
  • En Rousseau está todo: el equilibrio del alma, sin recuerdo del pasado ni proyección hacia el futuro 
YVES MICHAUD


Un aspecto sorprendente de la sensibilidad contemporánea es el lugar que en ella ocupan las experiencias. Cuando antes percibíamos objetos, personas, situaciones, hechos, acontecimientos, ahora percibimos cada vez más experiencias o vivencias que nos relacionan con esas cosas volatilizadas.

¿Se trata de un cambio de nuestra ontología (en el sentido que le da Quine de descripción del "ordenamiento del mundo")? No estoy seguro, aunque un cambio en nuestras formas de aprehensión tiene sin duda un impacto en lo que creemos que hay. En todo caso, debemos constatar que tendemos a hablar de modo diferente de nuestras percepciones y las tratamos como si los referentes externos (objetos, personas, acontecimientos, hechos) se borraran en beneficio de los datos de la conciencia. Hace poco, en un curso de fitness, escuché decir a la monitora que teníamos que colocar las cargas en las halteras "según nuestra vivencia", no según el peso. Y nadie puso objeción alguna a esa manera de expresarse.

Las manifestaciones de ese predominio de las experiencias y de las vivencias son hoy en día innumerables; sobre todo, en el terreno del consumo, que coloniza todos los demás. Los especialistas del marketing y el packaging llevan a cabo estudios muy sutiles sobre el marketing experiencial: consiste en vender no productos, sino productos elegidos en el seno de experiencias e incluso experiencias a secas: una estancia en un centro de talasoterapia en lugar de un bolso. El diseño experiencial es una actividad floreciente que mezcla diseño sonoro, olfativo, luminoso, arquitectura interior para ordenar los espacios públicos y los lugares de vida de manera que se ofrezcan buenas experiencias al consumidor.

La consecuencia es que nos enfrentamos ahora a un sujeto débil, que se sumerge en las experiencias, que es envuelto por ellas o que se zambulle en ellas, hasta que ya no se distingue a sí mismo con el fin de gozar mejor de ellas. Se deja llevar y, si todo va bien, encuentra el placer buscado sin desplegar esfuerzos, viviendo sin más la experiencia, entregándose a las vivencias que esta engendra.

Y es Rousseau quien inaugura este tiempo de las descripciones de las vivencias pasivas que, a pesar de la diversidad de las palabras utilizadas, se corresponden perfectamente con la experiencia contemporánea. Coincidiendo con el despertar de la sensibilidad prerromántica, describe en diversos pasajes de Las ensoñaciones del paseante solitario, redactadas entre 1776 y 1778, ese goce del presente de las vivencias. Por ejemplo, cuando recobra la conciencia tras sufrir un accidente (una grave caída provocada por un enorme perro en Ménilmontant):

"Se acercaba la noche. Vi el cielo, algunas estrellas y un poco de verdor. Esta primera sensación constituyó un momento delicioso. Sólo de esa manera me sentía aún. En ese instante nacía a la vida y parecíame que con mi leve existencia llenaba todos los objetos que veía. Todo entero, en aquel momento no me acordaba de nada; no tenía ninguna noción distintiva de mi individualidad ni la menor idea de lo que acababa de ocurrirme; no sabía quién era ni dónde estaba; no sentía dolor, ni temor ni inquietud. Veía manar mi sangre como hubiera visto correr un arroyo, sin ni siquiera pensar que aquella sangre me perteneciera en forma alguna." (Segunda ensoñación).

Poco importa que se trate aquí de dolor más que de placer: la forma de la vivencia es la de una presencia absoluta y que no pasa, sin vinculación de las sensaciones con un sujeto, pero con empatía con los objetos ("con mi leve existencia llenaba todos los objetos que veía").

O, también, con ocasión de los paseos por la orilla del lago de Bienne:

"Cuando se acercaba la noche, descendía de las cimas de la isla gustosamente a sentarme a orillas del lago sobre la arena en algún rincón escondido; allí, el rumor de las olas y la agitación del agua, fijando mis sentidos y echando de mi alma toda otra agitación, la sumían en una deliciosa ensoñación, en la que me sorprendía con frecuencia la noche sin que me hubiera dado cuenta. El flujo y reflujo de aquella agua, su rumor continuo pero acrecentado a intervalos, golpeando sin desmayo mis oídos y mis ojos, suplían los movimientos internos que la ensoñación apagaba en mí y bastaban para hacerme sentir con placer mi existencia sin tomarme el trabajo de pensar." (Quinta ensoñación).

