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dissabte, 24 de maig del 2014

Austeridad y fascismo, de Germà Bel en La Vanguardia


En 1925, la política económica del primer gobierno Mussolini fue de gran consolidación fiscal
La campaña de las elecciones europeas ofrecerá una oportunidad para debatir a fondo sobre las grandes cuestiones económicas. En especial, en política económica, sobre la combinación entre austeridad y reformas estructurales, tanto en su secuencia como en su intensidad. Esto, en el marco de una discusión inaplazable sobre la gobernanza económica, que exige profundizar la unión política y la cesión de soberanía económica por parte de los Estados. De no avanzar por esta vía, la discusión sobre “una política económica europea” seguirá siendo un brindis al sol; no es realista pensar que se mutualicen riesgos a escala europea sin armonización de reglas e instituciones económicas.
Será aconsejable abordar este debate dejando de lado tópicos sin sustento histórico. Entre ellos, el de que las políticas de austeridad causaron el fascismo, que se ha dejado oír ya en algún evento de precampaña. Más tarde vamos al advenimiento del nazismo, pero anotemos antes que el primer régimen fascista en Europa fue el de Italia desde 1922, y en plenitud desde 1925. El acceso de Mussolini al gobierno se dio en el contexto de una gran crisis institucional, por la incapacidad del régimen liberal para abordar los conflictos sociales, en medio de una gran crisis presupuestaria. La política económica del primer gobierno de Mussolini fue de gran consolidación fiscal (austeridad) acompañada de represión de la oposición y desmantelamiento de la autonomía de los poderes locales (ver Germà Bel, “The first privatisation: selling SOEs and privatising public monopolies in Fascist Italy (1922-1925)”, Cambridge Journal of Economics, 2011).

Los siguientes regímenes de tipo seudofascista en Europa Occidental, las dictaduras de Primo de Rivera en España en 1923 y de Salazar en Portugal en 1926, llegaron también en un contexto de crisis institucional y derrumbe de los regímenes liberales, cuyas instituciones llegaron a grandes niveles de descrédito y pérdida de legitimación, con alta inestabilidad social y política. Y eso en situaciones económicas y presupuestarias muy diversas. Por cierto, en esa época fracasó el golpe de Hitler en 1923. Diez años más tarde, cuando la economía había comenzado ya a recuperarse de la gran depresión, el gobierno fue entregado a Hitler por la incapacidad de los partidos tradicionales de la derecha de proporcionar estabilidad política. Otra vez, la crisis de las instituciones liberales como causa del acceso al poder del nazismo. No está en las políticas presupuestarias de uno u otro signo el denominador común del acceso del fascismo al poder, sino en el descrédito y deslegitimación de las instituciones para gestionar los conflictos sociales y políticos que se exacerban en épocas tan complicadas como la que vivimos. De ahí que tengan tanta prioridad la regeneración democrática y la reforma institucional, mucho más que las orientaciones de política económica. Mejor evitar tópicos sin fundamento.

MUSSOLINI Y EL FASCISMO ITALIANO – Álvaro Lozano

No abundan los libros sobre el fascismo italiano y es curioso, siendo un tema tan apasionante. Pero en comparación con su «hermano menor», el nazismo alemán, el fascismo no parece llamar tanto la atención de los editores españoles. Apenas encontramos en el mercado español las obras de Emilio Gentile, La vía italiana al totalitarismo. El partido y el estado en el régimen fascista (Siglo XXI, 2005) y El culto del littorio. La sacralización de la política en la Italia fascista (Siglo XXI, 2007), el librito Mussolini y el ascenso del fascismo de Donald Sassoon (Crítica, 2008) o el curioso (y visualmente fascinante) Atlas ilustrado del fascismo publicado por Susaeta. U obras conceptualmente más complejas como Modernismo y fascismo de Roger Griffin (Akal, 2010) o Fascistas de Michael Mann (Publicacions Universitat de Valencia, 2006), ésta última desde una órbita sociológica. Y seguimos contando con obras generales del fenómeno fascista como El fascismo de Stanley Payne (Alianza Editorial) o Anatomía del fascismo de Robert O. Paxton (Península) o Fascismo. Historia e interpretación del citado Gentile (Alianza Editorial, 2004), pero apenas hay libros concretos sobre el fascismo italiano. Y la biografía de R.J.B. Bosworth Mussolini (Península, 2003) va camino de convertirse en un libro descatalogado. ¿Por qué, se preguntará el lector curioso, este relativo páramo mientras que sobre Hitler, nazis y el Tercer Reich no pasa prácticamente un mes sin que se publique o se reedite algo?


