dilluns, 30 de novembre de 2009

Al Capone y los gánsteres, figuras míticas del s. XX

La balada de Al Capone
Por Hans Magnus Enzensberger.


FUENTE: ABCD, 28 DE NOVIEMBRE DE 2009 - NÚMERO: 926

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=12913&num=926&sec=31






La caja del violoncelo se abre de golpe: y del forro de terciopelo rojizo surge una flamante ametralladora. Al despuntar el día se descubren los cadáveres. El lechero los encuentra, en el curso de su ronda, junto a la boca de riego, el chico del ascensor en el vestíbulo del hotel, el encargado del almacén en el cobertizo entre las barricas de aceite. La más importante tienda de géneros de punto del lugar ha puesto en el escaparate un letrero, en el que se lee: «Zurcidos invisibles y a precio módico para los agujeros de balas de su traje». Hacia mediodía se dejan ver las flappers: son muchachas rubio-oxigenadas con faldas increíblemente cortas, sombreritos hongo y peinadas a la garçonne. Negros Cadillacs, fuertemente blindados, se detienen ante el restaurante de lujo, casi enfrente del Ayuntamiento, donde los asesinos dan un banquete en honor de la corporación municipal. Al tercer brindis, el fiscal recibe, de manos de un individuo sin afeitar, un reloj de bolsillo de oro. Está envuelto en un cheque. Luego todo el grupo parte para las carreras de caballos. En las tabernas de los sótanos comienzan a vibrar los pianos eléctricos. En los cuartos de baño de los inmuebles de apartamentos mana el aguardiente procedente de la caldera de destilación. [...] Mientras, los camiones de los contrabandistas de alcohol, escoltados por níveos policías motorizados, hacen retemblar las calles adyacentes. Y los verdaderos amos de la ciudad se encuentran en el boxeo. Llevan sombreros de paja y blancos borceguíes. Sus cinturones están guarnecidos de diamantes, y el pañuelito que asoma en la chaqueta, encima de la pistolera, es de una blancura deslumbrante. Casi sería una ofensa presentarles; se trata de celebridades que todo el mundo conoce: Jimmy Diamantes, Dan el Dandy, Vincent el Intrigante, Louis-dos-cañones, Jacob Dedos Grasientos, Hymie el Polaco, Quinta la Rana Saltarina y, en el centro, escoltado por doce guardaespaldas, el incomparable Al Capone, llamado Cara Cortada.


«Soy un fantasma forjado por millones de mentes», dijo este individuo al final de su carrera. La frase revela una inteligencia fuera de lo común. No puede decirse de modo más breve y conciso lo que caracteriza a este ser. Capone es una figura perteneciente a la Historia, pero también a la imaginación. Es un engendro de la fantasía colectiva, y en este sentido un fantasma: pero este fantasma es de una realidad más poderosa que cualquier hecho escueto. Historiadores, sociólogos, abogados y psicólogos estudiaron el fenómeno con todo detalle e intentaron explicarlo. Pero sus métodos no llegan al fondo de la cuestión. Esta cuestión se llama: mitología.


El siglo XIX, en sus postrimerías, acuñó aún una colección de notables figuras mitológicas: el explorador (representado por Livingstone y Nansen), el dandy (Oscar Wilde), el inventor (Edison), el artista como mago (Richard Wagner). En cambio, El mito del siglo XX se asemeja al libro que lleva este título: consiste, por regla general, en patrañas. [...] Entre los políticos del siglo, quizás con la excepción del revolucionario de profesión (personificado por Lenin), ni uno solo alcanzó talla mitológica. Los retratos de los pioneros de la técnica, de Lindbergh a Gagarin, amarillean con los reportajes que sobre ellos se escriben. El mundo industrial del supercapitalismo sobrevive en la fantasía colectiva sin un solo héroe. Incluso se ha secado la más antigua fuente de mitos: de ambas guerras mundiales no ha salido una sola revelación que se concretase en figura mitológica. [...]


Entre las figuras mitológicas extremadamente escasas del siglo XX el gánster ocupa un lugar descollante. [...] Pero un único nombre personifica el prototipo del gánster: el nombre de Al Capone. Tantos años después de sus «buenos tiempos» su aureola no se ha desvanecido. El fantasma del gánster continúa todavía reinando en los sueños del mundo. [...]


