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dimarts, 12 d’octubre del 2010

¿Qué preguntaría un arqueólogo a un hombre que vivió hace un millón de años si pudiera hablar con él, aunque sólo fuera cinco minutos?

MAGAZINE 10/10/2010
http://www.magazinedigital.com/reportajes/los_reportajes_de_la_semana/reportaje/cnt_id/5151

Charla con el pasado

Texto de Rafael Lozano
Fotos de Àlex Garcia
¿Qué preguntaría un arqueólogo a un hombre que vivió hace un millón de años si pudiera hablar con él, aunque sólo fuera cinco minutos? ¿Cómo vivía, qué pensaba, cómo entendía el mundo? José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell, codirectores del Proyecto Atapuerca, reconstruyen para el Magazine la entrevista que les gustaría hacer a un Homo antecessor. Sus rastros hablan por él.
José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell flanquean la reproducción de un hombre de Neandertal que se exhibe en el Museo de la Evolución Humana de Burgos
Un hombre monta guardia a la entrada de una cueva. Un metro setenta, complexión grácil pero fuerte, postura erguida, actitud alerta. Su aspecto es primitivo, pero su constitución y su rostro no dejan lugar a la duda: es un hombre. Desde su privilegiado observatorio, en la loma de un monte bajo, contempla la amplia llanura que se extiende a sus pies, cruzada por un río ancho y caudaloso y salpicada de pequeñas lagunas y bosques espesos de pinos, robles, encinas y acebuches. Observa a los animales que pueden ser sus presas –no faltan en esta rica tierra caballos, bisontes, rinocerontes, ciervos e incluso hipopótamos– y localiza, con más ansiedad, a los que pueden cazarlo a él, pues cae la tarde, y a esa hora a lobos, osos, jaguares y tigres se les despierta el apetito. Y de vez en cuando echa un vistazo a los dos extraños que desde hace meses les miran, a él y al resto del clan, desde la linde del bosque, a una distancia prudencial que ha permitido a unos y a otros no sentirse mutuamente amenazados.

Esos dos individuos son investigadores que llevan una larga temporada estudiando a los habitantes de la cueva: sus cuerpos, su modo de relación, su forma de vida y mil detalles que han ido recogiendo en sus cuadernos de campo y en sus cámaras. Incluso han logrado hacerse una idea precaria del idioma que utilizan, en el que los gestos y las actitudes tienen tanta importancia o más que el limitado vocabulario.

Presumen que los miembros del clan se han acostumbrado ya a su presencia, e intuyen que quizás ha llegado el momento de intentar un acercamiento. Hoy puede ser el día: la caza ha sido buena, el grupo ha comido bien, y la mayor parte de los individuos dormita dentro de la gruta. Quizás sólo el guardián de la entrada esté despierto. Se deciden: salen de su precario escondrijo, cruzan el claro en dirección al hombre que, ahora entre alarmado y curioso, vigila cómo se le acercan, con una actitud y una postura que han aprendido que expresa sumisión, aquellos dos tipos de aspecto extraño que pretenden ­entrevistarlo. Quizás sólo queden cinco minutos para que caiga del todo la tarde, así que, sin perder tiempo, el más impetuoso de los entrevistadores lanza la primera pregunta:  –¿Por qué se come usted a sus congéneres?
Aspecto de la excavación en el yacimiento de Gran Dolina. En plena campaña, en el complejo de Atapuerca trabajan en torno a 150 personas, principalmente estudiantes, doctorandos y profesores
El guardián de la cueva
Al guardián de la puerta se le conoce hoy como Homo antecessor, y aunque la escena descrita es por completo imposible, principalmente porque murió –y vivió– hace un millón de años, el Magazine ha propuesto a los investigadores Eudald Carbonell y José María Bermúdez de Castro que se pongan en la piel de los dos viajeros en el tiempo y entren en el juego de entrevistarlo; no en vano ellos, como codirectores del Proyecto Atapuerca, en Burgos, son dos de las personas que más saben sobre cómo vivieron –y murieron– el guardián de la puerta y sus compañeros.

Carbonell –es él quien lanza la primera y peliaguda pregunta– describe al Homo antecessor como “un tipo duro, que antes de llegar a la edad adulta había visto ya mucha muerte y violencia a su alrededor”, un depredador total que no llevaba nada encima, usaba lo que encontraba cuando lo necesitaba, incluidas las herramientas de corte y de golpeo que utilizaba para procesar alimentos animales y vegetales antes de comerlos y luego abandonaba.

La cueva que custodiaba el hombre ya no existe; acabaron con ella el tiempo y los seres humanos. Hace milenios que la entrada desapareció, y la gruta, un gran hueco que el agua había perforado en el vientre de la montaña, se fue rellenando de sedimentos durante cerca de un millón de años hasta que no quedó ni un centímetro de altura libre. Mientras, el paisaje cambió varias veces, adaptándose las alteraciones de la temperatura de la Tierra. Lo que fue una ancha planicie salpicada de humedales y fuentes y cruzada por un río caudaloso es ahora un valle donde predominan los campos de cereal.

