dimarts, 22 de desembre de 2009

La crisis del siglo XVII. Otra explicación: "el calvinismo no hizo nada por fomentar la mentalidad capitalista"

Crisis, corrupciones, caza de brujas

Libros Por Eugenio Trías.

20 de diciembre de 2009 - ABCD, número: 929


Este libro de título tan soso -La crisis del siglo XVII- encierra dinamita. Bien conocido por los historiadores, se entrega ahora al gran público hispano, en una edición magníficamente oportuna. Ese título no es, hoy, tan aséptico como podría parecer. En su cabecera resplandece la palabra CRISIS, que desde hace unos años constituye el Maelström de todas nuestras preocupaciones.


Nuestra memoria de la crisis parece hallar en 1929 el límite de su capacidad de retroceso. Los grandes historiadores -y Hugh Trevor-Roper lo es- logran traspasar umbrales artificiales sin salirse de la Historia, y sin tener que apelar a cada paso a la Naturaleza Humana.


Este libro habla de todo lo que hoy nos importa, nos atañe y nos compromete. Habla de formas de corrupción, veladas o flagrantes, tenidas por naturales, en una de las eras de máximo auge del clientelismo de toda nuestra Historia moderna: la gestación del Estado renacentista, desde su elevación (principios del siglo XVI) hasta su muerte (hacia 1620).


Habla de regresiones terribles, trágicas, conducidas por organizaciones sádicas, como fueron los inquisidores dominicos, y sus imitadores reformistas y calvinistas: la constitución de un chivo expiatorio que dominó durante dos siglos, los que asociamos al inicio de la modernidad (XVI y XVII): ese oscuro episodio tan duradero que fue la caza de brujas, y la creencia en un sistema «demoniológico» que la sustentaba.

Y habla sobre todo de crisis: la gran crisis que sobrevino en 1620 (que el autor en un momento compara a la de 1929), y que tuvo como causa el derrumbamiento de un modelo principesco de grandes clientelas. Esa forma de sociedad había arruinado la riqueza de las naciones al esquilmar el campo, al arruinar la actividad mercantil, y al provocar el deterioro de las ciudades de origen medieval.

Las crisis nunca son exclusivamente económicas. Tampoco son necesariamente, como en la fe marxista, los hiatos pre-revolucionarios que espolean el crecimiento de las fuerzas productivas. Tampoco constituyen el impulso mediante el cual, en este caso, a través de revoluciones como la puritana de Inglaterra, se afianza la ecuación max-weberiana entre calvinismo y espíritu del capitalismo.

Este libro es un magnífico desmentido de estos lugares comunes. El calvinismo no hizo nada por fomentar la mentalidad capitalista. Max Weber se basó en escasos indicios, todos alemanes, que un examen minucioso desmiente.

Cabezas capitalistas. Los mejores historiadores miran con lupa con el fin de captar fenómenos sorprendentes. A primera vista, parecen dar la razón al gran sociólogo alemán de las religiones. Pues en todas las cortes de esos tiempos eran siempre calvinistas quienes llevaban los asuntos económicos de los príncipes renacentistas y barrocos. Lo eran los asesores de Gustavo Adolfo de Suecia o del rey Cristian IV de Dinamarca, monarcas de conocida filiación luterana (no calvinista), pero lo eran también los asesores de reyes y validos de Francia, y hasta de la muy católica España.

Pero la causa de esa proliferación de buenas cabezas capitalistas en el marco del calvinismo no debe despistarnos. Casi todos ellos, con alguna excepción, no eran buenos calvinistas, o sólo lo eran por un importante detalle: habían sido expulsados de sus comunidades de origen. De hecho, eran casi todos flamencos emigrados a Holanda, y de allí a las grandes cortes principescas.

Por tanto, el calvinismo -y su «espíritu»- no fue lo que los elevó al rango de arquitectos de la economía cortesana, sino su condición de emigrados, que los llevó a aproximarse a príncipes extranjeros de todo tipo. Fue la propia debilidad de las comunidades calvinistas, siempre amenazadas de expulsión, lo que produjo esta proliferación de personajes que no eran queridos en sus lugares de origen, y que provistos de conocimientos empresariales basados en un capitalismo ininterrumpido que se remonta a las tradiciones ciudadanas de la Edad Media, se adaptaron con facilidad al nuevo medio principesco, que los acogió con promesas de respeto a sus creencias (muchas de ellas muy amortiguadas).

Saqueo sistemático. Pero el libro de Trevor-Roper no es sólo un desmentido a las ilusiones «progresistas» de Marx-Engels o a los postulados de la ecuación entre religión calvinista y espíritu capitalista de Max Weber. Es, sobre todo, un gran libro sobre la Crisis. Eso es lo que le dota de verdadera vigencia: la crisis fue, en este caso, la que estalló a partir de 1620, hundiendo un modelo de sociedad basado en la suplantación -que los príncipes renacentistas habían propiciado- de la riqueza mercantil de las ciudades medievales (unidades autónomas políticas, sociales, económicas), y que fueron sistemáticamente desguarnecidas y descabezadas en toda la cristiandad, desde los comuneros de Castilla hasta el declive de las ciudades-Estado italianas, alemanas, flamencas (Gante y Brujas; luego Lieja), o catalano-aragonesas (Barcelona).

