dilluns, 8 de febrer del 2010

Significados de la palabra "nación".

El término más complejo del Estatut

Se han dado muchos significados a la palabra nación, pero si se la identifica con la posesión de una lengua, la Cataluña bilingüe sólo es una nación a medias. De ahí deriva la presión para que se 'normalice' el catalán

IGNACIO SOTELO -EL PAÍS- 06/02/2010

En efecto, el término "nación" tiene diferentes significados, obviedad que en cierta ocasión manifestó José Luis Rodríguez Zapatero, escandalizando a no pocos. En el actual litigio sobre si Cataluña es una nación tenemos que considerar al menos tres acepciones. El vocablo latino natio, nacimiento, en sentido figurado significa también el conjunto de personas que tienen un origen común. En las universidades medievales los estudiantes se clasifican por "naciones" y nada de particular tiene que los clásicos, desde Cervantes a Calderón de la Barca, se refiriesen a la "nación catalana". La identidad residía en la religión -judíos, moros y cristianos- y ya en el Reino de Aragón el bilingüismo era una realidad plena, sin que surgiese problema alguno.

Sería catastrófico que la enseñanza se bifurcara según la lengua y los padres tuvieran que elegir
En ciertos ámbitos, como la prensa y el libro, el castellano sigue manteniendo el dominio
El concepto moderno de nación surge del binomio Estado-sociedad que diferencia dos elementos que hasta el Renacimiento permanecían unidos en un sólo término, polis, societas, república. Por un lado, el Estado monopoliza un poder absoluto (ab-solutum, desprendido, autónomo de cualquier otro poder, espiritual o temporal, que Bodino llama soberanía) y, por otro, la sociedad civil se define, bien por haber sido despojada de cualquier poder propio (Hobbes), bien por mantener un fondo de poder, vinculado a la propiedad y la familia, que el Estado nace justamente para proteger (Locke).
A partir de este binomio, un primer concepto de nación procede de trasladar la soberanía del monarca a la "nación", es decir, al conjunto de la sociedad civil, de modo que los súbditos se conviertan en ciudadanos. La soberanía reside en la nación, es decir, en el conjunto de la ciudadanía de la que emanan todos los poderes del Estado.

En cambio, en una Alemania, políticamente atrasada, tanto por estar fraccionada en multitud de entidades políticas, como por detentar la soberanía el monarca con el título de rey, príncipe, duque, o el que fuere, el concepto de nación de la Revolución Francesa resulta inalcanzable. En esta coyuntura los alemanes inventan un nuevo concepto de nación, que tal vez convenga llamar romántico, como revolucionario al francés, y que tiene en Herder su más cabal representante.
Como reacción al cosmopolitismo de la Ilustración, Herder define la nación como el sentimiento de pertenecer a un pueblo, en sí mismo diferenciado de todos los demás, en primer lugar, por la lengua que, junto a la religión y al derecho, productos de una historia común, marcan sus rasgos más profundos.

Es bien sabido que la idea de nación que cunde en Cataluña desde finales del siglo XIX es la herderiana. En La nacionalitat catalana (1906), Enric Prat de la Riba escribe "Cataluña tenía lengua, derecho, arte propios; tenía un espíritu nacional, un carácter nacional, un pensamiento nacional: Cataluña era, pues una Nación". Y poco más adelante enlaza este hecho con "la tendencia de cada Nación a tener un Estado propio que traduzca su criterio, su sentimiento, su voluntad colectiva; la anormalidad morbosa de vivir sujeta al Estado, organizado, inspirado, dirigido por otra Nación; el derecho de cada Nación a constituirse en Estado" (traducción de Antonio Royo Villanova, 1927). Como indica el título del libro citado, en Cataluña los conceptos de nación y de nacionalidad eran, y para muchos continúan siendo, intercambiables. Es la Constitución de 1978 la que distingue entre nación, nacionalidad y región.

Estas dos ideas -aunque más la de constituir una nación, que la de necesitar un Estado propio- están asentadas en una buena parte de los catalanes, sólidamente al menos en su clase política, y han impregnado de manera clara el Estatut aprobado por el Parlamento catalán, sin haber desaparecido por completo del que pulieron las Cortes españolas y luego se ratificó en referéndum.

