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diumenge, 16 d’octubre del 2016

¿Desde cuándo existe España y la nación española? en ABC

San Isidoro de Sevilla eleva a España a la categoría de Primera Nación de Occidente en su libro «Historia Gothorum»: «De cuantas tierras se extienden desde el Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sagrada y feliz España, madre de príncipes y de pueblos» 

César Cervera - C_Cervera_M
«La nación hispana o la Hispania Universa, no supo unirse contra Roma. Defendida por los Pirineos y el mar habría sido inaccesible. Su pueblo fue siempre valioso pero mal jerarquizado», Lucio Anneo Floro, historiador latino.

Hispania, que procede probablemente de la palabra fenicia «I-span-ya» («Tierra de metales»), fue la denominación que los romanos pusieron a la región romana que ocupaba la totalidad de la Península Ibérica. Como es habitual con los nombres elegidos por los romanos, la delimitación no respondía a la realidad tribal y se trataba de una decisión meramente geográfica. Hoy en día, aquella provincia romana está ocupada por tres entidades políticas distintas, Portugal, España y el Principado de Andorra, cuyas formas actuales costaron siglos de luchas y alianzas.

El sueño de una Hispania cristiana

Si bien la Monarquía visigoda buscó la creación de un único reino en toda la Península Ibérica, los visigodos tuvieron que compartir originariamente el territorio con los suevos, instalados en el noroeste («Galliciense Regnum»), y los bizantinos, que controlaban zonas del sur. Por esta razón, tras unificar la mayor parte del territorio de la España peninsular a fines del s. VI, el rey Leovigildo solo pudo proclamarse monarca de «Gallaecia, Hispania y Narbonensis».
Pero no desistieron los visigodos en su empeño de crear conciencia de una única monarquía cristiana, como bien recogen las obras históricas del arzobispo San Isidoro de Sevilla. Este clérigo hijo de padre hispanorromano y de madre goda eleva a España a la categoría de Primera Nación de Occidente en su libro «Historia Gothorum»: «De cuantas tierras se extienden desde el Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sagrada y feliz España, madre de príncipes y de pueblos». El texto de San Isidoro de Sevilla se convirtió en lectura obligatoria para todos los príncipes cristianos que habitaron la península durante la Edad Media. Era el viejo sueño aparcado.
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«Conversión al cristianismo de Recaredo» de Muñoz Degrain (1888).
Esa idea de una única entidad «hispana» pervivió en la mitología e imaginario de los escasos núcleos donde la invasión árabe no consiguió penetrar. Pocos años después de la batalla de Guadalete, en el 711, nada quedaba del Reino Visigodo, salvo pequeños reductos liderados por nobles norteños. A partir de este punto, la denominación de España se entendía, según el bando, como los reinos cristianos o como la zona musulmana. Por ejemplo, en tiempos del rey Mauregato de Asturias fue compuesto el himno «O Dei Verbum» en el que se califica al apóstol Santiago, patrón de la España cristiana, como «dorada cabeza refulgente de “Ispaniae”».

Unión de reinos con los Reyes Católicos

Los reinos medievales eran estructuras débiles y poco unificadas. No fue hasta el comienzo de la Edad Moderna, con la reducción del poder de la nobleza y el clero, cuando surgieron los embriones de los estados modernos por toda Europa. El intento español corrió a cargo de los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, que unificaron las dos coronas más poderosas de la península en 1469 y cuyos descendientes heredaron una algarabía de reinos ibéricos, también Navarra y Granada, que se conocían, entre otras denominaciones, como «las Españas». El Descubrimiento de América y la Conquista de Granada, ambos hechos acontecidos en 1492, están considerados simbólicamente como el origen de la España moderna.

Sin embargo, en opinión de muchos historiadores la unión dinástica no es un hecho suficiente para hablar de una única entidad política porque ni siquiera existía una integración jurídica. Los Reyes Católicos unificaron la política exterior, la hacienda real y el ejército, pero lo hicieron respetando los fueros y privilegios de cada uno de sus reinos.
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Cristóbal Colón tomando posesión de las Indias Occidentales
«A mediados del siglo XV, en la Península Ibérica no quedaban más que cuatro reinos cristianos: Portugal, Castilla, Aragón y Navarra. Los cuatro se consideraban originales, distintos, pero hermanos: todos eran españoles. A pesar de las diferencias políticas, existía una solidaridad indudable, compartían la idea de reconstituir la unidad política perdida. Los enlaces matrimoniales estaban destinados a recuperar la unidad peninsular y la boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, en 1469, puso los cimientos de ese proceso», argumenta en sus estudios el hispanista Joseph Pérez, quien no duda, sin embargo, en otorgar una configuración, identidad y conciencia de España a partir de la unión dinástica.

