dissabte, 5 de juny de 2010

¿Están los historiadores, gracias a su conocimiento del pasado, mejor facultados para prever los acontecimientos futuros?

FUENTE:http://www.muyinteresante.es/los-azarosos-cauces-del-tiempo

¿Están los historiadores, gracias a su conocimiento del pasado, mejor facultados para prever los acontecimientos futuros? ¿Hay algún destino en el devenir histórico? La respuesta es no. El factor humano y el azar se reparten el juego.

Mientras el presidente Woodrow Wilson embarcaba rumbo a Europa el 4 de diciembre de 1918, muchos analistas políticos pensaron que con ese viaje comenzaba una nueva época de paz. Se equivocaron, porque no tuvieron en cuenta que la previsión es imposible en la Historia. El fin de la Gran Guerra se afrontó con un espíritu prometedor”, escribió Stefan Zweig, uno de los principales testigos de ese mundo de ayer, que señaló también la diferencia con los conflictos precedentes, incluida la guerra franco-prusiana que puso fin al Segundo Imperio francés. La razón de tal excepcionalidad residía en sus motivos: el asesinato del archiduque austrohúngaro Francisco Fernando por un patriota serbio. A medida que avanzaba la guerra, se tomaba conciencia de que en la Historia rige lo accidental, lo aleatorio, que el conflicto significaba el fin de un mundo y que el futuro era poco halagüeño. Los activistas de la paz sugirieron, con Erich Marie Remarque a la cabeza, que el problema era la propia guerra, mientras otros apuntaban a la ambición del capitalismo y, los más, al nacionalismo destructor de la solidaridad obrera. Pero, ¿a qué obedeció una guerra tan destructiva? ¿Fue un cisne negro de los que habla Nassim Taleb? El debate sobre el origen de la Primera Guerra Mundial ha continuado hasta hoy, involucrando a figuras ilustres como Barbara Tuchman.

Después del fracaso que supuso no advertir tan catastrófico suceso, el oficio de historiador recibió duras críticas. Se planteó entonces que el análisis de la cultura y de la política no era suficiente para predecir los acontecimientos futuros y, con las ideas de Henri Pirenne como guía, se reclamó el recurso a la economía para encontrar una explicación científica de los procesos históricos. A esto se unió además el interés por la lucha de clases, idea que Marx introdujo en los debates de la Internacional obrera. Siempre que era posible, los historiadores realizaban dos operaciones simultáneas: el estudio de la economía como el armazón del conocimiento histórico y la conversión del azar en un concepto perspectivista.

El descrédito social de esa metodología llegó sin embargo de la propia Historia mundial en los años que siguieron a 1919. En Alemania –cuya República con capital en Weimar no era capaz de salir de la crisis económica– comenzó el asalto al poder del partido nazi, que duró más de una década y tuvo incalculables consecuencias cuando la mayoría de intelectuales –incluido el eminente Max Weber– pensaron que se trataba de un asunto meramente episódico. El tardío arbitraje en Munich con un Chamberlain convencido de que el ritmo de la Historia lo imponían las condiciones del trabajo, presagió una guerra generalizada y cruel, como así fue la Segunda Guerra Mundial (entre 1939 y 1945). Los Estados Unidos, la gran potencia emergente, no aceptó que fueran otros quienes fijaran el ritmo de la Historia, pero sólo movió pieza –vale decir, divisiones de tierra y la marina– cuando lo juzgó necesario para sus intereses estratégicos. Quienes se movilizaron antes, pensando forzar el curso de los acontecimientos –caso de España, Grecia o Finlandia–, fueron abandonados a su destino y su democracia fue masacrada.

En cambio Francia, que había padecido lo peor de la Gran Guerra, en cuanto fue advertida del peligro que se cernía en su frontera oriental, firmó un pacto de ayuda mutua con Inglaterra, a pesar de la convicción de sus generales de que la línea Maginot detendría el avance del ejército alemán. La caída del frente en 1940 fue, sin embargo, un hecho tan altamente inesperado, que fomentó la tesis del absurdo en la vida humana entre los franceses de cultura. Todo estaba perdido, con el ejército expedicionario inglés atrapado en Dunkerque, salvo que los americanos intervinieran, lo que no dejaba de ser una terrible ironía para la gente de izquierdas. 