Las diferentes interpretaciones provienen de los dos conceptos de nación que se manejan. La nación entendida en el sentido herderiano como un sentimiento de pertenencia a un pueblo, con una lengua y una cultura propias, producto de una historia común, aun podría encajar en la Constitución; pero el concepto revolucionario francés de nación como "soberanía popular" difícilmente parece compatible con el artículo 1, párrafo 2, y el artículo 2, que preceptúan un Estado, ni federal ni confederal, sino claramente unitario, que incluso mantiene la provincia como su estructura territorial básica, a la vez que prescribe la "nación española", como la única fuente de la soberanía.

Sobre un solo Estado y una sola nación la Constitución establece las Comunidades Autónomas, como el instrumento idóneo para llevar a cabo la descentralización. El modelo que prescribe la Constitución es un Estado unitario descentralizado.

Lo más grave y peliagudo es que el término de "nación catalana" no constituye tan sólo un problema de encaje jurídico-constitucional -un derecho vivo ha de encontrar siempre la forma de adaptarse a la realidad, y no a la inversa-, sino que la idea herderiana de nación, basada en la posesión de una lengua propia, a la que se remiten los catalanes desde el siglo XIX, no se ajusta a la realidad. Si la nación se identifica por la posesión de una lengua, la Cataluña bilingüe es una nación a medias, al compartir territorio con otra nación, que tiene como lengua materna otra lengua, aunque conozca y se desenvuelva también en catalán.

La idea herderiana de nación se basa en que cada pueblo tiene una lengua propia que expresa su forma de ser. Medida con este criterio Cataluña, más que una nación, es el afán de llegar a ser una nación -en construir la nación consiste el empeño básico del catalanismo- que lo conseguiría el día en que toda la población tenga el catalán como primera lengua materna, y no sólo vehicular, a la que se añaden las otras lenguas de uso, el castellano y el inglés.

La cuestión de la lengua es así la cuestión central del nacionalismo catalán en la que no puede admitir retrocesos. Todos los habitantes de Cataluña tienen el deber de dominarlo, la Administración comunica con el público sólo en catalán y la enseñanza desde el jardín de infancia hasta la universidad se hace en catalán. Cataluña será una nación plena cuando tenga una sola lengua con la que se identifiquen todos sus habitantes, aunque se mantengan otras lenguas de uso y comunicación.
Pero por alta que haya sido la presión lingüística bajo el manto de la normalización, y ha ido en aumento, los resultados son bien mediocres. Cataluña sigue dividida en dos comunidades lingüísticas, la castellano y la catalanoparlante.

Si se toma en serio a Herder, Cataluña no sería una nación, sino dos. Si es cierto que hasta ahora conviven pacíficamente, la existencia de dos "naciones" plantea cada vez más problemas a dos minorías, que lo son todavía, pero que crecen con rapidez. La una pretende que se respete el castellano como lengua oficial, sobre todo en la Administración y la enseñanza; pero nada tendría consecuencias más catastróficas que se bifurcase la enseñanza en escuelas catalanas y castellanas para que los padres pudieran elegir. La otra se enfurece cada vez más porque, pese a más de 30 años de "normalización lingüística", en ciertos ámbitos, como son la prensa y el libro -se venden tres en castellano por cada uno en catalán- el castellano sigue siendo la lengua dominante.

Más grave aún, una buena parte de la población inmigrante, pese a residir largos decenios en Cataluña y dominar el catalán sigue identificándose como aragonesa, gallega, extremeña o andaluza.

Ignacio Sotelo es catedrático de Sociología en excedencia.

Genios del mal:Gorki, Neruda, Rezzori, Eliade...

Genios del mal

La dificultad para aceptar el binomio gran artista-mala persona proviene de una fe religiosa en el arte y sus clérigos. Obras de Gorki, Neruda, Rezzori, Eliade ... revelan cómo los escritores están sujetos a las mismas pasiones que los demás.

IGNACIO VIDAL-FOLCH - EL PAÍS - 06/02/2010
En las letras, igual que en todo lo demás, el talento es un título de responsabilidad!". Con esta sentencia explica el general De Gaulle su negativa a indultar a Robert Brasillach, condenado a muerte en 1945. Entre los colaboradores con los nazis durante la Ocupación, a Brasillach, joven de suaves mofletes, pelo planchado, gafas de carey y aspecto general de estudiante aplicado, le ha correspondido el título de villano máximo de la literatura. Como director de la revista Je Suis Partout, la más leída, la mejor hecha y la más odiada de la época, agotó el catálogo de las infamias (verbales). Ahora bien, la naturaleza humana es más compleja que el universo: mientras aguardaba en la cárcel su sentencia de muerte escribió este poema:

En 1848, Schopenhauer ofrecía las ventanas de su casa a los soldados austriacos para que disparasen cómodamente contra "la canalla"
El relato de Neruda sobre sus tiempos como cónsul de Chile en México es un alarde de escamoteo de la verdad y de pánfila autosatisfacción

Stalin y Gorki perfilaron la estética del "realismo socialista" y definieron la misión de los escritores para las siguientes generaciones

D'autres sont venus par ici
Dont les noms sur les murs moisis
Se défont déjà et s'ecaillent;
Ils ont souffert et espéré
Et parfois l'espoir était vrai
Parfois il dupait ces murailles.
Venus d'ici, Venus d'ailleurs
Nous n'avions pas le même coeur,
Nous a-t-on dit. Faut-il le croire?
Mais qu'importe ce que nous fûmes!
Nos visages noyés de brume
Se ressemblent dans la nuit noire.
C'est à vous, frères inconnus,
Que je pense, le soir venu,
Ô mes fraternels adversaires!
Hier est proche d'aujourd'hui,
Malgré nous nous sommes unis
Par l'espoir et par la misère.

(Otros vinieron por aquí / cuyos nombres en los muros mohosos / ya se deshacen y desconchan. / Ellos sufrieron y tuvieron esperanzas / y a veces la esperanza acertaba / a veces engañaba a esas murallas. // Venidos de aquí, venidos de otros sitios / nuestros corazones no eran iguales, / según nos dijeron. ¿Hay que creerlo? / ¡Pero qué importa lo que fuimos! / Nuestros rostros, ahogados de bruma, / se parecen en la noche negra. // Es en vosotros, hermanos desconocidos, / en quienes pienso, cuando cae la noche, / ¡Oh mis fraternales adversarios! / Ayer está cerca de hoy, / a pesar nuestro estamos unidos / por la esperanza y por la miseria).

La luz de la circunstancia excepcional en que el poema fue escrito (tan semejante a la que inspiró a Villon su Ballade des pendus) lo realza y nimba con un halo de cosa extraordinaria.

Brasillach tuvo además carácter para recibir la noticia de su condena con estas palabras:

-Es un honor.

Pierre Drieu La Rochelle también se despidió con clase:

"Sed fieles al orgullo de la resistencia igual que yo lo soy al orgullo de la colaboración", escribió en su diario antes de suicidarse. "No hagáis trampa, como yo no la hago. Condenadme a la pena capital (...) Sí, soy un traidor. Sí, he estado cooperando con el enemigo. He aportado inteligencia francesa al enemigo. No es culpa mía que este enemigo no haya sido inteligente".

En cambio, Céline, que con Brasillach y Drieu, Montherlant y Morand y Daudet (pronto exonerado de toda culpa), Céline cuyo Viaje al fin de la noche revolucionó la prosa francesa, Céline, del que dice Lottman que "el examen de sus libros y de su vida muestra claramente que fue un genio del mal y que su psicología no era enteramente normal", eludió el cadalso fotografiándose vestido de harapos y con un gatito sobre las rodillas.

(La dificultad que encontramos en aceptar el binomio gran artista-mala persona es la consecuencia de una fe religiosa en el arte y sus clérigos. Pero al fin y al cabo, los escritores siempre estuvieron sujetos a las mismas pasiones que los demás. En las revoluciones de 1848, el filósofo Schopenhauer, el pesimista, el reaccionario, ofrecía las ventanas de su casa en Francfort a los soldados austriacos para que disparasen cómodamente contra "la canalla", mientras en París Baudelaire, el poeta moderno y progresista, agitaba las barricadas tratando de convencer a los insurgentes de que le acompañasen a su casa para fusilar a su padrastro).

Stalin atrajo de vuelta a la URSS al que los bolcheviques consideraban el mejor escritor ruso, la voz del pueblo, Maxim Gorki, halagando su vanidad, y una vez lo tuvo en Moscú le adjudicó como vivienda un palacio modernista cerca del Kremlin y dos dachas, y lo nombró presidente de un comité para agrupar a todos los escritores soviéticos. Además rebautizó su ciudad natal con su nombre. Al autor de La madre esto no acababa de parecerle del todo bien:

-He escrito por primera vez Gorki en el sobre, en vez de Nizhni Novgorod. La verdad, me resulta desagradable y embarazoso.

