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dissabte, 9 d’octubre del 2010

Sobre la historia de América. Novedades.

Historias atlánticas

ABCD,  03 de octubre de 2010 - número: 965





De la misma manera que el magnífico Pío Baroja definió novela como aquel libro en cuya portada decía «novela», podríamos mantener que un libro de Historia pertenece por definición al género historiográfico. No hay lugar para la confusión. La Historia no es literatura aunque, si está bien escrita, se expresa literariamente («se lee como una buena novela»). No es lo mismo que «memoria», un relato sesgado que algunos filósofos extraviados reclaman para sí.

No existe la «memoria histórica», porque el historiador, si actúa como tal, no puede narrar sólo un fragmento de pasado, el que le conviene, o aquel con el que está de acuerdo, o el que le facilita una buena subvención. Debe agotar los horizontes de la explicación y de la información de los que dispone, o dedicarse a otra cosa, o llamarse de otra manera. La Historia es una ciencia y un arte que convierte las casualidades en causalidades en la medida de lo posible, porque la arbitrariedad de las conductas humanas, el escenario infinito de posibilidades, representan el único determinismo que puede reconocer un historiador. Este se expresa mediante la poética y la narrativa de no ficción; no inventa, sino que imagina, e infiere a partir de las evidencias de las que dispone. El carácter científico se refleja en una metodología de examen crítico de las fuentes y evidencias.

No hay que confundir nunca la Historia con las ficciones que incluyen datos más o menos irrelevantes saqueados de otros tiempos y carentes de contexto (mucho de lo que ahora llaman novela histórica, ni lo es, ni se le parece), o con fábulas que se proyectan hacia el pasado. Entre estas figuran las mitologías políticas, generadoras de sentimientos identitarios más o menos forzosos.

Los casos español e iberoamericano constituyen un interesante campo de reflexión sobre el papel de la Historia y el historiador, en la medida en que «prisiones historiográficas», lugares comunes y deficiencias de punto de vista ofrecen una visión deformada de lo acontecido desde la independencia hasta la actualidad. No son ajenos a ello ni la potencia de la narración criollista-victimista de la emancipación y su inserción en la tradicional leyenda negra, ni el problema de definición de lo que es Historia y no lo es.

«Fracasología» y «pornomiseria»

La ficción actúa en los países de cultura en español como un delirio de sustitución. La fracasología hispánica (estamos condenados para siempre al desastre) y sus anexos, que son la pornomiseria (pudiendo mostrar sólo lo malo, para qué hacerlo con lo bueno) y el victimismo (la culpa siempre es de otro) tienen mucho que ver en ello. Así, el presente es por principio inmanejable y el pasado se encuentra en una permanente alteración, que abre paso a «segundas, terceras, quintas transiciones» y a la conculcación permanente de la democracia y el Estado de derecho. ¿Qué futuro aguarda a unas sociedades saturadas de pasado? Por todo esto, el repaso a los argumentos de la historiografía más reciente nos facilita escapar de estas ficciones del fracaso y encontrar nuevos puntos de vista.

Sin duda, el proyecto más importante, puesto en marcha con una ambición encomiable por la Fundación Mapfre y Taurus, es el de «América Latina en la Historia contemporánea», un grado de aproximación entusiasta hacia lo que será una Historia atlántica de las Américas, capaz de trascender el corsé de las respectivas historias nacionales y de ofrecer al gran público una nueva narración, global y en este sentido verdadera -correspondiente a nuestro tiempo-. Los relatos de nación deben renovarse, cruzarse, interactuar, hacia dentro para incluir múltiples puntos de vista, disciplinas y orígenes, y hacia afuera para reproducir la escala contemporánea de los acontecimientos, precipitados por los sucesos de 1808 en el centro -no en la periferia- del Imperio español.

Este planteamiento es patente en los tres primeros volúmenes (Crisis imperial e independencia, 1808-1830) del casi centenar que compondrán la colección, dedicados a España, Chile y Argentina. La factura es excelente, la letra legible, el papel adecuado; los completa un apéndice de imágenes. El primero hace evidente que la Historia de España sin la de América no se entiende, ni antes ni después de 1810, y que por mucho debate sobre liberalismo, catolicismo y nación española que se realice, la dimensión ultramarina es determinante: el capítulo de José María Portillo es encomiable a este respecto.

Algo más tradicional en su factura resulta el volumen de Chile, donde la nueva Historia política ha producido un gran impacto, si bien la corrección de las contribuciones no admite duda. El mito de la lejanía chilena merecería una revisión. El dedicado a Argentina es menos deudor de una historiografía desde la distancia, más consciente de la centralidad de las revoluciones atlánticas del mundo hispánico. La magnífica dirección de Jorge Gelman apostó por excelentes historiadores jóvenes argentinos y el resultado es obvio: los textos están tan bien escritos que no los arregla ni un novelista.