De nuevo, el flujo, la concentración en los sentidos, una impresión de la existencia sin pensamiento, la uniformidad de un movimiento continuo que suspende el tiempo.

En la octava meditación, el análisis se hace más preciso al concentrarse en un presente que ya no pasa:

"Pero si hay un estado en el que el alma encuentra un acomodo lo bastante sólido como para descansar en él por entero y congregar todo su ser, sin tener necesidad de recordar el pasado ni exceder del porvenir, donde el tiempo no exista para ella, donde el presente dure siempre sin señalar, no obstante, su duración y sin huella alguna de secuencia, sin ninguna otra impresión de privación ni goce, de placer ni dolor, de deseo ni temor que la de nuestra existencia, y que esa impresión única pueda colmarla por entero, en tanto dura tal estado, quien se encuentre en él puede llamarse dichoso, no de una dicha imperfecta, pobre y relativa, tal cual se halla en los placeres de la vida, sino de una dicha suficiente, perfecta y plena que no deja en el alma ningún vacío que esta sienta la necesidad de llenar. Tal es el estado en que me encontré con frecuencia en la isla de Saint-Pierre en mis ensoñaciones solitarias, ora tumbado en mi barca que dejaba derivar a merced del agua, ora sentado en las riberas del lago agitado, ora en otra parte, a orillas de un hermoso río o de un arroyo murmurando entre los guijarros".

(Octava ensoñación)
Está todo: el equilibrio del alma, sin recuerdo del pasado ni proyección hacia el futuro, presente que dura y no pasa, impresión de la existencia que llena el alma colmada y sin necesidad de llenarse con nada.

Y Rousseau prosigue en el goce de sí mismo en tanto que existente:

"¿De qué se goza en semejante situación? De nada externo a uno, de nada sino de uno mismo y de su propia existencia; en tanto tal estado dura, uno se basta a sí mismo, como Dios. (...) No se requiere ni un reposo absoluto ni demasiada agitación, sino un movimiento uniforme y moderado, carente de sacudidas e intervalos. Sin movimiento, la vida no es más que un letargo. Si el movimiento es desigual o demasiado fuerte, despierta; al devolvernos a los objetos circundantes, destruye el encanto de la ensoñación y nos arranca de nuestros adentros para ponernos de inmediato bajo el yugo de la fortuna y de los hombres y entregarnos a la impresión de nuestras desgracias."
(Octava ensoñación)

Se habrá notado el cierre sobre sí misma de la experiencia y la conciencia que la ha hecho: se trata de gozar de sí en sí ("de nuestros adentros") huyendo del contacto con la realidad, la fortuna, los otros hombres y su odio.

¿Y si Rousseau anunciara nuestra época de vivencias, experiencias y pérdida de sí, con la diferencia de que ya no estamos a la orilla del lago de las ensoñaciones sino en un centro comercial, una discoteca o una fiesta rave?

Traducción: Juan Gabriel López Guix

El enigma Rousseau, de María José Villaverde en El País

 8-XII-2012
El filósofo es uno de los autores más contradictorios. La lectura dominante lo presenta como icono de la democracia moderna pero su obra marca el despertar de las ideologías irracionalistas y del nacionalismo

Hace trescientos años nació uno de los pensadores más influyentes de la historia del pensamiento político, un hombre que cautivó con Emilio, hizo llorar con las Confesiones y alentó revoluciones con El contrato social. Rousseau es uno de los autores más contradictorios e inclasificables del siglo XVIII. Ya en 1750, tras la publicación del Discurso sobre las Ciencias y las Artes, las elites europeas, con el rey Estanislao de Polonia a la cabeza, le recriminaron sus incoherencias –escritor que ataca la literatura, amante de los espectáculos que arremete contra el teatro, crítico de las ciencias y las artes que se presenta a un premio de la academia-. Rousseau responderá a sus críticos con un gesto impactante: se retirará del mundo y sus pompas –es un decir-, renunciando al reloj, la espada, los encajes y las medias blancas, símbolos mundanos por excelencia, y adoptará la túnica armenia. La imagen de excentricidad y rebeldía que encarna, con el pelo semi-largo y la barba mal afeitada, acabará, más tarde, por convertirse en seña de identidad de los románticos europeos.