Pero en fin, todo lo daba por bueno, ya que gracias a su influencia Zamiatin (autor de la antiutopía Nosotros) pudo exiliarse en Francia, y Bulgákov (el autor de El maestro y Margarita), que estaba reducido al ostracismo y al hambre, obtuvo un empleo en un teatro, y Pilniak (Caoba) y Babel (Caballería roja) pudieron ampararse tras sus anchas espaldas: luego le seguirían a la tumba, como los siervos al Faraón.

Muchas noches, concluida su jornada laboral en el Kremlin, Stalin se presentaba en la cercana mansión de Gorki, que solía recibir a sus colegas en su salón y sostener con ellos animados debates nocturnos. Fue allí, una noche de 1932, donde el estadista y su escritor de cabecera perfilaron las líneas maestras de la estética del "realismo socialista" y definieron la misión de los escritores para las siguientes generaciones, que al cabo de pocos días el primer congreso de la Unión de Escritores, presidido por Gorki, refrendó: glorificar la aniquilación de las clases enemigas y el liderazgo de Stalin, mientras los órganos rectores de la Unión debían alentar la producción de "obras de alto valor artístico imbuidas del espíritu del socialismo".

Al año siguiente de aquella decisiva reunión, Gorki coordinó el prototipo de libro imbuido de ese espíritu edificante, el que el historiador Shentalinski define como "el libro más vergonzoso y más cargado de mentiras de la historia": Belomor, historia de la construcción del canal J. V. Stalin del Mar Blanco al Mar Báltico, una apología del trabajo esclavo en esa obra que costó 100.000 vidas. Para redactarlo, Gorki reclutó un equipo de 120 escritores y viajó con ellos en un tren fraternal hasta el canal, donde no vieron o no quisieron ver las condiciones en que los esclavos vivían y morían; y a la vuelta seleccionó a los 30 escritores más eficientes y corruptos para exaltar la portentosa hazaña.
Entre ellos, su favorito, el aristócrata Alexéi Tolstói, descendiente del autor de Guerra y paz y un caso humano curioso. Parece que tuvo verdadero talento. La llave dorada, su versión rusa de Pinocchio, es todavía hoy uno de los cuentos infantiles más apreciados en su país, y su Pedro I, donde retrata al zar Pedro el Grande como el protobolchevique, se considera una obra de calidad literaria. La misma Ajmátova le admiraba, a pesar de que atribuía la condena de su amigo, el poeta Osip Mandelstam, más que a su Epigrama contra Stalin, a la bofetada que le dio a Tolstói por una cuestión menor. Éste le amenazó proféticamente: "¡Te expulsaremos de Moscú! ¡Nunca más publicarás un verso!", mientras Gorki confirmaba: "¡Ya le enseñaremos cómo hay que pegar a los escritores rusos!".
La ambición, la codicia y el servilismo royeron el talento de Tolstói hasta dejarlo en los huesos. Despachó novelas que retorcían los hechos históricos para denigrar a Trotski y ensalzar a Stalin (Pan), o contaban las hazañas de un chequista (policía secreta); fue miembro de la comisión especial para intoxicar a la opinión mundial con películas y panfletos que endosaban a los nazis la matanza de Katyn; clamó pidiendo la muerte de sus anteriores protectores, Kamenev y Zinoviev... "Pocas familias pueden preciarse de tener en su seno a un escritor tan grande como León Tolstói, pero pocas pueden tener a un escritor a la vez tan dotado y tan despreciable como Alexéi...", sentencia su lejano pariente el historiador inglés Nikolái Tolstói en Los Tolstói, 24 generaciones de historia rusa. "No hubo mentira, traición o indignidad que no se apresurase a cometer para llenarse los bolsillos".
A este top five de malos malones de la literatura agrego ahora algunos monstruos subjetivos, malos o malillos no universales, pero sí a los ojos y en los textos de los grandes escritores: Neruda según Brodsky, Éluard según Kundera, Rezzori según Vizinczey, Eliade según Manea.