La ladera de la sierra fue hendida hace un siglo para labrar una trinchera por la que transitó fugazmente un ferrocarril minero. El lugar podría haber pasado inadvertido durante otro millón de años si no hubiera sido por esa obra, a la que hay que agradecer que dejara al descubierto estos riquísimos yacimientos y reprochar –aunque eran otros tiempos– que se llevara, en carros arrastrados por bueyes, la mitad de los sedimentos antiguos para arrojarlos desordenadamente en escombreras. Hoy esa cueva se conoce como el yacimiento de la Gran Dolina, y en ella aparecieron los restos de varios antecessor que fueron víctimas de un festín caníbal hace 800.000 años.
Bermúdez de Castro describe la sierra de Atapuerca de aquella época como “un lugar fantástico para vivir; en toda la Península no habría más de sesenta enclaves con sus características, con agua y comida abundantes. Este territorio había que disputarlo”.

La sierra de Atapuerca es el afloramiento rocoso más al noroeste de la cordillera Ibérica y una atalaya privilegiada sobre el corredor natural por el que, durante milenios, animales y humanos han transitado entre el valle del Ebro y la meseta. Cuando la cueva de la Gran Dolina era frecuentada por el antecessor, gozaba de una buena capacidad, y una de sus salidas tenía vistas al hoy valle –entonces llanura–, a poniente, lo que le garantizaba una buena iluminación de tarde, incluso en el interior.
Eudald Carbonell recorre a pie la trinchera del ferrocarril que hace un siglo dejó a la vista parte de los yacimientos de la sierra de Atapuerca
El hogar
Aun así, lo más probable es que sus habitantes no tuvieran un lugar fijo de residencia, una casa, sino que buscaran acomodo allí donde les sorprendiera la noche, y sólo ocasionalmente lo hicieran en la cueva, donde los restos se han podido conservar mejor. En palabras de José María Bermúdez de Castro, “no tendrían el concepto de hogar como nosotros, su hogar sería el territorio que dominaban. Si pudiera, yo les preguntaría cuánto territorio controlaban. Seguro que tenían referencias espaciales, porque eran territoriales. De alguna manera, delimitarían un área de unos 30 kilómetros cuadrados: dirían ‘hasta aquella montaña’, o ‘todo este valle’. Y sabrían que no deberían sobrepasar ese territorio por el motivo que fuera: porque más allá las condiciones ecológicas o climáticas no eran buenas, o porque entrarían en territorio de otra tribu. Otra buena pregunta es: ‘De dónde habéis venido’.

Pero no creo que supieran decirlo. En todo caso, podrían señalar en alguna dirección y decir: ‘De allí’. Pero no sabrían decir qué es ‘allí’”. “Lo que seguro que sí sabían –tercia Carbonell– es por qué habían venido aquí: ‘Porque hay agua, comida, piedras para tallar, porque hace sol’. Y si les preguntara cuánto se quedarían, también lo sabrían: ‘Hasta que el sol no caliente, hasta que no haya comida, hasta que empiece a llover’. Y seguramente podríamos preguntar adónde irían, y contestarían, por ejemplo: ‘Seguiremos el río, o el valle’.”

Más inconcretas aún serían las nociones temporales. Bermúdez querría saber “cuánto tiempo llevan viviendo aquí, porque nosotros no controlamos muy bien el factor tiempo en la prehistoria”. Los restos a los que accede un arqueólogo en un yacimiento como este, de hasta un millón de años, pueden haberse acumulado en pocos meses o en miles de años. Sin embargo, apunta Carbonell, “pensamos que no eran conscientes del tiempo, y que no sabrían responder”. “Otra cosa es que fueran conscientes de que sus antepasados habían vivido aquí –explica Bermúdez–. Tenían conciencia de quiénes eran sus antepasados, al menos hasta una o dos generaciones atrás. Pero no como nosotros, que hacemos el cálculo de las generaciones.” 
 
Un grupo trabaja en el yacimiento conocido como Galería
El clan
El grupo humano, el clan, sería en aquel tiempo una realidad comprendida y asumida por sus miembros. Se definiría por los individuos que lo componían y el territorio que dominaban, y sus individuos compartirían unas reglas de jerarquía y solidaridad que garantizarían, por ejemplo, la supervivencia durante la infancia.

“Si pudiera, preguntaría a una madre: ‘¿A qué edad destetáis a vuestros hijos?’. Probablemente, dirían que a los cuatro años, aunque ya pudieran estar dándoles otro tipo de alimentos: algún vegetal, médula de huesos, algo de carne. Nuestra niñez dura hasta los siete años, y en ellos debía de ser casi igual, o poco menos”; aunque hay que tener en cuenta que “el destete de chimpancés se produce a los cuatro años y medio; el de los gorilas, igual; el de los orangutanes llega hasta los ocho”, en humanos modernos, la lactancia se prolonga, en condiciones naturales, “más o menos lo mismo que en los chimpancés” explica Bermúdez.

“Yo les preguntaría cuántos hijos tenían –aporta Carbonell–, pero es probable que aún no fueran conscientes de la relación causa-efecto entre el acto sexual y la reproducción. En cambio, sí serían conscientes de cuántos eran en el grupo –un mínimo de siete u ocho– y de si había otros grupos en su entorno, en la misma sierra, y dónde estaban. También me gustaría llegar a la parte experimental, por ejemplo, hacerme amigo de un espécimen, macho o hembra, ver si la amistad existía entre ellos.” Por ejemplo, prosigue, “los chimpancés tienen afinidad, pero no amistad. Amistad quiere decir que compartes experiencias comunes, o distintas y convergentes, y que eres consciente de que compartes”. “Seguro que sí lucharían por la jerarquía”, añade Bermúdez.