En Jean-Jacques la persona y la obra se entrecruzan, se mezclan, se superponen. Cautiva porque apela al corazón del lector, buscando su comprensión, su simpatía, su complicidad. En eso radica su modernidad –que no en sus ideas políticas-. ¿Cómo no sentirnos conmovidos por su proximidad y no apiadarnos por la profunda insatisfacción de ese ser lleno de amargura y de resentimiento social, sin familia y sin patria, que anhela ser querido y aceptado? Un hombre en guerra con el mundo, siempre por delante o por detrás de su época, inadaptado e incómodo entre la élite ilustrada, hedonista, materialista y descreída. “Un perro me resulta mucho más cercano que un hombre de esta generación” escribe en los Esbozos de las Meditaciones. Y los Diálogos aparecen encabezados con este verso de Ovidio: “Aquí soy un bárbaro porque estas gentes no me entienden”.

A Jean-Jacques se le han puesto todo tipo de etiquetas: individualista y colectivista, defensor de la propiedad privada e igualitario, predecesor de Marx y teórico liberal, pensador anclado en el pasado y predecesor del Romanticismo, padre del Jacobinismo y padre de la Democracia moderna, padre del Totalitarismo, antecesor del Psicoanálisis, precursor del nacionalismo moderno, etc.

Entre tanta paternidad ¿qué etiqueta elegir? Si para abrirnos paso entre esta maraña de interpretaciones recurrimos a sus contemporáneos, quedaremos defraudados al constatar que tanto los revolucionarios como los contrarrevolucionarios de 1789 utilizaron El contrato social como arma arrojadiza. En nombre de los ideales allí expuestos unos iban a prisión y otros los condenaban, unos subían a la guillotina y otros los guillotinaban. Los defensores del Antiguo Régimen editaban panfletos para demostrar que el “verdadero” Rousseau se oponía a los cambios revolucionarios. Y así es. Todos aquéllos que han visto afinidades entre su pensamiento y el comunismo o el anarquismo deberían leer sus Escritos sobre el Abbé de Saint-Pierre en los que se opone rotundamente a la utilización de medios violentos. Aún así, El contrato social se convirtió en libro de cabecera de Fidel Castro y en legado de Simón Bolívar a la universidad de Caracas, a pesar de que Proudhon lo había catalogado de “breviario de la tiranía”.

Otra lectura lo presenta como uno de los máximos representantes del siglo de las Luces. Pero, cuidado, no olvidemos que ya Diderot, en el Ensayo sobre los reinos de Claudio y de Nerón, le encuadró dentro de las Anti-Luces. No es que Rousseau viviera ajeno a los descubrimientos vanguardistas ni a las reflexiones más radicales de los ilustrados. Ni mucho menos. Se codeaba con ellos y tenía información de primera mano, incluso cenaba con Diderot y Condillac una vez a la semana en “Le panier fleuri”. Diderot le leía su Carta para los ciegos para uso de los que ven, un texto fundamental para entender su evolución hacia el spinozismo, el materialismo, el pre-darwinismo y el ateísmo. Jean-Jacques escucha, calla y acumula angustia y desazón hasta que, en 1756, rompe con sus antiguos amigos y se presenta públicamente como el defensor de la Providencia, escorando así hacia las Anti-Luces.

Rousseau es un individualista que anhela desprenderse de su individualismo y perderse en lo colectivo. Su ideal político remite a las repúblicas grecorromanas. Lo ratifican sus constantes elogios a Esparta y Roma en El contrato social así como el lamento de las Confesiones: “¡Por qué no habré nacido ciudadano romano!”. Y lo corroboran sus dos proyectos de constitución para Córcega y Polonia.

