dissabte, 8 de desembre de 2012

En torno a Rousseau

Rousseau contemporáneo

LA VANGUARDIA 05/12/2012 
 
ANTONI MARÍ

Tal vez fuera por su prosa sencilla y transparente que Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) llegara a tantos lectores: "No escribo para los filósofos, escribo para los de la calle, el zapatero, el maestro de escuela, la mujer de casa, el estudiante." Apenas utilizó los términos de los filósofos al uso y practicó una escritura voluntariamente accesible a un lector común; esa cualidad permitió que la sociedad europea le leyera con avidez y retuviera las ideas que socavaban los cimientos del estado y de la administración real, hasta que sus argumentos, recogidos en su potencial revolucionario, fueran enarbolados como los estandartes que clamaban la tríada de la revuelta: libertad, igualdad y fraternidad. Por esta razón, tal vez, fue perseguido, calumniado y despreciado por la sociedad que temía perder los privilegios que venía gozando de antiguo.

Sus ideas escandalizaron a sus colegas y amigos, maestros ilustrados; en él veían al traidor, el que corrompía las buenas gentes poniendo en duda la necesidad del proyecto iluminista que quería corregir la humanidad y elevarla a la mayoría de edad. Jean-Jacques dudó de los argumentos que confiaban en la capacidad y posibilidad de perfección del hombre. Desconfió del progreso como del instrumento de esta perfectibilidad y criticó, de un modo radical y dogmático, que el desarrollo de la humanidad no se hacía por el camino de la ilustración y el conocimiento, sino por el de la voluntad y la reflexión. Desde esa intimidad solitaria, contradictoria y atrabiliaria, describió cómo la desigualdad entre los hombres era el embrión de todos los males, el origen de la esclavitud y de la ignorancia.

Denunció la soberbia del sabio y defendió la sabiduría del hombre sencillo. No se arredró frente a la muralla que se levantaba frente él y arremetió con sus libros contra el saber establecido. Su obra sirvió de referencia a revolucionarios y dio argumentos a la carcunda más conservadora del mundo moderno. Desde Robespierre a Primo de Rivera, de Kant a Karl Marx, de Thomas Jefferson a Pol Pot, de Adorno a Habermas, todos encontraron en Rousseau argumentos para blandir sus ideas, ya fueran contrarias a las suyas o semejantes. Hoy sigue manteniendo detractores y defensores como si el tiempo no hubiera pasado por él, o fuera él que lo consideraba todo desde la distancia que ofrece la crítica a la razón. En eso estamos.

La invención de las vivencias 

  • Es nuestro contemporáneo: criticó la desigualdad y la soberbia; sus ideas son estandartes para las revueltas 
  • Es Rousseau quien inaugura este tiempo de las 'vivencias pasivas', que se corresponden a la perfección con la experiencia contemporánea 
  • Hoy, la diferencia con Rousseau es que ya no estamos a la orilla de un largo sino en un centro comercial 
  • En Rousseau está todo: el equilibrio del alma, sin recuerdo del pasado ni proyección hacia el futuro 
YVES MICHAUD


Un aspecto sorprendente de la sensibilidad contemporánea es el lugar que en ella ocupan las experiencias. Cuando antes percibíamos objetos, personas, situaciones, hechos, acontecimientos, ahora percibimos cada vez más experiencias o vivencias que nos relacionan con esas cosas volatilizadas.

¿Se trata de un cambio de nuestra ontología (en el sentido que le da Quine de descripción del "ordenamiento del mundo")? No estoy seguro, aunque un cambio en nuestras formas de aprehensión tiene sin duda un impacto en lo que creemos que hay. En todo caso, debemos constatar que tendemos a hablar de modo diferente de nuestras percepciones y las tratamos como si los referentes externos (objetos, personas, acontecimientos, hechos) se borraran en beneficio de los datos de la conciencia. Hace poco, en un curso de fitness, escuché decir a la monitora que teníamos que colocar las cargas en las halteras "según nuestra vivencia", no según el peso. Y nadie puso objeción alguna a esa manera de expresarse.

Las manifestaciones de ese predominio de las experiencias y de las vivencias son hoy en día innumerables; sobre todo, en el terreno del consumo, que coloniza todos los demás. Los especialistas del marketing y el packaging llevan a cabo estudios muy sutiles sobre el marketing experiencial: consiste en vender no productos, sino productos elegidos en el seno de experiencias e incluso experiencias a secas: una estancia en un centro de talasoterapia en lugar de un bolso. El diseño experiencial es una actividad floreciente que mezcla diseño sonoro, olfativo, luminoso, arquitectura interior para ordenar los espacios públicos y los lugares de vida de manera que se ofrezcan buenas experiencias al consumidor.

