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diumenge, 21 de març del 2010

Ganarse la vida

Ilustración de Albert Robida: Francisco I de Francia compra la Mona Lisa de Leonardo da Vinci. Castillo de Cloux, 1516.





Ilustración de Albert Robida<i>: Francisco I
 de Francia compra la Mona Lisa de Leonardo da Vinci. Castillo de Cloux,
 1516.</i>

 
JAVIER GOMÁ LANZÓN EL PAÍS , 20/03/2010


Qué significado atribuimos a que Beethoven tratara de vender sus partituras

La locución "ganarse la vida" indica que la vida no es un regalo. Soñamos, sí, con una "vida regalada", pero en la inmensa mayoría de los casos pesa sobre nosotros la obligación de trabajar para lograr una posición en el mundo. Durante algunos años, la infancia y la adolescencia, vivimos en una situación de ociosidad subvencionada por los padres, por el Estado. Pero la educación que recibimos tiene la finalidad de hacernos autónomos, dotarnos de los instrumentos para valernos por nosotros mismos. Ésa es la paradoja que sienten los padres cuando de verdad se comprometen en la formación de sus hijos: su extraña misión consiste en crear individuos distintos de ellos, independientes. Sabemos que hoy a la juventud le resulta difícil y costoso obtener ingresos para pagar esa independencia -piso, alimentos, ocio- y eso explica actitudes dilatorias que prorrogan la permanencia en el hogar familiar y que permiten a esa juventud la aplicación de todos sus medios económicos a la última de las partidas (el ocio), compatible a menudo con una reclamación de libertad sin límites en lo tocante a los estilos de vida, no sólo independientes, sino muchas veces contrapuestos a los de los padres subvencionadores de las otras dos partidas (piso, alimentos). Pero hay que reconocer también que el imperativo de "ganarse la vida" y de desarrollar alguna especialización profesional ha carecido, desde el romanticismo a esta parte, de todo prestigio cultural y moral. El romanticismo nos ha legado al menos dos duraderos errores: el primero, comprender la subjetividad según el modelo del artista; y el segundo, comprender al artista según el modelo del genio. El resultado es la extendida creencia de que el verdadero hombre es aquel que, como el genio, vive exclusivamente para su propio mundo y sus necesidades interiores. En consecuencia, el modo de ganarse la vida se le antoja a este sujeto moderno -artista genial en potencia- algo enojoso, indigno de él, un accidente de la vulgar exterioridad ajena a su mundo. Si abandona su vida regalada, será sin convicción y forzado por razones meramente utilitarias, mezquinas, cuyos detalles velará por pudor.

¿Es irrelevante que el artista pueda vivir de las rentas heredadas o que se vea obligado a desarrollar una actividad productiva?

Mi tesis, que he desarrollado en otro lugar, es que el modo en que uno se gana la vida y -tan importante como lo primero- la disposición, positiva o negativa, de conformidad, rebeldía o resentimiento respecto al deber de ganársela y el medio elegido por cada uno para hacerlo, dentro de las limitadas posibilidades que la sociedad le ofrece, determina esencialmente en el hombre la constitución de su personalidad y de su mundo interior.

Los manuales de historia de la literatura, de la filosofía, del arte o de la música presuponen generalmente la tesis contraria, la romántica. Tras una rápida y vergonzante nota alusiva a las circunstancias biográficas del autor, en la que es mucho más fácil conocer sus amoríos y aventuras eróticas, generalmente extramatrimoniales, que el modo como se ganó la vida, esas historias se sumergen apresuradamente en el estudio de su obra y su mundo artístico. Se diría que en ellas los movimientos filosóficos, las escuelas literarias, los estilos artísticos, se suceden conforme a leyes espirituales inmanentes, y que los creadores flotan en un continuum cultural, sin que el modo en que se ganan la vida tenga una aparente influencia en su personalidad y en su obra. El análisis marxista trajo en su día un saludable realismo a los estudios culturales, pero fue miope al imperativo existencial y moral involucrado en la decisión sobre cómo "ganarse la vida" porque, conforme a su método, diluía lo individual del mundo poético en ideología de clase.