El poeta y premio Nobel de origen ruso Joseph Brosdky menciona en su libro Del dolor y la razón a Pablo Neruda, best seller mundial y permanente de la poesía en lengua española gracias a sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada: "Trotski, aún reciente el segundo atentado contra su vida (en el que su secretario americano fue asesinado por el luego célebre muralista David Alfaro Siqueiros, ayudado por el luego célebre poeta, y premio Nobel, Pablo Neruda)...", dice Brodsky. En su autobiografía, Me llamaban el coronelazo, David Alfaro Siqueiros reconoce su participación en el "asalto a la casa de Trotski" el 24 de mayo de 1940. Lo que no dice es que él dirigió al fracasado escuadrón de sicarios, y por qué mataron a su cómplice Robert Sheldon Harte. El relato que dejó Neruda, en Confieso que he vivido (su autobiografía, redactada poco antes del cuartelazo de Pinochet, del asesinato de Allende y de morir él mismo de enfermedad y pena), sobre sus tiempos como cónsul de Chile en México, es un alarde de escamoteo de la verdad y de pánfila autosatisfacción:

"David Alfaro Siqueiros estaba entonces en la cárcel. Alguien lo había embarcado en una incursión armada a la casa de Trotski. Lo conocí en la prisión, pero, en verdad, también fuera de ella, porque salíamos con el comandante Pérez Rulfo, jefe de la cárcel, y nos íbamos a tomar unas copas por allí, en donde no se nos viera demasiado. Ya tarde, en la noche, volvíamos y yo despedía con un abrazo a David que quedaba detrás de sus rejas".

"(...) Entre salidas clandestinas de la cárcel y conversaciones sobre cuanto existe, tramamos Siqueiros y yo su liberación definitiva. Provisto de una visa que yo mismo estampé en su pasaporte, se dirigió a Chile con su mujer, Angélica Arenales...".

Cuando Norman Manea, disidente exiliado en Estados Unidos, y el escritor rumano más interesante de la actualidad, publicó su ensayo Felix culpa, a propósito de su compatriota, el gran historiador de las religiones, el notable literato, el erudito, el sabio que buscaba y encontraba las manifestaciones de un espíritu primigenio y global en mitos y atavismos y remotos ritos chamánicos, Mircea Eliade, le llamaron de todo, entre otras cosas "policía del espíritu". El título de su ensayo alude a una anotación de Eliade en sus diarios, del 10 de octubre de 1984: "Sigo pensando en lo que hubiera sufrido si me hubiera quedado en la patria, como profesor y escritor, y si no hubiese sido por aquella felix culpa: mi adoración por Nae Ionescu y todas las consecuencias (en 1935-1940) de esa relación (...) Me hubiera quedado en la patria. En el mejor de los casos hubiera muerto de tuberculosis en una prisión". Nae Ionescu (nada que ver con el Ionesco de La cantante calva), filósofo y profesor en la universidad del Bucarest de entreguerras, fue el principal propagandista en los medios intelectuales del movimiento fascista rumano, la Legión de San Miguel Arcángel o Guardia de hierro. Eliade era un sabio precoz y ayudante de cátedra de Ionescu, y escribía en la prensa: "Para aquellos que han sufrido tanto y han sido humillados durante siglos..., por los húngaros..., después de los búlgaros la gente más imbécil que haya existido nunca..., han anhelado una Rumania nacionalista, hiperactiva y chovinista, armada y vigorosa, implacable y vengativa".

Lo que Manea le reprocha es que -como el filósofo Heidegger con su pasado nazi- nunca manifestase contrición ni reconociera que su filiación al fascismo fue un error juvenil: un paso al frente le parece a Manea que hubiera sido muy beneficioso, en términos de didáctica social, sobre todo ante el futuro inmediato en que las primeras generaciones poscomunistas, desorientadas, desinformadas y confusas y en busca de señales de identidad nacional y referentes ideológicos, recuperan el magisterio de Eliade y al mismo tiempo las tentaciones chovinistas y antisemitas. Muy al contrario, cuarenta años después de esa felix culpa, Eliade escribía en su diario: "No sé cómo juzgará la historia a Corneliu Codreanu (fundador de la Legión)...

". Y puedo muy bien imaginarme a Manea en el Bard Collage de Nueva York, adonde llegó también por la ruta del exilio, leyendo por primera vez estas frases del Eliade crepuscular, y preguntándose con incredulidad: "No sé cómo juzgará la Historia a Corneliu Codreanu".