Y la respuesta no es fácil. Ni en cierto modo comprensible. Mussolini abrió la senda a otros movimientos fascistas, creando un régimen que duró dos décadas, aunque también es cierto que el fascismo puro apenas existió en la Italia del período. Y aunque se popularizó la imagen de un Mussolini con la vestimenta fascista, el saludo a la romana o su hiperactividad como gobernante (que hay que relativizar, sin embargo), el corporativismo fascista se quedó en intento: la sociedad italiana participó de aquello que le interesó del fascismo (organizaciones como el Dopolavoro); el mensaje fascista pronto quedó diluido desde arriba, con un Mussolini receloso de cualquier veleidad ambiciosa de los ras y los squadristi; las instituciones fascistas apenas sustituyeron al Estado fuerte que Mussolini se encargó de mantener (a diferencia de lo que sucedió en la Alemania, donde el «Estado prerrogativo», formado por las organizaciones paralelas del partido nazi, se impuso al «Estado normativo», compuesto por las autoridades legalmente constituidas y el funcionariado tradicional; definiciones de Ernst Frankel recogidas en la obra anteriormente citada de Paxton, p. 143); y la aparente solidez del régimen fascista se hundió por los efectos de la participación italiana en la Segunda Guerra Mundial, hasta el punto de que bastó la destitución de Mussolini por parte del rey Víctor Manuel III para acabar con veintiún años de fascismo en el poder.

Un análisis a fondo de este tema, pues, es el que ha realizado Álvaro Lozano en Mussolini y el fascismo italiano (Marcial Pons, 2012), de quien ya comentamos hace unas semanas su también reciente libro, Anatomía del Tercer Reich (Melusina). Y lo hace con un libro muy completo, ameno y de ágil lectura. Un libro que puede ser asumido como una síntesis historiográfica sobre el fascismo italiano; de hecho, al final de cada capítulo el lector encontrará, bajo el título «El veredicto de los historiadores», la selección de los debates historiográficos sobre cada tema, un elemento que aumenta el valor del libro de Lozano y que ya puede ser considerado como una marca de la casa. Estructurado en capítulos temáticos, y siguiendo un orden cronológico, Lozano analiza la crisis del Estado liberal italiano antes y especialmente después de la Primera Guerra Mundial; las causas del ascenso del fascismo, que convendría no ver como un bloque monolítico, sino con diversas aristas (y sensibilidades) siendo el éxito de Mussolini su capacidad (quizá su versatilidad) para aunar tendencias y crear la plataforma para, en apenas dos años, alcanzar el poder. Un poder que se basó, en gran parte, en el mito de la «Marcha sobre Roma» y en la necesidad de una figura diferente al sistema de Giolitti al frente del gobierno.

Es en la parte central del libro, los capítulos dedicados al análisis del régimen totalitario, a la economía fascista y a la vida en la Italia fascista, donde el lector disfruta más del libro (o al menos así lo he hecho yo). En estos capítulos asistimos al relato de la manera de Mussolini de gobernar (una hiperactividad relativa, un modo de abarca demasiado acumulando ministerios, provocando confusión y logrando pocos resultados), al establecimiento de un totalitarismo relativo, más bien superficial, que se fundamenta en la propaganda y la imagen pero con escasa solidez. El régimen fascista trató de crear una nueva sociedad, pero más bien sobre el papel; el propio Mussolini rechazó la «segunda revolución» que los jerarcas fascistas más vehementes demandaban y a los que el Duce fue apartando del poder. La firma de los pactos de Letrán con el Vaticano en 1929 pusieron fin a décadas de enfrentamiento con la SantaSede, pero también dejaron patente que el fascismo no iba a cambiar sustancialmente la esencia de la sociedad italiana. Los propios italianos se amoldaron a las formas fascistas, pero mantuvieron una relativa crítica al régimen, impensable en la Alemania nazi, e incluso hubo un espacio (pequeño, eso sí) para la disidencia y la oposición. Las ambiciones de Mussolini de convertir Italia en un imperio mediterráneo pronto chocaron con las limitaciones de la economía italiana, especialmente con la industria, y el propio estado corporativo fascista, queriendo ser un intermediario y una amalgamador entre empresarios y trabajadores, sólo consiguió fortalecer a los primeros mientras destruía la posibilidad de mejoras para los segundos, y sin conseguir ser el Estado el motor de la economía, como pretendía.

La política exterior de Mussolini –múltiple a lo largo de dos décadas– centra la parte final del libro, así como la implicación en la guerra al lado de la Alemania nazi. Las excesivas ambiciones de Mussolini, la ruinosa guerra en Etiopía, la participación en la guerra civil española, el acercamiento a la Alemania de Hitler como modo de no aislarse ante el alejamiento de Gran Bretaña y Francia, y el salto al vacío desde 1940 (desastrosa campaña de Grecia, participación en las guerras de expansión alemanas en el Este europeo), fraguaron la caída del régimen. La popularidad que alcanzó Mussolini a lo largo de la década de 1930, especialmente tras la conquista de Etiopía, se malogró durante la Segunda Guerra Mundial, hasta el punto de que la caída de Mussolini fue más fácil de lo que se podía haber supuesto. En este sentido, Mussolini nunca pudo quitarse de encima la figura del rey Víctor Manuel III, al que despreciaba y consideraba una mera figura honorífica, pero con la autoridad necesaria para que pudiera destituirle cuando Italia ya caía por el abismo. La etapa final de Mussolini, como dirigente sin ánimos de una República Social Italiana en Saló, muestra al hombre abatido, el títere en manos de los alemanes.

