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dissabte, 8 de desembre del 2012

"Aquí París, 1920-1950", cuando la capital francesa consolidó las fotos como expresión artística

Nude with Butterfly, 1953
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Se suele aceptar que la primera fotografía de la historia fue tomada por el francés Joseph Nicéphore Niépce (1765-1833) en el año 1826. También es tomado por certero el cálculo del tiempo que tardó el género en ser considerado una práctica artística y no un divertimento técnico en manos de esnobs con mucho dinero y aún más tiempo libre: un siglo. Se da incluso una referencia exacta del momento en que las fotos empezaron a ser aceptadas como arte: la publicación, en marzo de 1930, de un número especial dedicado a la fotografía de la prestigiosa revista francesa Arts et métiers graphiques.

Unos meses más tarde, la publicación de vanguardia VU (siglas que en francés componen también el verbo ver), la revista de información general que revolucionó el periodismo gráfico europeo, incluía una opinión contundente de uno de sus columnistas culturales: "La fotografía ha sido inventada dos veces. Primero, por Nicéphore Niépce y Daguerre, hace más o menos un siglo. Después, por nosotros".

Estamos hablando, pues, de la década de los años veinte y de Francia, en concreto de su capital, París, eje cultural de Occidente en la época, estatus que mantendría hasta el comienzo de la II Guerra Mundial y el éxodo consiguiente de los artistas y creadores. Entre las décadas de los veinte y los cincuenta, la ciudad y su clima de tolerancia y creatividad lograron atraer a los fotógrafos que consolidaron el arte de captar la luz y el movimiento para congelarlo en una imagen.

Proceden de una colección privada de 7.000 fotos

Voici Paris. Photographic Modernities, 1920-1950 (Aquí París. Modernidades fotográficas, 1920-1950) expone nada menos que 300 fotos de aquellas décadas fecundas que hicieron de la ciudad la capital mundial del naciente género de expresión artística. La exposición, organizada por el Centro Pompidou, permanece en cartel hasta el 14 de enero.

Las tremendas imágenes de la muestra constituyen la primera selección que sale a la luz de la colección privada de casi siete mil fotos que el museo compró en 2011, la de Christian Bouqueret, crítico, autor de libros, recolector y, sobre todo, apasionado de la fotografía de la primera mitad del siglo XX. De la calidad de su acervo da idea un somero vistazo al elenco de las firmas: entre las obras que expone el Pompidou hay piezas de Man Ray, André Kertész, Dora Maar, Erwin Blumenfeld, Germaine Krull, Eli Lotar, Martín Munkácsi, Brassaï, Henri Cartier-Bresson y muchos otros.

En París vivían un millón de inmigrantes a comienzos del siglo XX Si algo queda claro en la exposición, una de las más importantes muestras fotográficas del año en Europa, es que París fue un imán para los fotógrafos de otros países durante el periodo de entreguerras —en realidad la ciudad era un gran casa de acogida migratoria, con un millón de extranjeros residiendo en ella a principios del siglo XX—. Desde el fundador del experimantalismo, Man Ray, procedente de los EE UU y llegado a París en 1921, hasta la joven alemana Marianne Breslauer o el húngaro Brassäi, muchos de los artistas llegaban a la ciudad porque, como afirmaba Gertrude Stein, ella misma una emigrada, "París era el lugar para estar".

Cinco secciones

Voici Paris relata la historia de las camarillas vanguardistas, de los artistas sociales, de las colaboraciones y celos de una era donde todo era discutido y a todo se atrevían los artistas. La exposición está dividida en cinco secciones: L’oeil nouveau (El ojo nuevo), Documents de la vie sociale (Documentos de la vida social), L’imagier moderne (El fotolibro moderno), L’intérieur de la vue (El interior de la mirada) y Retour à l’ordre (Regreso al orden), que narran desde los primeros reclamos de los fotógrafos para entrar en la expresión artística, hasta el regreso a un replanteamiento de lo clásico, pasando por la influencia de la crisis de 1929, el surrealismo y la ebullición de las publicaciones impresas.

Captura las creencias modernas: rapidez, fragmentación, inmediatez En París, como señala el catálogo de la exposición, la fotografía se convirtió en el "medio más adecuado para capturar la magia del mundo contemporáneo y la percepción del hombre moderno y todas sus creencias: la rapidez, la fragmentación, la inmediatez".

dilluns, 15 de març del 2010

Rambleros de hace un siglo

FREDERIC BALLELL | 15-03-2010
Imagen de un café en La Rambla a principios del siglo XX.

café en La Rambla a principios del siglo XX. 