Milan Kundera dedica unas páginas brillantes de su novela El libro de la risa y el olvido a la condena a muerte de un poeta surrealista checo, Závis Kalandra, durante las purgas de los años cincuenta. Ese poeta era amigo de André Breton, el papa del movimiento surrealista, y de Paul Éluard, que después de la Segunda Guerra Mundial había abandonado las filas del surrealismo para integrarse en las del comunismo. "André Breton no creyó que Kalandra hubiera traicionado al pueblo y a sus esperanzas, y dirigió un llamamiento en París a Éluard (en carta abierta del día 13 de junio de 1950) para que protestase contra la absurda acusación, e intentase salvar a su antiguo amigo praguense. Pero Éluard estaba en ese preciso momento bailando en un inmenso corro entre París, Moscú, Varsovia, Praga, Sofía, Gracia, entre todos los países socialistas y todos los partidos comunistas del mundo, y en todas partes recitaba sus hermosos versos sobre la alegría y la hermandad. Cuando leyó la carta de Breton dio dos pasos en el sitio, un paso hacia delante, negó con la cabeza, se negó a defender a un traidor al pueblo (en la revista Action del 19 de junio de 1950) y en lugar de eso recitó con voz metálica:

Vamos a colmar la inocencia
De la fuerza que durante tanto tiempo
Nos ha faltado
No estaremos nunca más solos...
Huiremos del descanso, huiremos del
sueño,
Tomaremos a toda velocidad el alba y la
primavera
Y prepararemos días y estaciones
A la medida de nuestros sueños
El hombre, presa de la paz, siempre tiene
una sonrisa
El amor se ha puesto a trabajar y es
infatigable.

Lo mismo que movió a Kundera para inmortalizar como significativo ese episodio llevó a W. G. Sebald (aunque con menos humor) a retratar, en Sobre la historia natural de la destrucción, a Alfred Andersch como una escoria, con una vida interior "plagada de ambición, egoísmo, resentimiento y rencor", y hacer de él el paradigma de la corrupción moral a la que puede llegar un escritor. Trabajo de inquisición semejante, aunque si cabe con una ferocidad mayor, y contra un colega superior, hizo Stephen Vizinczey (En brazos de la mujer madura) en Verdad y mentiras en la literatura, con Gregor von Rezzori (maravilloso autor de Memorias de un antisemita, de Flores en la nieve, de Un armiño en Chernopol), a cuenta de La muerte de mi hermano Abel. Según Vizinczey, la frivolidad de Rezzori en esta "novela estúpida y taimada" relativiza el bien y el mal, iguala a víctimas y verdugos, y esa operación hace de él un hombre "con la sensibilidad embotada, el cerebro pequeño y la piel gruesa de un cerdo".

¡Rezzori! Gustosamente seguiría yo añadiendo nombres a esta galería, para agregar al tuyo y los de tantos ilustres monstruos el mío, aunque fuera sólo por el expediente, tan claramente malvado, de escribir listas negras... (y leerlas). Pero por ahora basta y vale.

La novela del adolescente miope. Mircea Eliade. Traducción y prólogo de Marian Ochoa. Impedimenta. Madrid, 2009. 520 páginas. 26 euros. La gran trilogía: Un armiño en Chernopol, Memorias de un antisemita, Flores en la nieve. Gregor von Rezzori. Traducción de Daniel Najmías, Juan Villoro, Joan Parra Contreras. Anagrama. Barcelona, 2009. 904 páginas. 34 euros.

Historia de las víctimas de ETA. Vidas rotas.

La estela del terror

Vidas rotas narra la historia de las víctimas de ETA. Es una rigurosa crónica de crímenes políticos, pero también un incentivo para preguntarse cómo es posible que terminado el franquismo se multiplicasen los "patriotas de la muerte"

Existe una abundante bibliografía acerca de la historia de ETA, pero hasta ahora faltaba un libro en el que la historia de todas y cada una de sus víctimas mortales fuera reconstruida siguiendo el hilo de los atentados. En un libro sobrecogedor, Vidas rotas, tres especialistas en el análisis del terrorismo nacionalista han conseguido efectuar esa necesaria reconstrucción histórica. Rogelio Alonso, Florencio Domínguez y Marcos García Rey atienden con un encomiable nivel de profesionalidad a la exigencia formulada por el hijo de una de las víctimas, el político socialista Fernando Múgica Herzog: "Se tiene que saber quiénes son las víctimas, sus nombres y apellidos, su historia anónima de persecución, de humillación y de ofensa. Y quiénes son los victimarios, que tienen también su nombre y apellidos, por qué están en la cárcel y qué es lo que hicieron. Hay que saber quién murió y quién mató".