De todo ello, y con un profuso aparato gráfico, se nutre este libro, completa y necesaria síntesis sobre el fascismo italiano. Esta reseña no le hará justicia, que quede claro, y es en su lectura, apasionante en la parte central, donde el lector hallará el enorme valor del libro. A ella encomiendo al lector curioso, al especializado en estos temas, al que se acerca con una cierta base.

dijous, 2 d’agost del 2012

La teoría y la política económicas tienen que aprender de la historia, de Alejandro Nadal en SinPermiso (29/07/12)


Nadie mejor que Keynes para describir las carencias de las visiones que el establishment en Europa tenía sobre la crisis en 1930. En su artículo “The Great Slump of 1930” (1) hace una crítica al análisis económico que imperaba ese año: “Estamos inmersos en un pantano, nos hemos equivocado por completo en el manejo de una máquina delicada cuyo funcionamiento no comprendemos”. Si Keynes regresara y pudiera observar el desarrollo de la tragedia europea de nuestros días, sólo cambiaría su texto original para enfatizar que la élite política europea nada aprendió de la historia, o aprendió las lecciones equivocadas.

El credo neoliberal se presenta ante el mundo como si sus dogmas fueran verdades absolutas. Lo cierto es que esas ideas son artefactos de guerra, máquinas de dominación para engañar y someter. Compete al análisis crítico desmontar estas piezas que sólo sirven para mantener el embuste y la opresión. Parte del trabajo de crítica debe basarse en el análisis histórico y por eso es importante revisitar los acontecimientos en Europa entre 1919 y 1933.

La historia comienza con la tenaz adhesión al patrón oro al concluir la Primera guerra mundial. Un arreglo que permitía la compra y venta del metal a un precio fijo, es decir, el patrón oro, parecía ser la forma de garantizar la estabilidad económica y los intercambios sin sobresaltos. Este esquema supuestamente promovía las virtudes del ahorro y la inversión, además de obstaculizar la manipulación monetaria por parte de gobiernos irresponsables. En su Breve tratado sobre la reforma monetaria Keynes (2) ya había comenzado la crítica del patrón oro y hasta le calificó de ser una “bárbara reliquia”. Pero la mentalidad que atribuía al patrón oro todo tipo de virtudes estaba lejos de darse por enterada de esas críticas. Por eso los responsables de los bancos centrales de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia e incluso Alemania coincidieron en que después de la guerra era urgente buscar el restablecimiento de dicho sistema. Pero del dicho al hecho hay un largo trecho. Después de la dislocación de la vida económica que había traído la conflagración, el retorno al patrón oro no era fácil. Una estrategia para restablecerlo pasaba por la deflación, otra por la devaluación. Inglaterra, Italia y Alemania siguieron el camino de la deflación. Aunque el proceso en Inglaterra fue algo más ordenado, en Italia y Alemania condujo directamente al ascenso del fascismo.

En su análisis sobre la Gran Depresión y el patrón oro, Eichengreen y Temin (3) citan al historiador Forsyth y relatan cómo en el caso de Italia la deflación condujo a fuertes niveles de desempleo, lo que fue aprovechado por Mussolini en una estrategia que culminó con su marcha sobre Roma. Así, mientras comenzaban a fluir los capitales y las inversiones hacia Italia, el fascismo italiano recogía los frutos del descontento provocado por las medidas para lograr ese resultado.

El caso de Alemania merece atención especial porque las lecciones de la historia que parece recordar el pueblo alemán son las equivocadas. Una referencia pertinente es el libro de Peter Temin, historiador de la economía y del cambio técnico. En su libro Lecciones de la Gran Depresión (4) Temin examina la evolución de los gobiernos de la alemana República de Weimar entre 1919-1933, y sus esfuerzos por enderezar una economía devastada por la guerra y los altos costos de las reparaciones impuestas por los aliados en el Tratado de Versalles. Tal y como lo había anunciado Keynes, las reparaciones impuestas sobre Alemania resultaron ser impagables. En 1921 Francia y Bélgica enviaron setenta mil tropas para ocupar el valle del Ruhr en represalia por la falta de pago, y los efectos fueron desastrosos. En reacción el gobierno alemán hizo un llamado a una huelga general. La resistencia fue sofocada con lujo de violencia por parte de las tropas francesas.

La economía se colapsó. La producción se redujo drásticamente y el desempleo se disparó (a más de 23%). La recaudación se desplomó y el gobierno recurrió a financiar su déficit a través de la monetización. Estaban dadas todas las condiciones para el episodio de híper-inflación que dejó una profunda cicatriz en las percepciones del pueblo alemán. Primera lección equivocada: se llegó a considerar que la hiperinflación confirmaba que el restablecimiento pleno del patrón oro se necesitaba urgentemente.

