dissabte, 15 de juny de 2013

Nacionalismo de izquierda, "¿El discreto encanto de la burguesía?", de Ivan Serrano


 en Agenda Pública de eldiario.es, 12 junio, 2013

Según algunas interpretaciones, el nacionalismo no puede ser de izquierdas ni la izquierda puede ser nacionalista. No debe olvidarse que cualquier movimiento nacionalista mínimamente exitoso tiene una necesaria dimensión popular. Teniendo en cuenta que se trata de una sociedad ubicada mayoritariamente a la izquierda, no debería extrañar el hecho de que el porcentaje de apoyo a la independencia sea especialmente relevante en estas posiciones

Las ciencias sociales producen de vez en cuando conceptos que hacen fortuna en el discurso político más allá de las fronteras de la academia y se convierten en una especie de comodín explicativo. Expresiones como las ‘comunidades imaginadas’ o el ‘capital social’ son ejemplos de conceptos exitosos que se utilizan demasiado a menudo como si su mera mención fuera una prueba en sí misma de nuestras intuiciones o posicionamientos particulares. Acaban así desvirtuando su capacidad explicativa en cuanto reducen la complejidad de cualquier fenómeno social a un sólo factor que por él mismo sería capaz de explicarlo completamente.

En un artículo publicado en Agenda Pública hace unos días, se argumentaba por ejemplo la existencia en Cataluña de una espiral del silencio planificada a consciencia por parte de las élites nacionalistas, en una oportunista pero aún así perfectamente diseñada estrategia que mostraría además una extraordinaria capacidad de coordinación. Ésta sería la explicación para entender la situación política en Cataluña durante los últimos años, por la cual se impondrían las tesis soberanistas distornionando la voluntad de la ciudadanía.
El problema, obviamente, no se encuentra en el uso de conceptos que si han llegado a ser exitosos es normalmente debido a su capacidad para ayudarnos a entender mejor la complejidad de nuestras sociedades. La cuestión yace más bien en cómo los utilizamos y qué pretendemos de ellos cuando sirven de apoyo a un discurso político. En el caso de los nacionalismos, hay además una distorsión no poco habitual entre su uso como categoría de análisis y como categoría de práctica política. Políticamente, una vez se formula una definición política de nacionalismo asociada a valores negativos, ya se puede desautorizar de inicio a los planteamientos que percibimos como contrarios a nuestras posiciones: los nacionalistas siempre son los otros. Esta lógica argumental está tradicionalmente asociada a la manera en que los nacionalismos de estado se enfrentan a procesos de nacionalización incompleta y promueven un proyecto de comunidad nacional (ver por ejemplo Ramon M áiz para la clásica caracterización de los nacionalismos subestatales como étnicos en contraposición al carácter cívico del nacionalismo de estado). Uno de los ejemplos paradigmáticos de esta asociación es el que sitúa al nacionalismo como un extremo del eje ideológico izquierda-derecha: de este modo, el nacionalismo no puede ser de izquierdas ni la izquierda puede ser nacionalista.

Ni las teorías sobre el nacionalismo, los estudios historiográficos o el análisis demoscópico sustentan la existencia de tal exclusividad. Esto no significa poner en cuestión el indudable el rol de las élites económicas, políticas y culturales en el desarrollo de los movimientos nacionalistas, sean de estado o en busca de estado (por utilizar la terminología de Charles Tilly), pero no debe olvidarse que cualquier movimiento nacionalista mínimamente exitoso tiene una necesaria dimensión popular (como puede verse en el trabajo clásico de Miroslav H roch). Así, la existencia de movimientos y partidos políticos diversos, como por ejemplo los de corte conservador, no puede tomarse como una evidencia de la ausencia de otro tipo de discursos políticos, ni de que éstos sean más o menos reales o sirvan a determinados intereses oportunistas. De hecho es más la norma que la excepción que los movimientos nacionalistas en su conjunto hagan hincapié en la existencia de una comunidad de tipo nacional vinculada no sólo a aspectos étnicos o identitarios sinó también a su viabilidad económica y al bienestar del conjunto de los ciudadanos. Como ya apuntó Juan José Linz, no es sorprendente que nacionalismos como el catalán hagan énfasis en estos elementos ni que sea por motivos meramente estratégicos teniendo en cuenta la estructura social de la comunidad a la que apelan. Un discurso que pretendiera ser mayoritario no podría poner el acento en una concepción nacional excluyente por motivos de origen u otros elementos culturales sinó que tenderá a ponerlo en aspectos económicos y de bienestar, tal y como la literatura ha remarcado no sólo en el caso catalán (como por ejemplo los trabajos de MichaelKeating o Montserrat Guibernau).