“No sabemos si tenían el concepto de amor”, indica Carbonell, a lo que su compañero responde que “probablemente sí sentían afinidad tribal: si formas parte del grupo, no te atacan. El grupo se protege a sí mismo. Si hay lucha, es intertribal”. Bermúdez aventura que el antecessor podía sentir “incluso compasión; un ejemplo es el cráneo sin dientes hallado en Georgia”. Se refiere a un cráneo encontrado en el yacimiento de Dmanisi y perteneciente a un individuo que vivió hace 1,8 millones de años –un millón de años anterior a los restos de la Gran Dolina– y logró sobrevivir desdentado varios años, como demuestra el hecho de que los huecos ocupados por los dientes tuvieron tiempo de cicatrizar. “A ese espécimen o lo ayudaron con la comida o hubiera muerto”, razona Bermúdez, y añade: “Al morir un allegado, seguro que tenían sentimientos. ¿Cuánto? Pues seguro que más que un perro, pero menos que un humano actual”.
Un alto para reponer fuerzas a media mañana, a pie de excavación; el trabajo en los yacimientos es físicamente exigente
La menteBermúdez apunta con prudencia, como hipótesis por contrastar, que “estas poblaciones estaban en la transición de un modelo primitivo más parecido al de los chimpancés a un modelo moderno, y ya habían dado el salto definitivo” al comportamiento humano. Un dato importante para conocer su grado de humanidad sería saber “qué hacían con los muertos, si se los comían, si los abandonaban... –razona Car­bo­nell–, porque este sí es un comportamiento universal humano”. En todo caso, hay detalles de su actividad que requieren planificación, un rasgo que distingue al ser humano; por ejemplo, “tenían claro de un día para otro las zonas de caza”.

Además, indica Bermúdez, “las herramientas dicen muchas cosas sobre sus capacidades cognitivas. Por ejemplo, no utilizan una arenisca que se vaya a romper, buscan una apropiada o un sílex u otra piedra adecuada. Luego golpean de una manera sistemática que les permite hacer la herramienta que buscan, y siempre la misma herramienta.

Como nosotros ahora hacemos una silla a partir del concepto de silla, sea cual sea el material, ellos hacían herramientas a partir de un concepto preexistente”. Si sus herramientas eran toscas, era porque la tecnología avanzó muy lentamente, no porque no tuvieran capacidad para producir útiles más avanzados; hoy mismo, los miembros de tribus primitivas con herramientas toscas tienen la misma capacidad de abstracción que los que diseñan naves espaciales.

Por eso, Bermúdez les preguntaría “por la curiosidad sobre las cosas que observan en la naturaleza. Seguramente ya la tenían: el sol que sale, la luna que varía, el cambio de la oscuridad a la luz del amanecer ya les llamarían la atención, y si no reflexionaban profundamente sobre ello, al menos tenían la conciencia de que estaba pasando algo distinto, ya le daban vueltas a qué está pasando. No había una conciencia como la nuestra, pero se estaba construyendo”. “Pero, por ejemplo –remata Eudald Carbonell–, no sabrían nada de arte.”
Una de las proyecciones del Museo de la Evolución Humana muestra la reconstrucción del aspecto posible de un Homo heidelbergensis a partir de un cráneo hallado en Atapuerca
La supervivencia
La vida del Homo antecessor comportaba un estrés continuo. “Pese a lo que pueda parecer –explica Bermúdez–, el estrés es necesario para vivir. Si no estás medianamente estresado en medio de la sabana, no sobrevives. Necesitas estar alerta, y el estrés es la alerta que tiene cualquier animal para poder vivir, para buscar la comida o para huir si le amenaza un depredador.

Nosotros tenemos un nivel de estrés en muchas ocasiones exacerbado por el trabajo o los enfrentamientos con otras personas, y eso nos provoca enfermedades. Pero ellos tendrían el estrés justo y necesario para sobrevivir.” Por eso, “si les preguntáramos sobre el estrés, pensarían que somos tontos. En lugar de eso, podríamos preguntarles si tienen miedo a que se los coma un león u otra fiera. Seguro que contestarían que sí”, explica Carbonell.

Ambos científicos querrían aprovechar la ocasión para resolver enigmas sobre su alimentación y sus habilidades. Una de las mayores curiosidades de Carbonell sería preguntarles si sabían hacer fuego, “aunque no creo que supieran. Al menos, en Atapuerca no hay evidencias de hogares, apenas algún canto quemado en el yacimiento de la Sima del Elefante”, pero no está demostrado que esté ligado a aquella época y a la actividad humana. Tampoco está demostrado que utilizasen herramientas de madera, aunque Carbonell y Bermúdez están convencidos de que la respuesta sería afirmativa.

“Podríamos preguntarles qué vegetales comían, para determinar qué conocimiento tenían de la naturaleza. Y qué cazaban: ciervos, caballos, bueyes, bisontes. Y si combinaban el oportunismo con la caza”, enumera Bermúdez. Car­bo­nell responde: “Eran carroñeros, oportunistas y también cazadores. En un terreno lleno de fuentes como este, lo más fácil sería apostarse junto al agua y esperar que llegase un caballo, un hipopótamo, a beber…”.

Más allá de las preguntas, Bermúdez indica que “sería apasionante ver la agilidad que tenían cazando. Yo creo que tendrían una enorme agilidad y mucha fuerza. Aparte de que serían inteligentes y de que podrían cazar en grupo, socialmente. Comparados con otros animales, no correrían tanto como un ciervo, que tiene cuatro patas. Serían cazadores sociales, como los lobos, que cazan acorralando a la presa. En fuerza serían comparables a un chimpancé, que es muy fuerte”. “Si pudieran hacer analogías –aporta Carbonell–, dirían: ‘Somos sociales como los lobos, somos fuertes como un ciervo grande, pero somos más inteligentes que todos ellos”. 
 