Para 1923 era evidente que la economía alemana estaba a punto de explotar. Estados Unidos e Inglaterra presionaron para aliviar la situación. En 1924 el famoso comité Dawes presentó sus recomendaciones para retirar las tropas francesas del Ruhr, recalendarizar el pago de reparaciones y reestructurar el banco central. El objetivo era dar un respiro a la economía alemana para que pudiera recuperar un ritmo de crecimiento aceptable. La prosperidad (algo artificial) de los años veinte le brindaba a Estados Unidos suficiente margen de maniobra para intervenir en la reconstrucción de la economía alemana: Washington comprometió una cantidad importante de recursos para invertir en la economía alemana.

Todo esto implicaba que cualquier descalabro en Estados Unidos significaría el colapso de la economía de la república de Weimar. Por otra parte, las recomendaciones del comité Dawes eran de corto plazo y la carga de las reparaciones siguió siendo un gravamen muy pesado. En 1929, poco antes del colapso en Wall Street, se estableció otro mecanismo para aligerar el peso de las reparaciones. El resultado fue el llamado plan Young, anunciado en 1930. Pero para entonces ya era demasiado tarde, pues era claro que Estados Unidos tendría que interrumpir el suministro de préstamos e inversiones que necesitaba la maltrecha economía de Weimar. Alemania nunca podría pagar las reparaciones.

Las autoridades en Berlín se manejaban dentro del marco de referencia de las finanzas ortodoxas y del sistema de pagos internacionales que imponía el patrón oro. Y tuvieron que responder a las restricciones que este entorno internacional imponía con una fuerte depresión interna. Hjalmar Schacht, presidente del Reichsbank y su sucesor, Hans Luther, aplicaron políticas restrictivas y mantuvieron la tasa de descuento muy por arriba de las tasas de Londres y Nueva York con el fin de reducir la pérdida de oro. Las autoridades fiscales fueron aún más agresivas en su afán deflacionario: desde principios de 1930 el canciller Heinrich Brüning mantuvo recortes fiscales brutales y una política deflacionaria (reducciones salariales y de la ayuda por desempleo) para restablecer un ‘equilibrio’ en el contexto del patrón oro.

En vista de que Alemania tenía que pagar sus cuentas externas con poder de compra equivalente en términos del patrón oro, el ajuste tenía que pasar por la deflación en el plano interno hasta alcanzar ese objetivo. Brüning consideraba que era indispensable sacrificar todo con el fin de mantener el flujo de créditos e inversiones desde Estados Unidos. Ese flujo llegaba a su fin por la crisis, pero Brüning se mantuvo aferrado a la política de austeridad creyendo que esas inversiones regresarían. Su política deflacionaria acabó por hacer añicos a la República de Weimar. Entre 1929 y 1932 el partido nacional socialista pasó de 12 a 107 diputados.

Los pilares de la política macroeconómica que hoy aplican los poderes establecidos frente a la crisis en Europa tienen sus equivalentes en ese trágico período entre las dos guerras mundiales. Los amarres que ahora impone la unión monetaria al estilo neoliberal se parecen en mucho a las restricciones que infligió antes el patrón oro. La exigencia de una disciplina fiscal en plena espiral descendiente tiene su equivalente directo en la política deflacionaria impuesta en Alemania para restablecer dicho patrón oro.

La exigencia de que los países del Mediterráneo europeo paguen la deuda que resulta de la expansión crediticia generada en y por el sistema bancario, tiene su equivalente en el apremio para el pago de reparaciones de guerra. Las ominosas frases de la señora Lagarde o de la canciller Merkel se parecen a aquélla sentencia de Clemenceau en 1919: “Exprimiremos al limón alemán hasta hacerlo rechinar”. Sólo que el limón a exprimir parece estar ahora en la cuenca del Mediterráneo.

La política restrictiva que hoy se impone sobre los países sometidos a “rescate” es la misma que se aplicó en Alemania al estallar la crisis de 1929, lo que llevó al desempleo masivo que alimentó todos los resentimientos frente al Tratado de Versalles y su odiado régimen de reparaciones.

La política de austeridad impuesta sobre Grecia, España, Italia, Portugal e Irlanda responde al mismo reflejo de una política de deflación y sacrificio de una generación que dio el tiro de gracia a la república de Weimar y sentó las bases para el ascenso del nazismo. Hasta las insinuaciones de lección de moral que se esconden detrás de las declaraciones de Merkel y Lagarde resultan similares a la “cláusula de culpa” que tenía el artículo 231 del Tratado de Versalles. Por medio de esa cláusula humillante Alemania aceptaba la responsabilidad de haber provocado todos los daños y de haber causado la guerra. El artículo 231 fue uno de los blancos favoritos del revanchismo alemán. Las frases de moralina del dúo Lagarde-Merkel ya son combustible para el resentimiento anti-germano en Grecia.

En síntesis, los acontecimientos y la retórica en los años 1919-1933 en Europa tienen paralelismos de pesadilla con los eventos que rodean el hundimiento de la Europa del euro hoy. El delirio de la política neoliberal en tempos de crisis llevará necesariamente a la destrucción de la economía europea. El paisaje político tendrá que modificarse. La tarea política de la izquierda es la de construir los caminos alternativos a esta pesadilla neoliberal.

