dimarts, 17 d’agost de 2010

Novelas de referencia: "La rebelión de Atlas" de Ayn Rand

Josep Maria Ruis Simón LA VANGUARDIA, 29-6-2010


Participó, con el bando perdedor, en la lucha de los titanes contra los olímpicos. Tras la derrota, Zeus le impuso como castigo que llevara sobre sus hombros la bóveda celeste. Así, con esta pesada carga y no muy lejos de su hermano Prometeo, puede vérsele en el Rockefeller Center, frente a la catedral de San Patricio, en la Quinta Avenida de Nueva York, esculpido en la famosa estatua art déco que le dedicaron Lee Lawrie y Rene Chambellan. La misma escultura que suele ilustrar las portadas de las sucesivas ediciones de La rebelión de Atlas (1957), de Ayn Rand. No fue por azar que Atlas y Prometeo se reencontraron en Manhattan. Ni fue casualidad que Ron Chernow tituló Titán su biografía de John D. Rockfeller. Lluís Prenafeta y Fèlix Millet no son una excepción. A los hombres de negocios siempre les ha gustado verse como gigantes heroicos y altruistas que, a pesar de llevar el mundo sobre sus espaldas, son injustamente tratados por las leyes y por una opinión pública que no están a la talla de su desmesura. Y fue para sacar brillo y dar esplendor a esta épica imagen que Rand elaboró la que estaba llamada a ser la novela de cabecera de su discípulo Alan Greenspan, que durante casi veinte años fue presidente de la Reserva Federal de EE. UU.

El caso es que La rebelión de Atlas,un viejo clásico de la ficción neoliberal, vive desde hace un par de años y gracias a Obama y a Mad men una segunda juventud. No hay manifestación del Tea Party que se precie en la que no aparezca, como un guiño, alguna pancarta acordándose de John Galth, uno de sus personajes. Y, al parecer, Angelina Jolie y Brad Pitt están interesados en participar en la adaptación cinematográfica de la novela. El libro, una distopía al estilo de 1984 de Orwell, narra la historia de la decadencia de una nación lastrada por el intervencionismo del gobierno y dividida en dos facciones irreconciliables: la de los saqueadores, los malos, dirigidos por una clase política estúpida y partidaria de la regulación de la actividad económica y de una política fiscal de peso, y la de los no saqueadores y, a menudo, saqueados, los buenos, una minoría perseguida, gente honrada, emprendedora y partidaria del libre mercado, que aportan bienes y valores a la sociedad y que están hartos de ser expoliados en nombre del bienestar general. La rebelión a que alude el título es, por supuesto, la de estos últimos, concretamente la de un grupo de patronos que, bajo el liderazgo titánico de Galt, ponen en marcha una huelga de empresarios. Al final, los buenos ganan y, tras abandonar su refugio en las Montañas Rocosas, marchan triunfalmente hacia Wall Street, llevando un dólar como estandarte. Con este apoteósico desenlace, culmina un argumento cuyo mensaje recuerda, tanto en lo esencial como en lo accidental, el pensamiento espontáneo del aznarismo filosófico de la FAES y del preñafetismo cultural de la FCO.