dilluns, 30 de novembre de 2009

TEXTOS HISTÓRICOS: LA LEY SECA (Ley Volstead)

«Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Se acabó el imperio de las lágrimas... Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correcionales quedarán vacíos; los transformaremos en fábricas y graneros. Todos los hombres volverán a marchar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno».


Las asociaciones de abstemios de Estados Unidos, 1920





La Cámara de Representantes de los Estados Unidos de América votó una decimoctava enmienda a la Constitución del país, la llamada Ley Volstead, que entró en vigor el 17 de enero de 1920. Esta ley prohibía «la preparación de cualquier bebida embriagante». Las asociaciones de abstemios, que durante decenios habían hecho campaña en favor de la ley, prorrumpieron en vítores tal como refleja el texto anterior.


El resultado no se hizo esperar mucho. Apenas promulgada la ley, la nación fue acometida por unas locas ansias de ese zumo prohibido. Establecimientos especializados en levaduras, lúpulo, malta y alambiques abrieron repentinamente sus puertas. Todos los almacenes se vieron inundados por una avalancha de artículos con las instrucciones precisas para fabricar vino y cerveza en el propio hogar. Brotaban del suelo tabernas clandestinas, los llamados speakeasies. Nueva York, que un año antes contaba con 15.000 bares legales, pudo jactarse en el año 1921 de la imponente cifra de 32.000 tabernas con mirilla. [...] El alcohol se convirtió en la obsesión norteamericana. El primer decenio de la prohibición arrojó el balance siguiente: medio millón de detenciones; penas de prisión por un total de treinta y tres mil años; dos mil muertos en la guerra del aguardiente de los gánsteres; y treinta y cinco mil víctimas de intoxicación por alcohol.
Nunca hubo una ley más impopular en Chicago. Cinco sextas partes de la población de la ciudad rechazó la prohibición. La prohibición de la cerveza era incomprensible y absurda para los incontables germano-americanos del lugar y los italianos no pensaban dejar su vino de mesa; pero también a los norteamericanos afincados de antiguo les resultó sumamente antipático el tener que renunciar a la ginebra y el whisky, que pasaban por provisiones imprescindibles desde los días de la colonización. De este modo, había por vez primera una necesidad general e imperiosa cuya satisfacción estaba prohibida por la ley. A los delincuentes avecindados de antiguo en la ciudad la prohibición les suministró una palanca ideal para saltarse a la torera la legalidad e implantar una total tiranía. Los gánsteres no titubearon mucho a la hora de sacar partido de esta oportunidad única. 




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