Notas:
(1)    Disponible en www.gutemberg.ca/ebooks/keynes-slump)
(2)    A Tract on Monetary Reform, Collected Writings, Vol. IV. Londres: Palgrave Macmillan.
(3)    Eichengreen, B. y P. Temin, “The Gold Standard and the Great Depression”, NBER Working Paper Series”, no. 6060 (disponible en www.nber.org)
(4)    Temin, Peter. Lessons from the Great Depression, (MIT Press, 1989)
Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso
www.sinpermiso.info, 29 de julio de 2012

dissabte, 7 de gener del 2012

La periodista e historiadora francesa Diane Ducret publica «Las mujeres de los dictadores»

«Hitler o Stalin fueron casi sex-symbol»

PILAR MANZANARES/MADRID
ABC 05/01/2012

«Hitler o Stalin fueron casi sex-symbol»
Las hubo tan crueles como Jiang Qing, la cuarta esposa de Mao capaz de mandar deportar o torturar a otras mujeres por vestir ropas más elegantes que ella. O tan enamoradas como Clara Petacci, que prefirió morir antes que sobrevivir a su amante, Benito Mussolini. La periodista e historiadora francesa Diane Ducret habla de muchas de ellas y de sus relaciones más íntimas en «Las mujeres de los dictadores» (Aguilar).
- De las historias que cuenta en su libro, ¿cuál es su favorita?
- Hay tantas Cada una de estas mujeres es, a su manera, una especie de heroína romántica como las de las novelas del XIX. Pero seguramente fue Magda Goebbels la que tuvo un destino más terrible. Fue una mujer que creció con la cruz judaica y acabó su vida con la de Hitler. Ninguna otra hizo los sacrificios que ella llevó a cabo por amor. Envenenar a sus seis hijos, porque su apellido sería para ellos una maldición y no quería que pagasen por los crímenes de los que eran culpables ella y su marido ya marca la más grande tragedia del siglo XX, al menos para mí. Pero también destacaría las historias de Clara Petacci y de Inessa Armand.
- ¿Por qué?
- La primera porque creo que fue la más tonta, entre comillas. Clara Petacci estaba tan locamente enamorada de Mussolini que no era capaz ni de respirar sin él. De hecho, al final de su vida, cuando todo se acababa y le ofrecieron la posibilidad de escapar (en 1945) ella dijo: «Adonde va el maestro va el perro». Eso es terrible. La segunda, que fue la mujer no oficial de Lenin, me atrajo por ser la más feminista de todas. Estaba enamorada del hombre, de la ideología y de la libertad sexual. Fue una mujer muy adelantada a su época que lucho por los derechos de la mujer y que acabó siendo parte del triángulo amoroso junto a Nadia Krúpskaia, la verdadera esposa.
- Al investigar sobre ellas, ¿qué es lo que más le ha sorprendido?
- Sobre todo descubrir que hombres como Hitler, Mao o Stalin fueron casi sex-symbol. Adolf Hitler recibió más cartas de fans que Mick Jagger y The Beatles juntos. Y Mussolini, más de 30.000 al mes. Su seducción era total.
- Es difícil verles como unos seductores.
- Es verdad que cuando ves, por ejemplo, a Hitler piensas cómo este hombre pequeño, con ese bigotito y tan nervioso puede tener ese poder de seducción. Pues lo cierto es que trabajaron mucho sus imágenes. Hitler sabía qué poses le favorecían más cuando se ponía ante la cámara de Heinrich Hoffmann, su fotógrafo personal. Hay que tener en cuenta que él aprende a vestirse con mujeres -como Helen Bechstein, la rica esposa del heredero de los pianos Bechstein-.
- ¿Logró quitarle a Hitler los pantalones cortos de piel?
- Sí, él hasta entonces siempre había parecido un campesino austriaco que siempre y en todas partes llevaba los mismos pantalones cortos de cuero. Ella empezó por renovarle su vestuario y luego le inició en los buenos modales. Así aprendió la galantería de besar la mano a las mujeres y también aprendió a conocerlas. Él accedió porque desde el primer momento comprendió que si ellas tenían derecho a votar tenía que ponerlas de su lado.
- Con todo, es más fácil pensar que les atraía la erótica del poder.
- Sí, pero no se puede explicar todo el fenómeno así, sino ellas podrían haber elegido presidentes de república, reyes Hay una relación más destructiva, parecida al síndrome de Estocolmo donde la víctima acaba queriendo a quien le está haciendo daño. Hay una atracción tanto por Eros como por Tanatos que tiene que ver más con el peligro que con el poder.
- Eso que dice se ve muy claramente en el caso del matrimonio Bokassa, ¿no le parece?
- Sí, por supuesto. En el caso de Catherine ella es más que una esposa una prisionera en una caja de oro. Se llegó a acostumbrar a la poligamia de su celoso marido, pero quería seguir siendo la elegida mientras las demás deseaban compararse a ella en Bangui. Pero solo en París era la reina de su pequeño mundo porque él no estaba con ella. Esos son los únicos momentos en los que sus amigas la vieron feliz, hablando libremente y bebiendo cerveza. Luego la puerta de su caja de oro la abriría el presidente Giscard D'Estaing.
- No todas son así. Las hay tan fuertes y controladoras como Elena Ceaucescu, ¿influía mucho ella en su marido?
- Este es un caso muy raro de pareja en el poder que sólo se ve de nuevo con el matrimonio Milosevic, que estará en mi siguiente libro. Es imposible imaginar al uno sin el otro. En el caso de los Ceaucescu no se puede decir que Elena influyera en su marido desde el punto de vista ideológico, ya que ella apenas tenía una educación, pero sí lo hace en su cotidianidad. Ella fue la reina del mundo interior de Nicolae y la que dirigía sus relaciones con el mundo exterior, de modo que todo pasaba por ella.
- Es curioso que comienza el capítulo dedicado a ellos con la última jeringa de insulina que Elena llevaba para su marido, ¿mucho amor o dependencia?
- Esa es una buena reflexión, ya que muchas veces se confunden ambos. Son diferentes, claro, pero a veces es difícil separarlos. En este caso creo que ellos se querían, pero lo hacían desesperadamente. Lo eran todo el uno para el otro, de modo que vivían un amor vital, sin el que uno moriría. Por eso he querido comenzar el capitulo con esta imagen, porque es un símbolo de la relación entre ambos.
- Por cierto, ¿alguna de estas mujeres fue capaz de someter al dictador?
- Me gustaría poder decir que sí, pero no sería verdad. Es cierto que, por ejemplo, a Hitler Eva Braun a veces le hizo callar. Era algo que además a él le gustaba mucho. O que a Milosevic le toca pasar el aspirador, y en silencio cuando ella lo pide en ciertas ocasiones. Pero no se puede decir que haya ninguna que haya sometido al dictador, sólo que a veces a ellos les gusta ser victimizados.
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dilluns, 12 d’octubre del 2009