Su reivindicación de una comunidad todopoderosa y absoluta, presidida por la voluntad general, a la que el individuo se entrega con todos sus derechos y por la que está dispuesto a morir, no puede ser más ajena a la mentalidad ilustrado-liberal. Ni su negación de los derechos individuales, teorizados por Locke y recogidos en las declaraciones de derechos y en las constituciones del siglo XVIII. Basta recordar que en El contrato social restringe la libertad de expresión, de reunión y de asociación y que rechaza la división de poderes, el freno que Locke y Montesquieu blandían contra el poder absoluto.

Rousseau va a liquidar otro de los grandes logros ilustrados, el cosmopolitismo. El ideal de tolerancia y apertura al mundo, encarnado por la República de las Letras, será sofocado por el nuevo valor en alza, el patriotismo de raíces grecorromanas que Voltaire, en su artículo “patria” del Diccionario filosófico, califica de fanático y que en Rousseau raya en la xenofobia. “El patriotismo exige la exclusión” escribe en 1763, en carta a Leonard Vsteri. Y en Emilio ratifica: “Todo patriota es duro con los extranjeros (…) que no son nada”. Reforzar la identidad nacional se convierte en el gran objetivo de sus proyectos de constitución para Córcega y Polonia donde la educación es el arma utilizada para crear patriotas: “desde que nace, un niño no debe ver más que la patria”.

Descartada la etiqueta de liberal, aún nos queda lidiar con la de igualitario. Es verdad que Rousseau habla mucho de igualdad y de libertad pero no nos engañemos. La imagen mítica que presenta en El Contrato social de una sociedad de hombres libres e iguales que resuelven sus asuntos reunidos en asamblea bajo un árbol, es una imagen falsa. Porque en realidad se trata de una comunidad de propietarios donde no tienen cabida los asalariados ni los sirvientes. Y es que, en el fondo, Rousseau siente un profundo desprecio por los no propietarios, como lo prueban la dedicatoria al Segundo Discurso, algunos párrafos de El Contrato social y las Cartas escritas desde la Montaña, donde abundan calificativos como populacho embrutecido e indigno, mercenarios, viles, canallas, etc.

Jean-Jacques fue, además, un misógino pertinaz idolatrado por las damas que derramaron ríos de lágrimas con Emilio y La Nueva Eloisa. Fugaz secretario de una proto-feminista, Mme. Dupin, fue inmune a sus argumentos. Es clamoroso el silencio de El contrato social en lo que se refiere a los derechos políticos de las mujeres; simplemente las ignora. Y en Emilio no vacila en recluirlas en el hogar, alejarlas de toda actividad pública y someterlas al varón, incluso en el terreno religioso.

Con Rousseau se inicia una nueva andadura en el pensamiento europeo, marcada por el surgimiento del romanticismo pero también del resurgir del antifeminismo y el despuntar de las ideologías irracionalistas y del nacionalismo. Aunque sus ideas han sido manipuladas y malinterpretadas, y la lectura dominante se ha empecinado en convertirlo en icono de la democracia moderna o en símbolo revolucionario, Jean-Jacques ha logrado su objetivo: ser recordado por la posteridad.

María José Villaverde es catedrática de Ciencia Política de la UCM.



dimecres, 18 d’agost del 2010

La colonización y la independencia de América según Elliott

Hacia una historia de ida y vuelta

El eminente hispanista John H. Elliott defiende una investigación libre de prejuicios nacionalistas para contar la colonización y la independencia de América

TEREIXA CONSTENLA - EL PAÍS- 06/02/2010

A ciertos ingleses se debe la leyenda negra de España. Y a ciertos ingleses, como el historiador John H. Elliott (Reading, Inglaterra, 1930), se deben grandes esfuerzos por erradicarla. A Elliott le desagradan los estereotipos. Lleva toda una vida combatiéndolos. Se diría que empezó el día que decidió sumergirse en la investigación de la historia de España, el Estado que durante la edad moderna había sido el gran rival político de Inglaterra. Ambos son ejemplos de "monarquías compuestas", que analiza en su último libro España, Europa y el mundo de ultramar (1500-1800), publicado por Taurus, en el que, entre otras claves, cuenta que los rivales se copiaban métodos y prácticas cuando les convenía, incluidas drásticas limpiezas étnicas. "Aprender del enemigo se convirtió en un rasgo de la vida internacional", escribe.

