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dilluns, 13 de setembre del 2010

Trotski

CRÍTICA: LIBROS / Biografía

El mito de Trotski

ANTONIO ELORZA EL PAÍS 11/09/2010

Autor de dos libros de referencia sobre Lenin y sobre Stalin, Robert Service cierra el triángulo de biografías sobre revolucionarios rusos con la que ahora nos llega sobre Trotski. Desde el principio es consciente de que el terreno es más resbaladizo. La condición de mártir del estalinismo y la supervivencia de buen número de epígonos tuvo por resultado que desde el clásico estudio de Isaac Deutscher hayan predominado los relatos de mayor o menor valor, pero siempre con un sesgo hagiográfico. La vulgata trotskista ha forjado además un molde ideológico muy útil para sentirse revolucionario, de una revolución siempre en el orden del día, con el proletariado como protagonista, que sólo resulta frustrada por el reformismo del traidor a la historia que es el partido comunista, con Stalin y después de Stalin. El capitalismo o la reacción, ya se sabe lo que son: no entran en el problema. Resultado: una construcción maniquea con Trotski (la Revolución) como polo del Bien, en tanto que Stalin y sus sucesores encarnan el Mal.

Trotski

Robert Service
Traducción de Frances Reyes
Ediciones B. Barcelona, 2010
528 páginas. 29 euros

La reconstrucción de la vida y las ideas de Trotski por Service está dirigida a quebrar ese mito. "Este libro es la primera biografía extensa sobre Trotski escrita por un no ruso y no trotskista", advierte. Una exhaustiva búsqueda documental en los archivos con material de primera mano en diversos lugares del mundo, de Moscú a Harvard, la permite profundizar en las actitudes y en las intenciones reales del revolucionario con mucha mayor precisión que lo que ofrece la obra publicada. El resultado es un tríptico en el cual los aspectos biográficos de tipo personal, las actuaciones políticas y los planteamientos ideológicos convergen en un cuadro esclarecedor de la compleja personalidad del político.

Service destaca en Trotski su excepcional calidad como orador, organizador y líder. En lo primero fue superior a Lenin y como organizador de procesos revolucionarios en curso, inigualable, como probó su dirección del soviet de San Petersburgo en 1905 y la preparación del acto insurreccional de octubre de 1917, por no hablar de su decisiva tarea en la organización y dirección del Ejército Rojo. Otra cosa fue su calidad como líder y organizador político, lastrada por un excesivo personalismo, exacerbado en los últimos años, y por su olvido de las reglas que presiden el funcionamiento de un partido político, tema en el cual fue siempre a remolque de sus adversarios. Deficiencia que por otra parte sorprende, ya que fue el primero en darse cuenta muy pronto, en 1904 y en su folleto Nuestras tareas políticas, de los mecanismos dictatoriales que encerraba el modelo organizativo propuesto por Lenin y de la inevitable sustitución que del mismo se derivaba hacia el vértice sofocando el supuesto poder del proletariado. Nunca aplicó tales previsiones a su etapa de gestor del poder soviético.

Trotski creía demasiado en sí mismo y por otro lado tendía a construcciones esquemáticas -inevitabilidad de la revolución permanente y del gobierno obrero-, que funcionan en 1905 o en 1917, a favor de corriente, pero que luego se distanciaron de la realidad tanto como sus valoraciones peyorativas de Stalin o de momentos críticos de la historia europea. Rara vez admitía los desmentidos que los hechos infligían a sus posiciones, expuestas siempre como verdades indiscutibles. Tal rigidez le resultó muy costosa en las relaciones con sus propios fieles. Uno de ellos desengañado, el futuro teórico de la managerial revolution, se lo planteó: no hay una "verdad de clase" y los hombres más peligrosos son aquellos que se creen en la posesión de la verdad. Trotski ignoró la observación.

Trotski fue un antidemócrata convencido, si bien creyó en una "democracia socialista" donde coexistieran las distintas corrientes revolucionarias. Aunque aplastó Kronstadt. No fue la cara amable de la revolución, por contraste con Stalin. Estudioso de la Revolución Francesa, el equivalente de la guillotina era su instrumento preferido en 1917 para aplicar a la burguesía. En Terrorismo y comunismo (1920) escribe: "La vía del socialismo pasa por la tensión más alta de estatización", "la militarización del trabajo", "el gobierno más despiadado que pueda existir, un gobierno que abarca imperiosamente la vida de todos los ciudadanos".

Totalitarismo puro.

La grandeza de Trotski residió en su capacidad para desarrollar una línea política original, sobrevolando los enfrentamientos entre bolcheviques y mencheviques y percibiendo la inviabilidad de la fase democrática -a diferencia de Lenin pre-17- en la Rusia zarista. Su aislamiento resultó además compatible con una práctica revolucionaria desarrollada, llegado el caso, con una excepcional capacidad de gestión. Pero ese aislamiento le fue fatal cuando se planteó la lucha por el poder a la muerte de Lenin. Era el hombre a abatir y lo eliminaron. Una vida espléndida y trágica, que salvando los escollos de la traducción el libro de Robert Service nos devuelve en un gran relato.

dissabte, 5 de juny del 2010

“Si alguien pregunta por qué morimos// decidle que porque nuestros padres nos mintieron”. La Primera Guerra Mundial

Fuente:


“Si alguien pregunta por qué morimos// decidle que porque nuestros padres nos mintieron”. Rudyard Kipling, cuyo único hijo había muerto el día que entró en combate, reflejaba así el sinsentido vital en que desembocó la barbarie bélica que tuvo lugar entre 1914 y 1918: la Primera Guerra Mundial. Un soldado inglés escribía a su casa en febrero de 1918: “Todo el mundo está harto, y a ninguno le queda nada de lo que se conoce como patriotismo.(...) Lo único que quiere todo el mundo es acabar con esto de una vez e irse a casa”. La guerra se había convertido en una matanza industrializada, provocada por una maquinaria militar hasta entonces desconocida, que exigía un heroísmo rutinario y deshumanizado.