La consecuencia es que nos enfrentamos ahora a un sujeto débil, que se sumerge en las experiencias, que es envuelto por ellas o que se zambulle en ellas, hasta que ya no se distingue a sí mismo con el fin de gozar mejor de ellas. Se deja llevar y, si todo va bien, encuentra el placer buscado sin desplegar esfuerzos, viviendo sin más la experiencia, entregándose a las vivencias que esta engendra.

Y es Rousseau quien inaugura este tiempo de las descripciones de las vivencias pasivas que, a pesar de la diversidad de las palabras utilizadas, se corresponden perfectamente con la experiencia contemporánea. Coincidiendo con el despertar de la sensibilidad prerromántica, describe en diversos pasajes de Las ensoñaciones del paseante solitario, redactadas entre 1776 y 1778, ese goce del presente de las vivencias. Por ejemplo, cuando recobra la conciencia tras sufrir un accidente (una grave caída provocada por un enorme perro en Ménilmontant):

"Se acercaba la noche. Vi el cielo, algunas estrellas y un poco de verdor. Esta primera sensación constituyó un momento delicioso. Sólo de esa manera me sentía aún. En ese instante nacía a la vida y parecíame que con mi leve existencia llenaba todos los objetos que veía. Todo entero, en aquel momento no me acordaba de nada; no tenía ninguna noción distintiva de mi individualidad ni la menor idea de lo que acababa de ocurrirme; no sabía quién era ni dónde estaba; no sentía dolor, ni temor ni inquietud. Veía manar mi sangre como hubiera visto correr un arroyo, sin ni siquiera pensar que aquella sangre me perteneciera en forma alguna." (Segunda ensoñación).

Poco importa que se trate aquí de dolor más que de placer: la forma de la vivencia es la de una presencia absoluta y que no pasa, sin vinculación de las sensaciones con un sujeto, pero con empatía con los objetos ("con mi leve existencia llenaba todos los objetos que veía").

O, también, con ocasión de los paseos por la orilla del lago de Bienne:

"Cuando se acercaba la noche, descendía de las cimas de la isla gustosamente a sentarme a orillas del lago sobre la arena en algún rincón escondido; allí, el rumor de las olas y la agitación del agua, fijando mis sentidos y echando de mi alma toda otra agitación, la sumían en una deliciosa ensoñación, en la que me sorprendía con frecuencia la noche sin que me hubiera dado cuenta. El flujo y reflujo de aquella agua, su rumor continuo pero acrecentado a intervalos, golpeando sin desmayo mis oídos y mis ojos, suplían los movimientos internos que la ensoñación apagaba en mí y bastaban para hacerme sentir con placer mi existencia sin tomarme el trabajo de pensar." (Quinta ensoñación).

De nuevo, el flujo, la concentración en los sentidos, una impresión de la existencia sin pensamiento, la uniformidad de un movimiento continuo que suspende el tiempo.

En la octava meditación, el análisis se hace más preciso al concentrarse en un presente que ya no pasa:

"Pero si hay un estado en el que el alma encuentra un acomodo lo bastante sólido como para descansar en él por entero y congregar todo su ser, sin tener necesidad de recordar el pasado ni exceder del porvenir, donde el tiempo no exista para ella, donde el presente dure siempre sin señalar, no obstante, su duración y sin huella alguna de secuencia, sin ninguna otra impresión de privación ni goce, de placer ni dolor, de deseo ni temor que la de nuestra existencia, y que esa impresión única pueda colmarla por entero, en tanto dura tal estado, quien se encuentre en él puede llamarse dichoso, no de una dicha imperfecta, pobre y relativa, tal cual se halla en los placeres de la vida, sino de una dicha suficiente, perfecta y plena que no deja en el alma ningún vacío que esta sienta la necesidad de llenar. Tal es el estado en que me encontré con frecuencia en la isla de Saint-Pierre en mis ensoñaciones solitarias, ora tumbado en mi barca que dejaba derivar a merced del agua, ora sentado en las riberas del lago agitado, ora en otra parte, a orillas de un hermoso río o de un arroyo murmurando entre los guijarros".

(Octava ensoñación)
Está todo: el equilibrio del alma, sin recuerdo del pasado ni proyección hacia el futuro, presente que dura y no pasa, impresión de la existencia que llena el alma colmada y sin necesidad de llenarse con nada.