Con todo, la preocupación de Estados Unidos no estaba en Europa sino en el Pacífico, donde un simple suceso –el ataque de la armada japonesa a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941– cambió la historia del Pacífico y con ella la del mundo. ¿Todo esto pudo haberse evitado? La verdad es que no. La Historia avanza siempre por cauces imposibles de comprender. El poder teje un itinerario acorde a la situación económica y social, pero cualquier líder estornuda y la Historia se desvía, tomando otro camino. En la actualidad existe cierta pasión por la ucronía, ese futuro posible en caso de haber ocurrido algo que nunca llegó a suceder. Un recurso dramático para entender que lo imprevisto preside la vida, tanto como la providencia o el destino. Lo imprevisto a menudo adopta un tono dramático; lo hace en los magnicidios y en las conjuras. Los magnicidios revelan hasta qué punto pesan más las preocupaciones de los intrigantes que el deseo de convertir el mundo en un hogar habitable.

Recordemos tan sólo el ritmo cansino de los magnicidios en la Historia: qué hubiera sido del reino nazarí de Granada si un loco no hubiera asesinado al emir Yusuf I, creador de la Alhambra y uno de los hombres con más talento para la negociación; qué hubiera sido de Francia si un loco no hubiera asesinado al rey Enrique IV saliendo del palacio del Louvre, con lo que el poder pasó a manos de los duros de Mazarino, el tutor del joven Luis XIV –la novela de Dumas, Los Tres Mosqueteros, es la mejor metáfora de este hecho–; qué hubiera sido de España si un loco no hubiera asesinado al general Prim abortando la solución monárquica de Amadeo de Saboya; qué hubiera sido de los EEUU si un loco no hubiera asesinado en Dallas a JFK. Siempre un loco en el camino, pero ¿quién está detrás de esos locos? ¿Quién sujeta la mano asesina?

Las conjuras, por su parte, añaden un elemento de inquietud a la conducta humana. A veces, los grupos gobernantes se reúnen recuperando el “sentido de la horda”–que diría Freud– y dirigen sus puñales contra el cuerpo de quien desea cambiar el mundo. Fue así como se conjuraron contra César durante los Idus de marzo del 44 a.C.; fue así como algunos funcionarios del Imperio pagados por cristianos adinerados convencieron a Juliano el Apóstata para que realizara una expedición suicida al actual Irak, donde perdió sus legiones y la vida; fue así como el consejo de barones presionó a Carlomagno para que abandonase el asedio de Zaragoza en el 778 y regresara a su campamento al otro lado de los Pirineos, dejando en la retaguardia a Roldán, que murió como un héroe en Roncesvalles; fue así como unos mercaderes convencieron a Federico I Barbarroja para que atravesara un río en Cilicia (Anatolia) armado con todos sus arneses, donde se ahogó perdiéndose con ello la posibilidad de recuperar Jerusalén; fue así como se presionó a Alejandro Farnesio para que no invadiera Inglaterra con su poderoso ejército acantonado en Flandes, tras el supuesto desastre de la Armada Invencible; fue así como los ingleses dejaron escapar a George Washington en una de las más brillantes retiradas de todos los tiempos, cuando el destino, la suerte, la Providencia o la mano de Dios intervinieron a favor de la Independencia de los Estados Unidos.

