dimarts, 22 de desembre de 2009

Franco y la historiografía

Entre la ira y la nostálgia


Por Ricardo García Carcel.

19 de noviembre de 2005 - ABCD, número: 720

Decía Paul Preston en su biografía sobre el general Franco publicada hace ahora doce años que Francisco Franco era el menos conocido de los grandes dictadores del siglo XX. Enrique Moradiellos, que publicó hace tres años un inteligente perfil biográfico del personaje, reflexionó sobre el olvido actual del mismo. Para Moradiellos, Franco «sigue siendo un gran ausente, desconocido, silenciado u olvidado para la opinión pública general del país, muy especialmente para los segmentos más jóvenes nacidos después de su fallecimiento». El propio Moradiellos se planteaba en su libro si la evidencia bien constatada de la ignorancia que nuestros jóvenes hoy tienen sobre Franco respondía a la herencia del pacto de silencio presuntamente establecido en el marco de la transición política española y la Constitución de 1978. ¿Tácita amnesia histórica colectiva ante un pasado demasiado cercano y demasiado incómodo?

Cortina de humo. La respuesta a esta pregunta la podemos encontrar en el examen de la historiografía que Franco ha suscitado. Ciertamente los hagiógrafos y propagandistas del personaje abundaron ya desde los años de la Guerra Civil y contribuyeron a crear una cortina de humo difícil de penetrar en torno al dictador. Se le llegó a comparar con el arcángel Gabriel, Alejandro Magno, Julio César, Carlomagno, el Cid, Carlos I, Felipe II, Napoleón y toda una pléyade de héroes gloriosos (Dalí lo llegó a calificar de santo). La dictadura marcó su pauta implacablemente mientras duró. Y ahí están como testimonios los devotos homenajes caudillistas de Arrarás o Millán Astray escritos durante la Guerra Civil o las glosas al «centinela de Occidente» de Galinsoga y Franco Salgado-Araujo (1956) o las apelaciones, en pleno desarrollismo tecnocrático, al Franco, ese hombre, de Sánchez Silva y Sáez de Heredia, o los rearmes legitimadores foráneos de los Martín, Hills o Crozier o las argumentaciones justificativas, ya en el tardo-franquismo, de Ricardo de la Cierva. Después, durante la transición, un corto compás de espera. En 1984 Suárez Fernández publicaba los ocho volúmenes de su Francisco Franco y su tiempo, que abren paso a una nueva historiografía profranquista progresivamente desacomplejada respecto a la sombra de Franco y militantemente revisionista, unas veces con los recursos de la metodología positivista documental (Suárez Fernández nunca olvida que por encima de sus simpatías ideológicas está la profesionalidad del gran historiador que es), otras veces a caballo de efusiones emocionales de preocupante beligerancia nostálgica.

Desde la otra orilla ideológica, hubo que esperar a los años sesenta para contemplar las primeras biografías propiamente dichas de Franco, más allá de las adjetivaciones que su figura suscitó entre el exilio republicano. En 1964 el periodista Luciano Rincón publicó en Ruedo Ibérico con el seudónimo de Luis Ramírez su biografía de Franco. La ironía más o menos burlesca fue el gran recurso del que hicieron uso Madariaga (1964) o Amando de Miguel con su triple invocación, Franco, Franco, Franco (1976). La historiografía crítica sólo pudo escribir libremente biografías de Franco desde la muerte de éste. El punto de partida fue la obra de Fusi (1985), ecuánime y equilibrada; le siguió Tusell (1992), y Preston acabó de ahondar en la figura de Franco (1993). Desde una posición ideológica claramente antifranquista, estos historiadores contribuyeron a enterrar los tópicos sobre el tirano cruel y estúpido que se habría hecho con el poder sólo gracias a la ayuda de Hitler y Mussolini y que habría sobrevivido cuarenta años merced a una mezcla de feroz represión, necesidades estratégicas de las grandes potencias y suerte.

Después vinieron los Payne, Bennassar, Reig Tàpia, García de Cortázar..., que han contribuido decisivamente a diseccionar la figura de Franco desde una óptica racional, no sentimental, ni, desde luego, sectaria. Franco no fue el cruzado providencial del anticomunismo, ni el estadista astuto que supo burlar a Hitler y preservar la neutralidad de España, ni el responsable directo de la modernización de los sesenta. Pero tampoco sólo el déspota bajito y regordete, cruel y mezquino, carente de apoyo popular, instrumento en manos del fascismo europeo y que únicamente asentó su poder sobre una represión feroz. O fue un poco de todo al mismo tiempo. A la luz de este paseo rápido por la historiografía sobre Franco, ¿qué podemos decir hoy sobre la memoria presente del mismo?

La sombra de la guerra. La conclusión que me parece más palpable es que los historiadores han contribuido poco, a su pesar, a alterar las imágenes maniqueas de uno y otro lado sobre el dictador, todavía tributario, en los enfoques que de él se hacen, del inmenso poder ejercido durante tantos años a caballo de su victoria en una sangrienta Guerra Civil. La sombra de la guerra sigue demasiado presente y la revisión de la figura de Franco será imposible mientras esa hipoteca perdure en la memoria sentimental. ¿Es un problema de déficit de memoria histórica que haya que recuperar? El juicio histórico de Franco, desde la racionalidad y la reivindicación del matiz que se nos exige a los historiadores, ya se ha hecho, por más que serán bienvenidas siempre nuevas aportaciones informativas para el mejor conocimiento del personaje.

El problema, desde mi punto de vista, no es el de recuperar una memoria perdida, de exorcizar un olvido presuntamente impuesto por el discurso políticamente correcto de la transición. El reto está en enterrar, de una vez por todas, el fantasma histórico de las dos Españas, con sus eternas asignaturas pendientes, y superar la doble tentación que se cierne sobre los españoles, al mirar atrás, hacia aquel dictador llamado Francisco Franco. La de la ira vindicativa o la de la nostalgia del retorno imposible. Entre la ira y la nostalgia. ¿Será posible algún día?