"Hernán Cortés se merece una estatua en México junto a Cuauhtémoc"
"No hubo ninguna puerta cerrada para Velázquez en el Alcázar de Madrid"

Elliott era un veinteañero cuando descubrió España, después de dedicar seis semanas de las vacaciones de verano a recorrer junto a otros estudiantes de Cambridge la Península Ibérica. Le fascinaron las posibilidades historiográficas de un país que guardaba un filón en adormecidos archivos. En esa mina documental rescató material para reconstruir la historia de los siglos XVI y XVII, que luego vertió en libros como La rebelión de los catalanes, El mundo de los validos, El conde-duque de Olivares o España y su mundo. Una historia sin leyendas negras ni resonancias imperiales. Sin estereotipos. Y sin fragmentaciones.

Elliott es ahora un investigador laureado por los antiguos imperios. Sir inglés y premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales. Y sigue defendiendo la investigación libre de prejuicios. Algo que todavía echa en falta en la historia atlántica. Un relato blanco o negro, según la orilla de quien cuente. "Los españoles deben integrar la historia de América Latina dentro de la historia del mundo hispánico y reconocer la complejidad de los movimientos de independencia", sostiene. De igual modo, la historiografía americana tendrá que aligerarse de carga nacionalista: "Había criollos que querían seguir bajo la monarquía, todos bajo el mismo rey, y ha sido difícil para los americanos aceptar esto". "Cuando se está formando una nueva nación, se escribe una historia nacionalista". Gráficamente lo resume: "Hernán Cortés se merece su estatua en México junto a la de Cuauhtémoc".

Dos siglos después de la cascada de independencias que derrumbó el imperio español, Elliott cree que podría comenzar a narrarse "una historia más común de la que ha habido hasta ahora". Cita a los mexicanos porque están comenzando a revisar la historia "indigenista" que caracterizó los años de la revolución, aunque, en contrapartida, presume que la historiografía boliviana tal vez acentúe la visión indigenista. "Pero los prejuicios sobreviven sobre todo en los emigrantes que llegan a Estados Unidos con ese sentimiento antiespañol que queda fosilizado, como ha ocurrido con los irlandeses respecto a Inglaterra". Una semejanza entre antiguos rivales de las muchas que Elliott ha realzado en sus trabajos de historia comparada. "La constatación de que en muchos aspectos España no era tan diferente de otros Estados europeos como se suponía tradicionalmente ha contribuido a devolverla a la corriente principal de la historia", escribe en su nueva obra, donde también evidencia una paradoja. España dominó la política, el comercio y los mares, pero nunca ejerció una hegemonía cultural como Francia o Italia. Elliott lo achaca en parte al "peso del Renacimiento", aunque señala otras influencias culturales españolas que prosperaron, como el Quijote o el traje negro de Felipe II, de moda en el siglo XVI.

Los ensayos se cierran con un repaso a las relaciones entre artistas y el poder político. Porque algo más deslumbró a Elliott en aquel viaje estudiantil de 1950: Velázquez y el Museo del Prado. "Me di cuenta de que el arte y la cultura eran parte integral de la historia", señala.

Y con la excusa de Velázquez desgrana aspectos de la corte madrileña de Felipe IV, en la que el pintor fue designado "aposentador" y encargado de la limpieza y decoración interior del palacio, "una tarea que llevaba aparejado un amplio abanico de obligaciones y oportunidades". Y llaves. En el bolsillo de Velázquez se conservaba la llave que abría todos los aposentos reales. "No hubo ninguna puerta cerrada para Velázquez en el Alcázar de Madrid".

El falso Velázquez

Velázquez fue un artista indiscutible. Y tal vez algo fullero. "Existen claros indicios de que Velázquez pudo haber falsificado la identidad de su abuela materna al solicitar la admisión en la orden y de que los testigos que dieron fe de la nobleza de sus antepasados portugueses mintieron", cuenta Elliott. El pintor, propuesto por el rey para ingresar en la orden de Santiago, argumentó que era de noble ascendencia -de la línea de Silvas, que se remontaba a Eneas Silvio- y que jamás había cobrado por sus obras. Las indagaciones tumbaron sus propósitos sobre su supuesto linaje "con un golpe humillante para su reputación" y se rechazó su candidatura. El artista necesitó una dispensa papal concedida a petición del rey para que la orden finalmente le admitiese el 28 de noviembre de 1659, poco antes de morir.