¿De verdad es indiferente para la comprensión de las obras maestras de nuestra cultura que durante siglos los creadores las produjeran por encargo de la Corona, las casas nobles, la Iglesia o las instituciones municipales? ¿Qué significado existencial y artístico atribuimos a que Beethoven se sacudiera el viejo mecenazgo y tratara de ganarse la vida con los ingresos producidos por la venta de sus partituras y de sus estrenos, o que los impresionistas franceses hicieran lo propio poco después con sus lienzos? ¿Qué es la bohemia de Baudelaire sino una toma de postura sobre cómo debe el artista moderno ganarse la vida? ¿Es irrelevante para su creación que el artista pueda permitirse vivir de las rentas heredadas (Lord Byron, Tolstói), case con una mujer que las tenga (Thomas Mann) o se las cedan admiradoras (Rilke), o que, por el contrario, se vea obligado a desarrollar una actividad productiva, socialmente pautada y no orientada al cultivo de su mundo interior? ¿Carece de importancia estética que esa actividad sea el objeto mismo de su vocación, como, para el novelista, escribir libros o folletines de consumo masivo (Balzac, Dickens), de cuyo éxito depende enteramente su subsistencia? ¿O que, no pudiendo vivir sólo de su arte, funja de hombre de letras en los periódicos, las revistas literarias o las editoriales (T. S. Eliot)? ¿O que, fuera del ámbito cultural, acceda de grado o por fuerza a emplearse como alto ejecutivo de una empresa (Gil de Biedma) o como técnico competente en ella (Kafka), o sea él mismo un empresario emprendedor (Charles Ives) o un funcionario público, de la Universidad (la inmensa mayoría de los filósofos contemporáneos) o del servicio diplomático (Claudel, Neruda)?

Yo leería con avidez -y creo que proyectaría nueva luz sobre el fenómeno creativo- una historia de la cultura desde la perspectiva de cómo se ganaron la vida poetas, novelistas, dramaturgos, pintores, filósofos y músicos, y de su propia disposición íntima de identificación o rechazo hacia el modo elegido o impuesto de hacerlo, que incluyera extensas y minuciosas precisiones sobre cómo ambos aspectos -modo y disposición interior- determinaron el tipo de hombre que el artista en último término es, y cómo contribuyeron decisivamente a conformar su mentalidad, su sentimentalidad y, en suma, su mundo personal. La usual exposición de un resumen de sus obras, su contexto y la cadena de influencias entre creadores sería aquí secundaria. -

Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965) es autor de Ejemplaridad pública (Taurus, 2009); Imitación y experiencia (Pre-Textos, 2003; Crítica, 2005), premio Nacional de Ensayo de 2004, y Aquiles en el gineceo (Pre-Textos, 2007). Es director de la Fundación Juan March desde 2003.

dimecres, 17 de febrer del 2010

El origen de todo lo posible. El movimiento romántico


Una mirada retrospectiva y prospectiva

Más allá de los tópicos, arriesgando si cabe en la interpretación, nos aproximamos al movimiento romántico como germen de la actitud moderna

Antoni Marí  | LA VANGUARDIA  | 17/02/2010 Cultura

Cuando se instauró el Terror, con el eficaz instrumento de la guillotina levantada en la plaza de la Concordia de París, se suprimieron automáticamente los derechos humanos proclamados apenas un par de años antes. Las ilusiones democráticas, los deseos de fraternidad, la confianza en un nuevo Estado defensor del ciudadano fueron traicionados, y, en su lugar, apareció el Estado moderno, mejor represor que el del Antiguo Régimen por su perfecta capacidad de control del individuo en sus movimientos físicos, mentales e ideales. Una vez desaparecidas las supuestas garantías que la revolución había prometido, con los ideales reducidos al ideal del pequeño burgués comerciante y tramposo y cuando los valores de la libertad y de la igualdad se transformaron en ganancia y plusvalía, no quedaba otra solución que recogerse en lo más profundo y secreto de uno mismo para comprobar que, tal vez allí, pudiera permanecer algún rescoldo de lo que hizo posible la revolución, tan pronto traicionada. Robert Southey, el poeta, describía el sentimiento que había despertado en él la revolución: "Todo lo antiguo parecía desvanecerse, y no había más sueño que el de la regeneración de la raza humana"