Brillantes reinterpretaciones

Tampoco necesitan un repaso literario los dos libros publicados en México por Tomás Pérez Vejo y Mauricio Tenorio. El primero propone una brillante reinterpretación de las guerras de independencia hispanoamericanas, que desmonta el camelo de que representaron choques «de criollos contra peninsulares». El segundo opera en la misma dirección, pero se le va un tanto la rosca literaria, con expresiones como «Atlántida morena» o «mestizaje a contrapelo». La ironía del capítulo dedicado al «baño de pureza» multicultural de Barcelona, o el uso de conceptos como la «pos-caridad», suscitan una reflexión tan provechosa como caótica.

Por el contrario, para orden historiográfico, el que acreditan la clásica síntesis de John Lynch, la mejor Historia sociopolítica de las emancipaciones hasta la edición del volumen de François-Xavier Guerra Modernidad e independencias en 1992, o el espléndido libro de Manuel Hernández González en edición revisada, un retrato de la emigración, vida cotidiana, esperanzas y tristezas de los isleños en «su» Capitanía americana. Para nuevas y meritorias investigaciones, finalmente, hay que destacar la impecable (y bilingüe) edición de cartas y documentos del liberal Blanco White a cargo de Martin Murphy, con un epígrafe dedicado a «españoles, hispanoamericanos o ingleses». Fíjense lo que decía el 11 de marzo de 1812: «Estoy cada día más convencido de que los locos planes de independencia absoluta están lejos de ser apreciados por la masa del pueblo; más aún, concibo que Caracas, donde un puñado de hombres los han puesto en práctica, debe de estar harta ya de republicanismo» (p. 225). Para que luego nos vengan con que fue el primer heterodoxo español. En esta misma línea se encuentra la premiada monografía de Alejandro Cardozo Uzcátegui, que narra los años formativos de Bolívar antes de sus supuestas iluminaciones mesiánicas, como un rico joven español americano que en Bilbao y Madrid buscaba su destino. En la Historia, jamás en la ficción.

dilluns, 13 de setembre del 2010

El 'subversivo' Blanco White y la esclavitud

Blanco White

Cuadro de José María Blanco White que ilustra la portada del libro Cartas de Juan Sintierra.


FRAGMENTO LITERARIO: LECTURA
El 'subversivo' Blanco White

JUAN GOYTISOLO EL PAÍS 12/09/2010

Blanco White se vio condenado al ostracismo por su apoyo gradual a la independencia de las colonias de España en América. Juan Goytisolo dedica un nuevo libro al escritor olvidado, a quien considera el más importante de entre los españoles de la primera mitad del xix, y muestra la convergencia de sus ideas con las de Humboldt. Se reproducen aquí varios fragmentos
Uno de los primeros lectores hispanos del Ensayo político sobre el reino de la Nueva España y, sin duda alguna, su primer divulgador no fue otro que José María Blanco White en las páginas de El Español. Las dos entregas iniciales de la magna obra de Alexander Humboldt, correspondientes al "Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente" editadas en París por el librero Scholl en 1808 -el Ensayo completo no saldría a la luz hasta 1811-, fueron ampliamente reseñadas por él, recién desembarcado en Londres, en el número IV del mensual de julio de 1810. Dieciocho meses después, Blanco insistió en la trascendencia de la obra del gran viajero, científico y geógrafo mediante su propia traducción de un estudio sobre ella publicado en la Edinburgh Review (El Español, XXII, enero de 1812). (...) Si la figura de Humboldt es poco menos que desconocida en España, salvo para un puñado de historiadores, la repercusión de su obra en Hispanoamérica, en especial en México y Cuba, fue tan perdurable como amplia. Como recuerda Juan A. Ortega y Medina, en su bien documentado prólogo al Ensayo (México, Ed. Porrúa, 1973), éste inspiró "casi todos los planos y medidas del México independiente" y alentó a los humboldtianos a deshacerse del lastre religioso y conservador de la Nueva España. Como corroborando sus palabras, en una reciente estancia en Berlín descubrí que el monumento erigido ante la universidad que lleva su nombre había sido donado en 1938 por el claustro de la de La Habana, en homenaje, como reza la lápida, al "segundo descubridor de Cuba".
El papa León XII lanzó una encíclica exhortando a los fieles del Nuevo Mundo a obedecer a Fernando VII
Humboldt y Blanco White coincidieron en la defensa de la libertad económica y la denuncia de la desigualdad social
La naturalidad con que se consideraba inferiores a los negros recuerda lo que les ocurre a las mujeres en parte del mundo de hoy
La ignorancia del pasado colonial y de la extraordinaria labor de escritores e intelectuales hispanoamericanos -desde Bello y Sarmiento a Martí y Alfonso Reyes- que afecta a la paticoja cultura de la Península impone con urgencia la tarea de sustituir las frecuentes conmemoraciones huecas de la clase política por un repaso atento a esta parte desgajada, pero indispensable, de nuestro patrimonio común. Los viajes emprendidos por Humboldt entre 1799 y 1804 constituyen un auténtico vivero de informaciones sobre la geografía y la sociedad del Nuevo Mundo, fruto de una insaciable curiosidad científica forjada en el espíritu de la Ilustración que floreció en Prusia en la segunda mitad del siglo XVIII.