Una investigadora examina una minúscula porción de suelo en uno de los yacimientos de la trinchera del ferrocarril. Además de huesos y herramientas de piedra, los arqueólogos extraen muestras de flora y fauna microscópica que ayudan a reconstruir el hábitat prehistórico
Las diferencias“Yo preguntaría a una mujer de su grupo si haría el amor conmigo –apunta Carbonell–, porque no hay tanta diferencia morfológica entre los antecessor y nosotros. Seguro que ellos nos reconocerían como humanos. Si pudiéramos meternos en el grupo y ser aceptados, no tendríamos ningún problema para convivir con ellos, incluso para intentar mandar dentro de la jerarquía del grupo.” “Probablemente verían en nosotros a alguien muy similar, alguien de otra tribu –lo respalda Bermúdez de Castro–. Somos muy parecidos anatómicamente. Estamos dentro de su rango de variación, o ellos dentro del nuestro: nuestros cráneos son de un tamaño parecido, y la diferencia se disimularía con el pelo. Y no les sorprendería ver a una persona de nuestra estatura.”

Ambos científicos están convencidos de que, pese a la lejanía en el tiempo, sería posible para un sapiens convivir con un antecessor, siempre que la integración en el grupo siguiera lo que Bermúdez llama el “modelo Tarzán: llega un sapiens y al cabo de un tiempo se integra. Y no hace preguntas, sencillamente se integra”. De hecho, “la distancia no sería tanta como la de Tarzán con los chimpancés, porque los sapiens estamos más cercanos a los antecessor en el árbol de la evolución. ¿Nos aceptarían dentro del grupo si no nos percibiesen como un peligro? Yo creo que sí. En cambio, al contrario sería imposible: los encerraríamos en un circo”. “Bueno –apostilla Carbonell–, seguro que si preguntáramos tanto no nos aceptarían.”
Queda por contestar la primera pregunta que lanzó Carbonell: “¿Por qué te comes a tus congéneres?”.
Las razones del caníbal
Las explicaciones de Carbonell y Bermúdez esbozan un ser que ya no es un animal, que planifica y reconoce a colaboradores y competidores, capaz de ser solidario, pero también feroz. Los rastros de antecessor que se han hallado en Atapuerca corresponden a individuos que fueron devorados por sus iguales. Las evidencias de ello se observan en los huesos fosilizados, surcados de muescas producidas por herramientas de corte rudimentarias –lascas de piedras–, y dan prueba de la práctica del canibalismo en época tan lejana. “La mayoría de los restos hallados son de niños y jóvenes –explica Carbonell–.

Creo que se debe a que de esta manera eliminaban a los competidores reduciendo la pirámide de población por su base.” Porque la razón de este comportamiento seguramente estaría en la competencia por el territorio: es probable que diferentes grupos lucharan en ocasiones para controlar este paraíso: “Cuando llega un grupo a un territorio, lo disputa al que ya está, y los individuos muertos en la lucha son devorados. Pero no hay una matanza continuada. Pueden haber pasado cientos de años entre un suceso y el siguiente”. Aun así, Carbonell plantea otra cuestión: “Cuando se comían a un humano, ¿eran conscientes de que se trataba de un igual? Yo creo que eran conscientes de que no era lo mismo que si el alimento era un animal”.
Carbonell y Bermúdez, fotografiados en el Cenieh, donde se restauran y conservan hallazgos de excavaciones en Europa, Asia y África; a su derecha, reproducción del cráneo de un Homo heidelbergensis hallado en Atapuerca
La reconstrucción
La reconstrucción de este imaginario encuentro es el resultado de un recorrido por las excavaciones de Atapuerca en compañía de Eudald Carbonell, en el que se tuvo acceso a los yacimientos de la trinchera del ferrocarril y la posibilidad de recabar opiniones y datos de otros miembros del equipo científico, así como de una extensa conversación con los dos codirectores en el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (Cenieh) de Burgos. La visita al Museo de la Evolución Humana de Burgos, pocos días antes de su inauguración, aportó datos para acabar de situar al personaje en su entorno.

En todo momento, Eudald Carbonell (Ribes de Freser, Girona, 1953; profesor en la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona) y José María Bermúdez de Castro (Madrid, 1952; profesor de la Universidad Complutense) se mostraron escrupulosos en cuanto a dejar claro lo peligroso que resulta moverse en el terreno de la especulación científica. “Nunca podríamos hacer a un Homo antecessor las preguntas científicas que nosotros nos hacemos”, advierte Bermúdez. Como científicos acostumbrados a tratar con datos objetivos y establecer hipótesis razonadas, expresaron sus objeciones a imaginarse una entrevista a un hombre de hace un millón de años del que sólo se conserva un centenar de restos óseos que, para más dificultad, pertenecieron a varios ejemplares y se acumularon en un lapso de tiempo imposible de precisar.

Sin embargo, su amplio conocimiento de la humanidad prehistórica (Bermúdez, doctor en Ciencias Biológicas, es especialista en paleoantropología, en tanto que Carbonell es doctor en Geología del Cuaternario y en Historia) y muy especialmente en los yacimientos pleistocenos de la sierra de Atapuerca, cuyas excavaciones dirigen junto a Juan Luis Arsuaga, los sitúan entre las pocas personas capacitadas para deducir con cierto margen de acierto lo que podía pasar por la mente de un antecessor.