El ambiente que la acogió había sido bien diferente. Su estallido fue una sorpresa, incluso para quienes tomaron las decisiones que la desencadenaron. Sin embargo, se recibió con entusiasmo, con euforia incluso. A la declaración de la guerra siguieron multitudinarias manifestaciones de exaltación patriótica en Berlín, Viena o París y los jóvenes británicos acudieron en masa a alistarse. Fue, entonces, la más popular de las guerras, “el momento sagrado”, en la evocación de Ernst Jünger. “Gracias a Dios, por habernos hecho vivir esta época”, resumió el poeta Rupert Brooke. Stefan Zweig retrató el júbilo popular que acompañó en Austria a la movilización: “El primer espectro de esa guerra que nadie quería (…) había desembocado en un repentino entusiasmo”. Eran manifestaciones en las calles, flamear de banderas, vítores a “los reclutas [que] desfilaban triunfantes, con los rostros iluminados”. Zweig, antibelicista, confesaba que “en aquella primera salida a la calle de las masas había algo grandioso, arrebatador, incluso cautivador, a lo que era difícil sustraerse”.

La Gran Guerra –así se la llamó, por la magnitud del acontecimiento– resulta crucial en la historia contemporánea ya que, por primera vez, estallaba una contienda entre países industrializados. Fue una época de grandes ejércitos, pero sobre todo de naciones enteras, cuyos recursos se pusieron al servicio de la contienda. La resolución del conflicto, pronto se vería, llegaría no por la victoria militar según las artes de la guerra, sino por el agotamiento de alguna de las partes.

El año 1914 no es una fecha convencional y marca una nítida línea divisoria en la historia de Europa. La guerra cambió la civilización occidental, en un corte brusco y profundo, sin parangón. Cuesta encontrar otras coyunturas históricas con similar transformación en un periodo tan breve. Primera evidencia: hasta entonces las potencias europeas tenían un dominio indiscutible del mundo, pues la vitalidad económica de Estados Unidos carecía de la correlativa superioridad militar.

En 1918, los europeos, desgastados tras disputarse militarmente la primacía, quedaban relegados a un segundo nivel. Había cambiado profundamente el mapa de Europa. Desaparecieron cuatro imperios: el de Austria-Hungría, el Reich alemán, el Imperio ruso –aunque lo sustituyó un Estado que acabaría heredando los afanes imperiales– y el del sultán turco. La contundencia del acontecimiento suele llevar a suponer que su colapso era inevitable, pero fueron los sucesos bélicos los que provocaron su abrupto final. Surgieron nuevos Estados, pero se generaron problemas nacionales, por la complejidad étnica de sus territorios. La Gran Guerra gestó otra novedad histórica, que condicionaría el siglo XX: provocó en 1917 la Revolución Rusa. Nacía un nuevo modelo político, alternativo al capitalismo liberal. Hasta entonces se entendía que la modernización política y la superación de la monarquía tradicional conducían siempre a un modelo único: regímenes constitucionales de corte liberal. Con la toma soviética del poder, la aspiración a la propiedad pública de los medios de producción y el control estatal de la sociedad, tomaba cuerpo una vía alternativa, antes sólo una teoría revolucionaria.

Esto no sólo ocurrió en Rusia. En todos los países implicados hubo cambios en la organización política. El nuevo tipo de guerra, que implicaba a toda la sociedad, llevó a que el Estado se adjudicase nuevas funciones para encauzar la producción hacia las necesidades bélicas. Nació entonces un corporativismo de guerra, al tiempo que el Estado se fortalecía. Muchos de los nuevos conceptos serían irreversibles: quedaba atrás el liberalismo ortodoxo que concedía al Estado el único papel de asegurar la libre competencia.

Aumentó además el control político de la sociedad, para evitar disidencias críticas que cuestionasen el patriotismo. La libertad individual se vio restringida y se acentuó el autoritarismo incluso en los países liberales, pues los países militarizados lo subordinaron todo a la victoria. Tales rasgos no desaparecieron en los convulsos años que siguieron a la guerra, cuando las democracias pasaron por serios apuros. Se afianzó el Estado, pero también avanzaron los conceptos democráticos.

No valdrían ya las restricciones del voto, una vez que se había exigido a todos la cuota de sangre en la mortandad patriótica. Sería imparable el avance del sufragio universal, hasta entonces sólo en unos pocos países, e incluiría el voto femenino, tras la masiva incorporación de la mujer al mundo del trabajo por las necesidades bélicas. Entre 1918 y 1920 lo implantaron ya Irlanda, Polonia, Rusia, Alemania, Holanda, Suecia, Austria, Hungría, Checoslovaquia y, parcialmente, el Reino Unido.