De una forma u otra, la palabra España perdió su significado meramente geográfico con la unión dinástica. Aunque todavía no se puede hablar de solo un reino, la dinastía de los Habsburgo utilizó entonces la designación de Rey de España para hacer referencia a sus posesiones en la Península Ibérica. Así, Felipe II es denominado desde su nacimiento Príncipe de España.
Los castellanos suponían el 80% de la población y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular
A raíz de esta unión dinástica y de estas nuevas titulaciones comenzaron a surgir voces críticas contra la preeminencia de Castilla sobre el resto de reinos que formaban España. Los historiadores catalanes han acusado tradicionalmente a Castilla de apropiarse de la identidad española. Las razones son evidentes. Los castellanos suponían el 80% de la población y ocupaba tres cuartas partes del territorio peninsular en el momento de la unión dinástica. No es de extrañar, por tanto, que el timón de esta nueva entidad tuviera protagonismo castellano, así como que los escritores castellanos de la época no hicieran distinción entre castellanos y españoles.

El historiador Henry Kamen, en su libro «España y Cataluña: Historia de una pasión», recuerda que no se trata de un fenómeno aislado puesto que «en otros países de Europa los regentes políticos del centro territorial, económico o político han tendido siempre a identificarse como el verdadero estado y despreciar a las zonas periféricas».

De monarquías-Estado a Estado-nación

Con la llegada de la dinastía de los Borbones, Felipe V se puso al frente por primera vez del «Reino de España». Hasta entonces no había existido ese término. Pero una cosa es la fundación del reino, y otra la de un estado-nación español tal y como lo entendemos hoy en día. Aquel fue un proceso mucho más lento, que exigió dos siglos de un intenso intercambio cultural y comercial entre las regiones españolas. 


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Felipe V de España por Hyacinthe Rigaud
La mayoría de historiadores apuntan a la Guerra de Independencia, en concreto a la Constitución de Cádiz de 1812, como el nacimiento de la idea de España como nación. En plena invasión napoleónica, la promulgación de una constitución de corte liberal dejó recogido en su artículo 1 a la «Nación española» como «la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». El resto del convulso siglo XIX dio forma –con la pérdida de las colonias, las Guerras Carlistas y las sucesivas crisis políticas– al concepto de nación española que tenemos en la actualidad.

Este proceso fue similar en el resto de Europa, donde la caída del Antiguo Régimen sustituyó a los Estado-imperio, ciudades-Estado y monarquías-Estado por los Estado-nación. El cambio de paradigma queda retratado en cómo las sucesivas ediciones del Diccionario de la lengua española modifican radicalmente el concepto de «nación». En 1780, era «la colección de habitantes de alguna provincia, país o reino»; mientras que un siglo después, en 1881, era «el estado o cuerpo político que reconoce a un centro común supremo de gobierno».

Este proceso de crear una identidad nacional tuvo un enorme éxito en sus orígenes en la mayoría de territorios españoles, sobre todo en los más industrializados, véase Cataluña y el País Vasco, pero sufrió varias anomalías en su fase intermedia. El enclenque desarrollo de la red ferroviaria, de la escuela (un gran factor de cohesión) y la mala salud del ejército a finales del siglo XIX terminaron manifestando el descontento de algunos sectores dirigentes frente a ese estado nación español. En Cataluña, los industriales textiles perdieron mucho volumen de negocio con la caída de las últimas colonias y decidieron hacer una apuesta hacia otros proyectos de nación. Ese es el origen delos nacionalismos excluyentes periféricos, que no del independentismo, siempre marginal acaso hasta fechas recientes.

diumenge, 23 de maig del 2010

"La Guerra de Sucesión marcó la entrada de España en la decadencia" (debate hsitoriográfico Almansa - Martínez Shaw - Kamen)

ALBAREDA, J.: La Guerra de Sucesión de España: 1700-1714 (Crítica)

CARLES GELI EL PAÍS 22/05/2010


El historiador rompe tópicos sobre el episodio bélico cuya esencia ha estado oculta por "tanta carga ideológica" y sostiene que los vencedores fueron Inglaterra y los Borbones
Fue, bien mirado, la primera guerra mundial (implicó a casi toda Europa y parte de América) y, después de la Guerra Civil de 1936, el episodio de la historia de España más ideologizado. Se trata de la Guerra de Sucesión. El historiador Joaquim Albareda (Manlleu, Barcelona, 1957) lleva desde 1985 a vueltas con el tema, como demuestra la bibliografía de su recién La Guerra de Sucesión de España: 1700-1714 (Crítica): más de 600 referencias. Leído todo, digerido como pocos y rebuscada la documentación en 18 archivos de cinco países, su último libro pasa por ser, hoy, de los mejores compendios sobre el episodio, con tres ideas de las que rompen tópicos: no fue una guerra dinástica ni entre los nacionalismos catalán y español; la victoria borbónica no comportó la modernidad de España y el único que ganó fue Inglaterra.