La reconstrucción esquemática del paisaje, la flora y la fauna se ha extraído de dos libros: La sierra de Atapuerca, un viaje a nuestros orígenes, de Carlos Díez, Sergio Moral y Marta Navazo, del equipo de investigación de Atapuerca (Everest, 2009), y El mundo de Atapuerca, de Juan Luis Arsuaga (Plaza&Janés, 2004).
 
 
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divendres, 7 de maig del 2010

Somos un poco neandertales

El análisis genético de la especie más próxima a nosotros indica que hubo un ligero mestizaje - Se abre la puerta al conocimiento de lo que nos hace humano

MALEN RUIZ DE ELVIRA - EL PAÍS - 7 de Mayo de 2010

Los neandertales vivieron en Europa durante centenares de miles de años pero desaparecieron en mucho menos tiempo ante el avance de una nueva especie de homínido que salió de África, la única que existe ahora, la nuestra. Siempre nos hemos preguntado cómo se comportarían, qué capacidades tenían aquellos primos evolutivos, extinguidos antes de que se pintara la cueva de Altamira.



Investigadores con un esqueleto de neandertal

Investigadores con un esqueleto de neandertal

MAX PLANCK INSTITUTE-EVA | 06-05-2010
Svante Pääbo, a la derecha, con miembros de su equipo junto a un esqueleto de neandertal. Ir a la noticia » Neandertales y humanos modernos se cruzaron en Oriente Próximo
¿Eran capaces los neandertales de pensar simbólicamente, de fabricar adornos y amuletos, como piensan algunos expertos, o simplemente imitaban lo que veían en los invasores, como sugieren otros? Pero, sobre todo, nos preguntábamos si alguna vez los neandertales, que seguro que se aparearon con los recién llegados, con los que convivían a corta distancia en algunos lugares al menos, llegaron a tener descendencia no estéril. Hasta ahora, todo indicaba que no prolongaron su estirpe, pero la genética aporta ahora al conocimiento de los neandertales y de nosotros mismos un panorama distinto y más sugerente. El Homo sapiens, la especie vencedora en la historia evolutiva de los humanos, se hibridó con los neandertales que encontró cuando empezó a salir de África hace unos 80.000 años, aunque lo hizo probablemente durante poco tiempo. Esto es lo que cree el equipo internacional que ha conseguido secuenciar el genoma completo del neandertal, un gran proyecto que empezó hace cuatro años y cuyos resultados publica hoy la revista Science. Este logro no ha servido sólo para conocer cómo era la rama lateral de homínidos extinguida que habitó Europa hasta hace sólo 30.000 años, sino, sobre todo, para saber qué nos hace humanos. "Es genial saber que algunos de nosotros tenemos un poco de ADN del hombre de Neandertal, pero, para mí, la oportunidad de buscar evidencia de la selección positiva que ocurrió poco después de que las dos especies se separaran es probablemente el aspecto más fascinante de este proyecto", dice Svante Pääbo, el más reconocido experto en ADN fósil y director del trabajo. Los investigadores, entre ellos varios españoles, compararon el genoma del neandertal con los de cinco humanos de los cinco continentes de la época actual. Los resultados revelan que 78 genes (83 según otro método), de los más de 23.000 existentes, son probablemente distintos funcionalmente en los humanos y los neandertales, y que entre un 1% y un 4% del material genético humano moderno procede de la especie extinguida, lo que indica que sí hubo mestizaje. "Los neandertales son más parecidos a los humanos de otros continentes diferentes de África que a los africanos", explica Pääbo, del Instituto Max-Planck de Antropología Evolutiva (en Alemania). "Esto indica que la hibridación se produjo después de que el Homo sapiens empezara a salir de África, seguramente en Oriente Próximo y durante poco tiempo, antes de que evolucionaran las distintas ramas euroasiáticas". Se basa en que los modelos de población indican que cuando una población colonizadora se topa con una población residente, aún una pequeña cantidad de hibridación puede quedar ampliamente reflejada en el genoma de las poblaciones colonizadoras si esa población se expande entonces de manera significativa. De este modo, el porcentaje relativamente bajo de ADN de neandertal en el genoma del humano moderno sugiere que el mestizaje fue bastante limitado. Para el genoma completo, del que ahora se publica el primer borrador de un 60% del ADN, los científicos se han basado en tres pequeñas muestras, procedentes de tres huesos distintos, de entre 38.000 y 44.000 años de antigüedad, todos ellos del yacimiento de Vindija en Croacia. El borrador se complementó con la secuenciación parcial de otros tres neandertales, procedentes de la cueva del Sidrón (Asturias) -cuyo equipo participa en el proyecto-, Mezmaiskaya (Rusia) y Feldhofer (Alemania). Ha constituido un gran desafío técnico, debido al considerable peligro de contaminación de las muestras con el ADN del humano moderno, que es muy parecido al del neandertal, y a la gran cantidad de ADN de las bacterias y hongos que colonizaron los huesos fósiles y que ha habido que separar. La tecnología la ha puesto la empresa estadounidense 454 Life Sciences, del grupo Roche. "El flujo génico descubierto únicamente puede detectarse de neandertales a humanos modernos, por la dinámica expansiva de las poblaciones humanas modernas, pero no es descartable que fuera bidireccional. Por el contrario, no hay rastros de que hubiera flujo génico después, cuando nuestros antepasados entraron en Europa hace 40.000 años", explica Antonio Rosas, paleobiólogo del CSIC y miembro del equipo. El genoma neandertal presenta, además, otras regiones cromosómicas que podrían derivar de cruzamientos con homínidos más arcaicos, como Homo erectus u Homo antecessor, la especie más antigua de Atapuerca. El paleogenetista Carles Lalueza-Fox, también miembro del equipo junto a Marco de la Rasilla, Javier Fortea y Tomas Marques-Bonet, afirma: "Esta teoría es totalmente novedosa, y no se ajusta a ninguno de los dos modelos extremos tradicionalmente planteados y conocidos como hipótesis fuera de África e hipótesis multirregional. El primero postula una salida reciente fuera de África sin cruzamientos con otras especies humanas más arcaicas, mientras que el segundo postula una evolución local en cada continente a partir de una migración muy antigua, cercana a los dos millones de años. El nuevo modelo planteado por el genoma neandertal podría definirse como fuera de África con hibridación con neandertales en la salida". Entre los genes diferentes entre ambas especies están unos pocos que se propagaron rápidamente en la nuestra (mediante la llamada selección positiva) después de que los humanos y neandertales se separaran de un ancestro común, hace medio millón de años. Incluyen genes relacionados con el metabolismo, el desarrollo cognitivo y el del cráneo, la clavícula y la caja torácica. Hay otros relacionados con el autismo, la esquizofrenia y con el síndrome de Down. Los investigadores también usaron el genoma del neandertal para producir la primera versión de un catálogo de variaciones genéticas que existen en todos los humanos modernos pero que no se encuentran en los neandertales o en los simios. Aseguran que este catálogo será valioso para los científicos que estudian qué es lo que separa a los humanos de otros organismos. "Estas variaciones indican que son buenas mutaciones, beneficiosas de alguna forma en la evolución. Esto ilumina nuestra historia evolutiva, al identificar regiones del ADN candidatas a explorar para comprender lo que cambió en los humanos modernos desde que se separaron evolutivamente y por qué", resume Richard E. Green, de la Universidad de California, primer firmante del artículo que publica Science.