Hubo también un decisivo cambio cultural. Con la Gran Guerra se quebró el optimismo que acompañaba a la cultura occidental desde la Ilustración, el convencimiento de que las sociedades progresaban en todos los órdenes. La guerra descubrió que persistían las brutalidades, como en los más negros periodos del pasado, en unas sociedades que se sentían cultas y civilizadas. La barbarie y la deshumanización seguían anidando en las naciones que encarnaban el progreso. Los avances técnicos se reinterpretarían después a partir de un realismo trágico.

El optimismo anterior a la guerra tenía alguna razón de ser. Hasta 1914, Europa había vivido una larga etapa de paz y prosperidad. Desde 1815, tras las guerras napoleónicas, ningún conflicto general había sacudido el continente. Es más: a partir de 1870, tras la guerra francoprusiana, no hubo ningún conflicto en suelo europeo, a no ser algunos en los Balcanes. Las relaciones entre las grandes potencias adoptaban la forma de la paz armada, pero, a comienzos del XX, podía pensarse que la paz era inherente al progreso técnico y económico. Algunas tensiones la hacían peligrar a veces, pero la acción diplomática lograba contener el estallido del conflicto. De ahí la sorpresa general cuando el atentado de Sarajevo desembocó en la conflagración. El crimen tuvo lugar el 28 de junio de 1914. Predominó la opinión de que todo quedaría circunscrito al polvorín de los Balcanes. Buena parte de los diplomáticos y responsables políticos europeos marcharon en julio de vacaciones. Los primeros días de agosto, el conflicto había arrastrado a las principales potencias europeas y se llamaba a la movilización militar.

La causa de la Gran Guerra ha sido una de las cuestiones históricas que más ríos de tinta ha hecho correr, desde que el Tratado de Versalles estableciese la culpabilidad de Alemania. La agresividad alemana contribuyó decisivamente al estallido del conflicto, pero éste se gestó por la rivalidad entre las grandes potencias. La enemistad entre Alemania y Francia –que, en 1870, había tenido que ceder Alsacia y Lorena a la primera– fue una constante. En último término, y sin desechar la influencia de las rivalidades económicas, el conflicto lo alentaron los nacionalismos. Éstos eran ahora sentimientos de masas, que compartían orgullos y rencores. Su identificación patriótica daba respaldo social a las políticas estatales de prestigio o de intereses.

En Europa se había construido un complejo sistema de alianzas, al que se ha responsabilizado de la situación que llevó a la guerra. Tal política creó un volcán capaz de arrastrar a la catástrofe, más allá de las voluntades de quienes tomaban las decisiones. Sin embargo, el sistema había sido el telón de fondo de la larga etapa de paz iniciada en 1870. Su impulsor, el canciller Bismarck, buscaba así la seguridad de la recién nacida Alemania, no tanto su hegemonía. Su principal objetivo, supuesta la hostilidad de Francia, era evitar que ésta lograra una posición de fuerza con pactos internacionales. Nació así una complicadísima trama de compromisos entre Estados con proyectos de beligerancia común, cuyas implicaciones sobrepasaban al control de cualquier potencia. Con todo, durante sus primeros veinte años, el sistema propició la estabilidad, sin que ninguna tensión amenazara seriamente la paz europea. Las cosas empezaron a cambiar hacia 1890, cuando el nuevo Káiser sustituyó a Bismarck. Para Alemania, el sistema de alianzas dejó de tener como norte la seguridad y se puso al servicio de su supremacía. Los temores que suscitaba en sus vecinos y su apuesta por un bloque central con Austria-Hungría e Italia llevaron a que en 1891-92 se aliaran Rusia y Francia, el gran temor de Bismarck. En 1904 se sumó Inglaterra, pese a su rivalidad histórica con los galos, pues el creciente poderío naval de Alemania hacía peligrar su hegemonía marítima. En estas condiciones, cualquier incidente podía provocar la guerra y ese incidente fue el atentado de Sarajevo. El estallido bélico fue una sorpresa, pero se había preparado minuciosamente durante décadas. Sin embargo, nada salió como previeron los Estados Mayores. No hubo en el frente occidental las batallas relámpago que habían pensado los mandos alemanes, ni fulgurantes movimientos, ni rápidas victorias; sólo una guerra de desgaste.

En las trincheras del norte de Francia se sucedieron las batallas con bajas inmensas y sin resultados militares significativos. En el frente oriental y los Balcanes, los vaivenes fueron mayores, en parte por la entrada de más países: Turquía, Rumanía, Bulgaria, Grecia, además de Italia frente a Austria. Tras la revolución de 1917, Rusia salió de la contienda, pero en Francia continuó el equilibrio de fuerzas. Los expertos militares no habían atisbado la profundidad de los cambios que las nuevas técnicas y el enorme potencial de fuego introducían en la guerra. La llegada de otras armas –aviones, submarinos, tanques o gases tóxicos– no desnivelaron la situación. Sí lo hizo la entrada de Estados Unidos en la guerra en 1917.

En el verano de 1918, la ofensiva aliada presagiaba el derrumbamiento del frente y, en los meses siguientes, pedían el armisticio Turquía, Bulgaria y Austria. El 2 de octubre, los mandos militares alemanes comunicaban al Reichstag que la victoria era imposible. El 11 de noviembre –dos días después de abdicar el Káiser–, llegó el armisticio, sin producirse la ocupación de Alemania. Así fue posible atribuir la derrota a una traición y a los demócratas que traerían la república.

