Nadie mejor que
Keynes para describir las carencias de las visiones que el
establishment
en Europa tenía sobre la crisis en 1930. En su artículo
“The Great
Slump of 1930” (1) hace una crítica al análisis económico que imperaba
ese año:
“Estamos inmersos en un pantano, nos hemos equivocado por
completo en el manejo de una máquina delicada cuyo funcionamiento no
comprendemos”. Si Keynes regresara y pudiera observar el desarrollo de
la tragedia europea de nuestros días, sólo cambiaría su texto original
para enfatizar que la élite política europea nada aprendió de la
historia, o aprendió las lecciones equivocadas.
El
credo neoliberal se presenta ante el mundo como si sus dogmas
fueran verdades absolutas. Lo cierto es que esas ideas son artefactos de
guerra, máquinas de dominación para engañar y someter. Compete al
análisis crítico desmontar estas piezas que sólo sirven para mantener el
embuste y la opresión. Parte del trabajo de crítica debe basarse en el
análisis histórico y por eso es importante revisitar los acontecimientos
en Europa entre 1919 y 1933.
La historia comienza con la tenaz adhesión al
patrón oro al concluir
la
Primera guerra mundial. Un arreglo que permitía la compra y venta del
metal a un precio fijo, es decir, el patrón oro, parecía ser la forma
de garantizar la estabilidad económica y los intercambios sin
sobresaltos. Este esquema supuestamente
promovía las virtudes del ahorro
y la inversión, además de obstaculizar la manipulación monetaria por
parte de gobiernos irresponsables. En su
Breve tratado sobre la reforma monetaria
Keynes (2) ya había comenzado la
crítica del patrón oro y hasta le
calificó de ser una “bárbara reliquia”. Pero la mentalidad que atribuía
al patrón oro todo tipo de virtudes estaba lejos de darse por enterada
de esas críticas. Por eso los responsables de los
bancos centrales de
Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia e incluso Alemania
coincidieron en que después de la guerra era urgente buscar el
restablecimiento de dicho sistema. Pero del dicho al hecho hay un largo
trecho.
Después de la dislocación de la vida económica que había traído
la conflagración, el retorno al patrón oro no era fácil. Una estrategia
para restablecerlo pasaba por la
deflación, otra por la
devaluación.
Inglaterra, Italia y Alemania siguieron el camino de la deflación.
Aunque el proceso en Inglaterra fue algo más ordenado, en Italia y
Alemania condujo directamente al ascenso del fascismo.
En su análisis sobre la Gran Depresión y el patrón oro,
Eichengreen y
Temin (3) citan al historiador
Forsyth y relatan cómo en el caso de
Italia
la deflación condujo a fuertes niveles de desempleo, lo que fue
aprovechado por Mussolini en una estrategia que culminó con su marcha
sobre Roma. Así,
mientras comenzaban a fluir los capitales y las
inversiones hacia Italia, el fascismo italiano recogía los frutos del
descontento provocado por las medidas para lograr ese resultado.
El caso de Alemania merece atención especial porque las lecciones de
la historia que parece recordar el pueblo alemán son las equivocadas.
Una referencia pertinente es el libro de Peter Temin, historiador de la
economía y del cambio técnico. En su libro
Lecciones de la Gran Depresión (4) Temin examina la evolución de los gobiernos de la alemana República de Weimar entre 1919-1933, y
sus esfuerzos por enderezar una economía devastada por la guerra y los
altos costos de las reparaciones impuestas por los aliados en el Tratado
de Versalles.
Tal y como lo había anunciado Keynes, las reparaciones
impuestas sobre Alemania resultaron ser impagables. En
1921 Francia y
Bélgica enviaron setenta mil tropas para ocupar el valle del Ruhr en
represalia por la falta de pago, y los efectos fueron
desastrosos. En reacción el gobierno alemán hizo un llamado a una huelga
general. La resistencia fue sofocada con lujo de violencia por parte de
las tropas francesas.
La economía se colapsó. La producción se redujo drásticamente y el
desempleo se disparó (a más de 23%). La recaudación se desplomó y el
gobierno recurrió a financiar su déficit a través de la monetización.
Estaban dadas todas las condiciones para el
episodio de híper-inflación
que dejó una profunda cicatriz en las percepciones del pueblo alemán.
Primera lección equivocada: se llegó a considerar que la hiperinflación
confirmaba que el restablecimiento pleno del patrón oro se necesitaba
urgentemente.
Para 1923 era evidente que la economía alemana estaba a punto de
explotar. Estados Unidos e Inglaterra presionaron para aliviar la
situación.
En 1924 el famoso comité Dawes presentó sus recomendaciones
para retirar las tropas francesas del Ruhr, recalendarizar el pago de
reparaciones y reestructurar el banco central. El objetivo era dar un
respiro a la economía alemana para que pudiera recuperar un ritmo de
crecimiento aceptable. La prosperidad (algo artificial) de los años
veinte le brindaba a Estados Unidos suficiente margen de maniobra para
intervenir en la reconstrucción de la economía alemana: Washington
comprometió una cantidad importante de recursos para invertir en la
economía alemana.
