diumenge, 17 de novembre de 2013

Diderot


Tres siglos atrás, de Juan-José López Burniol en La Vanguardia, 19 octubre, 2013 

 El mundo moderno está indisolublemente unido a la Ilustración, al “siglo filosófico”. Las consecuencias del humanismo y de la Reforma protestante, con ser grandes, habían logrado debilitar, pero no destruir, el valor normativo de la tradición. En general, los pueblos de la vieja Europa seguían rigiéndose por los ideales cristianos y por las formas sociales heredadas. Tan sólo la irrupción de la Ilustración cambió esta realidad. Fue la Ilustración la que introdujo las ideas de que el fin del hombre es la felicidad en este mundo y no la salvación en el otro, de que el hombre debe regir su vida por la razón y no por la tradición, y de que todos los hombres son iguales y tienen idénticos derechos. Este cambio sustancial se gestó en el siglo XVIII, gracias en buena parte al que se ha llamado el “primer partido de Francia”, es decir, el partido intelectual. Éste era el único bloque cohesionado en medio de una sociedad en la que la monarquía se debilitaba desde la muerte del Rey Sol, la legitimidad de la aristocracia se marchitaba cada día más, y la Iglesia estaba dividida por el enfrentamiento creciente entre el alto y el bajo clero. A este partido correspondía destruir –en palabras de Voltaire– “los prejuicios de que la sociedad está infectada”.

Se ha fechado hacia 1748 la aparición del partido de los intelectuales, con la publicación este año de L’esprit des lois, de Montesquieu, seguida –en 1749– por la de Lettre sur les aveugles à l’usage de ceux qui voient, de Diderot. Y fue precisamente Denis Diderot la figura axial de este grupo y de esta época. Voltaire le aventajó en fama entonces y durante mucho tiempo, pero lentamente se ha ido imponiendo la magnitud del genio de Diderot. Nacido en la Champaña hace tres siglos (5 de octubre de 1713) e hijo de un cuchillero acomodado, completó su educación en París con los jesuitas y, abandonada pronto su inicial vocación, tuvo que abrirse camino dando lecciones de matemáticas y traduciendo libros ingleses. Y ahí llegó la ocasión de su vida. Recibido el encargo de traducir la Chamber’s Encyclopedia, alumbró la idea de una empresa que ocuparía veintiséis años de su vida. A impulso suyo, el editor Le Breton decidió, en lugar de traducir la enciclopedia inglesa, publicar una obra nueva, escrita “por una compañía de hombres de letras”, cuyo título revelaba su alcance: Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers.

Es fácil imaginar que una tal variedad de temas ofrecía ocasiones constantes para apuntar ideas avanzadas. Pero cuesta más admitir la facilidad con que Diderot –que contó desde el principio con la colaboración capital del matemático D’Alambert– encontró a la multitud de colaboradores necesarios para una empresa de tal intención revolucionaria y tamaña magnitud. Sólo fue posible porque la sociedad francesa estaba ya madura para el cambio que la Enciclopedia anunciaba. Había un público listo para recibir doctrinas contrarias a la tradición y a la ortodoxia. La Enciclopedia tuvo pronto 3.000 suscriptores y, cuando se publicó el volumen quinto, tenía 4.000. Un pensamiento nuevo jamás recibe esta acogida. Y pronto también fue confirmada su trascendencia por una cerrada oposición: “La corte bajo la guía de madame de Pompadour (…), la Sorbona y el Parlamento, obispos y dramaturgos –escribe Jacques Barzun– apretaron sus filas en una campaña mezcla de ridículo y fulminación. Los antiguos enemigos (jesuitas y jansenistas) por una vez se unieron para atacar la obra blasfema”. Pero la suerte estaba echada: el Antiguo Régimen empezaba a sentir la pérdida de aliento típica de los períodos de decadencia, puesta de manifiesto en la ambivalencia de la autoridad ante lo que sabía que era franca subversión.

Diderot dedicó buena parte de su vida a la Enciclopedia, pero dejó también una nutrida obra en la que formula una crítica mordaz de la sociedad de su tiempo, a la que describió como víctima de la hipocresía y sometida a la tiranía religiosa y política, lo que le llevó a la cárcel. No fue un filósofo sistemático pero sí innovador, evolucionando desde un racionalismo inicial al materialismo de su ocaso. Crítico artístico y literario sagaz, fue el filósofo que llevó hasta más lejos su contacto con los poderosos, concretamente con Catalina de Rusia. Residió un tiempo en San Petersburgo y es sabido que la emperatriz dedicó más de un centenar de horas a discutir con él. Quizá hubo un momento en que Diderot se vio a sí mismo como “un especulador al que se le pasa por la cabeza regentar un gran imperio”, pero –lúcido como era– pronto advirtió que su influencia era nula en las grandes decisiones y que se había dejado embaucar por las apariencias. Es el sino de los intelectuales, que siempre se creen que son más de lo que son y olvidan que su función no es tomar decisiones, sino crear estados de opinión contra corriente y formular críticas al poder constituido. El intelectual que no obra así no es tal; es un triste lacayo, aunque le arrojen migajas de poder.