La paz se negoció entre los vencedores y sus términos se comunicaron a Alemania. La conferencia de paz, reunida en Versalles, trató los Catorce Puntos de Wilson y se creó la Sociedad de Naciones, para garantizar la paz. Alemania fue humillada, con duras medidas y la obligación de onerosas reparaciones. Si la guerra fue un error, la paz permitiría que aflorasen los revanchismos alemanes. Combinada con las convulsiones de la posguerra, llevaba en su seno el germen para que se repitiese el conflicto a escala aún mayor.

Por Manuel Montero

dimecres, 19 de maig del 2010

La revolución permanente: Trotski y el trotskismo

 
Stanley G. Payne

REVISTA DE LIBROS nº 161 · mayo 2010
 
Bertrand M. Patenaude
STALIN’S NEMESIS: THE EXILE AND MURDER OF LEON TROTSKY
Faber & Faber, Londres
 
Jean-Jacques Marie
TROTSKI. REVOLUCIONARIO SIN FRONTERAS
Trad. de Horacio Pons
Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires
 
Robert Service
TROTSKY. A BIOGRAPHY
Macmillan, Londres
 
Leon Trotski fue el paradigma de revolucionario europeo del siglo XIX, y a finales de 1917 era ya uno de los hombres más famosos del mundo. Fue el organizador clave del golpe de Estado con que los bolcheviques se hicieron con el poder en noviembre de 1917 y, más tarde, el comisario de asuntos militares que condujo al Ejército Rojo a la victoria en la gran guerra civil de 1917-1921. Posteriormente, exiliado de la Unión Soviética, se convirtió en el líder de un movimiento internacional de la extrema izquierda revolucionaria y su doctrina de la «revolución permanente» pasó a ser la esencia del «trotskismo». Su muerte fue casi tan notoria como su vida y el asesinato de Trotski en México a manos de un agente español de la NKVD soviética en 1940 fue una de las causes célèbres del siglo, «el asesinato más espectacular desde la muerte del archiduque Franz Ferdinand en 1914». 

Existe una copiosa literatura sobre Trotski y el trotskismo, y no poca fue [...]
 
Seguir en REVISTA DE LIBROS nº 161 · mayo 2010

Alexandr y su hermano Lenin

El zar Nicolás II y familia

El zar Nicolás II, junto a la zarina Alejandra y sus cinco hijos, el 15 de marzo de 1907.

Alexandr Ulianov, joven zoólogo en la Universidad de San Petersburgo, fue ahorcado por participar en una intentona contra el zar Alejandro III. Años más tarde, su hermano Lenin ordenó la ejecución de toda la familia imperial rusa. Philip Pomper bucea en la relación del líder de la revolución de Octubre con su hermano mayor 




PHILIP POMPER EL PAÍS 16/05/2010
Un pequeño grupo de estudiantes de la Universidad de San Petersburgo, autodenominado Facción Terrorista de la Voluntad del Pueblo, planeó asesinar a Alejandro III el 1 de marzo de 1887, en el sexto aniversario de la muerte de su padre, asimismo asesinado por un grupo llamado Voluntad del Pueblo. En consecuencia, esta conspiración aparece en los textos de historia como "segundo complot del 1 de marzo". Todos los estudiosos de la historia revolucionaria rusa conocen el grupo Voluntad del Pueblo y el magnicidio de Alejandro II el 1 de marzo de 1881, un acontecimiento que cambió el curso de la historia rusa, aunque no en la dirección que deseaban los terroristas. En lugar de reforma consiguieron reacción, pero asesinar al zar les proporcionó una aureola de heroísmo.







Alexandr estaba dispuesto a matar a otros y a dar su vida por los ideales de la intelectualidad del siglo XIX


En algún momento de su infancia los hermanos Ulianov intuyeron que pertenecían a un grupo odiado y victimizado


El culto a Lenin, establecido por Stalin y por otros, no podía tolerar un Lenin ni siquiera en parte judío

Aunque no fue sólo por venganza, en 1918 Lenin ordenó la ejecución del hijo de Alejandro III, Nicolás, y de su familia

Sus imitadores, los del segundo complot del 1 de marzo, fracasaron en todos los sentidos. La presa se les escapó. Y sus líderes, entre ellos Alexandr Ulianov, fueron ejecutados en la horca en mayo de 1887. Si el hermano menor de este último no se hubiera convertido en Lenin, Alexandr no habría pasado de ser otra baja más en la larga historia de los mártires revolucionarios rusos. Cabe cuestionarse, incluso, el sacrificio de Alexandr por la causa. Después de todo, ¿cuál fue el resultado de la cadena que llevó a la acción revolucionaria?