dimecres, 11 d’agost del 2010

De Inglaterra al mundo

Fuente: 

http://sullanus.blogspot.com/2009/03/de-inglaterra-al-mundo.html


Justo Barranco
La Vanguardia / Dinero / 1-III-2009
Gavin Weightman revive la expansión de la revolución industrial sin olvidar sus anécdotas
La familia que creó la multinacional Du Pont huyó de la guillotina a EE. UU. llevándose la química de Lavoisier
Los Cinco de Choshu escaparon del Japón shogún para aprender en Inglaterra cómo modernizar su país

LOS REVOLUCIONARIOS INDUSTRIALES, de Gavin Weightman.
Traducción de Álex López Lobo. Ariel, Barcelona, 2008. 454 páginas 

Aunque la revolución industrial se suele presentar como una historia del imparable progreso de la tecnología y la ciencia, detrás de cada innovación se encontraba toda una pléyade de personajes cuya inventiva acabó transformando el mundo -el término revolución industrial habría sido acuñado hacia 1820 por un francés que vio en los cambios una analogía con la Revolución Francesa-, otros que fueron capaces de vehicular sus creaciones y, además, unas culturas y una situación histórica determinada que favorecieron o entorpecieron el proceso de cambio.

El historiador social Gavin Weightman ha estudiado los orígenes de la sociedad moderna y es autor de libros como The frozen-water trade, en el que narra cómo Frederic Tudor se propuso a principios del XIX, cuando no había electricidad, aprovechar los gélidos inviernos de Massachusetts para exportar hielo desde Boston a países más cálidos, idea que pareció loca pero que logró un enorme éxito hasta la llegada de la nevera. Ahora regresa abordando un panorama mucho más amplio, el que expone en Los revolucionarios industriales,un relato de la extraordinaria propagación de la industrialización desde su origen a mediados del siglo XVIII en Inglaterra hasta principios del siglo XX, con la catástrofe de la Primera Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña ya había cedido el testigo tecnológico a Alemania y EE. UU.

Y la historia que cuenta Weightman es portentosa: se trata de una historia global pero es capaz de incidir en el detalle, en cómo se produjo realmente la transmisión de la revolución industrial de un lugar a otro. No sólo a partir de la evidente necesidad de los Estados de industrializarse para competir en poder económico y militar - ahí estaba la inexpugnable Inglaterra frente a Napoleón-,sino viendo cómo se realizó ese proceso al nivel más básico, ya fuera camuflando máquinas en el barco como si fueran un cajón de cerámica, enviando espías a Inglaterra para copiar, sobornando a obreros industriales, destinando estudiantes a las universidades extranjeras o, incluso, recibiendo, gracias a conmociones políticas, a técnicos bien preparados. Baste una historia, la de la enorme multinacional química Du Pont, creada por la familia del mismo nombre tras huir de la guillotina. Ya en EE. UU. abrieron una fábrica de pólvora con sus conocimientos traídos de Francia, la mayoría del gran químico Antoine Lavoisier, que fue decapitado durante el reinado del Terror.

El libro recoge otras historias extraordinarias, siendo la más llamativa la de los Cinco de Choshu, cinco jóvenes de familia samurái que, impulsados por su admiración de las fantásticas flotas extranjeras que obligaron al Japón de los shogún a abrir sus puertos al comercio, salieron ilegalmente de su país para descubrir cómo establecer en Japón una sociedad tecnológica similar. A finales de la década de 1860 reformadores como ellos -que se harían tan famosos que hace poco se rodó una película sobre su historia- derrocaron el antiguo orden, repusieron al emperador y darían origen a la era Meiji (Regla iluminada). Unas décadas después infligirían una humillante derrota naval al gigante ruso.

Pese a las historias concretas, Weightman no deja de interrogarse por qué unas sociedades favorecen más que otras la industrialización. Aunque prefiere no mojarse, está clara su predilección por el argumento de que es la cultura la que lo determina, especialmente una cultura política abierta al cambio y, sobre todo, al abandono de las viejas prácticas.