Esto no excluye, por supuesto, la posibilidad de que ciertos nacionalismos sean de carácter etnicista -si atendemos a los componentes de su discurso político- ni que se caracterizen por tener una base étnicocultural -por la cual la población nacida o con sus ascendentes nacidos en el territorio muestren un mayor apoyo al autogobierno incluyendo la independencia. Incluso no descartaría la posible existencia de estrategias totalizantes para excluir del debate y de la agenda política las posiciones contrarias al nacionalismo, aún cuando esto exigiera complejos procesos de ingeniería social. Podríamos concebir pues un discurso que denuncie la manipulación y control de la agenda política y las instituciones representativas por parte del nacionalismo, donde bajo la etiqueta genérica de su ‘burguesía’,  sus ‘élites’, o sus ‘clases altas’, estos grupos no sólo reprimirían las voces contrarias a los postulados de dicho ‘nacionalismo’, sinó que conseguirían que se autocensuraran, ocultando sus preferencias e incluso haciendo que la población no fuera consciente de sus intereses ‘reales’. Pero plantear esta ambiciosa hipótesis requiere, como para cualquier otra, discutir alguna evidencia disponible más allá de nuestras opiniones, de otro modo estaremos una vez más cargando a un concepto tan relevante como el de la ‘espiral del silencio’ de un carácter prácticamente mágico.

Esta denuncia no es de hecho una aportación novedosa sinó que se remonta a más de cien años atrás, justo en los albores de la articulación política del nacionalismo catalán. Desde el lerrouxismo del primer tercio del siglo veinte a las tesis sobre el supuesto nacionalismo de la burguesía catalana en los años sesenta, este tipo de discurso ha tenido y continúa teniendo una presencia visible en el debate público. Una espiral del silencio contemporánea orquestada por una mínoria activa y omnipresente, la exclusión de posturas favorables a la descentralización sin dejar de compartir un proyecto nacional español, o la contraposición progresista-nacionalista son afirmaciones difíciles de sustentar si atendemos tanto a la oferta política como a los valores ideológicos de la ciudadanía catalana. A pesar de su crisis actual y de los debates internos respecto la cuestión del llamado ‘derecho a decidir’ (más que discutible por cierto desde el punto de vista académico), el PSC ha sido un partido central e incluso hegemónico en diversos ámbitos desde la restauración democrática e intenta conciliar principios democráticos con un proyecto político de corte federal dentro de España. Por otro lado, partidos como ERC, ICV o más recientemente las CUP son movimientos políticos de izquierda con un discurso muy alejado de un supuesto ‘pensamiento único’ independentista, sin mencionar la vitalidad en Cataluña de movimientos sociales como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca o más recientemente el Procés Constituent, por poner tan sólo dos ejemplos recientes. Respecto a las preferencias de la sociedad catalana, los datos muestran efectivamente una persistente voluntad de autogobierno, y sería igualmente relevante preguntarse porqué una parte importante de la sociedad ha modificado durante los últimos años sus preferencias sobre como articular dicha voluntad institucionalmente. Aún más teniendo en cuenta que se trata de una sociedad que ubicada mayoritariamente en las posiciones de izquierda del eje ideológico. No debería extrañar pues el hecho de que el porcentaje de apoyo al estado independiente sea especialmente relevante en las posiciones de izquierda, que en buena parte pudiera sustentarse en la expectativa de una mejora del bienestar social, ni que pudiera relacionarse con la sensación de fracaso respecto al proceso de revisión autonómica que se inició con la llegada de Pasqual Maragall a la presidencia de la Generalitat en 2003.

G1

Ahora bien, ¿podría ser que aún así no existiera un discurso público que denunciara la distorsión de las preferencias e intereses ‘reales’ de la población? La evidencia sobre la oferta política y las preferencias de los ciudadanos señalarían la conveniencia de analizar con prudencia este tipo de afirmaciones, però podría argumentarse que  partidos diversos y gran parte de la población no expresa sus preferencias reales en las elecciones o cuando incluso responde a una encuesta, sea porque no son conscientes de sus intereses, no tienen la capacidad de articularlos, o no exista una oferta política que los refleje.

