dissabte, 5 de juny de 2010

“Si alguien pregunta por qué morimos// decidle que porque nuestros padres nos mintieron”. La Primera Guerra Mundial

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“Si alguien pregunta por qué morimos// decidle que porque nuestros padres nos mintieron”. Rudyard Kipling, cuyo único hijo había muerto el día que entró en combate, reflejaba así el sinsentido vital en que desembocó la barbarie bélica que tuvo lugar entre 1914 y 1918: la Primera Guerra Mundial. Un soldado inglés escribía a su casa en febrero de 1918: “Todo el mundo está harto, y a ninguno le queda nada de lo que se conoce como patriotismo.(...) Lo único que quiere todo el mundo es acabar con esto de una vez e irse a casa”. La guerra se había convertido en una matanza industrializada, provocada por una maquinaria militar hasta entonces desconocida, que exigía un heroísmo rutinario y deshumanizado.

El ambiente que la acogió había sido bien diferente. Su estallido fue una sorpresa, incluso para quienes tomaron las decisiones que la desencadenaron. Sin embargo, se recibió con entusiasmo, con euforia incluso. A la declaración de la guerra siguieron multitudinarias manifestaciones de exaltación patriótica en Berlín, Viena o París y los jóvenes británicos acudieron en masa a alistarse. Fue, entonces, la más popular de las guerras, “el momento sagrado”, en la evocación de Ernst Jünger. “Gracias a Dios, por habernos hecho vivir esta época”, resumió el poeta Rupert Brooke. Stefan Zweig retrató el júbilo popular que acompañó en Austria a la movilización: “El primer espectro de esa guerra que nadie quería (…) había desembocado en un repentino entusiasmo”. Eran manifestaciones en las calles, flamear de banderas, vítores a “los reclutas [que] desfilaban triunfantes, con los rostros iluminados”. Zweig, antibelicista, confesaba que “en aquella primera salida a la calle de las masas había algo grandioso, arrebatador, incluso cautivador, a lo que era difícil sustraerse”.

La Gran Guerra –así se la llamó, por la magnitud del acontecimiento– resulta crucial en la historia contemporánea ya que, por primera vez, estallaba una contienda entre países industrializados. Fue una época de grandes ejércitos, pero sobre todo de naciones enteras, cuyos recursos se pusieron al servicio de la contienda. La resolución del conflicto, pronto se vería, llegaría no por la victoria militar según las artes de la guerra, sino por el agotamiento de alguna de las partes.

El año 1914 no es una fecha convencional y marca una nítida línea divisoria en la historia de Europa. La guerra cambió la civilización occidental, en un corte brusco y profundo, sin parangón. Cuesta encontrar otras coyunturas históricas con similar transformación en un periodo tan breve. Primera evidencia: hasta entonces las potencias europeas tenían un dominio indiscutible del mundo, pues la vitalidad económica de Estados Unidos carecía de la correlativa superioridad militar.

En 1918, los europeos, desgastados tras disputarse militarmente la primacía, quedaban relegados a un segundo nivel. Había cambiado profundamente el mapa de Europa. Desaparecieron cuatro imperios: el de Austria-Hungría, el Reich alemán, el Imperio ruso –aunque lo sustituyó un Estado que acabaría heredando los afanes imperiales– y el del sultán turco. La contundencia del acontecimiento suele llevar a suponer que su colapso era inevitable, pero fueron los sucesos bélicos los que provocaron su abrupto final. Surgieron nuevos Estados, pero se generaron problemas nacionales, por la complejidad étnica de sus territorios. La Gran Guerra gestó otra novedad histórica, que condicionaría el siglo XX: provocó en 1917 la Revolución Rusa. Nacía un nuevo modelo político, alternativo al capitalismo liberal. Hasta entonces se entendía que la modernización política y la superación de la monarquía tradicional conducían siempre a un modelo único: regímenes constitucionales de corte liberal. Con la toma soviética del poder, la aspiración a la propiedad pública de los medios de producción y el control estatal de la sociedad, tomaba cuerpo una vía alternativa, antes sólo una teoría revolucionaria.