Los jóvenes europeos y aquellos otros jóvenes alemanes que habían plantado el árbol de la revolución y habían celebrado la Declaración de los Derechos Humanos como algo necesario y natural como la vida orgánica dejaron de observar el mundo exterior como algo propio para atender la vida interior como la única capaz de transformar el mundo en el territorio de un yo inconmensurable, libre y autónomo de las contingencias de la pequeña vida burguesa. La Revolución Francesa había fracasado porque a pesar de las transformaciones sociales, políticas y administrativas, el hombre seguía siendo el mismo que antes de la revolución y había vuelto a crear lo que había destruido y vuelto a caer en manos de la corrupción, la maldad, la injusticia, la falsedad, la traición y el escarnio. Si se quería hacer la revolución, esa revolución debía empezar por uno mismo. Cada uno debía aplicarse en la realización de un ideal de humanidad que uno debía reconocer en sí mismo y en los valores de la autenticidad, la fidelidad, la franqueza, la fuerza y, sobre todo, en la capacidad de dedicar la existencia a la realización de un ideal por el que se podría renunciar a todo y sacrificarlo todo. El camino de la revolución debía ser individual y cada uno debía encontrarlo en la reflexión, en la introspección y en el conocimiento de uno mismo.

Los caminos para acceder al conocimiento podían tomar el itinerario que mejor se adecuara a la naturaleza de la búsqueda, puesto que el conocimiento se adquiría en el trayecto, en el desplazamiento del punto de partida hasta el destino que cada uno había imaginado o escogido. Unos atravesaban las fronteras hasta llegar a lugares recónditos; otros, para volver al origen de donde partieron. El conocimiento, que según los ilustrados tenía sus límites, para los románticos era casi infinito y sin límites. Todo era susceptible de ser conocido, no únicamente por la razón, sino por la síntesis de todas las facultades, como había mostrado Kant en la Crítica del juicio.Esta confianza en las facultades propias permitió, a algunos románticos, ser idealistas, es decir, creer en la capacidad de las ideas de transformar el mundo o de alejarse del que les había tocado vivir. Crearon otras vidas y otros mundos: la Grecia clásica, la Roma republicana, la América indígena, el medioevo místico, el Renacimiento platónico, el origen del mundo..., cualquier tiempo y lugar distintos de los lugares y del tiempo de donde venían. Novalis, Hölderlin, Wordsworth, Coleridge, Leopardi, Schelling expusieron estos viajes de ida y de vuelta, trascendentales, capaces de transformar a los individuos en la idea que se habían hecho de ellos mismos y que pudieron realizar por la audacia de su decisión.

La construcción del yo y la recuperación de la naturaleza como el pasado trascendental de la humanidad fueron las intuiciones primeras que originaron la búsqueda romántica: un yo vigoroso, un sujeto dotado de un poder sobre sí mismo capaz de transformar la realidad a su idea y de reconocerse como parte del universo y de la naturaleza - lugar desde donde surge la voz interior que nombra de nuevo todas las cosas- y liberarse de las ataduras que impedían la realización de sí mismos y del mundo que querían habitar. Para realizar este ideal, los románticos reconocieron la imaginación como la facultad de crear y reproducir ese mundo, de habitar en él y de darlo a conocer a los demás. Aquí reside la revuelta romántica, en la creación de un mundo ideal (pero posible) que espera el momento de hacerse real y habitable y compartirlo con aquellos que reconocen como propia la expresión de la idea. Una idea que puede tomar la forma de un programa filosófico, un manifiesto, una elegía, un himno, una sonata, una tragedia, un drama o un territorio.