La publicación del Viaje y su repercusión, tanto en Europa como en América, le convirtieron en una de las personalidades más notables y respetadas de la cultura alemana agrupadas en el célebre Círculo de Weimar -Goethe, Herder, Schiller, Schelling...-, y Goethe, en sus Conversaciones con Eckerman, comentó que unas pocas horas de plática con Humboldt equivalían a años de aprendizaje en todos los campos del saber científico.
El racionalismo militante de Humboldt, su liberalismo político y económico, su anticlericalismo y culto a la libertad, convergían con los de Blanco White y le procuraban los instrumentos intelectuales adecuados para analizar los acontecimientos que sacudían América desde la pacífica revolución en Caracas de abril de 1810. Tanto sus valores filosóficos y políticos, como sus doctrinas sobre la explotación racional de los recursos económicos del Nuevo Mundo y sobre el comercio sin trabas entre las dos orillas del Atlántico y los distintos virreinatos, aportaban al exiliado londinense los argumentos necesarios para denunciar el anquilosamiento del cuerpo legal, el despotismo de la administración, los privilegios abusivos de la Iglesia, el inhumano sistema de las castas y la monstruosa desigualdad de las clases sociales como las causas reales de una insurrección que conduciría inevitablemente a la independencia y fragmentación de los dominios coloniales de España. Comunes a ambos autores eran asimismo la aspiración a una mejora educativa y moral de la población, a la plena libertad de conciencia y a una distribución más justa de la riqueza y los bienes acaparados por mercaderes sin escrúpulos, la Iglesia católica y una administración parasitaria y rapaz.

El monopolio de los comerciantes de Cádiz y de Filipinas no sólo acentuaba la desunión entre la metrópoli y sus posesiones ultramarinas, sino también, para Humboldt, abría una brecha entre los peninsulares y los criollos que violaba el estatus de las Leyes de Indias establecidas después de la Conquista. Como dice Ortega y Medina en el prólogo antes citado, "el imperio borbónico, al restringir la libertad económica y política y al oponerse a las legítimas ambiciones de la clase criolla, cavaba su propia tumba". Desde la entronización de la dinastía borbónica en España, la tendencia fue ir convirtiendo a los antiguos reinos de ultramar en colonias. El lector de los artículos de Blanco White en El Español hallará la impronta decisiva de Humboldt en los párrafos que citamos a continuación:

"Las leyes españolas conceden unos mismos derechos a todos los blancos; pero los encargados de la ejecución de las leyes buscan todos los medios de destruir una igualdad que ofende el orgullo europeo. El gobierno, desconfiado de los criollos, da los empleos importantes exclusivamente a naturales de la España antigua, y aun, de algunos años a esta parte, se disponía en Madrid de los empleos más pequeños en la administración de aduanas o del tabaco. El más miserable europeo, sin educación y sin cultivo de su entendimiento, se cree superior a los blancos nacidos en el Nuevo Continente".

A raíz de ello, explica: "Los criollos prefieren que se les llame americanos; y desde la paz de Versalles y, especialmente, después de 1789 se les oye decir muchas veces con orgullo: 'Yo no soy español, soy americano'; palabras que descubren los síntomas de un antiguo resentimiento. Delante de la ley todo criollo blanco es español; pero el abuso de las leyes, la falsa dirección del Gobierno colonial, el ejemplo de los Estados confederados de la América septentrional y el influjo de las opiniones del siglo han aflojado los vínculos que en otro tiempo unían más íntimamente a los españoles criollos con los españoles europeos".
Las brutales incursiones de los frailes misioneros de la América meridional en las tierras ocupadas por tribus pacíficas de indígenas, llamados indios bravos porque no habían aprendido aún a hacer la señal de la cruz, incursiones en las que se apoderaban a la fuerza de niños, mujeres y ancianos y se separaba sin compasión a los hijos de sus madres, descritas por Humboldt, debieron de impresionar también a Blanco y reforzar su aversión a la Iglesia católica con la que acababa de romper.

(...) La reacción cívica de Blanco White ante el lucrativo comercio de esclavos por los europeos data de su juventud. Entre sus lecturas figuró quizá la de Cadalso, autor que mereció siempre su estima, y cuya crítica a aquél en sus Cartas marruecas enlaza con la de los ilustrados franceses de la época. Pero fue, con mayor seguridad, la amistad y el contacto con Isidoro de Antillón -su compañero de redacción en el Semanario Patriótico y víctima, después, de la represión fernandina a la vuelta al trono del mal deseado monarca- lo que despertó su conciencia sobre la cruel realidad de la trata. El científico aragonés, portavoz de las ideas republicanas en los últimos años del reinado de Carlos IV, había compuesto en 1802 un elocuente alegato a favor del abolicionismo. Sus ideas, entonces muy minoritarias en España, chocaban con los intereses de la poderosa sacarocracia de ultramar y no hallaron gran eco en la Península fuera del círculo de los afrancesados, tan justamente reivindicados por Miguel Artola.