Esto no sólo ocurrió en Rusia. En todos los países implicados hubo cambios en la organización política. El nuevo tipo de guerra, que implicaba a toda la sociedad, llevó a que el Estado se adjudicase nuevas funciones para encauzar la producción hacia las necesidades bélicas. Nació entonces un corporativismo de guerra, al tiempo que el Estado se fortalecía. Muchos de los nuevos conceptos serían irreversibles: quedaba atrás el liberalismo ortodoxo que concedía al Estado el único papel de asegurar la libre competencia.

Aumentó además el control político de la sociedad, para evitar disidencias críticas que cuestionasen el patriotismo. La libertad individual se vio restringida y se acentuó el autoritarismo incluso en los países liberales, pues los países militarizados lo subordinaron todo a la victoria. Tales rasgos no desaparecieron en los convulsos años que siguieron a la guerra, cuando las democracias pasaron por serios apuros. Se afianzó el Estado, pero también avanzaron los conceptos democráticos.

No valdrían ya las restricciones del voto, una vez que se había exigido a todos la cuota de sangre en la mortandad patriótica. Sería imparable el avance del sufragio universal, hasta entonces sólo en unos pocos países, e incluiría el voto femenino, tras la masiva incorporación de la mujer al mundo del trabajo por las necesidades bélicas. Entre 1918 y 1920 lo implantaron ya Irlanda, Polonia, Rusia, Alemania, Holanda, Suecia, Austria, Hungría, Checoslovaquia y, parcialmente, el Reino Unido.

Hubo también un decisivo cambio cultural. Con la Gran Guerra se quebró el optimismo que acompañaba a la cultura occidental desde la Ilustración, el convencimiento de que las sociedades progresaban en todos los órdenes. La guerra descubrió que persistían las brutalidades, como en los más negros periodos del pasado, en unas sociedades que se sentían cultas y civilizadas. La barbarie y la deshumanización seguían anidando en las naciones que encarnaban el progreso. Los avances técnicos se reinterpretarían después a partir de un realismo trágico.

El optimismo anterior a la guerra tenía alguna razón de ser. Hasta 1914, Europa había vivido una larga etapa de paz y prosperidad. Desde 1815, tras las guerras napoleónicas, ningún conflicto general había sacudido el continente. Es más: a partir de 1870, tras la guerra francoprusiana, no hubo ningún conflicto en suelo europeo, a no ser algunos en los Balcanes. Las relaciones entre las grandes potencias adoptaban la forma de la paz armada, pero, a comienzos del XX, podía pensarse que la paz era inherente al progreso técnico y económico. Algunas tensiones la hacían peligrar a veces, pero la acción diplomática lograba contener el estallido del conflicto. De ahí la sorpresa general cuando el atentado de Sarajevo desembocó en la conflagración. El crimen tuvo lugar el 28 de junio de 1914. Predominó la opinión de que todo quedaría circunscrito al polvorín de los Balcanes. Buena parte de los diplomáticos y responsables políticos europeos marcharon en julio de vacaciones. Los primeros días de agosto, el conflicto había arrastrado a las principales potencias europeas y se llamaba a la movilización militar.

La causa de la Gran Guerra ha sido una de las cuestiones históricas que más ríos de tinta ha hecho correr, desde que el Tratado de Versalles estableciese la culpabilidad de Alemania. La agresividad alemana contribuyó decisivamente al estallido del conflicto, pero éste se gestó por la rivalidad entre las grandes potencias. La enemistad entre Alemania y Francia –que, en 1870, había tenido que ceder Alsacia y Lorena a la primera– fue una constante. En último término, y sin desechar la influencia de las rivalidades económicas, el conflicto lo alentaron los nacionalismos. Éstos eran ahora sentimientos de masas, que compartían orgullos y rencores. Su identificación patriótica daba respaldo social a las políticas estatales de prestigio o de intereses.