Así se mezclaron los humanos modernos y los neandertales

CSIC 06-05-2010 Escenario evolutivo de la interacción entre humanos modernos ('homo sapiens') y neandertales ('homo neanderthalensis'). La secuenciación genómica de estos últimos y su comparación con personas actuales sugiere que ambos grupos se hibridaron en Oriente Próximo hace unos 80.000 años durante un breve periodo de tiempo.

ANÁLISIS

La definición de humanidad

CARLES LALUEZA-FOX EL PAÍS 07/05/2010
 
Con los datos generados por el Proyecto Genoma Neandertal podemos empezar por fin a construir una definición objetiva de lo que significa ser humano. Este ideal, perseguido desde hace milenios por teorías filosóficas sin base empírica, puede acotarse estudiando aquellos genes que son diferentes entre los neandertales y nosotros.
De momento, el borrador genómico neandertal ha proporcionado un heterogéneo listado de 78 genes con cambios de aminoácido (que por tanto, presumiblemente, afectan a su función) entre ambos linajes humanos. En esta lista encontramos de todo, genes implicados en el metabolismo, en la cognición, en la fisiología, la morfología de la piel, el desarrollo esquelético o la percepción olfativa. Por ejemplo, tenemos el gen SPAG17, que interviene en el movimiento del esperma; no sabemos por qué los neandertales lo tienen distinto. También tenemos el RPTN, que codifica para una proteína que se expresa en la epidermis y la raíz de los cabellos, y el SOLH, cuya función todavía desconocemos. Hay cambios también en el AUTS2, que codifica para una proteína que se expresa en el cerebro durante el desarrollo neuronal. Este gen había sido identificado como causante de algunos casos de autismo. Otros genes asociados con el autismo, el ACCN1 y el CADP2, también parecen hallarse bajo selección positiva en humanos modernos, al igual que un gen implicado en los déficits cognitivos de los que sufren síndrome de Down (DYRK1A) y otro asociado a la esquizofrenia (NRG3). Todas estas evidencias parecen indicar que podría haber diferencias sustanciales en aspectos cognitivos entre nosotros y los neandertales. Pero un cambio genético no nos informa directamente de su repercusión en la función en el organismo vivo. Para poder entender el listado de humanidad deberemos llevar a cabo estudios funcionales con cada uno de estos genes, si es preciso mediante la neandertalización de ratones (es decir, creando ratones transgénicos con genes neandertales). Este trabajo durará muchos años, pero nos permitirá entender al fin en qué somos diferentes de los otros humanos del pasado, en qué somos únicos. Nos permitirá, en cierta manera, ser nosotros mismos.
Carles Lalueza-Fox es investigador del Instituto de Biología Evolutiva (CSIC-UPF).

dijous, 27 de març del 2008

DESCUBRIMIENTO CRUCIAL: El Homo antecessor en Europa hace 1.200.000 de años

REPORTAJE DE "EL MUNDO"


ESTUDIO PUBLICADO EN LA REVISTA 'NATURE'

Hallan en Atapuerca la mandíbula del homínido europeo más antiguo

  • El descubrimiento se produjo en el yacimiento burgalés de la Sima del Elefante
  • Junto al fósil se desenterraron herramientas de piedra y huesos de animales

Vídeo:

http://www.elmundo.es/elmundo/2008/03/26/ciencia/1206550263.html?a=1541a38fb00d83608b803f46bd9ce750&t=1206625563

Turkana Films


Actualizado jueves 27/03/2008 11:33


ROSA M. TRISTÁN

MADRID.- Los paleontólogos que trabajan en la Sierra de Atapuerca hallaron, en la última campaña, una mandíbula humana de hace 1,2 millones de años que confirma que en la sierra burgalesa habitaron los primeros homínidos que pisaron Europa y allí experimentaron una evolución propia.

