dimecres, 11 de juliol de 2012

Así «fabricó» Hitler su mito durante la Primera Guerra Mundial

¿Fue Hitler un soldado valiente durante la Primera Guerra Mundial? En «La primera guerra de Hitler» (Taurus), Thomas Weber desmonta todos los tópicos en torno al «Führer»

Día 04/05/2012 - 11.51h

Se ha dicho que el fascismo nace directamente de la Primera Guerra Mundial. El propio Hitler aseguró que esos años fueron cruciales en el aquilatamiento de su ideología antisemita y pangermanista. A tal fin, reconfiguró sus experiencias de guerra con fines políticos y comerciales, y sus adeptos elaboraron una frondosa mitología basada en su heroísmo y sus cualidades innatas de liderazgo.

Thomas Weber revisa todos estos tópicos. Ante la carencia de documentación de época sobre Hitler, utiliza de forma casi exhaustiva los informes militares del Archivo de Guerra de Múnich y los testimonios de sus antiguos compañeros de armas para reconstruir las experiencias bélicas del 16º Regimiento Bávaro de Infantería de Reserva (16 RIR), llamado Regimiento List en honor de su primer comandante, caído en 1915.
El objetivo es ver si Hitler encaja en el particular microcosmo de esta unidad militar, y evaluar si la guerra radicalizó a los soldados o si fueron las experiencias revolucionarias de la posguerra las que determinaron su trayectoria ideológica. ¿Fue Hitler el fruto directo del contexto bélico o un caso excepcional de sugestión política? La obra no ofrece una respuesta concluyente: aunque niega el impacto de la guerra en la modelación de actitudes de radicalidad política, destaca el impacto que tuvieron acontecimientos fortuitos como la deriva radical de la revolución bávara de 1918-19, hasta el extremo de afirmarse que, si se hubiera mantenido el conservadurismo reformista de la monarquía bávara y no hubiera habido revolución, Hitler hubiera seguido pintando postales anodinas para ganarse la vida.
 
La obra es sobre todo el estudio del 16 RIR: un regimiento no especialmente valorado por el alto mando, que estuvo presente en importantes batallas (en la primera de Yprès en 1914, en Neue Chapelle en 1915 o en el Somme en el otoño de 1916), experimentó cotas crecientes de deserción e insubordinación, y sufrió bajas (uno de cada cuatro soldados) mayores que la media del ejército alemán (uno de cada seis).

Tierra quemada

Es cierto que hubo confraternización entre enemigos antes que ensañamiento: aunque las iniciales medidas extremas contra los franctireurs franceses y belgas respondieron a las prioridades alemanas de una guerra necesitada de una victoria rápida para evitar el desgaste en dos frentes, solo con la asunción del mando supremo por Hindenburg y Ludendorff se acentuó la brutalización de la guerra mediante la táctica de tierra quemada.

El 16 RIR se libró de la batalla de Verdún y se mantuvo en posición casi marginal durante la del Somme. Esta acabó por derrumbar la moral del regimiento, que tras sufrir más del 50 por ciento de bajas resistió solo tres semanas en vez de la media ponderada de dos meses.
Los informes y testimonios describen a un Hitler obsequioso con sus superiores y despreciado por sus camaradas de trinchera, que al estar «enchufado» como enlace en la plana mayor del regimiento corrió menores riegos que los combatientes de la primera línea. Fue herido dos veces, condecorado (en agosto de 1918 obtuvo la Cruz de Hierro de primera clase) y permaneció en servicio 42 de los 51 meses que duró la guerra, pero solo estuvo cuatro días y a dos kilómetros del frente en la batalla del Somme, y volvió a estar lejos del frente cuando se libraron las batallas más terribles del verano y el otoño de 1918. Un ataque con gas mostaza en la noche del 13 al 14 de octubre le alejó definitivamente del conflicto. Fue tratado de «histeria de guerra» en el servicio de psiquiatría del hospital militar, circunstancia que ocultó minuciosamente a lo largo de su carrera política.
 
La segunda parte del libro describe el impacto que la experiencia bélica tuvo en el ascenso del nazismo, el imperialismo hitleriano y la segunda posguerra. La conclusión de Weber es que la guerra no radicalizó en sentido ultranacionalista a los hombres del 16 RIR, sino que fueron los acontecimientos posteriores (la proclamación de la República en Alemania, el asesinato de Eisner en febrero de 1919 y la radicalización de la Räterepublik bávara) los que condujeron al reforzamiento y legitimación de la derecha radical y al debilitamiento de los partidos socialdemócrata y liberal.

Tiempos tumultuosos

Haciéndose eco de la Historikerstreit (el debate sobre las responsabilidades del nazismo acaecido en Alemania en los 80), confirma que el antibolchevismo no estaba entre las prioridades del nacional-socialismo originario. En esos tiempos tumultuosos la ambigüedad de ideas estaba a la orden del día, como se puede constatar en la plausible imagen de un Hitler que sirvió al gobierno soviético bávaro y se mostró cercano al nacional-bolchevismo de E. Niekisch, líder del Consejo Revolucionario. Su antisemitismo vino de la mano de la revolución y de la posrevolución, pero su futuro político aún estaba abierto al ingresar en el departamento de propaganda contrarrevolucionaria del Ejército.
Tras ver cómo se disolvía la camaradería soldadesca que había actuado hasta entonces como su familia de sustitución, en septiembre de 1919 ingresó en el Partido Obrero Alemán, donde trató de recrear su hogar de campaña con base en la plana mayor del regimiento. Pero la mayoría de sus compañeros no le secundó: solo el 17 por ciento de los veteranos del 16 RIR militó en el Partido Nazi. La mistificación autobiográfica del Mein Kampf, que utilizó el mito de la ejecutoria sin tacha del Regimiento List como anticipo de la visión hitleriana de la comunidad nacional-socialista, no puede ocultar que durante la guerra no existió ni Kameradschaft ni Frontgemeinschaft, sino celos y rivalidad entre los reclutas.
 
El mito del soldado valiente fue aireado por la propaganda nazi entre 1925 y 1933, a pesar de las denuncias en contra y de la débil adhesión mostrada por sus compañeros de armas.

Las consideraciones sobre la ausencia de continuidad entre la violencia de la Primera Guerra Mundial y la brutalidad de la Segunda, justificada por el protagonismo de una generación joven sin experiencia de combate, tampoco parecen sólidas: como ya planteó G. L. Mosse, la paramilitarización de los años de entreguerras actuó como enlace entre las experiencias extremas vividas por ambas generaciones.
La Gran Guerra no fabricó nazis, pero sí veteranos cuyas memorias alumbraron la mística del futuro soldado político. Quizás, como señala Weber, el personaje Hitler no fue producto directo de la guerra, pero la guerra generó el mundo del que surgió el mito de Hitler.

«La primera guerra de Hitler»

thomas weber
Traducción de Belén Urrutia. Taurus. Madrid, 2012. 508 páginas, 26 euros. Libro electrónico: 12,99 euros