(...) Lenin no tenía los mismos objetivos que Sasha [nombre familiar del hermano de Lenin]. Alexandr era un narodnik: creía que, una vez instruida, la gran masa de campesinos llevaría el socialismo a Rusia. Y aunque incorporó algunas ideas marxistas a su programa y a su visión del mundo, éstas no pasaban de ser un elemento más. Sasha no era dogmático, y sin duda su pensamiento habría evolucionado si no hubiera sido ejecutado en la horca a los 21 años. Lenin era muy diferente. Alexandr estaba dispuesto a matar a otros y a dar su propia vida por aquellos ideales de la intelectualidad del siglo XIX, pero su hermano seguía otras consignas. El fracaso de Sasha y el modo en que se había comprometido influyeron en el pensamiento de Lenin. La escasa profesionalidad de la conspiración y el terrible precio que pagaron los jóvenes conjurados influenciaron sin duda a Lenin y su profesionalismo revolucionario. La historia de cómo este se convirtió en un marxista dogmático y en un líder revolucionario de éxito es, sin embargo, demasiado compleja para ser explicada en este libro. La de Sasha y de quienes le acompañaron en la conspiración es otra cosa.
Ante mi sorpresa, me encontré profundamente implicado no sólo en la familia Ulianov, sino también en la psicodinámica de un pequeño grupo de estudiantes universitarios que se convirtieron en terroristas. Los miembros más suicidas del grupo impulsaron hacia delante el proyecto terrorista, y llevaron a Ulianov hasta un punto en que ya no había vuelta atrás. Todos ellos, desde los más temerarios e intelectualmente superficiales hasta el estudioso y ascético Sasha Ulianov, llegaron a la misma conclusión: debían sacrificar su vida por una causa mayor. (...) Con el apoyo de Shevirev, el principal organizador, los terroristas encargados de lanzar las bombas habían rechazado los intentos de Ulianov de retrasar el atentado hasta el otoño. Estaban decididos a asesinar a Alejandro III el 1 de marzo de 1887, durante el trayecto para asistir a una misa de réquiem en memoria de su padre, en el sexto aniversario del magnicidio de Alejandro II, una hazaña de la Voluntad del Pueblo. El 22 de febrero de 1887, los conjurados se reunieron en el café Polonais y decidieron que debían actuar en los días siguientes. El pelotón de combate y Ulianov se citaron a continuación el 25 de febrero y acordaron la hora, el lugar y las posiciones. Ulianov no sólo explicó los aspectos técnicos de sus bombas, sino que, en su calidad de teórico principal, les preparó para (...) el caso de que fueran capturados. Tras reunirse en la Perspectiva Nevski a las once de la mañana, debían dispersarse a fin de patrullar los recorridos más probables que el zar podría tomar en su camino hacia la fortaleza de San Pedro y San Pablo.

(...) Los conspiradores estaban bien informados y supusieron correctamente que el zar saldría del palacio Anichkov a las once de la mañana del 1 de marzo. Era domingo, igual que también había sido domingo el día que su padre fue asesinado seis años antes, y Alejandro III, en efecto, había planeado asistir a una misa de réquiem en memoria de su padre. El zar, la zarina (María Fiodorovna) y sus dos hijos mayores (Nicolás y Alejandro) viajarían en un trineo. El zar ordenó que dispusieran su carruaje y séquito para las 10.45 de la mañana, pero algo totalmente inusual ocurrió a lo largo de la cadena de mandos responsables: el ayuda de cámara del zar le había pasado la orden al cochero, quien olvidó informar al jefe de las caballerizas, el encargado de enjaezar los caballos y engancharlos al carruaje imperial. Alejandro III, con el abrigo puesto y apenas capaz de contener su rabia, esperó sentado en la antesala de su residencia en compañía del ujier de palacio durante casi media hora. En cuanto tuvo la oportunidad, le calentó las orejas al cochero de tal modo que llevó al pobre hombre, un veterano con doce años de servicio, al borde de las lágrimas.
Mientras el zar estaba de plantón, los conspiradores patrullaban las tres calles a lo largo de las cuales tal vez pasara el trineo, y cuando el zar salió del palacio Anichkov, la policía ya había detenido a los conjurados encargados de lanzar las bombas. Si el cochero de Alejandro III hubiera cumplido correctamente con su cometido, los acontecimientos del 1 de marzo de 1887 tal vez se habrían desarrollado de forma diferente, pero sólo si la policía no hubiera logrado actuar a tiempo y los conspiradores hubieran hecho bien su trabajo. Fueron demasiadas las contingencias como para convertir el error del cochero en un acto de la providencia, aunque eso no impidió que muchas de las personas que rodeaban al zar, o incluso el mismo Alejandro III, creyeran en la intervención divina.

La policía capturó a los terroristas con las bombas en la principal avenida de San Petersburgo, la Perspectiva Nevski, al mediodía del domingo 1 de marzo. (...) Tras seis semanas en prisión, los 15 implicados en el contubernio para asesinar a Alejandro III aparecieron el día 15 de abril de 1887 ante un tribunal del Senado dedicado en exclusiva a los crímenes de Estado. El juicio duró cuatro días, a los que siguieron la lectura de la sentencia, las apelaciones y el juicio final, y todos los acusados, salvo cinco de ellos, escaparon a la pena de muerte. (...) Al parecer, la falta de un cadalso permanente y la construcción de uno nuevo retrasaron tres días la ejecución. El traslado y posterior retraso suscitaron falsas esperanzas en los prisioneros que quedaban, al creer que el zar les había conmutado la sentencia.

(...) Los cadáveres fueron arrojados a una fosa común, según se acostumbraba a hacer con los criminales de Estado ejecutados en la prisión de Schlüsselburg. Después de las revoluciones de 1917, y con la ayuda de antiguos guardias de la prisión, Novorusski [otro miembro del grupo implicado] localizó la fosa común. En el año 1919, el régimen soviético erigió un monumento de granito en aquel lugar. En aquel momento, Alexandr Ulianov no recibió ningún reconocimiento especial, pese a que su hermano menor, Vladímir Ilich, encabezaba el nuevo Gobierno soviético bajo su seudónimo revolucionario de Lenin. (Mucho más tarde, después de que los bombardeos de artillería de la Segunda Guerra Mundial dejaran la fortaleza en ruinas, y cuando el culto a los dirigentes se había convertido en algo corriente, el régimen colocó una placa con un bajorrelieve de la cabeza de Alexandr sobre un muro que todavía permanece en pie en el lugar que había ocupado su celda en Schlüsselburg).