La publicación de A letter for abolition of the slaves trade del inglés Wilberforce tuvo, al contrario, un gran influjo en la opinión pública de su país y fue determinante en el Bill de abolición de la trata votado en el Parlamento británico en febrero de 1807. El "abominable" comercio de esclavos indignaba justamente a Blanco White, y en tres entregas sucesivas, impresas en los números XIX, XX y XXI de El Español con el título de "Extracto de una carta de Mr. Wilberforce sobre la abolición del comercio de negros", arremete duramente contra quienes lo realizaban y lo toleraban con razonamientos hipócritas y contrarios a todo sentimiento de humanidad. La pluma del expatriado se enfrenta a ellos con una lógica que si hoy nos parece, por fortuna, irrebatible, chocaba entonces con los intereses de la Iglesia y de los latifundistas cañeros, intereses revestidos con una serie de razones morales y religiosas de apariencia filantrópica: la esclavitud era un instrumento divino que permitía a los negros civilizarse, cristianizarse y salvar su alma. La extraordinaria obra del historiador cubano Manuel Moreno Fraginals El ingenio expone y desmonta esta argumentación presuntamente humanitaria de próceres "ilustrados", como su paisano Arango y Parreño, y de los capellanes que catequizaban a la "negrada" en las centrales azucareras. La Explicación de la doctrina cristiana acomodada a la capacidad de los negros bozales, abundantemente citada por Moreno Fraginals, compara, en efecto, el trabajo esclavo en el batey y el tratamiento purificador de la caña y su purga en los trapiches con el progresivo blanqueo del alma de los negros, que se redimen así de su condición inferior y alcanzan la gloria del cielo.

Esta parodia del amor y la caridad evangélicos partía de un sentimiento real que sólo un pequeño núcleo de pensadores ponía en tela de juicio: la de la supuesta inferioridad de los negros, que, como la de las mujeres todavía en gran parte del mundo de hoy, obedecería a un presunto orden natural. Contra tan aberrante naturalidad se alzaron los abolicionistas del siglo XVII, como se alzarían un siglo y pico más tarde las precursoras del movimiento feminista. La respuesta de Blanco White al racismo que justifica las atrocidades del colonialismo europeo no tiene desperdicio:

"La razón que alegan, en general, los colonos es que los negros son de carácter perverso, y que sólo el temor puede contenerlos. Yo por mí creo que los negros deben ser naturalmente buenos, cuando el trato que les han dado los europeos no los ha convertido uno por uno en monstruos" (El Español, noviembre de 1811).
En el mismo artículo, animado sin duda por las medidas abolicionistas adoptadas por las juntas emancipadoras de Caracas y México -y a las que seguirían pronto las de las nuevas autoridades de Santiago y Buenos Aires-, Blanco White insiste en la urgencia de poner fin a semejante indignidad. "Aún no alcanza la idea a discurrir cuándo podrá llegar el tiempo en que desaparezca la esclavitud de la haz de la tierra", escribe, para agregar a continuación que "los españoles deben coronar esta gloria, contribuyendo a la completa extinción del tráfico".

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano había tenido un efecto previsible en la colonia francesa de Haití: la sangrienta rebelión de los esclavos en 1804. Pero las ideas se abrían difícilmente camino en España y sus dominios americanos, y había que pedir lo aún imposible, como hacía Blanco White, para que fuera posible algún día, más temprano que tarde. La sordera de la Regencia a unas demandas que ponían en peligro los intereses generados por la trata provocó una nueva intervención del expatriado:ç
"¿Debe el Gobierno de España quejarse en nombre de la nación que lo ha constituido a su frente de que hay quien incomode a sus vasallos que se emplean en robar hombres, mujeres y niños, para venderlos a gentes que los hacen trabajar toda la vida, apropiándose el fruto de este trabajo, y hasta los hijos que produzcan en esta miserable esclavitud? El hecho, presentado de este modo, parece una paradoja inconcebible. Mas yo apelo al buen juicio de todos los hombres del mundo, que me digan si hay otro modo de pintar este procedimiento u otro aspecto por donde mirarlo... Tan bárbaras, tan fútiles y aun viles son cuantas razones se pueden imaginar para sostener, ni un momento, el tráfico de esclavos que el ánimo indignado se desdeña con abominación de recordarlas, y aun más, de responderlas".

El interés de Blanco White por combatir la trata se manifiesta con mayor precisión y abundancia de razonamientos en su Bosquejo del comercio de esclavos y reflexiones sobre este tráfico considerado moral, política y cristianamente, obra publicada de forma anónima e impresa en Londres en 1814, año del cierre definitivo de El Español. Escrito en homenaje a Wilberforce, refleja también su atenta lectura de los Viajes del explorador escocés Mungo Park, que recorrió la cuenca del Níger en una caravana de esclavos y trazó un cuadro sombrío, pero sin afán propagandístico alguno, de su miserable condición.

La esclavitud, sostiene Blanco White, no civiliza en modo alguno a los africanos: destroza sus vidas y los barbariza. Invirtiendo los términos del planteamiento colonialista, denuncia que los europeos "embrutecen a los negros por el tráfico que hacen de ellos y luego defienden este tráfico alegando que los negros son semibrutos". ¿Quién reconocerá un día en los países de nuestra lengua la deuda contraída por todos con el redactor de El Español por esta amplitud de miras y hondo sentido de la justicia ante los extravíos y horrores de la difícilmente mejorable especie, no sé si humana o inhumana, a la que pertenecemos?