La Guerra de Sucesión de España (1700-1714).

La Guerra de Sucesión de España (1700-1714).
Joaquim Albareda.
Crítica. Barcelona, 2010.
592 páginas. 29 euros.

PREGUNTA. Leído su libro, uno tiene la sensación de que la Guerra de Sucesión española se ha enseñado muy mal.
RESPUESTA. El problema es que es un episodio al que se ha vertido tanta carga ideológica que ha ocultado su esencia. Ya no se puede explicar como una guerra estrictamente dinástica. Y tampoco en clave nacionalista en términos actuales porque no responde a la realidad de la época.
P. ¿Entonces?
R. Entonces, lo que se enfrentó fueron dos modelos de entender la política y, por ello, dos modelos de Estado: por un lado, una concepción jerárquica, de obediencia casi sagrada al rey, en la que éste, representado por el Borbón Felipe V, gobierna por pragmática sanción, y un modelo más parlamentarista, un republicanismo monárquico, donde las leyes, las constituciones catalanas o los fueros valencianos o aragoneses, por ejemplo, se aprueban en Cortes, representado por Carlos III, de la casa de los Austria. Pero los mitos sobre 1714 van cayendo.
P. ¿Mitos caídos?
R. Sí, como ese de la pugna entre nacionalismos o el de que, gracias a la victoria de Felipe V, España se convirtió en un Estado moderno. Creer que los reyes transformaban la realidad es, como mínimo, ingenuo; lo hacían las fuerzas sociales emergentes y éstas, en el sistema austriacista, mantenían organismos que les daban voz: ahí había más fluidez social y política. Decir que el absolutismo borbónico aportó la modernidad a España es muy exagerado.
P. Se queja con nombres y apellidos de historiadores que van en esa línea, como Carlos Martínez Shaw y Henry Kamen.
R. Es que es difícil ver modernidad allí donde, por ejemplo, se militarizan estructuras políticas con el Decreto de Nueva Planta: más del 90% de los corregidores que se imponen en la antigua Corona de Aragón habían sido militares y eso acabó así en todo el país. ¿Es moderna la venta de cargos de la Administración sistemática como se dio con Felipe V? ¿O las reformas pensadas sólo para fortalecer el poder del rey y de la dinastía?
P. El libro recuerda que la Guerra de Sucesión afectó a toda España.
R. Es que también había austriacistas en el resto de la Península; ahí está el almirante de Castilla, que en 1704 ya conspira contra Felipe V. El mismo Consejo de Estado del rey, entre 1704 y 1705, le dice al monarca: "Así, sin respetar fueros y constituciones, no se gobierna". Felipe V arrinconará a toda esa gente. Además, en Castilla también había una tradición política de siglos anteriores, pero el pueblo estaba secuestrado por una política en clave teológica, que exigía fidelidad ciega al rey; la mentalidad castellana era más jerárquica. Pero también hay resistencia en Valencia, en Aragón y en Cádiz, que ahí si no cuajó fue por los excesos que las tropas inglesas hicieron tras su desembarco y que malograron la imagen y las expectativas austriacistas en Andalucía.
P. La represión borbónica, económicamente fue más fuerte en Castilla, pero más numerosa en Cataluña. ¿Cómo se explica?
R. Por un doble motivo: parte de las clases dirigentes castellanas se dan cuenta de que Felipe V va introduciendo, por influencia de su abuelo Luis XIV, una notable cantidad de franceses en la Administración y temen, no sin razón, que se lo acaben comiendo todo; por otro, desde finales del XVII en Cataluña se dan mecanismos de ascenso social más flexibles y estas clases, más numerosas, tendrán una mayor adhesión a la causa austriacista porque ésta les permite tribunas de representación que perderían con Felipe V. Los patrimonios, claro, eran distintos.
P. Asegura que hay que quitarle carga nacionalista al tema, pero la Guerra de Sucesión se da en el contexto de la formación de los Estados-nación en Europa...
R. Toda monarquía tiende entonces a incrementar su Gobierno, fortalecidas las maquinarias de los Estados por las guerras. El aumento de poder regio sólo quedaba limitado según las fuerzas sociales que podían mantener a raya a esos monarcas. Eso es lo que ocurre en Inglaterra en 1688, con los whigs (liberales) y los tories (conservadores) y un parlamento en el mismo plano que el rey. Comparado con Escocia y Hungría, en la construcción del Estado-nación Cataluña fue la más perjudicada porque lo perdió todo; Escocia, parcialmente, porque si bien se quedó sin parlamento firmó el Acta de Unión de 1707, reversible y que dio escaños a los escoceses en las salas de los Comunes y la de los Lores, o sea, nada que ver con el Decreto de Nueva Planta borbónico; los mejor parados fueron los húngaros, que obtuvieron la monarquía austro-húngara.
P. Ni Carlos III ni Felipe V quedan, como monarcas, muy soberanos en el libro.
R. Los dos reyes tuvieron problemas económicos y políticos similares; por ello los dos acabaron siendo sendos títeres de dos potencias: Felipe V, de la Francia de su abuelo, y Carlos III, de la ambiciosa Inglaterra de la princesa Ana. El factor internacional marcó el conflicto, pero quien lo ganó de veras fue Inglaterra, que logró arrancar de España prebendas comerciales en América y logró que Francia le hiciera otras y además se quedara exhausta... El cinismo de los ingleses fue impresionante, por ejemplo, incitando a los catalanes a la guerra y luego abandonándoles a su suerte... Trabajaron con tantas trampas y negociaciones a dos bandas que confundieron hasta a sus embajadores.
P. Es curioso que ganara Felipe V y la monarquía borbónica porque en diversos momentos estuvieron contra las cuerdas.
R. Felipe V tuvo suerte. Su abuelo intentó un acuerdo de paz cuatro veces con ingleses y holandeses, aliados de Carlos III; incluso, en 1710, estaba dispuesto a que Felipe V abdicara; pero la llegada de los tories al Gobierno inglés, partidarios ya de dejar la guerra, y la muerte del emperador José I en Austria que significó que Carlos III fuera emperador, dieron un vuelco a la situación.
P. ¿Felipe V estaba enfermo?
R. Padecía un trastorno bipolar, melancólico, de gran dependencia sexual de su mujer que compensaba confesándose inmediatamente y que hallaba consuelo en la guerra... ¡Si estuvo a punto varias veces de ser hecho prisionero, la última en 1710 en la batalla de Almenar, de tanto que se exponía!
P. Como hoy, el ruido mediático estuvo.
R. Fue la primera vez que se daba de una manera tan planificada una guerra de plumas. En Inglaterra, Jonathan Swift y Daniel Defoe estuvieron al servicio tory para que Inglaterra saliera de la guerra y pactara con Francia; y un pensador como Leibniz escribió a favor de la causa austriacista; en España, Felipe V impulsó la Gaceta de Madrid y Carlos III, la Gaceta de Barcelona.
P. Triste modernidad
...
R. Sí, como todo el episodio en sí, raíz de un grave problema que afecta al presente: una visión de España muy unitaria frente a una más plural. O el hecho de que vascos y navarros conserven hoy sus fueros, gracias a que financiaron buena parte de la guerra a Felipe V... La Guerra de Sucesión marcó la entrada de España en la decadencia y en clave interna significó el fortalecimiento de los Borbones porque se gobernó al servicio de sus intereses; el XVIII acabó siendo un siglo desierto de avances políticos y de hierro en lo social, con un alto grado de militarización y absolutismo liquidando sistemas conciliares: la Guerra de Sucesión la ganó la dinastía de los Borbones, no España.

