diumenge, 30 de març de 2008

Historia fósil de las primeras palabras


Las Primeras Palabras de la Humanidad

Autor: Carlos González-Espresati

Ballester, Xaverio (2002): Las Primeras Palabras de la Humanidad
Valencia, Ediciones Tilde, 126 pp.

En este interesante estudio, el profesor Xaverio Ballester apunta la necesidad de orientar los estudios de la lingüística hacia interrogantes tan cruciales como por qué hablamos, y cuál fue el proceso que llevó al ser humano hasta el desarrollo de complejos sistemas de comunicación, desde una perspectiva interdisciplinar. Para explicar estos fenómenos es preciso retroceder en el tiempo. robablemente, fue el resultado de una evolución darwiniana de más de 6 millones de años.El autor ofrece como posible fecha de la aparición de las lenguas actuales en torno a los 45.000 años a.C. Probablemente, fue el resultado de una evolución darwiniana de más de 6 millones de años. En un primer estadio, opina Ballester, los antepasados del hombre moderno habrían bajado de los árboles para adaptarse a las planicies abiertas de África Oriental, hasta aparecer el bipedismo, o bien habrían abandonado ecosistemas acuáticos de los que aún quedarían ciertas consecuencias fisiológicas.

El autor propone un estudio integrado en el que la lingüística contribuya como una pieza más a desvelar el rompecabezas del pasado, y para ello debemos, comenta, trabajar con teorías, con aquellas que de manera lógica sean capaces de dar solución a un mayor número de cuestiones. Admitamos que la sílaba es el elemento sonoro primordial, ya que se basa en el control de la respiración. De lo que se infiere que su dominio marca el origen del habla. Anatómicamente la posición erguida del cuello favorece la bajada de la laringe igual que al niño de 3 meses se le desarrolla el tracto bucal para desarrollar sonidos adultos. Quizá la laringe baja fuera el resultado de los nuevos escenarios a los que habrían de adaptarse nuestros antepasados, como la sabana, donde para cazar y no ser cazado era necesario comunicarse por medio del susurro.

Ballester se hace eco de algunos experimentos llevados a cabo con primates, como el caso de la chimpancé Washoe, instruida en el American Sign Language, para tratar de vislumbrar como habrían sido los inicios del lenguaje humano. La primera palabra que expresó Washoe mediante queremas fue “(a mí) más”. Parece que está constatado que los primates poseen capacidad para mantener diálogos, almacenar unidades léxicas en un número superior al centenar y también capacidad para crear signos. La gorila Koko, por su parte, creaba signos por homofonía e incluso entendía bastante bien el idioma inglés. Los experimentos con chimpancés mostraron interesantes resultados ya que éstos utilizan el dativo y el vocativo-nominativo con cierta soltura, y son más propensos al equivalente al nombre que a los verbos y adjetivos. Todo esto parece indicar la primacía de lo semántico y concreto sobre lo morfológico y abstracto. La capacidad de Washoe para combinar regularmente tres o más signos sería homologable a la de los niños de año y medio.

Los niños, según diversos autores, basan sus construcciones lingüísticas, en su primera fase de aprendizaje del lenguaje, en relaciones de significado (fonología y semántica) y todavía no en reglas sintácticas. Además de lo dicho, coinciden también monos y niños en su tendencia a la repetición, que es una de las vías de aprendizaje más económicas. Todos estos datos ayudan al profesor Ballester a considerar que “en el origen del lenguaje humano, estuvo la expresión sintomática de la interjección, y después, de las alocuciones sintomáticas del imperativo, e inmediatamente después del vocativo.” A su vez, esto hace sospechar que existe una conexión glotogenética muy directa entre el imperativo, el infinitivo y el indicativo. El aumento de la complejidad del lenguaje puede estudiarse a través del desarrollo de las concepciones del tiempo y de la locución desplazada (para la cual Keller ha propuesto que aprender a mentir fue un paso imprescindible).

La necesidad de comunicar la ubicación de las fuentes de alimentación en los nuevos y extensos hábitats, habría contribuido a desarrollar sistemas para explicar la distancia espacial y temporal. En razón de la documentación fósil, P. Tobías (1987) propuso que hace casi dos millones de años el homo habilis poseía ya alguna capacidad para el habla. Hewes (1973, 1975) sostiene que el habla tendría su origen en el gesto, basándose en indicios como la gestualidad que suele acompañar al habla. A su vez el habla tendría que ver con el utensilio, con su diseño y con su uso. Las habilidades cognitivas del lenguaje y la elaboración de herramientas (para lo que se necesita planear, organizar y ejecutar ordenadamente una acción) son parejas y se gobiernan desde regiones cerebrales vecinas. Además, es preciso aclarar que el gesto (muy necesario para los cazadores) sería el resultado de la liberación de las manos como consecuencia del bipedismo. El profesor Ballester reproduce la cita siguiente: “El lenguaje va surgiendo paulatinamente en un larguísimo proceso que empieza en los primeros homínidos del género homo (hace 2,5 millones de años) y que culmina en un lenguaje básicamente semejante al nuestro con el sapiens sapiens a partir de al menos 100.000 años”(Bernárdez 1999: 189). Pudo ser un factor importante el desarrollo del cerebro, sugiere Ballester, de los 1000 cc. del homo erectus a los 1250 del homo sapiens y de éste a los 1500 del homo sapiens sapiens, u hombre anatómicamente moderno. A tenor de los datos ofrecidos, es probable que la morfología y la sintaxis como sistemas complejos hayan aparecido 8.000 o 7.000 años a.C. (Bickerton 1996: 51), mientras que en las primeras y anteriores fases del habla solo se habría contado con la fonología junto al léxico. Hay discrepancia según los autores la investigación sobre si los neardentales descubrieron el habla. Aunque cromagnones (sapiens sapiens) y neardentales (sapiens) se encontraron en Europa, ya que así lo demuestran los yacimientos, no hay indicios de comportamientos simbólicos de los neardentales hasta periodos muy tardíos.