(...) En octubre de 1813, de vuelta el rey a la Corte, y a la luz de las divisiones que el acontecimiento suscita entre absolutistas y liberales, comenta amargamente que "España está dividida en dos partidos: uno que nada ve ni nada atiende sino a convertir en leyes una porción de máximas abstractas; otro que a nada aspira sino a conservar la tiranía religiosa que ha reinado allí desde los siglos bárbaros".

Dictamen certero: la incompatibilidad entre los patriotas imbuidos de vagos principios doctrinales, pero cuya aplicación concreta denegaban a los insurgentes americanos, y los que serían denominados más tarde "serviles" en razón de su sumisión ciega al monarca, presagiaba ya la historia de las siguientes décadas.
Al desatarse la feroz represión contra los primeros, Blanco White recuerda al rey que debe su corona "al patriotismo de la nación entera y en especial al de los que las circunstancias de aquella época pusieron al frente del pueblo". ¿Cómo justificar, en efecto, ante la historia, que mientras el monarca disfrutaba de la vida en su jaula dorada del castillo de Valençay (Francia) y solicitaba, con el oportunismo y vileza que le caracterizaron, la mano de la sobrina de Napoleón, los que defendieron sus derechos con las armas yacieran después en prisiones como recompensa a su honradez y valentía? Blanco veía en ello una vuelta a los métodos del pasado más sombrío -el retorno al Santo Oficio-, y no se equivocaba. En 1819, el fiscal de la restaurada Inquisición de Canarias calificará la obra del escritor de "tejido continuado de blasfemias contra la Sagrada Religión" y acusará al redactor de El Español -que seguía circulando con éxito bajo mano en las dos orillas del Atlántico- "de horrendas invectivas contra los soberanos" y de inducir a sus "vasallos a la independencia y a la absoluta libertad".

La antigua y poco santa alianza entre el trono y el altar se manifestará aún en la postrimería del dominio español en el Nuevo Mundo con motivo de la Encíclica de León XII publicada en la Gaceta de Madrid el 18 de febrero de 1825 y reproducida por Blanco White en Variedades. El contenido y lenguaje de la misma, tan similares a los de la "Carta Colectiva del Episcopado" que bendijo la cruzada franquista en 1936, merecen reproducirse como un recordatorio de este furor santo que acecha a los descarriados a lo largo de la historia de España y de sus dominios.

Después de evocar "las funestas nuevas de la deplorable situación del Estado y la Iglesia" en tierras americanas, fruto de "la cizaña de la rebelión" sembrada por el enemigo, León XII prosigue: "No podemos menos que lamentarnos amargamente cómo se propaga y cunde el contagio de libros y folletos incendiarios en los que se menosprecian y se intenta hacer odiosas ambas potestades, eclesiásticas y civil". Para el pontífice, en su ya inútil socorro al monarca, las juntas independentistas americanas, que "se forman en la lobreguez de las tinieblas" y por cuya "inmunda sentina" se derrama "cuanto hay y ha habido de más sacrílego y blasfemo en todas las sectas heréticas", conducen con sus doctrinas a la ruina de las almas. Como remedio a tantos y tan graves males, León XII exhorta a los fieles del Nuevo Mundo a obedecer: "A nuestro muy amado Hijo Fernando, Rey católico de las Españas, cuya sublime y sólida virtud le hace anteponer al esplendor de su grandeza, el lustre de la Religión y la felicidad de sus súbditos".

Blanco White, 'El Español' y la independencia de América, de Juan Goytisolo. Ediciones Taurus. Precio: 19 euros.

dijous, 19 d’agost del 2010

El enigma Colon. La tesis de su catalanidad

Jordi Bilbeny es miembro del Institut Nova Història
Jordi Bilbeny es miembro del Institut Nova Història  /   F.C
Incluso probamos que América se organizó políticamente con la filosofía catalana a través de la figura del virrey, un cargo militar que en Castilla nunca existió


Jordi Bilbeny: "Cristóbal Colón fue embajador de la Generalitat, residió en Barcelona y participó en la guerra civil catalana"

El escritor e investigador presenta su nuevo volumen sobre la catalanidad del descubridor de América

F.C.García LA VANGUARDIA Arenys de Munt 17/08/2010

El escritor e investigador Jordi Bilbeny (Arenys de Mar, 1961) presenta en Sant Pol de Mar su último libro: El dit d'en Colom: Catalunya, l'Imperi i la primera colonització americana (1492-1520) abonando más si cabe en la teoría sobre la catalanidad de Cristóbal Colón. Una teoría que últimamente se sostiene con la aparición de otras tesis paralelas a cargo de prestigiosos investigadores norteamericanos.

Blanco de numerosas críticas, Bilbeny no deja a nadie indiferente y no ceja en su empeño, tras dos décadas de investigación, en demostrar la acción censora española y la manipulación histórica sobre la figura del descubridor. En el nuevo volumen compila varios estudios de los que destaca las pesquisas sobre la casa barcelonesa del príncipe Joan-Cristófol Colom, su relación con el "rey de los catalanes, Carlos I" y sobre la América de habla catalana.