También ese hecho tan decisivo fue imprevisible, tal y como señaló un siglo después George Trevelyan: “No tengo constancia de que un número tan reducido de hombres haya empleado jamás tan poco tiempo con mayores y más perdurables consecuencias a lo largo de la Historia mundial”. Este comentario sería cierto si exceptuamos las batallas de Maratón y Salamina, donde los griegos vencieron inesperadamente al ejército persa, superior en número y armamento. En definitiva “si la nariz de Cleopatra hubiera sido más pequeña”, pensó el filósofo Blaise Pascal, “el mundo sería muy diferente”. Naturalmente, constatar la verdad de esta brillante metáfora equivale a situar el factor humano en el centro de la Historia. Pensemos en las decisiones equivocadas o acertadas de un individuo singular: Napoleón en Dresde pensando si debía invadir Rusia y, al hacerlo, originó su ruina política; o, en sentido contrario, Colón en Palos sin apenas sospechar que las dos carabelas y la nao que le ha-bían concedido para su viaje por el Atlántico le llevarían al Nuevo Mundo. Para salir del error de Napoleón se necesitó un siglo y múltiples factores, entre ellos la afirmación del Estado-nación, origen de las guerras mundiales. Para asumir el viaje de Colón fue precisa una nueva organización de las redes internacionales del comercio y la navegación, fomentadas por la creciente llegada de metales preciosos, tan inesperada como necesaria para el despegue definitivo de la economía europea. Recursos que, sin embargo, a su vez sirvieron para costear la Guerra de los Treinta Años. En ambos casos, la Historia siguió un derrotero distinto al previsto. La voluntad de un individuo llevó al mundo a un escenario para el que quizás todavía no estaba preparado. Ni lo estaba Europa para asumir que existían civilizaciones que no tenían nada que ver con la tradición clásica, ni lo estaba Francia para aceptar la derrota a manos de reinos reaccionarios. La respuesta contra ese desafío provocó los momentos más inquietantes de la historia reciente y convirtió la vida diaria en una tragedia.

En paralelo a estas decisiones que cambiaron el curso de la Historia, el desajuste de una acción se convierte a menudo en el punto entre lo que fue y lo que pudo haber sido. El papel de las intrigas contra el poder en este aspecto es capital. Baste pensar en que el coronel Karl von Stauffenberg hubiera tenido un minuto más para ajustar todos los explosivos que llevaba en la cartera o que las bandas que atacaron el palacio de Constantinopla no hubieran retrocedido ante la emperatriz Teodora, que convenció a su marido Justiniano para que resistiera la revuelta, alegando que “la púrpura es una buena mortaja” –color de la toga imperial–. El filósofo Odo Marquard invita a reconocer la presencia de lo imprevisible en la vida humana, frente a la idea de Hegel –sublimada coralmente por la historiografía– de que el futuro es el efecto lógico del pasado. Baste pensar que aún hoy se considera de sentido común aplicar el método científico al estudio del proceder humano. La fuerza de sus argumentos y la incapacidad del pensamiento actual de oponer una maquinaria argumental igual de poderosa, pero en sentido contrario, se percibe cada vez que ocurre algo imprevisto.

Sin ir más lejos, la caída del muro de Berlín se convirtió en una señal inequívoca del declive soviético y el interés por fijar la línea de ese suceso brilló en varios planos. El primero fue el debate en torno al fin de la Historia auspiciado por el panfleto de Fukuyama –autor de El fin de la Historia y el último hombre–; el segundo, el reflejo de esa crisis en otro lugar del planeta, en Afganistán, donde los soviéticos mantenían una guerra contra los talibanes, apoyados por agencias gubernamentales norteamericanas. Existen nexos entre ambos hechos y el posterior atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre del 2001. Nadie niega que el colapso de las repúblicas soviéticas llevó la libertad a muchos países, pero esto se realizó sin las debidas precauciones. Cuando se invocan paralelos históricos con objeto de justificar el recurso a la guerra, cabría recordar el juego por la hegemonía de Asia central que enfrentó a rusos y británicos en el siglo XIX. Y, al final, emerge de nuevo el principio de los clásicos para los cuales los hechos son imprevisibles debido en parte a que el hombre es poco fiable como factor científico. Eso nos lleva a la necesidad de que la Historia no sea un sistema, sino el arte del historiador; un arte que entre otras cosas explique lo imprevisto en la sociedad y la cultura.