Katyn (cine histórico)



http://video.google.es/videosearch?hl=es&source=hp&q=katyn&lr=lang_es&um=1&ie=UTF-8&sa=N&tab=wv







TITULO ORIGINAL
Katyn
AÑO
2007
Ver trailer externo
DURACIÓN
115 min.
  Trailers/Vídeos
PAÍS

  (Novedad) Sección visual
DIRECTOR
Andrzej Wajda
GUIÓN
Andrzej Wajda, Andrzej Mularczyk
MÚSICA
Krzysztof Penderecki
FOTOGRAFÍA
Pawel Edelman
REPARTO
Andrzej ChyraMagdalena CieleckaArtur ZmijewskiDanuta StenkaMaja Komorowska,Wladyslaw KowalskiPawel MalaszynskiStanislawa CelinskaMarek KondratKrzysztof KolbergerKrzysztof Globisz
PRODUCTORA
Akson Studio
WEB OFICIAL
http://karmafilms.es/katyn/


2007: Nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa / Drama. II Guerra Mundial / SINOPSIS: Film histórico en el que se recuerda la masacre de 22.000 oficiales polacos -uno de ellos el propio padre del director Wajda- a manos del Ejército Rojo soviético en 1940, mientras la URSS invadía Polonia por el este, al tiempo que los alemanes lo hacían por el oeste. En Katyn -nombre del bosque cercano a Kiev (Ucrania) donde por orden de Stalin fueron asesinados los militares polacos- se narran los últimos días de estos oficiales y de sus familias, la angustia ante el destino incierto y la tragedia de un crimen que Rusia sólo reconoció, en 1990, tras la caída del comunismo. (FILMAFFINITY)


Fuente:http://www.filmaffinity.com/es/film120942.html

La Masacre de Katyn en Wikipedia



Monumento a la Masacre de Katyn erigido enWrocław, Polonia
La masacre de Katyn, también conocida como la masacre del bosque de Katyn (del polacozbrodnia katyńska, literalmente «crimen de Katyń») , fue la ejecución en masa de ciudadanospolacos (muchos de ellos oficiales del ejército, hechos prisioneros de guerra) por la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial. En el curso de la masacre, aproximadamente de 15.000[2] a 22.000[3] polacos fueron ejecutados en tres lugares de ejecución masiva durante la primavera de 1940.
El descubrimiento de las tumbas masivas por la Wehrmacht (ejército nazi) condujo a la rotura de las relaciones entre el gobierno polaco en exilio (con sede en Londres) y la Unión Soviética. La masacre fue empleada con fines propagandisticos por el régimen nazi, mientras que Stalinculpaba al régimen nazi de la autoría.1 No fue hasta 1990, bajo el régimen de Mijaíl Gorbachov, cuando se aclaró la responsabilidad de la Unión Soviética. Este hecho influencia hasta ahora las relaciones entre Polonia y Rusia.