El Archivo Fotográfico expone las imágenes de Frederic Ballell que reflejan la vida en el popular paseo barcelonés

JOSÉ ÁNGEL MONTAÑÉS - EL PAÍS - Barcelona - 15/03/2010
Floristas, vendedores de animales, viandantes, ciudadanos y turistas hacen que La Rambla sea una de las calles más populares de Barcelona, las 24 horas de los 365 días del año. Y es algo que, al parecer, ha ocurrido siempre. Así lo reflejan las cerca de 150 imágenes creadas por Frederic Ballell i Maymí (Puerto Rico, 1864 - Barcelona, 1951) a principios del siglo XX que se pueden ver por primera vez en la exposición Frederic Ballell. La Rambla 1907-1908, organizada en el Archivo Fotográfico de Barcelona.

"Ballell, junto con Fernando Rus y Adolf Mas, fue uno de los primeros fotoperiodistas catalanes y publicó sus trabajos, desde 1903, en revistas como Il·lustració catalana, Feminal, La Esquella de la Torratxa y Blanco y Negro", explica Rafel Torrella, comisario de la exposición. "Pero sus imágenes de la Rambla son diferentes, ya que en ellas no refleja los acontecimientos que cubría como reportero gráfico, sino la vida cotidiana de esta calle y sus protagonistas", asegura el conservador del Archivo Fotográfico, que adquirió los fondos de Ballell en 1945.

El joven con guardapolvos, boina y espardenyes que pasea dos pequeños perros, las damas que salen de la iglesia de Betlem tocadas con mantillas, el vendedor ambulante que intenta captar la atención de dos hombres que parecen ignorarlo, las vendedoras de la Boqueria que trajinan con sus frutas y verduras, los músicos callejeros que tocan delante de las personas que abarrotan la terraza de un café y los niños que se encaraman a una fuente para beber agua quedan inmortalizados por el fotógrafo. "Ballell, con una voluntad moderna, intenta pasar desapercibido, por eso las personas no miran ni se detienen ante la cámara. Son imágenes espontáneas. Fotos robadas", explica Torella. Otras escenas, impensables hoy en día, son las de un pastor con su rebaño de cabras que pasa junto al Palau Moja y las mujeres que esperan a que los amanuenses de la Virreina les escriban una carta. "Las fotografías muestran la mezcla de clases sociales que estaban presentes en Barcelona", asegura Torrella. Las imágenes, copias vintage creadas a partir de la impresión del papel por ennegrecimiento directo por el sol, están ordenadas siguiendo un recorrido de norte sur, "desde la Rambla de Canaletes hasta la de Santa Mònica, aunque predominan las imágenes de la parte superior, desde la Boqueria hasta Canaletes", explica el comisario.

En un proceso casi detectivesco, Torrella ha conseguido situar las imágenes en el plano y datarlas en el momento en las que fueron creadas. "La calidad de las imágenes ha permitido identificar los diarios que se vendían en los quioscos, como un ejemplar del Papitu y libros como Pompas de Jabón, la numeración de las calles y los restaurantes, pubs, librerías, cafés y otros negocios que en esos momentos existían a lo largo de esta calle", afirma.

La exposición, que puede verse gratis en la sede del Archivo Fotográfico (plaza de Pons i Clerch) hasta el 22 de mayo, es una de las cuatro que forman parte del programa Guía secreta de la Rambla, organizada por la Virreina Centre de la Imatge.

diumenge, 4 d’octubre del 2009

Observa y comenta las fotos de Francesc Català-Roca: 'La Chunga con fábrica detrás', 'Tahona', en La Frontera (Cuenca, 1955)



'La Chunga con fábrica detrás'
'La Chunga con fábrica detrás'

EL PAÍS, 23-03-2008





'Tahona', en La Frontera (Cuenca, 1955)
'Tahona', en La Frontera (Cuenca, 1955)
EL PAÍS 23-03-2008

La realidad en blanco y negro

Fotografías inéditas del maestro Francesc Català-Roca retratan la España de los años cincuenta

ÁNGEL S. HARGUINDEY - Madrid - 23/03/2008


"Yo pensé que había nacido en un momento inoportuno; ahora veo que no. Era la plenitud del blanco y negro, y el inicio de las miles de posibilidades del color. Fueron unos momentos en que nos habíamos acostumbrado a ver la realidad en blanco y negro. Hasta entonces todo había sido color en los cuadros, en los retablos, pero la fotografía nos dio una realidad cromática diferente con la que hacíamos lo que los pintores: retratos. Y hasta la II Guerra Mundial nosotros hacíamos lo que los pintores", así se explicaba Francesc Català-Roca (1922-1998), uno de los fotógrafos esenciales de un tiempo y un país en el que han surgido un importante número de extraordinarios fotógrafos.