Vidas rotas
Historia de los hombres, mujeres y niños víctimas de ETA
Rogelio Alonso, Florencio Domínguez
y Marcos García Rey
Prólogo de Fernando García de Cortázar
Espasa. Madrid, 2010
1.310 páginas. 30 euros
Vidas rotas es una rigurosa crónica de crímenes políticos, pero también un incentivo para preguntarse cómo es posible que en una sociedad, especialmente cuando acaba el franquismo y llega la democracia, y con especial intensidad justo entonces, se multiplicasen esos "patriotas de la muerte", por usar el término de Fernando Reinares, los cuales con toda frialdad asesinaron uno tras otro a cientos de ciudadanos que en la mayoría de los casos no podían tener responsabilidad personal alguna en la supuesta opresión sufrida por Euskadi. Hubo arrepentimientos, incluso pagados con la vida como el de Yoyes, pero en general tropezamos con creyentes empapados en una religión del odio, algo que han vivido en sus hogares o en los círculos de socialización como adolescentes. Habida cuenta del tipo de reacción complementaria de tantos nacionalistas ajenos a ETA -ejemplo la actitud de los miembros de PNV y de EA en Andoain con ocasión del asesinato de Pagaza-, resulta lícito apuntar al efecto perverso de una mentalidad forjada en el tipo de nacionalismo totalitario de Sabino Arana, creador de una auténtica identidad asesina. No es posible de otro modo explicar la conversión de tantos jóvenes, inicialmente de existencia normal, en criminales sanguinarios legitimados por la búsqueda de un objetivo político que nunca ha sido ni será real. Tal y como resume el autor del prólogo, Fernando García de Cortázar, "aquí se ha matado por un concepto aberrante de patria".
Cuando el asesinato tuvo especial relevancia ante la opinión pública o se encuentra disponible información adicional acerca de lo sucedido a los familiares, o de sus juicios sobre los sucesivos casos, el relato efectúa una oportuna detención, casi siempre esclarecedora al dar cuenta pormenorizada de los terribles efectos del crimen. Ello es siempre también motivo de desolación para el lector que tenga un mínimo de sensibilidad. Después de cada episodio, uno siente el deseo de ir a ver, a hablar, a abrazar a esos supervivientes, en ocasiones mutilados, tantas otras veces afectados psicológicamente para siempre por el impacto del momento crítico en que recibieron la noticia, contemplaron el cadáver de la víctima o vivieron en primera persona de un modo u otro el atentado.
Conviene destacar que a pesar de lo delicado del tema, Alonso, Domínguez y García Rey no cierran los ojos ante las actitudes contradictorias. Ahí está la reseña del homenaje a Ernest Lluch, con la reproducción de las famosas palabras de una conocida periodista, alusivas a que Lluch hubiera dialogado con los etarras incluso en el instante de ser asesinado. Despropósito explicable por el dramatismo de la situación, pero que es reducido a su significado preciso por los datos ofrecidos en el libro de Edurne Uriarte acerca de la forma en que sus asesinos arrastraron al ex ministro por el garaje hasta llegar a un punto en que las balas no rebotaran contra ellos. Los killers de ETA no concedían espacio para el diálogo.

La lectura de esa riada interminable de tragedias personales y familiares, y sobre todo el interés que revisten anotaciones como la citada, llevan a pensar que en el libro se da la ausencia de un componente que habría resultado imprescindible para situar esos crímenes en su tiempo real, en el marco de la opinión pública y de las circunstancias políticas cambiantes. Alguna vez hay informaciones de este género, siempre valiosas, que subrayan la importancia de conocer cómo reaccionaron los partidos políticos y las organizaciones sociales a los sucesivos crímenes. De ese modo hubiera sido posible establecer un balance de conjunto, así como reconstruir las probables líneas de continuidad o cambio, especialmente importantes por lo que toca al Gobierno Vasco y al PNV. Al no haber sido cubierto este vacío, queda en la sombra el principal interlocutor institucional de las víctimas, el nacionalismo democrático, a quien muchos reprochamos haber elaborado un discurso ambivalente respecto del terror, con el rechazo formal de ETA siempre acompañado a continuación de la justificación indirecta del "conflicto". Sólo mediante esa inclusión los lectores llegarían a entender las causas del inhumano aislamiento a que fueron sometidos tantos allegados de las víctimas en los pueblos vascos y navarros. Es preciso ir, pues, a las raíces, porque según advertía Heine, citado por Primo Levi, "la violencia es una semilla que no muere".