¿Qué objetivo persigue con El dit d"en Colom?

Dar a conocer una compilación de artículos ya publicados sobre la figura de Colón y los primeros tiempos de la colonización de América. No está pensado, como por ejemplo en "Colom, príncep de Catalunya" dar más profundidad a la figura del descubridor.

El libro abre con la casa barcelonesa de Colón. ¿Cómo llega a esta conclusión?

A través de unos archivos de los fondos notariales de la época demuestro que los Colom era una de las grandes familias de la Barcelona del siglo XV. Entre sus miembros se cuentan banqueros, políticos, militares, humanistas, obispos… Una saga muy desarrollada que lidera la guerra civil de Catalunya (1462-1472) al lado de los reyes y que obtiene honores exclusivos tales como ser portadores de los féretros reales. Eran personajes de una gran relevancia social.

¿Un paso más para garantizar que Cristóbal Colón era catalán?

Ya casi nadie duda de que Colón fuera catalán. Han salido más investigaciones, como el libro de Charles Merrill, el documental de Discovery Channel y más recientemente la tesis de la investigadora norteamericana, Estelle Irizari, que defiende que Colón hablaba en catalán. Cuanto más profundizamos en esta teoría más se consolida. Incluso probamos que América se organizó políticamente con la filosofía catalana a través de la figura del virrey, un cargo militar que en Castilla nunca existió. El virreinato era habitual en Navarra, Aragón, Sicilia, Nápoles, Valencia, Mallorca, América y Catalunya.

¿Por qué a Cristóbal Colón lo llama Joan Colom?

He localizado mucha documentación, siete u ocho referencias que se refieren a Cristóbal Colón como Joan Colom Bertran e incluso como Juan Pedro Colom. En Portugal lo llaman Joao Colomo y él mismo firma con una jota entrelazada con una ese, lo que se traduce como Joannes. En sus diarios detalla que viajó a Groenlandia y la documentación de aquel viaje lo cita como Joannes. También es sintomático que la isla de Cuba la bautizara isla Juana e igual que su nieta. En el libro desgrano mis primeras indagaciones sobre quien podría ser Cristóbal Colón.

También habla de Colón como embajador de la Generalitat.

De Joan Colom de Barcelona destaco que posee títulos muy similares a los de virrey y almirante que posee Cristóbal Colón. Es vicealmirante y almirante a las órdenes de Bernat d"Anjou durante la guerra y embajador de la Generalitat. Los personajes con los que se mueve durante la guerra civil también están citados en Portugal. Hablo de los Yáñez, Silva, Azambuja o los Díaz, que participaron activamente en la guerra civil catalana.

¿Dónde sitúa la residencia de Cristóbal Colón?

En un censo de 1398 ya está documentada una casa palaciega a nombre de Guillem Colom, en la actual calle Mirallers, esquina con Banys Vells, en el barrio de la Ribera, justo detrás la iglesia de Santa Maria del Mar, donde en aquella época se ubicaba la Seca, la Lonja o la Aduana, en pleno núcleo mercantil marinero. En 1460, en época de revoluciones, el palacio consta a nombre de Joan Colom y cuando este fallece pasa a su hijo Jaume (Diego en castellano). Es curioso que pese al gran número de documentos que demuestran que los hijos del descubridor pleitean judicialmente por la casa, el testamento que se ha difundido hace ninguna referencia. Incluso está documentado que el rey Carlos, en una de sus visitas a la ciudad sobre el 1519 y 1520 ejerce de mediador en el conflicto. En la actualidad, de la casa sólo se conservan las caballerizas.

¿El nacimiento del descubridor tuvo lugar en…?

Muchos cronistas coinciden en que el nacimiento de Colón se produjo en una Ribera: en la ribera del Po, la de Génova, la de Cucurio e incluso en la ribera del Guadalquivir. En paralelo, otros cronistas sitúan su casa natal en el barrio de Santa María de Sevilla, donde a lo largo de la historia ha quedado demostrado que Colón nunca tuvo una casa. En el libro explico que el único lugar coincidente entre un barrio de Santa Maria y la Ribera es Barcelona, donde también hay una casa Colom muy documentada. Era una gran familia, con media docena de hermanos, como Luís Colom, un capitán que participa en la guerra catalana del s.XV y un hermano mayor eclesiástico que se llamaba Jaume (Diego) como el heredero del descubridor.

¿También versa sobre la fecha de su nacimiento?

Según los datos que tenemos del Cristóforo Colombo italiano se trata de un señor que nace en el 1451. Un dato que no coincide con la vida del Cristóbal Colón que tenemos documentado en Barcelona, que nació en 1414 y que todas las crónicas, después del descubrimiento de América describen como una persona venerable y anciana, un senador romano como definió Fra Bartolomé de las Casas. También hay crónicas que lo sitúan en 1477 en Portugal y lo describen como un hombre mayor, lo que no coincide con la versión genovesa y joven del personaje. Es muy improbable que a los 50 años, edad en la que dicen que murió, padeciera artrosis y gota muy desarrolladas, unas enfermedades muy cronificadas. El último viaje, Colón ya lo paso en litera y cuando llega a Barcelona queda postrado en cama durante dos años antes de morir. Nos encontramos entonces ante un anciano barcelonés, de la familia Colón, llamado Joan, que nació antes de 1416.