En relación a la articulación de dichas voces disidentes deberíamos señalar algunos indicadores que sugirieran la existencia de una espiral del silencio de tal magnitud. Ni que sea a un nivel exploratorio deberíamos preguntarnos, por ejemplo, si no existen asociaciones y movimientos políticos que sostengan este discurso y se sometan al juicio del electorado. O que no haya figuras públicas en los medios de comunicación -tanto públicos catalanes como privados- denunciando la exclusión de una parte de la ciudadanía y la indiferencia hacia lo que ‘de verdad interesa a la gente’. ¿No existen pues portavoces de los que no abrazan la causa nacionalista ni que denuncien sus intereses ocultos? De hecho hay claramente un partido en Cataluña cuyo discurso comparte muchos de estos elementos y que en las elecciones del pasado año en el parlamento llegó a obtener la confianza del 7,5% de los votantes. Se trata de Ciutadans-Partido de la Ciudadanía, y tal como sostenía en su programa, denunciaba que
El camino emprendido por los que quieren la ruptura con España ha despilfarrado talento y recursos en crear estructuras como si Cataluña fuera un estado; esa actitud ha arrinconado todo lo relacionado con España y ha marcado el perfil de unos gobiernos dedicados a la deconstrucción del estado marginando a una mayoría de ciudadanos que se sienten tan catalanes como españoles.
Se trata por supuesto de una postura política legítima -que podrá satisfacer más o menos según nuestras convicciones- pero en todo caso no puede argumentarse que se excluya del debate político más allá del peso que el electorado decide otorgarle. Nada nos sugiere pues la existencia de una espiral del silencio de tal magnitud para que oprima las voces disidentes en el eje nacional, más aún en un contexto político e institucional donde el gobierno regional afronta graves problemas financieros, con una política educativa que tiene más del 50% de su currículum definido a nivel estatal y puesta judicialmente en cuestión o con unos medios de comunicación públicos que representan una fracción minoritaria de la oferta disponible. És más, en el caso del nacionalismo existen diferentes enfoques que nos ayudarían a entender cómo los individuos se adaptan y modifican su comportamiento en diferentes contextos, cómo transforman sus identidades en preferencias políticas, hasta qué punto factores ligados a su lugar de nacimiento sinó también de tipo material o de bienestar pueden tener un papel en dichas preferencias (sin ánimo de ser exhaustivo, ver desde los trabajos de David Laitin o Henry H ale a los de Fernández y López oMuñoz y Tormos para el caso catalán).

¿Da esto evidencia tenemos de las disonancias entre unas preferencias ‘reales’ muy ‘amplias’ en la sociedad catalana? Una vez más, asumiendo -aunque sería más que cuestionable- la tesis de fondo y tomamos al grupo que se siente más español que catalan o tan catalán como español y es de clase obrera (cualificada y no cualificada) observamos como representa un relevante porcentaje de la población, alredor de la cuarta parte. Si simplemente tomamos los resultados que obtivieron PSC un 14% de los votos en su cuota histórica más baja, el 10% de otro partido de izquierdas como ICV, o el mencionado 7,5% de Ciutadans, ¿no indica esto, aún asumiendo los supuestos que hemos visto, un evidente problema de subrepresentación o de exclusión del debate político de ‘amplias’ capas de la sociedad? No hay nada que lo sustente, más allá de cómo se trata de pretender aquí elaborar una especulación alternativa en un sentido u otro, sinó señalar que debemos tener en cuenta que estamos ante un fenómeno multidimensional que difícilmente podremos reducir a un sólo mecanismo, menos aún si no sólo nos centramos en aspectos parciales. Así pues, la existencia de una asociación entre las preferencias políticas y variables como el estatus, la lengua o los ingresos del entrevistado no demuestran la existencia de una espiral del silencio. Más bien apuntan a la necesidad de contribuir desde las ciencias sociales a un debate público de calidad que mejore nuestra democracia sin que tengamos que recurrir a explicaciones que no se acaban de sustentar por la evidencia disponible. Y especialmente en todo lo referente a la dificultad de aquellos con menos ‘afluencia’ e ‘influencia’, para que así los ciudadanos puedan decidir libremente su futuro político.