En Europa se había construido un complejo sistema de alianzas, al que se ha responsabilizado de la situación que llevó a la guerra. Tal política creó un volcán capaz de arrastrar a la catástrofe, más allá de las voluntades de quienes tomaban las decisiones. Sin embargo, el sistema había sido el telón de fondo de la larga etapa de paz iniciada en 1870. Su impulsor, el canciller Bismarck, buscaba así la seguridad de la recién nacida Alemania, no tanto su hegemonía. Su principal objetivo, supuesta la hostilidad de Francia, era evitar que ésta lograra una posición de fuerza con pactos internacionales. Nació así una complicadísima trama de compromisos entre Estados con proyectos de beligerancia común, cuyas implicaciones sobrepasaban al control de cualquier potencia. Con todo, durante sus primeros veinte años, el sistema propició la estabilidad, sin que ninguna tensión amenazara seriamente la paz europea. Las cosas empezaron a cambiar hacia 1890, cuando el nuevo Káiser sustituyó a Bismarck. Para Alemania, el sistema de alianzas dejó de tener como norte la seguridad y se puso al servicio de su supremacía. Los temores que suscitaba en sus vecinos y su apuesta por un bloque central con Austria-Hungría e Italia llevaron a que en 1891-92 se aliaran Rusia y Francia, el gran temor de Bismarck. En 1904 se sumó Inglaterra, pese a su rivalidad histórica con los galos, pues el creciente poderío naval de Alemania hacía peligrar su hegemonía marítima. En estas condiciones, cualquier incidente podía provocar la guerra y ese incidente fue el atentado de Sarajevo. El estallido bélico fue una sorpresa, pero se había preparado minuciosamente durante décadas. Sin embargo, nada salió como previeron los Estados Mayores. No hubo en el frente occidental las batallas relámpago que habían pensado los mandos alemanes, ni fulgurantes movimientos, ni rápidas victorias; sólo una guerra de desgaste.

En las trincheras del norte de Francia se sucedieron las batallas con bajas inmensas y sin resultados militares significativos. En el frente oriental y los Balcanes, los vaivenes fueron mayores, en parte por la entrada de más países: Turquía, Rumanía, Bulgaria, Grecia, además de Italia frente a Austria. Tras la revolución de 1917, Rusia salió de la contienda, pero en Francia continuó el equilibrio de fuerzas. Los expertos militares no habían atisbado la profundidad de los cambios que las nuevas técnicas y el enorme potencial de fuego introducían en la guerra. La llegada de otras armas –aviones, submarinos, tanques o gases tóxicos– no desnivelaron la situación. Sí lo hizo la entrada de Estados Unidos en la guerra en 1917.

En el verano de 1918, la ofensiva aliada presagiaba el derrumbamiento del frente y, en los meses siguientes, pedían el armisticio Turquía, Bulgaria y Austria. El 2 de octubre, los mandos militares alemanes comunicaban al Reichstag que la victoria era imposible. El 11 de noviembre –dos días después de abdicar el Káiser–, llegó el armisticio, sin producirse la ocupación de Alemania. Así fue posible atribuir la derrota a una traición y a los demócratas que traerían la república.

La paz se negoció entre los vencedores y sus términos se comunicaron a Alemania. La conferencia de paz, reunida en Versalles, trató los Catorce Puntos de Wilson y se creó la Sociedad de Naciones, para garantizar la paz. Alemania fue humillada, con duras medidas y la obligación de onerosas reparaciones. Si la guerra fue un error, la paz permitiría que aflorasen los revanchismos alemanes. Combinada con las convulsiones de la posguerra, llevaba en su seno el germen para que se repitiese el conflicto a escala aún mayor.

Por Manuel Montero