Los románticos de la escuela de Jena no se consideraban todavía románticos, puesto que el romanticismo es un atributo que espera el momento de su realización y un deseo todavía inalcanzable. Para Schlegel, el término es indefinido y va acompañado de una ironía violenta y paradójica: "No puedo enviarte mi definición de lo que es el romanticismo porque ocupa 125 páginas". Frente al yo absoluto defendían la fragmentación de la conciencia y el fragmento como la forma idónea para expresar la división y la contrariedad entre la razón y el sentimiento.

La conciencia romántica del desarraigo, de no ser de donde uno es, y la nostalgia de la pérdida son atributos románticos que desde los primeros años del siglo XIX se mantienen hasta hoy como las primeras premisas de la modernidad. En el mundo tradicional no era posible pensar que la realidad de las cosas pudiera ser de otra manera a como es: cada cual tenía asignado su lugar de entre la jerarquía del orden del cosmos y cada partícula ocupaba el lugar que le correspondía. En el mundo moderno, a pesar de todas las contrariedades posibles, se puede ocupar el lugar que nos plazca mientras seamos capaces de asumir el riesgo que eso comporta.

Asumir los riesgos 

Y el romántico es el príncipe de los riesgos; los asume y reivindica todos, ya sea desde la literatura defendiendo la libertad sobre las reglas de la retórica; desde las artes plásticas rebelándose sobre el principio de imitación de la naturaleza para defender la libertad de la expresión; desde la música, atendiendo y formalizando aquellos profundos instantes de inspiración que no tienen lugar en las formas cerradas de la tradición pero que considera más auténticas y expresivas, como el impromptus, la rapsodia, la balada, el nocturno. En arquitectura, la nostalgia del pasado, donde se conservan lo verdaderos valores, les lleva a reivindicar el neoclasicismo como símbolo de la república y de la democracia griega, el neogótico como valedor y símbolo de los valores de la cristiandad antigua o los neoorientalismos como imagen del relativismo histórico y el exotismo novelesco.

Desengañados por la dirección que tomaba la Revolución Francesa y el espíritu napoleónico, los primeros románticos alemanes recuperaron el ideal de la restauración medieval y los valores de una comunidad espiritual, opuesto radicalmente al orden burgués, comercial y egoísta: Novalis, Tieck, Wackenroder, Hoffmann y Eichendorff son buenos exponentes de esta posición. Hölderlin y Heine nunca renunciaron a la perspectiva revolucionaria; Heine, antirromántico radical, se decidió por un romanticismo crítico con la tradición y con la inmediata actualidad. En Inglaterra, los poetas lakistas, Wordsworth, Coleridge y Southey, renuncian a su primer entusiasmo jacobino para recogerse en una restitución medieval que tendrá a Walter Scott como expresión novelesca de ese medievalismo. En Francia, ocurre todo lo contrario, si en un principio los románticos son defensores de la tradición y acusan a la revolución del caos y el terror, como Chateaubriand, Lamartine o Vigny, los acontecimientos posteriores dan lugar a un liberalismo democrático, representado por Hugo y Stendhal. Finalmente, un romanticismo jacobino que toma una posición crítica contra la opresión de las fuerzas del pasado - la monarquía, la aristocracia y la Iglesia-y contra la nueva opresión del Estado moderno y de la burguesía; estos románticos no están dispuestos a mediar con el poder, exigen rupturas revolucionarias y profundas transformaciones y toman como modelo la ciudad griega, la república romana y la obra política de J. J. Rousseau. Babeuf, Stendhal, Alfred de Musset, George Sand nunca renunciaron al jacobinismo.

Que el romanticismo es la modernidad lo afirmó Baudelaire a mediados del siglo XIX desde la ciudad industrial moderna. Con su posición, el movimiento salía de los seminarios y de las universidades alemanas y del paisaje de los lagos ingleses para confundirse con la multitud anónima y la transformación y el movimiento de las calles de París abiertas por Haussman. El romanticismo -en su paradójica contradicción- es el germen del mundo moderno, donde se dan todas las inminencias, los riesgos y los terrores que surgieron entre los dos siglos que nos separan de él. Tal vez, por esta razón, de vez en cuando volvemos a él: para considerarlo desde una nueva posición, y criticarlo y reconocer lo que nos separa de él y lo que se mantiene en sus infinitas propuestas. Porque aquí está, a pesar de lo pasado, el origen de toda posibilidad.