El periódico y la revista ilustrada, la radio y el cine, tienen una participación en la leyenda del gánster, que, a decir verdad, no se puede explicar; pero es enorme. Ya en el año 1925 el gánster era objeto de interés turístico: el cuartel general de Capone figuraba en el programa de las visitas a la ciudad. En 1930, cuando su poder había justamente sobrepasado su apogeo, parece que la sociedad cinematográfica Warner Brothers ofreció a Capone un contrato de 200.000 dólares por el principal papel en la película hollywoodense Public Enemy: en ella debía interpretarse a sí mismo. [...]


[...] el mito del gánster, este engendro de la fantasía colectiva, se puede localizar y datar con toda exactitud: su época fue la de los roaring twenties, los explosivos años veinte, mejor dicho: el período de catorce años de la Prohibición norteamericana que discurre entre 1920 y 1933; su lugar es Chicago, en su día la segunda ciudad de los Estados Unidos.


Las condiciones idílicas que describe un informe oficioso del ayuntamiento a finales de los años veinte no fueron capaces, desgraciadamente, de despertar el interés de otros observadores. Aproximadamente por las mismas fechas, el Congreso norteamericano consideró la posibilidad de declarar el estado de excepción en la «Atenas del Oeste» y, con ayuda de tropas escogidas y mediante la aplicación de la ley marcial, proceder contra el régimen gansteril que había convertido el ayuntamiento y la sala de audiencias de la ciudad en un teatro de marionetas, y había llegado a dominar a la policía. [...]


Chicago continuó siendo, hasta bien entrado el siglo XX, una ciudad abierta, una ciudad de la frontera. Tras ser explotado el Oeste del continente, se abrió otra frontera, una frontera que no era geográfica, sino de tipo social: se trataba de la inmigración. En sucesivas oleadas fueron llegando a Chicago los inmigrantes procedentes de Italia, Irlanda y Polonia; una vez allí crearon gigantescas colonias que, a menudo, se resistieron durante decenios a la asimilación.
Con ello concurrían en Chicago, desde tiempo inmemorial, algunas de las condiciones necesarias para fundar un imperio de gánster. Sin embargo, no se cumplían aún todos los requisitos exigidos. Es verdad que una rama de actividades con muchas derivaciones atendía a dos necesidades básicas de la ciudad: juegos de azar y chicas fáciles. Pero estas necesidades no eran generales, ni extendidas con la suficiente amplitud. La base era demasiado estrecha para poder levantar un imperio que dominase la ciudad entera. Esta dificultad no la solventaron los concejales de Chicago, sino la Cámara de Representantes de los Estados Unidos de América. Votaron una decimoctava enmienda a la Constitución del país, la llamada Ley Volstead, que entró en vigor el 17 de enero de 1920. Esta ley prohibía «la preparación de cualquier bebida embriagante». Las asociaciones de abstemios, que durante decenios habían hecho campaña en favor de la ley, prorrumpieron en vítores:


«Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Se acabó el imperio de las lágrimas... Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correcionales quedarán vacíos; los transformaremos en fábricas y graneros. Todos los hombres volverán a marchar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno».


El resultado no se hizo esperar mucho. Apenas promulgada la ley, la nación fue acometida por unas locas ansias de ese zumo prohibido. Establecimientos especializados en levaduras, lúpulo, malta y alambiques abrieron repentinamente sus puertas. Todos los almacenes se vieron inundados por una avalancha de artículos con las instrucciones precisas para fabricar vino y cerveza en el propio hogar. Brotaban del suelo tabernas clandestinas, los llamados speakeasies. Nueva York, que un año antes contaba con 15.000 bares legales, pudo jactarse en el año 1921 de la imponente cifra de 32.000 tabernas con mirilla. [...] El alcohol se convirtió en la obsesión norteamericana. El primer decenio de la prohibición arrojó el balance siguiente: medio millón de detenciones; penas de prisión por un total de treinta y tres mil años; dos mil muertos en la guerra del aguardiente de los gánsteres; y treinta y cinco mil víctimas de intoxicación por alcohol.