En junio de 1918, Lenin vengó a su hermano, y a muchos otros, ordenando la ejecución del hijo de Alejandro III, Nicolás, su esposa y toda su descendencia por un pelotón de fusilamiento. La historia y la Iglesia ortodoxa rusa trataron mejor a Nicolás: el zar y su familia fueron canonizados como mártires en el año 2000.

Si bien es cierto que la historia de las decisiones de Lenin y su comportamiento en calidad de revolucionario y jefe de Gobierno no se pueden simplemente resumir por la palabra "venganza", lo que es indudable es que la ejecución de Alexandr fue el desencadenante. Durante los últimos días de vida de su hermano, en mayo de 1887, el joven Volodia [nombre con el que se conocía en su familia a Vladímir Ulianov, Lenin], de 17 años, se presentaba a los exámenes finales en Simbirsk, en el mismo instituto en el que Alexandr había sido galardonado con una medalla de oro al mejor estudiante al acabar sus estudios secundarios en mayo de 1883. Volodia repitió el éxito académico de su hermano y ganó una medalla de oro en 1887; más tarde la superaría en la profesión de revolucionario. Después de la ejecución de Sasha [nombre familiar del hermano menor de Lenin], pasó mucho tiempo preguntándose por qué su hermano mayor se había unido a un grupo terrorista y asumido un papel dirigente. El silencioso y aplicado Alexandr había pasado casi todas las horas de sus años de juventud en un laboratorio del patio trasero estudiando gusanos e insectos. A la edad de 19 años había ganado otra medalla de oro, en esta ocasión en ciencias naturales, en el primer curso en la Universidad de San Petersburgo. Todo el mundo esperaba que Alexandr se convirtiera en catedrático de zoología. El otro Alexandr había pasado oculto a su familia.

Volodia le explicó a una amiga cercana de la familia, la misma que les había llevado la inesperada noticia de la detención de Alexandr: "Estoy seguro de que tenía que actuar así; de que no podía actuar de ningún otro modo". La firme convicción del joven Lenin sobre la naturaleza del compromiso de su hermano mayor le impelió a intentar comprenderlo, y abordó este misterio con el estado de ánimo de un penitente. Mientras que Alexandr se había sumergido en las ciencias naturales, Volodia, cuatro años más joven que Sasha, las desdeñó y se enfrascó en la literatura, convirtiéndose en un ávido estudioso de los clásicos. Prácticamente aislados el uno del otro en el momento de la detención de Alexandr, los hermanos, desde la muerte de su padre en enero de 1886, se habían enzarzado en una disputa de adolescentes. Ahora, en lugar de intentar demostrar que era diferente de su hermano mayor, Volodia intentó entrar en la mente de éste.

