dimarts, 22 de desembre de 2009

Memorias de España de Giacomo Casanova

Libros Por Ricardo García Carcel.
Memorias de España de Giacomo Casanova

ABCD, 13 de abril de 2006 - número: 741

Giacomo Casanova nació en Venecia en 1725, hijo de una actriz y un noble. Impostor, jugador, libertino, aventurero, ilustrado..., su personalidad tiene muchos perfiles aunque el dominante ha sido el de ser el amante más famoso de todos los tiempos, seductor infatigable, el don Juan a la veneciana. Moriría en 1798 a los setenta y tres años. Clérigo fugaz, jurista frustrado, masón, amigo de los ilustrados más famosos, fue
Memorias de España
Giacomo Casanova
Traducción y edición de Ángel Crespo
Prólogo de Marina Pino
Espasa. madrid, 2006
312 páginas, 22,90 euros
un tipo itinerante no sólo por su afición viajera sino por su condición de fugitivo de no pocas cárceles, entre otras las inquisitoriales (la primera, la veneciana de los Plomos). Se movió por toda Italia dejando el rastro de su leyenda, pero también viajó fuera de Italia: a Ginebra, París (varias veces), Fráncfort, Dresde, Praga, Viena, Zúrich, Ámsterdam, Londres y varias ciudades españolas.
Fingió ser de todo: médico, abogado, alquimista, espía... Fue muy rico y muy pobre. Embaucó y estafó a mucha gente, hombres y mujeres, aunque a éstas creyera compensarlas con sus dotes de alcoba. Un buen día, a finales de los ochenta, decidió llevar a cabo su mejor fuga: escribir sus memorias. Y así nació la Historia de mi vida, que culminaba algunos pequeños relatos autobiográficos anteriores. La obra, pese a que en su título llega a 1797, en lo que se refiere a la historia de su vida no cuenta más que el tiempo que media entre sus once y sus cuarenta y nueve años. La escribió en tres o cuatro años. Y por pudor o por cansancio, dejó los últimos años de su vida en el limbo.
Casanova no se idealizó en su autobiografía. No se propuso hacer su apología. Nada que ver con las Confesiones de Rousseau, cargadas de quejas y justificaciones. No se fustiga autocríticamente. Se ve a sí mismo como una víctima de los sentidos, se reprocha en algún momento la imprudencia, pero su sentido lúdico de la vida se impone a todo. Su juego con las mujeres fue el de seductor que se deja seducir. No hay misoginia como en el mito del don Juan. Ciento veintidós mujeres en su relato que, de la primera a la última, cubren treinta y nueve años. Tres mujeres al año. Poco para un libertino arquetípico del siglo XVIII. ¿Se autocensura o exagera sus virtudes amatorias?
El debate sobre la personalidad de Casanova es tan apasionante como lo es el propio personaje. Sobre él han escrito muchos escritores españoles, desde Pi i Sunyer a Félix de Azúa, pasando por Néstor Luján. En el libro que acaba de editarse sobre nuestro personaje, se incide en una parcela concreta de la autobiografía de Casanova: aquélla en la que cuenta su experiencia vital en España, desde que en 1767 cruza los Pirineos a lomos de una mula y llega a Pamplona. Su intención era ir a Portugal, pero se acaba quedando en nuestro país.

Pocos amores. Vive intensamente la vida en España con pocos amores (un par de cortesanas, una tal doña Ignacia y la bailarina Nina Bergonzi, amante del capitán general de Cataluña, el conde de Ricla, que le creará muchos problemas). Ingresó dos veces en prisión. Se aficionó a los toros y al baile. Se relacionó con Campomanes, Olavide y Grimaldi. Intentó hacer negocios que, como siempre, se frustraron. A destacar, sus informes sobre la colonización de Sierra Morena, de donde quería ser gobernador, y su proyecto de fábrica de rapé. La imagen de España es la de un país vivo, lleno de ilusión.
En Zaragoza se puso en contacto con los librepensadores del lugar, en Valencia frecuentó a las actrices de teatro, y en Barcelona se perdió por la bailarina Berganzi que, a la postre, fue expulsada a instancias del obispo Climent. Le pone a sus reflexiones toda su capacidad de ironía, que es mucha; una ironía pagana, nada sentimental, nada política, propia de un ilustrado lúcido en vías de desencanto cual era Casanova cuando vino a España. Se fue pronto, una vez satisfizo su principal móvil: la curiosidad.
Ángel Crespo ?que murió en 1996? tradujo del original de las memorias de Casanova la parte relativa a España ?nunca se han editado en español las memorias francesas desde la primera edición francesa de 1820? y evidenció sus conocimientos de la obra en su introducción. Marina Pino (autora de Un feroz apetito. Los banquetes del caballero Casanova, Barcelona, 2002) ha escrito un prólogo y un artículo final para esta edición de los que sólo lamento un mejor análisis de la España del primer Carlos III que vivió Casanova: la España recién salida del motín de Esquilache y en plena efervescencia por la expulsión de los jesuitas y, desde luego, la comparación de las memorias de Casanova con los abundantes libros de viajeros ilustrados por España.
El lector disfrutará con las aventuras y desventuras de aquel personaje que empezó el prefacio de su obra diciendo que quería creerse libre y que acabó confesando: «He vivido como un filósofo y muero como un cristiano».