Todo esto implicaba que cualquier descalabro en Estados Unidos
significaría el colapso de la economía de la república de Weimar. Por
otra parte, las recomendaciones del
comité Dawes eran de corto plazo y
la carga de las reparaciones siguió siendo un gravamen muy pesado. En
1929, poco antes del colapso en Wall Street, se estableció otro
mecanismo para aligerar el peso de las reparaciones. El resultado fue el
llamado
plan Young, anunciado en 1930. Pero para entonces ya era
demasiado tarde, pues era claro que Estados Unidos tendría que
interrumpir el suministro de préstamos e inversiones que necesitaba la
maltrecha economía de Weimar. Alemania nunca podría pagar las
reparaciones.
Las autoridades en Berlín se manejaban dentro del marco de referencia
de las finanzas ortodoxas y del sistema de pagos internacionales que
imponía el patrón oro. Y tuvieron que responder a las restricciones que
este entorno internacional imponía con una fuerte depresión interna.
Hjalmar Schacht, presidente del
Reichsbank y su sucesor, Hans Luther,
aplicaron políticas restrictivas y mantuvieron la tasa de descuento muy
por arriba de las tasas de Londres y Nueva York con el fin de reducir la
pérdida de oro. Las autoridades fiscales fueron aún más agresivas en su
afán deflacionario: desde principios de 1930 el canciller Heinrich
Brüning mantuvo recortes fiscales brutales y una política deflacionaria
(reducciones salariales y de la ayuda por desempleo) para restablecer un
‘equilibrio’ en el contexto del patrón oro.
En vista de que Alemania tenía que pagar sus cuentas externas con
poder de compra equivalente en términos del patrón oro, el ajuste tenía
que pasar por la deflación en el plano interno hasta alcanzar ese
objetivo.
Brüning consideraba que era indispensable sacrificar todo con
el fin de mantener el flujo de créditos e inversiones desde Estados
Unidos. Ese flujo llegaba a su fin por la crisis, pero
Brüning se
mantuvo aferrado a la política de austeridad creyendo que esas
inversiones regresarían. S
u política deflacionaria acabó por hacer
añicos a la República de Weimar. Entre 1929 y 1932 el partido nacional
socialista pasó de 12 a 107 diputados.
Los pilares de la política macroeconómica que hoy aplican los poderes
establecidos frente a la crisis en Europa tienen sus equivalentes en
ese trágico período entre las dos guerras mundiales. Los amarres que
ahora impone la unión monetaria al estilo neoliberal se parecen en mucho
a las restricciones que infligió antes el patrón oro. La exigencia de
una disciplina fiscal en plena espiral descendiente tiene su equivalente
directo en la política deflacionaria impuesta en Alemania para
restablecer dicho patrón oro.
La exigencia de que los países del Mediterráneo europeo paguen la
deuda que resulta de la expansión crediticia generada en y por el
sistema bancario, tiene su equivalente en el apremio para el pago de
reparaciones de guerra. Las ominosas frases de la señora Lagarde o de la
canciller Merkel se parecen a aquélla sentencia de Clemenceau en 1919:
“Exprimiremos al limón alemán hasta hacerlo rechinar”. Sólo que
el limón a exprimir parece estar ahora en la cuenca del Mediterráneo.
La política restrictiva que hoy se impone sobre los países sometidos a
“rescate” es la misma que se aplicó en Alemania al estallar la crisis
de 1929, lo que llevó al
desempleo masivo que alimentó todos los
resentimientos frente al Tratado de Versalles y su odiado régimen de
reparaciones.
La política de austeridad impuesta sobre Grecia, España, Italia,
Portugal e Irlanda responde al mismo reflejo de una política de
deflación y sacrificio de una generación que dio el tiro de gracia a la
república de Weimar y sentó las bases para el ascenso del nazismo. Hasta
las insinuaciones de lección de moral que se esconden detrás de las
declaraciones de Merkel y Lagarde resultan similares a la “cláusula de
culpa” que tenía el artículo 231 del Tratado de Versalles. Por medio de
esa cláusula humillante Alemania aceptaba la responsabilidad de haber
provocado todos los daños y de haber causado la guerra. El artículo 231
fue uno de los blancos favoritos del revanchismo alemán. Las frases de
moralina del dúo Lagarde-Merkel ya son combustible para el resentimiento
anti-germano en Grecia.
En síntesis,
los acontecimientos y la retórica en los años 1919-1933
en Europa tienen paralelismos de pesadilla con los eventos que rodean el
hundimiento de la Europa del euro hoy. El delirio de la política
neoliberal en tempos de crisis llevará necesariamente a la destrucción
de la economía europea. El paisaje político tendrá que modificarse. La
tarea política de la izquierda es la de construir los caminos
alternativos a esta pesadilla neoliberal.
Notas:
(1) Disponible en
www.gutemberg.ca/ebooks/keynes-slump)
(2)
A Tract on Monetary Reform, Collected Writings, Vol. IV. Londres: Palgrave Macmillan.
(3) Eichengreen, B. y P. Temin, “The Gold Standard and the Great
Depression”, NBER Working Paper Series”, no. 6060 (disponible en
www.nber.org)
(4) Temin, Peter.
Lessons from the Great Depression, (MIT Press,
1989)
Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial de
SinPermiso
www.sinpermiso.info, 29 de julio de 2012