¿Era Colón un esclavista genocida que sometió a los indígenas americanos?

Es una imagen que no tiene nada que ver con la realidad, al contrario. Colón colgaba y castigaba a sus soldados si tocaban una sola pluma de un indio. Constan cartas hacia la corona en la que algunos personajes se quejan de la actitud de Colón, que les impide hacerse ricos a costa de los indígenas. Se sabe que les impedía tener esclavos, les obligaba a construir sus propias casas y a laborar sus propias tierras. Era tan estricto que incluso emite una serie de órdenes que el rey le pide pacificar. En el libro explico la cara humanista de Colón, muy distinto a la imagen que se ha querido dar. Es curioso que esta imagen cruel se haya difundido a medida que demostrábamos que era de procedencia catalana.

¿Qué insinúa?

Que la historiografía española ha hecho un gran cambio. Ha pasado del Colón, aquel encantador genovés que llegó con su hijito al convento de Palos de Moguer, a hablar de él como un tirano, déspota y asesino que maltrataba a los suyos y mataba a los indios. Es curioso como cambia la realidad mental hispánica después que en Catalunya avancemos en la figura del descubridor.

¿Incluso en la navegación era catalán?

Es otro detalle que demuestra la tesis catalana de Colón. La correspondencia de leguas con millas era distinta según la procedencia del navegante. Colón utiliza la correspondencia catalana de una legua a cuatro millas. Ya en el siglo XIX aseguraron que la legua usada por Colón no existía y que la legua de Castilla era de tres millas. Si profundizamos en los estudios náuticos de los siglos XV vemos que se unifica la medida y desaparece la de cuatro millas, la que hasta entonces utilizaban en Catalunya. Por tanto ni él ni sus marinos podían ser castellanos ya que la medición náutica usada era la catalana de la época.

¿Llega a tener relación con Arenys de Munt, en el Maresme?

Unos chicos de Arenys de Munt un buen día editaron la Leyenda de la Virgen del Buen Retorno (Mare de Déu del Bon Tornar) y explican que los marinos antes de marchar a América se encomendaban a la virgen para tener un buen viaje, la imagen estaba en la masía de Can Sala de Dalt. Joan Amades ya habla de la virgen de Can Sala de Dalt que Cristóbal Colón llevaba en la nao Santa María.

También desmitifica el imperio español.

En los últimos capítulos del libro "Carles I rei dels catalans, senyor de les Índies" desmiento que el rey estuviera en Catalunya de una forma circunstancial como se ha querido transmitir. En realidad el imperio español de Carlos I era el imperio catalán más Castilla, pero los libros han adulterado la historia. Carlos I cada vez que llega a la península concentra su poder en Zaragoza y Barcelona, ciudades desde donde se planifica la nueva estructura imperial americana. A Barcelona llegan las naos, a Molins de Rei los tesoros de Hernán Cortés y la vuelta al mundo de Magallanes se gesta en Barcelona. A partir de aquí relaciono a Carlos I con Catalunya y las Indias.

¿Incluye anécdotas lingüísticas?

Es cierto. Hablo del "seseo" de todos los americanos. ¿Cómo entender que en Castilla y en Andalucía no se seseaba en el siglo XV? ¿Y cómo puede ser que todos los americanos seseen aún en la actualidad? Algunos de los más prestigiosos lingüistas admiten que en aquella época, en España sólo se seseaba en Valencia y en Catalunya. Por ello los primeros fundamentos lingüísticos en América eran catalanes. Una anécdota más.

¿Y su próximo trabajo?

Estoy investigando sobre lo sucedido en el siglo XVI, desentrañar todo lo que se ha borrado premeditadamente del Renacimiento catalán y que en Castilla fue tangencial. En lo que se refiere a Colón tengo previstos cuatro o cinco libros más, algunos con más de 500 páginas, con una visión definitiva. De su familia deduje que su nieto dejó de tener descendencia directa pero hay más ramificaciones. A finales del s.XVI fueron almirantes de Aragón y de las Indias, gobernadores generales de Valencia.

¿Y su deseo?

Mi deber no es hacer un trabajo genealógico sino demostrar que la familia Colón catalana era importante como para vincularse con la realeza de Catalunya, Portugal y Castilla. Es imposible que un plebeyo, pastor y analfabeto genovés acabe vinculado con las grandes familias de la época. ¿Y si sucedió así, porqué nadie da detalles?.

dimecres, 18 d’agost del 2010

La colonización y la independencia de América según Elliott

Hacia una historia de ida y vuelta

El eminente hispanista John H. Elliott defiende una investigación libre de prejuicios nacionalistas para contar la colonización y la independencia de América

TEREIXA CONSTENLA - EL PAÍS- 06/02/2010

A ciertos ingleses se debe la leyenda negra de España. Y a ciertos ingleses, como el historiador John H. Elliott (Reading, Inglaterra, 1930), se deben grandes esfuerzos por erradicarla. A Elliott le desagradan los estereotipos. Lleva toda una vida combatiéndolos. Se diría que empezó el día que decidió sumergirse en la investigación de la historia de España, el Estado que durante la edad moderna había sido el gran rival político de Inglaterra. Ambos son ejemplos de "monarquías compuestas", que analiza en su último libro España, Europa y el mundo de ultramar (1500-1800), publicado por Taurus, en el que, entre otras claves, cuenta que los rivales se copiaban métodos y prácticas cuando les convenía, incluidas drásticas limpiezas étnicas. "Aprender del enemigo se convirtió en un rasgo de la vida internacional", escribe.