El descubrimiento tuvo lugar el 30 de junio pasado en el nivel TE9 de la Sima del Elefante, justo un día después de que se presentara a la prensa un primer diente, del mismo individuo.

Junto a este fósil aparecieron unas herramientas de piedra, utilizadas por este homínido burgalés para alimentarse, y restos óseos de los animales que le sirvieron de comida.

Hasta ahora, la evidencia fósil más antigua de presencia humana en Atapuerca, y en Europa, era de hace unos 800.000 años, en el nivel TD6 del yacimiento de la Gran Dolina, a 200 metros de la Sima. Los fósiles se atribuyeron, en 1994, a una nueva especie denominada 'Homo antecessor', cuya existencia aún genera polémica en la comunidad científica.

Los investigadores, de forma provisional, atribuyen el nuevo fósil también a esta especie, aunque tiene 400.000 años más.

Eudald Carbonell, codirector de las excavaciones y uno de los autores del trabajo, al que dedica su portada la revista 'Nature', explica que "por sus características morfológicas este homínido procede de las poblaciones de 'Homo georgicus' encontradas en Dmanisi, con una antigüedad de 1,8 millones de años".

"La mandíbula confirma que ya la primera salida de África tuvo éxito y evolucionó dentro del propio continente. Es el fósil del primer europeo", asegura el paleontólogo catalán a elmundo.es.

Carbonell añade que, de momento, no se sabe si este probable 'Homo antecessor' evolucionó más adelante en Europa hacia los neandertales o si desapareció, si bien se muestra convencido de que "en 30 ó 40 años el árbol evolutivo europeo estará completo".

Un diente, primera pista

El hallazgo de la mandíbula estuvo precedido, días antes, del de una pieza dental en el mismo nivel del yacimiento, que fue datado con las últimas técnicas en una antigüedad de 1,2 millones de años.

Portada de 'Nature' con el hallazgo de la mandíbula. (Foto: 'Nature')

Portada de 'Nature' con el hallazgo de la mandíbula. (Foto: 'Nature')

Las 32 herramientas de sílex descubiertas junto al fósil fueron realizadas dentro de la cueva con un material que es común alrededor de la cueva. Son lascas de entre 30 y 75 milímetros que fueron utilizadas para aprovechar la carne de algunos hervíboros y están realizadas con una tecnología muy primitiva.

Los utensilios coinciden con los que han aparecido en los yacimientos de Fuente Nueva y Barranco León, en Orce (Granada), y en otros yacimientos europeos en los que hay vestigios de presencia humana, pero no restos.

"Parece que los homínidos que salieron de África hacia Próximo Oriente evolucionaron luego hacia el 'Homo erectus' en Asia y el 'Homo antecessor' en Europa", argumenta Eudald Carbonell.

Sin embargo, Manuel Domínguez-Rodrigo, paleontólogo de la Universidad Complutense de Madrid, cree que la mandíbula puede encajar en más de una especie de humanos primitivos. "Es arriesgado atribuirla a 'Homo antecessor', un taxón que aún se discute. Lo que está claro es que es el resto humano más antiguo de Europa, que sus rasgos son primitivos y que abre las puertas a hallazgos que lleven esa presencia hasta 1,5 millones de años", declara el investigador.

Es la segunda vez que el equipo de Atapuerca, Premio Príncipe de Asturias de Investigación. consigue una portada de 'Nature'. La primera fue en 1993, sobre un cráneo excavado en la Sima de los Huesos.




REPORTAJE DE "EL PAÍS"

FOTOGALERÍA:

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El europeo del millón de años

Descubierto en Atapuerca el resto humano más antiguo de Europa - El hallazgo obliga a revisar la teoría de que el hombre evolucionó sólo en África

MÓNICA SALOMONE - Madrid - 27/03/2008

Es sólo un fragmento de mandíbula, pero ya ha puesto en duda la visión hasta ahora más aceptada sobre la evolución humana del último millón y medio de años. Es un fósil hallado en el yacimiento de la Sima del Elefante, en Atapuerca (Burgos), en junio del año pasado, y su importancia estriba en su edad. Con al menos 1,2 millones de años es el resto humano más antiguo del que se tiene noticia en Europa. De él extraen los investigadores varias conclusiones.

La primera, que hay presencia humana en Europa mucho antes de lo que se pensaba hasta ahora; la segunda -unida a la anterior-, que en este continente pudieron originarse no sólo los neandertales, como se creía, sino también especies como el Homo antecessor, posible antepasado común de los neandertales y nosotros, el Homo sapiens.

"Hasta ahora se creía que la única aportación de Europa a la evolución humana era una especie muy inteligente pero fallida, los neandertales. Ahora vemos que pasaron muchas más cosas", explica Juan Luis Arsuaga, del Centro de Investigación de Evolución y Comportamiento Humanos y codirector de las excavaciones en Atapuerca junto con Eudald Carbonell (Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolucio) y José M. Bermúdez de Castro (Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana).

Estos investigadores, junto a otros 27 firman hoy el artículo en el que presentan su hallazgo en Nature, que le dedica además la portada. El titular es: "¿El primer europeo? La mandíbula que sitúa a los humanos en España hace más de un millón de años".