Se edifica sobre sus exangües contextos el nuevo modelo: la corte, que imparte sus beneficios de riqueza clientelar sobre una ciudad metamorfoseada en capital del reino. Al ciudadano le sustituye el cortesano. No es casual el éxito de la obra de Baltasar de Castiglione. Un éxito que concluye justamente en 1620, cuando la sociedad ya no puede soportar más el saqueo sistemático de las fuerzas productivas por parte del príncipe y su clientela. Se añoran al fin los rasgos «mercantilistas» de las ciudades tardomedievales, anteriores a estos cefalópodos inmensos que absorbían la savia económica de las sociedades: la corte y su clientela, frente al antiguo dinamismo de las ciudades-Estado.

Esa corte componía una tupida red, magníficamente engrasada, de favores remunerados, de corrupciones generalizadas, de tráfico de influencias, de sobornos, que los cortesanos dominaban, succionando la vida económica del campo y la mercantilización de sus productos, y esparciendo los favores cortesanos por las ciudades donde las cortes se asentaban (París, Londres, Madrid, Bruselas, Roma, Nápoles).
De pronto, tras el reinado de Jacobo I en Inglaterra, o el gobierno efectivo del Duque de Lerma en España, o la presencia de María de Médicis en Francia, esa sociedad principesca tan derrochadora, esa escandalosa proliferación de corrupción y exhibicionismo estético, se desfonda.

Clase parásita. Un nuevo paradigma parece emerger de pronto. Los reyes, los príncipes, los cortesanos aparentan volverse austeros, adustos (Richelieu, el Conde Duque de Olivares); el mercantilismo se impone; vuelve el erasmismo, última emergencia de la cultura de las ciudades y de la devotio moderna tardomedieval. Crece el odio contra esa clase parásita; surge el puritanismo, que dará lugar en algunas sociedades a revoluciones (como la que entre 1640 y 1660 triunfará en Inglaterra).

En medio de esta crisis, como refrendándola, se reproduce el corolario que tantas veces acompaña una situación de conflicto o de guerra abierta, ideológica o política: la consolidación de algún chivo expiatorio, que en este contexto serán las brujas. Un caso de regresión intelectual y moral que sólo puede producirnos consternación, horror, a no ser por la recurrencia -también en tiempos recientes- de esa caza de brujas que en esos siglos fue real caza de mujeres ancianas, o no tan ancianas. A este tema dedica Trevor-Roper el capítulo más espeluznante.

Esas brujas proceden siempre, en el inicio, de sociedades atípicas, como las que arraigan en las mentalidades campesinas de alta montaña. Las creencias en la existencia de pactos con el diablo, orgías sexuales con íncubos, viajes a través del cielo nocturno y aquelarres, son sistematizadas por esos caza-herejes y caza-brujas que fueron desde su origen los Padres Dominicos, y que componen verdaderas biblias «demoniológicas», como el célebre Maelus Malleficarum.

Esas creencias resultan ser monstruosas cuando aparecen formando un sistema. Se constituye a través de confesiones conseguidas bajo terribles tormentos: dislocación de brazos, piernas, aplastamiento de dedos, estiramiento del cuerpo, prueba del sueño, del agua, y finalmente el descuartizamiento con la rueda, o la hoguera: veinte, treinta mil hogueras a veces en un año, en una comarca.

Horrores que suscitan siempre los mismos parentescos en la exclusión: brujas, herejes, judíos. En tiempos de conflicto y guerra, esa obsesión, que alcanza hasta finales del siglo XVII, se potencia, se intensifica. La crisis favorece la creación de un chivo expiatorio -y consolida una mentalidad y un sistema de creencias que nos parece disparatado, pero en el que creyeron príncipes, reyes, cortesanos, pueblo llano y hasta grandes intelectuales (como el caso patético de Bodino, autor de un tratado de «demoniología» práctica).

Estercolero mental. Este libro de Trevor-Roper es de obligada lectura para entender los tiempos turbulentos que toda crisis puede conllevar. Con variantes importantes se vuelve a producir en los años treinta del pasado siglo ese siniestro vínculo de mentalidad de caza de brujas (para el caso, de otros marginados sociales, los judíos) favorecido por la crisis económica y el conflicto social y político. Ya en esos oscuros siglos que tenemos por «modernos» la furia contra las brujas venía siempre antecedida o proseguida con quemas en la hoguera de judíos. Y siempre parecía arraigar ese estercolero mental -fomentado por los Padres Predicadores, y tras ellos por los aprendices de brujo de las iglesias reformadas- en las huellas de dolor dejadas por las herejías medievales, valdenses o albigenses.


Se trata de una época en la que florece la nueva filosofía y la nueva ciencia, o el espíritu empresarial y mercantil (no del todo apagado por las cortes principescas). Las sociedades que progresaron fueron las que no poseían encima un poder absoluto como el logrado por el consorcio Iglesia-Estado, como sucedió en el infortunado caso español, sino comunidades, todo lo fanáticas que se quiera, pero con mucha menos concentración de poder, y sobre todo más dispersas, diseminadas y descentralizadas, como sucedía entre calvinistas o luteranos en el resto de los reinos.


Queda en el ánimo, tras la lectura de esta lección de Historia, la pregunta sobre la fragilidad de nuestra civilización liberal, abierta; la dificultad de todo postulado de progreso en una sociedad y en una cultura siempre proclive a las más ponzoñosas y estúpidas regresiones intelectuales y morales; y sobre todo la necesidad de pensar y comprender las crisis en su especificidad, pero también en su infatigable recurrencia.