El autor explora la importancia que pudieron tener la lengua oral y el conocimiento del símbolo como armas que determinaran la desaparición de esta especie. Los signos del lenguaje pueden ser de tres tipos, según la relación que mantengan entre su significante y su significado (íconos (sic), índices y símbolos). Las lenguas están compuestas de símbolos, pero ello no indica que sean arbitrarias, sencillamente sus signos han sufrido un proceso de abstracción hacia lo convencional, desde que el lenguaje humano naciera desde el iconismo. Hace al menos 45.000 años el hombre poseía ya todos los atributos del humano moderno, el habla y también su componente simbólico. No solo las lenguas nacieron del iconismo, sino que además, tienden hacia él, porque la relación del ícono con lo designado, es más natural y económica que otras relaciones menos motivadas. La iconicidad en las lenguas actuales puede ser psicológica, temporal, etc. La conversión de un término arbitrario en otro translúcido se explica porque lo irregular se memoriza más fácilmente que lo opaco, de ahí en última instancia las motivaciones artificiales. Para el profesor Ballester el mejor signo es el más económico, el que presenta una referencia y una motivación más directa. De esto se deduce que la onomatopeya (ícono sonoro) es el signo lingüístico más primitivo. La metonimia de designar a un animal por el sonido que produce está muy extendida en todas las lenguas y pudiera ser un testimonio no solo para rastrear el origen del habla, sino incluso los parentescos o relaciones de afinidad entre las lenguas. La consolidación de la convención exige, por un lado tiempo, para que índices e íconos (cara, espalda, frente,) pierdan su motivación, y por otro un ámbito social, que consolide la falta de vinculación del significado a la forma (“de cara a, a espaldas de, en frente de”). Por lo tanto, podemos afirmar que lo concreto y transparente semánticamente se dio primero en la formación de las lenguas, y esto se ve claramente aún en algunos morfemas de las lenguas, sobre todo los de las aglutinantes. “Es bastante probable que en las primeras fases del lenguaje humano [...] no existieran elementos gramaticales propiamente dichos” (Bernárdez 1999: 241). Todo lo espacial es fuente de metáforas susceptibles de acabar morfologizadas en preposiciones, pronombres o conjunciones. Según Jakobson la relación entre signo y significado se debe a dos estrategias, la contigüidad y la similitud. El pensar equivale a relacionar pasando a lo contiguo o a lo similar. La relación que Saussure estableció entre significante y significado es, en palabras del autor, “una relación de contigüidad perdida”. Es opinión de J. M. Moreno Cabrera (1998: 211-27) que la contigüidad encauzaría los cambios lingüísticos hacia la lexicalización y la similitud hacia la morfologización, aunque ambos procedimientos no se excluyen. La metonimia, en concreto, genera léxico por contigüidad. En este proceso de generación del lenguaje, las lenguas habrían ganado en capacidad de abstracción y de precisión, ya que solo íconos e índices no bastaban para acceder a todo lo que la mente podía concebir.