(...) Era difícil que los niños Ulianov, sensibles, idealistas y relativamente protegidos, pudieran librarse de las experiencias escolares traumáticas, y a duras penas pudieron evitar que se crearan relaciones de amor y odio con unos padres admirables y muy cariñosos, pero también severos y exigentes. Tenían un punto vulnerable adicional, secretos de familia. (...) Años más tarde, durante un periodo de antisemitismo creciente en el Partido Comunista, Anna [hermana de Lenin y de Alexandr] decidió escribirle a Stalin y apremiarle a que hiciera públicos los antecedentes judíos de la familia Ulianov. No logró comprender el antisemitismo del propio Stalin, ni tampoco el deseo del Partido Comunista de deshacerse de su posible personaje "judío". (...) Ni que decir tiene que el antisemitismo constituyó uno de los factores tras las purgas de sangre y los juicios de Moscú a finales de la década de 1930. El culto a Lenin creado por Stalin y por otros no podía tolerar un Lenin ni siquiera en parte judío. El secreto de familia se convirtió en un importante asunto de Estado. Anna y Alexandr ya habían sufrido el daño psicológico. En algún momento de su infancia habían intuido que pertenecían a un grupo odiado y victimizado y que todo ello era injusto en grado sumo, pero tampoco tenían los recursos para hacer nada. Las memorias de Anna registran episodios traumáticos significativos en la historia del carácter triste y silencioso de Sasha, pero, desde luego, no toda la historia. -Un pequeño grupo de estudiantes de la Universidad de San Petersburgo, autodenominado Facción Terrorista de la Voluntad del Pueblo, planeó asesinar a Alejandro III el 1 de marzo de 1887, en el sexto aniversario de la muerte de su padre, asimismo asesinado por un grupo llamado Voluntad del Pueblo. En consecuencia, esta conspiración aparece en los textos de historia como "segundo complot del 1 de marzo". Todos los estudiosos de la historia revolucionaria rusa conocen el grupo Voluntad del Pueblo y el magnicidio de Alejandro II el 1 de marzo de 1881, un acontecimiento que cambió el curso de la historia rusa, aunque no en la dirección que deseaban los terroristas. En lugar de reforma consiguieron reacción, pero asesinar al zar les proporcionó una aureola de heroísmo.
Sus imitadores, los del segundo complot del 1 de marzo, fracasaron en todos los sentidos. La presa se les escapó. Y sus líderes, entre ellos Alexandr Ulianov, fueron ejecutados en la horca en mayo de 1887. Si el hermano menor de este último no se hubiera convertido en Lenin, Alexandr no habría pasado de ser otra baja más en la larga historia de los mártires revolucionarios rusos. Cabe cuestionarse, incluso, el sacrificio de Alexandr por la causa. Después de todo, ¿cuál fue el resultado de la cadena que llevó a la acción revolucionaria?
(...) Lenin no tenía los mismos objetivos que Sasha [nombre familiar del hermano de Lenin]. Alexandr era un narodnik: creía que, una vez instruida, la gran masa de campesinos llevaría el socialismo a Rusia. Y aunque incorporó algunas ideas marxistas a su programa y a su visión del mundo, éstas no pasaban de ser un elemento más. Sasha no era dogmático, y sin duda su pensamiento habría evolucionado si no hubiera sido ejecutado en la horca a los 21 años. Lenin era muy diferente. Alexandr estaba dispuesto a matar a otros y a dar su propia vida por aquellos ideales de la intelectualidad del siglo XIX, pero su hermano seguía otras consignas. El fracaso de Sasha y el modo en que se había comprometido influyeron en el pensamiento de Lenin. La escasa profesionalidad de la conspiración y el terrible precio que pagaron los jóvenes conjurados influenciaron sin duda a Lenin y su profesionalismo revolucionario. La historia de cómo este se convirtió en un marxista dogmático y en un líder revolucionario de éxito es, sin embargo, demasiado compleja para ser explicada en este libro. La de Sasha y de quienes le acompañaron en la conspiración es otra cosa.
Ante mi sorpresa, me encontré profundamente implicado no sólo en la familia Ulianov, sino también en la psicodinámica de un pequeño grupo de estudiantes universitarios que se convirtieron en terroristas. Los miembros más suicidas del grupo impulsaron hacia delante el proyecto terrorista, y llevaron a Ulianov hasta un punto en que ya no había vuelta atrás. Todos ellos, desde los más temerarios e intelectualmente superficiales hasta el estudioso y ascético Sasha Ulianov, llegaron a la misma conclusión: debían sacrificar su vida por una causa mayor. (...) Con el apoyo de Shevirev, el principal organizador, los terroristas encargados de lanzar las bombas habían rechazado los intentos de Ulianov de retrasar el atentado hasta el otoño. Estaban decididos a asesinar a Alejandro III el 1 de marzo de 1887, durante el trayecto para asistir a una misa de réquiem en memoria de su padre, en el sexto aniversario del magnicidio de Alejandro II, una hazaña de la Voluntad del Pueblo. El 22 de febrero de 1887, los conjurados se reunieron en el café Polonais y decidieron que debían actuar en los días siguientes. El pelotón de combate y Ulianov se citaron a continuación el 25 de febrero y acordaron la hora, el lugar y las posiciones. Ulianov no sólo explicó los aspectos técnicos de sus bombas, sino que, en su calidad de teórico principal, les preparó para (...) el caso de que fueran capturados. Tras reunirse en la Perspectiva Nevski a las once de la mañana, debían dispersarse a fin de patrullar los recorridos más probables que el zar podría tomar en su camino hacia la fortaleza de San Pedro y San Pablo.
(...) Los conspiradores estaban bien informados y supusieron correctamente que el zar saldría del palacio Anichkov a las once de la mañana del 1 de marzo. Era domingo, igual que también había sido domingo el día que su padre fue asesinado seis años antes, y Alejandro III, en efecto, había planeado asistir a una misa de réquiem en memoria de su padre. El zar, la zarina (María Fiodorovna) y sus dos hijos mayores (Nicolás y Alejandro) viajarían en un trineo. El zar ordenó que dispusieran su carruaje y séquito para las 10.45 de la mañana, pero algo totalmente inusual ocurrió a lo largo de la cadena de mandos responsables: el ayuda de cámara del zar le había pasado la orden al cochero, quien olvidó informar al jefe de las caballerizas, el encargado de enjaezar los caballos y engancharlos al carruaje imperial. Alejandro III, con el abrigo puesto y apenas capaz de contener su rabia, esperó sentado en la antesala de su residencia en compañía del ujier de palacio durante casi media hora. En cuanto tuvo la oportunidad, le calentó las orejas al cochero de tal modo que llevó al pobre hombre, un veterano con doce años de servicio, al borde de las lágrimas.
Mientras el zar estaba de plantón, los conspiradores patrullaban las tres calles a lo largo de las cuales tal vez pasara el trineo, y cuando el zar salió del palacio Anichkov, la policía ya había detenido a los conjurados encargados de lanzar las bombas. Si el cochero de Alejandro III hubiera cumplido correctamente con su cometido, los acontecimientos del 1 de marzo de 1887 tal vez se habrían desarrollado de forma diferente, pero sólo si la policía no hubiera logrado actuar a tiempo y los conspiradores hubieran hecho bien su trabajo. Fueron demasiadas las contingencias como para convertir el error del cochero en un acto de la providencia, aunque eso no impidió que muchas de las personas que rodeaban al zar, o incluso el mismo Alejandro III, creyeran en la intervención divina.

La policía capturó a los terroristas con las bombas en la principal avenida de San Petersburgo, la Perspectiva Nevski, al mediodía del domingo 1 de marzo. (...) Tras seis semanas en prisión, los 15 implicados en el contubernio para asesinar a Alejandro III aparecieron el día 15 de abril de 1887 ante un tribunal del Senado dedicado en exclusiva a los crímenes de Estado. El juicio duró cuatro días, a los que siguieron la lectura de la sentencia, las apelaciones y el juicio final, y todos los acusados, salvo cinco de ellos, escaparon a la pena de muerte. (...) Al parecer, la falta de un cadalso permanente y la construcción de uno nuevo retrasaron tres días la ejecución. El traslado y posterior retraso suscitaron falsas esperanzas en los prisioneros que quedaban, al creer que el zar les había conmutado la sentencia.