"Hernán Cortés se merece una estatua en México junto a Cuauhtémoc"
"No hubo ninguna puerta cerrada para Velázquez en el Alcázar de Madrid"

Elliott era un veinteañero cuando descubrió España, después de dedicar seis semanas de las vacaciones de verano a recorrer junto a otros estudiantes de Cambridge la Península Ibérica. Le fascinaron las posibilidades historiográficas de un país que guardaba un filón en adormecidos archivos. En esa mina documental rescató material para reconstruir la historia de los siglos XVI y XVII, que luego vertió en libros como La rebelión de los catalanes, El mundo de los validos, El conde-duque de Olivares o España y su mundo. Una historia sin leyendas negras ni resonancias imperiales. Sin estereotipos. Y sin fragmentaciones.

Elliott es ahora un investigador laureado por los antiguos imperios. Sir inglés y premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales. Y sigue defendiendo la investigación libre de prejuicios. Algo que todavía echa en falta en la historia atlántica. Un relato blanco o negro, según la orilla de quien cuente. "Los españoles deben integrar la historia de América Latina dentro de la historia del mundo hispánico y reconocer la complejidad de los movimientos de independencia", sostiene. De igual modo, la historiografía americana tendrá que aligerarse de carga nacionalista: "Había criollos que querían seguir bajo la monarquía, todos bajo el mismo rey, y ha sido difícil para los americanos aceptar esto". "Cuando se está formando una nueva nación, se escribe una historia nacionalista". Gráficamente lo resume: "Hernán Cortés se merece su estatua en México junto a la de Cuauhtémoc".

Dos siglos después de la cascada de independencias que derrumbó el imperio español, Elliott cree que podría comenzar a narrarse "una historia más común de la que ha habido hasta ahora". Cita a los mexicanos porque están comenzando a revisar la historia "indigenista" que caracterizó los años de la revolución, aunque, en contrapartida, presume que la historiografía boliviana tal vez acentúe la visión indigenista. "Pero los prejuicios sobreviven sobre todo en los emigrantes que llegan a Estados Unidos con ese sentimiento antiespañol que queda fosilizado, como ha ocurrido con los irlandeses respecto a Inglaterra". Una semejanza entre antiguos rivales de las muchas que Elliott ha realzado en sus trabajos de historia comparada. "La constatación de que en muchos aspectos España no era tan diferente de otros Estados europeos como se suponía tradicionalmente ha contribuido a devolverla a la corriente principal de la historia", escribe en su nueva obra, donde también evidencia una paradoja. España dominó la política, el comercio y los mares, pero nunca ejerció una hegemonía cultural como Francia o Italia. Elliott lo achaca en parte al "peso del Renacimiento", aunque señala otras influencias culturales españolas que prosperaron, como el Quijote o el traje negro de Felipe II, de moda en el siglo XVI.

Los ensayos se cierran con un repaso a las relaciones entre artistas y el poder político. Porque algo más deslumbró a Elliott en aquel viaje estudiantil de 1950: Velázquez y el Museo del Prado. "Me di cuenta de que el arte y la cultura eran parte integral de la historia", señala.

Y con la excusa de Velázquez desgrana aspectos de la corte madrileña de Felipe IV, en la que el pintor fue designado "aposentador" y encargado de la limpieza y decoración interior del palacio, "una tarea que llevaba aparejado un amplio abanico de obligaciones y oportunidades". Y llaves. En el bolsillo de Velázquez se conservaba la llave que abría todos los aposentos reales. "No hubo ninguna puerta cerrada para Velázquez en el Alcázar de Madrid".

El falso Velázquez

Velázquez fue un artista indiscutible. Y tal vez algo fullero. "Existen claros indicios de que Velázquez pudo haber falsificado la identidad de su abuela materna al solicitar la admisión en la orden y de que los testigos que dieron fe de la nobleza de sus antepasados portugueses mintieron", cuenta Elliott. El pintor, propuesto por el rey para ingresar en la orden de Santiago, argumentó que era de noble ascendencia -de la línea de Silvas, que se remontaba a Eneas Silvio- y que jamás había cobrado por sus obras. Las indagaciones tumbaron sus propósitos sobre su supuesto linaje "con un golpe humillante para su reputación" y se rechazó su candidatura. El artista necesitó una dispensa papal concedida a petición del rey para que la orden finalmente le admitiese el 28 de noviembre de 1659, poco antes de morir.