En lo que sigue, el autor hace un repaso a las diferentes posturas que se mantuvieron en la historia de la lengua. En el mundo judeocristiano es bien familiar la concepción monogenética de las lenguas, concepción que apuntaba al hebreo como lengua madre. Los primeros indoeuropeístas se propusieron demostrar que “el origen de buena parte de las lenguas europeas y buena parte de las asiáticas era común y autónomo”. La teoría de la evolución de las especies de Darwin desautorizó todo carácter científico que pudiera habérsele atribuido a la concepción bíblica del hebreo como lingua mater, aunque indirectamente benefició la hipótesis monogenetista debido a la aportación material de los lingüistas en forma de ingentes listones de palabras de numerosas lenguas. Alfredo Trombetti a principios del s. XX volvió a propagar la hipótesis monogenética pero sus opiniones contaron con la oposición de la lingüística oficial, entregada a la reconstrucción del indoeuropeo. Desgraciadamente, considera el autor, mientras que el resto de las disciplinas seculares se iban incorporando al modelo evolucionista, la lingüística seguía con la prohibición antiglotónica de 1968. La gramática histórico-comparativa distorsionaba su verdadero objeto de estudio “al buscar estática gramática [...] donde solo había dinámica gramaticalización”, ya que se olvidaba del periodo prehistórico y restringía a unas pocas lenguas su perspectiva comparativa. Ballester encuentra censurables algunas actitudes de la lingüística moderna como a) la negación de más del 90% del decurso histórico de las lenguas, b) la confusión de lengua con filología y de filología con gramática, c) la concentración de sus esfuerzos solo en la historia y la escritura, d) la imposición de normas y unificación allí donde había variabilidad y flexibilidad. También apunta algunos prejuicios lingüísticos muy frecuentes, y a desde su punto de vista absurdos, que se derivan de lo anterior, como que las lenguas se corrompen, que las lenguas sin escritura son inferiores, que existen normas de habla superiores a otras o que deban existir normas necesariamente. Pese a la condena oficial la hipótesis monogenética/oligo-genética, que veía el origen de las lenguas si no en una sí en unas pocas lenguas, contó con apoyos. Holger Pedersen, por ejemplo, propuso que el grupo indoeuropeo antes de constituirse como tal, habría formado parte de otro grupo mayor, del cual también procederían las lenguas altaicas, esquimoaleutianas, finoúgricas, samoyedas, semíticas y yucaguires. En los años 60 V. M. , Illich-Suith o A. Dolgoposky relacionaron las lenguas indoeuropeas con las afroasiáticas, altaicas, cartvélicas, dravídricas y urálicas. El autor recuerda que la hipótesis de un supergrupo ha venido siendo en los últimos 40 años y es todavía, al día de hoy, uno de los campos de investigación más activos. Greenberg, lingüista de obligada referencia, propone 3 grupos para América, 4 para África y, en total, y 20 o 30 para todo el planeta. El autor se pregunta hasta dónde podría llegar esta reducción, ¿10, 3 o 4, o quizás incluso una sola lengua original? La genética ha demostrado que todos los seres humanos procedemos de un único grupo en África surgido durante los últimos 150.000 años, la denominada tribu de Eva, compuesta por unos 1500 individuos, aunque solo seamos herederos de su linaje. Ballester informa de que la dispersión desde el continente africano comenzó hace 100.000 años y habrían bastado 70.000 para poblar el planeta. Durante estos recorridos era lógico que la lengua fuera evolucionando debido al contacto con otros grupos y otras realidades. La hipótesis de Lara, apunta a que uno solo de los 13 clanes africanos colonizó el mundo, por lo que todos los grupos lingüísticos extraafricanos podrían pertenecer a una sola lengua. La baja demografía de los humanos en estos momentos de la prehistoria, también refuerza la hipótesis monoglotogenética. Lo cual nos sirve para explicar las afinidades y relaciones que presentan todas las lenguas del mundo. La otra opción consiste en suponer una relación interna de pensamiento entre todos los hablantes del planeta. El profesor Ballester opina que cuando la confrontación de elementos no se limita al significado, sino que incluye la forma, podemos tener más seguridad para afirmar que la afinidad puede deberse no exclusivamente a causas de psicología universal.

En la última parte de su estudio, Ballester realiza algunas críticas, plantea además ciertas hipótesis de trabajo, y adelanta también respuestas. La pretensión de reconstruir en su totalidad una lengua, afirma el profesor Ballester, es una quimera, ya que el concepto de lengua completa, regular y unificada, es reciente, y porque existe un gran peligro en trabajar con los materiales existentes debido a la cantidad de factores que en un plazo tan largo pueden haber afectado a estos vestigios. Con todo, ninguna lengua contaría con una mayor cantidad de material para su reconstrucción que aquella que fuese el origen de las restantes. El autor propone para esta empresa, servirse de la ayuda de la tipología y de los universales lingüísticos a la búsqueda de la teoría más explicativa. “¿Es posible remontarnos hasta las primeras palabras de la humanidad?”,“¿Nos dan estas palabras la idea de una única lengua común?” Ballester da un sí confiado a la primera cuestión: las afinidades entre las lenguas son suficientes para defender tal hipótesis; y un sí matizado a la segunda: si no todas las lenguas poseen un origen común, sí, al menos, la mayoría. El profesor Ballester ofrece una muestra de las afinidades entre la mayoría de las lenguas conocidas en los planos fónico, morfológico y léxico, cuya mera enumeración sería prolijo intentar aquí. Como conclusión, se hace la consideración de que la Lingüística Histórica no debe bastar para reconstruir, ella sola, un tan largo y complejo devenir y debe ser más que nunca una lingüística interdisciplinar. En definitiva, el estudio del autor representa una muy interesante contribución al conocimiento del origen del lenguaje humano, y no puede más que alentar a los investigadores a la búsqueda de estos orígenes desde una perspectiva lingüística, genética y antropológica.

FUENTE: http://www.imaginando.com/lengua/archivos/000004.html