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El autor

Antoni Marí es poeta, ensayista, narrador y catedrático de Teoría del Arte en la Universitat Pompeu Fabra. En su obra ensayística destacan 'L'home de geni' (Edicions 62), 'Formes de l'individualisme' (Tres i Quatre) y 'El entusiasmo y la quietud'.


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Romanticismo y política No sólo al arte, la literatura o la música; el ideal romántico atiende también a la política. Así, las revoluciones europeas de mediados del XIX no se entienden sin el impulso de su pensamiento
 
El gobierno de las afinidades electivas
 
JOSÉ ENRIQUE RUIZ-DOMÈNEC  - 17/02/2010

Si en 1789, Schiller exigió el 'futuro ahora', en 1848, el año de las revoluciones en Europa, ese futuro era ya una realidad, y las nuevas ideas se vincularon a la causa republicana, el Estado nación, el sufragio universal y los derechos de los trabajadores

El romanticismo constituye un cambio esencial en la historia de Europa: es el triunfo de la voluntad sobre la razón. En unos años inciertos, dominados por la guerras napoleónicas, se produjo una transformación social sostenida por un nuevo concepto del arte, la literatura y la música. Los hombres de cultura se presentaban a las reuniones con pantalones rectos, dejando la moda nobiliaria en los desvanes, con la intención de difundir el modelo de vida burgués. Tras la derrota de Napoleón en Waterloo, el gusto romántico fue lo único capaz de suscitar entusiasmo en una sociedad cansada del espectáculo dado por la clase política en el congreso de Viena; ni siquiera el astuto Talleyrand fue capaz de salir airoso de la diplomacia de Metternich favorable a la monarquía absoluta.

La generación romántica demolerá en poco tiempo los acuerdos firmados por las grandes potencias y pondrá fin para siempre al antiguo régimen. Lord Byron apoyó a los griegos en su deseo de recuperar el suelo patrio ocupado por los otomanos; Victor Hugo con Hernani y Berlioz con la Sinfonía fantástica crearon el ambiente a favor de los días de julio de 1830, cuya mejor crónica fue la novela Rojo y negro de Stendhal. Había llegado el momento sansimoniano.

El periódico de referencia se llamó L´Avenir y desde él Saint-Simon postuló una nueva época basada en una justa organización del trabajo que limitara los efectos perversos para la clase obrera del liberalismo económico. ...


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Romanticismo y política: un caso contemporáneo ¿Es el heroísmo un atributo romántico? ¿Existen los héroes contemporáneos? Reflexiones a propósito del recuerdo de quienes desafiaron a la dictadura chilena y hoy siguen en el olvido
 
Historias de sintaxis colectiva
 
XAVIER MONTANYÀ  - 17/02/2010

Hombres y mujeres que lo arriesgaron todo en la lucha contra la dictadura y que la democracia ha preferido mantener en el exilio; habrá quien los pueda considerar terroristas, habrá, también, quien los pueda considerar héroes o mártires, e incluso, románticos
Ahora que, en Chile, tras veinte años de democracia gobernada por el centroizquierda, la victoria de la derecha que fue pinochetista, encabezada por el empresario multimillonario Sebastián Piñera, se ha consumado en las urnas, es de justicia rescatar del olvido la historia de centenares de hombres y mujeres que lo arriesgaron todo en la lucha contra la dictadura. Tanto es así, que, paradójicamente, la democracia ha preferido mantenerlos lejos, en el exilio, negándoles la participación en el debate democrático. Habrá quien los pueda considerar terroristas por armarse para defenderse de un Estado responsable de crímenes contra la humanidad. Los habrá, también, que los pueda considerar héroes o mártires, e incluso, románticos. Quizás puedan serlo por haber logrado rozar lo que parecía imposible. Quizás por eso han sido relegados al limbo del destierro. Pero su historia no es literatura, ni los devaneos y delirios atormentados de un ego superlativo. La suya es una obra de sintaxis colectiva, como dijo Carl Einstein de Buenaventura Durruti, de convicciones sociales y éticas, de rebelión contra el crimen de Estado, de enfrentamiento directo con el enemigo, de resistencia a la tortura, a las más duras condiciones de cárcel y, finalmente, de insumisión, de fuga y de exilio. ...
 

