dijous, 13 de novembre de 2014

El Congreso de Viena como inspiración

Los que quieren crear un nuevo orden mundial harían bien en repasar la historia

El País, 2-10-2014

Hace doscientos años, el 25 de septiembre de 1814, el zar de Rusia Alejandro I y Federico Guillermo III, el rey de Prusia, fueron recibidos a las puertas de Viena por el emperador austriaco Francisco I. El inicio del Congreso de Viena marcó el comienzo del periodo de paz más largo que Europa tuvo en siglos. Entonces, ¿por qué el aniversario de este acontecimiento ha sido casi totalmente ignorado?
En verdad, el Congreso de Viena es visto principalmente como un punto que marca la victoria de las fuerzas reaccionarias de Europa tras la derrota de Napoleón. Sin embargo, teniendo en cuenta la creciente confusión global de hoy día —por no decir caos—, no estaría de más sentir una nostalgia romántica a lo Marcel Proustpor ese congreso. Después de todo, allí se llevó a cabo una reunión que, a través de duras, pero exitosas negociaciones, restableció el orden internacional después de los trastornos causados por la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas. ¿Podríamos aplicar, hoy en día, alguna de las lecciones que dicho congreso nos dejó?

Para responder a esta pregunta, no solo debemos considerar el Tratado de Viena de 1815, sino también la paz de Westfalia de 1648 y el tratado de Versalles de 1919, ya que cada uno de estos acontecimientos, a su manera, puso fin a un capítulo sangriento de la historia de Europa.
Los tratados firmados en 1648 dieron fin a casi un siglo de guerras religiosas, al consagrar el principio de cuius regio, eius religio (“la religión del rey es la del reino”). El Congreso de Viena restableció el principio del equilibrio de poder, sobre la base de la creencia que señala que todas las partes comparten un interés común que trasciende a sus respectivas ambiciones. Y restableció el concierto de las naciones, que durante dos generaciones detuvo el revisionismo territorial e ideológico vividos desde 1789 a 1815. Por el contrario, el tratado de Versalles, que fue un acuerdo demasiado duro para ser cumplido y demasiado débil para forzar su cumplimiento, allanó el camino para la II Guerra Mundial.

Ya no tenemos líderes de la talla de Metternich, Castlereagh, Alejandro I y Talleyrand

De los tres tratados, el producido por el Congreso de Viena nos ayuda a entender la especificidad de nuestras condiciones actuales. En Viena, las potencias europeas reforzaron sus sentimientos de pertenencia a una familia grande y unificada por los orígenes aristocráticos comunes de sus diplomáticos.

Por supuesto, en la actualidad no se puede ambicionar la recreación de ese mundo (o restablecer un anacrónico orden westfaliano de separación religiosa). Más bien la ambición debe ser diseñar un nuevo orden basado en diferentes supuestos. De hecho, una de las claves de nuestro actual desorden mundial es que, a diferencia de lo ocurrido en el Congreso de Viena —o, para el caso, lo que ocurrió con los participantes en la paz de 1648—, los principales actores del sistema internacional no están unidos por una voluntad común de defender el statu quo.

Los principales actores se dividen en tres categorías: los revisionistas abiertos, como Rusia y el Estado Islámico; los que están dispuestos a luchar para proteger un mínimo de orden, como Estados Unidos, Francia y Reino Unido; y los Estados ambivalentes —incluyéndose entre ellos a actores regionales clave en Oriente Próximo como Turquía e Irán—, cuyas acciones no coinciden con su retórica.

En un contexto tan dividido, la alianza de “moderados”, creada por el presidente Barack Obama para derrotar al Estado Islámico —un grupo que incluye a Arabia Saudí, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos—, es débil, en el mejor de los casos. Es probable que una coalición multicultural sea un requisito para llevar a cabo una acción militar legítima en Oriente Próximo; el dilema es que, a menos que la coalición regional de Obama se amplíe considerablemente, el entusiasmo de los actuales aliados por apoyar una intervención militar estadounidense probablemente va a disminuir con rapidez.

O tal vez algo así como la “hegemonía bipolar” de Reino Unido y Rusia después del año 1815 (aunque otros actores como Austria, Prusia y Francia sí tenían su importancia) podría ser reconstituida, con EE UU y China sustituyendo a Reino Unido y Rusia en dicho esquema. Este parece ser el máximo sueño de Henry Kissinger —un sueño que uno puede vislumbrar en su libro más reciente, titulado Orden mundial: reflexiones sobre el carácter de las naciones y el curso de la historia—.

Pero ¿podemos depender de la realización de ese sueño? En momentos en que nos enfrentamos a la expansión de Rusia y al extremismo de matones mesiánicos, las lecciones del congreso de Viena pueden parecer distantes e irrelevantes. Sin embargo, una es obvia: los Estados tienen intereses comunes que deben priorizarse por encima de cada una de las prioridades nacionales.

China, India y Brasil son participantes interesados en el sistema mundial, lo que significa que ellos, también, necesitan un mínimo de orden. Pero eso implica que ellos también contribuyen al mantenimiento de dicho orden. Los intereses de China, por ejemplo, quedarían mejor honrados sin el enfrentamiento de Rusia contra Estados Unidos, sino con la opción de comprometerse con el orden, en vez de tomar partido por el desorden.

Una reunión de los equivalentes modernos de Metternich, Castlereagh, Alejandro I y Talleyrand sería también un sueño: pero no hay ningún líder de esa talla. Sin embargo, al confrontar el creciente desorden y la escalada de la violencia de hoy en día, los dirigentes que tenemos en la actualidad harían bien si se inspiraran en sus antepasados, quienes, doscientos años atrás, abrieron el camino a casi un siglo de paz.

Dominique Moisi es profesor del Institut d’Études Politiques de París (Sciences Po), asesor superior en el Instituto Francés de Asuntos Internacionales (IFRI) y profesor visitante en el King’s College de Londres.
 
Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.