El nuevo fósil es una "sorpresa", según Arsuaga. "Creíamos que habíamos encontrado ya todos los fósiles humanos de Atapuerca. Y nadie esperaba hallar restos tan antiguos en Europa".

El hueso no es una mandíbula completa sino su región anterior, la parte que incluye lo que en los humanos actuales es el mentón. Conserva algunos dientes, además de un segundo premolar inferior encontrado días antes. Se han hallado además 32 útiles de sílex de la misma época. Son lascas simples, de entre 30 y 75 milímetros. Con ellas se aprovechaba la carne de grandes herbívoros.

Las implicaciones de este hallazgo para la visión general de la evolución humana pueden ser importantes. Tras décadas de debate, la teoría más aceptada hoy es que los humanos aparecieron y evolucionaron en África, continente del que fueron emigrando en diferentes oleadas. Se considera probado que el Homo sapiens (nosotros) salió de África hace menos de 100.000 años y se extendió por el planeta, sustituyendo a otras especies humanas ya asentadas. Los neandertales, en Europa, fueron una de ellas (hoy está claro también que neandertales y sapiens son especies distintas).

Pero este fósil de 1,2 millones de años podría estar indicando que no sólo fue África el lugar donde evolucionaron especies que forman parte del linaje del Homo sapiens. "Quizás hay que pensar que hubo otros centros de producción, que hubo ondas evolutivas en diferentes direcciones", señala Arsuaga, uno de los directores de las excavaciones.

Hasta ahora el título de primeros europeos lo tenían fósiles también de Atapuerca, datados en 800.000 años. Son de la especie Homo antecessor y fueron hallados en 1994 en la Gran Dolina. Esta especie tiene rasgos antiguos pero también muy modernos; los investigadores han descrito la cara del llamado niño de la Gran Dolina como parecida a la nuestra, plana y grácil, pero su frente tenía cejas con un reborde óseo muy robusto y sus dientes también eran muy primitivos. La opinión de Arsuaga es que Homo antecessor es antepasado común nuestro y de los neandertales.

Entonces entra en escena esta mandíbula, catalogada "provisionalmente", como Homo antecessor. Eso implicaría que "el poblamiento de Europa se produjo mucho más rápido y de forma más continuada de lo que se creía hasta ahora", como escriben en Nature. Pero además se refuerza la idea de que Homo antecessor apareció en Europa, y no en África.

Ahora bien, si Homo antecessor es antepasado nuestro y hace al menos 1,2 millones de años estaba en Europa, y si el hombre moderno salió sin duda de África hace menos de 100.000 millones de años... "Entonces obviamente el Homo antecessor tuvo que volver a África" y evolucionar en Europa, indica. De comprobarse, Europa habría aportado al esquema de la evolución humana una especie integrada en nuestro linaje. Es una visión "distinta" de la aceptada hasta ahora, admite Arsuaga, pero "nuestro trabajo consiste en establecer relaciones entre los fósiles atendiendo primero a la morfología, y después a la geografía. Primero tenemos que saber quién es hijo de quién, y después adónde emigraron".

Un pariente en el Cáucaso

El estudio de la morfología y la datación resultan claves para colocar el nuevo fósil en el mapa de la evolución humana. La mandíbula, afirman los investigadores en una nota de prensa, tiene un "aspecto primitivo" que recuerda a fósiles africanos más antiguos y, en especial, a los hallados en el Cáucaso. Esta región fue un auténtico cruce de caminos entre Europa y Asia para los primeros humanos, y allí se han encontrado fósiles humanos de hace 1.700.000 años relacionados con la primera expansión demográfica fuera de África.El espécimen de la Sima del Elefante tiene "muchas similitudes" con las mandíbulas encontradas en el yacimiento de Dmanisi, en Georgia, dicen los investigadores. Pero también tiene muchas diferencias, según comenta Juan Luis Arsuaga. "Esta mandíbula es mucho más grácil, más moderna, si me apuras, que los fósiles del Cáucaso; es más parecida al Homo antecessor".El que la nueva mandíbula presente rasgos primitivos como los que se ven en Dmanisi, y también (relativamente) modernos como los de antecessor, ¿significa que su dueño descendía de los pobladores más antiguos del Cáucaso? No se sabe. Los investigadores sí creen que los antepasados del Homo antecessor llegaron de África pasando por el Cáucaso, pero aún no pueden establecer las relaciones de parentesco con los fósiles hallados en esa región. Si el humano de hace 1,2 millones de años en Atapuerca desciende de los de 1,7 de Dmanisi "debió ir evolucionando por el camino, porque los rasgos son muy distintos", insiste Arsuaga.Respecto a la datación, se ha hecho recurriendo a tres métodos: el paleomagnetismo, basado en los cambios periódicos de polaridad de la Tierra; la paleofauna, en concreto fósiles de pequeños mamíferos, como mustélidos y varias especies de roedores, y una técnica reciente que analiza el efecto de los rayos cósmicos -partículas que llegan a la superficie terrestre procedentes sobre todo del Sol- sobre determinados componentes del suelo. Con los tres métodos sale una edad de 1,2 millones de años, aunque "es una estimación conservadora", dice Arsuaga, que apuesta por los 1,4 millones de años. La paleofauna indica además que el clima era por entonces templado y húmedo.Los investigadores valoran este hallazgo como "un paso más en las investigaciones que se realizan desde hace 30 años en la sierra de Atapuerca y un avance importantísimo en el objetivo de conocer la antigüedad, naturaleza y protagonistas de las primeras ocupaciones humanas de Europa".