Su archivo cuenta con 18.000 fotografías y 17.000 hojas de contacto
Es el país de los tranvías, los guardias urbanos y las gentes de Las Ventas
"Yo veía una escena en la calle y en mi cabeza surgía la fotografía", dijo
Su concepto y su estilo están muy cerca de lo que hizo Cartier-Bresson
Los cafés acogían a los que buscaban calor hogareño en tiempos de pobreza
Una parte inédita de esa plenitud en blanco y negro podrá verse a partir del martes en la galería Tiempos Modernos de Madrid. Procede de su ingente archivo -180.000 fotografías y 17.000 hojas de contacto- que sus herederos han cedido temporalmente al Colegio de Arquitectos de Cataluña para clasificar, conservar, restaurar y difundir. A ello habrá que añadir que la España que refleja, la de los años cincuenta, era también un país de blancos y negros, con pocos o ningún matiz de color.
Una España que salía lentamente de la autarquía, que aún no había recibido un turismo internacional que tanto cambiaría la vida cotidiana, con sabor a pobreza y represión por más que algunos señoritos consideraran que era una época dorada: "Ya no quedan aquellos camareros maravillosos que teníamos, que les pedíamos un cortado, un no sé qué, mi tostada con crema, la mía con manteca colorada, cerdo, y a mí uno de boquerones en vinagre y venían y te lo traían rápidamente y con una enorme eficacia", comentó recientemente el ex ministro del PP Miguel Arias Cañete sobre una comanda que, dicho sea de paso, equivalía al menú de fin de semana de una familia sin tantos posibles, por ejemplo la del maravilloso camarero.
Català-Roca muestra en estas fotografías aquella España de los segadores, de las hogazas de pan y las vendedoras ambulantes con la dignidad de los delantales blancos, la de los artesanos de los caballos de madera y los toros de entrenamiento, la de las bicicletas y los peatones con bolsas en las manos, una España sombría que también vio, entre otros muchos, William Klein: la de los tranvías, los guardias urbanos y las gentes en los alrededores de Las Ventas. La de las calificaciones eclesiástico-morales de las películas ("gravemente peligrosa", anunciaban con frecuencia estimulando, naturalmente, la imaginación morbosa de quienes hacían todo lo posible por verlas), la España que Arias Cañete no debió de ver nunca deslumbrado como estaba por la eficacia de los camareros y que coincidía cronológicamente con la Italia del neorrealismo.
"Yo no soy un fotógrafo -explicaba Català-Roca- de estos que van con la cámara pegada al hombro y disparan muchas fotografías. No. Yo veía una escena en la calle y en mi cabeza surgía la fotografía. Luego iba con mi cámara, en aquellos años una Rollinflex, y recuperaba esa fracción de la realidad. Hacía muchachos tocando el órgano, escenas de toros, niños, ancianas, todo aquello que llamara mi atención y que fuera algo que yo viera a punto de desaparecer". Hacía eso y mucho más, como esa fantástica foto, El piropo, en la que el exultante joven que dice algún elogio o alguna barbaridad a dos modosas damas divide la escena callejera: a la izquierda tres sacerdotes y un policía nacional; a la derecha, las impertérritas damas y la población civil. Una instantánea que contiene un mundo.
Su concepto de la fotografía, su estilo, están muy cerca del de Cartier-Bresson, uno de los grandes maestros de todos los tiempos que, curiosamente, también fotografió la España marginal, la de los ilegales que tanto molestan a quienes desayunan copiosamente: "Tanto Bresson como yo reaccionamos casi violentamente contra la fotografía manipulada que hacían Man Ray o mi mismo padre. Luego he comprendido que en su momento debían hacerlo así, pero entonces me parecía horrible". Eran los tiempos de El cochecito y El pisito, años en los que los cafés acogían día tras día a todos aquellos que buscaban el calor humano, escasos como estaban de calefacción hogareña, en los que los soldados paseaban por la Gran Vía madrileña sin otra cosa que hacer que mirar los escaparates o contemplar a las señoras en los ratos de ocio que les dejaba el "Todo por la Patria".
En los años cincuenta todavía no habían desembarcado en el poder los del Opus Dei. Fraga Iribarne ya era Consejero Nacional del Movimiento y Procurador en Cortes. Poco después ocuparía el ministerio de Información y Turismo. Curiosamente, una parte importante de la campaña de imagen de España se la encargó al fotógrafo serbio Josip Ciganovic aunque fotógrafos españoles como Català-Roca, Pomés, Miserachs, Rivas, Suárez o Centelles ya habían demostrado su excelente oficio. Paradojas de los conservadores: España y Fraga Iribarne eran diferentes. Quizá una fotografía como la de los gitanos en la falda de Montjuïc no era oportuna. Ahí está representada la España que, suponemos, tanto molesta a Arias Cañete: madres con niños en brazos, descampados con aguas residuales, perros callejeros, espectadores con boina y un cuadro flamenco al que no le falta de nada salvo un lugar decente donde mostrar su arte. Seguro que no lejos de allí hacía lo propio Carmen Amaya, preparándose con su gente para triunfar en Nueva York y asar sardinas en los somieres del Waldorf Astoria.
Sirvan, pues, estas fotografías de homenaje a uno de los grandes cronistas gráficos de una España que fue y afortunadamente ya no es cuando se acaban de cumplir los diez años de su muerte.