(...) Los cadáveres fueron arrojados a una fosa común, según se acostumbraba a hacer con los criminales de Estado ejecutados en la prisión de Schlüsselburg. Después de las revoluciones de 1917, y con la ayuda de antiguos guardias de la prisión, Novorusski [otro miembro del grupo implicado] localizó la fosa común. En el año 1919, el régimen soviético erigió un monumento de granito en aquel lugar. En aquel momento, Alexandr Ulianov no recibió ningún reconocimiento especial, pese a que su hermano menor, Vladímir Ilich, encabezaba el nuevo Gobierno soviético bajo su seudónimo revolucionario de Lenin. (Mucho más tarde, después de que los bombardeos de artillería de la Segunda Guerra Mundial dejaran la fortaleza en ruinas, y cuando el culto a los dirigentes se había convertido en algo corriente, el régimen colocó una placa con un bajorrelieve de la cabeza de Alexandr sobre un muro que todavía permanece en pie en el lugar que había ocupado su celda en Schlüsselburg).

En junio de 1918, Lenin vengó a su hermano, y a muchos otros, ordenando la ejecución del hijo de Alejandro III, Nicolás, su esposa y toda su descendencia por un pelotón de fusilamiento. La historia y la Iglesia ortodoxa rusa trataron mejor a Nicolás: el zar y su familia fueron canonizados como mártires en el año 2000.

Si bien es cierto que la historia de las decisiones de Lenin y su comportamiento en calidad de revolucionario y jefe de Gobierno no se pueden simplemente resumir por la palabra "venganza", lo que es indudable es que la ejecución de Alexandr fue el desencadenante. Durante los últimos días de vida de su hermano, en mayo de 1887, el joven Volodia [nombre con el que se conocía en su familia a Vladímir Ulianov, Lenin], de 17 años, se presentaba a los exámenes finales en Simbirsk, en el mismo instituto en el que Alexandr había sido galardonado con una medalla de oro al mejor estudiante al acabar sus estudios secundarios en mayo de 1883. Volodia repitió el éxito académico de su hermano y ganó una medalla de oro en 1887; más tarde la superaría en la profesión de revolucionario. Después de la ejecución de Sasha [nombre familiar del hermano menor de Lenin], pasó mucho tiempo preguntándose por qué su hermano mayor se había unido a un grupo terrorista y asumido un papel dirigente. El silencioso y aplicado Alexandr había pasado casi todas las horas de sus años de juventud en un laboratorio del patio trasero estudiando gusanos e insectos. A la edad de 19 años había ganado otra medalla de oro, en esta ocasión en ciencias naturales, en el primer curso en la Universidad de San Petersburgo. Todo el mundo esperaba que Alexandr se convirtiera en catedrático de zoología. El otro Alexandr había pasado oculto a su familia.

Volodia le explicó a una amiga cercana de la familia, la misma que les había llevado la inesperada noticia de la detención de Alexandr: "Estoy seguro de que tenía que actuar así; de que no podía actuar de ningún otro modo". La firme convicción del joven Lenin sobre la naturaleza del compromiso de su hermano mayor le impelió a intentar comprenderlo, y abordó este misterio con el estado de ánimo de un penitente. Mientras que Alexandr se había sumergido en las ciencias naturales, Volodia, cuatro años más joven que Sasha, las desdeñó y se enfrascó en la literatura, convirtiéndose en un ávido estudioso de los clásicos. Prácticamente aislados el uno del otro en el momento de la detención de Alexandr, los hermanos, desde la muerte de su padre en enero de 1886, se habían enzarzado en una disputa de adolescentes. Ahora, en lugar de intentar demostrar que era diferente de su hermano mayor, Volodia intentó entrar en la mente de éste.

(...) Era difícil que los niños Ulianov, sensibles, idealistas y relativamente protegidos, pudieran librarse de las experiencias escolares traumáticas, y a duras penas pudieron evitar que se crearan relaciones de amor y odio con unos padres admirables y muy cariñosos, pero también severos y exigentes. Tenían un punto vulnerable adicional, secretos de familia. (...) Años más tarde, durante un periodo de antisemitismo creciente en el Partido Comunista, Anna [hermana de Lenin y de Alexandr] decidió escribirle a Stalin y apremiarle a que hiciera públicos los antecedentes judíos de la familia Ulianov. No logró comprender el antisemitismo del propio Stalin, ni tampoco el deseo del Partido Comunista de deshacerse de su posible personaje "judío". (...) Ni que decir tiene que el antisemitismo constituyó uno de los factores tras las purgas de sangre y los juicios de Moscú a finales de la década de 1930. El culto a Lenin creado por Stalin y por otros no podía tolerar un Lenin ni siquiera en parte judío. El secreto de familia se convirtió en un importante asunto de Estado. Anna y Alexandr ya habían sufrido el daño psicológico. En algún momento de su infancia habían intuido que pertenecían a un grupo odiado y victimizado y que todo ello era injusto en grado sumo, pero tampoco tenían los recursos para hacer nada. Las memorias de Anna registran episodios traumáticos significativos en la historia del carácter triste y silencioso de Sasha, pero, desde luego, no toda la historia.

El hermano de Lenin, de Philip Pomper. Editorial Ariel. 26,50 euros.