Y Rousseau prosigue en el goce de sí mismo en tanto que existente:

"¿De qué se goza en semejante situación? De nada externo a uno, de nada sino de uno mismo y de su propia existencia; en tanto tal estado dura, uno se basta a sí mismo, como Dios. (...) No se requiere ni un reposo absoluto ni demasiada agitación, sino un movimiento uniforme y moderado, carente de sacudidas e intervalos. Sin movimiento, la vida no es más que un letargo. Si el movimiento es desigual o demasiado fuerte, despierta; al devolvernos a los objetos circundantes, destruye el encanto de la ensoñación y nos arranca de nuestros adentros para ponernos de inmediato bajo el yugo de la fortuna y de los hombres y entregarnos a la impresión de nuestras desgracias."
(Octava ensoñación)

Se habrá notado el cierre sobre sí misma de la experiencia y la conciencia que la ha hecho: se trata de gozar de sí en sí ("de nuestros adentros") huyendo del contacto con la realidad, la fortuna, los otros hombres y su odio.

¿Y si Rousseau anunciara nuestra época de vivencias, experiencias y pérdida de sí, con la diferencia de que ya no estamos a la orilla del lago de las ensoñaciones sino en un centro comercial, una discoteca o una fiesta rave?

Traducción: Juan Gabriel López Guix

El enigma Rousseau, de María José Villaverde en El País

 8-XII-2012
El filósofo es uno de los autores más contradictorios. La lectura dominante lo presenta como icono de la democracia moderna pero su obra marca el despertar de las ideologías irracionalistas y del nacionalismo

Hace trescientos años nació uno de los pensadores más influyentes de la historia del pensamiento político, un hombre que cautivó con Emilio, hizo llorar con las Confesiones y alentó revoluciones con El contrato social. Rousseau es uno de los autores más contradictorios e inclasificables del siglo XVIII. Ya en 1750, tras la publicación del Discurso sobre las Ciencias y las Artes, las elites europeas, con el rey Estanislao de Polonia a la cabeza, le recriminaron sus incoherencias –escritor que ataca la literatura, amante de los espectáculos que arremete contra el teatro, crítico de las ciencias y las artes que se presenta a un premio de la academia-. Rousseau responderá a sus críticos con un gesto impactante: se retirará del mundo y sus pompas –es un decir-, renunciando al reloj, la espada, los encajes y las medias blancas, símbolos mundanos por excelencia, y adoptará la túnica armenia. La imagen de excentricidad y rebeldía que encarna, con el pelo semi-largo y la barba mal afeitada, acabará, más tarde, por convertirse en seña de identidad de los románticos europeos.

En Jean-Jacques la persona y la obra se entrecruzan, se mezclan, se superponen. Cautiva porque apela al corazón del lector, buscando su comprensión, su simpatía, su complicidad. En eso radica su modernidad –que no en sus ideas políticas-. ¿Cómo no sentirnos conmovidos por su proximidad y no apiadarnos por la profunda insatisfacción de ese ser lleno de amargura y de resentimiento social, sin familia y sin patria, que anhela ser querido y aceptado? Un hombre en guerra con el mundo, siempre por delante o por detrás de su época, inadaptado e incómodo entre la élite ilustrada, hedonista, materialista y descreída. “Un perro me resulta mucho más cercano que un hombre de esta generación” escribe en los Esbozos de las Meditaciones. Y los Diálogos aparecen encabezados con este verso de Ovidio: “Aquí soy un bárbaro porque estas gentes no me entienden”.

A Jean-Jacques se le han puesto todo tipo de etiquetas: individualista y colectivista, defensor de la propiedad privada e igualitario, predecesor de Marx y teórico liberal, pensador anclado en el pasado y predecesor del Romanticismo, padre del Jacobinismo y padre de la Democracia moderna, padre del Totalitarismo, antecesor del Psicoanálisis, precursor del nacionalismo moderno, etc.

Entre tanta paternidad ¿qué etiqueta elegir? Si para abrirnos paso entre esta maraña de interpretaciones recurrimos a sus contemporáneos, quedaremos defraudados al constatar que tanto los revolucionarios como los contrarrevolucionarios de 1789 utilizaron El contrato social como arma arrojadiza. En nombre de los ideales allí expuestos unos iban a prisión y otros los condenaban, unos subían a la guillotina y otros los guillotinaban. Los defensores del Antiguo Régimen editaban panfletos para demostrar que el “verdadero” Rousseau se oponía a los cambios revolucionarios. Y así es. Todos aquéllos que han visto afinidades entre su pensamiento y el comunismo o el anarquismo deberían leer sus Escritos sobre el Abbé de Saint-Pierre en los que se opone rotundamente a la utilización de medios violentos. Aún así, El contrato social se convirtió en libro de cabecera de Fidel Castro y en legado de Simón Bolívar a la universidad de Caracas, a pesar de que Proudhon lo había catalogado de “breviario de la tiranía”.