Las paradojas del ser moderno. Las raíces románticas de la modernidad


En nuestros tiempos, ¿hay lugar para el romanticismo? Y, en caso afirmativo, ¿en qué consiste el romanticismo contemporáneo?  |  José Luis Molinuevo es autor, entre otras obras, de 'Magnífica miseria. Dialéctica del romanticismo' (Cendeac, 2009); 'Humanismo y nuevas tecnologías' (Alianza, 2004) y 'Estéticas del naufragio y de la resistencia' (Alfons el Magnànim, 2001)

JOSÉ LUIS MOLINUEVO | LA VANGUARDIA 17/02/2010  Cultura 
El siglo XXI mira con una cierta perplejidad tormentas del siglo pasado que se desataron en un vaso de agua, así la exangüe que enfrentó a modernidad y posmodernidad, dos almas gemelas que se disputaban la misma herencia intelectual. Olvidaron que sólo desde una modernidad múltiple se puede entender una contemporaneidad compleja. Por eso, no nos debe extrañar que a comienzos del siglo XXI sigamos preguntando: ¿qué quiere decir hoy modernidad? Una de las respuestas puede seguir siendo la misma que dio Baudelaire: romanticismo. Porque él no hablaba del romanticismo que había pasado, sino del que venía.

Las ventajas de tomar como guía a este pintor de la vida moderna es que nos evita pisar esos charcos culturales en los que corre peligro de caerse algo más que la aureola del poeta clásico. Así, quien se haya sumergido en los diversos romanticismos no se enredará en las disputas sobre la antítesis entre alta y baja cultura; quien haya comprendido la imposibilidad de vivir de Kleist no se inquietará por los cortejos del nazismo al romanticismo almibarado que triunfa precisamente en las democracias, ni tampoco porque Leni Riefenstahl ya tuviera todo preparado para protagonizar Pentesilea cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Y es que el romanticismo degenerado es la entraña misma del romanticismo clásico, lo que le hace inasimilable a cualquier totalitarismo. Pues, lejos de los irracionalismos, si algo caracteriza al romanticismo es precisamente esto: saber sentir.

Atreverse a sentir 

Certeramente apuntaba Schiller a Fichte que lo que les separaba no eran las ideas (susceptibles de aproximación argumentativa), sino algo más radical, los sentimientos (un aparente océano magmático de la incomunicación como el de Solaris en Lem-Tarkovski). Pues lo que en realidad estaban reivindicando los primeros románticos eran los rasgos cognitivos del sentimiento, presentes hoy en día en la investigación neuronal de las emociones. Con ello se postulaban herederos de aquella ilustración sentimental que oponía, complementando, el "¡atrévete a sentir!" al "¡atrévete a saber!" de los racionalistas. Si era necesaria una crítica de la razón pura para corregir sus extravíos, no menos indispensable resultaba una crítica de la pasión pura devenida autodestructiva. Kant, ciertamente, pero también Goethe. No eran tan distintos: el uno hablaba de la pasión de la razón y el otro de la razón de la pasión.