Armas, muertos y exilio

Las dimensiones y la dureza de lo que dirimió la Guerra de Sucesión podrían simbolizarse en las siguientes cifras:
- 1.300.000 soldados en liza en 1710 por el conflicto en todo el mundo.
- 1.251.000 muertos en Europa; de ellos, 500.000 en Francia.
- 200.000 doblones fue la cifra en que se tasó Menorca, vendida a Inglaterra como pago de las deudas militares de Carlos III.
- 72.000 armas requisadas en Barcelona tras la victoria de Felipe V.
- 40.000 bombas cayeron en Barcelona durante el asedio borbónico.
- 39.000 soldados borbónicos sitiaban Barcelona en 1714.
- 30.000 personas se exiliaron fuera de España tras la victoria borbónica.
- 12.000 fusiles se comprometió a aportar Inglaterra, junto a 8.000 hombres y 2.000 caballos, en la alianza con Cataluña contra los Borbones en el pacto de Génova del 20 de junio de 1705.
- 7.000 soldados perdieron las tropas aliadas en la batalla de Almansa en 1707. Será el inicio del fin de la causa austriacista.
- 5.400 soldados resistentes en Barcelona en 1714, 3.500 de la famosa La Coronela, tropa pagada por los gremios.
- 61 días resistieron los barceloneses con la muralla abierta por las tropas del sorprendido duque de Berwick.
- 11 veces los resistentes reconquistaron el Baluarte de San Pedro, clave para el acceso, en la madrugada del 10 al 11 de septiembre de 1714.