Otra lectura lo presenta como uno de los máximos representantes del siglo de las Luces. Pero, cuidado, no olvidemos que ya Diderot, en el Ensayo sobre los reinos de Claudio y de Nerón, le encuadró dentro de las Anti-Luces. No es que Rousseau viviera ajeno a los descubrimientos vanguardistas ni a las reflexiones más radicales de los ilustrados. Ni mucho menos. Se codeaba con ellos y tenía información de primera mano, incluso cenaba con Diderot y Condillac una vez a la semana en “Le panier fleuri”. Diderot le leía su Carta para los ciegos para uso de los que ven, un texto fundamental para entender su evolución hacia el spinozismo, el materialismo, el pre-darwinismo y el ateísmo. Jean-Jacques escucha, calla y acumula angustia y desazón hasta que, en 1756, rompe con sus antiguos amigos y se presenta públicamente como el defensor de la Providencia, escorando así hacia las Anti-Luces.

Rousseau es un individualista que anhela desprenderse de su individualismo y perderse en lo colectivo. Su ideal político remite a las repúblicas grecorromanas. Lo ratifican sus constantes elogios a Esparta y Roma en El contrato social así como el lamento de las Confesiones: “¡Por qué no habré nacido ciudadano romano!”. Y lo corroboran sus dos proyectos de constitución para Córcega y Polonia.

Su reivindicación de una comunidad todopoderosa y absoluta, presidida por la voluntad general, a la que el individuo se entrega con todos sus derechos y por la que está dispuesto a morir, no puede ser más ajena a la mentalidad ilustrado-liberal. Ni su negación de los derechos individuales, teorizados por Locke y recogidos en las declaraciones de derechos y en las constituciones del siglo XVIII. Basta recordar que en El contrato social restringe la libertad de expresión, de reunión y de asociación y que rechaza la división de poderes, el freno que Locke y Montesquieu blandían contra el poder absoluto.

Rousseau va a liquidar otro de los grandes logros ilustrados, el cosmopolitismo. El ideal de tolerancia y apertura al mundo, encarnado por la República de las Letras, será sofocado por el nuevo valor en alza, el patriotismo de raíces grecorromanas que Voltaire, en su artículo “patria” del Diccionario filosófico, califica de fanático y que en Rousseau raya en la xenofobia. “El patriotismo exige la exclusión” escribe en 1763, en carta a Leonard Vsteri. Y en Emilio ratifica: “Todo patriota es duro con los extranjeros (…) que no son nada”. Reforzar la identidad nacional se convierte en el gran objetivo de sus proyectos de constitución para Córcega y Polonia donde la educación es el arma utilizada para crear patriotas: “desde que nace, un niño no debe ver más que la patria”.

Descartada la etiqueta de liberal, aún nos queda lidiar con la de igualitario. Es verdad que Rousseau habla mucho de igualdad y de libertad pero no nos engañemos. La imagen mítica que presenta en El Contrato social de una sociedad de hombres libres e iguales que resuelven sus asuntos reunidos en asamblea bajo un árbol, es una imagen falsa. Porque en realidad se trata de una comunidad de propietarios donde no tienen cabida los asalariados ni los sirvientes. Y es que, en el fondo, Rousseau siente un profundo desprecio por los no propietarios, como lo prueban la dedicatoria al Segundo Discurso, algunos párrafos de El Contrato social y las Cartas escritas desde la Montaña, donde abundan calificativos como populacho embrutecido e indigno, mercenarios, viles, canallas, etc.

Jean-Jacques fue, además, un misógino pertinaz idolatrado por las damas que derramaron ríos de lágrimas con Emilio y La Nueva Eloisa. Fugaz secretario de una proto-feminista, Mme. Dupin, fue inmune a sus argumentos. Es clamoroso el silencio de El contrato social en lo que se refiere a los derechos políticos de las mujeres; simplemente las ignora. Y en Emilio no vacila en recluirlas en el hogar, alejarlas de toda actividad pública y someterlas al varón, incluso en el terreno religioso.

Con Rousseau se inicia una nueva andadura en el pensamiento europeo, marcada por el surgimiento del romanticismo pero también del resurgir del antifeminismo y el despuntar de las ideologías irracionalistas y del nacionalismo. Aunque sus ideas han sido manipuladas y malinterpretadas, y la lectura dominante se ha empecinado en convertirlo en icono de la democracia moderna o en símbolo revolucionario, Jean-Jacques ha logrado su objetivo: ser recordado por la posteridad.

María José Villaverde es catedrática de Ciencia Política de la UCM.