Contenido

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Trasfondo [editar]

En principio la expresión se refiere a la masacre de los oficiales polacos confinados en el campo de prisioneros de guerra de Kozielsk2 en el bosque de Katyn, cerca del pueblo de Gnezdovo, a poca distancia de Smolensk, en la Unión Soviética. Más recientemente la frase se ha venido asociando a la muerte de aproximadamente 22.000 ciudadanos polacos, prisioneros de guerra de los campos de KozielskStarobielskOstashkov y presos de las cárceles del oeste de Bielorrusia y Ucrania, asesinados por orden de Stalin en el bosque de Katyn y las prisiones de KalininJárkov y otras ciudades soviéticas.


Cementerio de guerra de Katyn, puerta principal
Muchos polacos habían sido hechos prisioneros de guerra tras la invasión y la derrota de Polonia por los Nazis y la Unión Soviética en septiembre de 1939, una semana después de la firma del pacto secreto Pacto Molotov-Ribbentrop o pacto entre Hitler y Stalin. Muchos campos de prisioneros fueron usados para el internamiento de polacos capturados, incluyendo los campos de OstashkovKozielsk y Starobielsk. Los dos últimos fueron usados principalmente para oficiales, mientras que Ostashkov se usó, sobre todo, para exploradores, gendarmes, policías y funcionarios de prisiones.
El 5 de marzo de 1940, de acuerdo con una nota para Stalin preparada por Lavrenty Beria,3miembros del politburó soviético - StalinVyacheslav MolotovLázar KaganóvichMijaíl Kalinin,Kliment Voroshílov y Beria - firmaron una orden de ejecución de activistas "nacionalistas y contrarevolucionarios" mantenidos en campos y prisiones de la parte oeste ocupada deUcrania y Bielorrusia. Esto provocó el asesinato de unos 22.000 ciudadanos polacos, incluyendo unos 15.0004 prisioneros de guerra. La extensa definición de acusado incluyó un número significativo de miembros de lainteligencia polaca además de policías, reservistas y oficiales militares en activo.
El descubrimiento de la masacre precipitó la ruptura de las relaciones diplomáticas entre la Unión soviética y el gobierno polaco en el exilio enLondres en 1943. La Unión Soviética negó las acusaciones hasta 1990, cuando la URSS reconocíó que el NKVD fue responsable de la masacre y su encubrimiento.

Preparativos soviéticos [editar]



Los contornos de las fosas comunes fueron cubiertos con cuadros de caliza, como lápidas simbólicas
El 19 de septiembre de 1939, el Comisario de Seguridad del Estado de primer rango, Lavrentri Pavlovich Beria (el comisario popular para asuntos internos) llamó al Consejo del NKVD de la URSS para prisioneros de guerra e internos (dirigido por el Capitán de la Seguridad del Estado,Pyotr K. Sopruneko) y ordenó establecer campos para los prisioneros polacos. Fueron:Jukhnovo (estación de tren de Babynino), Yuzhe (Talitsy), KozelskKizelshchynaOranki,Ostashkov (Isla Stolbny en el lago Seliger, cerca de Ostashkov), Putyvli (estación de Tetkino),StarobielskVologod (estación de Zaenikevo) y el campo de Gryazovets.
En el período entre el 3 de abril al 19 de mayo de 1940, alrededor de 22.000 prisioneros de guerra y prisioneros comunes fueron asesinados. Cerca de 6.000 prisioneros de guerra del campo de Ostashkov, sobre 4.000 del campo de Starobielsk, 4.500 del campo de Kozielsk, y 7.000 prisioneros de la parte oesta de Bielorrusia y Ucrania.
Solo 395 prisioneros fueron salvados de la matanza. Fueron tomados de los campos de Yuknov y llevados a Gryazovets. Fueron los únicos que escaparon de la muerte.
Si bien los alemanes negaron conocer sobre esta masacre hasta 1943, un informe británico de la Oficina de Relaciones Exteriores de la post-guerra llega a sugerir que la masacre fue realizada por sugerencia o bajo complicidad alemana.5

Tecnología de la masacre [editar]



Ofrenda de Lech Kaczyński, presidente de Polonia, septiembre 2007
Hasta el 99% de los prisioneros restantes fueron subsecuentemente asesinados. Las personas de Kozielsk fueron asesinadas en el lugar habitual de ejecuciones en masa de Smolensko, llamado el bosque de Katyn. Las de Starobielsk fueron asesinadas dentro de la prisión del NKVD de Járkov y los cuerpos fueron enterrados cerca de Pyatikhatki; y los oficiales de policía de Ostashkov fueron asesinados en la prisión del NKVD de Kalinin (Tver) y enterrados enMiednoje.
Durante la vista de Dimitrii S. Tokarev, anterior jefe de la Junta del Distrito del NKVD en Kalinin, se ofreció información detallada acerca de las ejecuciones en la prisión del NKVD de Kalinin.
De acuerdo con Tokarev, los fusilamientos empezaban por la tarde y terminaban al amanecer. El primer transporte, el 4 de abril de 1940, trajo 390 personas, y los verdugos se encontraron con un trabajo duro por tener que matar a tantas personas en una sola noche. Los siguientes transportes no llevaron más de 250 personas. Las ejecuciones fueron realizadas con pistolas tipo Walther de fabricación alemana y suministradas por Moscú.
Las ejecuciones fueron metódicas. Después de revisar la información personal del condenado, éste era esposado y llevado a una celda aislada. Los sonidos de las ejecuciones eran enmascarados con máquinas ruidosas (tal vez ventiladores) durante la noche. Tras ser metido en la celda, la víctima era inmediatamente disparada en la nuca. Su cuerpo era sacado por la puerta de enfrente y depositado en uno de los cinco o seis vagones que esperaban, de donde era cogido el siguiente condenado. El procedimiento se desarrollaba cada noche, excepto en la fiesta del 1 de mayo.
Cerca de Smolensk, los polacos, con sus manos atadas a la espalda, eran conducidos a las fosas y disparados en la nuca.