Nunca hubo una ley más impopular en Chicago. Cinco sextas partes de la población de la ciudad rechazó la prohibición. La prohibición de la cerveza era incomprensible y absurda para los incontables germano-americanos del lugar y los italianos no pensaban dejar su vino de mesa; pero también a los norteamericanos afincados de antiguo les resultó sumamente antipático el tener que renunciar a la ginebra y el whisky, que pasaban por provisiones imprescindibles desde los días de la colonización. De este modo, había por vez primera una necesidad general e imperiosa cuya satisfacción estaba prohibida por la ley. A los delincuentes avecindados de antiguo en la ciudad la prohibición les suministró una palanca ideal para saltarse a la torera la legalidad e implantar una total tiranía. Los gánsteres no titubearon mucho a la hora de sacar partido de esta oportunidad única. La fecha de su subida al poder se puede fijar con bastante precisión: fue el 15 de mayo de 1920. Ese día tuvo lugar el entierro de un tal Jim Colosimo.


Este Colosimo fue considerado el presidente extraoficial de los bajos fondos de Chicago durante los diez años que median entre 1910 y 1920. Tenía tras de sí la clásica carrera: hijo de una familia de inmigrantes de los barrios pobres del sur de la ciudad, hizo de limpiabotas, vendió periódicos, se inició como carterista y rufián, estableció una agrupación electiva, se procuró influencia y protección, y acabó montando toda una cadena de burdeles, salas de juego y clubs nocturnos. Dejando aparte que sentía predilección por los tirantes y ligas guarnecidos de diamantes, su aspecto era respetable y burgués. Nunca se le veía sin su bastón y sin su sombrero hongo. Era un entusiasta aficionado a la ópera y amigo íntimo de Caruso. Más allá de los doce asesinatos que se le imputan, se limitó a las ramas tradicionales del negocio: su renta anual se cifraba en quinientos mil dólares. Con vistas a su seguridad personal contrató a un joven procedente de Nueva York llamado Johny Torrio. (Inmigrante de origen siciliano; primera experiencia profesional: ladrón en los bajos fondos neoyorquinos, pistolero a sueldo en la zona portuaria del East River; actividades posteriores: rufián y matón al servicio de Colosimo, y finalmente su apoderado). [...]


La carrera y la formación de Capone respondían exactamente a las normas de la nueva generación de gánsteres. Su nombre oficial era Alphonso Caponi, su lugar de origen Castellamare, cerca de Roma; cuando tenía un año sus padres emigraron a América; familia numerosa; ambiente de bajos fondos; abandonó la escuela a los trece años; ocupaciones ocasionales; robo de tiendas y sustracción de coches; chulo de navaja y matón en garitos infames; por último, gerente de un club nocturno con bar, sala de juego y negocio de burdel. [...]


Un día de enero de 1925, a las cinco de la tarde, [...] Johnny Torrio cayó ante la puerta de su casa con cinco balas en el cuerpo. En el hospital declaró a los detectives: «Sé quien fue, pero esto no os importa. No soy un delator».


Tres semanas después, Torrio pudo abandonar el hospital. En marzo llamó a Capone y a sus abogados y le transfirió todos sus negocios. Podía permitirse ese lujo. Quince años después Torrio moría pacíficamente, como hombre acaudalado, cuando le afeitaban en una peluquería de Brooklyn. De Capone se despidió con estas palabras: «Puedes quedarte con todo el negocio. Ya tengo bastante. Regreso a Italia. Necesito un poco de sol».


Desde el momento en que John Torrio subió al vapor de lujo que había de llevarle a Nápoles, Capone fue el zar y señor absoluto de Chicago. Heredaba una corporación empresarial que daba una ganancia bruta de unos setenta millones de dólares al año. Consideraba a su mentor y padre adoptivo como un eminente promotor y pionero, pero no estaba dispuesto a darse por satisfecho con lo alcanzado. Ningún personaje era para él demasiado grande. Dijo: «Napoleón fue el gánster más grande del mundo, pero yo podría superarlo en ciertos aspectos». Creía superar a todos sus incontables antecesores. Tenía razón.