El resultado de la crítica del sentimiento puro no tenía por qué ser la renuncia a este. El propio Blake proponía el exceso como modo de acceso al palacio de la sabiduría. Uno de sus frutos paradójicos es esa palabra, percepción, verdadera joya producto de la coyunda entre sensibilidad y entendimiento, que la contracultura se apropiará como suya a través de Huxley, pretendiendo llegar a través de los viajes de las drogas a esa percepción de la cosa en sí por la que siempre han suspirado los filósofos idealistas. A la búsqueda de ese saber del sentimiento dedican los románticos viajes, siempre interiores aunque transcurran en la superficie, al término de los cuales los hallazgos pueden ser muy diversos: que lo cotidiano se vuelva misterioso, pero también que lo familiar se convierta en inquietante, siniestro. Y el encontrar dentro la verdad no garantiza que no sea precisamente el horror quien se anuncie al acecho.

Si lo sublime es el sentimiento romántico por excelencia, es preciso atender no sólo asulado luminoso, del Uno y Todo, presente en el primer romanticismo alemán, objeto de las preferencias académicas, sino también a su lado oscuro, que se prolonga a través de la modernidad estética en el ciberpunk. Los dioses de la luz han huido al ciberespacio, lo sublime de la naturaleza se encarna en lo sublime tecnológico inspirado en el romanticismo inglés que alimenta las primeras ciberculturas y más tarde el tecnorromanticismo. En el ciberpunk pululan también los descendientes de los modernos Prometeos, las figuras errantes del mal, desde el monstruo de Shelley, el Caín de Byron, el judío de Sue, hasta aquellos androides malditos de Dick para quien el mal tenía el rostro de metal. Seres sufrientes, víctimas de una creación chapucera de la que se ha desentendido su creador. Ellos son la grieta creciente de la casa Usher en la cultura occidental.

Pendular 

El romanticismo es un movimiento pendular: del sufrimiento al aburrimiento, ambos intercambiables, siendo una de las formas para salir del segundo la contemplación del primero en sí mismo o en los demás. Ese movimiento pendular atraviesa momentos cronológicos diversos, lugares geográficos dispersos y caracteres individuales a menudo contrapuestos. Así, desde la perspectiva del romanticismo de la actualidad se ve de otra manera la actualidad del romanticismo. No es el sufrimiento, sino el aburrimiento, la bestia negra del romántico. Antes muerto que aburrido. El personaje de René de Chateaubriand acaba siendo más potente que el Werther de Goethe: "Me aburro de la vida; el aburrimiento me ha devorado siempre".

Pero, más avisados hoy, ya no se huye del ennui, de ese hermano,en los viajes, ni en experimentos multiculturalistas fallidos como el de René. Tampoco se busca el camino de la confrontación, sino el de la diversión, ya se trate de sí mismo o de los demás. Diversión es la palabra que define el camino romántico de la autocreación a la autoficción en el presente. En una libre interpretación de los afectos especiales románticos como efectos especiales hoy en día se tolera casi todo en el pensamiento, la literatura y el arte, con tal de que sea divertido. Esto es lo que toman los nuevos románticos del Cervantes objeto del deseo del viejo romántico. Los procesos tradicionales de autoafirmación del yo, su autocreación dolorosa, han sido sustituidos ahora por espectáculos que van desde la exhibición más elemental de nuevas identidades en redes sociales hasta la más sofisticada y cómplice distancia con que el narcisista irónico contempla su mutación literaria sin fin, su autodisolución como metamorfosis creativa. Creación es sinónimo de promoción, de distribución de uno mismo: hoy en día el yo no se crea sino que se distribuye. El esteticismo romántico triunfa así en el individualismo de masas como incesante poiesis. Es una literatura textual, visual o sonora para aburridos.

No es la Ilustración, como pensaban Horkheimer y Adorno, sino el romanticismo la clave de nuestra industria cultural. Es la diversión garantizada pero también el perfume residual de trascendencia asociado a todo producto intrascendente que se publicita. Es lo que hay, pero no por ello todo es negativo. El romanticismo del yo está dando paso a un romanticismo ciudadano, y quizá nos encontremos pronto con un nuevo Goethe que asegure a un atolondrado Enrique que sus tiempos de aprendizaje han acabado, que ya se ha emancipado, pues es un buen ciudadano, nada político, ya que sólo responde a la exigencia del día. Es el romanticismo que viene.

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