Katyn - Un film testimonial de Andrzej Wajda [editar]

Andrzej Wajda, director y cineasta polaco que ya cuenta con 82 años, cree que su película Katyn sobre la masacre en los bosques de Smolensk será su última obra. Obra fue nominada para el Oscar al mejor film extranjero en 2008.
La película aborda un serio episodio de la historia polaca del siglo XX, pero relacionado con su propia historia familiar, ya que su padre, capitán del 72º regimiento de infantería, fue uno de los 22.500 polacos, civiles y militares, que fueron asesinados por las tropas soviéticas en el bosque de Katyn, una pequeña localidad cercana a Smolensk.
Andrzej Wajda dice: "Yo quería relatar una historia sobre algo que experimenté, sobre mi padre y mi madre. Todo ocurrió en una época que recuerdo aún: tenía 13 años cuando comenzó la guerra".
Hacer un film sobre Katyn habría sido imposible en la época comunista, ya que la imagen de los soviéticos estaba asociada a la liberación."...Sobre esa mentira reposaba la sumisión de Polonia a Moscú", dice Wajda. Contar esa doble historia, la de la mentira y los crímenes, que llevó a 42 años de padecimientos de los familiares de las víctimas; era un deber moral consigo mismo y con su país.6

Conclusiones [editar]

Con la intención de olvidar el incidente, distintos funcionarios rusos, polacos, ucranianos y bielorrusos investigaron. Sin embargo, nuevos documentos7 prueban como Stalin había asesinado a otros once mil polacos que vivían en las antiguas provincias orientales, anexionadas a laURSS. También tras la invasión del verano de 1941 fueron ejecutados otros tres mil prisioneros polacos.
... Yeltsin volvería a aparecer en una ceremonia oficial para colocar la primera piedra de un cementerio polaco en Katyn. Sin embargo, el presidente ruso no prosiguió con sus manifestaciones a pesar de lo sucedido. Señaló, por el contrario, que el terror propio del Estado totalitarioque había sido la URSS no sólo había afectado a los polacos, sino, fundamentalmente, a los ciudadanos de la antigua Unión Soviética. A continuación añadió que la cuestión no debía servir para erosionar las relaciones entre Rusia y Polonia."8
El presidente ruso consideraba que la culpa de este suceso no debiera caer sobre la nación rusa, sino sobre un sistema que había comenzado sus crímenes sobre sus propios ciudadanos. La aparición de nuevas fosas con fusilados polacos al este de los Urales, permite comparar ambos genocidios: socialista y nacional-socialista.9 En 1998Borís Yeltsin y Alexander Kwasniewski acordaron alzar sendos monumentos en Katyn y Mednoye.

Referencias [editar]

  1.  Comunicado alemán del 13 de Abril de 1943; Comunicado de Prensa de la agencia TASS de 15 de Abril de 1943. Citados en lamemorial wall/kmw romer.html declaración de Tadeusz Romer ante el Comité para Investigar la Masacre del Bosque de Katyn, 1952. En otras páginas de [1] se puede ver el uso propagandístico por parte de los alemanes, incluyendo las visitas forzosas de prisioneros de guerra británicos y norteamericanos.
  2.  Józef CzapskiEn Tierra Inhumana, Barcelona:Acantilado, 2008, pp. 116-117
  3.  Orden NKVD/794/B, Order of Execution by Stalin versión en inglés en wikisource
  4.  De los 8700 oficiales y 7000 oficiales soldados rasos recluídos, sobrevivieron unos 400, según Jósef Czapski: En Tierra Inhumana, Barcelona:Acantilado, 2008, p. 11
  5.  Katyn and the Soviet Massacre of 1940: Truth, Justice and Memory. George Sanford. Routledge, 2005. ISBN 0-415-33873-5, 9780415338738. Página 135.
  6.  Artículo en "La Nación"
  7.  César VidalParacuellos, Katyn, 2005, página 272
  8.  > César Vidal, página 272
  9.  R.G. Pikoya y Aleksandr Gieyszor, Katyn: plenniki neob iavlennoi voiny, Moscú, 1997. Selección de informes del NKVD en Polonia de 1944 a 1946

Enlaces externos [editar]